Christine había subestimado al detective. Y lo peor de todo, la había ganado.

Aún recordaba con vergüenza como minutos antes las manos de Sherlock se habían aferrado a su cintura y su cuerpo había colgado encima del de Sherlock. Aún habiendo escupido en su chaqueta, el detective había mostrado una elegancia que a ella le había faltado en esos momentos. Christine suspiró y decidió que era hora de levantarse de la cama y hacer de anfitriona, aunque fuese lo que menos quería.

Bajó las escaleras con paso pesado y oyó como el detective andaba en la cocina. ''Intentando quitar mi saliva, supongo'' pensó Christine y se acercó a la sala, apoyándose en el marco de la puerta. Sherlock se encontraba con la camisa morada y los pantalones del traje. Christine se sorprendió al verse asombrada por algo así e intentó quitarse de la cabeza la imagen. Dio dos suaves toques a la madera del marco y el detective alzó la cabeza, observándola con sus ojos azules. ''Me está analizando'' Christine puso su cara más neutral y caminó deprisa hacia la nevera, abriéndola y mirando dentro. Debía ofrecerle algo.

-Y bien señor Sherlock Holmes ¿Té, café, cerveza?- Murmuró Christine deseando que no quisiera nada y así poder volver a su cuarto. No deseaba enfrentarse a un interrogatorio por parte del hombre. Aunque no iba a tener suerte.

-No miss Christine, la frase anterior la dije por educación. Me gustaría preguntarle algo...-''Oh, dios. Prepárate Christine''- ¿Por qué no nos contó lo de las rosas?- La pelirroja se giró bruscamente, cerrando la nevera y observando al detective. No comprendía como había averiguado eso. Apretó sus labios de color rojizo hasta que se convirtieron en una fina línea- Las notas. Lestrade me dijo...-Al ver la cara fría de Christine, Sherlock notó un escalofrío en la columna. No debería haber preguntado.

-Dedíquese a descubrir quien ha sido. A mí déjeme en paz-La voz borde y cortante de la pelirroja flotó por la cocina hasta los oídos de Sherlock, que arqueó una ceja.

-¿He de volver a cogerla en brazos, Miss Christine?- Al oír esa amenaza, Christine cogió un vaso de chocolate que se había ido preparando y salió como una exhalación de la cocina, sentándose al lado de la ventana, intentando no sonrojarse. ¿Cómo se atrevía a decir eso?

Sherlock suspiró y se revolvió el pelo. Aquella chica le estaba poniendo las cosas difíciles incluso para su cerebro. Puso su abrigo en la secadora y con pasos grandes se acercó a donde estaba Christine. Se paró en seco y se quedó observándola atentamente. Su cabello rizado rojo como el fuego caía por sus hombros y su espalda y sus ojos brillantes de color castaño estaban llenos de lágrimas. ''Pero... ¿Qué demonios...?'' Se acercó a ella y se sentó en el sofá, al lado de ella, que estaba abrazando sus piernas con una mano mientras sostenía la taza en la otra. Sabía que era fría. Comprendía esa frialdad con el mundo. Pero Sherlock la necesitaba comunicativa.

-Tengo miedo...señor Holmes-La voz temblorosa de Christine le devolvió a la realidad y él simplemente le ofreció su mano, que ella aceptó. Sherlock acarició suavemente sus nudillos de uno en uno, intentando tranquilizarla. Christine dejó la taza en el suelo y se sentó con las piernas cruzadas al estilo indio, mirando como Sherlock le daba ese curioso masaje en su mano. Se limpió las lágrimas con la bata y miró al detective, empezando a reírse a carcajadas sin parar. Sherlock frunció el ceño sin saber qué veía de divertido-La...lamento haberle escupido-Christine enrojeció hasta la raíz de su pelo rizado, mientras se rascaba el cuero cabelludo. Sherlock se asombró al saber que estaba sonriendo y negó con la cabeza.

-Lamento haberla levantado así, señorita Christine-

-Oh, eso fue divertido Sherlock-

Oír su nombre de pila en labios de aquella chica hizo que los músculos del estómago del detective se contrajeron suavemente. ¿Qué demonios le estaba pasando con esa chica? Sherlock se limitó a observarla mientras ella miraba por la ventana las maravillas de Londres. Desde luego, había escogido bien su apartamento. Al girar la cabeza y ver que Sherlock la miraba atentamente, Christine volvió a enrojecer, lo que hizo que él abriera suavemente los labios, dejando escapar el aire.

Afortunadamente, unos golpes en la puerta disiparon ese momento.