Lunática
Capítulo tres
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Desperté con una sensación de asco en la boca del estómago. No me reconocí a mi misma dentro de ese auto, no podría reconocerme ni en un millón de escenarios distintos. Qué era lo que me había pasado en esos años en los Estados Unidos. Antes de irme de mi país, e incluso los primeros años allá, era totalmente ingenua, y eso me daba un toque de ternura cada vez que entraba en un lugar. Esa era la razón por la que todos quedaban prendados al instante de mí, y por ello, no encontraba novio ahora. Creo que era eso a lo que se refería Michael cuando terminó conmigo. Ya no era igual, me dijo.
La visión de ese país había estropeado mi personalidad. Pobre Izzy, nunca conoció mi lado lindo. Pobre de mí, he hecho el ridículo todo este tiempo. Era definitivo, no quería salir de mi casa hasta cambiarme de país nuevamente.
Me pasé la mañana inventando alguna forma de disculparme y limpiar mi imagen con Izzy, la única idea cuerda que me vino a la cabeza fue el típico método yankee de resolver las cosas, hornearle algo. No podía evitarlo, viví mucho tiempo allá. Bajé a la cocina dispuesta a hacerle algo muy delicioso, un muffin o algún kutchen. Al repasar mi idea por segunda vez, me di cuenta de que tendría que hacerle uno a todos con los que he hablado desde que llegué: A Sora por llamarla zorra y llevarla al alcoholismo, también por pensar en robar a su novio, a Tai por llamarlo atrevido, a Kari por pensar mal de ella, a Joe por usar su pobre alma… En fin, mi cocina se transformaría en una fábrica de dulces a final del día.
Al cabo de tres horas, terminé de llenar un canasto completo de galletas de miel y jengibre recién salidas del horno. Las cubrí con un lindo paño de la cocina y salí en busca de personas que fueron alguna vez pisoteadas por mí. Pasé primero a tocar la puerta de Izzy, estaba más cerca y fue quien me dio la idea.
Me llevó unos minutos armarme de valor para tocar la puerta, y llevó mucho más tiempo para que la casa cobrara vida, teniendo que tocar unas tres veces más para hacerme notar. Era obvio que estaba completamente solo y encerrado en su cabeza, por lo que no me escuchó tocar, creo, o me ve como una loca y prefiere esperar a que me aburra y me vaya. En fin, mis rodillas tiritaron al verlo abrir la puerta. No era por que me gustara o algo así, sólo me da vergüenza la obsesión que arrastré por él este último tiempo… creo.
—Hola. —saludó él, estaba sereno, quizás ni recordaba lo del día anterior. Espero que así sea, podría ver la nueva yo y enamorarse perdidamente de mí y preguntarse por qué no lo hizo antes. Y así fue como me fui sonrojando lentamente, mis pensamientos me delataban.
—Hola…—dije yo, casi muda ante su mirada que caía sobre mí completamente. Nada más pasó. El silencio nos acompañaba a cualquier lugar, no tenemos tema de conversación, mal signo para una relación sentimental ¡Olvídalo! Es lo peor que puedes hacer, no puedes hablar sola siempre que estés con él ¿o si? — Bonito día ¡Te traje galletas!
Susurró un pequeño gracias y volvimos al silencio. No pude evitarlo, tenía que decir todo lo que estaba pensando.
— No quise hacerlo, estaba sumida en un estado etílico ¡No soy así! Tampoco quiero que seas mi novio, es decir, no estaría mal, pero así no se hacen las cosas ¿no es cierto? Además, no creo que lo nuestro habría funcionado, somos completamente distintos, tú sabes, ni siquiera hablas muy seguido. Siempre soy yo la que te tiene que seguir para conversar un rato. Hablar sola es deprimente, así que ¿Amigos?
— Mimí
— No tienes que decir nada, las cosas son así. Lo siento mucho si te intimidé. Pero, sabes, en Estados Unidos estamos acostumbrados a ese tipo de locuras. Si… — terminé diciendo, había quedado sin aire con toda mi explicación, en parte falsa, jamás había vivido eso en el extranjero, pero él no tenía por qué saber. Miré mis zapatos, estaban hermosos, relucientes y me hacían ver más alta, buena distracción, ya que no quería verlo a los ojos. Sabía que me estaba mirando, pero qué importa, debe pensar lo peor de mí. — En fin, espero que te gusten. Creo que debo irme.
— Mimí
— No digas más, creo que estás ocupado, es mejor que me vaya. No me gustaría molestarte—y comencé a bajar las escaleras, mientras me recorría un enorme escalofrío, indicio de que seguía mirándome. Por qué me pasan estás cosas a mí.
— La pasé bien contigo. — dijo de pronto y mi corazón dejó de latir. Para nada fue un flechazo, sólo me sentí aliviada de no sentir ese peso sobre mi espalda, tú sabes, el que te odien cuando no te conocen bien. Me giré sobre mis talones, aún sin poderlo mirar totalmente, sé que estaba algo apenado. — Y tampoco me molestas.
Me reí por lo bajo, claro que me había llegado hasta lo más profundo de mis entrañas y las había hecho burbujear un poco, simplemente por que al fin la antigua Mimí estaba volviendo a mi cuerpo. Y como una niña comencé a levantar lentamente la cabeza para poder mirarlo finalmente, él, por su parte, bajó la suya. Mucha presión, quizás.
— ¿Quieres pasar? — me preguntó un poco acelerado, no quería perderme, supongo. Creo saber un poco de psicología masculina. Internamente me debatía si entrar o salir, una señorita jamás acepta una propuesta indecorosa a la primera vez, pero claro, tratándose de él, ningún pensamiento sucio se atrevía a cruzar por su cabeza. Él era un caballero.
— Claro, podríamos comer galletas. — sonreí y entré.
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Pasamos por la cocina para dejar una porción de galletas en una fuente para así llevarlas a su habitación. No pienses mal de mí, es que estaba trabajando en no sé qué y precisaba de ir a su escritorio a terminar lo que sea que estuviera haciendo. Yo simplemente iría a hablar un rato con él mientras trabajaba, tú sabes, hacerle más amena su tarde. Además, él dijo que iríamos a su habitación.
Con la fuente en una mano abrió su puerta y detrás de ella, comenzaron a aparecer todos los elementos que conformaban su habitación y que yo apenas veía desde la mía. Estaba repleta de hojas y libros, su escritorio completamente ordenado, con rastros de goma de borrar por todo el mesón, cálculos en cada pedazo de hoja suelta, un montón de lápices y cosas de ese estilo. Rió cuando me vio tomar una hoja enterrada en pedazos de goma.
— Lo siento, no tuve tiempo de ordenar.
— Está bien, es como entrar a tu cabeza. — dije con malicia, no me había dado cuenta de ello, juro que soy inocente. Pero debo confesar que busqué algún papel que dijera mi nombre. Habría sido interesante, no es que esté interesada en él, somos completamente opuestos.
Se quedó mudo, pero estaba sonriendo, algo de gracia debo darle. Salté a sentarme a su cama, para que pudiera terminar y yo ver qué era lo que realmente hacía mientras me daba la espalda cuando trataba de espiarlo. Ahora estoy sentaba en primera fila observándolo, nada me ponía más feliz. Él se sentó en la silla del escritorio, esta típica silla con ruedas para el escritorio, y se deslizó un poco hacia atrás, habíamos vuelto al silencio. Claro que esta vez era agradable, estábamos en la misma posición, ni muy cómodos ni muy perturbados. Pude oír muy bien un reloj que resonaba sus manillas en alguna otra habitación.
— Quieres una galleta. — dijo de pronto y yo acepté, brincando de la cama como si tuviese adosado un resorte en el cuerpo. Comer fue aún menos incómodo. Soltaba risitas ocasionales, no acostumbraba a comer frente de un hombre que no me conociera muy bien, saber las cantidades que ingiero cada vez que lo hacía no era algo de lo que estaba muy orgullosa.
Al cabo de un rato, se me ocurrió dejar de ponerlo nervioso al mirarlo que decidí desviarme un poco a la ventana, sólo para saber cómo se veía mi hermosa habitación. La vista era exactamente igual a la que tenía yo, claro que mis cortinas eras mucho más translucidas al ser más claras… ¿Me habría visto espiarlo? Mi mamá se veía claramente cuando entró abruptamente a mis aposentos sólo para regañarme del desorden contenido allí, se fue enseguida al no encontrarme en casa. Quedé para adentro, mis conductas estaban siendo de lo más alocadas, psicópatas y totalmente indiscretas.
Hice varias muecas horrorizadas, pero por suerte, él se había distraído con los cálculos en la hoja, quizás tenía algo mal, por lo que estaba borrando y comiendo galletas a la vez. Quise huir, mientras más quería arreglar las cosas, más cosas horribles salían a flote. Pero cómo, no quería desconcentrarlo ni tampoco sabía las palabras correctas para decir adiós, estoy apenada, mejor me voy. Comencé parándome de la cama suavemente, y me deslicé como gata hacia un estante de libros en frente, fingí estar interesada en ellos para acercarme a la puerta.
— ¿Te interesa algo? —me dijo cuando hubo terminado su pequeño ejercicio, estaba hiperventilando, nada me iba a salvar ahora. Todos los títulos eran completamente marcianos para mi pobre cabeza. Me sentía limitada mental ¡Límites! Ese título era perfecto para mí. Lo saqué rápidamente de su lugar, era un libro pequeño, algo se veía extraño. — ¿Límites? Hace años que no ocupo ese libro, puedes llevártelo si quieres.
Perfecto, de todos esos libros complicados había elegido el menos avanzado ¿Quieres aprender a sumar? Toma el que dice límites. Me sentí pequeña de un momento a otro, no quería que me viera como una tonta. Dije gracias con un hilo de voz y hojeé el libro que se me había sido heredado y con terror vi su contenido. El mundo me quiere acabar.
Aclaré mi garganta, mucha humillación por hoy: —Creo que debo irme, debes estudiar. —me miró como incrédulo y me eché a reír. —Y yo debo limitar por ahí.
—Como quieras. —dijo él, y me ofendí, no es como yo quiero, debe suplicar que me quede. El lenguaje femenino es más complejo que tus cálculos, cuando es un no, es un si y cuando digo si, es por que estoy totalmente desesperada y llega a ser más que un simple si, aunque un si puede significar un no a veces, sólo un par de veces.
—Si, como quiero…—le respondí, y me llevó a la puerta.
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Grité feliz su nombre cuando ella me abrió la puerta, no sabía que me aparecería en su casa tan de sorpresa y sin razón aparente, por lo que no pudo evitar su expresión algo contrariada, me pregunté de pronto ¿Estará ocultando algo?
— ¿Feliz de verme? —le dije para aligerar la atmósfera que nos envolvía. Ella rió por lo bajo, quizás estaba haciendo algo, jugando con su novio por ahí y haciendo cosas que una entrometida como yo no debería saber —¿Ocurre algo, Sora?
—No, para nada. Es sólo que nunca pensé que eras tú. —esperé a que ella me invitara a pasar o algo, no era muy agradable estar afuera cuando estaba anocheciendo, más si había horneado más galletas para ella durante la tarde para venir hasta acá. O sea, no creo que esté ocultando algún cadáver como para no dejarme entrar. Es ilógico.
—Está fresco…—comenté y ella sólo asintió, qué es lo que ocurre acá. Cualquier persona en su sano juicio dejaría entrar a otra que mendigó calor con ese comentario. Caí en locura y con un sonoro permiso entré sin previo aviso. Ella perdió la compostura y me siguió hasta el pasillo, donde me detuve, no era tan sinvergüenza como para buscar a la persona que me ocultaba. —Te traje unas galletas ¿dónde está la cocina? Tengo que dejarlas en un plato para que la casa se impregne de olor a canela horneada —dije casi gritando, no podía dejar de hacerlo, estaba invadida con un ataque de ansiedad desde que vi al genio y me senté en su cama.
—Por acá. —me dijo ella, con su voz apagada, no creo que este haya sido un buen momento. Yo sólo quería que me regañara nuevamente por lo que pretendía hacer con el pelirrojo y así poder reventar y decirle si, tienes razón, pero creo que él tiene el control de todo ¡Me mató, es demasiado lindo! Pero claramente nunca pasa lo que debería pasar, ni siquiera con un pequeño empujoncito ella reaccionaría. Me condujo lentamente hasta la cocina, y me asaltó una duda cuando escuché una voz un tanto molesta para mí.
— ¡Mimí! —Tai estaba en la cocina, asaltando el refrigerador. Sora perdió la cordura y comenzó a hablar fuerte del lugar en donde estaban todos sus platos y cosas que me servirían de algún modo. Es impresionante como la gente levanta la voz como si pensaran que así, lo que les avergüenza desaparecería del rango de visión de los intrusos que nos entrometemos en su vida personal.
—Hola, no pensé encontrarte acá ¿Galletas? —le ofrecí y mientras él buscaba la más grande dentro de mi canasto, la miré inquisidoramente. — ¿Qué hacían?
—Veíamos el partido. —dijo él con la boca llena, demasiado tranquilo en comparación con mi querida amiga.
— ¡Interesante! Entonces los dejo solos, no me gustan los deportes. Sora, acompáñame a la puerta ¿Quieres? —y con un gesto me despedí y me dirigí a la salida con mi mejor amiga detrás, quiso decirme algo, que no era lo que creía o que jamás lo haría otra vez, cosas que fácilmente lo podía leer de su expresión corporal. Pero ¿sabes qué? —No tienes que decirme nada, no soy nadie para que me des explicaciones. Pero deja de juzgarme, tampoco tengo malas intenciones. —y desaparecí ¡victoria para mí!
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Esa noche no dejé de pensar en lo ocurrido en la casa de mi vecino, revivía momentos en los cuales me dolía el estómago, y también recordaba la estupidez en la que estaba metida, no podía creer que mis cortinas fueran tan transparentes. Tampoco me podía acercar a la ventana por vergüenza, quizás ya sabía y recordaba los horarios en donde frecuentaba mi ventana. Y la psicopatía seguía, no podía evitar tipear su nombre en el buscador de Internet para ver qué cosas había logrado con esa cabeza que tenía, pero al aparecerme los resultados, borraba todo con miedo a que alguien estuviese hackeándome en ese mismo instante. Todo era más fácil cuando los hombres se colgaban a mis pies y yo podía elegir con quién quedarme, claro que nunca elegía. Los tiempos de Michael eran más fáciles.
Me asomé por la ventana, con las luces apagadas para que nadie me viera. Estaba revisando y apuntando notas en la punta de su cama, parecía que no dormía nunca. No se veía cansado, por lo que tomé unas sandalias y fui a su casa.
Toqué suavemente la puerta y lo esperé, abrazándome a mi misma para entrar en calor, no se me ocurrió tomar un abrigo para salir, en dónde tenía la cabeza. En ninguna parte, por que tampoco había pensado en qué iba a decirle cuando descubriera que su psicópata estaba tocando su puerta. Entré en pánico, no tenía razón alguna de estar allí ni mentira creíble, sólo la cruda verdad. Pensé en que no escucharía y podría irme a mi casa como si nada hubiese pasado pero me abrió instantáneamente cuando se me cruzó esa idea por la cabeza.
— ¿Mimí? —estaba sorprendido y se hizo a un lado para que entrara. Trato de que le dijera algo, y pensé en mi último recurso: mujer sin argumentos, mujer que llora. Y comencé, mis ojos se cristalizaron de a poco y él más se confundió. — ¿Qué te pasó?
—Nada, sólo necesito hablar con alguien, pero no tengo gente cercana por acá. —miré hacia abajo y él me tomó de los hombros algo incómodo, quizás sea la primera persona a quien tiene que consolar. Pero consolar qué, todavía seguía pensando por qué lloraba, estaba ganando tiempo entre sollozos y lagrimones. Comencé a pensar en todo lo que estaba mal en mi vida y no habían muchas, sólo que soy un parásito de mis padres, no tengo futuro y estoy en nuevos territorios. De un momento a otro me sentí sola y mis lágrimas salían naturales.
Me sentó en su silla de escritorio, pasándome cantidades industriales de papel higiénico para mis secreciones nasales y agua para tragarme el nudo atorado en la garganta que me dejaba sin aire. Mi idea era la peor idea en una larga lista de ideas pésimas para conquistar a alguien. Ahora pensará que soy demasiado dramática y una chica-ventilador de problemas personales, a nadie le gusta eso.
— ¿Quieres decirme lo que pasó?—me susurró suavemente, algo preocupado por mi repentino quiebre emocional, juro que traté, pero los espasmos de llanto que acompañaban a mis intentos de articular alguna palabra acabaron por desesperarme, provocando un segundo quiebre seguido por más llantos y gritos sin significado. —Tranquilízate, Mimí, todo va a estar bien. No tienes que contarme.
Asentí con la cabeza, claro que no iba a contarle algo, estoy vacía de argumentos válidos.
Pasados unos minutos, me tranquilicé, sentía la cara caliente y los párpados hinchados. Me sentía tonta, cómo pude llegar a esos extremos. Izzy estaba hincado frente a mí en espera de que mis espasmos cesaran y yo no podía ni mirarlo y como estaba tan cerca, me escurrí y lo abracé. Tal vez, si necesitaba llorar.
Pasaron una o dos horas, había permanecido callada y pensativa, mientras él me hablaba de cosas que tenía que hacer o seguía revisando el montón de hojas que tenía acumulado a un lado de la cama. Todavía no podía creer lo que había hecho, pero mi cabeza estaba junto a los pensamientos en donde la palabra parásito sonaba más fuerte. Era terrible, a veces no aseaba mi habitación por lo floja que había llegado a ser. Rompí el silencio:
— ¿Izzy, en qué me ves trabajando? —me paré del asiento y fui directo a la cama para sentarme junto a él. Siempre me vi trabajando como modelo o como diseñadora de modas, pero viendo el trabajo de Sora, lo último me pareció demasiado aburrido, y lo de modelo, bueno, tengo que admitir que ya estoy muy vieja como para empezar una carrera ahora mismo. Me quedé esperando la respuesta que daría el pelirrojo, él debería saber, es la persona más inteligente que he conocido.
—En lo que quieras. —respondió con una sonrisa, no era lo que esperaba pero al menos lo intentó, o realmente creía que podría ser cualquier cosa. Sonreí, y apoyé mi cabeza en su hombro. —Qué es lo que te gusta hacer. —permanecí en silencio, muy buena pregunta.
Notita: Siento no haber subido esto antes, pero tuve un par de problemas: el tiempo se me hizo escaso, un susto que involucraba un hacker y sentir que este fic se hace realidad hacen que no actualice mis historias o_o. No coments.
Sólo les digo, si quieren que algo pase... escriban un fic ;D
