Disclaimer: Los personajes pertenecen a la genia Naoko Takeuchi, la historia es de Amanda Quick.

—Les pido mil disculpas por haberme demorado, pero seguramente todos me comprenderán cuando les diga que el motivo de mi retraso es que conseguí el segundo fascículo. Aquí está, calentito de la imprenta. Les juro que me arriesgué mucho para conseguirlo. No había visto una muchedumbre igual en la ciudad desde el último alboroto que se armó después del espectáculo de fuegos artificiales, en el parque número 10.

Serena, al igual que las otras diez invitadas que se hallaban sentadas en el salón de recepción, de estilo egipcio y decorado en blanco y oro, se dieron la vuelta para mirar a la joven pelirroja que acababa de irrumpir en él. Aferraba un libro delgado y sin tapas en su mano y tenía la mirada cargada de excitación.

—Por favor, toma asiento, Rei. Debes saber que todas estamos muertas de curiosidad. —Lady Mimet Chiba, apoyada gracilmente sobre un sillón tapizado en tela rayada, también en blanco y oro, adornado con pequeñas esfinges talladas, hizo un ademán en dirección a una silla, para que se ubicara en ella su última invitada—. Pero primero permíteme presentarte a la esposa de mi sobrino, lady Shields. Llegó a la ciudad la semana pasada y ha expresado su interés por ser miembro de nuestro pequeño club de los miércoles, ésta es la señorita Rei Hino. Seguramente os encontraréis nuevamente esta noche, en el baile de Yelverton.

Serena sonrió cálidamente mientras se cumplía con el protocolo de las presentaciones. Se estaba divirtiendo mucho en aquella reunión y también lo había hecho durante toda la semana, desde que Mimet Chiba y su amiga Kaolinet Rattenbury habían llegado a su vida.

Darien había estado en lo cierto con respecto a esta tía suya y a su amiga. Obviamente, eran muy grandes amigas, aunque a primera vista uno se impresionaba por las diferencias que había entre ellas, más que por las similitudes.

Mimet Chiba era baja, de rasgos patricios, agraciada con la cabellera rubia y ojos dorados. Tenía poco más de cincuenta años y era una criatura vivaz y encantadora, que evidentemente se sentía muy a gusto con las riquezas y extravagancias de la alta sociedad.

También era notablemente optimista. Se interesaba por todo lo que la rodeaba y su pensamiento era liberal. Por sus ocurrencias e ingenio recibía con mucho entusiasmo todo proyecto novedoso que se cruzase en su camino.

El exótico estilo egipcio que seguía su casa de la ciudad estaba a tono con su personalidad. Incluso el extraño papel de las paredes, que tenía una orla de momias y esfinges en miniatura, parecían el entorno perfecto para Lady Mimet.

Si bien Serena aprobaba la inusual decoración egipcia de la casa de lady Mimet, se sintió aliviada al descubrir que en cuanto a la moda de la ropa, la tía de Darien tenía muy buen gusto. Durante la última semana, lo había puesto en práctica para colaborar con Serena. En consecuencia, el guardarropa de la muchacha se hallaba ahora atiborrado de los últimos y más favorecedores modelos, sin contar que todavía quedaban por llegar más vestidos, que se habían encargado y aún no los habían recibido. Y cuando Serena abiertamente le preguntó si no había incurrido en demasiados gastos, lady Mimet se echó a reír e ignoró la cuestión.

—Darien puede darse el lujo de mantener a su esposa a la moda y lo hará, no me cabe duda. No te preocupes por las cuentas. Sólo págalas de tu mensualidad y, si te quedas sin dinero, pide más a Darien cuando lo necesites. Serena se había horrorizado.

—No podría pedirle que me aumente la mensualidad. Ha sido ya demasiado generoso conmigo.

—Tonterías. Te contaré un secreto de mi sobrino. Por naturaleza, no es avaro, pero desgraciadamente no hay muchas cosas que le interesen como para gastar dinero en ellas, excepto las mejoras en la tierra, las ovejas y los caballos. De vez en cuando, tendrás que recordarle que una mujer debe atender ciertas necesidades.

Del mismo modo que, ocasionalmente, tendría que recordarle que tenía una esposa, pensó Serena en ese momento. En los últimos tiempos, no había visto mucho a su marido.

Kaoli, tal como la llamaba su amiga Mimet, era casi lo opuesto a ella en cuanto a aspecto y modales, aunque aparentemente tenían la misma edad. Era alta, delgada y poseía una calma inalterable que nada podría perturbar. Su serenidad era el freno perfecto para el entusiasmo de Mimet. Solía llevar imponentes turbantes, un monóculo en una cinta negra y vestimenta en color rojo, que según ella realzaba la tonalidad de sus ojos.

Hasta el momento, Serena jamás la había visto con otro color. Esa excentricidad la favorecía de un modo indefinido. A Serena le habían caído bien ambas mujeres no bien las conoció, hecho que era una verdadera suerte ya que Darien prácticamente la había abandonado a su compañía. En la última semana lo había visto muy pocas veces, y ninguna en sus aposentos. Serena no sabía qué hacer al respecto, pero gracias a Mimet y a Kaoli, había estado demasiado ocupada como para preocuparse por ese asunto.

—Ahora bien —dijo Mimet mientras Rei abría el pequeño libro—, no debes mantenernos en suspenso más de lo necesario, Rei. Empieza a leer de una vez por todas.

Serena miró a su anfitriona.

—¿De verdad una mujer de vida dudosa escribió estas Memoirs?.

—No simplemente una mujer de vida dudosa sino la mujer de ese mundo —le aseguró Mimet satisfecha—- No es ningún secreto que Lita Kino ha sido la reina de las cortesanas londinenses durante los diez últimos años. Los hombres de las más altas esferas se han batido a duelo por el honor de ser su protector. Se está retirando en la cumbre de su carrera y quiere que a través de sus Memoirs, la sociedad esté al tanto de todo lo que sucede.

—El primer fascículo salió la semana pasada y todas hemos esperado ansiosamente el segundo —anunció otra de las damas—. Enviamos a Rei para que nos trajera un ejemplar.

—Es un cambio interesante por las cosas que comúnmente estudiamos y discutimos los miércoles por la tarde, ¿verdad? —observó Kaolinet—. Una a veces se cansa un poco de desentrañar los extraños poemas de Blake y debo decir que, en ocasiones, no podemos diferenciar entre estas visiones literarias de Coleridge y sus alucinaciones por el opio.

—Vayamos al fondo de la cuestión —declaró Mimet—. ¿A quien nombra la Gran Kino esta vez?

Rei ya estaba buscando entre las páginas.

—Veo los nombres de lord Morgan y lord Crandon y, oh, Dios mío, también hay un duque real aquí.

—¿Un duque real? Esta señorita Kino parece tener gustos exóticos —observó Serena, intrigada.

—Así es —señaló Amy Mizuno, la joven de cabellos oscuros y mirada seria que estaba sentada junto a Serena—. Imagínense, cómo una de las Impuras Elegantes ha conocido personalidades que yo jamás podría aspirar a conocer. Se ha mezclado con hombres de los más altos niveles de nuestra sociedad.

—Ha hecho un poquito más que simplemente mezclarse con ellos, si me preguntan —murmuró Kaolinet, ajustándose el monóculo.

—Pero ¿de dónde viene? ¿Quién es? —preguntó Serena.

—Escuché por ahí que es la hija ilegítima de una prostituta callejera —observó una mujer mayor, con un aire de disgusto.

—Ninguna prostituta callejera vulgar podría haber atraído la atención de todo Tokio del modo que la señorita Kino lo ha hecho —anunció Amy firmemente—. Sus admiradores han incluido gran parte de los pares del reino. Obviamente, tiene algo que la diferencia de lo común y corriente.

Serena asintió lentamente.

—Piensen en todo lo que debe haber tenido que superar en su vida para poder obtener la posición que ocupa actualmente.

—Yo me imagino que su posición actual debe pesarle bastante en sus espaldas —dijo Mimet.

—Pero debe de haberse cultivado bastante para atraer tantos amantes influyentes —comentó Serena.

—Estoy segura —coincidió Amy Mizuno—. Es interesante ver cómo cierta gente, que sólo posee inteligencia y donaire, puede convencer a los demás de su superioridad social. Tomen como ejemplo a Brummel o al amigo de Byron, Scrope Davies

—Me imagino que la señorita Kino debe de ser muy hermosa para tener tanto éxito en su... eh, profesión elegida —dijo Rei, pensativa.

—En realidad, no es una gran beldad —anunció Mimet.

Todas las demás mujeres la miraron sorprendidas.

Mimet sonrió.

—Es cierto. La he visto más de una vez. A distancia, por supuesto. Justamente el otro día, Kaoli y yo la vimos en Bond Street, haciendo compras. ¿Cierto, Kaoli?

—Dios, sí. Qué imagen.

—Estaba sentada en el carruaje amarillo más impresionante que he visto en mi vida —explicó Mimet a su atenta audiencia—. Llevaba un vestido azul intenso y los dedos llenos de diamantes. Una figura impactante. Es castaña y su aspecto es bastante pasable. Claro que sabe aprovecharlo al máximo, pero les aseguro que muchas mujeres de la alta sociedad son mucho más bonitas que ella.

—¿Entonces por qué tantos hombres de la alta sociedad se sienten tan atraídos hacia ella? —preguntó Serena.

—Los caballeros son criaturas de una mentalidad muy simple —se explayó Kaolinet con toda parsimonia, mientras se llevaba una taza de té a los labios—. La novedad y la expectativa de una aventura romántica los marea fácilmente. Me imagino que la Gran Kino tiene un arte especial para hacerlos creer que obtendrán ambas cosas de ella.

—Sería interesante conocer sus métodos secretos para hacer poner a los hombres de rodillas —dijo una matrona de mediana edad con un suspiro, la cual llevaba un vestido de seda gris.

Mimet meneó la cabeza.

—No se olviden que, a pesar de todo su brillo y esplendor, ella está tan atada a su mundo como nosotras al nuestro. Podrá ser el tesoro más preciado para los hombres de la alta sociedad, pero sabe perfectamente que no puede mantener la atención de un mismo hombre para siempre. Además, no puede hacerse ilusiones de que podrá casarse con alguno de esos hombres que tanto la admiran para asegurarse de ese modo el pasaje a un mundo más seguro.

—Cierto —coincidió Kaolinet, apretando los labios—. Por más cautivado que esté con ella, por más que la llene de carísimos collares, un noble que tenga dos dedos de frente jamás propondría matrimonio a una mujer de la vida. Aun si en nombre de sus sentimientos se olvidara del detalle y le ofreciera casamiento, su familia se encargaría de inmediato de solucionar el problema.

—Tiene razón, Mimet —le dijo Serena, pensativa—- La señorita Kino está atrapada en su propio mundo. Y nosotras, atadas al nuestro. Pero aun así, si ha logrado salir del fango para ocupar la posición que tiene hoy, debe de ser una mujer muy inteligente y astuta. Creo que sería una contribución muy interesante para estas reuniones que se hacen aquí los miércoles por la tarde, Mimet.

Un profundo shock sacudió a la audiencia, pero Mimet rió.

—Muy interesante, sin duda.

—¿Saben algo? —continuó Serena impulsivamente—. Creo que me gustaría conocerla.

Todos los pares de ojos del salón se posaron en ella, con gran descreimiento.

—¿Conocerla?—exclamó Amy. Parecía tan escandalizada como fascinada—. ¿Te agradaría que te presentaran una mujer de esa calaña?

Rei Hino sonrió de mala gana.

—Sería bastante divertido, ¿no?

—Shhh, ustedes tres —barbulló una de las mujeres mayores—. ¿Presentarse a una cortesana profesional? ¿Han perdido todo el sentido de la propiedad? Vaya ridiculez.

Mimet miró divertida a Serena.

—Si Darien llegara a sospechar cuál es tu aspiración, te enviaría de regreso al campo en menos de veinticuatro horas.

—¿Cree que Darien la ha conocido? —preguntó Serena.

Mimet se atragantó con su té y rápidamente apoyó la taza en el platito correspondiente.

—Perdón —dijo medio ahogada, mientras Kaolinet le golpeaba familiarmente la espalda, entre los omóplatos—. Sinceramente, les pido disculpas.

—¿Te encuentras bien, querida? —le pregunto Kaolinet mientras Mimet se recuperaba.

—Sí, sí, bien, gracias, Kaoli. —La vivaz sonrisa de Mimet abarcó el círculo de rostros ansiosos—. Estoy perfectamente bien ahora. Les pido disculpas a todas otra vez. Bueno, ¿en qué estábamos? Oh, sí, estabas a punto de leernos, Rei. Empieza, por favor.

Rei se metió de lleno en la prosa, asombrosamente interesante y cada una de las mujeres presentes escuchó con gran atención. Las Memoirs de Lita Kino estaban muy bien redactadas, además de ser entretenidas y deliciosamente escandalosas.

—¿Que lord Eyetiger regaló a Kino un collar que valía quinientas libras? —exclamó una miembro, horrorizada, en uno de los puntos—. Esperen a que se entere su esposa. Sé de buena fuente que lady Eyetiger se ha visto obligada a hacer una fuerte economía durante años. Eyetiger siempre le ha dicho que el dinero no le alcanza para que ella se compre vestidos y joyas.

—Y le está diciendo la verdad. Probablemente, no le alcance para comprar todas esas cosas para su esposa porque se está gastando el dinero que tiene para comprárselas a Kino —observó Mimet.

—Y hay más de Eyetiger —dijo Rei, con una sonrisa decididamente perversa—. Escuchen esto:

«Esa noche, después de que lord Eyetiger se marchó, le dije a mi criada que lady Eyetiger debería considerarse muy en deuda conmigo. Después de todo, de no haber sido por mí, Eyetiger habría pasado muchas más noches en su casa, aburriendo a su pobre esposa con sus actos sexuales, lamentablemente faltos de imaginación. Sólo consideren el enorme peso que le he quitado a esa señora.»

—Yo diría que estuvo bien pagada por sus sufrimientos —declaró Kaolinet, mientras se servía más té de una tetera georgiana de plata.

—Lady Eyetiger va a ponerse furiosa cuando se entere de todo esto —dijo otra mujer.

—Y claro que tendrá que estarlo —comentó Serena, furiosa—. Su marido se ha conducido de la manera más deshonrosa. A nosotras puede resultarnos muy divertido, pero si nos detenemos a pensarlo un poco, nos daremos cuenta de que ha humillado públicamente a su pobre esposa. Piensen en cómo reaccionaría él si la situación hubiera sido a la inversa, si hubiera sido lady Eyetiger quien hubiera dado que hablar.

—Un punto interesante —dijo Amy—. Apuesto a que cualquier hombre retaría a duelo a quien se atreviera a decir todas esas cosas de su esposa.

«Darien, por ejemplo, se sentiría fuertemente inclinado a derramar sangre por un hecho así», pensó Serena, con cierta satisfacción, pero también con cierto temor. Bajo tales circunstancias, su ira no conocería límites y su orgullo exigiría venganza.

—Lady Eyetiger no estará en posición para retar a duelo a Lita Kino —dijo una de las mujeres del grupo—. La pobre mujer se verá forzada a retirarse al campo por un tiempo, hasta que los rumores dejen de molestarla.

Otra mujer, que estaba en el otro extremo del salón, sonrió con gesto de condescendencia.

—Así que lord Eyetiger es un aburrido en la cama, ¿eh? Qué interesante.

—Según Kino, todos los hombres son bastante aburridos en la cama —dijo Mimet—. Hasta el momento, no ha tenido ni una palabra de elogio para ninguno de sus admiradores.

—Tal vez, los amantes más interesantes han aceptado pagar la suma que ella exige para excluirlos de la famosa lista de las Memoirs —sugirió una joven matrona.

—O quizá los hombres, en general, no son amantes interesantes —observó Kaolinet con toda serenidad—. ¿Alguna desea más té?

La calle que estaba frente a la mansión de Yelverton estaba llena de elegantes carruajes estacionados. A medianoche, Darien se bajó del suyo se abrió paso entre la multitud de cocheros, criados y cuidadores de caballos que estaban aguardando a sus amos, hasta llegar a las escalinatas que conducían al vestíbulo de los Yelverton.

Virtualmente, Darien había recibido órdenes de concurrir a esa fiesta. Mimet le había aclarado que aquél sería el primer baile importante para Serena y que la presencia de Darien sería invalorable. Si bien era cierto que él tenía plena libertad para aceptar ir o no a determinados lugares, había ocasiones en las que era indispensable que acompañara a Serena. Ese baile era una de estas ocasiones.

Darien, quien se había estado levantando demasiado temprano y acostando a altas horas de la noche, en un esfuerzo por evitar encuentros innecesarios con su esposa, se vio atrapado cuando Mimet le dijo que lo esperaba indefectiblemente en algún momento de la fiesta. En consecuencia, debió resignarse a una pieza con su esposa.

Y era lo mismo que resignarse a la tortura. Esos pocos minutos en la pista de baile, con ella entre sus brazos, serían mucho más difíciles para él de lo que Serena podría imaginarse.

Si esos días en los que había vivido lejos de ella no habían sido empresa fácil para él, convivir bajo el mismo techo con Serena era un verdadero infierno. Esa noche en la que Darien volvió a su casa y descubrió que su esposa había llegado para instalarse en la ciudad y disculparse con él, se sintió invadido por un gran alivio, seguido de una llamada de atención que le indicó no perder la cautela.

Pero en cierto modo, se convenció de que ella había venido mansamente a sus pies. Parecía que había abandonado sus exigencias exageradas y estaba preparada para asumir el papel de esposa apropiada para él. Y esa misma noche, cuando se enfrentaron en el cuarto de ella, Serena virtualmente se le ofreció.

Dios, le costó un verdadero triunfo marcharse de su recámara en ese momento. Serena estaba tan dulce, sumisa y tentadora que Darien había tenido el impulso de tomarla entre sus brazos y reclamar sus derechos en ese preciso instante. Pero la llegada de la joven lo había conmocionado al punto que no pudo confiar en sus propias reacciones. Necesitaba tiempo para pensar.

A la mañana siguiente, Darien se dio cuenta de que Serena estaba nuevamente con él, que no podía echarla. Y tampoco había necesidad de tomar esa determinación. Después de todo, ella se había humillado al venir a la ciudad, echarse a sus pies y quedar librada a merced de él. Había sido ella quien le había implorado que le permitiera quedarse. ¿Acaso no se había disculpado con toda sinceridad por los embarazosos hechos acontecidos en Eslington Park?

Darien decidió que su orgullo quedaba a salvo y que le había dado una lección a Serena. En consecuencia, optó por ser generoso y permitirle que se quedara en Tokio. La determinación no había sido difícil, aunque para tomarla, tuvo que quedarse sin dormir hasta el amanecer.

En esas horas de insomnio, también había decidido que reclamaría sus derechos conyugales sin demora. Ya se los habían negado durante demasiado tiempo. No obstante, por la mañana, Darien se dio cuenta de que no era algo tan sencillo. Algo desequilibraba la ecuación.

Dado que Darien no tenía muchas inclinaciones a dedicarse al autoanálisis, se tomó gran parte de esa mañana, hasta la hora de la entrevista con Serena, tratando de dilucidar vagamente qué habría de malo en acostarse con Serena sin más pérdida de tiempo.

Finalmente, admitió que no quería que Serena se entregase a él sólo porque pensaba que era su obligación de esposa. De hecho, era denigrante sólo pensar que ella actuaría así. Darien quería que Serena lo deseara. Quería mirar esos ojos claros y honestos para descubrir en ellos genuino deseo, necesidad femenina. Pero, por sobre todas las cosas, a Darien no le gustaba la idea de que por mucho que ella se esmerase en complacerlo, íntimamente pensara que él había faltado a su palabra original.

Ese descubrimiento lo puso en un aprieto y de un pésimo humor, según sus propios amigos habían señalado.

Ni Kumada ni Furuhata habían cometido la estupidez de preguntarle sí tenía problemas en su casa, pero ambos sospecharon que de eso se trataba. Varias veces le habían deslizado su inquietud por conocer a la famosa Serena, y esa noche sería la oportunidad que ambos tendrían de hacerlo, al igual que la sociedad entera.

Darien levantó el ánimo cuando pensó que Serena se alegraría de verlo a esa hora de la noche. Sabía que ella esperaría ser un fracaso rotundo, como lo había sido cinco años atrás. El hecho de tener un esposo a su lado, indudablemente cambiaría todo el panorama y le daría más coraje. Quizá su gratitud la conduciría eventualmente a mirar a Darien con ojos más benévolos.

Darien ya había atendido ciertos asuntos en la mansión de Yelverton, de modo que sabía cómo llegar al salón de baile. En lugar de esperar que el mayordomo lo anunciara, buscó solo las escaleras que conducían a un balcón desde el que podía observarse el salón repleto.

Plantó ambas manos sobre la baranda tallada y miró la multitud que había abajo. Una banda tocaba mientras varias parejas bailaban en la pista. Los criados, con sus uniformes impecables, se abrían paso con bandejas en las manos, atendiendo a los hombres y mujeres elegantemente vestidos. Las risas y charlas llegaban hasta arriba.

Darien abarcó todo el salón con su mirada, buscando a Serena. Mimet le había dicho que llevaría un vestido rosa. Indudablemente, la muchacha estaría parada en uno de los grupos de mujeres que se alineaban cerca de las ventanas.

—No, Darien. Ella no está allí. Está en el otro lado del salón. No puedes verla porque no es muy alta y cuando la rodea un grupo de admiradores, como en este momento, se te pierde completamente de vista.

Darien volvió la cabeza para ver a su tía que venía por el corredor. Lady Mimet le sonreía con la familiaridad habitual. Se veía muy impactante con su vestido en verde y plata, de satén.

—Buenas noches, tía. —Le tomó la mano y se la llevó a los labios—. Estás muy bella esta noche. ¿Dónde está Kaoli?

—Refrescándose en la terraza, con algún vaso de limonada. El calor está afectándola mucho, pobrecita. Insistió en ponerse uno de esos pesados turbantes. Yo estaba a punto de reunirme con ella cuando te vi llegar. De modo que viniste a ver cómo se las arreglaba tu pequeña esposa, ¿eh?

—Conozco lo que es una auténtica orden cuando la escucho. Estoy aquí porque tú insististe. ¿Qué es esto de que Serena desaparece de la vista?

—Velo por ti mismo. —Mimet se acercó a la baranda y, orgullosamente, hizo un ademán con la mano, señalando a los invitados—. La han rodeado desde el momento en que llegó. Y de eso pasó ya una hora.

Darien miró hacia el otro extremo del salón y frunció el entrecejo al tratar de ubicar un vestido de seda rosa entre el arco iris que formaban los hermosos vestidos allí abajo. Luego, un hombre que estaba en un cerrado grupo de caballeros se movió apenas y Darien alcanzó a divisar a Serena, en medio de la reunión.

—¿Qué demonios está ella haciendo allí abajo? —gruñó Darien.

—¿No es obvio? Está a punto de convertirse en un éxito, Darien. —Mimet sonrió satisfecha—. Es un encanto y no tiene ningún problema para entablar conversaciones. Hasta el momento, ha prescrito un remedio para los dolores de estómago ocasionados por nervios de lady Bixby, una cataplasma para el pecho de lord Thanton y un jarabe para la garganta de lady Yelverton.

—Pero ninguno de los hombres que están rodeándola en este momento está buscando, aparentemente, ayuda médica —barbotó Darien.

—Cierto. Cuando me aparté del grupo hace unos momentos, ella estaba dando una descripción de las prácticas de cría de ganado lanar en Sapporo.

—Maldición. Yo le enseñé todo lo que sabe de cría de ganado lanar en Sapporo. Lo aprendió durante nuestra luna de miel.

—Bueno, entonces tienes que sentirte feliz de que Serena ponga ese conocimiento al servicio de la sociedad.

Darien entrecerró los ojos para estudiar a los hombres que rodeaban a su esposa. Un joven alto, de cabellos muy claros con un traje negro azabache le llamó la atención.

—Veo que Rubeus no ha perdido tiempo en presentarse.

—Oh, Dios. ¿Está en el grupo? —La sonrisa de Mimet se esfumó en el momento en que se asomó por la baranda para mirar mejor. La chispa de picardía abandonó sus ojos—. Lo lamento, Darien. No sabía que él estuviera presente esta noche- Pero debes saber que tarde o temprano ella se encontraría con él, al igual que con los demás admiradores de Esmeralda.

—Entregué a Serena a tu cuidado, Mimet, porque confiaba en que tendrías el suficiente sentido común para alejarla de los problemas.

—Alejar a tu esposa de los problemas es una tarea tuya, no mía —retrucó Mimet ásperamente—. Yo soy su amiga y consejera, nada más.

Darien se dio cuenta de que estaba recibiendo la reprimenda por haber desatendido a Serena durante la última semana.

Pero no estaba de humor como para elaborar su defensa. Estaba demasiado preocupado por el apuesto dios rubio que en ese momento entregaba una limonada a Serena. Ya había visto esa expresión tan particular en el rostro de Rubeus cinco años atrás, cuando el vizconde había empezado a revolotear en torno de Esmeralda.

Darien apretó el puño a un costado. Con un gran esfuerzo, se obligó a relajarse. La última vez había sido un idiota, incapaz de ver de antemano los problemas sino hasta que fue demasiado tarde. En esta ocasión, se movería con rapidez y sin piedad, para anticipar el desastre.

—Discúlpame, Mimet. Creo que tienes razón. Es mi trabajo proteger a Serena y empezaré a hacerlo en este mismo momento.

Mimet se volvió, con el entrecejo fruncido.

—Darien, ten cuidado con el modo en que manejas las cosas. Recuerda que Serena no es Esmeralda.

—Precisamente. Y es mi intención encargarme de que no se convierta en otra Esmeralda. —Darien ya estaba abandonando el balcón, rumbo a la pequeña escalera lateral que lo conduciría al salón de baile.

Una vez abajo, se vio frente a una muralla humana, que en varias ocasiones lo detuvo para saludarlo y felicitarlo por su reciente boda. Darien asintió con la cabeza todo el tiempo, tratando de ser cortes, aceptando los elogios sinceros para su condesa e ignorando la curiosidad disimulada que con frecuencia los acompañaba.

El tamaño del hombre obraba en su favor. Era más alto que la mayoría de la gente y no era difícil mantener bajo la mira al grupo masculino que orbitaba alrededor de Serena. En pocos minutos llegó al sitio donde ella se encontraba.

Darien advirtió la flor que estaba cayéndose del adorno del peinado de Serena en el mismo momento en que Rubeus extendió la mano para acomodarla.

—¿Me permite acomodarle esta rosa, señora? —dijo Rubeus galantemente, mientras comenzaba a extraer la flor esmaltada de su peinado.

Con el hombro, Darien se abrió paso entre dos jóvenes que observaban con envidia al pelirrojo.

—Es mi privilegio, Rubeus. —Arrancó el ornamento retorciéndolo, de uno de los rizos, mientras Serena lo miraba sorprendida. La mano de Rubeus cayó y sus ojos celestes denotaron una silenciosa ira.

Darien. —Serena le sonrió, con auténtica alegría—. Temía que no viniese esta noche. ¿No es un baile maravilloso?

—Maravilloso. —Darien la observó deliberadamente, consciente de una violenta sensación posesiva. Notó que Mimet había hecho un buen trabajo. El vestido de Serena tenía el color perfecto para su tez y el corte enfatizaba su esmirriada figura. El cabello estaba recogido parcialmente, aunque la cascada de rizos dejaba ver su agraciada nuca.

Advirtió que las joyas que la joven llevaba habían sido reducidas al mínimo y se le ocurrió que tal vez le habrían quedado muy bien los zafiros de los Shields en el cuello. Desgraciadamente, Darien no las tenía para dárselas.

—Esta noche lo estoy pasando muy bien —comentó Serena, muy contenta—. Todos han sido tan atentos y me recibieron tan acogedoramente. ¿Conoce a todos mis amigos? —Señaló el grupo de caballeros que la acompañaba con un gesto de su cabeza.

Darien dirigió una fría mirada a los hombres y les sonrió lacónicamente. Sólo se detuvo brevemente en la divertida y calculadora expresión de Rubeus.

—Oh, sí, Serena. Creo que me han presentado a cada una de estas personas. Y estoy seguro de que, a estas horas, ya habrás disfrutado lo suficiente de su compañía.

La inequívoca advertencia no pasó desapercibida para ninguno de los miembros de ese círculo, aunque Rubeus pareció más divertido que impresionado. En cambio, los otros se apresuraron a felicitarlo y, durante algunos minutos, Darien se vio obligado a escuchar tontas zalamerías con respecto a los encantos de su esposa, a su experiencia con las hierbas y a sus talentos para la conversación.

—Para ser mujer, tiene conocimientos encomíables sobre las técnicas empleadas en el campo —anunció uno de los admiradores, de mediana edad,-Podría hablar con ella durante horas.

—Justamente estábamos charlando sobre el ganado lanar—explicó un joven de cara rubicunda—. Lady Shields tiene nociones interesantes de los métodos de cría.

—Fascinante, seguramente —dijo Darien. Inclinó la cabeza en dirección a su esposa—. Empiezo a darme cuenta de que me he casado con una experta en la materia.

—Recordará que leo mucho, milord —murmuró Serena—. Y últimamente me he tomado la libertad de inmiscuirme en su biblioteca. Tiene una colección interesante de libros sobre el tema rural.

—Me encargaré de reemplazarlos por textos de naturaleza más constructiva. Tratados religiosos, tal vez. —Darien extendió la mano—. Mientras tanto, ¿podrías abandonar esta conversación interesante para otorgar una pieza a tu esposo?

Los ojos de Serena se encendieron.

—Pero por supuesto, Darien. ¿Me disculpan, caballeros?—preguntó ella con toda cortesía mientras apoyaba la mano en el brazo de su esposo.

—Por supuesto —murmuró Rubeus—. Todos entendemos la llamada del deber, ¿no? Regrese cuando esté dispuesta a divertirse otra vez, Serena.

Darien trató de controlarse para no plantar un puñetazo en medio de la refinada nariz de Rubeus. Sabía que Serena jamás le perdonaría una escena de esa clase, y tampoco lady Yetvenon.

Lleno de ira por dentro, tomó el único camino alternativo que le quedaba: ignoró fríamente la provocación de Rubeus y llevó a Serena a la pista de baile.

—Tengo la sensación de que te estás divirtiendo mucho—le dijo Darien cuando ella se ubicó entre sus brazos.

—Mucho. Oh, Darien, es tan distinto de la última vez. Esta noche todos me parecen tan simpáticos. He bailado más hoy que durante toda mi anterior temporada de presentación en sociedad. —Serena tenía las mejillas encendidas y sus ojos brillaban de placer.

—Me alegra que tu primer evento importante como condesa de Shields haya sido un éxito total. —Puso deliberado énfasis en el nuevo título al que Serena se había hecho acreedora. No quería que ella se olvidara de su posición ni de las obligaciones que tal posición implicaban.

La sonrisa de Serena se tornó pensativa.

—Creo que ahora todo marcha tan bien porque estoy casada. Ya todos me miran tranquilos... Los hombres, digo.

Asombrado ante tal observación, Darien frunció el entrecejo..

—¿Qué rayos quieres decir con eso?

—¿No es obvio? Ya no estoy buscando marido. Ya he pescado uno, por así decirlo. Entonces, los hombres se sienten libres de flirtear conmigo y de hacerme la corte porque saben perfectamente bien que no están en peligro de tener que hacerme una propuesta formal. Ahora todo es diversión inofensiva; en cambio, hace cinco años habría sido un gran riesgo tener que declarar sus intenciones.

Darien se tragó un improperio.

—Estás muy alejada de la verdad con esa línea de razonamiento —le aseguró entre dientes—. No seas inocente, Serena. Tienes edad suficiente como para darte cuenta de que tu estado civil te deja expuesta a los acercamientos más indecorosos por parte de los hombres. Te miran tranquilos porque pueden sentirse libres para seducirte.

La mirada de Serena se puso alerta, aunque su sonrisa se mantuvo inalterable.

—Vamos, Darien. Está exagerando. En lo que a mí respecta, ningún hombre de los aquí presentes puede soñar con seducirme.

Le llevó unas décimas de segundo darse cuenta de que Serena lo estaba comparando con todos los demás invitados.

—Discúlpeme, señora —le dijo con suave sarcasmo—. No me había dado cuenta de que estaba tan ansiosa por ser seducida. De hecho, me había llevado exactamente la impresión contraria. Estoy seguro de que entendí mal.

—Muy a menudo me entiende mal, milord. —Dejó la vista fija en la corbata de su esposo—. Pero sucede que sólo estaba bromeando.

—¿Sí?

—Sí, por supuesto.- Discúlpeme, Sólo quise levantarle un poco el ánimo. Parecía más preocupado de lo debido por lo que constituye una amenaza totalmente inexistente a mi virtud. Le aseguro que ninguno de los hombres de ese grupo hizo avances o sugerencias que estuvieran fuera de lugar.

Darien suspiró.

—El problema, Serena, es que no estoy muy seguro de que seas capaz de reconocer una sugerencia fuera de lugar sino hasta que las cosas hayan llegado demasiado lejos. Puedes tener veintitrés años, pero no has tenido demasiada experiencia con la sociedad. Se parece un poco a un terreno de cacería, y una joven bonita, inocente y casada suele ser un premio muy valioso.

Ella se puso tiesa y entrecerró los ojos.

—Por favor, no sea condescendiente, Darien. No soy inocente y le aseguro que no es mi intención permitir que me seduzca ninguno de sus amigos.

—Desgraciadamente, querida, eso todavía deja pendiente a mis enemigos.