Personajes: Cartago/Roma
Advertencias: Semi-histórico

Disclaimer: Hetalia Axis Power y Roma pertenecen a Hidekaz Himaruya, Cartago a mi.


No podía creer que su enfado durase ya una semana. No recordaba que hubiese durado tanto uno de sus berrinches. El más largo que podía rememorar era de una extensión de tres días y Roma había sufrido más su propio enojo que Cartago.

Pero esta vez era diferente.

Nunca se habría imaginado que probar su propia medicina fuera tan duro.

Ocho días después de haberlo arrojado al agua, Cartago se preguntaba si acaso esa vez Roma se habría enfadado con él de verdad. Normalmente, Roma se enfurruñaba y se aislaba, comportándose de manera infantil, hasta que finalmente cedía y volvía a ser el mismo de siempre.

Pero desde hacía una semana, Roma le había estado ignorando, y no le lanzaba miradas de disgusto pueril de cuando en cuando. No le ignoraba como si no le viese, simplemente le denotaba un comportamiento frío de cuasi desprecio. Uno que se convertía en viscoso escalofrío cuando esos ojos de color ámbar le miraban y le reprochaban en silencio, pidiendo que por una vez Cartago reconociese su error.

Cartago estaba empezando a no soportar ese trato.


—¿Cuánto más vas a estar así?

Finalmente Cartago no pudo más, tenía que preguntarlo. Y en consecuencia actuar. Se esperaba cualquier respuesta, cualquier palabra de protesta, pero no lo que le contestó, con indiferencia, como si nada pasara.

—No sé a qué te refieres. —Roma estaba tumbado bajo la sombra de una palmera, grande y voluminosa, en el patio del palacio de Cartago.

Lo dijo tan tranquilo, relajado, con los ojos cerrados y una expresión que Cartago interpretaba como victoria. Luego la gente decía que los púnicos eran tramposos. Pues los romanos no se quedaban cortos. Cartago no iba a perder la paciencia porque ese romano cabeza hueca no se lo merecía. Ya había logrado que se irritase, no le gustaba que jugasen así con él.

—Pues yo creo que sí. —murmuró, descruzándose de brazos, mirándolo del revés y desde arriba. Roma se sonrió porque notaba su rabia. — Y como no dejes de pensar que así me estás castigando te voy a echar a patadas de aquí—dijo entonces Cartago sentándose al lado, de nuevo adoptando su aire sereno.

Roma abrió un ojo y frunció el ceño, incorporándose de golpe y mirándolo, esta vez con su habitual expresión de niño al que le han roto un capricho. Cartago entornó los ojos y le miró de soslayo. Era tan hábil tendiendo trampas que nadie lo notaba nunca.

A un púnico nadie le ganaba en astucia. Eso decía un dicho

—Estaba bromeando— aclaró Cartago ante los ojos ya nada impasibles de Roma.

—Ah. —Roma tragó el anzuelo.

—Es mucho más sencillo llevarte al puerto y allí patearte.

—¡O-Oye!

Quería oír una queja así. Roma volvió a contrariarse como siempre hacía. Cartago no pudo hacer menos que suspirar, elevar una de sus manos y palmear el hombro de su compañero, condescendiente.

—Te falta mucho que aprender, estás muy verde.

Cartago terminó por levantarse.

—Anda, vamos a comer. —solucionó, mucho más templado—… Invito yo.

No pasaron ni tres segundos para que Roma se pusiera en pie, caminando tras Cartago e intentando no olvidar que estaba enfadado con él, aunque a duras penas lo consiguiese.

—¡Pero a lo que yo quiera! ¡Y vino, mucho vino!

—Sí, sí…

Cartago siempre fue hábil estratega, ideando un plan para cada ocasión en especial. Por ejemplo aquél. Si ves que el enemigo intenta atacarte con tu propia estrategia, idea una nueva y hazle ver que eres más fuerte.

Y si no, siempre queda el soborno.