Mejor que no os acostumbréis a tanta rapidez, porqué normalmente tardaré una o dos semanas como mínimo. Pero estoy contenta de ver que alguien me lee y de tener fiesta en el cole, así que de tanta felicidad, solo podía salir otro capítulo para nada alegre.


Se atormenta una vecina, ¿O se avecina a una tormenta? Sí, Se avecina una tormenta... creo...

El despertador es uno de los peores inventos que hay. Sin él, el sueño se alargaría tanto como el cansancio, y los deberes y obligaciones tendrían que esperar a que la cama quisiera dejarte ir. Pero aún así todo el mundo lo usa, la vida de la sociedad está controlada por ese pequeño objeto.

A Lawliet nunca le habían gustado los horarios (y menos los relojes gritones que te obligaban a seguirlos), se preguntaba cuál era el motivo para dormir solo cuando oscurecía, para comer solo en momentos concretos del día, para pensar y aprender solo unas pocas horas también establecidas…

Se podría decir que se levantó en cuanto oyó la alarma que sonaba al dormitorio contiguo, pero decir eso daría la falsa impresión de que había estado durmiendo. Miró por la ventana a las nubes, notaba que la presión atmosférica había bajado, hoy por fin iba a llover.

Sin ni siquiera peinarse, se quitó una camiseta blanca y unos jeans demasiado grandes para él, y los sustituyó por otros idénticos. Sin pensar en nada en especial, desde que no tenía el azúcar suficiente que no podía pensar con claridad.

Por eso vació un poco el cajón de los dulces y llenó un poco su estómago mientras se dirigía al comedor para desayunar. Bocado, pie derecho, bocado, pie izquierdo, bocado, pie derecho otra vez, bocado y pie izquierdo.

Caminaba un poco encorvado, porqué aunque fuera el más listo y le tuvieran un poco consentido por eso, le habían racionado sus dulces y sabía que no le convenía que le vieran comiéndolos incluso antes del desayuno. Así que inclinándose hacia delante y escondiendo el regaliz dentro de la manga, cualquiera hubiera dicho que solo era un niño medio adormilado con el dedo en la boca.

Nada especial pasó. Primero clases, después patio, más clases y menos dulces. Los sábados a la tarde, tenían el día libre, y a veces acompañaba a Quillish a buscar los nuevos niños a su anterior orfanato, o a convencer las familias de que su hijo estaría bien en el internado. Siempre eran los que mejores notas tenían, aunque algunos daban bajo al test que les hacía Quillish antes de aceptarlos.

A él no le divertía especialmente, pero Quillish le decía que le ayudaría a sociabilizarse y que no le convenía estar siempre encerrado en su habitación.

Hoy le dijo que iban a ir a por una chica nueva un poco "especial". Si hubiese querido, podría haber averiguado a qué se refería, pero no le interesaba en absoluto. El último caso especial fue un chico que fueron a buscar a china y se pasaron horas y horas aburridos en un avión, para después encontrarse con un CI de solo 118.

Salió de Wammy's cuando la lluvia que había persistido desde el almuerzo empezaba a convertirse una preciosa tormenta, el viaje en coche fue largo, pero tranquilo. El estómago de Lawliet ya llevaba horas reclamando su atención cuando llegaron, poco pasadas las 6 de la tarde.

Pararon un segundo en un bar para que Quillish pudiera tomarse un café y él pudiera tomar toda la energía que una persona normal usaría en un mes a base de terrones de azúcar. Entonces fueron hacia el hospital, Lawliet supuso que ese era el motivo por el que el nuevo fichaje era especial, había leído alguna que otra cosa sobre el síndrome de asperger y no sería extraño que a Quillish le pareciera adecuado llevarle para convencer a alguien que lo padeciera.

Pero no fue hasta que hubieron subido las cuatro plantas en ascensor, entrado en la habitación 404, sentado en los incómodos sillones, leído el informe que descansaba en los pies de la cama y visto como la chica recuperaba el conocimiento que se dio cuenta del verdadero motivo de su peculiaridad. Tenía más o menos su edad, cosa irrelevante. Parecía haber sido un poco paliducha aunque por motivos distintos a la reticencia de Lawliet de salir a la luz del sol, pero era difícil de decir cuando su piel estaba cubierta casi en su totalidad por heridas y vendajes; aunque eso también era irrelevante. Pero lo que más le llamó la atención, la única cosa relevante, no fue nada físico, fue su mirada. No tenía los ojos negros ni unas ojeras destacables, pero sí los tenía igual de inexpresivos y calculadores. Eran idénticos a los suyos.

El despertador sonó a las 8:00 como cada mañana. Le gustaba tener el tiempo controlado, tener rutina aburre, pero estar al tanto de las rutinas y horarios de los otros es una ventaja. Lilith se despertó al primer "pip" y apago la alarma, mientras cogía una bolsa de deporte y se cambiaba la ropa por la deportiva.

Bajó a la calle y corrió a buen ritmo hasta el gimnasio del barrio, justo en aquel momento entraban todos los del primer turno de las clases de tenis, y los recepcionistas dejaban pasar a la gente sin pedir el carnet de socio para evitar colapsar la entrada.

Entre el pandemónium de niños (que siempre había los sábados) que querían ser los primeros en llegar a la pista y así obtener la aprobación de los profesores era fácil colarse a los almacenes sin ser vista. Allí cogió toallas, papel higiénico y productos de limpieza para su casa. Después fue al vestuario dónde se duchó con agua caliente y se volvió a poner su ropa. A veces se quedaba un rato en las piscinas antes de ducharse, o se colaba en alguna pista vacía de squash, le gustaba mantenerse en forma, mente sana en cuerpo sano dirían los intelectuales. O como ella decía, quién "coge prestado" o tiene piernas o tiene mano.

A las 9:45 los niños empezaron a llenar los vestidores. Ella salió poco después, despidiéndose con una sonrisa y un "hasta la semana que viene!" del recepcionista.

Fue a su casa, y dejó todo lo que había cogido en el hueco de las escaleras. Sonrió al ver que alguien había sustituido a la antigua fregona que caía a pedazos por una un poco menos vieja, la semana siguiente le tocaba a ella la limpieza de las zonas comunes y eso le ahorraría mucho trabajo.

Volvió a su piso, vació las carteras del día anterior y separó lo útil de lo inútil. Dinero y carnets no oficiales sin foto en un lado, documentación, facturas y demás al otro. Aquel día no había ningún carnet aprovechable, pero sí había conseguido bastante dinero. Buscó la baldosa suelta en la pared del baño y lo puso junto a los otras 7.589,90 libras. Ya tenía 7.657,12 y solo le faltaban otros 7 mil más para su documentación y partida de nacimiento.

Encontró también la tarjeta de Watari, de la Wammy's House en Whinchester. No fue capaz de tirarla, eso podría ser un pasaporte a su carrera sin trapicheos ilegales de por medio, pero aún así necesitaba los papeles para entrar, igual que en las universidades, las escuelas de idiomas, las de música… sin papeles no era nadie.

Al final, salió por la puerta con solo cinco libras para almorzar, la tarjeta de Watari y todas las carteras para tirar al contenedor más cercano. Las tiró sin bolsa, porqué así los basureros la encontraban, la llevaban a la policía, y eran devueltas a sus propietarios.

Se dirigió al centro de la ciudad e intentó robar algún bocata para no malbaratar su dinero, pero al final desertó y se compró pan y queso en un super. Comió en la parada de autobús, a salvo del agua que por fin se había decidido a caer después de una semana sin lluvias.

Y fue entonces, mientras cruzaba la calle mojada, que resbaló e impactó con algo voluminoso. Al igual que el coche que había intentado frenar en el semáforo.