Disclaimer: Los personajes pertenecen a la genia Naoko Takeuchi, la historia es de Amanda Quick.
A la mañana siguiente, cuando Serena despertó, lo primero que vio fue su chalina de gitana sobre la almohada, junto a ella. El brazalete de diamantes que Darien le había regalado el día anterior estaba sobre aquella. Sus hileras de piedras blancas y plateadas brillaban con la primera luz del día. Debajo de ambos, había un paquete envuelto en papel y una nota entre el brazalete y la chalina.
Serena se sentó muy lentamente, sin dejar de mirar en ningún momento la tentadora almohada. De modo que Darien la había descubierto la noche anterior en el baile de disfraces. Entonces se preguntó si la habría estado embromando con toda esa historia de que deseaba cambiar su suerte en el amor o si realmente habría estado tratando de decirle algo.
Inmediatamente, tomó la nota, la abrió y leyó el breve mensaje:
«Mi querida esposa:
Anoche, una fuente fiable me dijo que mi suerte estaba en
mis manos. Pero eso no es del todo cierto. Le guste o no, a me-
nudo la suerte de un hombre y su honor están en manos de su
esposa. Estoy convencido de que, en mi caso, estas valiosas po-
sesiones están seguras contigo.
No tengo talento para escribirte poemas o sonetos, pero
me agradaría que usaras este brazalete como muestra de mi esti-
ma. Y quizá, cuando tengas ocasión de examinar el otro rega-
lo, pensarás en mí.»
D. C.
Le resultó difícil leer las iniciales de Darien al pie de la página. Dobló la hoja de papel lentamente y contempló el brazalete de espléndidos diamantes. Si bien la estima no era lo mismo que el amor, Serena supuso que al menos representaría algo de afecto.
Los recuerdos de la calidez y la fuerza con las que Darien la había envuelto la noche anterior, entre las penumbras, acudieron a su memoria. Pensó que no debía tomar el camino incorrecto, dejándose llevar por la pasión que Darien despertaba en ella. La pasión no era lo mismo que el amor, tal como Mina había descubierto, a expensas de su propia vida.
Pero si Serena creía en esa carta, su esposo le brindaba algo más que pasión. No pudo apagar la luz de esperanza que comenzó a cobrar energías dentro de ella. La estima implicaba respeto, decidió. Darien podría estar irritado por lo sucedido en el incidente del día anterior, pero tal vez trataba de decirle que, a su manera, la respetaba.
Se levantó de la cama y, cuidadosamente, guardó el brazalete en su pequeño joyero, junto al anillo negro de su hermana. Tenía que ser realista con respecto a su matrimonio, se recordó firmemente. La pasión y la estima eran dos factores positivos, pero no bastaban. La noche anterior, Darien le había dicho claramente que su amor estaba muy seguro con él, pero de la misma manera le dio a entender que él jamás confiaría su corazón a ninguna mujer.
Cuando Serena se alejó del joyero, recordó el otro paquete que estaba sobre la cama. Llena de curiosidad, se encaminó hacia ésta y lo recogió. Lo balanceó en la mano para calcular su peso. Parecía un libro y la idea la entusiasmó como no lo había hecho al recibir el brazalete. Ansiosa, eliminó el papel marrón que lo envolvía.
La dicha burbujeó en su interior cuando leyó el nombre del autor, impreso en las imponentes tapas de cuero del volumen que tenía en la mano. No podía creerlo. Darien le había regalado un magnífico ejemplar del famoso tratado de botánica, escrito por Tomitarō Makino, llamado: Herbarium Makino. Estaba ansiosa por mostrárselo a la vieja Luna. Era una guía completa de todas las hierbas y plantas de uso medicinal oriundas de Japón.
Serena atravesó corriendo la alcoba para llamar a su dama de compañía. Cuando Setsuna golpeó la puerta, pocos minutos después, se quedó boquiabierta al ver que Serena estaba ya a medio vestir.
—Aquí estoy, señora. ¿Qué prisa hay? Permítame ayudarla. Oh, tenga cuidado, por favor, o reventará las costuras de ese vestido tan fino —comentó Setsuna, a toda prisa, haciéndose cargo del proceso de vestirse—. ¿Sucede algo?
—No, no, Setsuna. No sucede nada. Su señoría todavía está en la casa, ¿verdad? —Serena se agachó para ponerse su fino calcado de cuero suave.
—Sí, señora, creo que está en la biblioteca. ¿Quiere que le mande a decir que desea verlo?
—Se lo diré yo personalmente. Está bien, Setsuna. Ya estoy vestida, puedes irte.
Setsuna la miró, conmocionada.
—Imposible. No puedo dejarla ir con el cabello suelto así, señora. No se vería bien. Quédese un momento y se lo recogeré como corresponde.
Serena obedeció, despotricando impacientemente mientras la muchacha levantaba la cabellera con dos peinetas plateadas y varias horquillas estratégicamente ubicadas. Cuando hasta el último rizo estuvo en su lugar, se levantó de inmediato de la silla del tocador y tomó su preciado tratado sobre herboristeria. Prácticamente, salió corriendo de la alcoba, cruzó corriendo el corredor y también bajó corriendo las escaleras. Cuando llegó a la biblioteca, estaba sin aliento. Golpeó la puerta una sola vez y, sin aguardar respuesta, irrumpió en ella.
—Darien. Gracias. Muchísimas gracias. Eres tan amable. No sé cómo expresarte mi gratitud. Es el regalo más bello que recibí en toda mi vida, milord. Eres el esposo más generoso de Inglaterra. No, el más generoso del mundo.
Lentamente, Darien cerró el periódico que tenía en la mano y se puso de pie. Sus ojos confundidos se dirigieron primero a las muñecas desnudas de Serena y luego al libro que con tanta fuerza aferraba contra su pecho.
—No veo señales del brazalete, por lo que debo asumir que toda esta conmoción se debe al Makino, ¿verdad?
—Oh, sí, Darien. Es magnífico. Tú eres magnífico. ¿Cómo podré agradecértelo? —Impulsivamente, Serena acortó la distancia entre ellos y cuando estuvo frente a él, se paró en puntas de pies y sin desprenderse del libro, lo besó rápida y tímidamente. Luego retrocedió—. Gracias, milord. Este libro será mi tesoro más preciado por el resto de mi vida. Y te prometo que seré exactamente la clase de esposa que esperas. No te daré más problemas. Nunca.
Con una sonrisa radiante, Serena se volvió y salió rápidamente de la sala. No advirtió que una de las peinetas plateadas se cayó sobre la alfombra.
Darien vio la puerta cerrarse detrás de ella y luego, pensativo, se tocó la mejilla donde Serena lo había besado. Se dio cuenta de que se trataba del primer gesto espontáneo que Serena había tenido hacia él. Se dirigió hacía el sitio donde estaba la peineta caída, la recogió y la apoyó sobre el escritorio, donde pudiera verla mientras trabajaba.
Con profunda satisfacción, decidió que lo del Makino había sido la obra de un genio. Debía a Mimet la recomendación, y mentalmente apuntó que tendría que agradecérselo. Su sonrisa se amplió mucho más al caer en la cuenta de que pudo haberse ahorrado los seis mil yenes que había gastado en el brazalete. Conociendo a Serena, lo más probable era que lo perdiera la primera vez que se lo pusiera... Siempre y cuando se acordara de ponérselo.
Esa tarde, Serena estaba de muy buen humor cuando envió un mensaje a Amy y a Rei para comunicarles que deseaba verlas.
Llegaron alrededor de las tres. Rei, con un espectacular vestido color melón, entró en la sala de recepción con la energía y el entusiasmo de costumbre. Seguidamente, apareció Amy, vestida, como era su costumbre, con colores más sobrios. Ambas mujeres se desataron las cofias mientras tomaban asiento y miraron a su anfitriona con gran expectación.
—¿No os pareció encantadora la velada de anoche? —dijo Rei, mientras se servía el té—. No sabéis cuánto me agradan los bailes de disfraces.
—Eso es porque te encanta engañar a los demás —observó Amy—. Especialmente, a los hombres. Uno de estos días, ese pasatiempo te meterá en serios problemas.
—Tonterías. No le prestes atención, Serena. Hoy es uno de esos días en los que tiene ganas de dar sermones. Ahora dinos por qué querías vernos con tanta urgencia. Espero que tengas algo que nos entusiasme.
—En lo personal —señaló Amy, mientras tomaba su taza de té con el platillo, preferiría un poco de paz y tranquilidad por un rato.
—Sucede que tengo una cuestión muy seria que discutir con vosotras. Tranquila, Amy. No serán más líos. Sólo busco algunas respuestas. —Serena tomó el pañuelo de muselina en el que había envuelto el anillo negro. Desató el nudo y cuando el fino género cayó, reveló su contenido.
Amy se acercó para verlo, con curiosidad.
—Qué diseño tan extraño tiene este anillo.
Rei también lo observó y se aproximó para tocar la superficie grabada.
—Es muy extraño, y también muy feo. ¿No me dirás que tu esposo te regaló este anillo? Habría pensado que Shields tenía mejor gusto.
—No. Era de mi hermana. —Serena miró el anillo que tenía en la palma de la mano—. Un hombre se lo dio. Mi meta es encontrar a ese hombre. Por lo que a mí concierne, es culpable de homicidio. —Serena les contó la historia con frases breves pero tajantes.
Cuando terminó, Amy y Rei la miraron durante un largo rato. Era predecible que fuese Amy la que respondiera primero.
—Si lo que dices es cierto, el hombre que regaló este anillo a tu hermana es ciertamente un monstruo. Sin embargo, no veo qué puedas hacer tu al respecto, aunque logres identificarlo. Desgraciadamente, hay muchos monstruos como él en la sociedad y todos se salen con la suya en materia de crímenes.
Serena levantó el mentón.
—Quiero enfrentarlo a su propia maldad. Quiero que sepa que yo me he enterado de quién y qué es él.
—Eso podría ser peligroso —dijo Amy—. O al menos, bochornoso. No puedes probar nada. Simplemente, él se burlará de tus acusaciones.
—Sí, pero estará obligado a reconocer que la condesa de Shields averiguó su identidad —dijo Rei, pensativa— Serena tiene cierto poder últimamente. Se está convirtiendo en una personalidad muy popular y posee influencia por ser la esposa de Shields. Si ella decidiera echar mano de ese poder, tranquilamente podría arruinar socialmente al dueño de ese anillo. Sería un castigo muy serio para un hombre de la alta sociedad.
—Eso siempre y cuando él pertenezca a esa élite —corrigió Serena—. No conozco nada de ese hombre, salvo que probablemente fue uno de los amantes de Esmeralda.
Amy suspiró.
—Si nos dejamos llevar por las habladurías, te prevengo que se trata de una larga lista.
—Puede acortarse si sólo buscamos al que se ponía este anillo —dijo Serena.
—Pero primero debemos averiguar algo al respecto. ¿Cómo encararemos la tarea? —preguntó Rei. Obviamente, su entusiasmo ante el proyecto crecía rápidamente.
—Esperad las dos —imploró Amy de inmediato—. Pensad antes de lanzaros a otra aventura. Serena, recuerda que hace pocas horas debiste experimentar la ira de Shields. Si quieres mi opinión, te salió bastante barato. ¿Estás tan ansiosa por volver a encender su ira?
—Esto no tiene nada que ver con Shields —dijo Serena. Luego sonrió, al recordar el tratado de botánica. Además, ya me ha perdonado por lo de ayer.
Amy la miró, atónita.
—¿De verdad? De ser así, eso es mucho más de lo que podía esperarse de él por su reputación.
—Mi esposo no es lo malvado que todo el mundo cree —dijo Serena fríamente—. Pero sigamos con el tema del anillo. El hecho es que no tengo intenciones de molestar a Shields con esto. Es una tarea que yo misma me asigné aun antes de aceptar casarme con él. Tontamente, en los últimos tiempos me permití distraerme con... con otras cosas. Pero ya terminé con esas sutilezas, de modo que me dedicaré de lleno a esto.
Rei y Amy la examinaban cuidadosamente.
—¿Estás muy decidida con esto, no? —preguntó Amy finalmente.
—En este momento, lo más importante de mi vida es encontrar al dueño de este anillo. Es un objetivo que me he autoimpuesto. —Serena miró a sus amigas—. Esta vez, no quiero exponerme a que alguna de las dos se sienta obligada a contar a Shields lo que voy a hacer. Si sentís que no podéis apoyarme completamente, os pido que os vayáis ya mismo.
—Ni loca te dejaría conducir semejante tarea sola —declaró Rei.
—¿Amy? —Serena sonrió—. Comprenderé si sientes que no puedes tomar parte en esto.
Amy apretó los labios.
—Tienes razones para cuestionar mi lealtad, Serena. No te culpo. Pero de verdad me gustaría demostrarte que soy tu amiga de corazón. Te ayudaré en esto.
—Bien. Entonces todo está dispuesto. —Serena extendió la mano—. Sellemos el trato.
Solemnemente, las tres se estrecharon las manos, jurando silencio tácitamente y se sentaron a contemplar el anillo con detenimiento.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Rei, después de meditarlo seriamente.
—Empezamos anoche —dijo Serena y les contó lo del hombre de la capa negra con la capucha.
Amy estaba totalmente descolocada.
—¿Reconoció el anillo? ¿Te hizo alguna advertencia? Dios santo, Serena, ¿por qué no nos dijiste nada?
—No quise contaros nada hasta que no tuviera una promesa solemne por parte de vosotras de que me apoyaríais en esto.
—Serena, esto significa que realmente existe algo misterioso acerca de este anillo. —Rei lo tomó para examinarlo de cerca—. ¿Estás segura de que tu compañero de baile no te dijo nada más? ¿Sólo que quien lo llevara descubriría la más extraña de las emociones?
—No sé lo que habrá querido decir con eso. Luego agregó que nos encontraríamos otra vez y se fue.
—Gracias a Dios que estabas disfrazada —dijo Amy, preocupada—. Ahora que sabes que hay cierto misterio en torno de este anillo, no debes usarlo en público. Serena frunció el entrecejo.
—Estoy de acuerdo en que tal vez no deba usarlo hasta que me entere de algo más. Sin embargo, si exhibirlo es el único camino que tengo para llegar a lo que sea, entonces tendré que hacerlo.
—No —dijo Rei, mostrando una inusual cautela—. Estoy de acuerdo con Amy. No debes usarlo. Al menos, no sin consultar con nosotras primero. ¿Lo prometes?
Serena vaciló, mirando un rostro preocupado y luego el otro.
—Muy bien —aceptó de mala gana—. Hablaré con las dos antes de ponerme este anillo. Ahora debemos pensar bien en esto y decidir con qué datos contamos.
—El hombre de la capa negra insinuó que la sortija sólo era conocida por ciertas personas, como él —dijo Rei—. Eso implica la existencia de un club o de una agrupación similar.
—También implica que existe más de un anillo —dijo Serena, tratando de recordar las palabras exactas del hombre—.Quizá sea el símbolo de una sociedad secreta.
Amy se estremeció.
—No me gusta nada todo esto.
—Pero ¿qué clase de sociedad? —preguntó Rei, de inmediato—. Necesitamos saber qué fines tenía esa sociedad antes de indagar qué clase de hombre podría llevar el anillo.
—Quizá descubramos qué clase de sociedad usaba estos anillos si podemos desentrañar el significado de los símbolos que se hallan grabados en éste. —Serena giró la sortija negra de metal entre sus dedos, estudiando el triángulo y la cabeza del animal—. Pero ¿cómo lo lograremos?
Se produjo una pausa antes que Amy tomara la palabra, con evidente reticencia.
—Se me ocurre un lugar donde empezar. Serena la miró sorprendida.
—¿Dónde?
—En la biblioteca de lady Mimet.
Tres días después, Serena bajó las escaleras a toda velocidad, con la cofia en una mano y su bolso en la otra. Estaba cruzando rápidamente el vestíbulo, para llegar hasta la puerta que uno de los criados se apresuraba a abrirle, cuando Darien apareció en la puerta de la biblioteca.
Por la fría expresión de su mirada, Serena se dio cuenta de que quería hablar con ella. Sofocó una queja y se detuvo lo suficiente como para obsequiarle con una enorme sonrisa.
—Buenas tardes, milord. Veo que hoy estás muy ocupado con tu trabajo —dijo ella, suavemente.
Darien se cruzó de brazos y apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
—¿Sales otra vez, Serena?
—Sí, milord. —Serena se puso la cofia sobre la cabeza y empezó a atar las cintas—. Sucede que he prometido a lady Mimet y a Kaolinet que las visitaría esta tarde.
—Esta semana has ido todos los días a visitarlas.
—Sólo las tres últimas tardes, milord.
Darien agachó la cabeza.
—Discúlpame. Estoy seguro de que tienes razón. Probablemente, sólo hayan sido tres tardes. Pero sin duda, perdí la cuenta porque cada vez que te sugería ir a cabalgar o ir a ver alguna exhibición, tú prácticamente salías corriendo.
—La vida de la ciudad es muy intensa, milord.
—Un cambio muy grande, comparado con el campo, ¿no?.
Serena lo miró con suspicacia, preguntándose a qué querría llegar con todo eso. Estaba ansiosa por irse. El coche la aguardaba.
—¿Querías algo, milord?
—Un poquito de tu tiempo, tal vez —le sugirió.
Serena trabajaba torpemente con los dedos y el moño le salió torcido.
—Lo siento, milord. Pero he prometido a tu tía que estaría allí a las tres. Estará esperándome.
Darien miró por encima del hombro el reloj que estaba en la biblioteca.
—Tienes algunos minutos todavía. ¿Por qué no le dices al cuidador que saque a pasear el caballo un rato? Realmente me gustaría que me dieras tu consejo en algunas cosas.
—¿Consejo? —Eso le llamó la atención. Darien no había pedido sus consejos desde que marcharan de Eslington Park.
—Oh, se trata de negocios de Shields.
—Oh. —Serena no supo cómo responder a eso—. ¿Eso nos llevará mucho tiempo?
—No, querida. No mucho. —Darien se enderezó y le hizo un ademán para que entrara a la biblioteca. Luego miró al criado—. Informe al cuidador de caballos que Lady Shields saldrá en pocos minutos.
Serena se sentó frente al escritorio y luchó por desatarse las cintas de la cofia.
—Permíteme a mí, querida. —Darien cerró la puerta de la biblioteca y se acercó para hacerse cargo del enredo.
—Honestamente, no sé qué pasa con las cintas de las cofias—se quejó Serena, ruborizándose ante la proximidad de Darien—. Es como si nunca quisieran juntarse.
—No te preocupes por esos detalles. Ésta es una de las habilidades que un esposo debe ejecutar con gran precisión. —Darien se agachó encima de ella. Sus manos grandes atacaban diestramente el nudo que la demoraba. Un minuto después, Darien le quitó la cofia y se la entregó con una reverencia.
—Gracias. —Serena estaba sentada, muy tensa, con la cofia sobre la falda—. ¿Qué clase de consejo querías pedirme, milord?
Darien rodeó el escritorio y se sentó.
—Acabo de recibir algunos informes de mi administrador en Shields. Dice que el ama de llaves se ha enfermado y que tal vez no se recupere.
—Pobre señora Circonia —dijo Serena de inmediato, pensando en la robusta tirana que había gobernado la casa de Shields durante tantos años—. ¿Tu administrador no dice nada respecto de si ha llevado a la vieja Luna para que la examine?
Darien miró la carta que tenía frente a sí.
—Sí. Aparentemente, Luna estuvo en la casa hace algunos días y cree que el problema de la señora Circonia es el corazón. Aunque tenga la suerte de recuperarse, ya no podrá hacerse cargo de sus antiguas responsabilidades, A partir de ahora, deberá llevar una vida tranquila.
Serena meneó la cabeza y frunció el entrecejo, preocupada.
—Lamento tanto todo esto. Imagino que la vieja Luna le habrá recetado beber té de dedalera. Es muy útil en situaciones como la de la señora Circonia.
—Yo no sé nada respecto del té de dedalera. Lo que sí sé es que el retiro de la señora Circonia me... —Hizo una pausa y corrigió sus palabras de inmediato— nos enfrenta a un problema. Necesitamos designar una nueva ama de llaves de inmediato.
—Definitivamente. De lo contrario, Shields estaría sumido en un caos.
Darien se reclinó sobre el respaldo de la silla.
—Contratar un ama de llaves es algo muy importante y, además, se extralimita de mi área de experiencia.
Serena no pudo resistir esbozar una pequeña sonrisa.
—Por Dios, milord. No sabía que hubiera algo que quedara fuera de tu área de experiencia.
Darien sonrió brevemente.
—Hacía mucho que no te molestabas en bromear por mi lamentable arrogancia, Serena. Acabo de descubrir que estaba echando de menos tus asperezas.
El rubor divertido de Serena se destiñó de inmediato.
—Bueno, es que no estábamos en términos como para ponernos a bromear, milord.
—No, creo que no. Pero yo cambiaría eso.
Ella echó la cabeza hacia atrás.
—¿Por qué?
—¿No es obvio? —preguntó él—. Me parece que además de tus bromas, más bien echo de menos la relación que teníamos en Eslington Park, en aquellos días en los que te sentías obligada a desparramar té por toda la cama.
Serena advirtió que se ponía colorada. Bajó la vista y la clavó en su cofia.
—Para mí no fue una relación tan fácil, milord. Es cierto que conversábamos más y que discutíamos cuestiones de interés mutuo. Pero nunca olvidaré que su único interés por mí residía en que querías que te diera un heredero. Me sentía presionada por eso, Darien.
—Ahora entiendo eso mucho mejor, porque he mantenido una charla con una gitana. Ella me explicó que mi esposa es una especie de romántica por naturaleza. Soy culpable por no haber tenido en cuenta ese detalle en mi trato con ella, pero me gustaría remediar ese error.
Serena levantó la cabeza de inmediato, frunciendo el entrecejo, molesta.
—De modo que ahora propones consentir a mi famosa tendencia al romanticismo, ¿eh? Por favor, Darien, no te molestes. Los gestos románticos carecen de todo sentido sí detrás de ellos no se oculta un sentimiento genuino.
—Al menos, dame un poco de crédito por tratar de complacerte, querida. —Darien sonrió—- Te gusta el tratado de botánica de Makino, ¿cierto?
Ella se sintió culpable.
—Ya sabes que nada pudo haberme complacido más, milord.
—¿Y el brazalete?
—Es muy bonito, milord.
Darien hizo una mueca.
—Muy bonito, ya entiendo. Bueno, entonces me complacerá mucho vértelo puesto dentro de muy poco tiempo.
El rostro de Serena se encendió, feliz de poder darle una respuesta positiva.
—Espero poder ponérmelo esta noche, milord. Iré a una fiesta en casa de lady St. John.
—Supongo que era demasiado esperar que no tuvieras planes para esta noche.
—Oh, tengo planes para cada noche de esta semana y de la próxima. Siempre hay tanto para hacer aquí en la ciudad, ¿no?
—Sí —dijo Darien, algo decepcionado—. Claro, pero tampoco tienes la obligación de asistir a cada acto al que te invitan. Pensé que desearías pasar una o dos noches tranquila, en casa.
—¿Por qué demonios querría pasar una noche aquí, sola, milord? —murmuró Serena, algo alterada.
Darien cruzó las manos frente a él, sobre el escritorio.
—Yo pensaba pasar la noche aquí.
Serena forzó otra sonrisa. Se dio cuenta de que Darien trataba de ser gentil con ella. Pero ella no se conformaría con una simple gentileza por parte de él.
—Ya veo. ¿Otro gesto romántico para consentir a mis deseos? Muy generoso de tu parte, milord. Pero no te molestes. Soy plenamente capaz de entretenerme sola. Ahora que hace tiempo que estoy en la ciudad, comprendo mucho mejor cómo deben conducir sus vidas los maridos y las esposas de la alta sociedad Y ahora debo irme. Tu tía estará preguntándose dónde estoy.
Serena se puso de pie rápidamente, olvidándose que tenía la cofia sobre la falda. Esta se le cayó al piso.
—Serena, estás malinterpretando mis intenciones —dijo Darien, mientras se ponía de pie. Se dirigió al otro lado del escritorio para recoger la cofia—. Simplemente pensé que podríamos pasar una velada tranquila, los dos, en casa. —Le puso la cofia en la cabeza y le ató las cintas por debajo del mentón.
Ella lo miró. Deseó poder imaginar qué estaría pensando él exactamente.
—Gracias por tu gesto, pero en realidad, ni sueño con poder interferir en tu vida social. Seguramente, te aburrirías muchísimo si te quedaras aquí conmigo esta noche. Que tengas un buen día.
—Serena.
La orden la sorprendió justo en el momento en que apoyaba la mano en el picaporte.
—¿Sí, milord?
—¿Qué haremos respecto de la nueva ama de llaves?
—Di a tu administrador que entreviste a Molly Ashkettie. Hace años que trabaja como empleada doméstica en tu casa y creo que será el reemplazo perfecto para la pobre señora Circonia.
—Serena salió a toda prisa.
Quince minutos después, entró en la biblioteca de lady Mimet. Kaolinet, Amy y Rei ya estaban allí, muy ocupadas con una pila de libros que habían colocado sobre la mesa.
—Lamento llegar tarde —se disculpó Serena cuando las otras mujeres levantaron la vista de su trabajo para mirarla—. Mi esposo quería conversar conmigo respecto de contratar una nueva ama de llaves.
—Qué extraño —comentó Mimet desde lo alto de una escalera, a la que se había subido para poder revolver entre los libros que estaban en el estante superior—. Shields jamás se preocupa de contratar al personal. Siempre delega esa tarea al mayordomo o al administrador. Pero no importa, querida. Estamos haciendo algunos avances en tu proyecto.
—Es cierto —dijo Rei, cerrando un libro y abriendo otro—. Hace un rato, Kaolinet descubrió una referencia a la cabeza del animal que está en el anillo. Se trata de una criatura mítica, que aparece en un viejo libro de filosofía natural.
—Me temo que no es una referencia muy agradable —dijo Kaolinet, deteniéndose para mirar por encima de sus gafas—. Estaba asociado con una especie de culto muy desagradable de la antigüedad.
—Ahora yo estoy revisando algunos libros antiguos de matemática, para ver si encuentro algo del triángulo —dijo Amy—. Tengo la sensación de que estamos muy cerca.
—Yo también —dijo lady Mimet, mientras bajaba la escalera—. Aunque empiezo a preocuparme por lo que averiguaremos.
—¿Por qué lo dice? —preguntó Serena, mientras se sentaba y tomaba uno de los pesados volúmenes.
Kaolinet miró.
—Anoche, justo antes de ir a dormir, Mimet se quedó impactada por un viejo recuerdo que vino a su memoria.
—¿Qué clase de recuerdo? —preguntó Serena.
—Algo relacionado con una sociedad secreta de unos jóvenes libertinos, sin prejuicios —comentó Mimet lentamente—. Me enteré de su existencia hace algunos años. Nunca entré en detalles, pero creo que escuché que sus miembros usaban ciertos anillos para identificarse. Supuestamente, todo empezó en Mugen, pero muchos de sus miembros mantuvieron el club aun después de haber dejado de estudiar. Al menos, por un tiempo.
Serena miró a Rei y a Amy y meneó la cabeza casi imperceptiblemente. Habían convenido en no alarmar a Mimet y a Kaolinet con la verdadera razón por la que querían averiguar el secreto del anillo negro. Las mujeres mayores sólo sabían que Serena tenía curiosidad por una reliquia familiar que había llegado a sus manos.
—¿Dices que este anillo llegó a ti por intermedio de tu hermana? —pregunto Kaolinet, volteando las páginas lentamente.
—Sí.
—¿Sabes dónde lo obtuvo ella?
Serena vaciló, tratando de explicar razonablemente porqué Mina tendría ese anillo. Como siempre, la mente se le ponía en blanco cada vez que quería urdir una mentira.
Rei acudió urgente a su rescate.
—Tú dijiste que a ella se lo había entregado una tía abuela que se había muerto hacía muchos años, ¿no, Serena?
—Sí —dijo Amy, antes que Serena se viera obligada a contestar—. Creo que eso fue lo que dijiste, Serena.
—Sí. Cierto. Una tía muy lejana. Creo que yo ni la conocí —dijo Serena.
—Hmm. Qué extraño —dijo Mimet, mientras depositaba dos pesados volúmenes más sobre la mesa y volvía a buscar más al estante—. Me pregunto cómo habrá obtenido ella ese anillo.
—Es probable que nunca lo sepamos —dijo Rei con firmeza. Trató de tranquilizar a Serena con la mirada, al ver que la muchacha denotaba cada vez más su culpabilidad.
Kaolinet pasó otra página del libro que estaba mirando.
—¿Le has mostrado el anillo a Shields, Serena? Por ser hombre, es más factible que sepa más de él que nosotras.
—Ya lo ha visto —dijo Serena, feliz de poder decir la verdad, al menos en eso—. No lo reconoció.
—Bueno, entonces tal vez debamos insistir nosotras. —Mimet escogió otro libro del estante. Adoro los enigmas. ¿Y tú, Kaoli?
Kaolinet sonrió.
—Oh, claro que sí. Nada me hace más feliz que trabajar en un enigma.
Cuatro días después, Serena y Amy, mientras investigaban en un viejo tratado de matemáticas, descubrieron el origen del peculiar triángulo.
—Eso es —dijo ella, entusiasmada, mientras las otras se reunían alrededor del libro—. Mirad. El triángulo es exactamente igual. Incluso tiene las mismas ondas extrañas en cada vértice.
—Tiene razón —dijo Rei—. ¿Qué dice del triángulo?
Serena frunció el entrecejo, por el latín.
—Algo relacionado con que era útil en ciertas ceremonias negras, para controlar, a los demonios de las mujeres que tienen... —Se detuvo abruptamente, al darse cuenta de lo que estaba traduciendo—. Oh, Dios.
—¿Qué pasa? —Mimet se asomó por encima de su hombro—. Ah, ya veo. «Una figura utilizada para controlar súcubos mientras se los disfruta de un modo carnal.» Qué fascinante. Deja que los hombres se preocupen por demonios femeninos que molestan a los pobres varones cuando duermen.
Kaolinet sonrió.
—Fascinante, por cierto. Demonios de prostitutas a las que pueden controlar al mismo tiempo que gozan de sus favores. Tienes mucha razón, Mimet. Definitivamente, una creación fantasiosa de un cerebro masculino.
—Hay aquí más evidencia de la fantasía masculina —anunció Rei, señalando otra figura mitológica que había estado investigando—. Aparentemente, la bestia del triángulo posee poderes sobrenaturales. Puede, según dice, fornicar durante horas sin perder el vigor.
Mimet gimió.
—Creo que a estas alturas de nuestras indagaciones podemos sostener que el anillo de Serena, sin duda perteneció a un hombre. Aparentemente, fue diseñado para que el hombre piense que su actuación en la alcoba fue excelente. Tal vez, estaba destinado a que le diera buena suerte en este aspecto de su vida. De cualquier manera no es la clase de joya que Shields desearía que su esposa exhibiera en público.
Kaolinet rió.
—Si estuviera en tu lugar, Serena, jamás diría a Shields el significado de ese anillo. Guarda esa cosa y pide a tu esposo que te dé los zafiros de la familia para que los uses.
—Estoy segura de que es un consejo excelente —contestó Serena serenamente, aunque sabía que no pediría esos zafiros a Shields ni loca que estuviera—. Y realmente os agradezco mucho toda la colaboración que me habéis prestado para averiguar los detalles de este anillo.
—No tienes por qué —dijo Kaolinet, radiante—. Fue un proyecto fascinante, ¿no crees, Mimet?
—De lo más instructivo.
—Bueno, será mejor que nos marchemos —declaró Rei, mientras las mujeres empezaban a guardar los libros en los respectivos estantes—. Prometí a mi abuela que la ayudaría a atender a sus amistades, que vendrían a jugar naipes esta tarde.
—Y yo debo pasar a visitar a lady St. John —dijo Serena, sacudiéndose el polvo de las manos.
Amy las miró sin articular palabra, hasta que estuvieron las tres sentadas en el carruaje de Serena, fuera del ámbito donde Mimet y Kaolinet pudieran escucharlas.
—¿Y bien? No me tengas en suspenso. Éste no es el final del asunto. Lo sé. ¿Qué harás ahora, Serena?
Serena miraba por la ventanilla, perdida en sus pensamientos por un momento.
—Me parece que sabemos dos cosas con seguridad, respecto del anillo. La primera es que perteneció a un hombre que era miembro de una asociación secreta, de la que pasó a formar parte en Mugen, tal vez. Y la segunda es que esta asociación, indudablemente, se dedicaba a prácticas sexuales de muy baja reputación.
—Creo que tienes razón —coincidió Rei—. Tu pobre hermana fue la víctima de un hombre que usaba a las mujeres para sus maléficos fines.
—Ya sabíamos eso—dijo Amy—. ¿Qué sabemos ahora?
Serena apartó la mirada de la calle y la concentró en sus amigas.
—Me parece que sólo hay una persona que puede conocer a los hombres que usaban estos anillos.
Amy abrió los ojos desmesuradamente.
—No te referirás a...
—Por supuesto —dijo Rei de inmediato—. ¿Por qué no pensamos en eso? Debemos contactarnos con Lita Kino de inmediato para ver qué puede decirnos ella acerca del hombre que pudo usar este anillo. Serena, escribe la nota para ella esta tarde. Yo se la enviaré disfrazada otra vez.
—Tal vez ella decida no responder —comentó Amy, esperanzada.
—Quizá, pero es el último recurso que me queda, excepto el de volver a ponerme el anillo en público para ver quién reacciona.
—Es demasiado peligroso —dijo Rei de inmediato—. Cualquier hombre que lo viera y lo reconociera, podría pensar que tú estabas también involucrada en ese culto.
Serena se estremeció, al recordar al hombre de la capa negra con la capucha. La más extraña de las emociones. No, debía ser muy cuidadosa en no atraer la atención de nadie más con ese anillo.
La respuesta de Lita Kino llegó pocas horas después. Rei se la llevó a Serena de inmediato. Serena rompió el sobre, en una mezcla de entusiasmo y excitación.
«De una mujer honorable a otra:
Me halaga al tener a bien solicitarme lo que ha dado
en llamar información profesional. En su carta me comu-
nica que está tratando de recabar datos sobre un recuerdo
de familia y que sus investigaciones la han llevado a con-
cluir que tal vez yo pueda colaborar con usted. Me com—
plazco en referirle que le ofreceré la poca información que
poseo, aunque permítame decirle que el familiar que le dejó
ese recuerdo me merece muy baja estima. Quienquiera que
haya sido, obviamente tenía malas intenciones.
En el transcurso de los años, recuerdo cinco hombres
que han utilizado ese anillo en mi presencia. Dos de ellos han
muerto ya y, para ser franca, el mundo nada ha perdido con
esas muertes. Los otros tres son: lord Jedite, lord Zoicite y
lord Neflite. No sé cuáles son sus planes para el futuro,
pero le aconsejo cautela. Le aseguro que ninguno de esos tres
es buena compañía para una mujer, y mucho menos para al-
guien que ocupa su lugar en la sociedad. Dudo en hacer esta
sugerencia, pero quizá lo mejor sea que discuta este asunto
con su esposo antes de seguir adelante por las suyas.»
La carta estaba firmada por L. K. El corazón de Serena latía rápidamente. Al menos, tenía nombres. Uno de esos tres bien podría haber sido el causante de la muerte de Mina.
—De alguna manera, tengo que ingeniármelas para encontrarme con estos tres individuos —dijo Serena a Rei.
—Jedite, Zoicite y Neflite —repitió Rei, pensativa—. Oí hablar de ellos. Todos se mueven muy libremente en la sociedad, aunque tienen una reputación que no es de las mejores. No será difícil conseguir invitaciones para las fiestas y reuniones donde estos caballeros estén invitados también.
Serena asintió y volvió a doblar la carta de Kino.
—Me temo que mi libreta de citas estará más llena que nunca.
