-Sai-san...nunca antes he hecho esto...-el pequeño desvió la mirada de la del mayor.
-Solo metelo en tu boca...no pasará nada...lo prometo-tomó el mentón del niño.
-Tengo miedo...-susurró
-No pasará nada, pequeño-se la metió en la boca-...Tragatelo todo-
-Ah...-suspiró el pelirrojo.
-¿Te gusta?-
-Si...-el niño sonrió al mayor-...Sai-san cocina muy buena sopa-
-Te lo dije, Gaa-chan -le devolvió la sonrisa el mayor.
Tras horas y horas de no saber que hacer de comer, Sai dio con la solución. A los niños pequeños les solía gustar la sopa (por lo menos eso había visto en la televisión) así que le haría una sopa al pequeño Gaara. El pequeño no tenía mucha confianza en que el mayor supiera cocinar por lo que lo supervisó en todo el proceso, poniendo nervioso al mayor ante su profunda e inocente mirada aguamarina.
El moreno se sintió un poco herido ante la poca confianza que le tenía el pelirrojo (Sai llorando como nena). Le costó hacer que se la comiera(casi le metió la cuchara a la fuerza a la boca)...ni que la sopa fuera a adquirir vida propia o lo fuera a envenenar.
-No sabía que Sai-san supiera cocinar- dijo inocentemente sin saber que sus palabras eran como dagas en los bajos del mayor.
-¿Tengo cara de inepto de la cocina?-
-Si- se rió en su cara el pequeño.
-No seas malo, Gaa-chan- le acarició la cabeza mientras se reía junto con él.
No se podía enojar con ese pequeño ángel pelirrojo. Era un niño muy especial. Tan adorable y encantador.
Tomó un plato de la alacena y una cuchara, y le sirvió un poco de sopa. A lo que el menor se sentó en la mesa.
-Te la comes toda, eh?-Puso el plato enfrente del niño- Si no comes bien te quedarás enano para siempre-desordenó el cabello burlónamente.
-Malo- hizo unos adorables pucheros-...No soy enano...-se puso a comer-...soy de crecimiento lento...-
-Claro, claro-
Sai observó al niño mientras comía. No se estaba quieto. Movía las piernas de un lado a otro incluso sentado, y tarareaba mientras comía.
Observaba como introducía la cuchara en su pequeña boca de labios rosas. Era extremadamente tentador ver como la sopa desaparecía entre esos carnosos labios que se relamía al salir la cuchara. En una ocasión, un poco de sopa resbaló de una de sus comisuras y calló lentamente por su cuello, desapareciendo por debajo de su ropa, dispuesta a recorrer su cuerpo...
…
Que envidia...
-Sai-san...-
La voz del menor lo despertó de su ensoñación.
-Emmm...¿Qué ocurre, angelito?-sonrió nervioso.
-Está muy rica la sopa que Sai-san hizo-sonrió y puso su manita encima de la de Sai, que yacía encima de la mesa-Perdón por decirte que no sabías cocinar-
-No ocurre nada, pequeño-tomó la pequeña mano del menor y la acarició con sus dedos.
No podía enojarse con ese pequeño niño. Lo único en que podía pensar el moreno es que tenía una extraña debilidad por el pequeño Gaara.
En medio de su ensoñación, recordó algo importante...
Algo que lo llenaba de pavor...
Limpiar la cocina de todo el desastre que había dejado cocinando.
(gotita)
-Sai-san ¿Porqué está llorando?- exclamó el niño preocupado al ver como de los profundos ojos negros del mayor caían lagrimones de telenovela con solo pensar en limpiar aquel caos.
-Nada, nada...-snif-...es solo que hay cosas en esta vida que no se pueden evitar...(lagrimones)-lloriqueó enfrente ante la preocupada mirada del menor- Tengo que limpiar la cocina-
-¡Ah! ¡Yo lo ayudo!- exclamó sonriendo- Así que no llore, Sai-san- rodeó el cuello del mayor con un tierno abracito.
El moreno se sonrojó ante ese inocente acto por parte del niño, sin pensarlo le devolvió el abrazo y le acarició el cabello con ternura.
-Por dios, Sai-san...-exclamó sorprendido el pelirrojo.
-Lo se...-respondió el moreno.
-Es demasiado...-
-Es enorme, eh?-
-Si...-
-¿Crees que podrás con todo esto?-
-Por muy grande que sea...si no me encargo de esto...no disminuirá su tamaño...-
-De acuerdo...-
-¿Puedo?...-preguntó tímidamente el pequeño.
-Adelante...-
En efecto...
Esa pila de trastes sucios era enorme.
El pequeño se había ofrecido a lavarlos sin saber la cantidad de platos que serían, pero no se echó para atrás.
-Gaa-chan...¿Estás seguro de que puedes?-preguntó tímidamente. Le daba cosa dejarle una tarea tan pesada a un pequeño niño.
-No pasa nada-sonrió mientras se arremangaba y agarraba un banquito para llegar a la altura del lavadero.
-Pero...-
-¡Tranquilícese, Sai-san!-le pegó un susto al mayor que estaba sumido en sus pensamientos- Todo está bien-le sonrió entornando los ojitos aguamarina- Quiero ayudar a Sai-san-
El mayor se sonrojó ante esto, asintió y tomó un trapo para empezar a limpiar alrededor de la estufa.
Mientras realizaba ésta acción, miraba de reojo al pequeño pelirrojo, que estaba concentrado en lavar lo mejor posible cada plato, llenando todo de jabón y espuma haciendo que a penas se vieran sus manitas.
Era un encanto.
Veía que era una persona muy responsable para su edad y eso era muy adorable.
Ir conociendo cada día más a esa pequeña persona lo llenaba de felicidad.
Se moría de ganás por saber más de él.
Quería ver más facetas de él.
Lo quería ver enojado, risueño, triste, emberrinchado, dormido, acalorado...
...excitado...
(sonido de disco rayado)
¡¿Qué demonios estaba pensando?
Al moreno le dio un ataque de tos exagerado.
-Sai-san ¿Está bien?- dejó de lavar asustado para ver que le ocurría al mayor.
-Nada, nada, no me hagas caso- risa maniaca y nervioso a la vez.
-¿Seguro?- sus aguamarinas lo miraron preocupadas, haciendo que el otro casi se desmayara de la ternura.
-¡SISISISISISISISI! MUY SEGURO!-dio media vuelta y siguió limpiando casi rompiendo la superficie de la estufa.
Era la primera vez que Sai no podía esconder sus sentimientos con una sonrisa falsa.
Era su mejor arma.
A cualquier situación en la que tuviera algo que ocultar, solo bastaba una falsa sonrisa y sus problemas desaparecían.
Pero esta ocasión era distinta.
La inocente mirada aguamarina era como si lo atravesara.
No podía mantener la corduras.
Eso era desesperante.
Y a la vez tan fascinante y extraño en él.
Que una criatura tan adorable despertara esas sensaciones en él.
Que derritiera esa enorme y gruesa capa de hielo con la que se había cubierto todos estos años.
Le parecía imposible.
Lo observaba con fascinación como si quisiera capturar cada rasgo y diminuto movimiento en el pelirrojo. Nunca nadie había despertado tales sentimientos en su interior.
Era como si no quisiera dejarlo ir. Como si quisiera estar siempre a su lado para que nunca le pasara algo malo.
