BIENVENIDA
Esa noche, después de un corto trayecto en carruaje desde la estación de tren, vestido con su mejor camisa y unos pantalones que le quedaban razonablemente bien, aunque la tela estaba rozada y desgatada en algunos lugares, un chico de negro y largo pelo salvaje se sentó tímidamente entre el resto de los jóvenes. Sintiéndose ligeramente desplazado por su ropa anticuada, entre aquellos jóvenes elegantemente vestidos, apenas entabló conversación con sus compañeros de mesa y se dedicó a explorar con la vista al resto de los asistentes.
Los vampiros destacaban por sus caras de tez fina y perfecta, además de por el ocasional destello de sus colmillos. Sentados entre ellos se distinguía algún que otro joven o muchachas jóvenes, vestidos con ropas similares. Sin embargo, la mayoría de los vampiros y humanos se sentaban por separado, aunque Harry vio que a medida que la cena progresaba, la gente se movía de sus lugares e iba a charlar con otras personas.
En unas de las mesas centrales, descubrió la figura de Draco, flanqueado por la hermosa dama que había ido a recogerle y por un varón de tan innegable parecido, que evidentemente, debía ser su padre. Harry perdió el interés por la comida, aun que nunca había podido disfrutar de manjares tan exquisitos, pero sus ojosa se centraron en el rubio y elegante vampiro que era su señor.
A diferencia de otros jóvenes, Harry sabía de antemano que estaba destinado A Draco y sonrió débilmente. Su recuerdo del impactante vampiro no había flaqueado con el tiempo y su pecho se llenó de una extraña calidez. Cerca de él descubrió a Hades, con su larga melena negra, el otro vampiro que había acompañado a Draco y su gesto se endureció, evaluando si el otro vampiro suponía un peligro potencial. No vio gestos de enfado alguno y se calmó.
El vampiro rubio cruzó sus ojos de plata con él y por un instante, ambos contuvieron el aliento. Sintiéndose enrojecer bajó la mirada de SU vampiro, Harry bajó los verdes ojos, azorado. Cuando se atrevió a volver a mirar, encontró de nuevos los refulgentes ojos grises observándole y el rubor subió hasta sus orejas, acelerando su pulso repentinamente, cuando su olor le llegó entre los de la multitud.
El intercambio de miradas continúo durante el resto de la cena, aunque Harry se limitó a jugar con su plato, el nudo en su garganta demasiado tenso para permitirle comer y de nuevo, tan solo bebió zumo. Ya en los postres, Hades se levantó y el silencio se extendió poco a poco por la sala, iluminada por la luz de las numerosas velas y los fuegos de las chimeneas.
Su melena, lacia y negra, relució como un trozo de carbón bajo la luz y sus ojos oscuros examinaron a los presentes con atención.
- Damas y caballeros, bienvenidos a nuestro mundo. Dentro de poco, en la fiesta de Halloween, se efectuará su presentación oficial. Hasta ese momento, relájense, conozcan a sus compañeros, familiarícense con las rutinas y con los habitantes de Inferno Castle. Se alojarán provisionalmente en el ala de invitados, compartiendo dormitorio con algunos de sus compañeros.
Hizo una breve pausa y mirando directamente hacia Harry añadió:
- Sr. Porter, Ud tiene un alojamiento distinto, por supuesto. Permanezca en la sala para indicárselo cuando acabe la cena.
EL joven se sonrojó y asintió, atrayendo la atención de sus compañeros de mesa. A su derecha, un pelirrojo llamado Romel y una chica de espeso pelo castaño muy alborotado que si no recordaba mal se llamaba llamaba Heder, le miraron con curiosidad. La chica finalmente se decidió a preguntar lo que todos en la mesa deseaban saber.
-Mmh… Harold? ¿Sabes porque tienes unas habitaciones diferentes?
Su rostro era curioso y sus ojos marrones chispearon, intentando analizar las reacciones de su compañero. Harry volvió a sonrojarse y susurró casi inaudiblemente
- Estoy…mmh…ligado a un vampiro en concreto.
El coro de murmullos y exclamaciones les rodeó y cuando finalmente todos se callaron un poco, el moreno contestó la pregunta que la mayoría había formulado. Con una mirada, cruzó el salón con los ojos y murmuró mirando de nuevo a los ojos de Draco:
-Aquel, es mi vampiro.
Sus compañeros siguieron su mirada y descubrieron al altivo vampiro rubio, observándoles, sonriente.
La cena terminó y el grupo de jóvenes se encaminó, murmurando y charlando entre ellos, siguiendo a un par de vampiros que les indicaban el camino. Poco a poco, se vació el salón y Harry permaneció en su mesa, los ojos fijos en Draco, que permanecía sentado junto a sus padres y Hades. Cuando ya no quedó nadie más, las mariposas que el moreno sentía en el estómago se acentuaron. Se alegró de que aun faltaran unos días para la luna llena, aunque el solo pensamiento le aterrorizó. Tenía que decirles que tenían que encerrarle esos días, eso era lo primero. No podía lastimar a nadie.
Se levantó y se encaminó hacia la mesa de los vampiros, los ojos fijos en Draco, que acentuó su sonrisa imperceptiblemente. Su madre le había advertido de que el joven había tenido una infancia muy dura y que debía ser especialmente comprensivo y paciente con él.
Draco llevaba siendo paciente casi diez años, porque desde que Harry le dio aquel primer beso, había sido incapaz de acercarse a nadie más, a ninguna otra pareja temporal. Ni siquiera para buscar un mero alivio sexual. No era algo que Draco hubiera decidido o elegido alegremente. Simplemente, es que le resultaba imposible después de eso, pese a que su elección resultaba muy dura. Aunque estaba seguro de que Harry seguía sintiendo lo mismo por él, necesitaba empezar de cero su relación con el joven, construirla lentamente.
El joven les alcanzó e hizo una reverencia y se sonrojó deliciosamente, mandando oleadas de calor a las entrañas de Draco.
"¡Oh Merlín! ¡Esto va ser muy duro!"
Pensó el joven vampiro, retomando su autocontrol momentáneamente roto por el delicioso olor del muchacho. Los verdes ojos infantiles se habían transformado en dos enormes esmeraldas, llenas de emociones e intensidad, profundas y misteriosas.
- Mi señor, buenas noches.
Con un profundo suspiro que sonó a desazón y determinación a un tiempo, el joven soltó su bien pensada parrafada, negándose a parar antes de soltarlo todo.
-Lo primero que tengo que hacer es advertirles que dentro de cuatro noches es luna llena y necesito un lugar para que puedan encerrarme con seguridad. Y unas cadenas. No quiero lastimar a nadie.
Draco miró a su madre y después a Hades, extrañado antes de volver a mirar al joven erguido con modestia ante ellos. Su cara estaba pálida, y un temor velado apagaba su mirada, haciendo su gesto serio y formal.
-¿Para que las cadenas y encerrarte? ¿Acaso crees que la poción Matalobos que te demos no funcione?
EL muchacho frunció el ceño y murmuró confuso:
- He leído sobre esa poción, mi señor, pero nunca la he tomado. NO sé si funcionaría conmigo…
Las miradas de incredulidad de los vampiros se cruzaron con la de Harry, y este, un poco confuso ante tanta atención añadió:
-Tampoco tengo varita, ni he ido a la escuela, pero he aprendido a realizar todas mis tareas sin ellas. No me importa trabajar duro y no necesito gran cosa para mí.
Lady Narcisa había dicho que debía ser sincero y de momento, esa era toda la verdad que podía afrontar. El resto… debería resolverlo a solas con Draco, pero más adelante.
Draco se levantó y rodeó la mesa, para detenerse frente al moreno, que evadió sus ojos. La mano, blanca y de dedos firmes del vampiro rozó la suya, y sin dudarlo, Harry deslizó instantemente su mano en sus dedos. Con timidez, alzó de nuevos los ojos y encontró la sonrisa de Draco. Sus ojos plateados se dilataron y sus labios se entreabrieron ligeramente, mientras el joven moreno devolvía la sonrisa, abrumado y totalmente sonrojado.
- Supongo que recuerdas a Hades y ya has conocido a Narcisa, mi madre. El que está a su lado es mi padre Lucius.
Harry se inclinó de nuevo hacia ellos y Draco apretó suavemente su mano, reclamando su atención. El moreno se volvió inmediatamente hacia él, lleno de interés. En un susurro, el vampiro le reprendió suavemente:
-No te inclines ante nadie, Harry. Una inclinación de cabeza es suficiente y solo ante ellos. Yo no me inclino ante nadie más y por lo tanto, tu tampoco.
Con sorpresa, el joven asintió brevemente, comprendiendo que su vampiro acababa de proclamarle su consorte y futuro amante y volvió a enrojecer, temblando ligeramente ante las implicaciones. Narcisa había dicho que los vampiros eran pacientes, pero ¿Qué entendía por ser paciente un vampiro? Harry no estaba muy seguro. Aunque sus libros le habían dado muchos datos sobre los aspectos de la vida de los vampiros, y su biología, las complejidades de las relacione humanas no podían plasmarse en los libros de texto y Harry carecía de experiencia con otras personas.
Se quedó ensimismado, contemplando los ojos de Draco, olfateando su olor cada vez más profundamente, inconsciente de las sonrisas que su actitud estaba despertando entre los vampiros adultos. La voz de Draco pareció sacarlo de su trance y el joven parpadeó un par de veces, algo aturdido cuando el vampiro insistió:
-¿Harry? Ven conmigo.
Draco le condujo por varios corredores y escaleras, hasta que alcanzaron una hermosa puerta de caoba, labrada con un dragón Opaleye, nítidamente coloreado y esculpido, resaltando con la blancura de sus nacaradas escamas sobre la rojiza madera. EL Dragón les miró con sus ojos lechosos sin pupilas y giró la cabeza hacia ellos, abriendo las fauces en una sonrisa de agudos dientes, susurrando:
-Bienvenidos
Mientras la puerta se abría a su paso en total silencio.
CONOCIENDO A DRACO
Entraron en una especie de saloncito o recibidor, de forma rectangular, más ancho que largo, con una sencilla zona de trabajo, un escritorio y una silla, una pequeña estantería empotrada en la pared, sobre la mesa, y un par de silloncitos, un perchero y dos puertas gemelas frente a la que acababan de atravesar.
El vampiro abrió la puerta de la izquierda y Harry le siguió vacilando, aun cogido de su mano. Entraron en un amplio dormitorio, y el moreno se frenó un tanto. El lecho que presidía la estancia impresionó al moreno, y le hizo estremecerse a su pesar, tragando saliva. De repente se sintió a merced del joven y atractivo vampiro, y jadeó, levemente asustado.
Draco vio su cambio de actitud, y sonrió para sus adentros. A lo largo de más de 200 años, había lidiado más de una vez con amantes temerosos y reticentes y le soltó, dándole espacio.
El joven mestizo retrocedió un par de pasos, y vio su baúl los pies de la cama, aun cerrado. Exploró con los ojos, los oídos y la nariz la habitación, acogedora y confortable. El suelo de piedra estaba cubierto de suaves alfombras persas, y el único mobiliario era el lecho, dos mesillas de noche y un enorme armario empotrado y un diván
Una chimenea de pequeñas dimensiones, de granito negro, en la que ardía un alegre fuego, caldeaba la estancia, destacando sobre la pared de estuco color rosa palo. Frente al fuego, un diván de terciopelo negro invitaba a recostarse en sus mullidos cojines. Grandes velas sobre candelabros de acero mate iluminaban la habitación con suavidad.
Un gran ventanal doble y una puerta eran las únicas salidas de la habitación, las cortinas de damasco gris plata estaban abiertas y pudo ver la línea de las montañas, a lo lejos, en el horizonte.
La cama atraía sus ojos como un imán. Era enorme, y estaba vestida con sabanas de seda plateada, y gruesas mantas de alguna clase de piel negra y de aspecto muy suave. Con un olfateo más intenso, Harry dedujo que era cordero. El vampiro se desplazó un poco hacia la cama y el joven retrocedió hacia la pared, los ojos fijos en él, debatiéndose entre dos emociones distintas, encontradas: su desasosiego y su intenso deseo de complacer al vampiro.
Con voz tranquila, el rubio comenzó a hablar con su suave voz, tan penetrante y atractiva, mientras se movía lentamente por la habitación, sin desviar sus brillantes ojos de él.
-Este es tu nuevo cuarto, Harry. Puedes cambiarlo a tu gusto. Solo tienes que pedir lo que quieras.
Se detuvo a los pies de la cama, y deslizó la mano sobre las pieles que la cubrían, en una caricia, y vio como los verdes ojos se dilataban aun más ante su gesto. Con una sonrisa ambigua y vos insinuante añadió, abriendo ligeramente la cama con un simple deseo:
-Supongo que estarás cansado y querrás acostarte pronto, Harry...
El moreno se inmovilizó, el pecho alzándose rápidamente con jadeos contenidos, en el rincón en que se había refugiado, junto al diván, y sus manos se aferraron al respaldod e este, los nudillos blancos por la tensión.
Con una suave sonrisa, Draco murmuró, sin dejar de mirarle:
-Esa puerta da al baño que compartimos, y a través de él, a mi propio dormitorio. Tu puerta tiene un pestillo por este lado y mientras lo mantengas cerrado, no volveré a entrar aquí, no a menos que me invites. Tu puedes visitarme cuando quieras.
El moreno se relajó un tanto, no del todo, pero sus ojos relucieron, algo más tranquilos, cuando el rubio vampiro volvió a avanzar hacia él, muy lentamente. No retrocedió, aunque no estaba totalmente cómodo, pero al menos, ya no estaba asustado.
- Soy paciente Harry, muy paciente…
Susurró Draco con suavidad.
Harry no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Draco le había dado el control sobre el aspecto físico de su relación? Era demasiado bueno para ser verdad, pero el moreno no se cuestionó más el tema por el momento. El vampiro se acercó a él, con una encantadora sonrisa en la cara y se sentó en el diván, haciéndole un gesto, palmeando el suave terciopelo para que le acompañara.
Dócilmente pese a todo, el joven se sentó en el otro extremo, y aguardó pacientemente, observando atentamente al rubio vampiro. Con otra sonrisa, que hizo destacar sus colmillos, Draco preguntó con suavidad:
-¿Te doy miedo Harry?
Denegando suavemente con la cabeza, aun es silencio, el mestizo devolvió muy tímidamente la sonrisa. Los colmillos del vampiro se alargaron y este entreabrió los labios, deslizando visiblemente la lengua por las afiladas puntas.
-¿Los colmillos tampoco? Recuerdo que te fascinaron cuando nos encontramos….
Harry también recordaba perfectamente su encuentro y denegó murmurando:
No, mi señor, no me dan miedo.
Era otra cosa la que le atemorizaba, pero ¿Cómo contarle " eso" a quien esperaba de él que fuese su amante?
Reclinándose más cómodamente, el vampiro se preguntó el motivo del extraño tratamiento que Harry le dispensaba.
-¿Por qué me llamas así, Harry?
El joven frunció el ceño, bajando los verdes ojos, avergonzado, y se retorció en su sitio, nervioso e intranquilo.
"¿Acaso no es lo apropiado? Soy un bruto, un ignorante!"
Casi tartamudeando, el joven respondió en un murmullo.
-Es lo que decía el pergamino, que vos eras mi señor, el señor de Harold Porter, señor.
El vampiro meditó un momento, pensativo, y cruzando las piernas con negligencia, preguntó de nuevo, observando atentamente a su compañero.
-¿Y qué crees que significa eso, Harry?
Los ojos verdes le miraron fijamente durante unos segundos y aquel rubor tan delicioso volvió a extenderse por sus mejillas. El joven agitó con nerviosismo su melena, alborotando su cabello salvaje. En un susurró contenido, las palabras brotaron de su boca casi como una plegaria:
-Que te pertenezco…
Era la primera vez que el joven mestizo de lobo le tuteaba y el vampiro vio un destello brillante en sus ojos. Ese sentido de pertenencia no era malo, pero no definía su relación plenamente. Con una sonrisa traviesa, Draco le tendió la mano, y esperó a que el joven depositase la suya en ella. Le apretó suavemente los dedos, y musitó con dulzura, inclinándose un poco hacia él:
- Entonces, yo también te pertenezco a ti, Harry. La cosa funciona en ambas direcciones. El vínculo que nos une implica que somos pareja… en igualdad de condiciones, Harry.
Los verdes ojos se dilataron y la sorpresa se reflejó en el rostro del moreno, volviendo a sonrojarle. Draco seguía sosteniendo su mano, acariciándole suavemente con las yemas de pulgar. Harry devolvió la sutil caricia y los ojos grises chispearon de placer. El rubio se acomodó con calma, sabiendo que en la cabeza del muchacho había ya demasiada información para una sola noche, aunque aun había algo más que tenía que acarar con él.
-Una última cosa por esta noche, Harry. Se trata de una…necesidad inaplazable.
La mano dl moreno tembló por un segundo entre sus dedos, pero después sus dedos se cerraron con firmeza en torno a los suyos.
-Necesito beber…de ti, probablemente cada pocos días, y no puedo esperar mucho más, como máximo, hasta después de la luna llena. Si no, me debilitaré y para evitar enfermar, tendría que buscar otro donante, y no es mi deseo hacerlo.
Le dejó asimilar sus palabras y su mirada no vaciló ante la suya esta vez.
-¿Podrás hacerlo? ¿Estarás listo?
Harry tragó saliva, pero asintió murmurando un sí casi inaudiblemente. Draco sonrió y añadió:
-Tienes que comer y mantenerte fuerte y sano para mí. Y tomar regularmente la poción regeneradora de sangre, para evitar que puedas sufrir anemia ¿Esta claro, Harry?
El joven asintió y murmuró con cierta curiosidad:
-¿Cómo debo llamarle?
Levantándose, y acariciándole levemente la mejilla, el vampiro susurró:
Draco, simplemente Draco, Harry.
Se detuvo en la puerta y le miró una última vez, por encima del hombro, con una chispa de luz en los ojos.
-Buenas noches Harry.
Con timidez y sonrojándose nuevamente, el joven murmuró:
Buenas noches…Draco.
El vampiro cerró suavemente la puerta y apenas despareció, se apresuró a usar el baño. Se retiró con rapidez a su nuevo y maravilloso dormitorio, aun asombrado, tras cerrar el frágil pestillo, sabiendo que era solo la voluntad del vampiro lo que le mantenía alejado de su cuarto y su cama.
Se enroscó entre las sábanas, después de desnudarse y pronto el cansancio le rindió y se durmió con una suave sonrisa de esperanza entre los labios.
