Dos días pasaron y la situación no cambiaba: Hermione cabizbaja caminando lentamente de clase en clase sin decir palabra alguna, Harry preocupándose por ella pero sin expresarle nada explícito y Ron apartado de la situación sin darse cuenta de los hechos, centrando todo su interés en el quidditch y el ajedrez.

-¿Y? ¿Qué me dices, Hermione?- Preguntó Harry- ¿Irás con nosotros a Hogsmeade?

-¿Qué?- Respondió la joven con desánimo, ya que realmente no había estado prestando atención- No, lo siento Harry, pero debo ir a ver a Dumbledore.

-¿Hay algún problema?-Preguntó el joven de ojos verdes con el ceño fruncido mientras su cabeza trabajaba arduamente creando hipótesis y suposiciones.

-No, en lo absoluto.- Respondió la chica sin saber bien qué decir, pues no quería preocupar a sus amigos haciéndoles saber su estado de preocupación y dolor, y decirles que iba a hablar de Dumbledore sobre sus sentimientos no era la mejor manera de ocultarlo.

-¿Y a qué se debe su reunión?- Insistió.

-¿A qué… se debe nuestra reunión?- Preguntó Hermione a pesar de haber comprendido a la perfección: Necesitaba una manera de ganar tiempo para pensar en una escusa.

-Sí Hermione, a qué se debe su reunión.- Continuó el chico mostrando que notaba perfectamente cuál era la intención de su amiga.

-Este… Yo…-Dijo mientras clavaba su triste mirada en el suelo y se rascaba la nuca intentando parecer casual.

-Tu...

-Nuestra reunión… es para… tú sabes, lo de siempre.

-¿Lo de siempre? No, no sé a qué te refieres.

-Todo el asunto de las notas y las pruebas, re calendarizar, y todo ese asunto.- Harry la miró con el ceño fruncido.

-Pero no debes ninguna prueba, Hermione. ¿Por qué tendrías que ordenar las fechas y notas?

-Yo… ¿No les dije chicos?

-¿Decir qué?- preguntó Ron

-Creo que voy a dejar la clase de astronomía para poder realizar el curso de Runas antiguas.

-Genial.- Dijo Ron con voz monótona, pretendiendo parecer interesado en el asunto. Harry dio por terminada la conversación a pesar de saber que su amiga se traía algo entre manos.

Los chicos partieron a Hogsmeade sin Hermione, quien se dirigió lentamente y abrazando sus libros hacia el despacho del director. El cielo estaba claro y las aves volaban sobre él. Parecía como si el mundo estuviera completamente desvinculado de todo lo que sucedía, ¿O es que podrían acaso existir dos realidades? Si todo ello era sólo un asunto de magos, ¿Por qué era necesario tomar el resto del mundo en el camino? Cuánta claridad, cuánta aparente alegría bañaba a aquel cielo claro: un verdadero óleo de tranquilidad rodeando al castillo mientras las páginas en blanco de aquel futuro no conocido pero predecible se hallaban mojadas de todas las lágrimas que se llorarían, se hallaban muertas de todo el dolor que vendría, y que suavemente algunos ya comenzaban a sentir. Hermione apretó aun más los libros contra su pecho y suspiró fuertemente intentando retener las lágrimas que deseaban fervorosamente salir. Un grupo de alumnos pequeños pasó entre risas, saltos, bromas y carcajadas y la joven de cabellos castaños tuvo la necesidad de desviar su mirada nuevamente hacia el cielo. ¿Cuántos de esos niños seguirían allí una vez terminada la guerra? ¿Cuántos seguirían teniendo una familia? ¿Cuántos podrían volver a sonreír siquiera? ¿Podría alguna vez, al menos sólo uno de ellos fingir haber olvidado lo que se avecinaba? ¿Acaso algo podría volver a ser normal? ¿Podrían las aves y el cielo azul hacer que la alegría flotara en el aire, o todos los ojos verían un cielo manchado en sangre y un día congelado en la oscuridad? Hermione intentaba arduamente comprender, día a día, perdiéndose en reflexiones, intentándolo , pero no le era posible: ¡¿Por qué demonios, si varios ya sabían que vendría, nada podía hacerse? ¿No era esa la utilidad de conocer el futuro?: Cambiarlo ¿Por qué lloraba en silencio, si no podría evitar volver a hacerlo? ¿Por qué pensaba tanto en el asunto, si nada podía hacer más que sufrir? ¿Su sufrimiento tenía algún sentido? No tenía respuestas, pero sólo de algo estaba segura: Necesitaba hablar con Dumbledore. Al menos, intentarlo.

Sin darse cuenta se encontró frente a la gárgola del despacho del director, que se abrió tan sólo unos segundos luego de que ella se parara al frente.

-Señorita Granger, estaba esperándola.- Sonrió el anciano. Hermione se preguntó cómo era posible que aquel sabio hombre pudiese predecir con tanta facilidad los movimientos de los otros.

-Buenos días, señor.

-Efectivamente es un buen día. Uno excelente diría yo. Sólo basta con mirar el cielo. ¿Desearía comer un caramelito de limón?- Preguntó poniendo frente a ella un pequeño canastito atiborrado de aquellos amarillos dulces.- Son realmente deliciosos: Una maravilla muggle.

-No, gracias.- Respondió Hermione negando quedamente con la cabeza. El anciano tomo uno, se lo llevó a la boca y prosiguió con la conversación.

-¿Y bien? ¿A qué se debe su visita?- Hermione sabía a la perfección que el anciano ya estaba al tanto, sobre todo luego de su primera aseveración, pero de cualquier modo lo dejó pasar.

-Quería hablar con usted.- El anciano la miró por sobre sus gafas de medialuna y asintió seriamente con la cabeza dándole un aspecto de excesiva formalidad.

-Adelante.- Dijo al ver que ella no pretendía continuar.

-Verá, he estado… - Un denso silencio se formó en el lugar, pero Dumbledore no se mostró incomodo con ello y le dio a su alumna el tiempo necesario para continuar.- Confundida… Y también preocupada.

-¿Podría saber la razón?- Hermione asintió.

- Creo señor, que es debido a esta guerra.

-¿Cree?

-Es debido a esta guerra.

-Siendo sincero, supongo que es natural sentirse preocupado o incluso inquieto, pero me temo que sus acciones muestran que usted está superando los límites de la preocupación normal. Sobre todo tratándose usted de una alumna sin mayores responsabilidades dentro de esta lucha.

-He ahí lo que me preocupa. Sé que no es un tema en el que pueda entrometerme: podría ser incluso una molestia.

-Así es.- Coincidió el anciano, y a pesar del duro significado de sus palabras, la suavidad con que lo dijo provocó que Hermione no se sintiera ofendida en lo absoluto.

-Pero es que si tengo la capacidad de razonar respecto a ello, si puedo darme cuenta de lo que sucede, y si yo también me veré lastimada con las consecuencias que pueden traer sus acciones, ¿Por qué no tengo un lugar real en esta guerra?

-Señorita Granger, si lo que está pidiéndome es participar de…

-No es eso, señor. Sería absurdo desearlo siquiera. – Hermione se mostraba frustrada y su rostro estaba completamente contraído.

-Entonces, ¿A qué debe sus palabras?

-¡Por Merlín!- Exclamó la muchacha agachando su cabeza para luego cubrir su rostro con ambas manos. -¡Estoy tan confundida!- Dijo lastimeramente, a una distancia escaza del llanto. El director sonrió tristemente, mirando paternal y tiernamente a Hermione, para luego poner su mano en el hombro de la joven: Efectivamente la juventud era una verdadera batalla casi tan complicada como la que se llevaba a cabo frente a sus ojos. Sabía él bien cuán difícil resultaba pensar y pensar sin llegar a una verdadera solución. Es cierto que nadie desea la vejez, pero al menos, él tenía la sabiduría y la experiencia de su lado, y aquello lo ayudaba a dar pasos más seguros. Tarea que también era ayudada por el hecho de que no tenía demasiado que perder. Sus acciones siempre tenían un fin más colectivo que individual.

-Pienso que debería preocuparse menos.- Dijo al fin.- Después de todo no hay nada que usted pueda hacer. Lo siento, pero no hay espacio para usted en esta guerra. -Hermione levantó el rostro con rapidez, y sus ojos llameaban.

-¡Usted no lo entiende!, ¡¿Cómo podría hacerlo?- A esas alturas la muchacha ya se encontraba de pie.- ¡Siento que las cosas están haciéndose tan inevitablemente mal!- Gritó fuera de sí.- ¡Usted cree que el odio puede eliminarse con más odio! ¿No se da cuenta de que por salvar a ciertas personas usted mismo se ha vuelto un asesino?- Dumbledore miró asombrado la escena, pero a pesar de la inapropiada reacción de su alumna la dejó continuar. Después de todo, ella sólo se sentía dañada, y sabía que era necesario que expresara lo que pensaba, por muy indebido que eso fuera.- ¡No puede detener la violencia con más violencia!

-¿Cree usted, señorita Granger, que podría detener esta guerra con amor?- Preguntó el anciano calmadamente mirándola con una seriedad que podría haber asustado a un mismísimo dementor.

-¿No es eso lo que usted predica, señor?- Continuó fuera de sí Hermione.- No planteo en realidad que intente vencer con aquella poderosa pero tan poco valorada palabra. ¡Pero no pretenda ser el bueno de la historia! En una guerra no hay bandos buenos o malos, sólo hay ideales, pensamientos y sentimientos diferentes. Y no es que apruebe lo que Voldemort piensa y hace, pero usted ha dejado de ser quien se suponía debía ser. Usted, Dumbledore, es tan oscuro, y está tan machado como su enemigo. ¡¿No se da cuenta que por intentar vencerlo ha usado sus mismos métodos?- Hermione cayó al suelo llorando desesperada con la vista clavada en el suelo. ¿Desde cuándo sus ojos no mostraban lo que en realidad sentía? Allí estaba: en el lugar menos indicado, en el momento menos indicado, justo luego de liberar las palabras que jamás debieron salir de su boca. Allí estaba, derrotada junto al suelo, con las mejillas rojas, los ojos húmedos, la cabeza perdida y confundida, el corazón latiéndole a mil por hora y el alma fuera del cuerpo. Se sentía tan abatida, que incluso llegó a pensar que no sería capaz de volver a ponerse de pie, pero justo antes de apropiarse completamente de aquella idea levantó su cabeza y miró directo a los ojos de hielo de aquel anciano impenetrable.- Por lo que creía correcto…- Comenzó con apenas un hilo de voz- dejó de lado todo lo que usted enseñaba. Creyó en el amor, pero actuó con odio. Ahora, señor, por ambicionar paz y alegría, usted también ha traído dolor y más guerra. Siento… Siento… que…- Intentó decir mientras su garganta hacía un esfuerzo sobrehumano por ahogarla en cualquier momento. – que usted ha caído tan bajo como su enemigo. Quizás…- La joven de mirada destrozada hablaba en apenas un susurro, tan suave que el director tuvo que esforzarse para oírla. Mas, a pesar de su débil y delatadora voz y de sus ojos hinchados e irritados, continuaba clavando con una fuerza y una valentía admirable su mirada en la del director.- Quizás… Sus ideales y razones no tenían la suficiente importancia como para que se dejara llevar como lo hizo. Quizás se equivocó. Señor…- Intentó continuar, pero se vio interrumpida por un sollozo que escapó de su boca, saliendo desde lo más profundo de su ser, arañando y envenenando todo a su paso.- Señor- Volvió a decir, esta vez con éxito.- Ya sólo queda oscuridad. Sólo… oscuridad.- Replico en un murmuro débil dejando bruscamente que su cabeza cayera.

Los segundos pasaron silenciosos mientras el aire que los rodeaba se volvía increíblemente denso. El único sonido que podía distinguirse dentro de esa asfixiante esfera era las respiraciones de los presentes y el sonido de las lágrimas de Hermione cayendo delicadamente en el suelo de madera. Habría sido de esperarse que el anciano, sintiéndose humillado y ofendido le gritara ciertas cosas a la estudiante que lloraba frente a sus ojos, o que al menos, le hubiese pedido que se retirara con la voz convertida en un iceberg. Mas, sus ojos ni siquiera se mostraban molestos, y en efecto, estos revelaban exactamente cómo el anciano se sentía: Calmo, comprensivo, decepcionado y apenado. No por las dañinas palabras de su alumna, si no porque la comprendía, y se sentía responsable del dolor que ahora caía en los hombros de aquella inexperta muchacha. Aquel hombre se sentía enojado consigo mismo, porque en el fondo, aceptaba la situación incluso más de lo que debía; al punto de siquiera lograr verdaderamente odiar al hombre sin alma que había comenzado aquel huracán destructivo. Luego de algunos minutos de silencio en los que ninguno de los presente se movió, caminó hasta uno de los estantes a su izquierda. Mientras Hermione seguía con la vista clavada en el suelo, y el pensamiento perdido en lo que acababa de hacer, Dumbledore tomó la llave que colgaba de su cuello y abrió un pequeño cajón. Luego de retirar de él lo que estaba buscando, caminó hacia su alumna.

-Jamás habrá luz sin oscuridad.- Comenzó con voz suave y calmada.- Ni oscuridad sin luz. La vida: el mundo, es un perfecto círculo de extremos e imperfecciones. No hay muerte sin vida, ni vida sin muerte. No hay dolor sin alegría, ni alegría sin dolor. – Hermione subió la mirada sintiéndose pequeña, asustada, desprotegida y arrepentida: Después de todo, quería a aquel anciano.- Muchacha, quizás aún no lo comprendas, pero no hay amor sin odio, ni odio sin amor. – Luego de decir aquello el anciano le tendió una pequeña cajita dorada a Hermione, quien al abrirla se encontró con una figura circular, dividida en los colores negro y blanco: un Yin Yang.- Si bien sería demasiado esperar que lo comprendieras ahora, confío en que, a su debido tiempo entenderás su significado, y también, cómo no, mis acciones.- La joven de ojos castaños volvió a cubrir su regalo con aquella tapa dorada, mientras el director por su parte le tendía una mano para ayudarla a ponerse de pie.

-Gracias, señor. Y lo siento.- Dijo cabizbaja, verdaderamente dolida antes de girarse hacia la puerta.

-Señorita Granger.- Dijo calmadamente el director reteniéndola.- Usted es una persona fuerte y valiente: no lo olvide. Tenga paciencia, y estoy seguro de que la tranquilidad llegará para usted con el tiempo.- Hermione sonrió tristemente y se giró hacia la puerta girando el pomo, pero luego de abrirla, justo cuando se disponía a salir, sus húmedos ojos se encontraron con dos profundos posos negros.

-¡Profesor Snape!- Exclamó por la sorpresa. El frío hombre por su parte sólo reacciono con un exagerado movimiento de cabeza para luego entrar en el despacho del director y perderse tras la madera que se cerraba frente a los ojos de Hermione, quien con un solo paso había quedado fuera del lugar. Agotada física y emocionalmente por todo lo vivido volvió a su casa.

Sentado en su escritorio, mientras masajeaba sus sienes con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda, centró su vista en el antiguo reloj que colgaba solitario en la pared de enfrente: 3:45. Nuevamente, una noche más en vela. La misma habitación de hace diez años, el mismo reloj de madera oscura sobre la pared verde musgo, el mismo fuego furioso gritando desde el corazón de aquella chimenea de siempre. El mismo escritorio sosteniendo los exámenes ya revisados, la misma presión en el pecho, la misma culpa en el corazón y los mismos ojos de hielo. Para él las cosas no cambiaban. Aquel destino congelado permanecía en su sombra; siempre a su espalda la misma historia; detrás de sus ojos aquel inconstante camino lleno de errores. Ese día, no era la diferencia, excepto por un par de ojos castaños rebosantes de miedo y lágrimas.

Así, en una noche sin estrellas y sin luna, mientras Dumbledore caminaba de un lado a otro y una castaña entristecida dormía por fin, no muy tranquila, entre los relajados brazos de Morfeo, Severus Snape se encontraba sentado en su cómodo sillón de cuero, lamentando haber terminado de corregir todos los exámenes pendientes y por ello tener el tiempo suficiente como para simplemente pensar.

"Esto ya pierde sus límites. Este veneno ya rebalsa, gota a gota, de su recipiente. ¿Qué hacia la amiguita de Potter dentro del despacho de Dumbledore? ¿Por qué lloraba? ¿Será posible que…? ¿Acaso habrá algo de lo que yo no esté enterado? Después de todo siempre ha sido así. Siguiendo planes de los que nunca estoy informado por completo. Maldito viejo loco. Sólo espero que sus planes resulten y todo esto acabe pronto."

Hermione hace ya varias horas había logrado dormirse, posiblemente debido al cansancio y a la ausencia de sueño durante los días anteriores. A pesar de ello, no logro tenderse en los brazos de Morfeo por más de seis horas. Cuando se despertó, estando aún la luna en el cielo, con la mente llena de interrogantes y pensamientos confusos, se puso de pie, se colocó los zapatos y la capa por sobre el pijama y se dispuso a salir, para así intentar despejar un poco su mente paseando sigilosamente por los solitarios y oscuros pasillos de Hogwarts.

Llevaba al menos unos 20 minutos caminando sin haber logrado su objetivo cuando una risa femenina sonó estruendosamente a unos diez metros de distancia. Cuando la luz de una varita se encendió frente a ella, permitiéndole ver, quedó petrificada debido al miedo, sintiendo que mil agujas se clavaban en su nuca y que la sangre dejaba de fluir por su cuerpo, cubriéndola con un frío casi insoportable.

No se había movido de su silla salvo para buscar uno de sus libros preferidos, el cual descansaba cómodamente entre sus manos, siendo devorado por unos ojos oscuros que eran enmarcados con violáceas marcas que delataban su cansancio. Al llegar a la mitad del libro levantó la vista y volvió a mirar la hora: 5:27. Se disponía a retomar su lectura cuando un alterado y espantado director irrumpió con verdadera violencia en su despacho, sorprendiéndolo.

-¡Severus!- Chilló.- ¡los Mortífagos han entrado en el castillo!