Personajes: Cartago/Roma
Advertencias: Semi-histórico

Disclaimer: Hetalia Axis Power y Roma pertenecen a Hidekaz Himaruya, Cartago a mi.


Nadie sabía de dónde provenía mi nula disponibilidad para nadar. Lo cierto es que era algo superior al terror de sumergirme en algo más grande que la propia Tierra. La sensación se adueñaba de mí y me impedía maniobrar como cualquier niño común que chapotea, adiestrado desde su más corta infancia para saber sobrevivir si caía por la borda de algún barco.

Yo tenía mi propia historia detrás, una que nadie conocía y que esperaba nadie llegara a conocer nunca. Pero eso Roma no lo comprendía porque era –y es- curioso de cojones y cuando le entraba –y le entra- la perra por saber algo, no existe gran cosa que pueda hacerle cambiar de opinión.

—Anda, cuéntamelo. —él me suplicaba una y otra vez mientras caminábamos por el puerto. Yo quería trabajar y olvidarme de ello, pero él no. No conocía el significado de la palabra responsabilidad ajena.

—No, y deja de insistir, romano cabeza de chorlito —medio refunfuñé, algo hastiado.

—Púnico idiota —él intentó contraatacarme con algo similar pero nunca lo conseguía de esa forma. No era capaz de encontrar un peyorativo mayor que ese para mí. Extraño.

Roma parecía un niño pequeño cuando se comportaba de esa manera, pesado y cargante. Y yo no podía hacer más que tratar de ignorarlo a ver si se le pasaba, cosa que ocurría después de horas de andar molestándome con sus exigencias. El colmo llegó cuando él notó que no iba a poder convencerme mediante palabras, pasando a convertirse en el ser más irritante, infantil y pesado de todo el Mediterráneo.

Literalmente.

Me detuve a medio camino de uno de los muelles cuando noté que me apresaba por la espalda, sujetándome para que no me moviese, aunque si hubiese querido podría haber seguidos caminando con él a rastras. Roma, cuando vio que hablar no serviría de nada, se me enganchó encima como si fuera una garrapata, sin soltarme.

—Suéltame — dije, más bien ordené, irritado.

—No— él tenía la frente apoyada en mi omoplato derecho. Me entraron escalofríos. Hijo de… perra.

—Suéltame — repetí, cada vez más enfadado. Se me frunció el ceño solo.

—No hasta que me digas.

—No te voy a decir nada como no me sueltes.

Noté que algunos transeúntes y trabajadores contemplaban, divertidos, la escena, viendo a su nación apresada por un hombre con mente de crío. Suspiré, a veces odiaba tener una amistad tan estrecha con él.

A veces desearía no sentir nada, como realmente aparento.

Lentamente pareció que me iba a soltar, aflojando despacio el agarre al que me mantenía sujeto. Cuando me giré para mirarlo, él no lo hizo, mirando en cambio hacia otra parte, ofendido y las mejillas ligeramente sonrojadas. Curioso.

—Cumple con el trato.

Tenuemente, y aprovechando que no me está mirando, me sonreí de lado, notando que estábamos cerca de una dársena vacía. Me acerqué a él, igualmente despacio, hasta quedar a meros centímetros de su figura. Roma me miró entonces, entre curioso, impaciente y ansioso.

—¿Quieres saber por qué no me gusta nadar?

—Sí —respondió vehemente.

—¿Quieres saber realmente por qué no me gusta nadar?

—S-Sí…

Esa vez pareció algo vacilante porque ya había reconocido mi expresión, una que denota un plan en mi mente y que voy a cumplir de un momento a otro. Sin decir nada más, tan solo extendí mi mano izquierda y la apoyé en su pecho. Presioné y empujé. Roma profirió un agudo sonido de sorpresa y después un corto grito. Luego suena el chapuzón.

Sí, había tirado a Roma al agua, fría y azul, con las carcajadas del puerto de fondo y mi sonrisa de pura satisfacción. Me asomé por el malecón, viendo surgir su cabeza en la superficie, escupiendo y mirándome desde abajo con enojo. Supe que se sentía humillado.

—Ahí tienes la razón, Roma, el agua está fría, sabe salada y te puede matar.

—¡Tú, púnico idiota! ¡Ya verás cuando te pille!

Por una vez se oyó mi propia risa a la vez que me alejaba por el rompeolas. Roma estaba y estaría enfadado un tiempo en el cual me mirará mal desde la distancia. Pero se le acabará pasando y volverá a mí como un cachorro, necesitado de atención perpetua. Una que siempre le concedo a pesar de todo por lo que me hace pasar.

Mientras aun lo oigo farfullar contra mi, observé las olas y el mar, azul en la lejanía, recortado contra el recuerdo de una tormenta que me hizo odiar cualquier momento que estuviera sumergido en el agua profunda.

Azul, azul. Nunca lo olvido. Es un color frío, como una muerte que te ahoga.