Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, es propiedad de Hidekaz Himaruya.

Advertencias: Uso de OC y nombres humanos:

*Jan van Santen - Holanda

*Emily Jones - Nyo Estados Unidos

*Lola Fernández Carriedo - Nyo España

*Dennis Andersen - Dinamarca

*Scott ? - Escocia

Notas: A partir de ahora los capítulos se desarrollarán desde el punto de vista de un personaje diferente, o dos. El anterior fue de Lovino, que se me olvidó ponerlo, lo siento. Por lo demás, disfruten de la lectura.


Jan

Solía despertarse siempre el primero. No de la casa pero sí del piso. Tanto Dennis como Lovino acostumbraban a dormir más que él aun cuando estos últimos se acostaban más pronto. No le importaba. Salvo excepciones como la mañana siguiente a la llegada del italiano, Jan tenía el cuarto de baño para él solo, el pasillo para él solo y el silencio que tanto saboreaba por la mañana.

Cuando bajaba las escaleras, la señora Jones ya estaba en la cocina, preparando el desayuno. Emily no tardaría en bajar y Alfred seguramente ya estaría correteando calle arriba hacia el ayuntamiento, con una tostada en la boca. En cuanto a Lola, posiblemente estuviese despierta, remoloneando en la cama, una costumbre que Jan consideraba tonta y sinsentido. No le gustaba perder el tiempo.

No participaba demasiado en las conversaciones matinales, prefería escuchar. Emily, Dennis y Lola siempre sacaban algún tema primero. Lovino se quedaba callado al principio, comiendo todo lo que podía y desoyendo a los demás a no ser que Lola le llamase la atención.

Jan no presumía de ser un gran observador pero había que estar ciego (como Lola), ser completamente estúpido (como Emily) o corto de luces (como Dennis) para no darse cuenta de que a Lovino le gustaba Lola. Accedía siempre a acompañarla a todos lados salvo que tuviese trabajo. Reía sus chistes malos, balbuceaba con frecuencia si ella le sonreía y era a la única persona a la que le dejaba llamarle "Lovi". A nadie más.

Sin embargo, por alguna razón que Jan desconocía, Lovino no pasaba de eso. No es que le disgustase eso realmente. Lola era demasiado buena, amable, honesta y dulce, una chica así no se merecía estar con un hombre tan cascarrabias, maleducado y cretino como lo era Lovino. Además, era italiano y los italianos no eran de fiar. Te cortejaban, decían lo maravilloso que eras y luego te dejaban tirado cuando encontraban a alguien más apetecible. Jan no lo había comprobado por experiencia propia pero lo había visto en películas y leído en libros. Puede que fuese un tópico pero los tópicos salían de alguna parte, ¿no? En las escasas semanas en las que había tenido el "placer" de tratar a Lovino, había llegado a la conclusión de que no era bueno para Lola.

Jan podía parecer un empresario modesto cualquiera, huraño y avaricioso pero tenía extendida una red de confidentes por todo el pueblo y cada hora alguien entraba a su tienda simulando una compra, una venta o una petición de préstamo para en realidad informarle de cualquier cosa que hubiese sucedido. Aquello no lo había tejido de la nada, todo se debía a favores personales que había ido acumulando, deudas pendientes y precios rebajados. Cualquiera estaría dispuesto a ofrecerle los chismes del vecino a cambio de una rebaja o la obtención de artículos de contrabando. Por eso Jan, aun sin salir en todo el día del local, lo sabía todo sobre todos.


Jan fue el primero en salir después del desayuno. Se cumplía un mes desde la llegada de Lovino y aunque este tenía un empleo que le reportaba cuantiosos beneficios, tampoco lo explotaba como a Jan le gustaría si estuviese en su lugar. No es que Lovino tuviera que salir corriendo hacia cualquier parte en donde hubiese un problema con las cañerías, si no le necesitaban no tenía prisa para nada. Es sólo que prefería verlo cansado de trabajar.

Caminó a buen paso hasta su comercio, echó a un lado la reja del escaparate y colocó el sobrio cartel de "Abierto". El local no era muy grande, contaba con cuatro paredes cubiertas de estanterías, una columna central y una trastienda tras el mostrador del fondo. Una vez dentro, invariablemente colgaba el abrigo en el perchero y encendía la radio que tenía allí. Ordenaba cosas, recolocaba precios, hacía inventarios, encargaba material nuevo…

Hasta que llegaban

El primero siempre era Alfred. De una u otra forma, el muchacho aparecía sobre la hora del almuerzo con un periódico, una bolsa de papel llena de hamburguesas caseras y una sonrisa idiota. Comían juntos mientras Alfred le contaba lo que había pasado ese día en el ayuntamiento, fuese lo que fuese. Jan escuchaba interesado a la par que mordisqueaba la hamburguesa pertinente. No le entusiasmaba ese tipo de comida en particular pero a caballo regalado no le miraba el diente y prefería comer eso a nada.

Aquel día, como tantos otros, Alfred entró por la puerta, dejó el periódico para Jan en el mostrador, se cobró diez centavos y le extendió una hamburguesa. El holandés, igual que todos los días, la cogió con toda la calma del mundo e invitó al muchacho a sentarse en los peldaños de la escalerilla de mano apoyada en la pared de enfrente.

— El alcalde está recibiendo muchas quejas sobre no sé qué historias del robo de unas flores, ¿tú sabes algo?

Jan se mostró indiferente y quizá algo irritado.

— No, ¿para qué querría alguien robar flores? ¿No te lo estarás inventando? — de todo lo que la gente le contaba, el noventa y siete por ciento eran soberanas paparruchas. Y Alfred abarcaba el ochenta y ocho de ese porcentaje.

—¡Claro que no! Yo no invento nada. — protestó el muchacho, mordiendo media hamburguesa del tirón, masticando furiosamente.

—No, claro… entonces asumo que es un extraterrestre el que comete los robos, ¿no? O el que se come las flores.

—¡E-Eso no es…! ¡Cállate…! — el chico bufó molesto. Alfred se sonrojaba de la vergüenza cada vez que le recordaban su gracioso incidente con los seres venidos de otro planeta.

A Alfred le fascinaba todo lo que tuviera que ver con el espacio, el cielo y las estrellas. Le había comprado al holandés un telescopio viejo a mitad de precio y desde entonces le había dado un uso intenso. Jan sabía que muchas noches Alfred no dormía para poder observar las estrellas y la luna. Y una de esas noches afirmó haber visto un aterrizaje alienígena en la loma junto al cementerio del pueblo. Cuando se divulgó la noticia, todo el mundo le tomaba el pelo con ese tema en particular.

— Veré que saco en claro, pero no te prometo nada. — Jan siempre terminaba por acceder a las peticiones absurdas de Alfred siempre y cuando fueran inofensivas.

—¡Bien! ¡Hasta la noche, confío en ti! — Alfred sonrió, le dio otra hamburguesa y se marchó correteando para continuar con sus quehaceres, como seguir repartiendo la prensa, el correo o lo que le mandasen hacer. Jan lo observó por el escaparate hasta que se perdió por la esquina de la callejuela.

Suspiró. Si no fuera porque a veces Alfred era útil, no soportaría sus visitas. O bueno, el joven no era tan molesto pero hablaba muy alto y muy deprisa y le sacaba de quicio. Miró la hamburguesa de más, chasqueó la lengua y suspiró de nuevo, tomándola en la mano, desenvolviéndola. Le dio un mordisco y abrió el periódico. Las hamburguesas grasientas eran mejor que nada, siempre se repetía eso.

En ese entonces sonó la campanilla de la puerta y él alzó la cabeza. Se le dibujó una tenue sonrisa ladina.


No existía nada más tedioso que arreglarle el filtro a un grifo atascado. Salvo quizá desatascar el váter del viejo gordo de la calle Overwood, aunque eso más que aburrido era asqueroso.

Desde que Alfred le hiciera propaganda gratis, se había corrido la voz sobre las "habilidades" de Lovino. No pagaban tanto como en la metrópoli pero era lo suficiente como para acumular dinero para el alquiler del siguiente mes y además tener una reserva para sus propios gastos personales. Ya había pagado la cuota de abril y no podía estar más que satisfecho con el pequeño tesoro acumulado. Tenía más que de sobra para la dichosa caja de música.

Lovino no se podía quejar, realmente trabajaba muy poco en comparación con los demás residentes del Dos Estrellas. Lola se pasaba el día cosiendo, tejiendo o de aquí para allá. Dennis por poco vivía en el puerto del pueblo. Alfred se iba de noche y volvía de noche. Jan casi lo mismo y Emily ayudaba en todo a su madre. Si él tenía suerte, podía tener cinco llamadas al día. Otras veces nadie necesitaba de él así que se contentaba con dar una vuelta o acompañar a las mujeres de la casa en sus recados, como buen caballero que era. Sin embargo, ese día lo había reservado para una compra que llevaba tiempo queriendo hacer. Aprovechando que Lola y Emily se habían ido al mercado y que no tenía trabajo pendiente, Lovino se metió cuarenta dólares en el bolsillo y salió pitando para la tienda de Jan. Detestaba hacer negocios con él pero ya estaba en deuda personal por proporcionarle las primeras facilidades al venderle las oxidadas herramientas que poseía. No moriría por comprarle una cosa más.

La campanilla de la puerta tintineó al traspasar el umbral pero por lo que pudo ver, allí no había nadie. Se extrañó un poco porque en la puerta no había ningún aviso. Lovino dio una vuelta por el local aunque dudaba de que Jan anduviese escondido detrás de la columna. No, no estaba. Y eso era extraño. ¿Dónde se habría metido?

Chasqueó la lengua y bufó de puro descontento. ¿Y ahora qué? No podía irse con las manos vacías y desaprovechar la oportunidad que tenía de llevar el objeto a salvo hasta su habitación. Decidió quedarse allí hasta que el holandés volviera y zanjar ese asunto. Además, así tendría la oportunidad de burlarse por su mala gestión.

—Cazzo… — masculló malhumorado mientras ojeaba los objetos dispersos por ahí.

No tardó en localizar lo que quería. La caja de música reposaba en una de las estanterías centrales en la pared derecha, bastante a la vista. Lovino la tomó entre los dedos, con cuidado de que no se le resbalara. No pesaba mucho, la madera estaba algo astillada por los bordes pero el barniz todavía se conservaba en la gran mayoría de la superficie. Se acercó al mostrador, dejando la caja encima, abriéndola después. Una dulce melodía rusa comenzó a sonar mientras una figurita nacarada, una bailarina de ballet, daba vueltas sobre un espejito.

Fue entonces cuando oyó ruido.

Cerró la caja de golpe, cortando a medias la música, tenso. Se quedó quieto como un cervatillo asustado, intentando averiguar de dónde provenía el ruido. Sonaba parecido a un murmullo, madera arrastrándose. También oyó suspiros. Lovino tragó saliva. Detrás del mostrador estaba la cortina que separaba la trastienda del resto del local y, al parecer, era de allí de dónde salían esos misteriosos sonidos.

Pero no veía nada.

—¿Hola? — aventuró a preguntar, en voz mucho más alta.

De inmediato, el ruido se detuvo, reanudándose instantes después como un suave fru-fru. Parecía ropa deslizándose sobre la piel. Lovino frunció el ceño, intrigado. En ese momento la cortina se apartó y un tipo salió rápidamente, con el rostro ensombrecido por el sonrojo. Iba colocándose la ropa todavía, anudándose la corbata y peinándose con los dedos. Lovino se apartó de su camino con afortunado acierto. No lo conocía.

Desconcertado, volteó a mirar de nuevo hacia la cortina, viendo aparecer por el umbral del hueco a Jan. Lovino entreabrió los labios, ligeramente estupefacto y aturdido. Jan estaba despeinado, con la camisa media abierta y un mordisco rojo y reciente en el cuello. Daría igual que intentase justificarse, Lovino no podía interpretar ninguna otra cosa que no fuese…

—¡T-Tú…! —tartamudeó Lovino, tomando aire y separándose un poco del mostrador. — ¡Maldita sea, estás enfermo!

Jan soltó un resoplido de descontento. No había entrado en sus planes que alguien apareciese por allí al menos en una media hora. Lovino era aun un "animal" misterioso para él y jamás lograba deducir su horario por completo. Ahí estaba la razón de que le hubiese pillado. No le gustaba nada que alguien le pudiera chantajear con algo como eso, menos el italiano. Aunque lo que menos le gustaba es que, al parecer, encima tuviera tantos prejuicios como los viejos chochos ultraconservadores del pueblo. Jan arrugó la frente y se abotonó la camisa, con toda la tranquilidad del mundo, pasándose los dedos por el pelo después.

—Como se te ocurra decírselo a alguien te mato. — amenazó con voz grave, totalmente en serio.

Lovino se estremeció imaginado a Jan derribando su puerta de una patada durante la noche, martillo en mano, pero por una vez en su vida tomó algo de valor sacado de Dios sabía dónde (quizá de Dios mismo) y le plantó cara.

—No me das miedo, tú… —conformó una mueca de asco. — ... tú, te vas a enterar…

Soltó una risotada. Pero se le cortó de golpe al sentir la manaza de Jan aferrándole el hombro, arrastrándole hasta la penumbra de la trastienda. Lovino intentó desasirse aunque fue inútil. Jan lo arrojó adentro bruscamente, haciendo que Lovino se golpeara contra la pared del cubículo. La trastienda era más pequeña que la tienda en sí y estaba repleta de cajas llenas de polvo, rollos de tela, bicicletas, jaulas, de todo…

— Así que… — de nuevo el vozarrón de Jan retumbó y Lovino sintió que podía morir ahí mismo del miedo. La valentía se le había esfumado de golpe al verse en una muy clara desventaja, con la espalda en la pared y un homosexual del tamaño de un armario empotrado enfrente, tapando la única salida además de un ventanuco minúsculo situado a dos metros sobre su cabeza. — ¿te crees que porque sabes sobre mis gustos sexuales vas a poder manipularme como te plazca?

Lovino temblaba, no contestó de inmediato y cuando lo hizo, fue un débil chorro de voz.

— C-Cuando la gente se entere…

— La gente aquí es más tolerante de lo que piensas, y más que tú, eso te lo puedo asegurar. — pero era un farol, tanto Jan como Lovino sabían lo quisquillosos que eran los protestantes con el tema de la homosexualidad. Si la gente del pueblo se enteraba, podrían hacer campaña para desalojar a Jan y eso él no iba a permitirlo.

Justo entonces sonó la campanita y esta vez, Jan sonrió, suavemente y despacio, como si supiese que tenía la partida ganada. Esa visita sí la estaba esperando y con ella, Lovino no podría hacer nada.

—Jan~ ¡ya estoy aquí!

Lovino se puso de color blanco al reconocer la voz. Si le pillaban con el holandés en esas circunstancias, sería tachado de gay y no podría quitarse esa etiqueta de encima mientras viviese allí. Tendría que largarse, buscarse de nuevo la vida y rezar para que el rumor no se esparciera demasiado. Pero aun así todo eso no le importaba. Que la persona que acababa de entrar creyese que era gay, sí. Como un rayo, se escondió detrás de una torre de cajas de cartón arrugado, rezando para que aquella persona no entrase a la trastienda. Oyó el bufido de Jan seguido de una parca risita burlona.

—Sé que estás ahí dentro, he visto salir a Billy~

Era Lola.

Ella era la única persona, aparte de la hermana del holandés, que sabía que a Jan le gustaban los hombres. Y no era algo que le importase realmente, o eso parecía.

De reojo, Jan miró a Lovino, mal escondido entre su mercancía y casi temblando del miedo y la incertidumbre. Podía ver la ansiedad en él, en sus ojos. Y también súplica, un deseo mudo de que se apiadase de su situación. En el fondo, Jan sintió lástima, le hacía recordar a un antiguo yo pasado.

—Ya salgo, no grites.

Jan atravesó el umbral apartando la cortina sin decirle nada a Lovino, aunque no hizo falta. El italiano no pensaba moverse de ahí, preferiría jugar a las cartas con un alemán que salir a la vista de la única chica que parecía interesada en él de forma benévola. Desde su escondite oía las voces de ambos. Fuera, Jan ya se había colocado detrás del mostrador.

— ¡Oh! ¿Te he interrumpido…? — preguntó la muchacha.

— ¿Por qué dices eso? — Jan alzó una ceja.

Lola se señaló su propio cuello y soltó una risita pero sonriendo de manera dulce y franca. Jan se tocó el cuello como acto reflejo, al principio sin entender la pregunta real. Luego cayó en la cuenta. Frunció un poco el ceño y chasqueó la lengua. William le había mordido durante el escarceo y posiblemente la dichosa marca roja no se le iría hasta el día siguiente. Tendría que tejer alguna mentira para ocultarlo todo. Al ver que el holandés no contestaba y que ponía una cara muy parecida a la vergüenza, Lola se echó a reír y le dio una palmadita en el brazo.

—No te asustes, no se lo diré a nadie, sea quien sea.

—Más te vale…

—Está escondido ahí, ¿verdad? — Pero era más una afirmación que otra cosa. Jan ni se molestó en responder, más que nada porque prefería callarse a mentir.

A la chica le brillaron los ojos, Jan no supo si de curiosidad o envidia. Lola y él habían mantenido una relación tiempo atrás, antes incluso de llegar a Winterfield. Nadie en Dos Estrellas sabía por qué se habían separado y ninguno de los dos hablaba jamás de ello, ya que el principal problema era, precisadamente, la orientación sexual de Jan.

Aunque para el holandés aquello se había acabado, tenía la certeza de que Lola muchas veces se olvidaba de eso y continuaba comportándose como si tuviera derechos sobre él.

—¿No me dirás quién es?

—No.

—¿Ni siquiera una pista?

—No.

—Que soso eres, Jan. — Lola arrugó la nariz pero enseguida volvió a esbozar una sonrisa, fijándose entonces en la caja de música sobre el mostrador. — Oh, ¿se la ibas a vender? — una pequeña mota de decepción se abrió paso junto con su tono de voz.

Jan pensó por un momento. Lola quería la caja, Lovino comprarla y lo más probable es que se la quisiera regalar después. No hacía falta ser un lince para atar cabos. Durante unos segundos, el holandés quiso responder que no, que se lo podía llevar si quería. Pero no lo hizo, no supo por qué.

—La estaba arreglando, voy a barnizarla otra vez, aunque… sí, está reservada.

Apartó la caja a un lado. Lola murmuró algo ininteligible, sonando como desilusionada, y se encogió de hombros. Luego abrió su bolso y sacó un monedero. Desde su escondite, Lovino oyó el tintineo de las monedas al caer sobre el mostrador y se preguntó que estarían haciendo. El chico conocía poco sobre los tratos que mantenía Jan con todo el mundo y no le gustaba tampoco que Lola le debiese algo.

Se había calmado un poco para entonces pero no dejaba de pensar en el peligro. Mientras estuviese quieto y callado, estaría seguro. El italiano no supo en ningún momento que tipo de transacción llevaron a cabo pero en cuanto oyó la campanita y la voz de Jan diciéndole que ya podía salir, suspiró de puro alivio.

No dijo nada al traspasar la cortina, tan sólo se limitó a sacudirse el polvo de la ropa, sin mirar al holandés. Jan tampoco habló, encendió un cigarro y fumó en silencio. Hasta que Lovino se decidió a abrir la boca.

— ¿Por qué?

Habría sido muy fácil sencillamente decirle a Lola que el que estaba allí con él era Lovino. Sin embargo, Jan jamás se olvidaba de lo animada que estaba ella siempre con Lovino andando cerca, ni de lo contenta que sonreía cuando Lovino salía en la conversación o le dirigía la palabra. No la había visto tan radiante desde que la dejara y de alguna u otra forma, quería que Lola fuese feliz. Si Lovino lograba hacer eso con su presencia, no podía ser tan malo después de todo. Era lo que había estado pensando en esos escasos minutos. Sólo que no le dijo nada al muchacho.

—Porque así, si se te ocurre decirle algo a alguien… puedo señalar tranquilamente que eras tú el que estaba conmigo. — expulsó un poco de humo, mirándolo de reojo. — No le mentirías a Lola, ¿verdad?... — esbozó una tenue sonrisa, levantándose de la silla. —Estaré callado si tú lo estas, ¿trato?

Le extendió la mano. Lovino lo miró con desconfianza. Nunca habría querido verse en esas condiciones pero no quería que nadie pensase que era… que era…

— Me importa un pimiento, nadie se va a creer lo que digas, no hemos hecho nada, ¡no ha pasado nada!

Pero al ver que Jan alzaba las cejas, deseó haberse callado. Rápido como una serpiente, el holandés le atrapó la muñeca y tiró hacia él, besándole a la fuerza. Lovino intentó empujarle pero no pudo, Jan era muy grande, más fuerte y le estaba mordiendo. Por un instante la boca le supo a tabaco y sintió ganas de vomitar. Cuando se separó de él, Jan sonrió con malicia y con una pizca de diversión. Lovino tosió y se pasó la manga de la camisa por la boca, quería escupir, beber y enjuagarse con algo, con alcohol si era preciso.

— Ugh… o-ojalá te pudras en el Infierno… maldita sea. — maldijo Lovino lanzándole una mirada furibunda y, de nuevo, asqueada.

Jan no se inmutó, volvió a sentarse tras el mostrador, retomando su cigarro. Pero la maniobra había surtido efecto. Había sucedido algo. Por más que Lovino intentase explicarse sería inútil, la gente creía lo que quería creer, oyesen una cosa u otra. Con ese beso del demonio, el holandés se había asegurado de sellar a Lovino, manteniéndolo callado.

— Ten cuidado al salir.

Lovino bufó con ira, hastiado de todo.

— ¡Vete a la mierda!

Y se marchó dando un portazo tan fuerte que hasta las paredes crujieron. Jan se quedó mirando la puerta mientras el polvo flotaba bajo los haces de luz amarilla que se colaban a través de las cortinas metálicas. Notó que Lovino había olvidado la caja de música con sus prisas. Suspiró, dejando de nuevo el cigarrillo en el cenicero.

¿Realmente valía la pena dejarlo correr y que pasase lo que tuviera que pasar?

Todavía recordaba el día en que Lola le besó por primera vez. Ninguna mujer lo había hecho antes, de tan al fondo del armario que estaba él metido. Pero ella había logrado arrastrarlo hacia el umbral, sólo un poco, lo suficiente como para confundir lo que realmente quería. Se había dejado llevar por la idea de, al menos, tener una vida normal a la de todo el mundo.

Aunque también recordaba el día en que le dijo a Lola que no podía seguir con ella de ninguna manera. Estaba lloviendo, serpenteaban los rayos y tronaba amenazadoramente, hacía viento y frío y el mar estaba tan picado que se temían que las mareas vivas llegasen hasta el pueblo y las vías del tren. Gracias a ese clima tan catastrófico se había dado cuenta de que no estaba bien alimentar las ilusiones de una mujer que anhelaba con todas sus fuerzas encontrar a su hombre ideal, casarse y tener hijos que correteasen por el jardín persiguiendo a algún cachorro de mastín. Él no podía ser ese hombre. Jamás podría serlo si lo único que terminaba por hacer era quedarse mirando por la ventana, hacia la costa…


La costa brillaba allí a lo lejos, a través de los cascos de los barcos y los mástiles, bajo un sol resplandeciente. Con cielo azul, el agua en calma y la brisa suave, la mañana portuguesa parecía prometer un destino esplendoroso a quien se hiciese a la mar ese día. Jan quería pensar eso. Necesitaba que ese destino tan nefasto que le andaba persiguiendo desde su casa se acabase, y que mejor manera de acabar con él que haciéndoselo tragar al océano.

Recordaría por siempre esa imagen de Lisboa bajo la luz del verano de 1937, tan límpida y tranquila, lejos de las tensiones que estrangulaban a media Europa. Jan no era adivino, pero sería capaz de apostar su mano derecha en favor de la opinión de muchos sobre el inminente estallido de otra guerra en Europa. Y los que eran como él no tenían posibilidades de vivir tranquilos durante una. Su país no era partidario de participar en ese tipo de conflictos pero nunca se sabía, y de igual forma su situación en casa se había vuelto insostenible. No le había quedado otra que emigrar hacia América. O al menos intentarlo.

Y allí estaba, mochila al hombro, pasaje en mano, esperando en la cola para subir al barco que le llevaría hacia el otro lado del charco, hacia la fortuna. Al menos una fortuna mejor que la que le podía ofrecer Holanda en esos momentos. La crisis aun palpitaba en los corazones de las naciones y por todas partes el reflejo de la pobreza aparecía detrás de cada esquina. Portugal no era excepción pero Jan esperaba olvidarse de esas imágenes en Estados Unidos. Allí la Gran Depresión ya se habría diluido un poco más que en Europa, asumía. Además, su hermana pequeña estaba en Boston, no tendría problemas.

Sintió una extraña sensación en el pecho cuando el barco zarpó y empezó a alejarse del puerto. Miró a la muchedumbre de la dársena aunque no tuviese a nadie a quién despedir. A su lado, hombres y mujeres agitaban los brazos, muchos niños lloraban. Él permaneció en silencio, incluso cuando Lisboa sólo era un punto difuso en el horizonte.

La vida en el barco no le fue demasiado difícil, se había podido pagar un sitio de segunda clase y al menos no estaba hacinado en un camarote con otros seis tipos roncando. La comida era bastante decente y el vaivén apenas lo sentía, no se mareaba con facilidad. Y también estaba el aire, el sol.

Y ella. Allí, en esas cubiertas, en esos pasillos, bajo las estrellas del Atlántico. Allí fue donde la conoció, donde la vio por primera vez. Fue de casualidad y de no ser porque estaba tan aburrido que había decidido recorrerse el barco entero, jamás la habría visto.

Una mañana, recalando en la cubierta de la tercera clase, vio a una mujer apoyada en la borda, mirando hacia abajo. Morena, pelo castaño, piel tostada. Iba vestida con ropa ancha, de hombre. Al fijarse más, vio que la chica estaba llorando. No supo entonces, ni después incluso, por qué decidió acercarse a ella para tenderle un pitillo. La muchacha se sobresaltó al, de repente, percatarse de que un hombre desconocido, y enorme además, estaba a su lado ofreciéndole tabaco. Jan pudo ver entonces que la chica tenía los ojos verdes, aunque enrojecidos e hinchados. ¿Por qué estaría llorando?

—L-Lo siento, n-no fumo… l-lo siento. — el inglés de aquella joven tenía un acento castellano muy marcado, se notaba en las erres.

Jan se encogió de hombros y encendió el cigarro con una de sus cerillas. Se quedó apoyado en la borda, a su lado, mientras fumaba, silencioso. Por el rabillo del ojo vio a la mujercita, que también le miraba algo recelosa y… curiosa. Ya no lloraba, era lo único positivo.

— Hm… ¿c-cómo te llamas? — la pregunta sonó con un hilo de voz, algo estrangulada, y quizá algo tímida. Jan exhaló el humo de la boca antes de contestar.

—Jan, Jan Van Santen.

—Oh, eso suena a alemán, ¿eres alemán?

—Holandés.

—¿De verdad? Nunca había conocido a nadie de allí, ¿cómo es Holanda? — la chica parecía interesada de pronto, tanto que Jan tuvo reparos en no contestar a su pregunta. Él era el que se había acercado en primera instancia, sería de malos modales no hacerlo.

Explicarle por encima como era su país natal le llevó toda la mañana. Al terminar era hora de comer y Jan tenía que subir a su cubierta por lo que le comunicó a la muchacha que tenía que irse. Ella se mostró triste de nuevo al saber que él se tenía que marchar pero le dedicó una sonrisa de despedida. Jan asintió quedamente.

—No me has dicho tu nombre. — dijo antes de ponerse.

— ¡Oh, cierto! — se mostró alarmada por su descuido. — Soy Lola, Lola Fernández Carriedo.

Sí que era española, un nombre así no podía ser de ningún otro sitio. Pero le gustaba, sonaba fuerte, con carácter. Jan murmuró un adiós y volvió por dónde había venido.

—¿Te veré mañana? — esa pregunta la oyó cuando él ya subía las escaleras. Lola le había seguido. Jan meditó durante un segundo, un solo segundo.

—Quizá. — subió varios peldaños.

—Sí vienes… estaré por aquí, ¿vale? Lo prometo.

Al mirar por encima de su hombro, la vio allí, al pie de la escalera con la promesa en los ojos. Por un instante quiso bajar lo que ya había subido y quedarse, pero no lo hizo. Era raro. Dos extraños en un barco, cuyas vidas estaban seguramente truncadas por el destino. Y sin ton ni son se prometían volver a tratar de encontrarse. Jan jamás supo, al igual que todo lo demás, por qué decidió volver a verla. Nunca le habían gustado las mujeres, nunca. Y de hecho esa chica no le atraía en ese sentido. Pero tenía algo que le hacía querer estar cerca de ella, protegerla. Quizás se debiera a que la había visto llorando. O tal vez no. Lo cierto era que… al día siguiente volvió a bajar a la cubierta de tercera clase, y al siguiente y al pasado, y al otro.

A raíz de aquel pequeño encuentro, entablaron una amistad desinteresada, al principio superficial y más tarde, mucho más profunda. A mitad del viaje se sentían como si hubiesen sido amigos desde pequeños. Pasaban los días juntos, charlando, paseando por el barco, ocasionalmente intentándose colar en los salones de juego de la primera clase. Algunas veces comían en el camarote de uno de los dos, otras quedaban para cenar. Y sobre todo, miraban las puestas de sol, en silencio.

Fue durante una de esas tardes, que Jan se decidió a indagar por aquello por lo que desde el principio se había esta preguntando.

—¿Por qué llorabas aquél día, Lola?

A esas alturas confiaban lo suficiente el uno en el otro para hacerse ese tipo de preguntas, y aquella era una espinita constante. Lola suspiró y se quedó callada durante un momento, hasta que, mirando hacia arriba, hacia las nubes teñidas de rosa, contestó, quizá con algo de reticencia.

— Bueno… ya sabes, estaba sola, nunca antes había montado en barco, estoy dejando atrás mi país… ese tipo de cosas. Tengo miedo, no sé que voy a hacer.

Pero por alguna razón, Jan sabía que le estaba ocultando la verdadera razón. Tenía esa certeza. Lola siempre sonreía y era una chica muy animada pero muchas veces en las que creía que no la miraban, se le resquebrajaba esa máscara y flotaba la tristeza colérica. Jan no quería presionarla, él mismo no le había dicho muchas cosas sobre su huida y no sería justo reclamar sobre eso.

—Todos tenemos miedo alguna vez. — fue lo único que comentó él.

—¿Tú también?

—Pues claro que yo también…

—No me lo creo. — Lola se apoyó mejor en la borda mirando las ondulaciones que dejaba el paso del barco en el agua. — No pareces asustado nunca.

—Que no veas algo no significa que no esté ahí, ¿sabes? — Jan giró una de sus cerillas entre los dedos y la encendió al rascarla contra el reborde áspero de su bota. Prendió un cigarro. — Mi hermana está en Boston pero no me gusta depender de la caridad de nadie… tengo miedo de no poder valerme por mi mismo.

Un momento de silencio precedió a la voz de la chica.

— Entiendo…

Se alzó el silencio entre ellos de nuevo, mientras Jan fumaba y Lola parecía no atreverse a continuar la conversación. No demasiado.

—Entonces, te quedarás en Boston cuando lleguemos… — no era una pregunta real. Jan notó el desánimo en el tono de voz.

—Sí, así es.

Después de eso no volvieron a tocar el tema, ni durante lo que quedaba de día ni en los siguientes. Jan sospechaba la razón. Sencillamente Lola no quería quedarse sola otra vez y le apenaba la idea de separarse del único amigo que había logrado hacer en el barco, más teniendo en cuenta que ella no tenía ni idea de qué hacer cuando desembarcaran. Y eso le llevaba a preguntarse de nuevo por la verdadera razón por la cual Lola se había marchado de España. Ella simplemente le había dicho que fue por culpa de la guerra civil que estaba arrasando el país pero Jan sabía que los exiliados solían ser más bien políticos, pensadores o burgueses republicanos que huían de la zona franquista. Ella, por lo que sabía, provenía de un humilde pueblo cercano a la capital y se suponía que los campesinos civiles no tenían que preocuparse de nada salvo de no meterse en medio del fuego.

Jan sabía que había otra razón mucho más poderosa para que Lola hubiese tenido que dejar todo lo que conocía atrás. Sólo que ella no quería contársela.


Boston estaba coloreado de gris, bajo un cielo plomizo, desteñido y mortecino. La aduana, como en todas las ciudades de la costa este, estaba en el mismo puerto así que nada más desembarcar, pasaron por ella. No tuvieron muchos problemas ni tardaron demasiado tiempo en tener los permisos de residencia adecuados. Pero una vez en la calle, las cosas se complicaron.

—Bueno, creo que hasta aquí hemos llegado. — Lola esbozó una sonrisa, aunque resultó ser más una mueca triste.

Se colocó al lado de Jan, una vez salieron a la calle. El día amenazaba lluvia, con suerte podría encontrar un hostal dónde quedarse una vez se despidiese del holandés. Aunque sí tenía que elegir, prefería no hacerlo. De reojo, observó a Jan mientras este terminaba de leer un papel en dónde presumiblemente estaría apuntada la dirección de su hermana menor.

—Eso parece. — fue lo único que él dijo, después de un tiempo, ladeándose hacia ella. La mochila le colgaba de un hombro, inerte. Casi parecía que Jan tampoco quisiese decir adiós.

Por un momento, los dos se miraron en silencio, aunque Lola enseguida desvió los ojos hacia el suelo. A su alrededor resonaba el latido del mar, el puerto y la calle.

—Hasta pronto, Jan, espero… — Lola tragó saliva. —… espero que volvamos a vernos algún día, ¿eh? — y sonrió cálidamente antes de girar los talones y poner rumbo hacia el interior de la ciudad.

Jan no sabía por qué no lograba despedirse, la vuelta y marcharse. O sí lo sabía. No quería dejarla sola, a merced de cualquiera. Ella no tenía ningún plan, había huido a las bravas de su casa y no tenía idea de cómo valerse por si misma. No, no podía dejarla ir. Se quedó mirando como la silueta de Lola iba alejándose cada vez más calle arriba, entre otras personas.

Entreabrió los labios. Suspiró, chasqueó la lengua. Y echó a andar a zancadas tras ella.


La caja de música continuaba en silencio a su lado, mientras el pitillo se consumía en el cenicero. Había despachado a varios clientes más, vendido y empeñado algunos artículos. Nadie se fijaba en su distracción y Jan daba gracias por eso.

Cuando se hizo de noche, colocó todo y echó la reja, cerrando el candado que mantenía unida esta con la puerta. Aun entonces continuaba pensando…

Lola se merecía lo que quería, estuviese él o no. Por eso, aquel día fue diferente. Decidió que en el fondo, Lovino debía de tener algo bueno y que no estaría de más vigilarle… para comprobar que daba la talla apropiada.

Jan volvió a mirar hacia la puerta cerrada y suspiró.


La hora de la cena fue un momento incómodo. Jan notaba la irritación de Lovino, de tan palpable que era. También su desprecio y asco. No lo culpaba, se lo había ganado a pulso casi pero no había tenido otra opción. Aún así no se disculparía, no formalmente. Lovino le había ofendido y a cambio obtenido lo que "merecía".

Jan fue uno de los primeros en levantarse de la mesa, ignorando la conversación sobre los avances alemanes en Europa. No se dio cuenta de que Lovino le seguía con la mirada, vigilante y tenso. Lola se dio cuenta de eso también pero no le dijo nada al muchacho.

Más tarde, cuando Lovino fue a meterse a la cama, se encontró con un paquete encima de esta, envuelto en tela fina y suave. No llevaba nota y eso hizo que se mostrase algo reticente y receloso a la hora de abrirlo. Pero no era tan cobarde como para no atreverse a ver qué era. Ni siquiera pensó en que alguien tendría que haber entrado a su habitación sin permiso para dejar aquello. Desenvolvió el paquete con nula rapidez.

Al tener el objeto en las manos, los ojos se le abrieron bastante de la sorpresa para luego entrecerrarse con suspicacia. No podía ser. Lovino clavó la vista en la pared junto a la cama, aquella que daba a la habitación de Jan. Como todas las noches, se oía el indescifrable murmullo de la radio encendida. Volvió a mirar aquello en sus manos, sentándose pesadamente en la cama.

Era la caja de música.


El capítulo de Jan acabado. A veces lo siento soso, ¿qué les parece? El siguiente capítulo es de la propia Lola y continua con la fallida historia de amor que tuvieron en el pasado. No se lo pierdan (?). Opiniones, risas, tomatazos y pedradas, todo es bienvenido.

Suzume Mizuno: Dos Estados Unidos, sí, un poco locura. Aunque he de decir que ambos no se comportan igual, son "estereotipos" diferentes, por lo que no será problema. Iba a decir que con el tiempo, por ejemplo, maduran mucho pero en realidad todos los pjs lo hacen en algún momento. Dinamarca es un punto importante, sin él no existirían muchas cosas de la historia que quiero meter. En cuanto a los nombres, bueno, esoso también son muy válidos pero no sé, buscaba uno que tuviera un diminutivo interesante :3

Espero que te haya gustado este último.

Un saludo~