Bueno, Harry se va asentando, pero aun le queda camino…y a Draco también.
ALAS DE ANGEL
Con cierta expectación, Draco dejó que sus ojos se bañasen en el espectáculo que en ese momento le estaba proporcionando el contemplar las reacciones que sus alas producían en su compañero.
Los ojos de esmeralda se dilataron de sorpresa y jadeó levemente, contemplando las relucientes montañas de plumas blancas que emergían de la espalda de Draco. Las alas se desplegaron a su alrededor, envolviéndole en sus más de 6 metros de envergadura. Rodeado por un autentico muro de plumas de un blanco deslumbrante, con un brillo plateado realzado por las miles de gotas de agua que las adornaban ahora, como diamantes enredados en ellas, Harry se estremeció y miró a los ojos de plata del otro.
Aspiró inconscientemente, y el aroma de Draco le envolvió mucho más intenso que nunca, más penetrante y fragante, mas tentador…una vibrante llamada directa a sus mas básicos instintos…Sus pupilas se dilataron, y el rubor cubrió sus mejillas, mientras Draco terminaba de despojarle de la empapada camisa, sin que él tan siquiera lo notase, totalmente absorto en la visión de sus alas y en el embriagador aroma a dulces cerezas maduras, con un levísimo toque de clavo y canela, sorprendentemente enlazados sobre una base de intenso olor a bosque salvaje, que le envolvía por completo.
Por primera vez, el joven experimentó el deseo y la excitación sexual, con confusión ante las reacciones de su cuerpo y los sentimientos que brotaban en él, trasluciéndose en la expresión de su rostro. Harry sabía lo que le estaba sucediendo a su cuerpo, pero nunca había experimentado esas sensaciones en presencia de nadie, y la vergüenza se mezclaba a todo lo demás. Draco se sintió furioso al ver las cicatrices de la dorada piel del muchacho, marcas de latigazos y cortes en su bello cuerpo adolescente, recordando las palabras de advertencia de su madre. Sin embargo guardó cuidadosamente su furia y rabia dentro de él, puesto que en ese momento nada podía hacer contra los responsables y su rostro sonrió aun mas dulcemente, demostrando afecto al avergonzado y confuso muchacho.
Hacía años que Draco deseaba exhibir sus alas para Harry, desde que le encontrara, y las agitó suavemente, haciendo resbalar las gotas de agua por ellas. Para los vampiros, las alas eran un poderoso atractivo sexual, algo destinado solo a seducir a la verdadera pareja. Todos tonteaban con ellas en su juventud, la tentación y el deseo eran demasiado grandes, pero al igual que los demás, Draco pronto descubrió que aunque obtenía una respuesta positiva en su amante de turno – las alas eran indudablemente bellas y las feromonas que las impregnaban, aunque especificas, afectaban en cierto grado a otros-, cualquier contacto le resultaba extremadamente desconcertante, casi, casi doloroso. Por el contrario, si era su verdadero compañero el que las tocaba…. Bueno, los vampiros experimentados decían que las alas eran tan receptivas al más mínimo roce de la pareja que simplemente acariciarlas podía hacerles lograr el orgasmo, sin más contacto.
Draco anhelaba sentir el roce de las manos de Harry en sus plumas de seda plateada, había soñado con esas manos en sus alas por años, un sueño húmedo recurrente en sus fantasías, algo que le había mantenido alejado de otros amantes temporales, incapaz de acercarse a ellos. Y el tímido lobezno de ojos verdes, tendió espontáneamente su mano con curiosidad hasta ellas, aunque tímido, sí; y acarició levemente sus plumas con la yema de sus dedos, notándolas frías y al tiempo calientes al tacto, suaves como la más fina seda, pulidas como el cristal. El fuego corrió por sus venas, sorprendiéndoles a ambos, y los ojos de los muchachos se encontraron, prendidos el uno en el otro. Draco exhaló un suave gemido y el moreno apartó la mano, temeroso de haberle lastimado. Pero su expresión era de intenso placer, y los ojos de Harry se hicieron aun más vibrantes y fogosos. Cobrando valor, volvió a acariciarle, y el vampiro gimió de nuevo, cerrando sus alas en torno a ellos un poco más. Su cuello se deslizó hacia atrás y los ojos grises se cerraron cuando las manos le tocaron de nuevo, ahora con mayor decisión y firmeza. Tan solo unas pocas caricias más y el vampiro gritó súbitamente, incapaz de contenerse, dejando ir los gemidos que llenaban su garganta con un nudo imposible de tragar, liberándose bajo la caricia. Harry también estaba a punto de estallar, sumergido en un éxtasis provocado por las reacciones de Draco, su olor y las sensaciones que inducían en él las bellas alas. El profundo aullido de Draco le sobresaltó, pero su cuerpo reaccionó sin su consentimiento, arrastrándole con él a la cima del placer. Sus rodillas temblaron y el joven gimió sordamente, vacilando en su posición, mareado y confuso. Draco le sujetó entre sus brazos, rodeándole y envolviéndole en sus temblorosas alas, aun jadeante y estremecido.
Harry comenzó a temblar, cada vez más, y un sollozo ahogado brotó de su garganta, escapando de entre sus labios. Draco se sorprendió, observó su rostro y le encontró acongojado, los hermosos ojos de esmeralda arrasados en lágrimas. Con ternura y voz cariñosa, aun enronquecida por el placer, preguntó cauteloso y preocupado:
-¿Cachorro? ¿Qué sucede?
Entre sollozos, ahogados y ocultando el rostro, el joven lobato murmuró algo e intentó apartarse de Draco. Pero el doble muro de brazos y alas era insalvable, el vampiro le retenía, y el joven insistió con toda la ternura que pudo volcaren su voz:
-¿cachorro?
Derrotado, avergonzado, el moreno claudicó y exclamó entre dientes, luchando débilmente por apartarse:
-¡Te he hecho daño! Te he hecho gritar!
El moreno volvió a temblar, susurrando una y otra vez "¡Perdóname!". El vampiro se dio cuenta de que se estaba clavando las uñas en las palmas de las manos, hasta el punto de hacerlas sangrar, tiñendo de rosa el agua en torno a las diminutas heridas. Con una suave risa, el vampiro le acarició el pelo con afecto y murmuró soñador:
-¡Oh si!...Me has hecho gritar, pero te aseguro que de placer, Harry, no dolor.
El temblor del joven se aquietó y con lentitud, se atrevió a buscar su mirada, buscando ver la verdad en ellos, no confiando ya en sus otros sentidos. Los ojos de plata relucían, y no había sufrimiento en el hermoso rostro de su compañero. Azorado, el joven se sonrojó y acarició tentativo las alas con timidez, arrancando un suave gemido apreciativo de los labios de rosa del vampiro, de su futuro amante. Su propia reacción fue enrojecer a un más si eso era posible, ruborizándose hasta las orejas, sofocándose y sintiéndose de nuevo sumamente complacido a la par que nervioso, por ser capaz de complacer a su compañero. Una extraña mezcla de orgullo vergüenza, mortificación y deseo le recorrieron, dejándole sumamente confuso. Draco le tranquilizó, y sus dulces caricias le convencieron de que el vampiro no estaba en absoluto enfadado o molesto con él, sino todo lo contrario, muy complacido.
Con delicadeza, el joven de cabello de plata lamió las palmas lastimadas y ligeramente sangrantes, cerrando las pequeñas heridas aunque estas hubiesen cerrado de por sí bastante rápido, las capacidades regenerativas de los hombres lobo eran casi tan grandes como las de los vampiros. Ninguna cicatriz duraba más que unas pocas lunas llenas, no a menos que la herida estuviese causada con plata, en cuyo caso, si era bastante seria, podía llegar a dejar alguna marca permanente. Cada luna llena el cuerpo de un licántropo se regeneraba de los daños sufridos desde la luna anterior, por eso las cicatrices de Harry habían enfurecido tanto a Draco. La tentación de su sangre era grande, y Draco se emborrachó con aquellas escasas gotas, deslizando lentamente su lengua por la lastimada piel, todo su ser vibrando y clamando por más, pero se contuvo. Lo que el chico había hecho y dejarle lamer sus heridas ya era un precioso regalo para él, y aunque su sed se acentúo espoleada por el delicioso sabor a licor de fresas y cerezas de su sangre, separó sus labios de él, seguro de que el joven estaría pronto dispuesto como había prometido, a juzgar por su reacción al contacto de su lengua y labios, dilatando los ojos con un jadeo entrecortado.
El baño llegó a su fin, y las hermosas alas se replegaron, para pesar del moreno. El vampiro le ofreció uno de sus propios pijamas y se retiró al dormitorio, dejándole a solas para darle privacidad para cambiarse. Draco le llamó en unos minutos y el moreno acudió a su lado. Encontró dispuesta una mesa que no recordaba, con dos sillas y un pequeño elfo apareció cargado con una bandeja repleta, que depositó en la mesa. Con una reverencia silenciosa, la criatura desapareció sin más y Harry se sentó a la mesa, galantemente invitado por Draco. Con timidez, aun azorado por la multitud de sentimientos que Draco le inspiraba, observó como el vampiro sacaba un frasquito de su bolsillo y se lo tendía.
-Es un suave sedante, muy ligero, Cachorro. No te hará ningún daño, lo prometo, y te ayudará a dormir mejor.
Harry asintió confiado, y apuró la poción, que dejó un extraño sabor en su lengua. Cenaron tranquilamente, Draco continuamente preguntado si no le gustaba tal o cual plato, insistiendo con los ojos para que probara alguna cosa. Harry estaba cansado, relajado por el baño y por qué no, por el sexo, y la poción parecía haberle ayudado a dejar de momento a un lado cualquier sentimiento de culpabilidad. Tenía el estomago lleno y estaba en la compañía de su adorado e idolatrado vampiro, así que Harry no podía desear nada más. Draco le pidió perdón por haberle puesto frente de Lupin sin advertirle, y Harry sonrió con sinceridad.
-No es culpa tuya Draco, no digas eso. Debí haber confiado en que no me expondrías a ningún peligro.
Con una suave sonrisa, y una chispita de gozo en los plateados ojos, el vampiro replicó, tendiendo su mano por encima de la mesa y sujetando entre sus dedos la mano de del moreno con suavidad:
-Bueno…digamos que…tenemos que trabajar en confiar el uno en el otro todavía, Cachorro.
Los ojos verdes se iluminaron y asintiendo el moreno susurró, ignorando la punzadita de remordimiento y mala conciencia que le asaltó:
-Estoy de acuerdo con eso…Dragón.
La sonrisa del vampiro se ensanchó, y sus ojos relucieron llenos de luz. Ladeando la cabeza levemente hacia él, con franco deleite, y susurró con voz enronquecida:
-Hacia siglos que nadie me llamaba así…
Sonrojándose, el joven murmuró, eludiendo sus luminosos ojos un instante:
-Si no te gusta…
-Oh no! Es que…suena muy diferente en tus labios…
Draco se inclinó aun más hacia él, y añadió casi inaudiblemente en tono ronco:
-Muy diferente Cachorro mío.
Harry estrechó su mano con timidez, y sonrojándose de nuevo, le miró con ojos llenos de emoción.
-Mi…padre me llamaba a si, a veces, cuando estábamos solos…
Sonrió ampliamente y añadió:
-A mí también me gusta más como suena "mi cachorro" en tus labios.
Con cara divertida, la conversación estaba siendo interesante y productiva, Draco preguntó con franca curiosidad:
-¿Te gusta sentirte mío?
Los ojos verdes se dilataron ligeramente, y el rubor, aun más intenso todavía, cubrió toda su faz, mientras un levísimo estremecimiento hacia erizarse un poco su piel bajo el pijama de seda. En apenas un susurro, pero con los verdes ojos centelleantes de emoción, de una arrolladora pasión y devoción, algo tan intenso que no parecía posible ya que apenas se conocían, Harry murmuró sin apartar los ojos de los del vampiro, casi hipnotizado por ellos:
-Toda mi vida te he pertenecido Draco, y adoro oírte reclamarme como tuyo.
El vampiro acercó su mano a sus labios y besó con lentitud cada una de sus yemas, sin romper el contacto visual, lanzando oleadas de fuego abrasador por las venas del muchacho, que jadeó soramente ante las inesperadas caricias.
