Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, es propiedad de Hidekaz Himaruya.
Advertencias: Uso de OC y nombres humanos:
*Jan van Santen - Holanda
*Emma Van Santen - Bélgica
*Emily Jones - Nyo Estados Unidos
*Lola Fernández Carriedo - Nyo España
*Dennis Andersen - Dinamarca
*Scott McAlvey - Escocia
Dennis
El agua pronto le llegaría al cuello.
Sentía el sabor salado en los labios, la piel pegajosa y la garganta totalmente agarrotada de gritar pidiendo ayuda. Pero nadie le oía. Trataba de alzarse apoyando las manos y los pies contra las paredes y los objetos aunque era inútil, se escurría siempre y se hundía por completo, para luego ascender con rapidez e intentar tomar una bocanada de aire.
Tragó una buena cantidad de agua al intentar de nuevo alcanzar la claraboya lateral del barco, la cual estaba ahora sobre su cabeza. Era la única salida y él se ahogaría antes de poder alcanzarla. El nivel ya le llegaba por la barbilla.
A su alrededor no había nadie, al parecer era el único que quedaba a bordo. No se cansaba de gritar y no se daba cuenta de que eso disminuía sus energías. Se golpeó de lado contra la pared del cubículo inundado, por culpa del zarandeo que la tormenta le estaba provocando al navío. Dennis tragó agua de nuevo y sintió cómo le entraba por los pulmones, quemándolos con la sal. Manoteó hasta la poca superficie que había y aspiró.
De todos modos era tarde. Una ola pasó por encima de la maltrecha nave y la terminó de llenar, arrastrándola hacia las profundidades. Dennis todavía mantenía la respiración mientras se hundía dentro del barco. Lo último que pensó antes de notarse desvanecer por falta de oxígeno fue en lo terriblemente pobretón que iba a ser su funeral…
…
… se despertó justo después de pensar en eso.
Ni siquiera lo hizo de sopetón. Simplemente abrió los ojos y se encontró con que en realidad estaba vivo, a salvo en tierra. Dennis se mantuvo por un momento quieto y callado, inspirando y expirando suavemente, con los ojos fijos en el techo. Poco a poco se le fue formando una mueca de desagrado al comprobar que esa era la sexta vez en el mes que soñaba con un supuesto hundimiento del El Pelícano, el barco en el que estaba enrolado.
Al otro lado de la puerta ya sonaban pasos. Moviéndose hasta quedarse tumbado en posición fetal, miró que el reloj marcaba las siete y cuarto. Suspiró y se incorporó, revolviéndose el pelo y estirando los brazos hacia delante, arqueando la espalda. Un bostezo involuntario le hizo abrir la boca y el crujido de sus huesos restalló en el silencio matutino del cuarto.
Bueno, pensó, había sido sólo un sueño. Siempre era sólo un sueño.
Aun le faltaba una semana para embarcar. El Pelícano formaba parte de una escuadra junto a otros diez barcos de pesca, pertenecientes a Hudson&Co, la compañía que controlaba la compraventa de productos marítimos del pueblo. No era una empresa muy grande pero daba trabajo suficiente para que pudieran subsistir más del cincuenta por ciento de las familias pobres de Winterfield, ya fuese en la fábrica de conservas o en el puerto.
Dennis estaba medianamente satisfecho con su trabajo, salvo en días como aquel. No creía en la interpretación de los sueños pero aquellas pesadillas bastaban para mantenerle inquieto de vez en cuando.
— Así que te vas en dos días ¿eh?
— Sí, y no volveré hasta dentro de tres largas semanas. — Dennis suspiró, echando un trago a la segunda jarra de cerveza que le había servido Samuel Jackson, el dueño del bar Snow White.
Era sábado por la noche y Dennis estaba sentado a la barra al lado de Scott McAlvey, el barbero pelirrojo que le cortaba el pelo cada tres meses. A pesar del apellido tan peculiarmente escocés, Scott había nacido allí, en Winterfield. Sus padres hacía tiempo que habían comprado una pequeña finca en las tierras altas de Massachusetts y dejado el negocio familiar al joven, esperando que pronto encontrara una muchacha decente y se casara. Scott no estaba muy preocupado por esas cosas, ejercía su oficio y se iba de copas con sus amigos todos los fines de semana. Pensaba que ya tendría tiempo para que le pusieran un anillo en el dedo. Además, tampoco quería a nadie que no fuese ella.
Con toda la tranquilidad que podía haber en un bar a esas horas, Scott y Dennis se quedaron charlando sobre sus viajes pesqueros hasta que oyeron la puerta. Varios compadres saludaron en viva voz y otros murmurando saludos concisos, ofuscados por alguna partida de cartas perdida.
— ¿Qué hay? — la voz de Jan retumbó detrás de ellos justo antes de que se sentara pesadamente en el taburete vacío que estaba junto a Dennis.
El holandés salía del trabajo siempre un poco más tarde que los demás, sobre todo porque se quedaba ordenando el pequeño almacén y comprobando todas las cuentas para tenerlas a punto a final del mes. Salvo los domingos, que eran días de fiesta casi obligada, Jan llegaba al bar cuando sus dos amigos ya llevaban tres jarras cada uno.
Y ese sábado en concreto no era diferente.
— Ey, Jan, ¿has oído? — dijo Scott, inclinándose un poco sobre la barra para mirarlo, ya que Dennis estaba en medio de los dos. — Dennis se va de vacaciones pasado mañana y no me quiere traer un recuerdo. Dile que es de mal amigo no hacerlo.
Dennis resopló pero soltó una carcajada, mientras vaciaba la cuarta cerveza de la noche. Jan suspiró, rodó los ojos y tomó entre los dedos el asa de su propia jarra, llevándosela a los labios.
— Mal, Dennis, es de pésimos camaradas no traerle un regalo a Scott, aunque realmente no sé qué quiere que le traigas, en alta mar no hay gran cosa que ver. — sonrió de lado mirando hacia ellos.
Dennis le devolvió la sonrisa, más amplia y divertida y desvió la vista hacia el pelirrojo.
— Oye, si tanta ilusión te hace puedo guardarte un mejillón que se quede pegado al casco. — dijo, y se echó a reír, contagiando a Scott también.
Jan meneó la cabeza pero estaba risueño. Dennis y Scott eran sus dos mejores amigos y no importaba lo idiotas que pudieran ser a veces, siempre perdonaba sus tonterías y peleas de niños pequeños.
Pasaron el rato que les quedaba hasta las doce manteniendo las ganas de una sexta cerveza bajo llave. A la señora Jones no le gustaba demasiado que llegasen borrachos a la pensión y Dennis era propenso a achisparse en cuanto Jan dejaba de vigilarlo.
Cuando llegó la medianoche, Samuel echó de buenas maneras a sus clientes y cerró el local, dispuesto a pasar un domingo tranquilo al día siguiente. Scott vivía cerca de allí, a tres manzanas calle abajo, en tanto que Dennis y Jan sólo tenían que cruzar la plaza hasta el otro extremo. Se despidieron nada más salir, tomando Scott la dirección contraria a la de los otros dos, dejándose engullir por la oscuridad de los callejones mientras silbaba una tonadilla celta.
Jan y Dennis echaron entonces a andar a paso lento, ya que no había prisa y la casa estaba relativamente cerca. El viento tibio del mar barrió las hojas viejas y caídas de los árboles de la plaza con un murmullo seco. Salvo todos aquellos que regresaban a sus hogares y ellos mismos, no había nadie más por la calle, lo que podía generar un poco de tensión o incluso una sensación apacible.
Dennis alzó un poco la cabeza mientras caminaban en silencio, fijándose en las estrellas que tachonaban el cielo negro. No había nubes y las previsiones eran buenas para todo el tiempo que estaría fuera. No había peligro de tormenta en el océano y la pesca sería buena, como siempre. Aun así seguía inquieto por culpa del sueño de hacía unos días. No había sido la primera pero cada vez se sucedían con más frecuencia y eso era molesto. Era como si Jan soñase que perdía todo su dinero en el mercado de valores. Seguramente esa mera idea podría hacer que el holandés se volviese loco y gritase por las mañanas. La amenaza de ahogarse estaba presente para todos los que trabajaban en un navío. Dennis sabía eso y por ello no tenía miedo.
— ¿Den?
La voz de Jan interrumpió sus pensamientos, dándose cuenta de que se había quedado parado en medio de la plaza, mirando al cielo. Jan estaba adelantado unos pasos respecto a él y le miraba con curiosidad, interrogante. Dennis sacudió la cabeza, frotándose la sien.
— Estás distraído. — comentó el holandés con cautela. — Más de lo normal quiero decir.
Dennis retomó el camino y Jan lo siguió, ligeramente preocupado. El danés no contestó al instante, estaba pensando. Chasqueó la lengua y le dirigió una mirada de disculpa a su amigo, llena de agradecimiento. Jan y él eran algo así como los mejores amigos en el mundo, como hermanos carnales, siempre se contaban las cosas o intentaban darse ánimos el uno al otro si tenían problemas.
— He vuelto a soñar eso. — fue lo único que dijo Dennis, desviando la mirada hacia el frente. La pensión estaba a pocos metros de ellos y sin querer había bajado el tono de voz. Jan arqueó las cejas un poco y suspiró.
— No deberías preocuparte, es sólo un sueño.
— Un sueño que se repite cada vez que voy a embarcarme. Jan, puede que sea un poco desastre, pero no soy estúpido…
— Eres marinero, es normal que sueñes cosas así, yo también sueño cosas que me dejan mal estómago.
— ¿Lo pierdes todo en la Bolsa?
— ¿Cómo lo sabes? — Jan se quedó un tanto sorprendido, para luego bufar y reír por lo bajo, palmeándole el hombro a Dennis. — Deberías cambiar de oficio, no tenemos vidente.
— Quizá lo haga, al paso que llevo… — murmuró Dennis sonriendo, pero de forma resignada.
Entonces Jan, que se había adelantado para abrir la puerta con el mayor sigilo posible para no despertar a nadie, le dejó hueco para que entrase. No hablaron más de aquello mientras se quitaban las chaquetas y las dejaban en la percha, con cuidado de no hacer demasiado ruido. Avanzaron a tientas por los pasillos hasta llegar a la planta de sus dormitorios y allí encendieron la luz, que titiló por un momento con un chasquido. La puerta de Lovino estaba cerrada, al igual que las suyas, pero el suave sonido similar al ronquido de una cría de foca que salía por el resquicio inferior de la puerta del italiano les indicó que este estaba profundamente dormido.
Jan abrió su puerta con un pequeño chirrido y se giró a medias, mirando al danés.
— Buenas noches, Den.
Dennis lo miró a su vez y asintió, dedicándole una última sonrisa.
— Hasta mañana. — murmuró con un canturreo, entrando a su cuarto y cerrando la puerta tras de si. Oyó a Jan cerrar la suya y suspiró.
Su amigo tenía razón, no podía dejarse condicionar por un sueño, por más repetitivo que este fuese. Él no era de esas personas, nunca lo había sido. Amaba el mar y todo lo que tenía que ver con él, el mar era su vida y sin él no sabría que hacer. Era lo que todo el mundo sabía y creía saber. Aunque la verdad es que debajo de ese sentimiento de adoración se escondía un odio oscuro y pesado, como una bola de plomo sujeta al sedal de una caña de pescar. Estaba bien cuando permanecía en tierra, pero cuando se adentraba en el agua espumosa del océano, ese plomo lo hundía hasta el fondo, hacia sus más oscuras pesadillas.
Hacia su pasado. Uno del que no sabía nada.
Dennis Andersen era natural de la costa norte de Dinamarca y había nacido en un pequeño pueblecito en dónde todos los hombres se dedicaban a una cosa. Pescar. Era lo único que realmente se podía hacer allí para no morirse de hambre. Enclavado fuera de las rutas habituales del comercio marítimo, rodeado de tierra pedregosa y dura y acechado siempre por el clima turbulento del norte, el pueblo de Dennis había desarrollado la actividad pesquera como medio de supervivencia.
Cuando los niños cumplían los trece o catorce años y no daban muchas muestras de un gran rendimiento académico sobresaliente, se les apartaba de la escuela y asignaba a un navío para que fueran aprendiendo el complejo arte de la pesca en alta mar. A los alumnos avanzados se les enviaba a Copenhague para que continuaran con sus estudios, como le había pasado al hermano mayor de Dennis, Berwald.
Él, sin embargo, no fue un estudiante aplicado, de modo que al cumplir los trece, desempeñó el papel que le correspondía. Por suerte o por desgracia, su familia era lo suficientemente rica como para poseer un convoy de tres barcos y el padre de Dennis era el capitán de uno de ellos. El hermano mayor de este era capitán de otro y el socio de ambos comandaba el tercero. Dennis fue a parar al de su padre, para tenerlo bien vigilado y que aprendiese rápido y de buena mano.
La familia Andersen, aunque no era de las más importantes, daba trabajo a treinta familias. Vendían la mercancía a la fábrica que estaba situada a dos kilómetros del pueblo y con ello comían todos. No eran grandes sueldos para el trabajo y el riesgo que mantenían pero no había otra cosa.
Dennis, que había crecido con la cuchilla del destino pendiendo sobre el cuello durante toda su corta vida, odió desde lo más profundo de su alma convertirse en tripulante. Muchos niños odiaban el trabajo duro en un barco, para el que no estaban realmente preparados hasta que no alcanzaban los diecisiete años. Pero el odio de Dennis iba más allá. Además de la aspereza de la vida marinera, estaba el hecho de que cada año, el océano salvaje se tragaba por lo menos cinco barcos. Cincuenta personas al año que morían y no se recuperaban, cincuenta familias que se quedaban rotas por culpa de ese oficio del demonio.
El jovencito recordaba siempre los funerales sin cuerpo, los rostros llorosos de las mujeres, el silencio de los hombres y la confusión de los niños pequeños. Y no podían guardar luto durante demasiado tiempo, porque sus vidas dependían de lo todo lo que pudieran arrebatarle al mar. La abuela materna de Dennis decía que esas muertes eran un tributo por todo lo que pescaban, un intercambio justo. Pero el niño no creía en esas cosas. No podía ver qué había de justo en que personas que trataban de ganarse la vida muriesen ahogadas, una de las peores formas posibles que existían para morir.
Los sueños empezaron una semana después de cumplir su cuarto año como marinero al servicio en el barco de su padre.
Al principio fueron muy vagos, como meras escenas aisladas, con el agua del mar como elemento principal siempre. Después se ampliaron a situaciones extrañas y atemorizantes, para después terminar en profundos sueños y pesadillas en los que él naufragaba y se ahogaba en plena tormenta, solo, sin siquiera nadie con el que poder morir. Se despertaba antes de eso, claro, pero las sensaciones de desasosiego, angustia y temor no desaparecían con las brumas de la mañana. Se acumulaba todo en su mente y su cuerpo, latiendo bajo la piel como el brillo palpitante de una estrella lejana, carcomiéndolo por dentro igual que hacían los gusanos en el pan o el queso. Y eso mellaba su carácter y sus emociones, de forma que cuando llegó a la mayoría de edad tuvo la primera pelea seria con su padre, a grito pelado, casi llegando a las manos.
Tuvieron que separarlo de los demás y suspenderlo por tiempo indefinido por temor a que volviese a sufrir un ataque de histeria en plena misión náutica. Dennis fue recluido en su habitación, condenado al ostracismo familiar hasta que su padre ordenase lo contrario. Ese estado agravó los sueños pero como se sucedían con tanta continuidad, llegó un momento en que ya no les daba importancia.
Tumbado en la cama, en completo silencio, dejaba que el sonido de las olas rompiese contra sus oídos y las caricias del viento salado penetrasen en sus pulmones, calmando una furia y una tristeza que sabía que jamás se iría de su corazón. No era sólo el miedo a convertirse en un fantasma de los mares lo que le había provocado todo. No sólo eran los sueños. Sabía que era otra cosa, mucho más poderosa que todo eso. Dennis no quería pasarse el resto de su vida en ese sitio, anclado como todos los demás, condenado a servir al mar o morir en él.
Y sin embargo, algún milagro tenía que ocurrir para que esa cadena se rompiese.
El agua pronto le llegaría al cuello.
Sentía el sabor salado en los labios, la piel pegajosa y la garganta totalmente agarrotada de gritar pidiendo ayuda. Pero nadie le oía aunque a él si llegaban los gritos de los demás. Trataba de alzarse apoyando las manos y los pies contra las paredes y los objetos aunque era inútil, se escurría siempre y se hundía por completo, para luego ascender con rapidez e intentar tomar una bocanada de aire.
Tragó una buena cantidad de agua al intentar de nuevo alcanzar la claraboya lateral del barco, la cual estaba ahora sobre su cabeza. Era la única salida y él se ahogaría antes de poder alcanzarla. El nivel ya le llegaba por la barbilla. Se golpeó de lado contra la pared del cubículo inundado, por culpa del zarandeo que la tormenta le estaba provocando al navío. Dennis tragó agua de nuevo y sintió cómo le entraba por los pulmones, quemándolos con la sal. Manoteó hasta la poca superficie que quedaba y aspiró. Luego se dejó hundir hasta el fondo y se impulsó con los pies, con la fuerza suficiente como para llegar hasta arriba y romper el ojo de buey del barco. Este estaba ladeado, medio hundido, y por eso mismo, Dennis resbaló por el casco hasta caer al mar embravecido. Se vio zarandeado de un lado a otro por las olas y la corriente, sin querer acertando a sujetarse a un resto que flotaba cerca, el cual le había golpeado al intentar nadar hacia el navío.
No sabía dónde estaba su padre o el resto de sus compañeros. De todos modos era tarde. Una ola pasó por encima de la maltrecha nave y la terminó de llenar, arrastrándola hacia las profundidades. También cubrió a Dennis, el cual mantuvo la respiración todo lo que pudo antes de notarse desfallecer. Lo último que pensó antes de dejar que le invadiera la oscuridad y el cansancio, fue el deseo de despertarse en su cama y que aquello fuese de nuevo una pesadilla monstruosa…
…
…
… no supo nunca en qué momento volvió a la consciencia. De repente y sin darse cuenta, comenzó de nuevo a ser sensible a estímulos externos, como sonidos, olores o el propio tacto. Se sentía diferente, cansado y adolorido. Si pensaba en mover alguna parte del cuerpo se encontraba con que le era imposible. Si quería despegar los labios para hablar o simplemente mover la lengua tampoco podía. Ni siquiera era capaz de producir algún sonido.
Iba y venía del sueño negro a la vigilia, el duermevela y ese estado de consciencia extraña. De vez en cuando oía un murmullo pero parecía tan lejano que ninguno era capaz de hacerlo despertar del todo. No sabía si estaba vivo, o eso era la muerte.
Cuando abrió los ojos, lo hizo despacio y le costó trabajo porque los párpados parecían estar soldados a su piel. No supo dónde se encontraba porque tenía la visión borrosa y únicamente distinguía sombras y pocas luces, como si estuviese inmerso en algún lugar de penumbra. Parpadeó confuso y desorientado, intentando que la vista se le acostumbrase a la luz. Estaba tumbado en una cama, tapado con una sábana suave de color verde hasta el cuello. El techo era de baldosas blancas y relucientes y le provocaba dolor de cabeza. Aunque todo le daba dolor de cabeza.
Se sentía agotado, como si le hubiesen pasado por la quilla de un barco o aplastado un vehículo pesado. Le costaba respirar también, casi oía el silbido de sus pulmones, de tan alto que resonaba en sus oídos. Pudo entreabrir los labios, notando que tenía la lengua y la garganta completamente secas. El aire se le hacía viciado. No podía moverse aún, no tenía fuerza para eso. En cuanto lo intentó, un quejido borboteó por entre sus dientes, como un siseo. Cerró los ojos de nuevo. Entonces oyó el murmullo de otras veces y notó el toque de unos dedos suaves y calientes en la frente. Logró calmarse con eso.
Pero no del todo.
Poco a poco, en el tiempo que luego él supo que fue un mes, logró recobrar la movilidad y el control de sus sentidos directos casi por completo. Y se enteró de lo que había pasado.
Había naufragado. Si estaba vivo era porque un carguero que llevaba rumbo a Boston había visto algunos de los restos y descubierto su cuerpo flotando sobre un pedazo de madera. Le habían recogido y llevado a los Estados Unidos. Al parecer era el único superviviente.
Dennis no supo qué responder cuando varios agentes de la aduana y algunos policías le preguntaron sobre su país de origen. Él ni siquiera acertaba a balbucear algunas palabras, porque no sabía inglés y allí nadie conocía su idioma. Tuvieron que traer a un intérprete y así descubrir que era danés…
Dennis no recordaba nada, salvo su nombre, la opresión del agua sobre el cuerpo y los gritos agónicos de personas que se habían borrado de su memoria. Confundido, atemorizado y amnésico, fue insertado en un programa de incorporación a la sociedad, dentro del mismo hospital, con el propósito de que aprendiese inglés y obtuviera papeles de ciudadanía y residencia. Nadie se molestó siquiera en tratar de rastrear su nombre o apellido para así devolverlo a su tierra natal. Preferían quedárselo para que trabajase en algún sitio y fuese de provecho para el país.
Y así, tras dos años internado en el hospital de Boston, Dennis Andersen obtuvo la nacionalidad estadounidense y un trabajo en Hudson&Co, una pequeña empresa localizada cerca de un pueblecito en el estado de Nueva York. Su antiguo odio hacia el mar seguía siendo el mismo pero de razones diferentes. Lejos de considerarlo un asesino, el océano ahora sólo representaba su pasado perdido al que no sabía si quería volver, o saber de él.
Tuvo que trabajar muy duro al principio para hacerse un hueco considerable en la empresa, pero al poco tiempo de entrar a trabajar allí, vieron sus aptitudes para la navegación y le asignaron a un barco pesquero. El sueldo era tan considerable que se pudo permitir alquilar una habitación en la pensión del pueblo al que le llevaron, Winterfield. Allí la gente era bastante amigable y bondadosa con los extranjeros, aunque el tener la ciudadanía sumaba puntos para que confiasen en su persona. Rápidamente se hizo amigo de un muchacho pelirrojo de su misma edad, que trabajaba de aprendiz de barbero en el negocio de su padre, y del hijo de su patrona, un hombrecito rubio y ojos azules muy simpático y gracioso.
A veces miraba al mar y sentía una nostalgia extraña. Pero le daba poca importancia, al igual que los sueños que poco a poco comenzaron a asaltarle. Eran pesadillas sobre naufragios y de una manera u otra le dejaban nervioso y asustado, como a la expectativa de que pasase algo. Aunque nunca pasaba nada. Además, sabía que los sueños estaban provocados por el trauma del naufragio, a pesar de que él no recordase gran cosa.
Scott le decía eso muchas veces y más tarde, cuando conoció a Jan y se hizo amigo suyo, también se lo oía decir. Que sólo eran sueños y en eso se quedaban.
Dennis quería creerlos, pero aún así nunca dejaba de pensar.
El puerto bullía bajo un cielo azul despejado y cálido. Era todavía de mañana pero los preparativos para embarcar estaban casi a punto. De aquí a allá iban mozos cargando sacos, cajas y baúles hasta los navíos. Por todas partes podían oírse los gritos de multitud de hombres.
Era el día perfecto para navegar, o eso decían.
Dennis, plantado en su dársena como si hubiera echado raíces, oteaba el horizonte con una mueca indiferente plasmada en el rostro, intentando averiguar si todo estaba bien o sólo era un espejismo. Decidió no preocuparse y volvió sobre sus pasos, en donde aguardaban sus amigos.
Jan y Scott habían ido a despedirle, como siempre hacían cuando Dennis se marchaba a trabajar. No se verían en tres semanas, un tiempo considerable. Y aunque ninguno de los tres lo dijese, sabían que se echarían de menos. Por eso mismo se abrazaron como buenos camaradas que eran y bromearon sobre la promesa implícita que habían hecho los tres, que implicaba no beber en ausencia de alguno y portarse bien, como niños buenos y educados. Dennis sabía que Scott no lo iba a cumplir porque el pelirrojo no sabía vivir sin cerveza, aunque Jan inexplicablemente se mantenía fiel a su palabra, leal como un soldado.
—Ten cuidado ¿eh? — le dijo el holandés, como tantas otras veces.
— Lo tendré, no es como si fuera un novato. — Dennis sonrió y miró hacia arriba. — ¿Has visto que cielo hay hoy? Está tan azul que se podría comer en él.
Jan parpadeó y alzó una ceja mirando a Scott, el cual prorrumpió en una sonora carcajada.
— Estás diciendo tonterías. — protestó Jan, sonriendo de lado y resignado.
—Déjale, está borracho, se caerá por la borda en cuanto se descuide. — Scott le dio un codazo a Dennis y este arrugó la nariz, simulando ofensa.
— No estoy borracho y no me voy a caer, ¿a que no te traigo tu mejillón, imbécil? — pero lo decía en broma. Dennis le pasó el brazo por los hombros y le dio otro abrazo. — Hasta la vuelta, no hagáis nada que yo no haría ~
Se separó del pelirrojo y abrazó a Jan por última vez, palmeándole la espalda. Entonces Dennis sonrió y retrocedió unos cuantos pasos, alzando la mano y agitándola para despedirse, luego se volvió hacia el malecón y caminó junto a otros marineros, subiendo a su barco poco después.
Mientras El Pelícano zarpaba y se alejaba del puerto, Dennis se apoyó en la borda y observó alternativamente el horizonte, la estela del barco y las dársenas que poco a poco iban quedándose vacías. Allí a lo lejos estaba sus amigos, cada vez haciéndose más pequeños según él se alejaba hacia mar abierto. Sonrió suavemente y suspiró, volviéndose hacia el interior del navío para ir preparando la grúa y las redes junto a sus compañeros.
El trabajo le ayudó a desconectar de sus quejumbrosos pensamientos, que le asaltaban de cuando en cuando cada vez que oía una gaviota o una ola impactando contra el casco del barco. Esos sonidos tan triviales le evocaban recuerdos olvidados, como sensaciones que pasaban rápidamente de un lado a otro en su mente, sin llegar a formar una imagen completa. Estaba seguro de que eso era por culpa de su bloqueo, el que llevaba acompañándolo desde hacía años. Desde que naufragase y perdiese la memoria y el rastro de su origen. Saber que era danés no le reconfortaba. Nacer en un lugar no lo convertía en tu casa y eso Dennis lo tenía bien claro. El hogar estaba donde tenías el corazón, donde estaban tus raíces y donde mantenías tu lealtad. No recordaba si antes había sido alguien patriótico pero si hablaba del presente, seguramente hasta pudiera equipararse a Alfred en ese campo. Haría lo que fuera por el país que le había acogido, dado una vida y cobijo. No era tan desagradecido como para dar la espalda.
Además, en caso de averiguar algún día su origen real, saber si tenía familia o casa, no sabía si querría dejar lo que tenía en Estados Unidos. Vivía de alquiler, pero tenía un buen trabajo, amigos y personas importantes. No sería fácil tener que decidir. Y estaba el asunto de la guerra. Si Dinamarca se mantendría neutral o no, eso no lo sabía. Pero no sería tan tonto de meterse en la boca del lobo.
Dennis asintió para si pensando en eso, mientras terminaba de enganchar los cables a las poleas y a la red. El viento se había levantado con la marea y soplaba de forma constante y tibia desde el suroeste. El sol aún no estaba muy alto pero anunciaba un día caluroso. No había ni una nube en el cielo.
Todo parecía tranquilo. Tan tranquilo como la calma que precede a una tormenta.
Bien, sólo apuntar una cosa: ¿Dennis tiene sueños profético? No, para nada del mundo. Simplemente sueña con algo que puede llegarle a pasar, perfectamente. Además, esto es la vida real, no hay magia ni cosas de esas. Y sí, tiene amnesia y no recuerda nada de su vida antes del naufragio -sí, muere su padre y todo el que iba a bordo menos él, lástima-. El pasado se cuenta por encima esta vez, porque tengo pensando explotarlo en otro arco más adelante. Y sí, probablemente le lleve un mejillón a Scott XD. ¿Opiniones, preguntas, ideas, tomatazos? Quedan sólo Alfred y Emily por presentar, después ya empieza el primer arco argumental.
Suzume Mizuno: De hecho están hechos así a propósito, dar información pero no toda porque el resto se dará más adelante, en el momento oportuno. Los lectores de fanfiction están poco a costumbrados a eso pero es un recurso normal en novelas XD. Como ves... Escocia tiene su asunto, aunque sea más secundario que los demás. Espero que te gustase este capítulo 3
Un saludo ~
Loto de Origami: El sufrimiento de esta mujer no se acaba ahí, le queda todavía drama y drama que recorrer, además... queda que se cuente cómo se salva ella y no su hermano de ser presa de los falangistas y también por qué huyó a Estados Unidos y no a Sudamérica, que es lo que se solía hacer en casos de exilio. Me alegro de que te gustara y de que te encante el fic porque ya sé, no es un espamano muy convencional, de hecho hay pocos que yo haya leído que me convenciesen. Por eso quiero hacer el mío verosímil y bonito uwu. Espero que te gustase este también ^^
Un saludo ~
Paula Elric: Pues no serías a la primera a la que le contagio el HolSpa XD si te gusta tengo otros fics de esa pair, aunque con España como hombre. Poco a poco la trama irá avanzando, tiene varios arcos hasta que se acabe así que será larguito. Espero que te guste este capítulo ~
Un saludo ~
