EL DESAFIO DE SIRIUS NOIR

Harry y Draco disfrutaron de su relación en las siguientes semanas, mientras se conocían mejor el uno al otro. Era frecuente verles pasear por los jardines, cogidos de la mano, o pasear a caballo por los terrenos cercanos, e incluso, entrenar privadamente en alguno de los salones de duelo. Pero finalmente, ante la aproximación de la siguiente luna llena, el tema del control de Harry sobre su licantropía volvió a surgir. Aunque Lupín estaba de acuerdo en que el joven tenía un control extraordinario sobre sí mismo y no perdía en absoluto su mente al transformarse, la ley era clara. Harry debía adoptar alguna medida de control, bien la poción matalobos, o alguna de las otras alternativas.

El joven vampiro, le presentó a Harry una muestra de la poción y este, tras olfatearla cuidadosamente y entender de boca de Hades, Lupín y Draco sus efectos, decidió que no le apetecía nada tomarla. La mezcla olía…errónea, en su nariz, casi le provocaba nauseas y Harry no quiso arriesgarse con ella. Después de todo, no era solo un licántropo. Sus transformaciones eran suaves, indoloras, gracias a que Harry era también animago, si había caído dormido al amanecer, podía cambiar incluso en sueños, y ese grado de autocontrol le había llevado años.

Por la seguridad de los habitantes del castillo, el muchacho aceptó llevar un collar de control, aunque a Draco se le hizo muy difícil y duro de aceptar. En vez del usual collar de cuero o cadena de acero, uso como soporte del hechizo, una fina y hermosa cadena de platino, con pequeñas esmeraldas y diamantes engastados entre sus eslabones. Era algo más larga que una gargantilla, y reposaba sobre su piel ligeramente dorada, sin estorbarle para alimentarse del joven. Draco cerró el broche con delicadeza, activando la magia imbuida en la joya. Con un susurró lleno de emociones, el joven vampiro susurró:

-Nadie, salvo yo, podrá quitártela del cuello. Ni siquiera tú. Es irrompible e incortable, con medios mágicos o mecánicos, pero tampoco te lastimara si se engancha accidentalmente en algo, y se adaptara a las dimensiones de tu cuerpo, con sus cambios.

Draco acarició la bella cadena, deslizando sus dedos por ella y murmuró mirando a los ojos verdes de Harry:

-El hechizo te producirá un leve mareo o desvanecimiento si intentas morder a un humano estando transformado. El mayor inconveniente de estos collares es que…te impiden defenderte apropiadamente si alguien te ataca. Hasta que no lance el primer golpe o hechizo, estas a su merced. He reducido al mínimo legalmente exigible las restricciones de este collar, pero siguen estando ahí… y eso me inquieta.

El joven vampiro estaba muy preocupado por su seguridad, pero a Harry le preocupaba más la posibilidad de atacar a alguien. Después de todo, su control era bueno, pero no perfecto, y transformado y enfurecido…bien Harry era consciente de que tenía fuerza suficiente para destrozar con sus mandíbulas a un hombre, e incluso dañar gravemente a un vampiro. Harry vio el disconfort de su amado y murmuró suavemente:

-Puedo seguir haciendo lo mismo que en mi casa, encerrarme en algún lugar seguro, contigo. No me importaría pasar las noches de luna llena contigo, Draco.

Draco le besó suavemente, atrapando en sus labios sonrosados la suave sonrisa traviesa de su moreno, viendo chispeara su ojos verdes tan intensamente que apagaron el brillo de las esmeraldas y diamantes que adornaban ahora su cuello. Suspirando, dejando sus labios con reluctancia, y abrazándole por la cintura, el rubio denegó suavemente.

-¿Y el resto del tiempo, Cachorro? El Ministerio podría exigirme encerrarte permanentemente, o adoptar medidas más…drásticas, si no adoptamos voluntariamente alguna medida de control. Además, ya sabes que puedes cambiar a tu forma lupina en cualquier momento, y si te enojas lo suficiente…

Con un suspiro de frustración, los ojos de mercurio de Draco se miraron en las esmeraldas salpicadas de ámbar de su amante y murmuró, acariciando su cabello ondulado y brillante como el azabache:

-Supongo que tendré que mantente bien controlado, Cachorro.

Con un mohín de burla, el moreno replico con ironía, haciendo morritos:

-¡Oh! ¿Y eso supone un problema, Dragón?

EL vampiro desplegó sus alas, y le atrapó, rodeándoles a ambos con ellas, provocando un suave gemido de su amante, y susurró malicioso:

-Ningún problema, te lo aseguro, Harry.

Y sus colmillos se deslizaron en la piel de su cuello, arrancándole un intenso jadeó, un estremecimiento de placer, que se intensificó cuando tras un rato de flirteo y preparación, el vampiro hundió los colmillos en su yugular, tomando un breve trago.

El joven lobo progresaba admirablemente en su educación, era despierto y ponía gran esfuerzo e interés, y para desconsuelo de sus padres, su cama nunca estaba ocupada por las noches. Aunque el moreno se acostaba dócilmente en ella cuando Draco se lo pedía, al cabo de un rato, y haciendo uso del permiso que el vampiro le diera, cruzaba por el baño hasta el dormitorio de Draco, rogando un último beso, una última caricia, noche tras noche. La resolución de Draco de respetar sus deseos era puesta a prueba cada noche, puesto que el joven no era insensible a los encantos de su pareja y resistir la tentación de satisfacer su impulso de culminar su relación era difícil, muy difícil de controlar en medio de la pasión que usualmente desplegaban en sus actividades íntimas. Y el joven vampiro no quería más tentación de la estrictamente necesaria. No quería despertar en medio de la noche y descubrir que había abusado de la confianza de su amado. Pero Harry parecía determinado a dormir con este, pese a todas las tensiones que eso originaba, hasta que este desistió de mandarle a su cuarto, asegurándose sin embargo de satisfacer su deseo de otras maneras, de agotarse y saciarse de Harry, antes de dormirse, para regocijo del joven lobo.

Se acercaba la siguiente luna llena, y las relaciones de Harry con la manada seguían siendo…tensas, no precisamente cordiales con algunos de sus miembros. Lupín le había presentado formalmente a su compañero Sirius Noir, el alto mago de negro pelo y ojos salvajes, de intenso color azul. Era un hombre de rasgos fuertes, agresivamente atractivo, con ese aire de misterio que envuelve a los chicos malos. Aparentaba unos treinta y tantos, tal vez cuarenta y su cabello negro estaba salpicado por las primeras canas. Era alto, fibroso, fuerte y tenía fama de tener mal carácter y poca, poquísima paciencia, y de no aguantar bromas ni guasas de nadie.

Además de ser el Jefe de la Guardia del castillo, era instructor de Lucha Libre y Tecnicas de Defensa Personal. Entrenaba además de a sus propios hombres y los vampiros, a todos los chicos y chicas en los rudimentos en la lucha cuerpo a cuerpo, con los pies y puños, y algunas armas tales como cuchillos, navajas y dagas, y por lo que Harry había oído, era seco, duro y estricto con sus alumnos. Tras serle colocado el collar, Draco le había recordado que era imprescindible que asistiese a sus clases, y resignado, Harry había asistido a una de ellas por primera vez, y sufrido los efectos del collar en medio de la clase.

Aunque seco, Harry nunca había sido el receptor de su ira, y mientras los restantes chicos practicaban los movimientos que Sirius les había enseñado, el hombre había sacado a Harry a la tarima de prácticas, y empezado a acosarle una y otra vez con magia, hechizos punzantes, obligándole a esquivarlos simplemente moviéndose dentro de los límites de la tarima. Finalmente, el continuado ataque enfureció lo suficiente a Harry como para que provocase su transformación incompleta. Revolviéndose contra su agresor, que le miraba con una sonrisa irónica, avanzó un paso y Sirius se escudó detrás del alumno más cercano, provocando de inmediato el casi desvanecimiento del joven.

Aturdido, Harry sacudió la cabeza semilobuna, sentado en el suelo, y encontró una varita apuntándole entre ceja y ceja desde lo alto.

-Estas muerto Potter. Otra vez.

La voz fría del mago había sido como un latigazo para Harry, después de su encuentro con la manada y su pelea, el joven no tenía más remedio que reconocerle como su superior dentro del escalafón social. Así que Harry se levantó trastabillando, comenzando a revertir el cambio de su cabeza, las uñas de sus manos convertidas en afiladas garras. Un nuevo hechizo punzante alcanzó sus posaderas, enfureciéndole y el joven gruño roncamente, los ojos brillantes, enseñando levemente los dientes.

-¡Oh, no! He dicho otra vez, Potter.

En su forma semi transformada, Harry no podía articular palabras, pero gruño sordamente al hombre, avanzando un nuevo paso hacia él, completamente enojado. Sin embargo, Sirius bajó de la tarima y empujó a su anterior escudo humano hacia adelante, murmurando con ironía:

-Contra él, Potter!

El moreno miró con incredulidad a su instructor, y este con voz seca dura, exclamó con tono imperioso:

-¡Derríbalo e inmovilízalo!

El mago le azuzó, usando su varita de nuevo, desde el lateral de la estancia, y Harry se revolvió, desconcertado sin su actitud. Le estaba pidiendo un imposible, y su ira y su rabia aumentaron, arrancándole un apenas audible gruñido del fondo de la garganta, que erizó los vellos de muchos de los otros alumnos. Pese a todo, Harry era terco, como una mula, y tras una mirada de disculpa al pelirrojo Ron, dio un paso lleno de furia desplazada hacia él y volvió a caer al suelo, derribado por la nausea.

La clase fue disuelta, pero Harry no fue autorizado a marcharse con los demás. Sin permitirle cambiar, cosa que sostuvo la irritación del moreno, Sirius le hizo seguirle hasta el cuerpo de guardia, en el patio del castillo. Varios hombres y vampiros cubrían el turno de vigilancia y Harry fue encadenado al muro por Sirius, que entregó las llaves al guardia en la puerta principal. Mirando a los ojos del muchacho, en esos momentos, con una extraña apariencia a mitad de camino entre la de un lobo y un hombre, una cabeza lupina sobre un cuerpo casi humano, con excepción de las largas garras y el parche de pelaje que se extendía por su cuello, pecho y hombros, el mago se rió, enfureciendo aun mas a Harry. Las orejas se plegaron a su cráneo, y el joven enseñó los colmillos en una sorda amenaza. Con una amplia sonrisa de aspecto demoníaco, Sirius se rió de nuevo y se alejó, abandonándole junto a las grandes puertas, dejándole completamente enojado y furioso.

El guardia retornó al interior del cuarto de vigilancia, y Harry se agitó una y otra vez, tanteando los límites y la resistencia de la cadena. Finalmente frustrado, se sentó contra las piedras de la pared, cruzando las piernas en el suelo, meditando detenidamente. La cadena le permitía acercarse al guardia, aunque no entrar en la garita, pero cada vez que lo intentaba, se mareaba y acababa aturdido. El joven gimió lastimero, la ira aplacándose poco a poco en él, y el guardia le dedicó una fría mirada por un instante, antes de retornar su atención al movimiento de personas en el patio de la entrada.

El joven se sentía humillado, y cuando Draco se aproximó, se levantó del suelo, esperanzado. Pero el vampiro aunque se aproximó, ni siquiera le abrazó para consolarlo y tan solo murmuró claramente apenado:

-Lo siento Harry, pero no puedo hacer nada… tienes que salir de esta tu solo…

Tras una visible vacilación –visible al menos para Harry, que podía oler su deseo y su ansiedad- el rubio le dedicó una mirada llena de sentimientos y se marchó, cabizbajo y angustiado, provocando que un lamento prolongado brotase de la garganta y el hocico del moreno, haciendo detenerse los pasos del vampiro por un instante, aunque este, pese a todo, no retrocedió a buscarle y desapareció entre los demás vampiros que regresaban al castillo.

Tras horas de cautiverio y aburrimiento, contemplando el ir y venir de la gente en el patio, Harry comenzó a estar sediento. Después de toda la tarde allí, y dos cambios de guardia, el moreno ya no estaba furioso, sino simplemente frustrado y humillado. Además de sediento y cansado. Su olfato localizó un cubo de agua en un rincón. Vacilante, el muchacho se acercó, y se enfrentó a un pequeño dilema. La tapa del cubo de madera estaba atada con un nudo de cuero, y cuando intentó deshacerlo, sus largas garras eran un estorbo. Harry estudió sus manos, humanas salvo por las afiladas garras, e intentó desgarrar las tiras de cuero, sujetando el cubo para no volcarlo. Una vez desatada la tapa, el joven sació su sed, hundiendo las manos en el agua fresca del cubo, bebiendo a lengüetazos el agua retenida entre sus palmas.

Calmada la sed, se sentó apoyado en el muro, y volvió a evaluar su problema. El guardia tenía la llave, y si no la lograba, supuso que pasaría la noche encadenado en el patio, lejos de Draco. La mera idea espoleaba su ingenio, forzándole a pensar y repensar la posible solución. Había intentado suplicar y lloriquear al primer guardia, sin resultados, pero no había intentado provocarles para que le atacaran o golpearan. En ese caso, podría arrebatarle la llave y se aplicó en pensar que hacer para lograrlo. Tarde o temprano, todos los guardias se habían acercado al cubo para beber, usando un cazo de madera colgado carca de él. Ninguno se había molestado en reparar las tiras de cuero y Harry se apostó cerca, aguardando.

Cuando el guardia se acercó a beber, Harry le miró intensamente, un gruñido sordo brotando de su garganta, sin retirarse de su lugar, diciendo claramente: "No voy a moverme de aquí" Pero el hombre le ignoró y avanzó hacia él. Harry colocó una mano posesiva sobre la tapa, intentando forzar un contacto, idealmente un empujón, pero el guardia tan solo le miró por un instante, y luego, encogiéndose de hombros, se dio media vuelta, ignorándole y alejándose.

Frustrado, Harry gruñó muy bajito, lleno de indignación ante la actitud del guardia, "Hey! ¿No vas a intentar quitármelo?" El hombre se rió muy bajito, retornando a su puesto de guardia.

Era tarde, ya había anochecido, y el siguiente guardia parecía aburrido. Las puertas fueron cerradas para pasar la noche, asegurando el castillo desde dentro, y el guardia entró en la garita, refugiándose del frío y envolviéndose en una capa. Harry seguía sentado junto a la puerta de la misma, con aire cansado, realmente hambriento, aparentemente desesperanzado y desesperado, acurrucado sobre sí mismo.

El guardia hizo una ronda por el patio, y regresó en una media hora. Al cabo de una hora, volvió a salir. Harry se asomó a la garita, al menos lo que la cadena le permitía, y la examinó. Una mesa, un banco duro, todo bien iluminado, eran todo el mobiliario, con la excepción de un pequeño anaquel para guardar objetos. Sobre la mesa, un plato con pan y queso atrajo su olfato y su estomago rugió. Apenas podía asomar más que el torso por la puerta, y apenas escucho los pasos del guardia que regresaban, se sentó lo más próximo que pudo a esta, justo en el quicio de la misma, lloriqueando y gimoteando suavemente, olfateando una y otra vez.

EL guardia entró, dedicándole una mirada, y Harry siguió quejándose muy bajito, hasta que irritó los nervios del hombre, que se levantó a gritarle desde distancia segura.

-¡Cállate maldito chucho!

El joven se sintió humillado y ofendido por las palabras, pero siguió gimiendo lastimero, tironeando de su cadena. Había recibido insultos mucho peores y estos, estaban sirviendo a un propósito. Su estomago gruñó ruidosamente y el guardia parpadeó, ligeramente sorprendido. Tras unos momentos de contemplación, el hombre preguntó en tono malicioso:

-¿Estás hambriento, perrito?

A Harry le sorprendió un lenguaje tan despectivo en boca de gente que convivía con otros de su clase, compañeros de guardia, pero supuso, que después de todo, de rencores y envidias no se libra nadie, y si alguien es diferente, lo usas en su contra, tarde o temprano. Gimoteo una vez más, y sus ojos miraron derrotados al guardia, que hinchió el pecho con petulancia. Si hubiese podido llorar en esa forma, hubiese derramado lágrimas, pero su gesto y sus ojos convencieron al hombre de que estaba desesperadamente hambriento, aunque realmente, el hambre no era su principal preocupación y podía pasar sin comer mucho más tiempo sin problemas.

El hombre dejó en el suelo el plato con un trozo de pan y queso, y Harry intentó cogerlos, pero estaban fuera de su alcance, y gimoteó de nuevo, mirando lastimero al hombre. Desde hacía un buen rato, Harry estaba dejando libre conscientemente su naturaleza de veela y sirena, su suave atractivo natural, cada vez un poco más intenso, algo que solo hacia conscientemente con Draco desde que su intimidad era casi completa. Su poder era ligero, no como el desbordante allure de las veelas completas, ni como el cegador magnetismo animal de las sirenas, pero efectivo. Harry podía oler el "interés" que estaba despertando en el hombre, lenta y soterradamente, sin despertar sospechas. Mirándole con ojos levemente dilatados el guardia murmuró:

-No tan rápido, perrito…¿Qué me das a cambio?

Era lo que el muchacho esperaba, y se sentó mas abatido contra la pared, gimoteando y retorciéndose nervioso, haciendo tintinear su cadena. Con ojos cada vez más turbios y oz levemente enronquecida el hombre murmuró, lamiéndose los labios:

-Vamos, perrito…vamos, déjame verte mejor…quítate algo de ropa….

Harry se agitó, lloriqueo, vaciló, pero finalmente, con manos temblosas, comenzó a despojarse de su túnica. Los ojos del hombre se llenaron de lujuria, ya que una vez incitados sus instintos, el deseo estaba apoderándose de él rápidamente, aunque hasta ese momento, el hombre no había dedicado su atención más que a las mujeres. El hombre se aproximó, entrando en el radio de la cadena. Conteniéndose, Harry le dejó avanzar otro paso más, tendiendo una mano ansiosa hacia él. Cuando le rozó el hombro, con un suave movimiento le clavó el codo en la ingle, derribándole al suelo con un sonido agónico. Con gesto decidido, el muchacho abrió el collar con su magia y le arrancó las llaves de la cintura, mientras el guardia se retorcía semi incosciente en el suelo, sujetándose con ambas manos los genitales y volvió a cerrarla en torno al cuello del hombre. Con enojo, recuperó su túnica, y su forma humana de nuevo, lanzando un hechizo de impotencia temporal hacia el guardia, reprimiendo los deseos de arrancarle la mano con que le había tocado.

Con pasos agiles entró en el castillo, y se orientó con su olfato, buscando las habitaciones de Sirius y Lupín. No fue difícil encontrar el rastro de olor del licántropo y su pareja, y este pronto le llevó hasta las habitaciones que ambos compartían. Se plantó ante la puerta de las habitaciones, sabiendo que Lupín le percibiría, consciente de que el lobo dominante no le dejaría hacer lo que quería si no se calmaba antes y respiró lentamente durante un rato, hasta alcanzar el estado mental necesario. Ya no estaba enfadado, solo decidido a demostrar que no era alguien con quien se pudiera jugar tan fácilmente.

Lupín había olido a Harry desde el dormitorio y alertó a Sirius de que el muchacho se había liberado y aguardaba. Por eso, cuando Harry finalmente tocó a la puerta, no le sorprendió ver que los dos adultos le recibían completamente vestidos y sentados frente a un fuego en el recibidor. Fue Lupín el que abrió la puerta, y su mirada fue toda una muda advertencia. El joven asintió brevemente, y en silencio, traspasó el umbral.

Sirius estaba sentado frente al fuego, y le contempló con sus ojos intensamente azules, su sonrisa sardónica flotado en su cara, sombreada por el rastro de barba sin afeitar. El joven le mostro la llave en su mano, y la arrojó al suelo desafiante, con el rostro frio e impasible, conteniéndose. El animago atrajo la llave con su varita, y la contempló por unos segundos, antes de murmurar con malicia:

-Supongo que tengo que buscar un guardia sustituto para esta noche, verdad?

Con un gruñido sordo, el moreno añadió entre dientes:

-¿Quieres probar suerte tú Sirius? ¿Quieres volver a humillarme?

El hombre intercambió una mirada con Lupín y murmuró risueño e incrédulo, contemplándole con aire divertido:

-Este cachorrillo cree que porque ha podido con uno de los guardias, va a poder hacerlo mismo conmigo, Lupín.

Se puso en pie y murmuró:

-Está bien…adopta la forma de un lobo y quítame la llave en menos de una hora.

Lupín abrió la boca para protestar pero el hombre alzó una mano, y el castaño cerró la boca, mirando con ultraje a su pareja.

-Para hacerlo más interesante, si pierdes, pasaras una semana limpiando establos…y sin ver a Draco a solas.

Los ojos verdes se entrecerraron, evaluando los riesgos. Una semana lejos de Draco…sería duro, pero no insoportable, pero…

-¿Y que gano yo? ¿Qué harás tú si pierdes?

Riéndose a carcajadas, el hombre exclamó:

-Que quieres que haga, Potter? No voy a perder y lo sabes. Esto es solo un berrinche adolescente.

-Si tan seguro estas…¿Apuestas una semana lejos de Lupín?

Desafió el muchacho, enarcando una ceja levemente. Asintiendo, el mago se giró hacia su compañero, que de repente no parecía estar nada conforme con el cariz del asunto y susurró tranquilizadoramente:

-Es imposible que lo haga, Lupín, relájate.

Harry se situó frente a Sirius y miró a Lupín, con intensidad.

-No intervengas en esto Lupín…es entre él y yo.

Harry dejó que el cambio le invadiera y el lobo de negro pelaje se alzó en su lugar sobre la alfombra. Sirius permaneció en pie, seguro de sí mismo, y aguardó el primer movimiento del lobo. Pero el animal se limitó a pasear arriba y abajo, una y otra vez, sin perderle de vista. En esa forma, liberar su atractivo era más simple, y pronto los ojos azules se dilataron ligeramente, hipnotizados por el paso elástico y casi felino. El lobo se detuvo, ligeramente vuelto de grupas hacia él y emitió un suave llamado.

Tras media hora de leves movimientos y quejumbrosas llamadas, Lupín observó atónito y furioso como su compañero avanzaba hacia el joven lobo, que estaba intentando seducirle descaradamente ante sus propias fauces. Cuando Sirius acarició la suave grupa del lobo negro este cargó repentinamente contra él, derribándole al suelo y apresándole con sus zarpas. Lupín gruñó roncamente, abandonando su pasividad, en defensa de su pareja; pero Harry, con las llaves entre los dientes, se retiró con presteza y se refugió en el rincón más alejado de la habitación, esperando que la necesidad de atender a su pareja y compañero superase la de vengar la ofensa para el otro hombre lobo. Recobró la forma humana y se mantuvo acuclillado en el rincón, los ojos fijos en el suelo, escuchando los sordo gruñidos del otro. Estos cesaron al cabo de un rato y tras unos momentos más, las negras botas de Sirius entraron en su campo de visión.

-Bien jugado Harry.

El joven alzó los ojos y encontró que el otro mago sonreía ligeramente, y le tendía la mano. Aceptándola con timidez, Harry se levantó, soltando de inmediato a Sirius ante el ronco gruñido de Lupín. El hombre lobo rechinó los dientes, aun furioso…y celoso. El muchacho se giró hacia él, los ojos bajos. Había usado un truco sucio para ganar, y ninguno de los dos se lo merecía.

-Lo siento Lupín. No pretendía…

Se mordió el labio y murmuró cabizbajo, palideciendo cuando se percató de una cosa.

-Draco va a matarme cuando se entere, por si te sirve de consuelo.

El lobo Alpha olvidó momentáneamente su enfado, preocupado por el bienestar del muchacho, el miembro más joven de su manada. Y le puso la mano suavemente en el hombro susurrando con afecto:

-No tienes por qué decírselo, Harry. No ha sucedido nada…

El moreno denegó vehementemente, aterrado ahora de lo que Draco pudiera pensar de él, temblando casi imperceptiblemente de pies a cabeza.

-No Lupín. Tengo que decírselo. Todo. Lo que decida hacer conmigo…(se estremeció tomando aliento y hundiendo levemente los hombros)es cosa suya, pero si no se lo cuento, me roería por dentro saber que le estoy mintiendo.

El lobo intercambio una mirada llena de intranquilidad por encima de la cabeza del adolescente con su compañero, que asintió y cogió la capa del muchacho. Lupín le empujó suavemente por los hombros hacia la puerta que Sirius mantenía abierta, susurrando:

-Nosotros te acompañaremos…

El joven se dejó conducir dócilmente, y solo se puso nervioso cuando se vio frente a la puerta de sus habitaciones. Temblaba de pies a cabeza, y Sirius le dio un codazo para hacerle reaccionar, mientras Lupín llamaba a la puerta. Draco acudió tras unos minutos, sorprendido de verles a los tres allí, y su alegría al ver a Harry se diluyo cuando se percató de su gran agitación y del rechazo del joven a su abrazo. Estaba tan nervioso que apenas podía hablar y tartamudeó, mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.

Totalmente desconcertado y alarmado, Draco se giró hacia Lupín, que mumuró indeciso:

-Tal vez si usas la legeremancia…pero pregúntale a él, Draconis.

El vampiro llevó al muchacho hasta el diván y sentándose a su lado susurró muy suavemente, acariciando su largo cabello negro, lo más calmadamente que pudo lograr:

-¿Quieres…contarme algo?

El muchacho asintió, mordiéndose los labios hasta hacerse sangre. El vampiro intentó acariciarle el rostro, pero Harry bajo la cara, angustiado y Draco desistió al notarle temblar bajo su roce. En apenas un susurro, Draco suplicó suavemente, su voz llena de preocupación:

-Mírame, mírame y déjame verlo, Harry…

Vacilante, el joven alzó la verde mirada y sus tristes ojos miraron a los preocupados ojos grises del vampiro. Este susurró el hechizo y entro en la mente de su amado. Los recuerdos pasaron ante sus ojos en caótica y confusa sucesión, mezclándose unos con otros, y Draco se vio forzado a contemplar fragmentos de palizas y malos tratos, del intento de violación, entremezclados a recuerdos más recientes.

Salió de su mente, furioso, los ojos inyectados de sangre, los colmillos sobresaliendo de su mandíbula y durante un largo minuto, sus manos aferraron con fiereza las muñecas del joven lobo mestizo, que gemía con suavidad, llorando sin recato, las mejillas anegadas en lágrimas. Pero el arrebato duró poco y Draco se calmó, volviendo a recobrar el dominio, para alivio de Lupín y Sirius, que por un momento temieron enfrentarse a un estallido de rabia vampírica. O aun peor, a un vampiro completamente perdido a su lado salvaje. Con un gesto a los otros, para que les dejasen a solas, Draco comenzó a secar las lagrimas de Harry, acariciándole las mejillas con los pulgares, acunado su rostro entre sus manos. Lupín se detuvo en la puerta, y Draco le miró intensamente por un instante, asintiendo y el lobo devolvió el gesto sabiendo que todo estaba bajo control de nuevo.

-Shh…todo está bien, Harry.

-Supongo que deberías relevar a ese pobre guardia, no Sirius?

Susurró el castaño con una leve nota irónica, cerrando con suavidad la puerta. Sirius suspiró pesadamente. Iba a ser una semana muy, muuuuy larga. Y emprendió el camino junto a su compañero.