NOTA: Hola de nuevo, siento que Esto no sea un nuevo capítulo, pero es que tenia que decir-les dos cosas.
La primera es que voy a intentar actualizar cada domingo, si es que los exámenes me lo permiten, porque tengo hasta junio que es cuando empiezo las vacaciones de verano. Quería decirles que si tienen alguna sugerencia para el fic me lo digan ya que toda idea es buena.
La segunda es que voy a empezar a escribir otra historia que no publicare hasta junio mas o menos, y voy a empezar a escribirla para tener unos capítulos de ventaja. De momento tengo dos ideas, por eso me gustaría preguntaros cual os gusta más:
·Opción 1: Bella tiene 17 y vive sola con su padre, hasta que este es asesinado en circunstancias extrañas. Como no tiene madre ni mas familiares, su tutela queda en manos de Edward Cullen, un misterioso hombre que solo ha visto una vez en su vida, y que además parece saber algo sobre las cosas raras que están pasando a su alrededor. Por otro lada las chispas entre Edward y Bella saltan al instante y más aún al tener que vivir en casa de él, pronto darán rienda suelta a su pasión que los llevará a los dos a una espiral sin salida.
·Opción 2: Bella tiene 17 años y su padre es policía. Un día Charlie invita a cenar a un amigo íntimo que es policía también y que ha estado fuera de la ciudad durante mucho tiempo, pero que ha vuelto para quedarse y trabajar con él. Bella y Edward se enamoraran, peo hay un problema: la diferencia de edad, él tiene 35. ¿Que deberían hacer? ¿Ignorar lo que sienten, o no? Charlie no aceptaría semejante relación, por lo que tendrán que vivirla clandestinamente hasta que cumpla los 18. ¿Podrán mantener el secreto?
Corre el año 1937 durante Guerra Civil española. Bella quedó huérfana de pequeña y ahora vive con toda su familia de alta sociedad en una casa de campo para refugiarse de la guerra. Allí es tratada de la peor manera posible, pero un día llega a la mansión Edward, un prestigioso médico atormentado y con fantasmas internos. ¿Podrá la dulzura de Bella derretir su duro corazón? ¿Podrá él salvarla del infierno?
Capítulo 4
Al día siguiente me encontraba de rodillas fregando el suelo de la cocina. Sabía que al volver todo sería mucho peor. Me dolían mucho las rodillas después de estar en esa posición durante dos horas seguidas. Había tenido que soportar las miradas arrogantes y humillantes de mi familia. Estaba enfrascada en mi labor cuando vi los pies de un hombre enfrente de mí. Levanté mi cabeza para ver quién era el dueño de aquellos elegantes zapatos.
– Isabella, ¿te asusta la sangre? – No sabía a qué cuento venia la pregunta de Edward, pero me apresuré a negar con la cabeza. La verdad es que nunca me había dado asco ni miedo, de hecho, cuando era pequeña solía decir que de mayor seria enfermera. Pero al tener que dejar la escuela eso era prácticamente un sueño imposible. – Bien, entonces hoy me acompañaras a ver un paciente.
– No puedo, tengo que acabar de limpiar esto, además, no entiendo cómo podría ayudarte yo – Edward frunció el ceño con desagrado cuando agacho la vista hacia el cubo de fregar.
– Si alguien pregunta, les diré que fue mi culpa, nadie podrá decirte nada – dijo él muy seguro de lo que decía, y era algo que nunca pondría en duda, ya que por alguna extraña razón el resto de los habitantes de aquella casa parecían tenerle un respeto que rozaba lo irrazonable – y si que puedes ayudarme – continuó hablando – Necesito a alguien a quien le gusten los niños. Necesito que lo distraigas mientras me ayudas con las otras cosas.
Asentí con la cabeza y salí de la casa siguiendo sus talones. Nos dirigimos a su lujoso coche Rolls Royce negro, y me sorprendió no solo que me permitiera a mí, una simplona sirvienta, la entrada a tan majestuoso auto, sino que a demás me abriera la puerta del copiloto. Nadie nunca me había tratado así, pero decidí que era una tontería y que él solo lo hacía porque era un caballero. Era un caballero como aquellos de los cuentos que me contaba mi madre entes de ir a dormir, con la diferencia que yo nunca sería la princesa.
Entre en el coche y Edward cerró la puerta detrás de mí, luego rodeó el coche por delante y se sentó en el asiento del piloto. Durante los primeros minutos del trayecto me dediqué a observar todo el coche, y también a su dueño. Miré su hermoso perfil concentrado en el camino, decidí que era algo muy descarado y miré inmediatamente por la ventana. Me pregunté cual sería el estado de aquel niño.
– ¿Qué es lo que le ha ocurrido al niño? – parecía que había interrumpido alguno de sus pensamientos porque me miró desconcertado al principio, pero luego se recompuso.
– Parece ser que estaba jugando cerca de un precipicio cuando cayó por él – contó Edward – No sé cuál es su estado, pero supuse que con solo seis años estaría asustado.
Tardamos veinte minutos hasta llegar al pueblo. Edward detuvo el coche delante de una casa bastante modesta, ya que los ricos solían tener las casas a las afueras. Cuando Edward llamo a la puerta fue recibido por un hombre que supuse que era el padre por su expresión de angustia. Entramos en una habitación donde había un niño que lloraba con un llanto desgarrador. Edward tenía razón, estaba muy asustado y se podían ver algunas magulladuras.
Edward hizo una revisión rápida, a pesar de que el niño se removía inquieto. La madre no parecía ayudar mucho ya que estaba muy nerviosa. Edward me llevó a un rincón de la habitación para hablar conmigo.
– Tiene el hombro dislocado, así que cuando se lo coloque le va a doler – dijo – tendré que darle puntos en la ceja y curar el resto de las magulladuras – fruncí el ceño algo preocupada de que alguien tan pequeño sufriera así, pero él debió notar mi preocupación – Es fuerte se recuperará enseguida, podría haber sido peor.
– Señora, vamos a curar a su hijo – dijo muy solemne – pero será mejor que se vaya fuera con su marido, está muy nerviosa y eso le asusta al niño – la mujer hizo caso a Edward y salió de la habitación. Edward empezó a sacar las cosas de su maletín y yo decidí que ya que era hora de ser de utilidad.
– No llores pequeño – dije cuando me senté en el borde de la cama. Su llanto cesó un poco cuando le pasé la mano por su rostro. Giró su rostro hacia mí y me miro a los ojos – ¿cómo te llamas?
– Pablo – ahora solo sollozaba un poco, lo cual me alegré. Mire hacia Edward, el cual me hizo un gesto para que continuara con aquello. Supuse que era para volver a colocar el hombro en su sitio – ¿y tú?
– Yo me llamo Bella – dije sonriéndole – Eres un niño muy valiente y muy guapo seguro que debes de tener muchos amigos.
Pablo empezó a contarme como eran sus amigos y yo escuché muy atenta a todo lo que me decía, pero su relato se vio interrumpido por un grito desgarrador. Edward acababa de colocar su hombro dislocado. Yo intenté calmarlo acariciando su cabello y pareció funcionar otra vez.
– Ya ha pasado lo peor, campeón – dijo Edward de manera dulce. Era la primera vez que veía esa actitud en él y he de decir que me gusto mucho – ahora terminaré de curar el resto de las heridas, pero te prometo que no te van a doler.
– ¿Quieres que te canté una canción que solía cantarme mi madre para que me tranquilizara? – el niño asintió con la cabeza y yo comencé mi canto. La canción era una nana que provocó que Pablo dejara de llorar. Edward siguió trabajando sin ningún problema. En un momento me pasó alcohol y vendas para que yo también pudiera desinfectarle. Estuvimos así hasta que terminamos al cabo de una hora.
– Ya hemos terminado – anunció Edward mientras recogía las cosas en el maletín y ponía en una bolsa las cosas para tirar a la basura.
– ¿Te vas ya Bella? – Me pregunto Pablo con ojitos tristes. No pude evitar sonreír enternecida por las palabras de ese niño.
– Prometo traértela todas las veces que venga a revisarte las heridas – dijo Edward. Luego se giró y se dirigió a mí – voy a hablar con los padres.
Estuve un rato hablando con Pablo, la verdad es que era un niño encantador. Luego de que se durmiera, salí de la habitación y entre en la cocina de aquella casa donde se encontraba Edward conversando con los padres. Me sorprendió el hecho de que estuviera hablando más con ellos que lo que solía hablar con la familia. La madre del niño, que ya no parecía tan nerviosa como cuando llegamos a la casa, me sonrió al notar mi presencia.
– Señor Cullen, ¿quien esta jovencita tan hermosa que ha traído con usted? – Dijo la señora, que no debía tener más de veinticinco años.
– Es mi prima, Isabella Swan – me sorprendió gratamente que me presentara de aquella manera. Los miembros de mí "querida" familia nunca me presentaban como un miembro más de ellos.
– Nunca había oído hablar de ti. ¿Ayudas siempre al doctor Cullen? – me pregunto llena de curiosidad.
– No, es la primera vez que lo hace – respondió mi primo por mi – Pero viendo sus cualidades, y si ella quiere, me acompañará a partir de ahora – no me lo podía creer, acompañarle a curar a sus pacientes seria genial, no solo por su compañía, sino porque podría aprender. Giré mi cabeza y vi que Edward me estaba observando fijamente, no pude evitar sonrojarme. La madre del niño, pareció darse cuenta porque soltó una risita.
– No tengo mucho que ofreceros, pero estaría encantada de que aceptarais los dos un café – nos ofreció ella muy amablemente.
– Me encantaría aceptar señora Weber, pero tengo que hacer unos recados antes de volver a la casa – luego se giró hacia mi – Isabella, puedes quedarte si quieres mientras tanto, cuando acabe pasaré a buscarte. No tardaré mucho – yo solo asentí con la cabeza.
El señor Weber acompañó a Edward a la puerta dejándonos a las dos solas en la cocina. Le ayudé a acabar de preparar el café, y luego nos sentamos en la mesa.
– Bueno Isabella, no te lo he dicho, me llamo Ángela. Cuéntame algo de ti, ¿Cantos años tienes? – me preguntó.
– Llámame Bella – nunca me había gustado mi nombre completo, excepto cuando este salía de los labios de Edward – y tengo dieciséis años.
– Eres una niña todavía, muy guapa eso sí – mis mejillas se tiñeron de rojo ya que no estaba acostumbrada a los halagos – ¿sabes que te sonrojas muy a menudo? – Dijo riéndose alegremente – dime, ¿Hay algo entre tú y el doctor Cullen? – me pregunto en un tono confidente.
– ¡No! – exclamé exageradamente, pero es que me parecía algo fuera de otro mundo una situación como aquella, Edward y yo jugábamos en ligas distintas. – Él es… quiero decir, nunca se fijaría en mi.
– No te das cuenta de nada, seguramente es porque eres muy joven. Pero, he visto como él te mira, hay algo mas... es como si estuviera… – dijo muy convencida. No podía creerme semejante cosa – dejémoslo, ya te darás cuenta más adelante…
Estuvimos bastante rato hablando hasta que Edward vino a buscarme. Llevaba un paquete pequeño envuelto, pero no le di mucha importancia.
– Espero que vengas a visitarme pronto Bella – asentí con la cabeza. Estaba segura que seriamos grandes amigas, Ángela era muy agradable.
Fuimos andando en silencio hacia el coche. La verdad es que el silencio era algo muy común entre nosotros, pero era agradable y me daba mucha paz.
– Toma – dijo antes de llegar al coche y entregándome el paquete. Parecía algo avergonzado, pero seguramente eran suposiciones mías.
– ¿Qué…es esto? – dije cogiendo el paquete con mis manos, estaba absolutamente sorprendida.
– Ábrelo, es para ti – lo empecé a abrir, las manos me temblaban, ¿Cuánto hacia que no me hacían un regalo?
– Es…precioso… – era una cinta de pelo azul – pero… ¿Por qué? – no entendía nada.
– Me has ayudado ¿no? – Asentí – pues tú te has ganado esto – acto seguido me abrió la puerta del coche.
– Gracias…- dije con la voz rota por la emoción. Edward solo asintió con la cabeza y yo subí al coche. Acto seguido emprendimos el viaje a casa.
Al llegar, Edward volvió a comportarse como un caballero abriéndome la puerta de su Rolls Royce. Luego de camino a casa tuvimos que pasar por en medio de las caballerizas ya que había aparcado el coche detrás de la casa. Mientras caminábamos, un caballo decidió que era hora de jugar con mi pelo deshaciéndome la coleta. Cuando me giré para comprobar quien había sido, me di cuenta que era el mismo caballo de aquella noche que llegue empapada y ardiendo de fiebre, aquel hermoso caballo blanco.
– Hola bonito – dije acariciándole. Me deshice del todo la coleta y deje mi cabello suelto que casi me llegaba a la cintura.
– ¿Te gusta? – pregunto Edward que seguía a mi lado. Abrió la puerta de su cuadra y me indicó que pasara adentro con él.
– Es precioso, lo vi por primera vez el otro día – dije mientras dejaba el regalo que hasta entonces llevaba en mis manos. Luego me acerqué al animal y empecé a acariciarle el lomo.
– Eso es porque vino hace poco, es mío, lo hice traer desde donde vivía antes – quise preguntarle donde vivía antes, pero no me atreví a preguntarle. La verdad es que el animal era hermoso…como su dueño.
– ¿Cómo se llama? – esto sí que me atreví a preguntar a diferencia de lo otro.
– Descartes – abrí los ojos desmesuradamente. Había leído a ese filósofo, cuando mi abuelo todavía vivía.
– Como el filósofo… – dije maravillada acariciando el blanco pelaje del caballo. Al levantar la vista vi como Edward me estaba mirando, pero no supe descifrar lo que querían decir sus ojos.
– Bella… – Edward fue acercándose lentamente a mí, y como cada vez que estaba cerca, me quedé paralizada. Puso sus dos manos en mis mejillas que en aquel momento estaban ardiendo como si tuviera fiebre. Sus ojos ya no eran de aquel color esmeralda tan característico, ahora se habían teñido de un color más oscuro. Ya no mostraban tristeza, ni frialdad, ni dureza, su mirada mostraba algo que a causa de mi edad y de mi corta experiencia no supe descifrar en ese momento.
Cada vez estaba más cerca de mí. ¿Iba a besarme? No podía ser, mi corazón empezó a bombear fuertemente contra mi pecho. ¿Qué se supone que debía hacer yo ahora? Pero todos pensamientos dejaron de importar cuando él poso suavemente sus labios en los míos. Una fuerte corriente eléctrica sacudió mi cuerpo agradablemente. Edward empezó a mover sus labios lentamente sobre los míos. Estaba en el séptimo cielo, era mi primer beso, pero eso no era lo que lo hacía especial, sino el hecho de que fuera Edward el que me besaba. Pero ahora no me importaba nada en ese momento, solo me importaba lo que estaba sucediendo. Después de la impresión inicial, empecé a responderle el beso muy lentamente, temblando y sin saber exactamente cómo hacerlo.
– Bella… – dijo Edward susurrando contra mis labios. Era la primera vez que me llamaba de ese modo.
Una de las manos que estaba en mis mejillas se deslizó delicadamente hacia mi cabello, y la otra se deslizó hacia mi cintura acercándome hacia su cuerpo, provocándome una agradable sensación .Yo no sabía dónde poner mis manos ni qué hacer con ellas, así que las mantuve en su fuerte pecho. Edward paso su lengua por mi labio inferior y por instinto abrí mi boca, él aprovechó ese momento para meter su lengua en el interior y empezó a acariciar mi lengua con la suya, yo repetí torpemente su acción. Eso pareció incitarlo ya que me besó con más intensidad. Edward me apretó más contra su cuerpo, podía sentir cada parte de su anatomía contra la mía, una sensación cálida se instalo en mi estomago al mismo tiempo que mis latidos del corazón que en un principio estaban acelerados aumentaron de forma desmesurada, si es que eso era posible. Mis piernas comenzaban a fallar. Quería más y más de él.
Cuando la falta de aire en nuestros pulmones se hizo presente Edward separó sus labios de los míos, pero no se separo de mí del todo ya que apoyo su frente contra la mía. Él parecía que quería decir algo, pero no le dio tiempo, ya que se escuchó un fuerte golpe desde fuera de la cuadra, como si algo hubiera golpeado el suelo. Avergonzada y pensando que seguramente Edward no le gustaría ser descubierto conmigo en una situación así, me separé dos pasos de él.
Gracias por leerme, por favor dejar algún review, espero actualizar lo antes posible, besos!
