Las notas del violín ascendían suavemente de manera que se oyeron hasta en la habitación del doctor, que salió ensayando lo que iba a decirle al detective arrogante, para que parase con aquél ruido infernal. Sherlock podía tocar de manera angelical, o de manera que tus tímpanos querían estallar.

No le había tocado un buen día.

Habían llegado hacía apenas una hora al apartamento que compartían en el 221B de Baker Street. La señora Hudson les había ofrecido cariñosamente un té para relajarles, y aunque Sherlock tenía un gran aprecio por esa mujer, le había contestado con gritos '¡Cállase señora Hudson!'' John solo había contestado que estaba de mal humor y había subido corriendo, regañando la actitud del detective.

-Sherlock, ¿Es necesario que hagas eso ahora?Son las once de la noche-Para su alivio, el detective le miró con sus ojos azul-grisáceo.

-Ay, mi inocente John. La noche está demasiado tranquila...-Watson se permitió arquear una ceja, asombrado. ¿Sherlock Holmes hablando de manera poética? No era nada propio de él. Siempre se reía cuando leía sus e-mails, cosa que exasperaba al doctor.

Iba a contestarle cuando el tono de alarma sacó a Sherlock de su ensimismamiento y se metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacando el móvil. Watson no pudo oír nada salvo unos 'Ajám' y 'Ah's varios. Aquello le ponía nervioso y se mantuvo de pie, expectante. Sherlock colgó la llamada y se acercó corriendo para coger su bufanda y su abrigo. Observó la cara de Watson y resopló, aburrido.

-Han entrado en el apartamento de la señorita Laforet. ¿Lo ves,John? Nunca fallo-Al ver que el doctor seguía sin moverse, resopló con más fuerza-Lestrade dice que se va a ir dentro de hay huellas ni nada. Y Christine se ha encerrado en su cuarto y está lanzando improperios-Lanzó su abrigo contra Watson-Vamos-Salió por la puerta seguido poco después por John.

Una hora después, Sherlock Holmes y su compañero el doctor Watson entraban en el apartamento de la señorita Laforet. Aunque su cara se mostrase impasible, Sherlock admiró en silencio el espacioso apartamento con ventanales que mostraban toda la belleza de Londres, con una escalera que, suponía, llevaba a la habitación de la dueña. Lestrade se acercó a los dos rascándose la nuca, señal de que tenía mucha presión.

-¿Y bien Lestrade?-Preguntó Sherlock con tono aburrido, observando los violines eléctrico y barroco, las guitarras y el inmenso piano negro. ''Esta mujer si que es amante de la música''Pensó asombrado.

-Nadie la ha hecho salir, ni siquiera la sargento Donovan. Se ha dedicado a tirarnos cosas o a usar su mutismo selectivo. No nos habla, no nos mira-Lestrade suspiró y ascendió las escaleras seguido de los dos hombres. Ambos se sorprendieron al ver las dimensiones tan grandes que tenía la parte de arriba del apartamento. Esta chica manejaba dinero. Lestrade abrió una puerta y se encontraron a Christine Laforet con su pelo rizado de color rojo intenso alborotado, un tono amapola en sus pálidas mejillas y sus ojos castaños brillantes. Vestía un simple pijama con una sencilla bata gris de tela suave, que servía más para tapar que para abrigar. Sherlock abrió mucho los ojos. Le sorprendía que fuera tan bella.

-Señorita...-Empezó a hablar Watson pero el dedo acusador de Christine le apuntó.

-¡NO PIENSO SALIR DE MI CASA!-Apenas había gritado pero su voz era terroríficamente fría.

Sherlock decidió que no iba a dejarse impresionar por una chica tan joven que se estaba comportando como una niña de seis años. Asombrado,se dio cuenta de que en ese momento se parecía a su hermano Mycroft Holmes y a él mismo. Mycroft, serio, elegante, reservado. Sherlock, siempre saliéndose con la suya, inmaduro. Arrugó el ceño y se acercó a Christine, que tuvo que alzar la cabeza para poder mirarle a los ojos. Sherlock pudo ver el desafío en los ojos de ella.

-Señorita Laforet, como veo que no se está tomando en serio el peligro que corre, hemos de tomar medidas drásticas-

Christine arqueó una ceja y Sherlock la cogió de manera que las piernas de Christine colgaban por la parte del pecho de Sherlock y su cabeza por su espalda. Aquello pilló a todos los presentes por sorpresa, e incluso Watson intentaba no mostrar la sonrisa que quería salir. Christine pataleaba con fuerza y pegaba puñetazos en la espalda de Sherlock, que intentó no mostrar el dolor que sentía. Después de varios minutos, Christine dejó caer los brazos y las piernas con cansancio. Había subestimado al detective, que la había puesto en ridículo de la manera más absurda. 'Como se atreve a tratarme como una niña' Christine resopló y Sherlock se permitió el lujo de sonreír.

-Parece que la señorita ha decidido cambiar de opinión- Tiró a Christine encima de la cama, que contestó con un grito gutural que salió del fondo de su garganta. Sherlock miró a los dos hombres que esperaban expectantes las nuevas ideas del detective-Lestrade, puede retirarse. Watson, ve a Baker Street y tráete lo que consideres necesario-Se giró hacia Christine que le observaba con odio y la cara enrojecida-Y usted señorita Laforet, ya que ha decidido no venir con nosotros, nosotros dos-Señaló a John y a sí mismo- Nos quedaremos con usted. Y espero que haya aprendido costumbres inglesas y nos ofrezca almohadas para el sofá y té-Los ojos de Sherlock observaban con frialdad a Christine. Watson no se había movido del sitio y Lestrade tenía la cara pálida. Era un duelo de egos. Para sorpresa de todos Christine escupió en la hombrera del abrigo de Sherlock y se tumbó de nuevo en la cama, abrazando la almohada. Sherlock respiró profundamente y fijó sus ojos en ella-Watson, Lestrade. Fuera-

La voz dura y fría de Sherlock asombró a todos pero no se negaron a sus órdenes. Pronto la casa se quedó silenciosa y sola, excepto por Christine y Sherlock Holmes, que seguía observando a aquella chica de pelo rizado rojo, que le observaba con odio y leve temor en sus ojos. Al oír que estaban solos, el detective se quitó el abrigo y se quedó solo con su chaqueta negra que dejaba ver su camisa morada. Christine respiró hondo observándole y vio como Sherlock la sonreía con acidez.

-Como invitado, escojo el derecho a usar su lavadora y tender la ropa, ya que su saliva ha impregnado la hombrera, miss Laforet-

El detective se acercó a la puerta y, antes de cerrarla pudo oír una suave voz.

-Tengo secadora también. Úselas con cuidado-

Sherlock sonrió y cerró la puerta del todo.

Sabía que había ganado ese asalto.