Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, es propiedad de Hidekaz Himaruya.

Advertencias: Uso de OC y nombres humanos:

*Jan van Santen - Holanda

*Emma Van Santen - Bélgica

*Emily Jones - Nyo Estados Unidos

*Lola Fernández Carriedo - Nyo España

*Dennis Andersen - Dinamarca

*Scott ? - Escocia


Lola

El hilo blanco se le estaba acabando. No podría comprar más hasta el lunes porque las tiendas cerraban el domingo. Y aunque abriesen, ella no podría ir de compras, tenía que ir a la iglesia. E ir preparando su visita anual al cementerio.

Ya era sábado por la tarde y aun hacía fresco. Lola estaba terminando de bordar los puños de una blusa para la hija mayor del carnicero, sentada en la mecedora del salón. Sonaba jazz por la radio a un volumen muy bajo. Dennis estaba cerca, acomodado en un butacón de piel verde. Leía el periódico y fumaba cigarrillos. De vez en cuando soltaba una risita por lo bajini, seguramente riéndose de algún artículo de opinión. Emily estaba también en la sala, en una esquina del sofá largo mientras zurcía calcetines. La señora Jones trasteaba en la cocina, fregando y preparando la cena. Pero curiosamente, ninguno tenía ganas de iniciar conversación alguna. Era como si los tres estuvieran sumidos en sus propios pensamientos y aquello no les dejase tratar de hablar con los demás.

Lola miraba por la ventana de vez en cuando, desde ahí tenía una buena perspectiva de la plaza y podía ver si venía alguien. No esperaba a nadie en concreto. Jan no volvería hasta la noche. Lo mismo Alfred. Y Lovino había salido a reparar el desagüe atrancado de Billy Howard, el secretario del alcalde.

Suspiró, sintiéndose sumamente extraña.

Hacía dos días que había visto salir a Billy de la tienda de Jan. Dos días desde que se enteró de que el holandés mantenía una relación secreta con alguien del pueblo. No es que le molestase, no se sentía celosa, ni mucho menos. Pero le resultaba… desagradable saberlo. No le gustaba pensar en que Jan podía estar con otra persona. Al mismo tiempo se regañaba a si misma porque ese modo de pensar no era justo. Jan estaba soltero, podía hacer lo que le diese la gana con quién quisiese, ella no tenía derecho a mostrar desagrado.

Lola detuvo el avance del hilo por un momento, pensativa.

Sabía que aun sentía algo por Jan, un romance como el que habían vivido no se borraba en unos pocos años a pesar de que por parte de él no hubiese significado lo mismo. Todavía le encontraba sumamente atractivo, le hacía reír y le encantaba que él le prestase su atención. Pero no era igual que antes, claro. Ahora les unía un sencillo vínculo de mutuo apoyo y protección, como si fueran más bien amigos muy cercanos o hermanos.

Retomó las puntadas, despacio.

De Jan pasó a pensar en Lovino, el gruñón y a veces tímido italiano que con cuatro palabras conseguía siempre dejarla a ella sin aire en los pulmones. Era algo raro. Lovino le había parecido simpático desde el primer día. Adorable además. Le costaba mucho pensar que el chico estuviese soltero. Era guapo, tenía conocimientos prácticos para encontrar empleo y además era un desarraigado. Lola se había sentido identificada con su historia. Tener que huir de Italia por culpa de una guerra… era algo similar a su situación. Aunque eso no lo sabía casi nadie.

Con el paso de las semanas y el trato continuo que brindaba la pequeña comunidad del Dos Estrellas, Lola se había encariñado primero para luego prendarse de él. Intentaba cuidar que no se le notase demasiado, Lovino no parecía estar interesado demasiado en ella. Charlaban, iban juntos de vez en cuando a comprar algo y compartían bromas. A veces martirizaban a Jan entre los dos como juego, nada más. Lola no quería tener que ilusionarse con una posibilidad para luego romperse en pedazos, como lo que le había pasado con Jan. Ciertamente, él había marcado parte de su punto de vista actual respecto a las relaciones amorosas. Le había enseñado mucho, eso siempre se lo iba a agradecer.

No obstante, no quería arriesgarse sin estar segura. Lovino le gustaba… sólo un poco.


Siempre había sido propensa a "enamorarse" de la gente. De pequeña había creído en el amor a primera vista, las medias naranjas y los príncipes azules que narraban en los cuentos.

Por eso, cuando Jan le ofreció su compañía y su amistad desde el primer minuto con ese cigarro rechazado, Lola cayó perdidamente enamorada de él. Luego sabría que en realidad aquello no había sido amor, al menos, no desde el principio. La travesía en barco le había permitido conocerle, saber su historia –en parte-, sus gustos y sus deseos. Jan había resultado ser un hombre interesante, agradable y seguro de si mismo. No como ella. Lola habría preferido tener una historia anodina y aburrida que contar en lugar de responder con evasivas ante su pregunta de por qué estaba llorando el día que se conocieron.

No podía decirle que lo hacía por todo porque inmediatamente después tendría que contarle todo y eso era algo para lo que Lola no estaba preparada aun. No lo estuvo hasta que realmente se dio cuenta de que estaba enamorada de él. Y ni siquiera entonces se atrevió.

El día que desembarcaron en Boston podía oler la lluvia. Lola tenía la impresión de que el cielo estaba aguantando las ganas que tenía de hacer llover, igual que ella se aguantaba las de llorar. La situación que abarcaba su inexperiencia con el Mundo, su inestabilidad emocional y la repentina idea de que Jan se separaría de ella era demasiado potente.

Después de desearle suerte, Lola echó a andar calle arriba entre la gente, sin mirar atrás. En cuanto le dio la espalda, las lágrimas rodaron por sus mejillas, cayendo como plomos.

No soportaba tener que pensar en qué hacer otra vez. Jan le había hecho olvidar que estaba en una situación desesperada, en medio de una vorágine salvaje de destrucción y miedo. Y de nuevo debía pensar en qué hacer con su vida. No podía regresar a casa, allí ya no quedaba nadie…

—¡Lola, espera!

De pronto, la voz grave de Jan resonó detrás de ella, haciendo que se detuviera en seco. Justo después un rayo surcó el cielo. Lola se dio la vuelta al mismo tiempo que estallaba el trueno. Jan avanzaba hacia ella por la calle, casi empujando a las demás personas. Completó el camino adelantándose ella dos pasos y abrazándole justo cuando caían las primeras gotas de la tormenta. No soportó la emoción de pensar que él no iba a dejarla de verdad.

—Jan, por favor… — musitó Lola mientras notaba los goterones cayendo sobre sus cabezas y a Jan estrechando su cuerpo con fuerza, contra el suyo propio. —… por favor, por favor, quédate conmigo… llévame… por favor…

A su alrededor la gente abría los paraguas o echaba a correr, pero ellos no se movieron del sitio. Jan siseó para acallarla, tampoco le importó que se estuvieran calando hasta los huesos.

— Está bien, está bien, no te dejaré sola, tranquila… — murmuró, tomándola del rostro para que le mirase con atención. Jan tragó saliva, no sabía cómo seguir. Aquel contexto casi parecía sacado de un libro o una película. Y en los libros y las películas, los personajes terminaban besándose o confesándose amor eterno. Él no podía hacer ninguna de esas cosas, -al menos no en ese momento- por eso se separó de ella un poco, reteniéndola por los hombros. — Está bien, a… — suspiró, limpiándose la frente mojada con una de sus aun más mojadas mangas de la chaqueta. —… a mi hermana no le importará que te quedes un tiempo… allí veremos qué hacer, ¿de acuerdo?

Lola le miró con los ojos brillantes y asintió mientras el peso del pecho se desvanecía como por arte de magia. No le importaba la lluvia, ni los empujones de la gente.

— Sí, de acuerdo. — dijo, notando como las lágrimas calientes se mezclaban con el agua fría de la tormenta. Jan no se habría dado cuenta de que lloraba de no ser por los hipidos que soltaba de vez en cuando y los ojos enrojecidos.

— Vamos. — fue lo único que oyó de él antes de que tomara su mano y tirara de ella para llevarla hacia algún resguardo. Lola apretó los dedos en torno a los de Jan y se aferró fuerte, apurando el paso.

Sonrió sin darse cuenta.


Unas cuantas horas después, aun calados por culpa de la lluvia, se encontraban delante de la puerta del que se suponía era el apartamento de la hermana pequeña de Jan, a la que este último no había visto desde hacía años.

Emma Van Santen llevaba viviendo en Boston bastante tiempo, desde que su padre la enviara a estudiar pintura al Colegio de Arte de Massachusetts. Al principio había contado con el dinero que le enviaba su familia desde Holanda pero desde que estallara la guerra en Europa, Emma había tenido que cortar el grifo y buscarse un trabajo. Como empleada de una modesta pastelería, a dos manzanas de su apartamento, Emma no podía permitirse ningún lujo ya que gran parte del dinero se iba en matrículas, materiales y transporte.

Vivía casi al límite de sus posibilidades y eso era lo que más preocupaba al holandés.

Jan golpeó la puerta tres veces, no muy fuerte. Lola estaba a su lado, tiritando por culpa del frío. De vez en cuando tosía o estornudaba, aspirando fuerte después para que no le goteara la nariz. Jan volvió a golpear segundos después, impacientándose por momentos.

— Ya va, ya va. — dijo una voz de mujer acercándose paulatinamente a la puerta.

Esta se abrió, descubriendo a una muchacha rubia y ojos verdes, vestida con una bata de color negro manchada de pintura.

—Dios Santo… ¿Jan? ¿Eres tú? — la chica abrió más la puerta, reparando entonces en Lola y pasando la vista de uno a otro, desconcertada.

— ¿Quién si no? — él resopló. — ¿Podemos pasar? Hace frío, tenemos hambre y estamos cansados del viaje.

Emma entreabrió los labios pero asintió y les dejó hueco para pasar, cerrando la puerta después.

Emma sabía que su hermano debía de tener una muy buena razón para presentarse allí de repente y con una mujer desconocida detrás. Sin embargo, esperaría a que se lo explicase todo él mismo. De momento les daría un techo hasta que solucionasen qué hacer.

Llevó a Lola a su cuarto y sacó ropa. Le quedaría algo corta y ancha, porque Lola era más alta y estrecha de caderas pero era ropa seca al fin y al cabo. Emma instó a que se bañara primero con agua caliente.

— Siento las molestias. — musitó Lola mientras Emma le daba una pastilla de jabón.

— Tranquila… ha tenido que ser duro, ¿no? — ella sonrió de forma suave, tomando la ropa mojada de Lola que estaba en el suelo mientras la española se frotaba los brazos con la pastilla mojada en agua, dentro de la tina. — ¿Conociste a mi hermano en el viaje?

— Ah, sí. — Lola sonrió. — Sí, estaba en el barco, sola… y él se acercó y me ofreció un cigarro. — soltó una risita y meneó la cabeza.

— Para variar en él. — Emma también rió. — Voy a llevar tu ropa a lavar, si necesitas algo, llámame, ¿vale?

— Claro… gracias.

— No es nada. — Emma le obsequió con otra sonrisa y salió, cerrando cuidadosamente la puerta.

Lola entonces se quedó a solas con sus pensamientos. Podía oír los murmullos desde el cuarto de baño. Parecía que Jan y su hermana estaban hablando sobre la situación. Ella se sentía mal por ser un estorbo, no quería causarle problemas a nadie y menos a su amigo. Metida en la bañera, Lola se quedó pensando en ello mientras el agua caliente le relajaba los músculos y le quitaba el frío de la lluvia.

Tenía que buscar empleo y ahorrar dinero para al menos alquilarse un apartamento propio. No podía abusar eternamente de la caridad de los demás. Había tenido la suerte de que Jan era un buen hombre pero no todo el mundo era así y menos en un país tan competitivo como aquel, eso lo tenía claro. Repasó mentalmente lo que sabía hacer bien. Por fortuna, había recibido una buena educación y no le faltaban habilidades. Podría encontrar un trabajo fácilmente.

Cuando salió del cuarto de baño, vestida con la ropa seca y confortable que le había prestado Emma, se dirigió al salón principal, en donde estaba Jan fumando como una chimenea. Sentado en el sofá, se le notaba la irritación en la cara.

— Hm… — tanteó Lola. Jan alzó la cabeza al oírla. —… tu hermana…

— Está bien, ya le expliqué todo el asunto… sólo fue la sorpresa, nada más. — Jan exhaló humo, recobrando la calma. — Podemos quedarnos mientras le paguemos una parte del alquiler…

Lola se sentó a su lado, con la vista baja. Intentó distraerse alisando las arrugas de la falda pero fue inútil, aun se sentía culpable.

— No tienes que preocuparte, Lola. — Jan miró a la muchacha de reojo, con el cigarro entre los labios.

— Ya, ya lo sé… es que…

Pero no pudo terminar la frase porque Emma se asomó por el hueco de la puerta, con una sonrisilla traviesa.

— Lola ~ ¿te gusta el pastel de carne?

— Pues…

Jan soltó un pequeño bufido y le susurró sin que su hermana se diese cuenta.

— Tú dile que sí. Y ve con ella.

— ¡Ah, sí!, deja que te ayude. — Lola se levantó y fue con Emma a la cocina, bajo la atenta mirada del holandés.

Aunque Emma estuviese algo disgustada con la repentina aparición de ambos, no tardó en hacer buenas migas con Lola, cuyo carácter amable y carismático pronto encandiló a la joven rubia.

A la mañana siguiente de aparecer en el apartamento de Emma, tanto Jan como Lola salieron a buscar trabajo. Jan no quería perder de vista a la muchacha todavía, estaba seguro de que ella aun no podría aguantar mucho tiempo sola. Además, le había hecho una promesa. A media mañana aun no habían logrado encontrar nada viable por lo que se detuvieron a tomar algo en una cafetería. El local estaba medio vacío todavía. Un camarero estaba limpiando los cristales exteriores cuando entraron. En la barra, otro parecía estar repartiendo las bandejas de repostería casera. De la cocina salía un delicioso aroma a tortitas.

Lola se acomodó en un taburete junto a la barra. Jan se situó a su lado, de pie. Pidieron café para los dos. Mientras esperaban, Jan encendió un cigarro y Lola suspiró cansada y desanimada.

— Es inútil, Jan.

— No te desanimes, Boston es una ciudad portuaria, hay trabajo por todas partes. — Jan exhaló el humo hacia el otro lado. Sin embargo, aunque dijese eso, también estaba algo inquieto.

En ese momento, el camarero de la barra les sirvió sendas tazas humeantes, poco más que agua aromatizada con café de baja calidad. Se metió dentro de la conversación al escuchar las últimas palabras de Jan.

— Buscando curro ¿eh? Y quién no… — suspiró con la cafetera en la mano. — Ya he perdido la cuenta de todos los que han venido por aquí quejándose de lo mismo… — meneó la cabeza, mirándolos a los dos y fijándose en Lola finalmente, con mucha más atención. — Aunque tú… — dejó la cafetera en su sitio. — Mi esposa está buscando niñera, ¿qué tal se te dan los críos?

— Eh… — Lola se quedó pensando por un momento, sin saber muy bien qué responder. Hasta que sintió un sutil puntapié por parte de Jan. — ¡Oh! De maravilla señor, cuidaba de mis tres hermanos pequeños en casa yo sola y nunca tuve problemas. — y sonrió con toda la dulzura del mundo.

— Oh, bien. No suelo fiarme de gente que venga del sur, ni de muchachas sin demasiada experiencia — al parecer, aquel hombre había tomado a Lola por una joven emigrante de Texas o Florida. — Pero realmente lo necesitamos con urgencia. Tengo un hijo de seis años y una niña de dos. Si te diese la oportunidad… ¿estarías dispuesta a intentarlo?

Lola tomó aire y miró a Jan, como si le estuviese pidiendo permiso. Él asintió.

— Por supuesto que sí.

El camarero sonrió.

— Bien, ve mañana a primera hora de la mañana. Mi casa está a dos manzanas de aquí. — aquel hombre escribió la dirección en un papel amarillento y se lo tendió a Lola. — Mi mujer te dirá el resto.

Lola tomó el papelito y lo miró como si fuera un tesoro, luego obsequió al camarero con otra sonrisa y le dio las gracias. El café le supo a gloria a partir de ese momento.

Jan se había mantenido callado durante toda la conversación, totalmente atento por si tenía que decir algo a favor de la muchacha. Ya había comprobado que Lola no era muy hábil con los discursos. Había sido una suerte que ese hombre necesitase de una mujer que cuidase de sus hijos mientras él y su esposa trabajaban.

— Y asegúrate de no meter la pata. — comentó Jan al salir de la cafetería. Lola soltó una risita mientras apretaba el papel dentro del bolsillo de la chaqueta.

— Ya lo sé, lo sé. — suspiró. Pero estaba contenta. — ¿Qué vas a hacer tú?

— Seguiré buscando, realmente yo lo tengo más fácil. Cualquiera andará necesitado de alguien fuerte que sirva para cargar carretillas en una obra. — se encogió de hombros. — Me preocupabas más tú, es más difícil encontrar trabajo para una mujer.

Lola lo miró de soslayo mientras caminaban de regreso al apartamento de Emma. Tomarían algo ligero y Jan volvería a la calle.

— ¿De verdad estabas preocupado por mí? — se le subió un tímido sonrojo a la cara.

— ¿No acabo de decirlo? — bufó Jan, irritado porque pensaba que Lola no le había estado prestando demasiada atención, cuando era al contrario.

Lola sonrió de forma suave y continuó caminando a su lado, sin decir nada más durante el resto del camino hasta que oyó a Jan preguntar.

— Así que tienes hermanos.

Hasta la fecha, Lola no había hablado de su pasado en España y el holandés no sabía nada acerca de sus familiares y ese tipo de cosas. Lo único que sabía era que la familia de Lola había sido republicana y que había tenido que huir por eso.

Lola, sin embargo, sonrió débilmente y negó al responder.

— En realidad yo era la pequeña de dos, pero tenía que inventar algo.

— Ya… — Jan hizo una pausa. — ¿Y tu hermana mayor…?

— Hermano.

— Hermano. — se corrigió. — ¿Qué pasó? ¿Por qué no vino contigo?

Si Jan no la hubiese estado mirando, si no fuese observador y no se supiese los cambios de actitud de Lola casi a la perfección, podría haber jurado que ella se mostraba indiferente. Pero no era así. Un leve temblor de las cejas, los ojos bajos y la mirada perdida le indicaron que había preguntado algo fuera de lugar. Muy fuera de lugar.

— Murió. — fue lo único que ella dijo. Y después nada.

Pasaron varios segundos pesados en los que ninguno de los dos habló, Jan sabiendo que sería tonto intentarlo y Lola por culpa del recuerdo.

Cuando llegaron, tuvieron que usar la llave que estaba escondida encima del marco de la puerta porque Emma estaba en la universidad. Lola podía descansar hasta el día siguiente así que estaría al cuidado de la casa hasta que llegase Emma de sus clases.

— ¿Estarás bien? — preguntó Jan después de almorzar.

Lola lo miró y asintió dos veces, sonriendo débilmente. Estaba cortando tomates, quería prepararle a Emma algo sustancioso para la cena. Jan la observó durante unos momentos y luego suspiró, tomando su chaqueta y saliendo por la puerta, sin despedirse. Lola paró de manejar el cuchillo en cuanto oyó que salía. Se quedó quieta y callada, mirando las rodajas y el tomate aun medio entero al otro lado del filo, mientras las lágrimas amenazaban con desbordarse por sus mejillas.

Siempre que recordaba a su hermano terminaba por rememorar también la última vez que le vio. Y aquel recuerdo era el más doloroso que guardaba en su memoria, de todos los que tenía enterrados. No había sido culpa de Jan, era normal que él quisiese saber de su anterior vida. De si tenía hermanos, o como eran sus padres, a qué se había dedicado en España, si había tenido novio y cosas así. En cierto modo se le hacía muy dulce y amable que el holandés le preguntara esas cosas. Por eso, aunque llorase, Lola sabía que era su propia culpa, única y exclusivamente suya.


Emma ya se había ido a dormir. No era muy tarde pero la muchacha estaba agotada del trabajo y la universidad y Lola había insistido en que se fuera a la cama, que ella fregaría los platos. Jan estaba en la sala contigua, fumando mientras trataba de arreglar una radio que su hermana había encontrado en la basura cerca de la facultad.

El sonido del grifo abierto sonaba como música tranquilizante. El jabón de la vajilla era muy áspero y agresivo y las manos empezaban a escocerle un poco por culpa del tacto rugoso del estropajo. Pero no le importaba. Uno a uno, fue colocando cada plato, fuente y vaso, en su lugar de forma mecánica, intentando distraerse. Sentía la poderosa necesidad de explicarle su reacción pero aquello iba aparejado a descubrir el motivo de su huida real hacia Estados Unidos y eso le daba miedo. No podía. Jan no podía saberlo. Lola estaba segura de que en cuanto se enterase, se alejaría de ella. Nadie quería tener cerca de personas de su calaña…

Se secó las manos con un trapo colgado de la pared y apagó las luces, saliendo al pasillo y entrando al salón. Jan levantó los ojos por un segundo aunque enseguida volvió a retomar su tarea. En silencio, por supuesto. Lola suspiró imperceptiblemente, se masajeó la sien derecha y cruzó el umbral, acercándose hasta la mesa en dónde estaban las piezas desperdigadas del aparato y varios destornilladores. Se sentó al lado del holandés, reticente.

— ¿Podemos hablar? — preguntó en voz baja, ligeramente asustada todavía.

— Adelante. — musitó Jan, en el mismo tono de voz, quizá para no incomodarla. No estaba enfadado.

Lola inspiró hondo antes de empezar.

— Quería… quería pedirte disculpas, no me he portado muy bien contigo…

— No tiene importancia, era un tema delicado. — Jan le dedicó una efímera mirada de comprensión y continuó encajando tuercas, tornillos y remaches.

— Pero aun así… yo… — suspiró, afligida. —… lo siento.

Jan dejó la herramienta en la mesa y la miró atentamente. Lola mantenía la vista baja, con los puños cerrados sobre la falda. Parecía estar esperando un regaño después de todo.

— Eh, déjalo, no estoy enfadado, te perdono. — apoyó los brazos en la mesa. — A veces hablar de ello ayuda a superarlo, sea lo que sea… pero si no quieres hablar no voy a obligarte, ¿de acuerdo?

Ella sonrió un poco y asintió, intentando convencerse.

— Y siento… — eso le costó decirlo, Jan no era muy bueno con las palabras amables o de aliento. —… siento lo de tu hermano, de verdad, fuese lo que fuese.

Entonces, ante la mención, Lola no pudo evitar volver al recuerdo y con él, al nudo que le apretaba siempre la garganta. Tragó duramente, intentando desterrarlo todo. Pero fue inútil.

Los gritos y el retumbo de la marcha del pelotón estaban cada vez más cerca. No tenían escapatoria ni lugar donde esconderse. El sol picaba desde lo alto y el polvo le quemaba en el pecho, haciendo arder sus pulmones. Lo único que conseguía mantenerla en pie era el arrojo de su hermano mayor, mientras mascullaba que si daban un paso más estarían más cerca de salvarse, que no pasaba nada y que todo iba a salir bien.

Pero era mentira, todo era mentira. Tanto ella como él sabían que no saldrían con vida de ese pueblo. Los falangistas lo habían ocupado y los habitantes mirarían impasibles cómo los fusilaban a ambos. Lola no podía dejar de llorar, pensando en el destino que les aguardaba a los dos.

Una a una, las lágrimas fueron rodando por sus mejillas. Se tapó la cara con una mano, deshecha. Su culpa, había sido su culpa. Si ella no hubiera sido un lastre, aquello no habría pasado. Y su hermano todavía estaría vivo.

— Perdóname… por favor, perdóname… — musitó entre hipidos, cada vez menos espaciados. No se lo estaba pidiendo a Jan, si no a Antonio, su hermano muerto. Sólo que el holandés no podía saberlo.

Despacio, sereno, Jan acercó su silla a la de Lola y le quitó la mano del rostro, descubriendo su expresión de llanto. Ella no quiso mirarlo a los ojos y él no la obligó, aunque sí comenzó a limpiarle las lágrimas con los dedos, murmurando quedamente por lo bajo.

— Ya está, no pasa nada… estoy aquí, estoy contigo… — no era mucho. Jan asumió que ese recuerdo era tan fatal para ella que en el futuro no volvería a intentar tocarlo. No quería hacerla llorar de nuevo, por más que su curiosidad fuese fuerte.

— ¿P-Por qué…? — preguntó Lola sorbiendo por la nariz. — ¿Por qué lo haces? ¿Por qué me cuidas…? ¿Por qué te preocupas por mí…? — susurró. — No tienes ni idea de quién soy.

Era cierto, no sabía mucho acerca de ella. Y cuando intentaba averiguarlo, Lola se cerraba por completo, como en ese momento. Sin embargo, esa circunstancia le era por completo banal. Realmente… realmente…

—… no, no lo sé. Y me gustaría estar al corriente. — comenzó Jan a decir, despacio. — Pero… si cada vez que lo intente saber voy a hacerte daño entonces no me importa no conocer tu pasado. Me basta con el presente… y el futuro.

Pasó los pulgares por las mejillas de la muchacha, quitando el último rastro de agua de la piel. Al mismo tiempo esbozó una tenue sonrisa y se inclinó, dejándole un beso en le frente. Lola entornó los ojos y suspiró, sujetándole de la muñeca. Al mismo tiempo que Jan se separaba, ella se adelantaba, tirando de su mano.

— Jan, por favor… — musitó. — Dilo… di que no soy la única. Quiero saber si… si lo que siento no es de un solo sentido.

Lola pudo ver como Jan entreabría los labios, exhalando pesado. Como si tomase una decisión. Cuando volvió a mirarlo de frente, Lola se encontró con el cálido color verde de sus ojos, sonrojándose sin poderlo evitar. Antes siquiera de que Lola dijera nada esta vez, Jan tomó su barbilla y la besó, de forma lenta y pausada. Fue un beso corto que aun así hizo que Lola suspirara y casi relamiera. Todavía tenía a Jan a un palmo de distancia, mirándole a los ojos.

— Te quiero… — le oyó decir muy, muy bajito. —… te quiero, Lola.

Sonaba tan dulce en sus labios.

Lola. Lola. Lola.


— ¡Lola!

Abrió los ojos de sopetón, asustada. Al principio se sintió desorientada, sin saber dónde estaba. Delante de ella se encontraba Lovino, con cara de malas pulgas. Lola miró en derredor, comprobando que el salón estaba vacío y en penumbra. Todavía tenía la blusa sobre el regazo. Al parecer se había quedado dormida mientras descansaba la vista durante el bordado y tanto Emily como Dennis se habían ido, dejando que durmiera un poco antes de la cena.

Suspiró, echándose sobre el respaldo de nuevo. Había sido un sueño, un sueño tonto que le había dejado una mala sensación en el cuerpo. Miró a Lovino por un momento. Este arrugó la nariz y desvió la vista, como si se sintiera arrepentido de haberla despertado a gritos.

— Tienes el sueño pesado, maldición. — murmuró roncamente, como una disculpa.

Lola sonrió, suave. No importaba que hubiese tenido que alzar la voz, el mero hecho de que Lovino fuera a despertarla se le hacía muy amable de su parte.

— No pasa nada, de verdad. — pero lo dijo con un leve matiz afligido mientras hacía un hatillo con la blusa y los enseres de costura y los dejaba cerca, en el alfeizar de la ventana. No por culpa de Lovino. El sueño le había sentado mal. Recordar las palabras de amor de Jan, sabiendo que luego no eran… resultaba duro.

Lovino, que había captado aquel cariz, tendió la mano para que ella se levantara. Lola miró su mano, luego a él, y de nuevo la mano, antes de tomarla. Se sujetó fuertemente a su muñeca con los dedos, tirando de forma suave para incorporarse. La inercia hizo que ambos se quedaron muy próximos el uno del otro, sin querer mirándose de cerca. Lola podía notar el aliento de Lovino silbando muy bajito entre los dientes, acelerándose. Tragó saliva, nerviosa.

— ¿Se puede saber qué estáis haciendo? La cena se enfría.

La voz repentina de Emily hizo que se soltaran de la mano como si les quemara el contacto. La muchachita rubia se asomó entonces por el hueco de la puerta y volvió a reprenderles para que fueran al comedor. Lovino gruñó profiriendo una palabrota y echó a andar, seguido de Lola.

La cena transcurrió como siempre, igual que todas las noches. La excepción esa vez fue Lola, que no se inmiscuyó demasiado en las conversaciones, ni prestó atención a los debates sobre la actuación alemana en Europa. Estaba distraída, aun abatida. Pinchaba su ensalada y se metía la comida a la boca, masticaba y tragaba, sin ánimo.

Y aunque todos notaron su estado de amargura superficial, sólo dos personas se preocuparon por ello. Uno era su amor perdido. Y el otro el chico por el que se sentía terriblemente insegura.


Bueeeno, tardé un poco en retomarlo pero aquí está. Para los que esperaban algo grandioso: Realmente la historia de amor de Jan y Lola no es muy interesante en lo que concierne a todo lo que pasa en medio. Lo que quería contar era el inicio y por supuesto, deseo contar el final. Siento si ha parecido de relleno pero no era mi intención, realmente dejo detalles en el capítulo que luego voy a profundizar más adelante. Además, quiero que los lectores tengan en cuenta una cosa: Casi todo lo que cuento en cada capítulo desencadena algo para ser contado en otro. Quiero decir, que no menosprecies que un detalle se cuente poco al principio, porque probablemente sea importante después. Con esto y un tomate, me despido y comento reviews ~

Suzume Mizuno: Jan... Jan es una pieza importante, creo que se nota mucho, ¿no? XD Tiene su razón de ser, actúa para lo que le importa, por más que el fin no justifique los medios -para él sí, que el vamos a hacer-. Por eso hace cosas que chocan y bueno... más adelante pasan más de esas uwu. Lovino es un poco cobarde, siempre. Da igual que sea o no un AU, al menos un poco tiene que serlo, justificado claro. Me está gustando manejarlo bastante, no sé por qué 3. Bélgica salió, saldrá poco en el fic porque es un secundario/terciario peero, ahí está XD.

Trataré de arreglar lo de la repetición aunque a veces no hay caso o expresión que pueda sustituirse, realmente.

Un saludo ~

Loto de Origami: Muchísimas gracias por leer, me alegro de que te gustara 3. No sé si alguien se esperaba que jan fuera homo, ya que dije que en el fic predominaba el hetero XD pero... tenía que tener, es el contraste con la heterosexualidad aceptada. En serio, muchas gracias, se agradece que aprecien la forma de escribir, espero verte más veces ^^.

Un saludo ~

Paula Elric: OMG, no me creo que sea de tus favoritos, si apenas lleva nada D:! Pero... / me halaga saberlo, teniendo en cuenta que hay fics muy buenos sueltos por ahí todavía y que además lo hayas recomendado. Eso me anima a hacerlo mucho, mucho mejor, para darle a la gente nueva que venga algo realmente digno de leerse. Creo que todos los personajes tienen su pequeño encanto, aunque luego tengas los favoritos 3

Muchas gracias ~ Hasta pronto.

Alega: ¿Qué te puedo decir a ti, salvo que manejar a Holanda no es tan difícil como parece? XD no, en serio, no es complicado, sólo hay que acostumbrase a hacerlo. La primera vez que lo usé fue en rol y me quedaba muy, muy seco y serio. Aunque eso me ayudó a escribirlo mejor en un fic. Manejar bien a Lovino se lo debo a Atsun, ella me dijo cómo hacerlo porque yo no tenía ni pepina idea uU menos en un AU. Alfred y los OVNIS salen más adelante XD seguro te gusta -es un detalle escondido-. Y Lola... no quería llamarla Antonia, es raro, y tampoco Isabel, es muy común. Quería llamarla diferente, de ahí Dolores "Lola" XD.

Nos vemos ~