Capítulo I: Tal vez sea hora de volver
Los dorados rayos de sol se colaban por la ventana.
Susan dormía apaciblemente, a pesar de haber llorado casi toda la noche por el fantasma de un recuerdo que no la iba a dejar tranquila nunca. Un recuerdo que la seguiría hasta la tumba.
Abrió los ojos, que aún pesaban pese a las incontables lágrimas que habían salido descontroladamente la noche anterior.
Un rayo de luz le dio directo en el rostro, haciendo que se despertara por completo. Entró al baño, se duchó y salió envuelta por una cortina de vapor y una toalla color carmesí.
Se colocó un vestido azul, no tan fino como los que alguna vez lució en los festines de Cair Paravel, ni tan presuntuoso como los que utilizó para los bailes a los que asistió junto a sus hermanos, pero que igualmente la hacia lucir bella.
Sin colocarse calzado, bajó los doce peldaños de la escalera y se dirigió a la cocina, en donde Lucy ya estaba preparando el desayuno para los cuatro.
-¿Qué no puedes estar un día sin prepararnos el desayuno?-preguntó con una sonrisa en los labios, mientras la ayudaba con la tetera y algunos platos.
-Es la costumbre.-Respondió simplemente.- Tantos años preparando el desayuno…-guardó silencio, miando temerosa a su hermana de reojo. No quería ver a Susan llorar nuevamente por recordar Narnia ni mucho menos a Caspian.
-No es costumbre.-apuntó Susan, forzando una sonrisa para ocultar su tristeza.- es una maña que se te ha pegado.
Lucy sonrió y dejando a su hermana terminado de poner la mesa, subió a despertar a sus hermanos.
-Ed, Ed, despierta.-Zamarreaba Lucy a su hermano, que dormía como un oso perezoso.- Edmund.- volvió a decir Lucy, acercando su rostro a su oído.- EL DESAYUNO ESTÄ LISTO.- Gritó la chica, riendo y arrancando de su hermano, que había despertado de un golpe y se había propuesto a descuartizar a su hermana.
Edmund Pevensie no logró su objetivo, ya que Lucy entró corriendo al cuarto del mayor de los cuatro hermanos y cerró la puerta.
-¿Qué preparaste para desayunar hoy Lu?-Preguntó una voz que provenía de debajo de las sábanas, en donde un bulto comenzaba a moverse y estirarse.
-Tostadas, Panqueques, huevos con tocino, té y leche.-respondió Lucy, abriendo las cortinas de la pieza de su hermano, iluminándola completamente.
-Pet, ¿No has pensado en cambiar esas cortinas?-preguntó Lucy, señalando las oscuras cortinas de un verde aguamarina.
-No. Cada vez que me acuesto recuerdo la oscuridad que invadía a Cair Paravel todas las noches.-Respondió su hermano, sentándose en la cama.
-Lu, ¿Cómo amaneció Susan hoy?-Preguntó Peter, cambiando el tema completamente.
-Tratando de simular su tristeza.-Le contestó, abriendo la puerta de la habitación.-Apresúrate si no quieres quedarte sin desayunar.-Agregó, antes de salir por la puerta y descender al piso inferior, en donde se encontraba únicamente Susan, medio sentada, medio acostada sobre uno de los sofás y con un libro entre sus manos.
Minutos después, ambos hermanos bajaban por las escaleras. El primero de ellos tenía una cara somnolienta total, dejando ver su instinto homicida hacia su pequeña hermana. El segundo bajaba con una toalla en su mano, con la que secaba su claro cabello, desordenándolo completamente y esparciendo un poco de agua por el comedor.
-Su, hora de desayunar, no de leer.-reprochó la pequeña Lucy, que parecía ser la mamá de aquellos hermanos.
El desayuno estuvo tal como todos los días. Edmund hacía sus gracias, haciendo reír a Lucy, mientras Susan y Peter planificaban lo que harían ese día.
Decidieron que saldrían a la playa, a recoger conchas, jugar con las olas y relajarse con la brisa marina.
Lucy y Edmund se entusiasmaron con la idea y de la emoción, tragaron el desayuno sin importarles que el té estuviese hirviendo ni que se atorara con migajas de pan tostado.
Susan se levantó, cogió una cesta y comenzó a llenarla con frutas, pastelillos y emparedados para la hora de almorzar.
Peter y Edmund recogieron las cosas e la mesa y lavaron la loza, mientras Lucy cogía dos mantas y las doblaba, haciendo un pequeño bultito.
Los cuatro hermanos salieron de la casa.
Caminaron un largo rato por la dorada arena, dejando las huellas de sus pies marcadas.
Llegaron a un punto donde en la extensa arena solo había una roca, la preferida de Susan, en donde solía sentarse cada vez que bajaban a la playa y escribía en su diario.
Lucy extendió las dos mantas, con ayuda de su hermana, mientras Peter y Edmund se quitaban los zapatos y corrían hacia la orilla del mar, jugando con estas.
Lucy decidió caminar por la arena, en busca de caracoles y conchitas multicolores, de esas que juntaba desde pequeña.
Susan por su lado, cogió su diario, el bolígrafo y se encaramó en la cima de la roca.
"Hoy vuelvo a sentir el vacío en mi interior.
Mis hermanos se muestran como si nada hubiese ocurrido.
Disfrutan los días de sol, las noches lluviosas.
Y yo solo me resigno a llorar por las noches.
A pensar en como volver a estar junto a él.
¿Porqué me tuve que enamorar de alguien que no vive junto a mi?
¿Por qué tengo que vivir tan alejada de él, en otro mundo?
Si, MUNDO.
Ambos vivimos en mundos distintos, muy distintos.
Solo quiero encontrar la manera de regresar, reinar en mi trono junto a mis hermanos, de la mano tuya.
Y vivir por siempre junto a ti"
Una lágrima rebelde escapó de su ojo derecho. Lágrima solitaria que Susan secó rápidamente.
Abrió la última página de su diario, donde tenía dibujos de sus hermanos hechos por ella misma.
Buscó una hoja en blanco y comenzó a trazar en el papel innumerables rayas, curvas, puntos, hasta que pasadas ya dos horas, terminó
Observó atenta su nuevo diseño.
La mostraba a ella, vestida con el más hermoso vestido que jamás en su vida había visto, con un ramo de flores entre sus manos, tomada del brazo por un hombre que sonreía de igual manera que sonreía ella.
Había dibujado su boda. Su Matrimonio con Caspian, una utopía según ella, ya que él estaba demasiado lejos de ella como para llegar a casarse.
Después de la colación, los cuatro hermanos decidieron olvidarse del mundo por unos instantes, comenzando una guerra de agua todos contra todos.
Lucy chapoteaba hacia todos lados, mojando a sus hermanos y de pasada a ella misma.
Peter lanzaba agua a diestra y siniestra, empapado completamente.
Susan reía, mientras lanzaba agua hacia arriba y Edmund lanzaba agua hacia sus tres hermanos, tropezando varias veces y cayendo al agua, empapándose entero.
El sol comenzó a esconderse cuando los cuatro hermanos, empapados y tiritando completamente comenzaron a retornar a casa.
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Caspian suspiraba por duodécima vez.
Resultaron ser Aneresnianos los que osaban atacar Narnia.
Eran una nueva raza de personas de piel oscura, pieles color trigueñas y ojos verdosos. Se sabían que ese pueblo estaba dividido en dos, ya que no todos estaban de acuerdo con las acciones de su Rey, Alcázar, quien lo único que quería era invadir tierras, para hacer crecer más y más su reino.
Caspian sabía que una nueva amenaza surgía para Narnia y esperaba no defraudarla como monarca.
-Señor, la tropa enviada como tregua a sido arrasada.-Anunció una voz a sus espaldas.
-Entonces Trumpkin, han declarado la guerra.
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A la mañana siguiente, Lucy, para variar, fue la primera en levantarse.
Bajó hacia el comedor, dispuesta a preparar el desayuno para ella y sus hermanos, tal como lo hacía las veces que iban de paseo a los bosques de Narnia, en la época en la que era reina junto a sus hermanos.
Cuando salió de la cocina a dejar un plato con huevos revueltos a la mesa, se percató que había un sobre en el suelo, como si lo hubiesen tirado por la rendija que había entre la puerta y el suelo.
El sobre estaba totalmente en blanco. Ningún sello, ni remitente. Sólo tenía escrito en la parte superior Para los Hermanos Pevensie.
Lucy dejó el plato sobre la mesa y, extrañada total, fue a recoger el sobre. Sus dedos abrieron hábilmente el sobre, sin necesidad de romperlo, y la chica sacó la hoja de su interior.
Rápidamente sus ojos devoraron su contenido, pero al llegar al punto final de la carta, soltó el grito más fuerte que alguna vez en su vida logró hacer, mientras innumerables lágrimas recorrían su aterrorizado rostro.
Segundos después, sus tres hermanos se encontraban junto a ella.
Susan la abrazaba, intentando calmarla junto a Edmund, mientras Peter tomaba la carta que Lucy tenía entre sus temblorosas manos.
- ¿Qué ocurre pequeña?-Preguntaba asustada, Susan.- ¿Qué fue lo que te hizo gritar de esa manera?
Lucy no producía ningún ruido, sin embargo sus labios formaban palabras, que ni Susan ni Edmund pudieron descifrar.
-Esto no puede ser cierto.- Dijo en un susurro Peter, cayendo al suelo, enterrando su rostro entre sus brazos y soltando un profundo grito, el más triste que alguna vez se halla oído.
-Pet, ¿qué ocurre? ¿Qué demonios dice la maldita carta?- Preguntó más asustada que antes, Susan, mientras sin saber porqué una lágrima se escapaba de sus ojos, yendo a parar al suelo.
Peter levantó su cabeza. Su rostro estaba empapado en lágrimas y sus ojos con su nariz estaban totalmente enrojecidos.
-Mamá…- Fue lo único que moduló, mientras sus ojos volvían a ser invadidos por lágrimas.
-¿Qué… qué ocurre con mamá? ¿Enfermó? ¿Está grave?- Preguntó esta vez Edmund, sin saber que ocurría y asustado, tal como lo estaba Susan.
-Mamá…ella está…-Peter no podía terminar la oración.
-¿Ella está qué Peter?-Estalló Susan, gritándole a su hermano.
-MUERTA SUSAN.- Los tres hermanos observaron a quien había pronunciado esa sencilla, pero cruda frase.
Lucy temblaba sin parar. Su abdomen subía y bajaba frenéticamente y sus ojos no paraban de llover a cántaros.
-Imposible… ¿cómo puede ser?-murmuró Susan, sin creérselo.
-Papá y ella… ellos fueron víctimas de un atentado.-Le respondió Peter. Su voz estaba totalmente quebrada y no paraba de hipar.- Ayer, unos terroristas alemanes atacaron en pleno centro de Londres. Papá y mamá recibieron varios impactos de bala y no alcanzaron a llegar al hospital.
Edmund no decía nada. Sus ojos estaban totalmente inexpresivos. Su rostro seco, pero su cara espasmada, su cuerpo temblaba y unas pocas lágrimas lograron escapar de su rostro.
Peter se levantó del suelo. Se puso al lado de Susan, que aún mantenía a Lucy entre sus brazos junto a Edmund y los abrazó. Los cuatro hermanos sintieron la necesidad de estar más juntos que nunca y lloraron. Lloraron porque se encontraban solos en el mundo. El futuro estaba solo para ellos cuatro, sin compañía de nadie más que ellos.
-Hay que ser fuertes.-Dijo de pronto Peter, poniendo su semblante serio y dejando de derramar lágrimas.- Debemos estar unidos, como lo estuvimos una vez en Narnia.
-Ahora debemos valernos por nosotros mismos.-Agregó Susan, imitando a su hermano y secando el empapado rostro de Lucy, que se había dormido en los brazos de su hermana a causa de su llanto.
-¿Qué ocurrirá con nosotros Peter?-Preguntó Susan, luego de recostar a Lucy sobre el sofá y cubrirla con una manta.
-Solo el tiempo lo dirá Su, solo el tiempo lo dirá.-le respondió Peter, sin quitar su mirada del profundo rostro dormido de su hermana pequeña.
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Entre las espesuras de un bosque, el Gran León observaba sobre una fuente mágica la imagen de los cuatro hermanos, tres de ellos con sus semblantes tristes y una cuarta completamente dormida.
-Tal vez sea hora.- Se dijo el León, dando media vuelta y recostándose sobre una roca.- Tal vez sea hora de traerlos de regreso a Narnia.
