Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, es propiedad de Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Uso de OC y nombres humanos:
*Jan van Santen - Holanda
*Emily Jones - Nyo Estados Unidos
*Lola Fernández Carriedo - Nyo España
*Dennis Andersen - Dinamarca
*Scott ? - Escocia
Le despertó un contundente y sonoro golpe en la habitación de al lado. Lovino abrió los ojos de sopetón, respirando entrecortadamente y asustado. No tenía idea de qué había sido aquello ni por qué de repente alguien estaba aporreando la pared justo encima de su cabeza.
—¿Pero qué mierda…?
El espanto inicial dio paso al enfado. A Lovino le gustaba mucho dormir, hasta tarde incluso, aunque en caso de tener el tiempo contado prefería despertarse de una forma más amena. Entendía que si se levantaba tarde se perdería el desayuno, pero despertar a alguien así era un crimen. Iría a decírselo al imbécil de al lado y ya vería.
Salió de su habitación echando humo y se plantó delante de la puerta de su vecino. La aporreó y esta se abrió, dando paso a un corpulento hombretón rubio con el ceño fruncido y el rictus facial de alguien malhumorado permanentemente con la vida. Tenía un martillo en la mano. Un martillo muy grande a decir verdad.
A Lovino se le esfumaron las ganas de reprochar nada de golpe. Aquel tipo parecía igual de peligroso que sus antiguos vecinos de Nueva York. Se quedo quieto, mirando al alto corpachón, blanco como la pared del pasillo. El hombre a su vez le miró de una forma extraña, primero ligeramente sorprendido, después desconcertado y por último, irritado.
— ¿Y tú quién eres? — tenía un vozarrón grave y serio, perfecto para repartir órdenes en cualquier pelotón de ejército. Lovino tragó saliva pero no se movió hacia atrás, no demasiado. El mamotreto tenía toda la pinta de ser germano y a los germanos había que ponerles en su sitio antes de que te quisieran invadir la habitación derribando la pared a golpes. O algo.
— Soy Lovino Vargas y te exijo que dejes de aporrear la pared tan temprano por la mañana. — Aunque tenía el ceño fruncido y una actitud dominante, por dentro se estaba muriendo de ganas de echar a correr y meterse debajo de las mantas de su nueva cama. Le falló la valentía. —… s-si es usted tan amable.
El individuo arqueó una ceja. Iba en pantalones, con el botón abierto, sin tirantes ni cinturón y la camisa abierta. Sus ojos verdes relampagueaban con una inexplicable ira, de la que Lovino esperaba no ser el causante. Arqueó las cejas y entreabrió los labios. Lovino se encogió imperceptiblemente esperando la monumental respuesta.
Que jamás llegó.
— ¡Mierda, Jan! El nuevo tiene razón, no hagas tanto ruido, que no son ni las siete.
La puerta de enfrente se había abierto y por ella asomaba la cabeza despeinada de otro hombre rubio y de ojos azules, quejándose por lo mismo que Lovino. Este último se medio giró para ver quién era el chico que le había salvado de la paliza con el martillo. Su acento sonaba rudo, parecido al alemán, o tal vez no. A Lovino todos los acentos del norte le sonaban a teutón. ¿Y le había llamado "el nuevo"?
— No grites, Dennis. — el que se llamaba Jan se revolvió el pelo y refunfuñó por lo bajo. — Sólo se me había caído un cuadro, lo estaba colgando otra vez cuando llamó este. — señaló a Lovino ligeramente con el martillo, mirando al tal Dennis. — Igualmente no os debería importar, dentro de media hora hay que bajar a desayunar y tú tardas mucho en salir del baño.
—No es verdad. — protestó Dennis, saliendo ya al pasillo, cruzando de brazos. — Tú tardas más que yo en peinarte, todavía sigo sin saber por qué demonios te subes el pelo para arriba.
—Pues igual que yo no entiendo cómo mierda dejas que Scott te corte el flequillo, parece que te haya atacado un oso.
Lovino, que se había ido retirando conforme aquellos dos hombres avanzaban el uno hacia el otro mientras discutían, bufó, rodó los ojos y se metió al mentado cuarto de baño que había al final del pasillo. No se iba a quedar mirando como dos idiotas germanos peleaban sobre quién de los dos tenía mejor el cabello, era absurdo. Pero aquello le dio una idea aproximada de la situación allí. Era obvio que se conocían, de ahí la familiaridad con la que se trataban. No veía cómo podría hacer un hueco en una amistad así.
Se miró al espejo. Las ojeras no se habían ido y supo que necesitaría varias noches de descanso completo para recuperar la energía de siempre. Hasta él mismo se notaba mustio. Suspiró, más bien gruñó, y abrió el grifo. Un chorro de agua clara y fresca le cayó en las manos. Oyó un ligero portazo y supo que los otros dos se habían metido en sus respectivas habitaciones. Tardó menos de diez minutos en lavarse bien la cara y peinarse de forma que no pareciese un pordiosero. Como siempre, el rebelde rizo lateral derecho de negó a acompañar al resto del pelo.
Estaba más tranquilo al terminar el superficial aseo. Tendría que adquirir su propio cepillo, el del lavabo tenía aspecto de haber pasado por demasiadas cabezas y le faltaban más de la mitad de cerdas. Abrió la puerta de lo más despejado, dispuesto a cambiarse de ropa y bajar a desayunar. Sin embargo, al hacerlo, se dio de morros contra una superficie carnosa y algo dura. No cayó al suelo pero bastó para que trastabillara y tuviera que sujetarse al borde del lavabo. Lovino soltó un taco y se frotó la nariz, comenzando una retahíla de nuevas palabrotas en su idioma natal. No le dio tiempo a más, al alzar los ojos se encontró de nuevo con Jan y su cara de pocos amigos. Ahora llevaba un palillo entre los labios y le miraba severo. Se había abrochado los pantalones y la mitad de la camisa. Ya no llevaba el martillo, pero si un cepillo bastante grande. Aun así, a Lovino le seguía inquietando el brillo de gravedad en sus ojos.
—No sé que narices has dicho pero poco me importa, ahora largo. — Jan no estaba siendo muy amable pero Lovino no iba a discutirle, bastante mala pata había tenido. Seguro que la mala impresión con ese tipo no se iba a deshacer nunca. Mierda, y era su vecino de pasillo.
Lovino obedeció sin chistar y en cuanto salió notó que le cerraban la puerta a la espalda. No tardó en oír el grifo. Gruñó de nuevo y suspiró, resignado, para meterse en su cuarto y cambiarse de ropa. No tenía demasiado entre lo que escoger pero se dijo que en cuanto ganara algo más de dinero se conseguiría zapatos nuevos, los que tenía estaban empezando a rajarse por la suela. Se cambió de camisa y pantalones y se colocó los tirantes. Después abrió las cortinas y la ventana, asomándose por ella.
La señora Jones había tenido razón, la vista era bastante agradable. Desde su cuarto podía ver la plaza principal entera y la calle Lincoln (la Norte-Sur) hasta donde alcanzaba la vista. Se fijó en que varias personas ya transitaban de aquí para allá, a pesar de que la pálida luz del sol, velado entre nubes, no invitaba demasiado a salir. La nieve aún seguía cubriendo el suelo y le daba al pueblo un aspecto pintoresco aunque por fortuna no hacía tanto frío como los días anteriores. Con suerte podría salir a dar una vuelta y buscar un empleo sin preocuparse de que se le congelaran las pelotas.
Cuando volvió al pasillo, dispuesto a bajar las escaleras y desayunar, se topó de nuevo con Jan y Dennis que por lo que comprobó, tenían las mismas intenciones. Enseguida Lovino supo a qué se había referido Dennis respecto al pelo de Jan. Peinado hacia arriba parecía un tulipán macilento. Tuvo que aguantarse las ganas de reír.
Nada más verlo, Dennis sonrió y se colocó a su lado, palmeándole el hombro con inusitada confianza.
—No nos hemos presentado formalmente. — dijo, alegre y vivaz. Lovino pudo jurar que Jan bufaba para un lado. — Soy Dennis Andersen, mucho gusto. — le tomó la mano sin miramientos, sacudiéndola con energía. — Y mi huraño amigo se llama Jan Van Santen.
— No soy huraño. — atajó Jan, bajando las escaleras él primero.
Dennis suspiró y meneó la cabeza.
—Perdónale, es muy quisquilloso con las cosas que se estropean, no es culpa tuya que esté de mal humor.
—Ah, es bueno saberlo. — comentó Lovino, sarcástico. Al recordar los malos modos de Jan, frunció el ceño y siguió a Dennis hasta la planta baja.
El comedor era bastante amplio, contaba con una mesa rectangular de madera, cubierta por un mantel de flores amarillento, y varias sillas alrededor. La señora Jones estaba sirviendo café y colocando tostadas, tarareando una cancioncilla que sonaba en la radio de la cocina. Al verlos se le iluminó una sonrisa, como quien ve a sus hijos mayores levantándose pronto por su propio pie.
—Buenos días, queridos, si esperáis un poco enseguida traigo los huevos.
Jan murmuró un quedo "buenos días", igual que Lovino. Dennis parecía feliz con la simple perspectiva de desayunar y parecía siempre dispuesto a mostrar una sonrisa. Se sentaron en un extremo, Jan presidiendo la mesa y Dennis y Lovino a cada lado.
La señora Jones dejó leche al alcance y también azúcar, regresando a la cocina para traer más cosas. Lovino podía sentir el aroma del beicon y el jamón apretándole el estómago, como una tortura, pero se contentó con de momento aprovechar que podía beber café de verdad y no un sucedáneo de la malta con sacarina. Además, estaba caliente y eso se agradecía.
—¡Buenos días, chicos!
Una voz cantarina y alegre entró flotando por la puerta. Una chica joven, adolescente, se acercó con varios platos en las manos y brazos, como una camarera profesional. Lovino la observó disimuladamente mientras probaba el café y ella dejaba todos los platos repletos de huevos revueltos y lonchas de jamón cocido por la mesa. Era guapa, de figura estilizada, preciosa melena rubia y ojos azules brillantes. Llevaba una blusa blanca y una falda azul marino hasta los tobillos. Lovino se percató de que Jan le estaba vigilando de reojo mientras él miraba a la jovencita. Pero no le importó demasiado, ¿qué podía decirle? No podía ser muy joven pero tampoco mayor. Dieciocho años quizá.
—Buenos días, Emily, te veo más guapa que ayer. — Dennis soltó una jocosa carcajada. — Te daría mi ración de jamón a cambio de un beso pero tengo mucha hambre. — la muchacha le propinó un golpecito suave en la nuca al pasar, riendo también.
—No digas tonterías. — Emily entonces se fijó en Lovino y su sonrisa se hizo más ancha y también curiosa. — ¡Ey, hola!, tú debes de ser el nuevo, Lovino, ¿es así? Me llamo Emily, mamá me ha contado que llegaste anoche bien tarde, espero que te quedes mucho tiempo con nosotros. — Sonrió de una forma tan encantadora que Lovino no pudo evitar correspondérsela un poco. Era una chica preciosa y a él le gustaban mucho las chicas preciosas. Pero hablaba igual de rápido que su madre y también demasiado.
—No le des coba, que no es para tanto. — la voz de Jan hizo que la sonrisa de Lovino chirriara y tuviera que retomar el desayuno.
El italiano mordió una tostada, gruñendo y lanzándole una mirada fulminante a su compañero de mesa. Emily suspiró pero no se lo tomó a mal.
—No seas duro, Jan, acaba de llegar. — ella suavizó su mirada. — ¿De dónde eres, Lovino? — la jovencita ya se había sentado al lado de Dennis y lo miraba por encima de su taza de porcelana, al igual que Dennis y Jan. Los tres parecían muy interesados en eso. Cotillas, pensó Lovino.
Lovino entreabrió la boca para contestar, con algo de reticencia. Sin embargo no pudo hacerlo. Sus ojos se desviaron un momento hacia la puerta, sólo por un momento. Se perdió en sus propios pensamientos.
— ¡Buenos días a todos!
Se quedó callado. Una mujer joven, mayor que Emily, había aparecido por el umbral de la puerta. Morena, de aspecto maternal, vestía de traje informal rojo, como los que se solían llevar en Francia hacía un año. Tenía los ojos verdes y el pelo castaño recogido en un pequeño moño bajo. Varios mechones se escapaban de él y se mecían a cada lado de su rostro. Deslumbraba, o eso le parecía a él. Ni siquiera Emily lograba eclipsar su fascinante aura.
La mujer, como era de esperar, reparó en Lovino. No era difícil hacerlo. Para los residentes de un pueblo pequeño, cualquier forastero era el juguete nuevo del año.
—¡Oh, hola! Tú eres nuevo, ¿verdad?, algo he oído desde el pasillo. — la mujer se sentó al lado de Lovino, el cual procuró no soltar la taza de la repentina impresión. — Yo soy Lola, mucho gusto.
Lola era el diminutivo de Dolores. Dolores Fernández Carriedo, así se llamaba. Su nombre entero delataba la procedencia hispana de la mujer como si su acento no fuera suficiente. Un acento simpático además.
Lola hablaba también por los codos pero le dejaba a Lovino tiempo para pensar las cosas. Aunque antes de que se diese cuenta, Jan y Lola debatían sobre si eran mejores los tulipanes o los claveles. Y él, que estaba en medio, tenía miedo de que al armatoste germano le diese por alargar la mano. Dennis le hizo un gestito como indicándole que eso era normal pero fue Emily la que les hizo regresar al tema principal. Seguía teniendo curiosidad sobre Lovino y su historia. Y esta vez hasta la señora Jones, que dejaba el plato de Lola en la mesa, se quedó a escuchar.
Lovino se sintió repentinamente inseguro. No podía contar gran cosa de su vida ni el motivo de su marcha, eso sería contraproducente. No quería que le echaran a patadas de ese sitio ahora que por fin había encontrado uno tan aceptable. Suspiró, frunció algo el ceño y levantó la mirada de su taza medio vacía.
— Vengo de Italia, del sur…
Nada más decir eso, tanto Lola como Emily y su madre compusieron una expresión triste. Dennis chasqueó la lengua e incluso Jan gruñó. Todos sabían lo que estaba pasando en Europa, Lovino no tuvo siquiera que decir por qué se había ido de su país. Pero eso se agradecía, si podía, prefería no tener que mentir.
— Pobrecillo. — Lola le acarició el antebrazo, con condescendencia. — Tuvo que ser duro…
—Bueno, sí, supongo que sí… — Lovino desvió la vista, ligeramente sonrojado.
—No lo supongas. — terció Jan, serio. — Lo sabemos, no eres el único. — acto seguido se levantó y dirigió al perchero del pasillo, del cual descolgó una chaqueta marrón y una bufanda azul y blanca. — Estaré hasta la noche, decidle a Alfred si le veis que se acerque a las doce, tiene un encargo. — anunció. Lovino supuso que se iba al trabajo.
La señora Jones asintió y, como si fuese su propia madre, se acercó a él, recolocándole la bufanda mejor. Sonreía, Jan estaba azorado pero no rechistó.
—Pasa un buen día, querido.
—Ja… gracias.
Se oyó la puerta. Jan se había ido. La señora Jones regresó al comedor y retiró los platos vacíos. Emily se apresuró a ayudarla. Un cómodo silencio se instaló entonces entre Dennis, Lola y Lovino. Hasta que este último lo rompió.
—¿Qué quiso decir con lo de que no soy el único? — era mera curiosidad, tampoco estaba molesto con eso.
Dennis removió sus últimos posos de café y se reclinó sobre la silla, Lola terminaba de untarse la última tostada con la mermelada sobrante de arándanos. Fue ella la que contestó.
—Bueno, aquí la gran mayoría somos inmigrantes europeos también. — mordió la tostada.
—Sí, de hecho… verás que aquí salvo unos pocos y los ancianos, los demás somos todos del viejo continente. — Intervino Dennis. — Por eso no miran demasiado mal a los forasteros, están acostumbrados.
—Ya veo… — Lovino terminó con su café, pensando que entonces no tendría demasiados problemas. — ¿De dónde es él? — si resultaba que estaba en lo cierto y Jan era alemán, no habría forma de que se llevaran bien nunca y realmente no quería granjearse enemigos.
— ¿Quién? ¿Jan? —Dennis pareció pensarlo por un momento. — De Holanda, se vino aquí el año pasado, cuando los alemanes invadieron Polonia.
Lola se levantó entonces, recogiendo sus platos y llevándolos a la cocina. Después se llevó los de Lovino, mientras Emily comenzaba a fregar con su madre. Dennis suspiró. Lovino arqueó las cejas.
— Ya sabes, nadie se fía de que los alemanes vayan a respetar la neutralidad de los demás países. Por eso se fue de su casa. —Dennis parecía hasta melancólico.
— ¿Qué hay de ti? — ya que se había asegurado de que Jan no fuese alemán, tenía que hacer lo mismo con Dennis.
— ¿Yo? — se encogió de hombros. — Nací en Dinamarca si es a lo que te refieres, pero mi casa es y será siempre el mar. — al ver la expresión escéptica de Lovino, se apresuró a añadir. — Soy marinero, me pasó medio año en alta mar para que el pueblo disfrute de fresco pescado del norte. — y sonrió, orgulloso.
Lovino rodó los ojos y se levantó de la silla, Dennis hizo lo propio. En ese momento apareció Lola, secándose las manos con un trapo. Emily pasó por detrás, rumbo a las habitaciones. Seguramente se dispondría a arreglarlas.
—¿Qué piensas hacer hoy, Lovino? — preguntó la mujer, interesada.
— Bueno, iba a salir a dar una vuelta, tengo que encontrar trabajo. — repuso Lovino, de repente angustiado por la perspectiva de tener que hacerlo de cero.
Sin embargo, Lola no parecía preocupada.
—Si quieres te acompaño, tengo que salir a comprar unas cuantas cosas, podría enseñarte el pueblo. — sonrió. — Si quieres, claro.
Lovino tardó un momento en contestar. Jamás en su vida una chica se había ofrecido a acompañarlo a ningún lado, generalmente había sido al revés y nunca con buenos y óptimos resultados. Esta podía ser su oportunidad de oro.
Se dio cuenta de que estaba pensando demasiado cuando Dennis le dio un codazo por la espalda.
— ¡Sí!, sí, claro, estaría bien, espera ahí, ¿eh? V-vuelvo en un segundo.
Y echó a correr por el pasillo, subiendo las escaleras de tres en tres. Emily estaba barriendo la habitación de Jan y vio las prisas de Lovino pero aunque quería preguntar, este no hizo caso. Entró a su cuarto y agarró la chaqueta vieja que había llevado desde que saliera de Italia. Gruñó, no era nada elegante pero no tenía nada más. También se metió dinero en el bolsillo, compraría ropa y quizá le comprase algo a Lola. No importaba que la conociese de hacía una hora, invitar a un almuerzo de media mañana siempre quedaba bien.
Cuando bajó de nuevo al vestíbulo, ella estaba hablando con la señora Jones, pero se callaron en cuanto le vieron aparecer. Lola sonreía contenta.
—¿Listo?
Lovino asintió, abrochándose la chaqueta. La señora Jones le dedicó una mirada afable y sin que le diese tiempo a protestar, le puso encima una bufanda de color rojo. Se la colocó igual que había hecho con Jan y eso hizo que Lovino se sonrojara avergonzado. No era ningún niño.
—Hace frío fuera, querido, y a Alfred no le va a importar prestártela, tiene otra en el trabajo.
—¿Alfred? —preguntó casi enfurruñado.
—Ah sí, mi hijo, probablemente te lo encuentres repartiendo la prensa, pídele un periódico, le hará ilusión. — satisfecha con el resultado, la señora Jones les dejó ir.
El sol brillaba con poca fuerza entre las todavía dispersas nubes invernales. Parecía que lo colorease todo de gris en lugar de amarillo. Soplaba una ligera brisa proveniente del mar pero no hacía demasiado frío. La gente iba y venía, entraba a las tiendas, salía de ellas, charlaba con los vecinos. Lovino pronto pudo comprobar que en verdad a la gente le importaba un pimiento que hubiese llegado alguien nuevo. Muchos saludaban a Lola y de paso se interesaban amablemente en conocer al chico guapo que la acompañaba.
Lola caminaba de una manera grácil y casi juguetona, esquivando los montoncitos de nieve. Parecía una niña moviéndose de esa forma y riendo por cositas simples y pequeñas. Lovino decidió dejar que ella hablase de lo que quisiera, así le sería más fácil conocerla. No es que quisiese cortejarla en realidad, sólo sentía una curiosidad latente en referente a las mujeres. Y Lola parecía interesante, un poco infantil y charlatana, pero interesante.
— ¿A qué te dedicas, Lovi? Oh, ¿puedo llamarte Lovi? — los ojos de Lola eran hipnotizantes. Se obligó a si mismo a contestar y a no mirarla demasiado descaradamente.
—Eh… sí, supongo que sí. — se le colorearon ligeramente las mejillas. Lovi era el apodo cariñoso que su abuela le había puesto de pequeñito y le traía recuerdos dulces. Que Lola le llamase así también denotaba dulzura por su parte y una amabilidad para con él bastante extraña… y cercana. — Soy fontanero.
—¿De verdad? ¡Eso es estupendo! — y antes de que Lovino pudiera preguntar por qué, ella continuó. — Hace un par de años que en el pueblo no hay fontaneros, todos se fueron a las grandes ciudades y siempre tenemos que llamarlos para que vengan. Nos cobran un riñón por cada obra.
¡Bien! Eso le daba a Lovino el maldito monopolio de la fontanería en Winterfield. Sólo necesitaría darse a conocer y…
—… mierda. — masculló, deteniéndose en medio de la calle. Lola se paró también, un poco por delante de él.
— ¿Qué pasa? —preguntó ligeramente preocupada.
Lovino se llevó una mano a la cara, se había olvidado de un detalle importante. ¿Cómo iba a trabajar de lo suyo sin siquiera tener en su poder una maldita llave inglesa? Así se lo dijo a Lola, pero ella soltó una risita y le agarró del brazo, casi arrastrándole a través de unas cuantas calles más. Lovino, intrigado y secretamente complacido de que una chica le llevase del brazo, se dejó hacer. No le importaba que en realidad debiera ser él el que llevase a la mujer, no solía tener la ocasión de que sucediese algo como aquello.
Al poco estaban delante de un establecimiento bien cuidado, con un escaparate totalmente lleno de objetos de diversa índole. Lovino le echó un vistazo al rótulo. Y se puso pálido.
"Van Santen. Empeños. Ferretería. Prestamista."
Mierda, pensó para sus adentros, mientras entraba tras Lola. Habría preferido no involucrarse con Jan en ningún tipo de circunstancia.
—¡Hola, Jan! ¿Qué tal te va todo por aquí?
El holandés estaba sentado tras un mostrador, con un cigarrillo encendido sobre un cenicero de barro, leyendo el periódico. Levantó la cabeza al oír la campanilla de la puerta y la voz de Lola. Arrugó la frente al ver a Lovino, pero no dijo nada.
—Tranquilo hasta que habéis entrado, ¿qué quieres?
—No seas así, anda. — protestó la chica, desabotonándose un poco el abrigo. — te traigo un cliente. —anunció con voz cantarina, llevando a Lovino frente a Jan como quien lleva a su hijo al médico.
Jan y Lovino se miraron en silencio durante un par de segundos. Hasta que al final el primero suspiró resignado, llevándose el cigarrillo a los labios.
—Bueno, ¿qué es lo que necesitas?
—Herramientas de fontanería. — lacónico, no pensaba dar ningún detalle extra a no ser que se lo pidiese. A Lovino le seguía dando bastante mala espina ese tipo tan grande, seguro que maltrataba gatos, cortaba las flores de los vecinos o algo así.
Jan pareció meditar por un momento, calada tras calada, leyendo rápidamente de un enorme libro de tapa dura. De mientras Lola se fue a curiosear por las estanterías, tarareando por lo bajo.
—Tengo una caja de latón llena de herramientas, me las vendió un empleado del tren. No sé si son las que quieres, pero no tengo otras, tendrás que apañarte con eso. — Jan no le daba opción a negarse, tenían que ser sus cosas o de nadie más.
Pronto Lovino tuvo la susodicha caja en los brazos, pesaba un quintal. No obstante, era mejor que nada.
— Efectivo ¿verdad?
—No, si te parece te extiendo un cheque. — Lovino bufó aguantando el peso de las herramientas.
—No te hagas el gracioso conmigo, jovencito.
Lovino se preguntó cuantos años tendría Jan para que cómodamente le llamase jovencito de ese modo tan despectivo. Soltó un gruñido muy bajo y claudicó. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para sacar los diez dólares que le pedía el holandés por los artilugios que posiblemente igual ni le servían.
— Jan~ ¿Cuánto vale esto? — Lola apareció con una cajita redondeada, de palisandro. Al abrirla sonaba una dulce melodía rusa mientras una bailarina de ballet en miniatura daba vueltas sobre una plataforma de espejo.
— Cuarenta.
—¿Qué, tanto? — Lola hinchó las mejillas, decepcionada. Habría querido comprarla pero no llevaba encima tanto dinero. Con un suspiro, dejó la caja de música en su sitio y se volvió hacia Lovino. — ¿Vamos?
—Hm, sí… — Lovino estaba pensando en la caja de música. Si pudiera regalársela a Lola…
Pero era demasiado pronto para hacer un regalo tan caro. Lovino no era dado a la etiqueta pero conocía algunas reglas básicas a la hora de cortejar a una mujer. Si se le regalaba algo así tan pronto corría el riesgo de espantarla. Aunque dudaba de que Lola se espantase de alguna forma, parecía animarse con cualquier cosa.
Se separaron en un cruce de calles, Lola tenía que comprar rollos de tela y Lovino no podía cargar todo el día con la caja de latón. Le pidió disculpas por dejarle solo y le dio un beso en la mejilla, agitando la mano después al irse, como despedida. El sonrojo no se le bajó en todo el camino de vuelta.
Llegó a su habitación sin encontrarse con nadie, ni siquiera con Dennis. Del cuarto del danés se escuchaba música alta aunque Lovino no supo identificarla. Pero tanto mejor, no le apetecía hablar mucho con él.
Sentado en el suelo de la habitación, Lovino examinó las herramientas que había comprado. No todas eran útiles para su trabajo pero no pensaba tirarlas. Habían costado dinero y el dinero no estaba para desperdiciarlo. Dictaminó que no estaban del todo mal y que al menos Jan podía ser fuente de artículos interesantes.
Ya sólo le faltaba anunciarse.
Al atardecer, Lovino se encontraba en la sala principal, leyendo el periódico que Lola le había comprado a Alfred por la mañana después de que el italiano y ella se separaran. Él se había pasado el día intentando encontrar al dichoso Alfred, el hijo mayor de su casera. Pero por alguna razón no lo había encontrado. O él era muy malo buscando o ese chico era evanescente, porque a media mañana todo el mundo había obtenido su periódico y Lovino no había sido capaz de ver al joven por ninguna parte. Eso le había irritado bastante.
Dennis estaba sentado al lado, enfrente de Emily, con quien jugaba a las cartas apostando guisantes. La señora Jones trataba de ajustar el dial de la radio y Lola tarareaba una cancioncilla de su tierra mientras enrollaba una madeja de lana.
Por lo que Lovino había escuchado y deducido, Lola era costurera y recibía muchos encargos para que confeccionara diversos tipos de ropa. Así se ganaba la vida en Winterfield, cosiendo, remendando y haciendo prendas para la gente del pueblo. Le había enseñado a Lovino la cantidad inmensa de revistas de moda francesa que tenía apiladas por su habitación además de todas las bolas de lana que había ido acumulando con el paso del tiempo. No sabía cómo había terminado accediendo a que Lola le tejiera una bufanda y un jersey a juego como regalo de bienvenida, aunque lo cierto era que necesitaba cosas así y si era Lola quien las hacía, mejor. Le gustaba la idea de ponerse ropa que ella hubiese tocado, por más extraño y perturbador que sonase.
Cuando terminaba la sección de deportes, llegó Alfred. Y Lovino se levantó del sofá como un resorte para asaltarlo.
Alfred F. Jones era dos años mayor que su hermana Emily y llevaba trabajando para el ayuntamiento desde los doce. Alto, espigado, con los mismos ojos de su madre y el mismo color de pelo. Tenía aspecto de camorrista de calle salvo por las gafas que llevaba. Ese era el único detalle que le salvaba de ser tildado de gamberro. Bueno, eso y su intachable comportamiento de ciudadano estadounidense modélico. Lovino detestaba a la gente que se creía tan jodidamente responsable de todos, metiendo las narices en asuntos ajenos.
Alfred era un tipo de esos. Se creía con el permiso para ayudar a quién fuese, con lo qué fuese y cómo fuese, no importando el medio si el resultado era bueno. De ahí que rescatase gatos de los árboles, le hiciese recados a las ancianas e incluso peleara por los derechos de los negros en el autobús, esto último con cero éxito. Repartía el periódico y cuando le daba la gana escribía anuncios y artículos sobre la gloria de su país. Era patriótico hasta la médula. E igual de voceras y charlatán que el resto de su familia.
Lovino se plantó delante del muchacho en el pasillo, señalándole con un dedo. Alfred, que había oído hablar de él por todo el pueblo a lo largo de la jornada, no necesitó siquiera preguntar. Sonrió y le palmeó la cabeza como si Lovino fuese más pequeño que él. Eso irritó al italiano aun más.
— ¡Maledizione, cazzo! — le apartó la mano de un revés. — Ya puedes mañana ir anunciándome en tu "glorioso" periódico o será culpa tuya si me quedo pobre y sin dinero.
—Ey, ese es buen argumento. — Alfred soltó una carcajada y colgó su chaqueta en el perchero, caminando hasta la sala después. Lovino protestó a sus espaldas, no le gustaba que le ignorasen así. Pero no sabía que Alfred era de atención selectiva y distraída.
Le siguió hasta el salón mientras Alfred iniciaba una acalorada conversación con su hermana sobre la irrisoria tontería de jugar a las cartas apostando guisantes. Alfred tenía un vicio secreto, apostar en el póker, aunque eso no lo sabía nadie. Y como casi nunca perdía, apenas se notaba que lo hiciese.
Lovino recogió el periódico que había estado leyendo momentos antes y se sentó al lado de Lola, enfurruñado consigo mismo y con el mundo. Ella le dedicó una mirada comprensiva y una sonrisa pero continuó con su madeja. Lovino se escondió detrás de la sección de economía y disimuló que no había visto ese gesto, detrás del papel estaba rojo.
Con Alfred en la mesa, la hora de la cena se convirtió en un debate sobre las acciones alemanas en Europa. Lovino y Alfred tenían una cosa en común, ambos creían que Alemania era el mal encarnado aunque sus argumentos fuesen diferentes. El joven estadounidense era el que más hablaba sobre el tema, no dejando casi a los demás dar su propia opinión. Dennis era el único que intentaba razonar con él porque Jan directamente pasaba de intentar pelear contra una cabeza llena de serrín y Lovino prefería hablar con Emily o Lola antes que con Alfred.
De hecho, gracias a esa predisposición, Emily le convenció para que fuera con ella al mercado por la mañana y Lola le engatusó para prestarse de maniquí vivo con la promesa de un par de guantes nuevos y un café. No le disgustaba ningún plan, prefería pasar el tiempo con las dos chicas antes que escuchar las peroratas de Dennis sobre los diferentes tipos de tiburones.
Y claro estaba, todo era mejor que tener que visitar a Jan o intentar perseguir a Alfred mientras repartía el periódico.
Tumbado boca arriba en la cama, Lovino pensó en todo lo que había pasado durante el día, las personas que había conocido y lo que había hecho. Analizándolo en frío, aquello había sido más estimulante que todo el año anterior pasado en Italia.
Pensaba mucho también en su hermano. La última vez que le vio fue en el sótano de su casa antes de embarcar. Le recordaba pálido, demacrado pero sonriente, esperanzado por él. Lovino chasqueó la lengua y se acurrucó de lado bajo las sábanas. Era un pésimo hermano mayor. Feliciano debería estar en su lugar, encajaría mejor en ese pueblo lleno de alegres y sonrientes europeos desarraigados.
Lovino era demasiado cascarrabias para ellos, demasiado seco, demasiado inútil. Poco valía que los demás le dijeran que no era cierto, él lo sabía. Ni siquiera los argumentos de Lola eran capaces de destruir esa concepción que tenía de si mismo, ella lo veía a través del velo de la ignorancia. Con apenas un día de conocerse, ella ya decía que era un encanto y un amor de chico. Pero Lovino estaba seguro de que cambiaría de idea en cuanto lo conociese un poco más. Y tenía miedo de eso. Lola era muy simpática, algo pesada quizá, pero simpática, hermosa y dulce. Le gustaba. Tenerla cerca y que ella no quisiese alejarse era un maldito privilegio. Sin embargo, por más que Lovino tratara de autoconvencerse, sabía que Lola no se fijaría en él del mismo modo. Ninguna mujer lo había hecho antes, así que no albergaba esperanzas con hombres recios y musculosos como Jan cerca. Sabía que ese tipo de hombre era el preferido de muchas mujeres y él era todo lo contrario a ese estereotipo.
Recordó entonces la caja de música. Podría comprarla en secreto y dársela más adelante, seguro que a ella le hacía ilusión. Podría guardarla hasta su cumpleaños, fuese cuando fuese, o dársela en la próxima Navidad o en Pascua. Así vería sus ojos llenarse de luz, le miraría con una sonrisa y le abrazaría diciendo lo atento y adorable que era Lovi, estaba seguro. Y él podría darse por satisfecho con eso.
Se durmió con eso en la cabeza. Sería su amigo, sin aspirar a nada más. Así no le harían daño de nuevo.
Ale, y aquí están los personajes "principales" -en realidad todos son importantes, no sólo Lovino y su querida (?)- presentados y servidos en bandejas. Opiniones, tomatazos y naranjazos son bienvenidos.
He Nyotalia Love : Muchas gracias ^^ la verdad es que una ya tiene al fandom un poco encasillado y teme que las cosas que escriba no sean bien acogidas, sobre todo por ser más pesadod e leer o por tener ingentes cantidades de nyo. Yo adoro el yaoi también pero no por ello todo tiene que ser yaoi, no tiene sentido XD en este mundo no todo es homosexualidad y ahí radica la coherencia. Gracias otra vez, espero que la historia vaya gustandote cada vez más ^^
Un saludo~
Chibi-K-VII: Como ya te dije por msn, el drama hay que gestarlo, no puedes esperar que haya drama nada más empezar porque no tiene sentido XD esto es como una película, hay que exponer las cosas y luego ya vendrá el conflicto. Sobre el locutor, era un detalle sin importancia, para dar muestras de que allí vivía alguien también XD. Bueno, espero que te gustara el nuevo –guiña ojito-
Un saludo~
Suzume Mizuno: Yo también odio leer Antonia por ahí, que las nyos no tiene por qué llamarse igual que los hobmres pero en femenino, además Antonia es un nombre que no me gusta demasiado así que jamás se lo pondría. El nombre que le he puesto es bastante común de aquella época y además es bonito ;D. El bloqueo espero se me pase, ya de por si esto me ha costado escribirlo, imagínate las otras… pero no pasa nada, eso no significa que las vaya a dejar inconclusas, no soy badficker. Sobre el fic… pues, largo como de cien capítulos no lo creo, pero sí tengo que tocar varios temas y quizá se alargue, no te sabría decir con exactitud. Es en torno a la pareja y las vidas de los demás personajes, a lo Ken Follet o La Colmena, espero te guste cada vez más ;D.
Un saludo~
Paula Elric: Alfred correteando por ahí, como no, y su hermana también XD, habría metido al chibi pero sería demasiado caótico, el chibi prefiero dejarlo para otra… cosa.
Gracias ^^
Un saludo~
Atsun: Me preocupaba y me sigo preocupando XD creo que voy a contratar un ejército de betas y sigmas par que revisen cada aspecto del fic porque me da un soberano miedo hacerlo mal. Escribir a Lovino me da dolor de cabeza, para que negarlo, pero me gusta, quisiera tenerlo de vecino XD.
Nada, mujé, espero que te guste todo lo que vaya escribiendo, siempre es un honor que tu autora favorita de espamanos te diga estas cosas /
-Hughardo-
