Capítulo 5: De huargos y orcos.
-Billa – escuchó la hobbit, aún en sueños. - ¡Billa!
-Mmmhh – se quejó ella, despertándose bruscamente. - ¿Qué es lo que ocurre?
-Hay que levantarse – la animó Méreda.
-¿Ya? – Billa se sentó en el suelo apoyándose sobre su hombro, y miró con los ojos entrecerrados hacia el frente. – Pero si aún está saliendo el sol. Es temprano.
-Hay huargos no muy lejos. Thorin y Fíli los han oído.
La sangre se le heló a Billa en el cuerpo. - ¿Huargos? ¿Estáis seguros?
-¡Sí! Vamos, hay que acelerar el paso.
Billa se levantó aún medio atontada, mientras que los demás recogían las provisiones a toda prisa.
-¡Vamos! ¡Rápido! ¡No puede quedar nada! ¡Señorita Bolsón! – le gritó Thorin desde el otro lado del campamento, y la hobbit lo miró, sobresaltada. - ¡Espabilad! ¡No os quedéis ahí en medio como si nada!
Billa sintió cómo sus mejillas se encendían por primera vez ese día, y comenzó a recoger sus cosas, aunque en verdad no había casi nada suyo en el suelo.
Cuando hubieron terminado, se dirigieron a toda prisa a por sus ponys y se montaron en ellos, alejándose de esa colina.
-No corráis – los advirtió Gandalf. – Debemos avanzar con sigilo. ¡Pero sin pausa!
En poco tiempo, ya habían descendido de la cima de la colina en la que estaban situados, y Billa sólo deseaba abandonar de una vez por todas ese bosque. Pero entonces, cayó en la cuenta de algo.
-Méreda, ¿por qué nos damos tanta prisa en avanzar? Cuando abandonemos el bosque, llegaremos a esos llanos de los que Gandalf nos habló. ¡Estaremos mucho más desprotegidos allí!
-Bien pensado, Billa – dijo Méreda, que parecía pensar consigo misma. – Sin embargo, es mejor abandonar el bosque pronto. Si nos están siguiendo el rastro los orcos, avanzarán por detrás de nosotros. Además, es más fácil huir y luchar en campo abierto que aquí metidos.
-Sí, pero ¿y si los orcos ya han pensado en eso que acabas de decir? Para ellos es más fácil también encontrarnos y luchar a campo abierto. ¿Y si nos llevan… a una trampa?
Méreda calló, como sopesando con gravedad la idea de Billa; pero volteó su cabeza, y dirigió la mirada a Gandalf. – Creo que Mithrandir ya tiene un recorrido ideado para nosotros.
Billa simplemente calló, y todos continuaron adelante en silencio, sin hablar apenas. Así estuvieron media mañana, sin parar en ningún momento a comer, beber o descansar. Billa no se atrevía a hablar con Méreda, Bofur o cualquier otro compañero por miedo a que los orcos la oyeran… o a que Thorin le volviera a echar la bronca. Simplemente miraba hacia arriba de vez en cuando, para observar el cielo azul sobre la copa de los árboles; y su mente se trasladó al lugar del que tanto había leído, y con el que tanto había soñado: con el Bosque Verde.
Era el bosque más grande de toda la Tierra Media, y Billa desde niña había soñado con pasear sobre su hierba, tocar los troncos de sus árboles y meter sus grandes y rechonchos pies en el río Rápido. Además, allí habitaban elfos: elfos silvanos, sí; una mezcla de Eldar y Moriquendi, los elfos que habían rehusado hacer el gran viaje a Valinor, y que, por tanto, eran menos sabios y elocuentes que otros de los de su estirpe. Pero, aun así, ansiaba poder charlar con ellos, habitar en sus hogares, conocer a esa bella gente. ¿Pararían allí para hacer un alto en el camino? Ella deseaba que así fuera, pero Thorin no parecía llevarse muy bien con los elfos.
Ya el sol había traspasado su cénit en el cielo, cuando Thorin y Ganalf estuvieron de acuerdo en que el peligro había pasado y que podrían parar unos tres cuartos de hora a descansar y comer.
Billa bajó del pony, muerta de hambre, y se sentó para recibir su porción de comida: un poco de verdura. No les quedaba ya nada de carne y no tenían tiempo para pararse a cazar, pero la hobbit se contentaba con eso. Méreda fue a explorar el terreno junto a Dori, por lo que Billa se sentó al lado de Bofur y Balin. El primero estaba demasiado ocupado ¨hablando¨ con Bombur, por lo que ella se dirigió al enano del pelo canoso.
-Balin – le dijo, con el ánimo alicaído. – Siento mucho lo de la otra noche.
-¿El qué? – le preguntó el otro, extrañado.
-El incidente de los trolls. Fue culpa mía. Lo siento.
-Oh, no, no hace falta que te disculpes, querida Billa. No fue tu culpa. Tú sólo querías salvar a los ponys, nada más. La culpa fue de los sobrinos de Thorin, que te dejaron sola ante tal problemón.
-¿Los sobrinos de Thorin?
-Claro. Fíli y Kíli son sus sobrinos, ¿no lo sabías?
-Pues… no. Primera noticia. Por eso está todo el rato encima de ellos…
-En efecto – rió Balin. – Pobres jóvenes. Su padre murió luchando ante Moria cuando Kíli no era más que un bebé; y desde entonces Thorin se ha ocupado de su educación.
-¿El hermano de Thorin murió durante la batalla?
-No. Bueno, sí; Frerin falleció, pero él no era el padre de Fíli y Kíli. Su madre es Dís, hermana menor de Thorin, que aún sigue con vida en Ered Luin.
-Ah. Comprendo – asintió Billa. – ¿Y tú? Parece que tú también tienes mucha relación con ellos.
-Oh, sí, son mis pupilos. Y también soy padrino de Kíli.
-Am. Bueno, al menos no están solos en esta expedición.
-No, por nada del mundo – rió Balin. – Por nada del mundo.
-Oye, Balin, ¿por qué… Thorin se lleva tan mal con los elfos?
El enano la miró, confundido. - ¿A qué viene eso ahora, Billa?
-Yo… he estado pensando… Antes de llegar a Erebor deberemos pasar por el Bosque Verde.
-Ajá – asintió Balin, con una sombra bajo sus ojos.
-¿Pararemos allí? Siempre he querido conocer a los elfos.
Balin la miró muy largamente, con una expresión muy seria.
-¿Balin?
-Verás, Billa; eso no va a poder ser. Mira, Thorin, y todos los enanos que escapamos del fuego del dragón, tenemos nuestras razones para odiar a los elfos; y a los de ese bosque, más a ningunos otros.
-¿Por qué? ¿Qué hicieron?
-Nada. Eso es lo que hicieron. Verás, Billa; Thror, el abuelo de Thorin, tenía una obsesión con las joyas y las gemas, como ya sabrás. Pero no era el único. El Rey Elfo, Thranduil, también sentía una gran admiración por las cosas bellas; una admiración que pasó el límite.
¨Los dos monarcas tenían una alianza formada, ya que las historias sobre la riqueza de Thror había sobrepasado fronteras. Pero todo cambió cuando Thranduil nos pidió un encargo a los enanos.¨
¨Él tenía en su poder las gemas de Lasgalen, una antigua reliquia familiar. Unas gemas blancas, inmaculadas, increíblemente bellas, y de gran antigüedad. Se las cedió a nuestro pueblo hace muchos siglos para que las labráramos y creáramos un collar para su esposa. Sin embargo, por ciertos problemas que ya se han olvidado, el collar no se terminó a tiempo, y su esposa falleció.¨
-¿Falleció? – preguntó Billa, interrumpiendo. - ¿Cómo? Los elfos son inmortales.
-No tengo ni idea, hija. Eso sucedió mucho antes que yo o cualquiera de nosotros naciera.
¨El caso es que, me imagino, el dolor corrompería a Thranduil, y se olvidó del collar y las gemas por mucho tiempo. Hasta que, cuando rehízo la alianza con Thror, las volvió a reclamar. Si me preguntas mi opinión, estoy casi seguro de que Thranduil se alió con nuestro rey nada más que para eso. Después, nos habría dejado tirados.¨
¨El caso es que, llegado el momento, Thror se las negó, y él montó en cólera. Unos dicen que Thror se enamoró de la belleza de las gemas, y otros dicen que el Rey Elfo se rehusó a pagarnos. Nadie sabe la historia verdadera, sólo ellos dos. Uno ya murió, y el otro no diría la verdad ni bajo todas las amenazas del mundo.¨
¨Y, cuando el dragón llegó… te puedes imaginar. Thranduil rompió su palabra y nos dejó tirados a espuertas. Pero, más tarde, cuando lo habíamos perdido todo, nos dirigimos al Reino del Bosque pidiéndole ayuda, mendigando, muriéndonos de hambre y frío… Y nos ignoró.¨
-¿Qué? – Billa no se podía creer lo que oía. - ¿Os dejó? ¿No os dio nada? ¿Ni un poco de comida o agua?
-Nos advirtió que debíamos atravesar el bosque cuanto antes, y no coger ni frutos, ni vegetales, ni cazar ninguna bestia para saciarnos.
-¿Para ¨saciaros¨? ¡Os estabais muriendo!
-Claro – sonrió con ironía Balin. – Pero… eso no le sirvió al rey Thranduil como excusa.
-No tenía esa imagen de los elfos – murmuró Billa.
-Ya. No todo es tan bonito como lo pintan. Para todo el mundo, los elfos son siempre los buenos de la historia, y nosotros, los enanos, somos los malos. Un estereotipo muy difundido.
Billa calló, y se comió su plato de verduras sin volver a hablar con Balin.
Un rato después, retomaron la marcha; esta vez con mucha más calma. Billa tenía una sensación muy extraña en su interior tras la historia contada por Balin, y decidió compartirla con alguien.
-Ppss, Méreda – la llamó desde atrás.
-¿Qué quieres? – preguntó la otra, dándose la media vuelta.
-Cabalga a mi lado. Quiero contarte una cosa.
Su amiga hizo que su caballo ralentizara el ritmo, y ambas quedaron al mismo nivel. Y Billa le contó a la humana el relato que Balin le había confiado. Ella escuchó todo con una expresión seria en el rostro, y cuando Billa acabó, ella sólo bufó.
-¿Es cierta la historia de los enanos? ¿Los elfos son… así?
-¿Así, cómo?
-Pues… como los elfos del bosque.
-Mira, Billa, lo primero de todo, no hay que generalizar. Claro que no todos los elfos son ¨así¨, ni tampoco todos los elfos del bosque lo son. De todas formas, el mundo no se divide sólo en buenos y malos.
-¿A qué te refieres?
-Me refiero a que… lo que ocurrió con los enanos y los elfos del bosque pasó de verdad, y no los exculpo, ni mucho menos. Pero… no sabemos bien las razones que pudieron llevar a Thranduil a actuar así.
-Sí, las sabemos. Lo del collar.
-Pueden haber otras cosas escondidas, y que no sepamos. Los enanos son un pueblo muy orgulloso, y a sus reyes se les fue mucho la cabeza. A Thrór al que más, pero no fue el único. Con esto te quiero decir que… habría que escuchar también el discurso de los elfos para llegar a una opinión medianamente objetiva. Los enanos siempre te dirán que los otros son los malos, y viceversa. Pero comprendo perfectamente que Thorin y los demás odien a ese pueblo.
Las palabras de Méreda reconfortaron un poco a Billa; y cuando estaba a punto de preguntarle algo más…
-¡Ahh! – gritó, haciéndose a un lado. – Pero ¿qué…?
De repente, unos quince conejos de una especie extraña que no había visto nunca aparecieron a su lado. Todos tiraban de una especie de trineo, y sobre él había un anciano de un extraño atuendo. Vestía de marrón y verde, tenía un sombrero entre curioso y ridículo, y un excremento de pájaro le caía por el lado derecho de la cara. Pero lo que más atención le llamó fue su vara, muy similar a la de Gandalf. Y entonces supo quién era.
-¡Radagast! – exclamó Gandalf. - ¡Radagast el Pardo!
-¡Gandalf! Menos mal que te he encontrado. Los pájaros me contaron de tu expedición.
Todos los demás enanos bajaron las armas con un suspiro de alivio, aunque Billa no entendía por qué las habían levantado. -¨Ni que pareciera un peligro¨. Radagast tenía una pinta tan peculiar, que Billa se sorprendió a sí misma de haber pensado que Gandalf era un lunático la primera vez que lo vio.
-Radagast, viejo amigo – se acercó Gandalf a saludarlo; - ¡cuánto tiempo sin vernos! No sé si conocerás a Méreda.
-Nos vimos una vez – sonrió la humana, bajando del caballo y estrechándole la mano al mago.
-¿Ah, sí? No os recuerdo – le dio la espalda el mago pardo, y ella se quedó allí plantada, con una cara un tanto cómica que provocó que más de un enano soltara una risotada.
-Gandalf, he de hablar contigo sobre algo muy importante; es de extrema necesidad que lo sepas….
-¡Radagast, Radagast, calma! – exclamó Gandalf. – Toma un poco de aire.
El segundo mago cerró los ojos y respiró profundamente durante unos segundos, y después comenzó a hablar de nuevo. – Mejor será que nos vayamos a un lado más alejado.
Gandalf asintió, y les dijo a los demás que podrían aprovechar para descansar durante unos instantes.
-¿¡Qué!? – gritó Dwalin. - ¿¡Estás de guasa!?
-¡Gandalf, no tenemos tiempo! – mandó Thorin.
-¡Sólo diez minutos! ¡Esto es importante! – Gandalf y Radagast se fueron a un claro apartado a cuchichear entre ellos, y los demás no tuvieron más remedio que sentarse a esperar.
-¿De qué crees que estarán hablando? – le preguntó Billa a Méreda. Pero la humana no respondió; en vez de eso, se quedó mirando muy fijamente a los dos magos, con las cejas arqueadas hacia abajo y una expresión muy seria en el rostro. La hobbit se quedó mirando a su vez a su amiga, en silencio, intentando adivinarle los pensamientos, hasta que la humana se levantó de un salto tan bruscamente que la hobbit dio un respingo.
-¡Jolines, qué susto! ¿Has oído algo?
-No, pero quiero acercarme un poco a ellos.
-¿Eso no es espiar?
-Puede. Tú eres una saqueadora. ¿Eso no es robar?
-¡Oye!
-Lo siento, es que… Quiero saber de qué hablan. Creo que están tocando un tema serio. ¿Vienes?
Billa se preguntó para qué narices querría precisamente ella saber algo acerca de un tema serio, pero, por no quedarse sola, asintió. Las dos amigas se acercaron muy lentamente por entre los árboles al lugar en el cual estaban parados de pie Gandalf y Radagast, hasta que Méreda decidió que era mejor quedarse ahí.
-¿Oyes algo? –le preguntó Billa.
-No, maldición, no oigo nada.
La hobbit se preguntaba a sí misma por qué le interesaría tanto a la mujer la conversación entre los magos, cuando, en ese momento, Radagast se sacó algo de entre los ropajes. Era algo envuelto en una especie de tela, pero no podían ver nada más. Entonces, Radagast se lo pasó a Gandalf para que lo desenvolviera. Y cuando lo hizo…
Era una espada. Pero no una espada corriente: era grande, negra, afilada, y tenebrosa. Sin saber por qué, a Billa le bajó un escalofrío por todo el cuerpo nada más verla; y pudo sentir que a su compañera le pasaba lo mismo.
-Méreda – susurró, levantando la vista. - ¿Qué es eso?
La humana negó con la cabeza, tragando saliva. – Yo… no lo sé. Pero no es nada bueno.
Las dos retrocedieron inconscientemente hacia atrás, y volvieron al lugar en el que estaban sentados sus compañeros. Billa aún sentía un frío polar recorrerle las venas, pero Méreda parecía aún más afectada, ya que estaba temblando y tenía la cara blanca.
-Méreda, ¿de veras que no sabías lo que era esa… espada? – no sabía por qué, pero le había costado mucho trabajo pronunciar esa útima palabra.
-No, no tengo ni idea. Pero me ha dado muy mala espina – bajó la mirada y se cubrió a sí misma con sus brazos, intentando dejar de temblar. – Dame unos minutos para que se me pase, por favor.
Billa le cogió las manos a su amiga, y poco a poco las dos se fueron calmando.
-Ya está, ya ha pasado – suspiró Billa. – Espero que a Gandalf no se le ocurra llevar eso encima durante todo el viaje.
Méreda le sonrió a la hobbit, y Billa le apretó las manos más fuertemente. Y entonces, se dio cuenta de una cosa.
En el dedo anular de Méreda descansaba un anillo. Era de plata, y en él estaban labradas dos especies de ramas que se entrejuntaban la una con la otra. Y se preguntó cómo su amiga, siendo una montaraz, podría haber conseguido un anillo tan hermoso y, a simple vista, no muy barato.
-Oye, Méreda, ¿dónde...?
Pero no pudo terminar la frase. Una flecha negra surcó el aire y calló en tierra, justo al lado de donde estaba sentado Kíli.
-Pero ¿¡qué demonios…!?
Todos sacaron las armas, y se acercaron al lugar en el que había caído la flecha. Méreda fue la única en darse cuenta.
-¡Kíli, no! – gritó, y saltó sobre el huargo que estaba situado en una roca encima del enano antes de que lo devorara por completo. Méreda mató al huargo, y Kíli asesinó de una estocada al orco que había encima.
-¿Estás bien? – le preguntó a Méreda, ayudándola a levantarse.
-Sí, lo estoy.
-Pero ¿¡qué ha ocurrido!? – bramó Gandalf, volviendo a toda prisa con el resto de la compañía.
-¡Un rastreador! – blasfemó Thorin. - ¡Hay más orcos ahí afuera! ¡Debe de haber una manada!
-¿¡Una manada!? – preguntó Billa.
Como respuesta, recibió varios aullidos de huargos que se oían peligrosamente cerca.
-¡Nos tienen cercados! – bramó Thorin. -¡Estamos rodeados!
-¿Qué vamos a hacer?
-¡Luchar!
-¿Contra una manada de orcos? ¿¡Estáis locos!? – exclamó Méreda.
-Yo los distraeré – se adelantó Radagast. – Así podréis escapar.
-Por favor, Radagast. ¡Son huargos!
-¡Y éstos conejos de Rosgobelt! – gritó el mago pardo, muy seguro de sí mismo. - ¡Que lo intenten si quieren!
La expedición al completo siguió avanzando con cautela hasta el lugar en el cual el bosque daba paso a unas infinitas praderas de hierba alta y amarillenta. Como Gandalf había dicho, había multitud de rocas que salpicaban el terreno, por lo que podrían usarlas como escondite si era necesario.
Radagast salió primero. Subido sobre ese trineo tirado por conejos, dio unas cuantas vueltas sobre el terreno, mientras que los demás lo observaban a escondidas aguantando la respiración. Billa sujetaba la espada entre sus dos manos sudorosas, muerta de nervios y de miedo. Y, tras unos segundos de espera… cinco orcos montados sobre huargos salieron de la nada al encuentro del mago, y lo persiguieron. Los huargos parecían feroces, y sus jinetes, encolerizados. Pero los conejos de Radagast eran muy rápidos, y en ningún momento llegaron a acercársele a una distancia peligrosa.
Cuando Radagast y los huargos ya estuvieron tan lejos como para ni siquiera poder verlos, Gandalf ordenó a la compañía que se moviera. Billa quería con todas sus fuerzas quedarse allí, inmóvil al abrigo de los árboles, pero haciendo acopio de su valor se movilizó junto al resto. Los dieciséis compañeros corrieron hacia la primera roca que vieron, y después, a la siguiente.
-¡Vamos! – le ordenó Gandalf, cuando hubo mirado alrededor. - ¡Aprisa!
Todos corrieron una longitud de diez metros aproximadamente, y se pararon de nuevo al abrigo de una roca. Billa estaba al borde de un ataque de ansiedad. Y entonces, lo oyeron. Un huargo, subido a la roca en la que estaban situados. Thorin, en extremo silencio, miró a Kíli, le dirigió una breve mirada a su arco, e hizo una seña hacia arriba. El sobrino lo entendió a la primera.
Rápido como el viento, Kíli sacó una flecha y apuntó al huargo, que calló con un sonido sordo al suelo. Antes de que pudiera dar la alarma, Thorin cogió su cuchillo y degolló al orco, pero éste soltó un grito agudo justo antes de morir. Y supieron con certeza que estaban perdidos.
-No – susurró Méreda.
Todos se miraron los unos a los otros, y otro chillido se escuchó en la pradera, muy cerca de donde ellos estaban.
-¡Corred! – gritó Gandalf, y Billa salió por patas de ahí. No recordaba haber corrido tanto en su vida, mientras escuchaba los sonidos de los huargos pisando sus talones y sentía las lágrimas escocer en sus mejillas. Ya no le importaba parecer una cobarde o una inútil delante de sus compañeros, sólo quería escapar con vida de esa situación.
-¡Corred! ¡Por aquí! – les gritó Gandalf, torciendo a la izquierda. Antes de que pudiera cerrar la curva, un huargo les cortó el paso a Ori y a Billa, y ella se tapó la cabeza con los brazos, soltando un agudo grito desgarrador. Pero alguien se puso delante de ella y mató al huargo y al orco. Para cuando Billa abrió los ojos, Thorin, situado delante suya, miraba con seriedad a Gandalf, que estaba parado frente a una gran roca.
-¡Vamos! – gritaba. -¡Por aquí!
-¿¡Adónde nos llevas!? – preguntó Thorin. Una flecha negra voló a su lado por pocas hirió a Ori en el hombro.
-¡Tú sólo corre! ¡Hazme caso!
Ori salió por patas, y Thorin agarró de la mano a Billa y la instó con un impulso a que corriera. La hobbit movió sus piernas con fuerza hasta que le dolieron, y, como si hubiera recibido un aliento de vida, alcanzó la roca en la que estaba Gandalf.
-¡Vamos! ¡Corre! ¡Al túnel!
-¡Espera! – dijo, dándose la vuelta. - ¡Méreda!
Distinguió a la humana corriendo hacia donde estaban ellos, mientras que lanzaba flechas con su arco a todos los huargos que veía por el camino.
-¡Ya estoy! – bramó, sudando, cuando llegó al resguardo de la roca. - ¿Quién falta?
-¡Kíli! – chilló Thorin.
El joven enano se había parado a unos cuantos metros de la roca, y estaba disparando flechas a los orcos.
-¿Pero qué diablos le pasa? ¡Kíli! – chilló Méreda. -¡Ven aquí!
De repente, un huargo apareció corriendo por la pradera en su misma dirección; y Kíli no le acertó ninguna flecha.
-¡Oh, no! ¡Kíli! – bramó Thorin. Y cuando el huargo ya saltaba encima del joven enano… un extraño, vestido con una reluciente y dorada armadura, apareció por la derecha, y acabó con la vida del monstruo de una estocada.
Kíli, sin pensárselo dos veces, se levantó del suelo y salió disparado hacia la roca.
-¿Pero ¡qué hacías!? – lo reprendió Thorin.
-¡Ahora no! ¡Meteros de una vez en el túnel!
Los cinco se deslizaron por el túnel de la roca, pero antes de desaparecer, Billa pudo ver cómo muchos otros jinetes armados acababan con la vida de los orcos en la pradera.
La hobbit cayó con un gritito sobre el suelo duro, y se hizo mucho daño en el coxis.
-¿Estás bien? – le preguntó Óin, ayudándole a levantarse.
-Sí. Ahora mucho mejor – dijo ella, posándose las manos en la espalda.
-¡Aahh! – escuchó encima suya, y una persona se le cayó justo encima.
-¡Ayyy! – se quejó. - ¡Méreda!
-Lo siento – se disculpó la humana, levantándose y cediéndole la mano a Billa. – Jolín, qué daño.
-¡No me digas!
-Muy bien – suspiró Gandalf. – Ya estamos a salvo.
-A salvo ¿dónde? – le preguntó Thorin. - ¿Dónde estamos, Gandalf?
El mago simplemente calló, y se dio la vuelta. – Por ahí. Tenemos que seguir por ahí.
-¡No! – bramó Thorin, y todos se dieron la vuelta. -¡No seguiremos hasta que no nos digas adónde vamos!
-Sabes perfectamente adónde nos dirigimos, Thorin Escudo de Roble.
Ambos, mago y enano, se quedaron mirando muy fijamente, hasta que Méreda dio un paso adelante. – Yo voy con Mithrandir.
-¿Qué?
-Él sabe qué es lo que debemos hacer. Yo también sé adónde nos dirigimos, y entiendo que tengas tus rencillas, pero es nuestra mejor opción. O eso, o volver a pasar por el camino largo, desprotegido y lleno de orcos.
Thorin miró muy seriamente a la humana, y con un suspiro y la cabeza baja se acercó a Gandalf. – Está bien, hagamos lo que dices.
El mago asintió con una sonrisa, pero Thorin le cogió de la manga. – Sólo por esta vez.
Gandalf asintió ante la amenaza del enano, y todos se pusieron en marcha de nuevo.
-¿Dónde estamos? – preguntó Fíli.
Billa no lo sabía. Paseaban por un desfiladero muy estrecho por el que se colaba la luz del sol. Estaba completamente perdida, hasta que las altas pareces rocosas que los protegían desaparecieron. Y, a lo lejos, vio una preciosa casa situada entre las montañas. Los balcones y las terrazas brillaban contra la tenue luz del sol, y una cascada de agua caía por sobre la montaña.
-¿Qué es eso? – preguntó Dwalin. Pero Billa sólo podía mirar hipnotizada a aquel hermoso y mágico lugar, con una sonrisa en su rostro.
-Rivendel.
Bueno, aquí va el quinto capítulo. Poco a poco se deja traslucir más lo que Billa siente por Thorin, y cada vez aparecen más incógnitas sobre el pasado de Méreda. Pero no os preocupéis, en estos siguientes capítulos prometo atar algunos cabos. ¡Muchas gracias por los buenos comentarios! ¡Besos! XXXX
