Disclaimer: Los personajes pertenecen a la genia Naoko Takeuchi, la historia es de Amanda Quick.
La carta perfumada con el elegante sello lila llegó a un costado de la bandeja con el té para Serena, la mañana siguiente. Ella se sentó en la cama, bostezó y miró con curiosidad la misiva.
—¿Cuándo llegó esto, Setsuna?
—Uno de los criados ha dicho que la trajo un muchachito, hace como media hora. —Setsuna, presurosa, comenzó a abrir las cortinas y extrajo del guardarropa un precioso vestido matinal que Mimet y Serena habían escogido pocos días atrás.
Serena bebió el té y rompió el sello del sobre. Distraída, ojeó los contenidos y luego frunció el entrecejo al ver que en un principio, no tenían sentido. No había firma, sólo iniciales al pie. Debió leerla por segunda vez para captar la esencia de la carta:
«Querida Señora:
En primer lugar, permítame comenzar esta carta brindán-
dole mis más sinceras felicitaciones por su reciente boda. Si bien
nunca he tenido el honor de ser presentada ante usted, siento
que tenemos cierto grado de familiaridad por intermedio de un
amigo en común. También estoy convencida de que usted es una
mujer sensata y discreta ya que nuestro amigo no es persona de
cometer en su segundo matrimonio el mismo error que cometió
en el primero.
Como tengo fe en su discreción, creo que, una vez que
haya leído esta carta, deseará tomar la sencilla medida que le
asegurará que mi asociación con nuestro amigo en común, en
la que ambos estuvimos muy de acuerdo, quede en el seno de
nuestra privacidad.
Yo, Señora, actualmente estoy abocada a la ardua tarea de
asegurarme la paz y tranquilidad necesarias para mi vejez. No
deseo verme forzada, a vivir de la caridad en los últimos años de
mi vida. Estoy logrando este objetivo a través de las publicacio-
nes de mis Memoirs. ¿Le resultan familiares mis primeros fascí-
culos, tal vez? Se publicarán muchos más en un futuro cercano.
Al escribir estas Memoirs, me he fijado como meta no la de
humillar ni avergonzar a nadie, sino, simplemente, la de reunir
los fondos suficientes que me avalen un futuro no tan incierto.
En el marco de todo esto, estoy ofreciendo la oportunidad a todos
aquellos involucrados, de asegurarse que ciertos nombres especí-
ficos no aparezcan impresos, ahorrándose de ese modo chismes
desagradables. Esta misma oportunidad también es para mí,
pues obtengo lo que deseo sin necesidad de revelar detalles Ínti-
mos de relaciones pasadas. Como verá, la propuesta que le hago
en este momento es beneficiosa para todos los involucrados.
Bien, Señora, iré al grano: si para mañana a las cinco de la
tarde me envía doscientos yenes, podrá descansar en
paz, ya que unas cuantas cartas encantadoras que su esposo me
escribió alguna vez, no aparecerán en mis Memoirs.
Para usted, esta suma de dinero es una nimiedad, menos de
lo que cuesta uno de sus vestidos. Para mí, representa un ladrillo
más con el que me construiré una pequeña y acogedora casa,
llena de rosales, en Okinawa, donde pronto habré de retirarme.
A la espera de una pronta respuesta, saluda a usted muy
atentamente,
L.K.
Serena releyó la carta una tercera vez, con manos temblorosas. Estaba asombrada por la ira incontrolable que ardía dentro de ella. No se trataba de que Darien hubiera tenido relaciones con esa mujer alguna vez. Tampoco fue la amenaza de tener ese romance ventilado públicamente y en detalle, por embarazoso que fuera, lo que la había dejado temblando.
Lo que la ponía rabiosa era la noción de que Darien se hubiera tomado el tiempo de escribir cartas de amor a una cortesana profesional en su momento y que, en el presente, no se hubiera molestado en garabatear siquiera algún poema para su esposa.
—Setsuna, guarda ese vestido matinal y saca mi traje de montar verde.
Setsuna la miró sorprendida.
—¿Ha decidido ir a cabalgar esta mañana, señora?
—Sí.
—¿Lord Shields irá con usted? —preguntó Setsuna mientras ponía manos a la obra.
—No, no irá. —Serena pateó las mantas de la cama y se puso de pie, aún apretando en el puño la carta de Lita Kino—. Rei Hino y Amy Mizuno van de paseo a caballo al parque, casi todas las mañanas; Creo que me reuniré con ellas.
Setsuna asintió.
—Avisaré que le tengan preparado un caballo y un cuidador para cuando usted baje, señora.
—Por favor, Setsuna.
Poco tiempo después, un cuidador vestido con librea la ayudó a subir a una estupenda yegua zaina. El joven tenía su pony al lado de ésta. De inmediato, Serena salió para el parque, dejando que el cuidador la siguiera como pudiera.
No le resultó difícil encontrar a Amy y a Rei quienes estaban paseando por el sendero principal. Sus respectivos escoltas las seguían a una distancia prudencial, conversando en voz baja entre ellos.
Los brillantes rizos negros de Rei resplandecían con la luz del sol y sus ojos vivaces se encendieron al ver a Serena.
—Serena, cuánto me alegra que hayas decidido reunirte con nosotras esta mañana. Acabamos de llegar, prácticamente. ¿No es un día hermoso?
—Para algunos, tal vez —contestó Serena con pesimismo—. Pero no para otros. Debo hablar con las dos. La perpetua mirada seria de Amy se puso aun más oscura de preocupación.
—¿Sucede algo malo, Serena?
—Muy malo. Ni siquiera puedo explicarlo. Está fuera de todo lo imaginable. Nunca he sido tan humillada. Tomen. Lean ésto. —Serena entregó la carta de Lita a Amy, mientras las tres mujeres disminuían la marcha de los caballos.
—¡Dios Santo! —exclamó Amy, despavorida cuando terminó de leer la nota. Sin agregar ni una palabra más, entregó la carta a Rei.
Rei también la leyó rápidamente y levantó la vista, tan conmocionada como tas demás.
—¿Va a imprimir las cartas que Shields le escribió?
Serena asintió, con la boca apretada por la ira.
—Eso parece. A menos, por supuesto, que le pague doscientos yenes.
—Es vergonzoso —declaró Rei con voz chillona.
—Supongo que era de esperar —dijo Amy, más prosaica—. Después de todo, Kino no ha vacilado en nombrar varios miembros del Beau Monde en los primeros fascículos. Hasta mencionó un duque real, ¿lo recuerdan? Si Shields tuvo relaciones con ella en el pasado, era lógico que tarde o temprano su nombre apareciera.
«Cómo pudo ser capaz», pensó Serena, apretando los dientes. Amy la miró, comprensiva.
—Serena, querida, tú no eres tan inocente. Así conciben el mundo la mayoría de los hombres de la sociedad. Es como un deber tener una amante. Por lo menos, no sostiene que Shields sea un admirador actual. Debes sentirte agradecida al menos por eso.
—Agradecida. —Serena casi no podía hablar.
—Has leído los primeros fascículos de las Memoirs junto con nosotras. Has visto unos cuantos nombres famosos relacionados con ella en una u otra época. Y la mayoría de ellos estaban casados cuando se involucraron con Lita Kino.
—Eso quiere decir que muchos hombres llevan doble vida—Serena meneó la cabeza, muy enojada-— Y tienen el coraje de sermonear a las mujeres sobre el honor y el comportamiento apropiado. Me enfurece.
—Es terriblemente injusto—agregó Rei vehemente—. Es precisamente el ejemplo ideal para explicar por qué siento que el casamiento no tiene nada que ofrecer a una mujer inteligente.
—¿Por qué tuvo que escribirle todas esas cartas de amor?—preguntó Serena, angustiada.
—Si él puso sus sentimientos por escrito, quiere decir que el romance tuvo lugar bastante tiempo atrás. Sólo un jovencito podría cometer ese error —observó Amy.
—"Ah, sí", pensó Serena. «Un jovencito.» Un jovencito que todavía era capaz de tener emociones fuertes y románticas. Aparentemente esa clase de sentimientos se habían borrado de Darien. Esos sentimientos que Serena tanto deseaba escuchar, expresar por parte de él, se habían desperdiciado años atrás, en mujeres como Lita y Esmeralda. Parecía que nada hubiese quedado para Serena. Absolutamente nada.
En ese momento, la muchacha odió a Lita y a Esmeralda con toda su alma.
—¿Por qué Kino no habrá enviado esta nota directamente a Shields? —preguntó Rei.
Amy esbozó una sonrisa reticente.
—Probablemente porque sabía que Shields la habría mandado al diablo. No me imagino al esposo de Serena pagando una extorsión. ¿Y vosotras?
—Yo no lo conozco muy bien —admitió Rei— pero por lo que se cuenta, no, no lo veo enviándole los doscientos yenes a Kino. Ni siquiera para evitar a Serena el bochorno que implicará la publicación de esas cartas.
—Entonces —concluyó Amy—, sabiendo que tendría muy pocas posibilidades de conseguir el dinero directamente de Shields, decidió extorsionar a Serena.
—Nunca le pagaré a esa mujer —juró Serena, tirando tan abruptamente de las riendas, sin querer, que su yegua echó la cabeza hacia atrás, asustada, a modo de protesta.
—Pero ¿qué otra cosa te queda por hacer? —preguntó Rei—. Seguramente no querrás que esas cartas aparezcan publicadas. Sólo pienso en todos los chismes que correrán.
—No será tan malo —dijo Amy, tratando de calmarla—. Todos sabrán que ese romance pasó hace mucho tiempo, antes de que Darien estuviera casado con Serena.
—La época en que tuvo lugar no importará —dijo Serena—. Habrá comentarios y todas lo sabemos. No serán chismes lo que Kino estará repitiendo. Va a imprimir cosas que Darien realmente escribió. Todos hablarán de esas malditas cartas de amor. Citarán partes de ellas textualmente en las fiestas y en las óperas, sin duda. Toda la alta sociedad se preguntará si Darien me habrá escrito cartas similares a mí, plagiándose a sí mismo en el proceso. No puedo soportarlo, les digo.
—Serena tiene razón —dijo Rei—. Y se siente más vulnerable porque está recién casada. La gente apenas empieza a conocerla, lo que dará un toque muy desagradable a los comentarios.
No había modo de refutar esa verdad tan simple. Las tres se quedaron calladas por unos minutos, mientras sus caballos seguían paseando por el sendero. Serena estaba aturdida. Sentía que no podía pensar con claridad. Cada vez que quería ordenar sus ideas, advertía que en lo único que reparaba era en que Darien alguna vez había escrito cartas de amor a otra mujer.
—Ustedes saben, por supuesto, lo que sucedería si esta situación fuera a la inversa —dijo Serena finalmente, después de un rato.
Amy frunció el entrecejo y Rei miró a Serena tratando de adivinar sus pensamientos.
—Serena, no te inquietes por esto —dijo Amy—. Muestra la carta a Shields y deja que él maneje el asunto.
—Tú misma has dicho que él manejaría la situación mandándola al diablo y el resultado sería que esas cartas aparecerían impresas.
—Ésta es una situación de lo más denigrante —declaró Rei—. Pero no le encuentro solución obvia.
Serena vaciló un momento y luego dijo tranquilamente.
—Decimos eso porque somos mujeres y por lo tanto, estamos acostumbradas a no tener poder. Pero existe una solución si una mira todo esto como lo vería un hombre.
Amy la miró confundida.
—¿Qué estás pensando, Serena?
—Esto —declaró Serena, con un nuevo sentido resolutivo— es claramente una cuestión de honor.
Rei y Amy se miraron entre sí y luego a Serena.
—Estoy de acuerdo —dijo Rei lentamente—, pero no entiendo en qué cambia las cosas verlo de ese modo.
Serena miró a su amiga.
—Si un hombre recibiera una carta extorsiva debido a una indiscreción pasada de su esposa, entonces el hombre en cuestión no vacilaría en retar a duelo al chantajista.
—¡Retarlo a duelo! —Amy estaba fuera de sí—. Pero Serena, ésta no es la misma situación.
—¿No?
—No, no lo es —dijo Amy rápidamente—. Serena, esto te involucra a ti y a otra mujer. No es posible que consideres este medio de solucionar las cosas.
—¿Por qué no? —preguntó Serena—. Mi abuelo me enseñó a usar una pistola y sé dónde puedo conseguir un par de armas para el evento.
—¿Y de dónde conseguirías un par de armas para duelo?—preguntó Amy con cierta incomodidad.
—Hay dos en un estuche, montado sobre una pared, en la biblioteca de Darien.
—Dios querido —exhaló Amy.
Rei inspiró profundamente, con la expresión cargada de determinación.
—Tienes razón. Amy. ¿Por qué no retar a duelo a Lita Kino? No hay duda de que ésta es una cuestión de honor. Si invirtiéramos la situación de manera que la indiscreción hubiera sido de Serena, indudablemente Shields tomaría una decisión violenta.
—Necesitaré padrinos —dijo Serena, pensativa, mientras la idea empezaba a tomar forma en su cabeza.
—¿Qué tal una madrina? Yo me ofrezco —declaró Rei, con toda lealtad—. Sucede que sé cómo cargar una pistola. Y Amy también se ofrecerá para ser madrina, ¿verdad, Amy?
Amy lanzó un improperio.
—Esto es una locura. Simplemente, no puedes hacerlo, Serena.
—¿Por qué no?
—En primer lugar, porque tienes que lograr que Kino acepte el duelo. Y lo más probable es que no lo haga.
—No estoy tan segura de que se niegue —murmuró Serena—. Esa mujer es de lo más inusual y muy aventurera. Todas hemos coincidido en ese punto. No llegó adonde está hoy por ser una cobarde.
—Pero ¿por qué habría de arriesgar su vida en un duelo?—preguntó Amy.
—Si es una mujer honorable, lo hará.
—Pero ése es precisamente el punto, Serena. Esa mujer no tiene ningún honor —exclamó Amy—. Es una mujer de la vida, una cortesana, una prostituta profesional.
—Eso no implica que no tenga honor—dijo Serena—. Algo que escribió en sus Memoirs me ha llevado a la conclusión de que esa mujer tiene un código y que se rige por él.
—La gente honorable no envía cartas de chantaje —comentó Amy.
—Tal vez. —Se quedó callada por un momento—. Quizá lo hagan, bajo determinadas circunstancias. Sin duda, Kino siente que los hombres que alguna vez la usaron le deben una pensión para su vejez. Simplemente, ella trata de recaudarla.
—Y según los rumores, está cumpliendo su palabra de no mencionar a aquellos que pagaron el chantaje —dijo Rei—. Sin duda eso implica cierta clase de comportamiento honorable.
—No me digas que de verdad estás defendiéndola. —Amy parecía atónita.
—No me interesa cuánto te paguen los demás, pero ciertamente no permitiré que las cartas de amor que Darien le escribió aparezcan en público —dijo Serena categóricamente.
—Entonces envíale los doscientos yenes —imploró Amy—. Si es tan honorable, no publicará las cartas.
—Eso no sería correcto. Es deshonesto y cobarde pagar a un chantajista —dijo Serena—. Así que, como verás, no me queda Otra alternativa más que retarla a duelo. Es exactamente lo que un hombre haría en una circunstancia similar.
—Dios querido —murmuró Amy, desolada—. Tu lógica me sobrepasa. No puedo creer que esto esté sucediendo.
—¿Ambas me ayudaréis? —Serena miró a sus amigas.
—Puedes contar conmigo—dijo Rei—. Y con Amy también. Es sólo que ella necesita cierto tiempo para adaptarse a la situación.
—Dios querido —repitió Amy.
—Muy bien —dijo Serena—, lo primero es averiguar si Kino aceptará batirse conmigo en el campo de honor. Hoy mismo le enviaré el mensaje.
—Como tu madrina, me encargaré de que lo reciba.
Amy la contempló, azorada.
—¿Estás loca? No puedes retar a duelo a una mujer como Kino. Podrían verte. Te arruinaría rotundamente frente a la sociedad. Te verías obligada a regresar al campo de tu padre. ¿Eso quieres?
Rei se puso pálida y, por un instante, el pánico asomó a sus ojos.
—No, indudablemente no quiero eso.
Serena estaba alarmada por la violenta reacción de su amiga ante la perspectiva de tener que volver al campo. Frunció el entrecejo, preocupada.
—Rei, no quiero que te arriesgues innecesariamente por mi culpa.
Rei meneó la cabeza e, inmediatamente, sus mejillas recobraron el color de siempre y sus ojos, el brillo habitual.
—No hay cuidado- Enviaré a un muchacho por tu nota para Kino y le pediré que me la traiga directamente a mí. Después, yo iré disfrazada a casa de Kino y esperaré la respuesta. No te preocupes, nadie me reconocerá. Cuando me disfrazo, realmente parezco un muchacho joven. Ya lo he intentado antes y me divertí mucho.
—Sí —dijo Serena, pensándolo—. Eso dará resultado.
La ansiosa mirada de Amy se movía desde Rei hacia Serena y luego a la inversa.
.—Esto es una locura.
—Es mi única opción honorable —dijo Serena con toda sobriedad—. Debemos tener esperanza en que Kino acepte el desafío.
—Yo, por mi parte, rezaré para que lo rechace —dijo Amy.
Cuando Serena regresó a su casa media hora después, se enteró de que su esposo deseaba verla en la biblioteca. Su primer instinto fue el de mandarle a avisar que no iría porque se sentía indispuesta. Sabía que no podía enfrentarse a su esposo con cierto grado de cordura. La carta de desafío hacia Lita Kino quedaba por redactarse.
Pero esquivar a Darien habría sido una cobardía y ese día, menos que ningún Otro, ella no deseaba ser una cobarde. Tenía que practicar para lo que la aguardaba.
—Gracias, Armand —le dijo al mayordomo—. Iré a verlo de inmediato. —Giró sobre los tacones de sus botas y salió con paso decidido rumbo a la biblioteca.
Darien levantó la cabeza de su libro de contabilidad cuando la sintió entrar. Se puso de pie gentilmente.
—Buenos días, Serena. Veo que has estado cabalgando.
—Sí, milord. Era una bonita mañana para hacerlo. —Su mirada se posó directamente en las pistolas de duelo que estaban montadas en su estuche correspondiente, sobre una de las paredes detrás de Darien. Se trataba de armas letales, de caño largo y cargador pesado, creadas por Mantón, uno de los fabricantes de armamento más famosos de Tokio.
Darien sonrió a Serena.
—Si me hubieras informado que tenías deseos de ir a cabalgar hoy, me habría sentido muy feliz de acompañarte.
—Fui a pasear con algunas amigas.
—Ya veo. —Arqueó vagamente las cejas, como siempre lo hacía cada vez que estaba un tanto molesto—. ¿Debo entender con eso que no me consideras tu amigo?
Serena lo miró y se preguntó si alguna vez una persona arriesgaría su propia vida sólo por un simple amigo.
—No, milord. Tú no eres mí amigo. Eres mi esposo.
Darien apretó los labios.
—Quiero ser ambas cosas, Serena.
—¿De verdad, milord?
Darien se sentó y lentamente cerró el libro.
—Parece que no crees que esa condición sea muy posible.
—¿Lo es, milord?
—Creo que podríamos lograrlo si ambos nos esforzamos por ello. La próxima vez que desees cabalgar por la mañana, debes permitirme ir contigo, Serena.
—Gracias, milord. Lo tendré en cuenta. Pero realmente, no quería robarte tiempo de tu trabajo.
—No me importaría si es para distraerme un poco. —Le sonrió—. Siempre es una inversión de tiempo si lo usamos bien, como por ejemplo, para hablar de técnicas de manejo agropecuario.
—Me remo que ya hemos agotado el tema de cría de ganado lanar, milord. Ahora, si me disculpas, debo retirarme.
Incapaz de soportar durante un momento más ese enfrentamiento con Darien, Serena dio media vuelta y salió rápidamente de la biblioteca. Se levantó las faldas y enaguas para subir las escaleras a toda velocidad. Una vez arriba, corrió por el pasillo hasta llegar a la privacidad de su alcoba.
Estaba caminando de aquí para allá, redactando mentalmente la carta para Kino cuando Setsuna golpeó a la puerta.
—Adelante —dijo Serena e hizo una mueca cuando su dama de compañía entró en el cuarto con su gorro de montar verde en la mano—. Oh, Dios, ¿se me cayó en el pasillo, Setsuna?
—Lord Shields dijo a uno de los criados que lo había perdido hace pocos minutos en su biblioteca, señora. Hizo que se lo trajeran para que no se preocupara por averiguar dónde estaba.
—Ya veo. Gracias. Bien, Setsuna, necesito estar sola. Tengo que ponerme al día con mi correspondencia.
—Por supuesto, señora. Le diré a todo el personal que la señora no desea que la molesten por un rato.
—Gracias —repitió Serena y se desplomó sobre la silla de su escritorio para escribir la carta para Kino. Lo intentó varias veces, pero al final, se sintió satisfecha con el resultado:
«Estimada Señorita L.K.:
He recibido su escandalosa carta referente a nuestro amigo
en común, esta mañana. En ella usted amenaza con publicar
ciertas cartas indiscretas a menos que yo me someta a su chan-
taje. No haré semejante cosa.
Debo permitirme informarle que me ha insultado grave-
mente, por lo que exijo una compensación. Propongo por este
medio arreglar esta disputa mañana al amanecer. Por supuesto
que tiene libertad de escoger las armas, pero yo propongo pisto-
las porque puedo conseguirlas.
Sí su honor la preocupa tanto como la pensión para su ve-
jez, entonces me responderá sin dilaciones y en forma afirmativa.
Sin otro particular, saluda a usted muy atentamente,
S.»
Serena cerró la carta muy cuidadosamente y la selló. Las lágrimas ardían en sus ojos. No podía sacarse de la cabeza esas cartas de amor escritas a una cortesana. Cartas de amor. Serena sabía que habría estado dispuesta a vender su alma con tal de obtener una muestra similar de afecto por parte de Darien.
Y ese hombre había tenido el coraje de decir que aspiraba a sentimientos de amistad por parte de ella, además de los privilegios conyugales de los que gozaba.
Serena pensó que era una ironía el hecho de que al día siguiente pudiera perder la vida por un hombre que no la amaba o que era incapaz de hacerlo.
La respuesta de Lita Kino al desafío de Serena llegó esa misma tarde. La trajo un muchachito harapiento, con la cara sucia y cabellos rojizos, que fue directamente a la cocina de los Shields. La nota fue breve y concisa. Serena contuvo la respiración cuando se sentó a leerla:
«Señora:
Acepto que sea mañana al amanecer, así como también
acepto las pistolas. Sugiero Leighton Field, que queda muy cerca
de Tokio, dado que a esa hora lo más probable es que esté de-
sierto.
Hasta el amanecer. La saluda, atentamente,
L.K.»
Las emociones de Serena eran caóticas a la hora de retirarse a su cuarto- Sabía perfectamente que Darien estaba irritado por el silencio que ella había guardado durante la cena, pero realmente, le había resultado imposible mantener una conversación inusual. Y cuando Darien se retiró a la biblioteca, ella aprovechó para subir directamente a su cuarto.
Una vez en el interior del santuario de su alcoba, leyó y releyó la aterradora y breve nota de Kino, preguntándose qué había hecho. Pero sabía que no había modo de echarse atrás ahora. Al día siguiente, su vida quedaría en manos del destino. Serena cumplió con el ritual de prepararse para ir a acostarse, aunque sabía perfectamente que no podría dormir. Después de que Setsuna le diera las buenas noches, Serena se quedó con la mirada clavada en la ventana, preguntándose si horas después, Darien no tendría que hacer los arreglos necesarios para su funeral.
Tal vez sólo resultase herida, se dijo, mientras su imaginación se abigarraba con toda clase de escenas fatales. Tal vez, su muerte llegaría luego de una larga fiebre, producto de su herida de bala.
O quizá fuera Lita Kino la que muriese. La idea de tener que matar a otro ser humano le produjo náuseas. Tragó saliva, dudando de poder controlarse hasta el momento en que su honor quedara satisfecho. No se atrevió a prepararse ningún tónico por temor a que le condicionara los reflejos para el día siguiente.
Luego trató de consolarse con la idea de que, con suerte, sólo resultarían heridas, ella o Lita. O tal vez, tanto ella como su oponente errarían el blanco y nadie resultaría herido.
Por supuesto que ése sería un final feliz para toda esa situación. Pero con cierta desazón, Serena concluyó en que era muy improbable que las cosas terminaran tan felizmente. Últimamente, su vida no había sido tan feliz.
Tenía tanto miedo que sentía escalofríos. «¿Cómo hacen los hombres para sobrevivir a esta ansiedad que provoca el peligro de muerte?», pensó, mientras seguía caminando de aquí para allá. Ellos debían enfrentarse a ese riesgo no sólo en la víspera de un duelo sino en el campo de batalla y también en alta mar. Serena se estremeció.
Sintió curiosidad por saber sí Darien alguna vez habría experimentado esa dolorosa espera y recordó la historia que le habían contado, sobre aquella vez que había tenido que batirse a duelo para salvar el honor de Esmeralda. Y ciertamente debieron de haber existido momentos similares, cuando se vio obligado a soportar las largas horas antes de la batalla. Pero tal vez, el hecho de ser hombre le confería un temple imputable ante ese temor inminente. O quizás, habría aprendido a controlarlo.
Por primera vez, Serena decidió que el código de honor masculino era algo muy arduo, rígido y exigente. Pero al regirse por ese código aseguraba a los hombres el respeto de sus pares y por lo menos, una vez que todo eso llegara a su fin, Darien estaría obligado a respetar a su esposa, al menos en cierto aspecto.
¿Sería así? ¿Respetaría un hombre a una mujer que se había valido de su propio código de honor, o simplemente calificaría la idea de ridícula?
Ante tal conjetura, Serena apartó la vista de la ventana. Sus ojos acudieron directamente al pequeño joyerito que estaba sobre su tocador y recordó la sortija negra que éste contenía.
Un temblor de arrepentimiento se apoderó de ella. Si moría al día siguiente, ya no quedaría nadie que vengara a Mina. «¿Y qué era más importante?», se preguntó. «¿Vengar a Mina o impedir que se publicaran las cartas de amor de Darien?"
Realmente, no había opción. Serena se dio cuenta de que sus sentimientos por Darien eran mucho más fuertes que su antiguo deseo por hallar al seductor de su hermana.
¿Acaso su amor por Darien estaba haciéndola perder el honor por la memoria de su hermana?
De pronto todo se complicó terriblemente. Por un instante, la enormidad de la crisis la devastó. Sintió la necesidad de salir corriendo y esconderse hasta que su vida se arreglase. Estaba tan envuelta en sus pensamientos que no escuchó que la puerta que comunicaba con el cuarto de Darien se abría.
—¿Serena?
—Darien. —Se dio vuelta—. No te esperaba, milord.
—Nunca me esperas. —Se metió lentamente en la habitación, con ojos alertas—- ¿Sucede algo malo, querida? Parecías perturbada en la cena.
—Yo... no me sentía muy bien.
—¿Dolor de cabeza? —preguntó Darien secamente.
—No, tengo bien la cabeza, gracias. —Habló automáticamente y luego se dio cuenta de que se había apresurado a responder. Tenía que haber aprovechado esa excusa. Frunció el entrecejo, ante su incapacidad de encontrar otra excusa sustituía—. Tal vez el estómago...
Darien sonrió.
—No te molestes en inventar ninguna enfermedad oportuna en este breve tiempo. Ambos sabemos que no eres muy buena para esas cosas. —Caminó hacia ella para pararse frente a frente—. ¿Por qué no me dices la verdad? Estás enojada conmigo, ¿no?
Serena alzó los ojos hacia los de él. Por su mente pasó un caleidoscopio de emociones, mientras trataba de acertar cómo se sentía hacia él esa noche. Ira, amor, resentimiento,, pasión y por sobre todas las cosas, un miedo terrible de que tal vez no volvería a verlo más, de que nunca más volvería a descansar entre sus brazos, como aquella primera noche de intimidad que habían compartido.
—Sí, Darien, estoy enojada contigo.
Darien asintió, como si la comprendiera completamente.
—Fue por esa escena en la ópera, ¿no? No te gustó que te prohibiera leer las Memoirs.
Serena se encogió de hombros y jugueteó con la tapa de su pequeño joyero.
-Hicimos un pacto en cuanto a mis hábitos de lectura, milord.
Los ojos de Darien se posaron primero en la cajita que Serena tenía bajo la mano y luego en el rostro de la joven, que no lo miraba directamente.
—Parece que estoy destinado a decepcionarte como marido, Serena, tanto en la cama como fuera de ella.
Serena levantó la cabeza de inmediato y abrió los ojos desmesuradamente.
—Oh, no, milord. Jamás fue mi intención insinuar que eres una... decepción en la cama. Es decir, lo que pasó la otra noche fue bastante… —carraspeó—bastante tolerable y hasta agradable en ciertos momentos. No me gustaría que pensaras lo contrario.
Darien le tomó el mentón y le sostuvo la mirada.
—Me gustaría que te resulte más que tolerable en la cama, Serena.
Y de pronto, Serena se dio cuenta de que Darien quería hacerle el amor otra vez. Ése era el verdadero propósito de su visita al cuarto de ella. El corazón se le detuvo. Tendría una oportunidad más de tenerlo entre sus brazos y gozar de aquella dichosa intimidad.
—¡Oh, Darien! —Serena se tragó un sollozo cuando él la estrechó entre sus brazos—. Nada me agradaría más que te quedases un rato conmigo esta noche.
Darien la rodeó inmediatamente con sus brazos, pero hubo cierto toque de diversión y sorpresa en su voz cuando le murmuró al oído:
—Sí ésta es la bienvenida que obtengo cada vez que te enojas conmigo, entonces me esforzaré para que te enfades mucho más seguido.
—No bromees esta noche, Darien. Sólo abrázame fuerte como lo hiciste la otra vez —murmuró ella contra su pecho.
—Esta noche, tus deseos son órdenes para mí, pequeña.—Le deslizó la bata por los hombros y le besó el cuello—. En esta oportunidad, me esmeraré para no decepcionarte.
Serena cerró los ojos mientras, lentamente, Darien la desvestía. Estaba determinada a disfrutar de cada instante de lo que bien podría ser la última noche juntos. Ni siquiera le importaba que el verdadero acto de amor en sí no fuera placentero. Lo que buscaba era esa única sensación de proximidad que ello implicaba. Esa cercanía sería todo lo que podría lograr de Darien.—Serena, eres tan bella y tan suave al tacto –susurró
Darien cuando la última prenda de la joven cayó alrededor de sus pies. Sus ojos devoraron ávidamente el cuerpo desnudo de Serena y luego sus manos lo recorrieron.
Serena tembló y arqueó el cuerpo contra él cuando Darien le tomó los senos en sus manos. Deslizó los pulgares sobre sus senos, incitándola a una respuesta y cuando lo logró, exhaló un suspiro de satisfacción.
Deslizó las manos sobre las caderas de la muchacha y luego asió sus firmes nalgas.
Serena le apretó los hombros con los dedos, aferrándose a él.
—Tócame, cariño —la urgió él, con voz ronca—. Desliza las manos por el interior de mi bata y tócame.
Serena no pudo resistirse. Pasó las palmas de las manos por debajo de las solapas de seda de la bata y apoyó los dedos extendidos sobre su pecho.
—Eres tan fuerte —murmuró, maravillada.
—Tú me haces sentir fuerte —dijo Darien—. Y también tienes la facultad de hacerme sentir muy débil.
Darien le rodeó la cintura con el brazo y la levantó en el aire, de modo que ella lo mirase desde arriba. Ella se tomó de los hombros de él, convencida de que se ahogaría en las profundidades azules de sus ojos.
La bata de Darien se abrió cuando bajó a Serena, siempre contra su cuerpo, hasta que nuevamente ella apoyó los pies en el piso. Ese contacto íntimo la excitó. Cerró los ojos cuando él volvió a levantarla en sus brazos.
La llevó a la cama y la colocó en el centro. Luego se acostó a su lado, entrelazándole las piernas con las suyas. La masajeó lentamente, cerrando las manos en cada curva, investigando cada hoyo con los dedos. Y le hablaba... Eran palabras sensuales, persuasivas, que la hacían arder en deseo. Serena creyó en cada promesa, obedeció cada una de las tiernas órdenes y se excitó con las descripciones de lo que Darien pretendía hacerle esa noche.
—Temblarás en mis brazos, querida. Haré que me desees tanto que me implorarás que te posea. Me hablarás de tu placer y entonces el mío será completo. Quiero hacerte feliz esta noche.
Se colocó sobre ella, descendiendo su boca sobre la de la joven, exigente. Serena reaccionó ferozmente, ansiosa por reclamar de él tanto como pudiera. «Quizá no haya otra posibilidad», se recordó. Para cuando saliera el sol, probablemente estaría muerta sobre el pasto, en Leighton Field. Serena tocó la lengua de Darien con la de ella. Él representaba la vida y ella instintivamente se aferraba a esa vida.
Cuando Darien le pasó la mano entre los muslos, Serena gimió y levantó las caderas como buscando sus dedos.
El acalorado placer ante la respuesta de Serena fue evidente en Darien, aunque también era obvio que en esa oportunidad se controlaría.
—Despacio, pequeña. Entrégate a mí. Ponte a mi merced. Abre un poco más las piernas, querida. Así, de ese modo quiero que me recibas. Dulce, húmeda y dispuesta. Confía en mí, cariño. Esta vez será bueno.
Las palabras parecían flotar alrededor de Serena, envolviéndola en una marea de excitación y necesidad que desconocía límites. Darien la persuadía para que siguiera adelante, conduciéndola a un gran desconocido que cada vez ganaba más magnitud en el sensual horizonte de Serena.
Cuando Darien le tocó los erectos pezones con la punta de la lengua, Serena creyó que se quebraría en cien pedazos. Pero cuando él descendió y ella sintió primero sus dedos y luego su boca sobre el exquisito triángulo que ocultaba entre las piernas, pensó que se partiría en un millón de pedazos.
Se aferró a la cabeza de Darien.
—Darien, no, espera. No deberías...
Serena hundió los dedos en la oscura cabellera de su esposo y volvió a gemir. Darien tomó sus caderas entre sus manos enormes, ignorando los intentos de Serena por sacarlo de allí.
—Darien, no. No quiero... Oh, sí, por favor, sí.
Una convulsiva sensación de alivio, que la hizo estremecer por completo, se apoderó de ella. En ese momento se olvidó de todo: del duelo, de sus temores ocultos, de la extrañeza de hacer el amor de ese modo..., de todo excepto del hombre que estaba tocándola tan íntimamente.
—Sí, cariño —declaró Darien satisfecho mientras la cubría rápidamente con su cuerpo. Sus manazas desaparecieron en la cabellera de Serena mientras introducía profundamente la lengua en la boca de ella.
Serena todavía estaba temblando por las secuelas de su propia experiencia cuando Darien penetró en su acalorada estrechez, para gozar su clímax.
Increíblemente, el cuerpo de Serena se convulsionó suavemente alrededor de él, inmerso en ese éxtasis desconocido. Serena pronunció las palabras que guardaba en su corazón:
—Te amo, Darien. Te amo.
