Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, y Este fic participa en el reto "Viñetas de emociones" para el foro de La noble y ancestral casa de los Black.
Personaje: Luna Lovegood
Emoción: Soledad
Palabras: 903
Título: Nunca podría…
Soledad
Se dejó caer en la cama de su habitación. El silencio se apoderaba de ella. Ese verano no podía ir a visitarla, y eso le entristecía. Demasiado. Nunca se había sentido tan afectada como en esa ocasión. Estaba acostumbrada, y no lo negaría, pero eso no le impedía a sentir que la soledad le envolvía como siempre, pero de una forma muy cruel en ese instante. Neville era su mejor amigo. Era mucho más que eso, y con tan solo pensarlo, se sonrojó. Era algo muy extraño, pero no parecía importarle demasiado. No en ese preciso momento. Dejó que el nerviosismo se apoderase de ella. ¡Era tan simple aquello! Pero por primera vez, Luna se quedaba sin palabras para ello. Para darle nombre a todo eso que se almacenaba en su corazón.
Se removió, pensando entonces en el niño que vivió. Harry James Potter. Ese chico que se acercó a ella con cierto temor. No se lo reprochaba. Era extraña. Era Lunática. ¿Cómo no asustarse o juzgarla por ello? Pero le había de mostrado que era algo más que eso. Mucho más. Un muchacho capaz de todo por las personas a las que apreciaba. Y por eso, la soledad aumentaba. Le extrañaba, y se sentía demasiado sola sin su intento de entenderla, aunque fuese llevado al más absoluto fracaso. Ladeó la cabeza, encantada y acariciando sus pendientes de rábanos, aquellos que atraían las miradas que la juzgaban y, a la vez, divertían
Luego estaba Hermione. Por Dios. Esa chica necesitaba abrir su mente. Aún así, le caía bien. Al fin y al cabo, incluso la compadecía en cierta manera. Nunca era fácil enamorarse, y para gracia de la rubia, esta estaba enamorada del pelirrojo que parecía una persona sin sentimientos. Algo que parecía molestar a la castaña, aunque la única certeza de ella era que lo que le desagradaba era el hecho de pensar que este no le correspondía a esos hermosos sentimientos que padecía. Y por eso, la soledad se apoderaba de nuevo de ella. Extraña discutir sobre la existencia de ciertos seres que se veían increíbles, pero que en el fondo, claro que eran reales. Igual que lo eran tantas cosas por el simple hecho de creer, y no solamente por los hechos. Siempre parecía interesada en esas conversaciones, y en verdad, lo estaba
Luego estaba su querida amiga, Ginny. La que estaba en su mismo curso. Esa muchacha que parecía desconcertante. ¡Es que lo era! Estaba enamorada de Potter y salía con otros chicos, aunque desde que él la dejó, ya no era la misma. Y eso le apenaba. Esa muchacha había logrado sonsacarle su mayor secreto, igual que defenderla ante los demás. Era la única amiga que la conocía completamente. Que de verdad le apoyaba en todo momento. La que era capaz de hacerla reír. Y por eso, lloró. Por la soledad, que se apoderaba de ella. Por extrañar a la que era su mejor amigo. Ese cabello rojizo al vuelo del aire. Esos ojos marrones, intensos como el color de su melena, como lo era el fuego. La llama de la pasión
Y luego, Ronald Weasley. Tan enamorado de la castaña que era capaz de todo por ella. De luchar, de vencer, y ser valiente. Una persona que le había juzgado, pero que en el fondo, no era tan mala persona. Que después de todo, le había mostrado con creces que se merecía su amistad y confianza. Eran esas burlas de él, su toque irónico, y ante todo, la risa que se apoderaba de todos. Eran los buenos momentos. Sus jugadas magistrales en el deporte. Y el desespero de Mcgonagall con ella. Y es que, se estremeció sorprendida. ¡Le echaba de menos! Y se sentía sola. El dolor se apoderó de ella, y la nostalgia se apoderó de ella una vez más. ¿Dónde estaba la felicidad cuando se iba? ¿Y esas lágrimas que se perdían en su rostro? No era nada sencillo, y eso lo tenía claro. Era lo que tenía sentirse sin nadie a su lado. Ella tumbada en ese lugar. Perdida en millones de sensaciones. Perdida en recuerdos que se le antojaban demasiado ajenos. ¿De verdad eran suyos? Ladeó la cabeza
Tomó su varita entre sus finos dedos y la levantó. A veces, parecía que no había escapatoria para todo aquello. Y entonces, volvió a clavar su mirada en el techo. Y se veía a ella con ellos. Los rostros de cada uno. Del valiente azabache. De la inteligente castaña. Del testarudo pelirrojo. De su extrovertida pelirroja. Pero ante todo, de su leal amigo. La sonrisa se ensanchó en ella. La soledad podría envolverla, pero pese a todo, siempre estarían con ella sus amigos. Aquellos que, pese a sus defectos, la apreciaban y comprendían
Sería Lunática Lovegood, pero se sentía afortunada. Se sentía apreciada. Se sentía increíble. Se sentía amada y querida por esas personas que eran las más importantes de su vida. Se abrazó a sí misma, suspirando y dejando que todo lo demás pasase a segundo plano. ¡Qué ternura la de ella! ¿No era hermoso todo aquello? Y cuando cerró los ojos, percibió el apoyo de todos. Pese a la distancia, siempre serían amigos…Y lo que no sabía ella es que sería así. Pese a los años, pese a la distancia, y pese a las diversas vivencias, estarían juntos…Todos…Para siempre. Y la soledad, nunca podía apoderarse de ella. Ya no. Porque estaban ellos…
