Capítulo 4: Meteduras de pata.

Billa dejó escapar todo el aire que llevaba guardado dentro con un largo suspiro. ¡Por qué poco!

-¿Estáis todos bien? – preguntó Gandalf, bajando de la roca en la que estaba subido.

-¡Estaremos mejor en cuanto nos saques de estos sacos! – se quejó Bofur.

El mago sacó primero a Billa, y ella lo ayudó con el resto.

-¡Bien hecho, Billa! – la felicitó Méreda. – Buena idea la de entretener a los trolls hasta la salida del sol.

-¿Qué? Oh – dijo ella, poniéndose roja. – Verás, en verdad no había pensado en…

-¿¡Dónde está nuestra ropa!? – farfulló Dwalin, obviamente avergonzado por estar en cueros. - ¡Maldita sea! ¿¡Dónde!?

-¡Aquí! – gritó Thorin. - ¡Deja de quejarte! Ya nos hemos librado del problema.

Gandalf se le acercó al señor enano, y ambos se quedaron mirando fijamente, hasta que Thorin bajó los ojos. – Gracias, Gandalf. Nos has salvado.

-Te ha costado, ¿eh? – dijo el mago, y Thorin sonrió levemente; gesto que provocó que Billa, la cual observaba la escena desde cerca, sonriera también, inconscientemente.

-¿Adónde habías ido?

-A mirar hacia adelante.

-¿Y qué te ha hecho volver?

-Mirar hacia atrás.

Thorin soltó un suspiro acompañado de otra media sonrisa.

-Pero bueno, el caso es que estáis vivos y de una pieza.

-No gracias a tu saqueadora.

Billa se hundió al escuchar esto, y se sintió muy avergonzada e inútil.

-Bueno, ella tuvo la idea de distraer a los trolls hasta que saliera el sol, ¿o no? - Thorin bajó los párpados y asintió levemente; aunque Billa sabía que eso no era del todo cierto. – Bueno, pues no se hable más. Ahora lo importante es seguir con nuestro camino.

Los enanos se dispersaron, y Billa fue a buscar a Méreda, la única persona allí con la que podría estar sin recibir miradas fulminantes.

-¿Dónde estarán nuestras armas? – preguntó Glóin.

-¡Eh! ¡Mirad aquí! – los llamó Ori. - ¡Hay una gruta!

-¡Pues claro! – rió Gandalf. - ¿Cómo no se nos había ocurrido? Todos los trolls tienen grutas donde guardan sus tesoros.

-¿Sus tesoros? – antes de pestañear, la mitad de la compañía estaba ahí dentro, tanteando en la oscuridad para encontrar Eru sabía el qué.

-Ogh. Gandalf, danos un poco de luz antes de que alguno de estos se abra la cabeza con una roca – pidió Méreda.

-Claro, querida.

Para cuando entraron los más rezagados (que eran Gandalf, Méreda, Thorin, Dwalin y Billa) los demás ya tenían en una mano un cofre y en la otra tantas monedas que era imposible contarlas.

-¿No pensaréis ir con eso durante todo el viaje? – preguntó la humana.

-Claro que no, querida Méreda – contestó Bofur. – En Erebor ya hay suficiente oro para cada uno de nosotros. Pero imagínate que, por casualidades del destino (y no quiera Eru que así sea) nuestra misión resulta fallida. ¡Necesitamos un plan de inversión! Será mejor coger algo de esta gruta y enterrarlo para nuestra posible vuelta.

-Haced lo que queráis – dijo Méreda con una sonrisa, - pero que no os extrañe si vuestro ¨plan de inversión¨ ha desaparecido para cuando volváis. (…) Eh, un momento, ¿qué hay aquí? Gandalf, acércate con la luz, por favor.

El mago se aproximó a ella, y ambos abrieron la boca. - ¡Son espadas!

-Sí, y no espadas normales y corrientes – dijo Gandalf, agachándose a cogerlas. Thorin también se acercó a ellos. Agarró una de las dos espadas que yacían en el suelo.

-Son espadas forjadas en Gondolin – siguió Gandalf, - por los antiguos elfos de la Primera Edad.

Thorin miró al mago con desagrado, e hizo amago de soltar el arma. – No hay una hoja mejor en toda la Tierra Media. – El enano pareció cambiar de opinión, y desenvainó la espada, maravillado. – Brillará cuando haya trasgos cerca.

Méreda miró al suelo, y abrió la boca para decir algo, pero al momento la volvió a cerrar. – Será mejor que salgamos, ¿no?

Cuando Thorin y Gandalf andaban lejos, la mujer cogió a Billa de la chaqueta. -¡Ay! ¿Qué haces?

-¡No grites! – le advirtió. – Mira, hay otra espada.

Billa pudo ver que, efectivamente, había otra arma en el suelo. La cogió con una mano, y se sorprendió al comprobar lo ligera que era. – Deberías quedártela tú.

-No, te la deberías quedar tú.

-¿Yo?

-Sí. No tienes ninguna espada.

-Ya has visto hoy para lo que me hubiera servido – se quejó la otra, apesadumbrada.

-Oye, oye, ¿no te irás a echar atrás justo ahora, no? Tienes que seguir practicando. Y esta espada es perfecta para ti.

-Si tú lo dices… - dijo Billa. – Venga, salgamos. Me agobia estar aquí adentro.

-Pues espera a llegar a Erebor.

-Si es que llego… - dijo ella, en voz muy baja.

Siguieron caminando durante todo el día, muertos de cansancio y de sueño. Finalmente, acamparon en mitad de un bosque cerrado, al abrigo de los árboles.

-Empieza a hacer frío – dijo Nori, poniendo los brazos en jarras.

-El otoño ha llegado ya- avisó Gandalf, - y el invierno lo seguirá como no nos demos prisa. Os advierto de que esta será de las últimas noches en que durmamos en un sitio resguardado. A partir de aquí, las montañas y los árboles serán reemplazados por llanos de hierbajos amarillentos y flores silvestres. Sólo algunas rocas erectas salpicadas por el terreno nos servirán de refugio. Calculo que a este ritmo eso ocurrirá… dentro de tres días.

-¿Y tendremos que continuar por allí hasta llegar a las Montañas Nubladas? ¿No hay otro camino?

-Sí, hay uno. Y tú lo conoces tan bien como yo, Méreda. Pero… creo que no sería del agrado de nuestros compañeros – dijo Gandalf, mirando de reojo a Thorin, el cual simplemente lo ignoró como si nada.

Y, efectivamente, a la noche siguiente volvieron a acampar en una cima de una pequeña colina, y desde allí se veía ya el fin abrupto de los árboles, que dejaban paso a un terreno llano y desprotegido; y, no muy lejos, las altas cimas de las Montañas Nubladas.

El corazón de Billa se hundió al ver ese panorama. – No estamos ni a mitad de camino. – Aún quedaba tanto…Y ella ya estaba empezando a cansarse de su aventura. Su parte Bolsón se estaba fortaleciendo día a día, y echaba de menos su sillón, su fuego, su camita, su agujero – hobbit, su banco a la entrada de su casa, sus largos paseos por Los Gamos…

Con un suspiro, se acercó a Gandalf y se sentó a su lado. – Gandalf, dime la verdad, ¿tú crees que soy válida para esta compañía?

-¿Mmhh? – preguntó el mago, que estaba entretenido en encender el fuego de su pipa. - ¡Pues claro que sí! ¿Alguna vez me he equivocado yo?

-No lo sé, pero creo que esta ha sido tu primera vez – suspiró Billa, mirando a otro lado.

-¿Por qué crees eso, Billa?

-Pues… porque no valgo para esto.

-Aún no has tenido oportunidad de demostrar tu valía.

-Sí, he tenido una oportunidad.

-¿Y no mostraste tu astucia?

-Sí, pero los enanos no necesitan astucia; necesitan fuerza.

-¿Con que no necesitan astucia, eh? Pues fuiste tú la que los sacaste de ese embrollo.

Billa suspiró de nuevo. – Yo… Gandalf, estoy cansada. Quiero volver a mi casa.

-Pues te queda mucho viaje aún.

-¿No puedes…?

-¿Qué? ¿Acompañarte a casa como si fueras una niña pequeña?

-Da igual. Déjalo – se levantó ella.

-¿Y esa espada que Méreda te cedió? ¿Tampoco crees tener suficiente valor como para usarla?

-¿Cómo… sabes que me la dio Méreda?

-¿Quién iba a hacerlo si no?

-Pues, efectivamente, Gandalf. No creo que sepa usarla. Soy una hobbit.

-Y ojalá nunca tengas que usarla – le dijo el mago, con una sombra de tristeza en sus ojos. – Pero te puede salvar la vida, Billa. Lo quieras o no. A ti… y a otras personas.

La hobbit miró al mago con desconfianza, y se dio la vuelta para sentarse en su sitio de cada noche: al lado de Méreda.

-Buenas noches – le dijo a su compañera.

-Buenas noches, Billa. Oye, ¿puedes hacerme un favor?

-Claro, ¿cuál?

-¿Me puedes pasar mi manta? La tengo metida en mi mochila. Así nos podremos tapar las dos. Es que tengo bastante frío – dijo la pobre, haciéndose calor con las manos.

-Un momento. Voy a por ella.

La señorita Bolsón fue al sitio donde tenían guardadas sus provisiones: un pequeño hoyo excavado en la tierra. Ahí no llegaba la luz de la hoguera, y se chocó sin querer con el tronco de un árbol.

-Maldita sea – farfulló para sí misma, levantándose del suelo; hasta que levantó la vista y descubrió… que no se había chocado con un tronco.

Thorin Escudo de Roble la miraba desde lo alto, con una mirada entre extrañada y exasperada.

-Lo… lo siento mucho. No os había visto.

Billa se esperaba una regañina por su parte… o peor aún, una de sus advertencias que siempre daba con esa voz de gruñón y esa cara de enfado. Pero no fue así. Fue mucho peor.

Thorin la miró por última vez, y se alejó, sin decir nada.

Billa se dio la vuelta, con los ojos lacrimosos, y vio que allí estaba también Méreda, mirándolos desde la distancia. Thorin se paró delante suya, probablemente esperando a que le dejara paso; pero en vez de eso, ambos se quedaron mirándose muy fijamente. Con un último suspiro de impaciencia, el enano se hizo a un lado y rodeó a la mujer. En cuanto estuvo detrás de ella, Méreda miró a Billa, y se dio la vuelta sobre sí misma.

-¡Sólo se ha tropezado! – le gritó, cabreada, y Thorin se dio la vuelta para mirarla. Y esta vez no había impasibilidad en su rostro, si no ira reprimida. Pero esta vez, fue Méreda la que le dio la espalda.

Cuando estuvieron solas, Billa tuvo ganas de salir corriendo hacia cualquier lugar que no fuera ese; pero pensó que si los demás veían que no aparecía, sería peor. Así que, con un suspiro, se acercó a Méreda, y ella le pasó un brazo por los hombros.

-No te preocupes. Es un imbécil, ya te lo dije.

Pero eso no hizo que Billa se sintiera mejor. Se sentó en el lugar más alejado que pilló, mientras su amiga iba a coger la manta.

-Ven – le dijo; -es muy gustosa, ya verás. Me la hizo mi madre cuando me fui de casa. Un detalle por su parte.

Ambas se taparon, y se quedaron allí, sentadas en silencio.

-¿He hecho mucho el ridículo?

-Sólo te has tropezado – bufó la humana. – A cualquiera le habría pasado. Es el enano orgulloso este, que al parecer es perfecto. No aguanto a la gente que se hace la perfecta, y que se cree por encima de los demás. Jamás… la he aguantado.

-Ya, yo tampoco.

-¿Por qué te afecta tanto, Billa?

-Pues… no lo sé. No me gusta que alguien me odie, y eso.

-No te odia. Sólo le eres indiferente.

-Gracias por los ánimos.

-Oh, venga; yo también le soy indiferente. Bueno, seguro que desde esta noche me odia un poco.

Billa sonrió un poco. – Gracias por defenderme.

La hobbit sintió cómo su amiga le abrazaba levemente. – No hay de qué.

Billa correspondió al abrazo. Era la primera vez en muchos años que alguien le abrazaba.

-Oye, ahora en serio. ¿Por qué te preocupa tanto lo que piense de ti?

-Yo… me importa mucho lo que los demás piensen de mí.

-Pues no lo parece.

-Porque lo disimulo muy bien, pero siempre me ha importado. Demasiado.

-Y lo que ese enano piense de ti te importa mucho más que demasiado.

-¿A qué te refieres? – preguntó Billa, mirándola.

La mujer se la quedó mirando. – He observado cómo lo miras.

-¿Cómo lo miro?

-Lo miras – dijo ella, encogiéndose de hombros. – Simplemente.

-Qué perspicaz eres.

-¿No dijiste que te llamaba más la atención él que el resto de nuestros compañeros?

-Sí…, quiero decir, no.

-Billa, ¿recuerdas cuando me dijiste que tenías un don? ¿Que podías saber cómo es una persona, o cómo piensa, o lo que siente, con solo mirarla?

-Sí.

-Pues yo también tengo un secreto. Sé cuándo las personas mienten. Huelo las mentiras a leguas. Y… también sé cuando alguien se engaña a sí mismo.

-¿Y eso que tiene que ver?

-Pues… ya lo verás. Te darás cuenta pronto de lo que te quiero decir.

-Espera, espera. No te duermas. ¿Me estás intentando decir que… me siento atraída por Thorin?

Méreda la miró muy fijamente. – Sí. Algo así.

-¿Y tú cómo estás tan segura? – le preguntó Billa, ya molesta.

-Sólo lo sé – dijo ella, y se recostó mirando hacia el otro lado. –Buenas noches, Billa.

La hobbit simplemente soltó un gritito de exasperación, y se recostó en el suelo, sin darle las buenas noches a su amiga.

-¿Quién se habrá creído que es? – pensó la hobbit, cabreada. -¿Qué sabrá ella de lo que yo siento?

Y miró por una última vez a Thorin, sentado orgulloso sobre una roca, calentándose las manos al fuego. Y sintió un irracional escalofrío recorrerle la columna vertebral.

-Buenas noches, Méreda – le dijo esta vez. Pero Méreda no le respondió.

Una silenciosa lágrima caía por la mejilla de la humana.

Bueeno, ¡muchas gracias por los primeros reviews y visitas! Espero que os siga gustando el curso de la historia, que en verdad no se distingue tanto de la original salvo por la presencia de Méreda. Y sí, parece que Billa se está empezando a fijar bastante en Thorin… Aunque él la ignora bastante. ¿Cambiará de opinión pronto?

¡Muchos besos! XXX