¡He actualizado temprano! Vaya, y es el capítulo más largo de todo el fic -de momento-. ¡Estoy orgullosa de mí misma! En fin, antes de dejarles leer, hay algo importante. En este capítulo hay varias palabras que pueden ser confusas, pues se refieren a tradiciones o platillos típicos de los judíos. Al final estará una pequeña y breve explicación. Para esto tuve que hacer bastante investigación, así que espero que haya quedado bien.
En fin. El fic es un regalo para Gene, o Coffig. Los chicos son de Matt y Trey.
*Capítulo 12: Que toda tu risa le gane el pulso al dolor.
San Francisco parecía atraer las pesadillas y malos recuerdos que tanto se esforzaba Kyle por olvidar. El problema era que no estaban olvidados, sino escondidos temporalmente debajo de la alfombra. Y estar de regreso en su ciudad natal no hacía más que ponerle los nervios de punta y provocarle agobiamiento.
Más que nada durante la noche, entre sueños. Era mucho más fácil perderse en la música durante el día, con sus audífonos puestos y haciendo caso omiso a las miradas que le dirigía la gente que se hacía llamar parte de su familia.
Era como una avalancha que se salía de control. Si bajaba la guardia un segundo, al siguiente el sueño le vencería y no habría vuelta atrás. Como si su subconsciente le hiciera una broma pesada, recordaba los peores momentos que vivió en aquella gran ciudad.
Así que hacía lo que podía para mantenerse despierto. Los medicamentos que debía de tomar le producían algo de sueño. Desobedecer las indicaciones no era una opción. Su madre tenía bien vigilado ese aspecto. Hubo un tiempo, al principio de la medicación, que se rehusaba a dejarse controlar por un par de pastillas. Había intentado esconderlas debajo de la cama, en su armario, o cualquier lugar donde no fueran visibles.
Nada de esto dio resultado. Su madre siempre lo descubría, y la mirada desaprobatoria y llena de tristeza que le daba ella lo había hecho arrepentirse un poco. Después fingió tomárselas frente a su madre, mientras que las escondía debajo de la lengua o en el interior de sus mejillas hasta que no había nadie presente. En aquella ocasión había sido descubierto por su psicóloga, sus habilidades y la incapacidad de Kyle de mentirle a aquella mujer.
Y no tuvo más remedio que obedecer. Después de algún tiempo, se había vuelto un hábito. Normalmente no le molestaba la ligera somnolencia que provocaban los antidepresivos. Pero al estar en San Francisco era un asunto por completo diferente.
Dudando un poco, Kyle tomó su medicamento, pasando la amarga pastilla con agua. Dejó el vaso sobre la mesa de noche al lado de la cama, y no teniendo planes de dormir aún, sacó una pequeña y vieja libreta azul marino. Se sentó sobre las mantas en la cama, hechó un vistazo a las páginas más viejas, y arrugó el ceño. ¿De verdad él había escrito eso?
A Kyle le gustaba componer canciones. No las cantaba ni las tocaba, no realmente. Sabía tocar la guitarra un poco, sí, pero eso no significaba que fuese experto. Lo suyo era únicamente componer. Crear letras que transmitieran toda clase de emociones, y que en su imaginación, cuando otras personas escuchaban, las sentían como suyas. La clase de canciones que no importaba que tanto tiempo pasara, alguien seguiría escuchándolas y sintiéndolas.
Lo usual era que utilizara alguna fuente de inspiración. Un acontecimiento reciente, detalles que otros no notaban pero que para él eran más que claros. ¿Qué le había sucedido que era tan importante como una dedicarle un pedazo de letra?
Se había hecho amigo de Stan.
Sonrió, y comenzó a escribir.
El buen rato no duró mucho, sin embargo. A los pocos minutos, cuando hubo escrito poco menos de la mitad, cayó dormido. Y los sueños no estaban resultando agradables. Kyle se removió en la cama, profundamente inmerso en un sueño que era, más bien un recordatorio constante de lo ocurrido, de sus errores, de la desesperación que sintió en el momento, la falta de esperanza, tristeza y lágrimas tanto propias como de aquellos que amaba.
...
Le dolía el cuerpo entero. Su respiración era pesada, y apenas y podía ver lo que había frente a él. Comenzó a ver puntos brillantes moviéndose por todos lados, haciendo su visión poco clara. Tambaleándose, intentó llegar hacia su habitación. A pesar de que el el trayecto del baño a su cuarto no era muy largo, se sentía como si estuviera a punto de atravesar kilómetros. Los pasos se hacían cada vez más difíciles y sentía que en cualquier momento se desplomaría en el piso.
Las voces de quienes se esforzaban por hacer sus días una tortura resonaban en su cabeza. Y Kyle quería callarlas. Quería detenerlas de una vez por todas.
"NO.
NO.
PAREN.
ALTO"
Y por más que luchara contra ellas, por más que tratara de resistirse, de gritar internamente y rogar que se detuvieran, no lo hacían. Nunca lo hacían y no lo harían. ¿Debería, entonces, darse por vencido? Al menos así no sentiría como si todos sus esfuerzos de pelear fueran en vano.
Al caer, lo primero que cruzó su mente fue que no importaba. No más. No había planeado aquello, sólo había sucedido... Pero cómo no iba a suceder, después de todo lo que hizo. En algún punto hubiese sucedido, sólo había pasado más pronto de lo anticipado. Y era lo mejor para todos, el dolor estaba a punto de terminar. Podría estar en paz, quizá, por primera vez en mucho tiempo.
Cerró los ojos y se dejó llevar.
...
Lo siguiente que Kyle recordaba era una habitación blanca. El sonido de fondo de voces y una mujer llorando. Parecía ser su madre, mas nada era seguro. Ni siquiera sabía si estaba vivo, hasta el momento en el que abrió más los ojos y pudo ver con un poco más de claridad. La puerta de la habitación estaba cerrada, e incluso así podía escuchar a lo lejos el llanto que provenía de afuera.
Y de repente eso le provocó terror. Pánico. Las cosas volverían a estar mal otra vez, habría decepcionado a sus padres, a su hermano. Se preocuparían innecesariamente por alguien que no quería ser salvado. Observó la figura de su madre, y la de su padre al lado, consolándola. Había una tercera figura, quien probablemente debía de ser el doctor. Aquellas eran las personas más maravillosas de todo el mundo. Kyle no las merecía, no valía la pena preocuparse por él.
Intentó moverse un poco, y al instante se arrepintió. Era como si un millón de agujas atravesaran su piel y se enterraran tan profundamente que no eran visibles. Quedándose en la misma posición, volteó su cabeza ligeramente hacia su lado derecho. Había algo conectado a su brazo y varias máquinas de las cuales Kyle no conocía ni su nombre ni su función. O quizá lo sabía y simplemente estaba demasiado agotado física y mentalmente como para pensar más en ello.
La puerta se abrió justo en ese instante, y su sus padres entraron junto al médico. En cuanto ella vio que se encontraba despierto, caminó rápidamente a su lado y tomó su mano.
-¿Por qué, cariño, por qué? - Y Kyle no supo que decir. No quería contarle las cosas horribles que le hacían en la escuela, todos los nombres que le llamaban o lo miserable que en realidad se sentía. Lo que le había orillado a hacer lo que hizo.
Se quedó callado, y su madre siguió llorando, con su padre detrás escondiendo una silenciosa lágrima y colocando su mano en la espalda de Sheila, consolándola en silencio.
...
Kyle apenas y había llegado a casa. Caminaba con lentitud, con su mirada clavada en el suelo y una sensación de pesadez en su pecho que se había vuelto normal hacía un tiempo atrás. Estaba cansado, y esta vez no se debía a los medicamentos que le habían recetado hace poco, los que intentó evitar y no lo consiguió, otra cosa más del montón en la que no había tenido éxito. Su cansancio era de otra clase.
Las lágrimas corrían por su lastimado rostro con libertad. Ya ni siquiera le preocupaba que le vieran, ¿para qué pretender que era fuerte, cuando era claro que no? las heridas que había por todo su cuerpo también dejaron de ser relevantes en algún punto. Sólo quería llegar a casa, recostarse sobre su cama y caer dormido para nunca más despertar. Sería un favor al mundo y un alivio para sí mismo.
Y sin embargo incluso antes de terminar de girar la perilla sus padres ya le esperaban del otro lado de la puerta. No le sorprendió. Había llegado más tarde de lo normal. Más bien, apenas y había podido salir de la escuela. Si no hubiese sido por un profesor que decidió aparecer, probablemente hubiese permanecido ahí hasta el día siguiente cuando le encontraran, tirado en el pasto al lado del gran árbol que había en el patio.
Su madre dejó escapar un pequeño grito de sorpresa, sus ojos abriéndose desmesuradamente, volviéndose vidriosos de inmediato, y llevando sus manos al rostro. Su padre fue el primero en reaccionar en esta ocasión, pues su madre estaba sin habla. Kyle llegó a pensar, sin una pizca de humor, que quizá había llegado al punto donde ya ni siquiera le reconocía.
-Kyle, hijo, ¿qué ha pasado? -preguntó su padre con voz quebrada, acercándose para examinarle con más detenimiento. Y Kyle volvió a permanecer en silencio, con más lágrimas brotando de sus ojos.
Ike se escondía en una esquina, observando a escondidas todo lo que ocurría con una angustiada expresión en el rostro.
Lo que podía faltar.
Ike era el mejor hermano de todo el mundo. No era justo para él tener que soportarlo. No era justo para nadie. Kyle estaba harto de sí mismo, molesto, disgustado. Quizá merecía los insultos y los golpes.
Aquella noche fue de lágrimas. La noche donde se decidió que era suficiente, que tendrían que cambiar de ciudad e intentar seguir adelante. Cuando el médico y la psicóloga de Kyle dieron luz verde a la sugerencia, no hubo vuelta atrás.
Cuando despertó, lo hizo con lágrimas acumuladas en los ojos. Y anheló las mañanas en South Park como nunca. Era cierto que tenía sus pequeños detalles; su experiencia en la escuela no era perfecta y no era como si todos sus problemas mágicamente se hubiesen resuelto. Pero las cosas estaban mucho mejor allá que en San Francisco.
Por las mañanas, Kyle podía escuchar las aves cantar, y usar los auriculares con el volumen bajo mientras caminaba a la escuela o esperaba el autobús.
En San Francisco, eso era imposible. Al despertar, lo hacía con el ruido de los autos, las bocinas y los clásicos ruidos de una gran ciudad. Su madre les llevaba a la escuela a él y a su hermano con una hora y media de diferencia, cuando el autobús aún no pasaba, para evitar el embotellamiento de autos. A casa llegaban pasadas las cuatro de la tarde, Kyle caminando, Ike en autobús escolar.
Stan está en South Park, además. Recordó.
Kyle estiró sus músculos, intentando motivarse ante el hecho de que faltaba cada vez más poco para regresar, que aquel día no vería a sus tías y lo pasaría enteramente con la familia que siempre lo apoyó. Su verdadera familia. Además que faltaba cada vez más poco para regresar a casa.
Se talló los ojos y alcanzó su celular para ver la hora. Lo primero que notó, no obstante, fueron los tres mensajes de texto sin leer que tenía de Stan. Al abrirlos sonrió, abriéndolos sin vacilar. Eran dos fotografías. Una sólo del paisaje, y la otra era similar, pero con Stan sonriéndole a la cámara. A él. Y por más hermoso que le resultara la nieve, la imagen del paisaje no era su favorita. Lo era la de Stan, con las mejillas rojas por el frío, copos de nieve sobre su cabello, su sonrisa y sus resplandecientes ojos azules.
Y debajo, un mensaje.
Espero que el casi congelarme haya valido la pena y te gusten las fotos. Ten un buen día de Hanukkah, amigo! :)
Kyle le hechó un vistazo a la fecha. Era veinticuatro de diciembre, nochebuena para la mayoría de las personas, incluyendo Stan. Que su amigo tuviese el detalle de recordar que él no celebraba navidad hizo latir su corazón un poco más rápido de lo normal.
Buenos días. ¡Claro que me han gustado! El paisaje es precioso, es justo lo que esperaba. Y feliz casi navidad para ti.
Contestó, y algo más animado, se levantó de la cama dispuesto a asearse y pasar el resto del día con su familia. No dejaría que los estúpidos sueños llenos de los malos recuerdos le arruinaran el día. No esta vez.
Sería diferente.
A Kyle siempre le agradó la calidez que le transmitía su abuela Helen y la amabilidad con lo que lo trataba su abuelo Angus. Había ciertas personas que le trataban como si estuviese hecho de cristal, a punto de romperse en cualquier momento. Quizá había sido así en algún momento. Pero no más. Y cada vez que le miraban con ojos de lástima, Kyle sabía que para ellos no era nada más que un chico perdido sin remedio alguno. Kyle odiaba eso. No veían lo que él realmente era, sólo la superficie.
Por suerte, sus abuelos nunca estuvieron incluidos en ese grupo.
Se preocupaban por él de manera que no se sentía que le trataban como si estuviera a punto de estallar, lo hacían de una forma genuina y por mero cariño hacia él.
-Vamos, querido, siéntate en la mesa con tu hermano. En un momento regresaremos, estamos terminando la cena -. Su abuela Helen le sonrió, haciéndole un gesto con la mano indicándole que se sentara junto a Ike. Kyle la miró, algo inseguro.
-¿No necesitan más ayuda? Puedo ayudar.
-Oh, no, no. Está todo listo. Sólo voy a traer los platos, ¿sí? -Helen negó con la cabeza y Kyle suspiró. Estaba acostumbrado a poner la mesa en su casa.
-Déjala, sabes como son los abuelos -Ike rió ligeramente, encogiéndose de hombros con resignación.
-Ni lo digas.
Tras unos segundos de silencio, en los cuales Ike se encontraba bastante pensativo, Kyle se preguntó qué estaría pasando por la mente de su hermano. Ellos siempre se llevaron bien. Ike era de las personas por las que Kyle más se preocupaba, y viceversa. Siempre mirando tras el otro.
Kyle escuchaba el relajante chasquido de la madera quemándose en la chimenea de la sala de estar y las voces de su familia a lo lejos, cuando Ike volvió a hablar.
-¿Si te hago una pregunta, contestarás honestamente?
-Pues claro. Venga, pregunta.
-¿Has vuelto a tener pesadillas? -Ike lo miró fijamente, frunciendo un poco el ceño.
-No las había tenido en mucho tiempo. Regresaron cuando llegamos aquí.
Ike asintió. Y Kyle supo que había comprendido, al menos lo suficiente.
-Sí, lo sospeché. Has estado algo callado estos últimos días... Menos hoy. Y me alegra mucho. ¿A qué se debe el ligero cambio? -preguntó, curioso.
-Por nada en particular... -Kyle desvió la mirada, y ruborizándose, decidió cambiar de tema- ¿Cómo lo notaste?
-Por favor. Eres mi hermano. Te conozco muy bien -Ike arqueó una ceja- pero no intentes cambiar el rumbo de la conversación. Si algo te tiene más animado de lo usual, incluso en una situación así, me gustaría saber qué es.
-Uhh... Bueno... -Kyle se rascó la nuca, nervioso. ¿Qué se suponía que debía de decirle a su hermano? ¿Que había un chico increíble que le hacía sentirse un poco mejor, que le enseñó a ver el lado bueno de las cosas que él no había sido capaz de ver por su cuenta? ¿Que le había dado el pequeño empujón que necesitaba?
-No intentes engañarme.
Justo cuando Kyle creyó que no tendría escapatoria, salieron de la cocina sus padres y sus abuelos hablando animadamente entre ellos.
-¡Es hora de prender la siguiente vela! Vamos, después de la oración cenaremos, chicos -anunció su madre.
Kyle suspiró de alivio, mientras que Ike negó con la cabeza, diciéndole con la mirada que la próxima vez no se libraría de contestarle.
Ambos hermanos se levantaron de sus asientos y siguieron a los demás hacia la sala de estar, donde un candelabro de plata con nueve brazos reposaba cerca de la ventana que daba a la calle. Como solía ser tradición en su familia, su abuela Helen prendió las velas. Primero el shamish[1], la vela que se encontraba en el medio, y después las siguientes cuatro.
A continuación pronunciaron las oraciones correspondientes del día, y tras unos segundos de silencio, se dirigieron a la mesa, donde la cena ya estaba servida. Kyle miró con los labios fruncidos su plato con pastel de brócoli y champiñones.
Todos los demás cenarían kosher latkes[2] acompañados de vegetales. Kyle solía amar los latkes de su abuela, antes de que todo se viniera abajo. Realmente extrañaba comerlos. Helen pareció leer sus pensamientos, pues sonrió comprensivamente antes de carraspear, llamando por completo la atención de Kyle.
-Había escuchado que no podías comer muchas cosas fritas. Y tú sabes, en Hanukkah la mayoría de las cenas son fritas. Pero ha pasado un tiempo desde eso, ¿no? Además, creo que por un día no hará daño. Puedes intercambiar tu plato con el mío. ¿Te parece, querido?
Kyle la miró, asombrado. Al parecer, no era el único, pues tanto sus padres como su hermano y su abuelo tenían una expresión en el rostro que parecía como si hubiesen visto al mismo Moisés bajar del cielo y concederles un milagro.
Asintió, murmurando un "gracias", mientras intercambiaba su plato con el de su abuela. Los demás parecían incrédulos. Kyle sabía que se debía a que era de las primeras ocasiones en las que expresaba un deseo por comer alguno de los platillos que solía amar. Su madre parecía a punto de llorar de felicidad, sin embargo, se limitó a sonreír ampliamente.
-¿Qué esperamos? A cenar. -su abuela interrumpió el silencio, guiñándole un ojo. Kyle le sonrió, agradecido, observando como todos comenzaban a cenar, empezando una nueva y agradable charla.
Los latkes de su abuela olían estupendo. De niño eran sus favoritos, y si bien solía sentirse triste en aquellas fechas, al ver a todos sus compañeros celebrando Navidad, decorando sus casas de alegres colores y eligiendo el árbol navideño, siempre esperaba Hanukkah para comer los latkes que preparaba su abuela Helen. Además, no solían prepararlos comúnmente. Sólo en Hanukkah y otras fechas especiales. Ni sus abuelos ni sus padres eran de aquellos fanáticos apegados a las antiguas tradiciones de su religión. Tal vez por eso ellos lo aceptaban tal y como era. Los demás miembros de su familia, en cambio, eran algo más conservadores.
Kyle probó el primer bocado, y después el siguiente, y el siguiente. Casi soltó un grito de emoción al comprobar que no estaba teniendo ningún efecto negativo en él, por el contrario. Estaba mejor. Poco a poco, se encontraba mejor cada día.
Suspiró, satisfecho.
Una vez terminada la cena, los adultos iniciaron un juego de naipes. Mientras que Ike y Kyle veían una película en la televisión. Alcanzando su móvil, comprobó la hora. Eran las once con dos minutos, lo cual significaba que el South Park ya habían dado las doce. Era víspera de navidad para Stan.
Feliz navidad, Stan. Pásala bien con tu familia. ¡No puedo esperar a estar de regreso!
No habían pasado más de dos minutos desde que lo envió cuando la respuesta de Stan ya estaba ahí.
Gracias, amigo. Lo mismo digo. Feliz Hanukkah. Tampoco puedo esperar a que estés de regreso. Te he extrañado.
Una gran sonrisa se instaló en el rostro de Kyle al leer el mensaje de Stan. Su corazón dio un vuelco ante el mero hecho de saber que Stan se sentía de esa forma.
Cuando Kyle levantó la vista, notó que todos estaban mirándolo. Quién sabe desde hacía cuánto tiempo habían detenido el juego de naipes sólo para mirarlo. Kyle se ruborizó y escribió un rápido mensaje a Stan.
Digo lo mismo. Tengo que irme, ¿hablamos luego? Feliz navidad nuevamente.
Y con eso, Kyle volvió a dirigir la mirada hacia su familia. Su madre, sus abuelos e incluso Ike tenían una sonrisa cómplice en el rostro. Como si supieran algo que él no, como si comprendieran a Kyle y supieran leerlo mejor que él mismo lo hacía. El único que parecía tan perdido como él era su padre.
Sheila le lanzó una mirada y Kyle alcanzó a distinguir un murmullo que sonó algo como "Sobre lo que hablábamos el otro día, Gerald", para después fingir que no había dicho nada, y volver a sonreír. Su padre había soltado un ligero "¡ohh!" y entonces sonrió también, adoptando la misma expresión que el resto.
-¿Quién era, querido? -su abuela Helen preguntó.
Kyle tragó con fuerza. De esta no se libraría tan fácil como con Ike, quien tenía una sonrisilla en el rostro.
-Es sólo Stan -se encogió de hombros.
-Oh, claro. Stan es muy buen chico, muy educado... Y también muy apuesto. ¿No es cierto, hijo?
No supo como responder ante la pregunta de su madre. Ike lo miraba con diversión, y Kyle deseó esfumarse de ahí. Era demasiado vergonzoso. Lo más que pudo hacer fue asentir, algo titubeante.
-¿Desde cuándo son amigos? Es la primera vez que escucho el nombre de éste joven. -su abuelo Angus decidió que era un buen momento para entrar en la conversación, y Kyle agradeció en silencio el ligero cambio de hacia dónde se dirigía la charla.
-¿Mediados de Octubre? No lo sé, no recuerdo bien -admitió, mordiéndose el interior de su mejilla con nerviosismo.
-Hablando de Stan... ¿Sabías, cariño, que sus padres darán una fiesta de año nuevo a la que nos han invitado? -su madre comentó alegremente.
-Ehh, sí. Me lo dijo ayer mientras hablábamos por teléfono... -Kyle fijó su vista en la manta roja que descansaba sobre sus piernas, desviando su atención de las miradas de toda su familia puestas sobre él.
Todos sonrieron. Y Kyle empezaba a considerar seriamente el excusarse al baño y huir. Amaba a su familia, pero aquello no hacía la situación menos incómoda.
Ike pareció notar la gran incomodidad en su rostro. Aclarando su garganta, su hermano menor llamó la atención de los demás.
-Ya tengo novia. Su nombre es Karen.
-¡Hijo! ¿Cuándo pensabas contarnos eso? -su madre masculló, sorprendida, y de pronto la atención se vio desviada. Contentos por tener más temas sobre los cuales cotillear, Kyle pudo escapar de dar más respuestas a preguntas que prefería no contestar.
Le agradeció a su hermano con la mirada, recibiendo un gesto que decía "no hay de qué". Por otro lado, Kyle no podía decir que estaba sorprendido por lo que Ike había contado. Él ya sabía que había una chica que le interesaba a su hermano... Así como Ike sabía que alguien le interesaba a él.
Mierda.
Pues claro que había alguien que le interesaba. Para qué negarlo.
Suspiró, intentando volver a prestar atención a la trama de la película, resultando imposible, pues había perdido el hilo hacía ya buen rato.
Ike y Kyle jugaban al dreidel[3] con monedas de chocolate. Los adultos se habían ido a dormir y ellos se encontraban solos en la sala de estar, con el televisor ya apagado. Su intento de ver una película completa había resultado fallido.
A Kyle le tocó poner una moneda. Ike giró la perinola, y tras llevarse todas las monedas de chocolate, habló.
-Así que Stan, ¿eh? Lo sabía.
Kyle giró el juguete nuevamente, y maldijo en silencio cuando notó que no le tocaba poner ni llevarse nada, y su hermano no se movía. No lo haría hasta que contestara.
-Así que Karen, ¿eh? -Kyle alzó una ceja, imitando a Ike, y su hermano bufó.
-Oh, vamos. Tú ya sabes los detalles de eso. Se los conté a todos cuando salvé tu trasero de responder cuando no querías.
Kyle lo rodó los ojos, pues sabía que su hermano estaba en lo cierto. Le debía la verdad.
-No sé. Es... Es un buen chico. Un buen amigo.
-No puedo creer que Stan Marsh haya pasado de ser el idiota sin remedio a tu amor secreto.
-¡No es así! -Kyle intentó contradecir. E intuía que su expresión decía todo lo opuesto.
-¿Qué te he dicho? No puedes mentirme -Kyle frunció el ceño, sin saber que decir, y los gestos del rostro de Ike se suavizaron- no le daré todo el crédito a él porque sé que no es así. Pero te veo más animado, Ky, y como te he dicho, me alegra. No todo ha sido color rosa, porque quizá mis padres no lo notaron cuando llegaste a casa con ese par de golpes ocultos, pero vaya que yo sí. También supongo que Stan te ayudó en eso. Y si él ayuda, hace reír y anima a mi hermano como creo que lo hace, es suficiente para mí.
Kyle estaba sin habla. Su hermano, en definitiva, no aparentaba la edad que en realidad tenía. Incluso se sintió algo avergonzado, pues a veces Ike parecía el hermano mayor, no él.
-¿Cómo lo sabes todo?
-Más bien, ¿cuándo no sé algo? Y hermanito, tú estás perdidamente enamorado. No hay nada de malo con eso, ¿sí? -Ike sonrió, y esta vez Kyle no pudo negar sus palabras.
Era cierto. Desde el momento en el que había conocido a Stan Marsh, estaba perdido.
[1] Shamish: Es la vela de arriba en el candelabro de Hanukkah de los judíos. Se enciende el primer día junto con la primera, y representa la luz que guiará a las otras velas.
[2] Kosher latkes: Es un típico platillo judío que se come normalmente en Hanukka, pero también en otras fechas. Son como tortitas de patatas, y va cocinado frito.
[3] Dreidel: Es un juguete muy común entre los niños judíos por estas fechas. Es como un trompo, y dependiendo de qué cara te toque después de girarlo, pones, tomas todo, la mitad, o no haces nada, con un monte de dinero o monedas de chocolate.
*Los platillos mencionados en este capítulo son típicos entre los judíos durante Hanukkah.
