Muchas gracias por los reviews, aquí dejo otro capitulo
Corre el año 1937 durante Guerra Civil española. Bella quedó huérfana de pequeña y ahora vive con toda su familia de alta sociedad en una casa de campo para refugiarse de la guerra. Allí es tratada de la peor manera posible, pero un día llega a la mansión Edward, un prestigioso médico atormentado y con fantasmas internos. ¿Podrá la dulzura de Bella derretir su duro corazón? ¿Podrá él salvarla del infierno?
Capitulo 2
Cuatro días después de aquella tarde, me encontraba en la cocina fregando los platos de la cena. Las sirvientas se habían ido porque era su noche libre. Durante toda la jornada había hecho un calor muy característico de la estación del año en la que nos encontrábamos, y quería acabar cuanto antes para irme a la cama.
Escuche ruidos detrás de mí y cuando me giré me sobresalté al ver que era Edward el que estaba en la puerta de la cocina, siempre tan hermoso con su imponente presencia.
–Buenas noches – era la primera vez que se dirigía a mi directamente, su voz era como el terciopelo y a la vez era seria. Abrí la boca intentando decir algo que fuera coherente, pero nada salió de mis labios – Siento haberte asustado.
– No te preocupes – Según lo que había escuchado decir al perro faldero de Tanya, Edward se había ido al pueblo a atender a un anciano que se había caído en el campo y por eso no había llegado para la cena – ¿Quieres cenar?
– Sí, gracias – era la primera vez que alguien, aparte de Elizabeth, me daba las gracias en aquella casa.
Le serví la cena y continué fregando los platos. Los dos nos encontrábamos en completo silencio, pero no era para nada un silencio incomodo. Hacía calor, mucho calor, me había pasado todo el día de pie y la ropa que llevaba no ayudaba mucho; eso hacía sintiera molestias en la pierna de la cual cojeaba.
– ¿Te duele verdad? – preguntó Edward sorprendiéndome de nuevo.
– ¿Qué? – No sabía si él era tan receptivo como para darse cuenta de mi dolor.
– La pierna, digo – dijo levantándose y llevando su plato al fregadero. Paso muy cerca de mí, nuestros cuerpos casi se rozaron. Su olor era maravilloso, masculino y a la vez dulzón, un olor muy personal a diferencia de los otros hombres que vivían en la casa, que olían a perfume de hombre muy fuerte mezclado con el horrible olor del tabaco. Cuando dejó el plato, se giró hacia mí y retiró una silla – Ven, Siéntate aquí.
Seguramente debía de parecerle una bobalicona, porque nunca sabía qué contestar o qué hacer cuando estaba él cerca. Así que esta vez no fue una excepción, pero cuando me di cuenta me dirigí de inmediato hacia la silla para no hacerle esperar mucho más tiempo.
Una vez sentada, el se arrodilló delante de mí. Mis mejillas se sonrojaron levemente. Era una reacción estúpida ya que no era una escena romántica, sino más bien una de médico-paciente. Edward me agarró la pierna mala y examinó la cicatriz de la rodilla. No sé si Edward podía sentir la misma electricidad recorriéndole el cuerpo como yo la sentía cuando me tocaba. Solo sé que ambos levantamos la cabeza y nos miramos directamente a los ojos.
Algo dentro de mí me decía que debería dejar de mirarle a los ojos como lo estaba haciendo en ese instante, que no era correcto dada su posición y la mía; pero otra parte de mi no quería apartarla por nada del mundo. Estaba completamente hechizada por sus orbes esmeraldas y no me parecieron tan atemorizantes como muchos creían o él quería hacerles creer, me parecían duros sí, pero sobretodo muy tristes, me preguntaba que le había ocurrido, deseaba descubrirlo. Edward se levantó de golpe rompiendo todo tipo de contacto entre nosotros, pero no me sorprendía, yo no estaba a la altura de las mujeres que él seguramente debería frecuentar.
– Deberías irte a dormir, pareces cansada – dijo levantando la vista otra vez a mis ojos.
– No puedo hacerlo hasta que no termine de fregar los platos y el suelo de la cocina – le respondí decidida una vez que me repuse.
– No te preocupes ahora de eso – Claro, para él era muy fácil decirlo porque no se iba a ganar las reprimendas ni la humillación de nadie.
– Pero si no lo hago mañana me van a… bueno… ya sabes – conteste sin saber muy bien que decirle, al fin y al cabo también era su familia.
– No lo harán, vete a dormir – El tono de su voz no daba lugar a réplicas. Me quité el delantal que estaba usando y lo colgué detrás de la puerta.
– Buenas noches – le dije antes de escabullirme de la cocina y subir a mi habitación. Creo que escuche un "buenas noches" también, seguramente el cansancio estaba haciendo estragos en mí.
Llegué a mi habitación que la verdad no era muy bonita a diferencia de la que tenía cuando vivíamos en la ciudad y el abuelo estaba bien. Pero podría ser peor, ya que a pesar de los tonos tristes estaba muy limpia y no tenía humedades como las de las otras sirvientas. Una vez me puse el camisón me metí debajo las sabanas y me quedé profundamente dormida.
Me desperté algo aturdida porqué había soñado con Edward, no sé exactamente de qué iba el sueño, pero sé que soñé con él porque vi sus ojos. Miré el despertador y vi que era temprano, así que me puse en pie y empecé a vestirme. A lo mejor, con suerte, no se había levantado nadie todavía y podría fregar los platos sin recibir la reprimenda. Pero me lleve una sorpresa cuando vi que estaba todo ya recogido. Cuando apareció Ana, la cocinera, le pregunté si lo había hecho ella, pero me contestó que no. ¿Quién lo habría hecho? No creo que fuera Edward ya que no me imaginaba a un hombre como él en semejante situación.
Después de aquella noche, llevaba sin ver a Edward cuatro días, ya que había recibido una llamada y se había tenido que ausentar unos días para ir a la ciudad de al lado. En esa época pocos eran los que tenían teléfono, solo la gente adinerada y además no eran nada parecidos a los actuales. Era de día todavía, el cielo estaba encapotado y a pesar de ser verano hacía algo de frío, seguramente llovería a la noche. Pero había estado todo el día encerrada, así que me apeteció ir a dar una vuelta.
– Bella, ¿a dónde vas? – reconocí la voz de Elizabeth detrás de mí cuando estaba caminando por el jardín.
–Voy a dar un paseo – le dije, y ella me dio una mirada desaprobatoria, estaba claro que no estaba de acuerdo con la idea.
–No tardará mucho en hacerse de noche, es peligroso que andes sola y además, ¿has visto que tiempo hace? – Elizabeth siempre me decía las cosas en tono maternal, como si fuera una hija para ella.
– Lo sé, pero no creo que me pase nada y volveré antes de la cena – respondí para tranquilizarla. Me sentía muy alagada de que alguien se preocupara por mí en mucho tiempo, pero tenía ansias de libertad y alejarme de la casa. Si por mi fuera me iría lo más lejos posible de todos, pero no tenía ningún lugar al que acudir, y eso me entristecía.
– Está bien, pero no vuelvas muy tarde. Te acompañaría para quedarme más tranquila pero Christopher me reclama – Lo último lo dijo con desagrado y no me extrañaba, ese hombre era de verdad atemorizante. Elizabeth hacía todo lo que él le pedía porque le tenía miedo.
Caminé durante media hora por el campo hasta que llegué a la orilla del rio. Siempre venia aquí cada vez que necesitaba evadirme y respirar libre. El prado era hermoso todo lleno de flores, y ni siquiera el mal tiempo podía arrebatárselo. Mi senté frente al rio y si no fuera por el frio seguramente habría metido los pies dentro. Me gustaba mucho esta tierra, me encantaba Galicia a pesar de mis circunstancias y de la guerra que azotaba todo el país. Ojalá estuvieran papá y mamá conmigo.
– Vaya, vaya, mira quien está aquí, Irina – estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no me di cuenta de quien se acercaba y al girarme se confirmaron mis sospechas: Tanya y su hermana – nuestra prima la coja – eso dolió y mucho, ya tenía asumido desde muy pequeña mi "tara", pero eso no significaba que me doliera, sobre todo si me lo decía alguien tan guapa como Tanya.
– ¿Qué pasa? ¿Te has quedado muda? – Dijo Irina. No sabía que contestarle, me sentía débil e impotente porqué si le contestaba seguramente se lo diría a la abuela y luego sería mucho peor – sólo tienes defectos, pero mírate – dijo señalándome con la mano mientras las dos se acercaban a mí – eres fea e insípida, y llevas una ropa horrible, ningún hombre va a fijarse nunca en ti. ¿Quién querría casarse contigo?
– Nadie – respondió Tanya por mí. Agarró con falsa suavidad un mechón de mi pelo que travieso se había escapado de mi coleta – Pobrecita – dijo en tono de burla – Vas a ser una desgraciada toda tu vida. Eres igual que la tonta de tu madre, que se casó con un muerto de hambre.
– No me toques – le conteste muy bajito, mi voz era apenas audible. No iba a permitir que nadie se metiera con las únicas personas, a parte del abuelo, que me habían querido; por eso mi voz tendría que haber salido antes, pero en el fondo era una cobarde. Intente retroceder pero no pude al darme cuenta que al hablar cada vez nos habíamos ido acercando a la orilla del rio.
– ¿Qué has dicho? – me pregunto Tanya. Me había escuchado perfectamente, pero no perdería oportunidad alguna para humillarme.
– Que no me toques – le repetí esta vez más fuerte – no insultes a mis padres – todavía más fuerte y llena de ira.
– Vaya pero si hasta sabe enfadarse la mosquita muerta – esto último lo dijo Irina, y las dos se pusieron a reír como si lo que estuvieran diciendo hiciera mucha gracia.
– Escucha bien lo que te voy a decir – tiro fuertemente del mechón de mi pelo que ella hasta el momento solo sujetaba levemente. – No te atrevas a replicar nada de lo que te digamos – cada vez tiraba más fuerte y dolía mucho – ¿Queda claro? – asentí con la cabeza y respire aliviada cuando dejo de hacer fuerza. Pero de golpe me vi empujada y caí de espaldas en el rio – esto es para que aprendas.
Por suerte caí en un sitio donde no era muy profundo. Cuando vi que se marchaban intente salir de allí con torpeza. Una vez fuera, me volví a sentar en el rio y rompí a llorar. Lloraba por la impotencia que sentía, por ser tan débil, porque me habían humillado y porque no tenía ni a mis padres ni a mi abuelo conmigo para consolarme. ¿Por qué todos a los que quería se iban? Me sentía sola, muy sola, y no me atrevía a volver a casa para que volvieran a insultarme o para toparme con otro miembro de mi familia y me chillara por llegar mojada.
No sé cuánto tiempo estuve allí llorando y desahogándome pero ya había oscurecido y hacia mucho frio, así que decidí que era hora de volver a "casa". Estaba a medio camino cuando empezó de repente a llover. ¿Es que siempre tendría mala suerte? Intente apresurar el paso, pero en esta región cuando se ponía a llover lo hacía de verdad, así que la vuelta se hizo muy larga.
Cuando logré llegar a la mansión me alegre, quizá no fuera un buen hogar, pero era un buen techo en el que refugiarse los días de lluvia. Pero toda mi alegría expiró de golpe al intentar abrir la puerta y encontrarla cerrada. Seguramente era más tarde de lo que pensaba y pensando que con el temporal nadie en su sano juicio permanecería fuera, se habían ido ya a dormir y habían cerrado la puerta; o a lo mejor era otra de las jugarretas de aquellas dos brujas.
No me atrevía a picar al timbre. Así que intenté buscar un sitio en el que refugiarme. Se me ocurrió que en el único sitio donde estaría cubierto y mínimamente caliente seria en los establos junto a los caballos. Por suerte la puerta de allí no estaba cerrada con llave y pude entrar. Nunca había estado allí más de lo necesario pero siempre me preguntaba como seria montar a caballo. Me parecían unos animales fascinantes y fuertes, allí en ese establo habría unos diez, pero el que más me llamo la atención fue uno de color blanco impoluto. No sabía a quién de la casa pertenecería tan precioso animal. No pude evitar acercarme a él, cuando vi que el animal no se apartaba decidí entrar dentro de su cuadra. Parecía bastante limpia, así que me senté donde estaba la paja empaquetada. A pesar de estar cubierto hacia frio y además me dolía la cabeza y la garganta. Me desvanecí, y suerte que estaba recostada porque sino el golpe hubiera sido tremendo.
Alguien me estaba llamando, estaba pronunciado mi nombre completo, parecía su voz, la de Edward. De pronto sentí que flotaba y que me apretaban contra algo calentito. Logre abrir los ojos y me topé con los de Edward. No era un sueño. No sabía cómo me había encontrado, pero ahora daba igual.
– Aguanta Isabella – no sabía a lo que se refería, pero a mí eso no me importaba en absoluto porque yo estaba entre sus brazos y él estaba increíblemente hermoso a pesar de tener en ceño fruncido. Mis ojos se volvieron a cerrar y descanse tranquila.
Espero que os haya gustado, por favor dejadme algún review.
Intentare actualizar el sábado, si no el domingo seguro, y en el próximo capítulo saldrá más Edward y bastante más largo.
