Ey. Sigo vivo. \o/

Actualicé este fic en… marzo, ¿verdad? lol. Soy rápido como las balas (?). Pero en fin, todo llega, aunque no todas las esperas valgan la pena.

Sea como sea, ¡bienvenidos al sexto capítulo de "¡Tú no me entiendes!"!. En este capítulo ya no hay contenido para adultos, podéis estar tranquilos y leer tranquilamente. ´u` Entramos en la recta final de la historia: imagino que acabará teniendo unos 10 capítulos, así que ya hemos pasado el ecuador de la trama... Justo como One Piece. ¿O dijo Oda que estaba a punto de llegar a la mitad pero que aún no había llegado? Ni puñetera idea. En fin, que me desvío del tema.

Le dedico este capítulo muy especialmente a Ricc-chan, y es que creo que le gustará (si es que alguna vez lo lee, que mi senpai no da nada por mis cualidades literarias). También a karasawr, por supuesto, ya que pudo leer aproximadamente la mitad del capítulo en exclusiva y escrito a mano. Todo un lujazo, oiga. (?)

Por cierto, ya he dicho alguna vez que todas mis historias están conectadas, y este capítulo es buena muestra de ello, ya que os da una idea del orden cronológico y enlaza esta historia con "El rugido de la bestia" y "Es casi fraternal", dos de los otros fics activos que tengo. Poco tienen que ver con lo que se relata aquí, pero es que me gusta variar los temas ^q^

Vale, ya me callo orz ¡Disfrutad del capítulo!


El cuarto de Endou estaba tan desordenado como siempre: las diferentes prendas de ropa, arrebujadas y en gran parte sudadas, yacían inertes y en equilibrio sobre el respaldo de una silla, dando claras señas de desprendimiento inminente; los libros y cuadernos que utilizaba para "estudiar" se hallaban desperdigados por su escritorio y por el suelo a partes iguales, algunos cubiertos de una fina capa de polvo; una destartalada estantería contenía algunos libros, una pequeña colección de videojuegos para portátil y, sobre todo, multitud de revistas deportivas, relacionadas en su mayoría con el deporte rey, como es natural. Por otro lado, la cama, aún deshecha, servía de apoyo al joven portero que, abatido, había decidido reposar la espalda contra sus largueros en un último intento por serenarse después de lo que había sido un inicio de día mentalmente agotador, y no sólo porque llevase despierto desde las cinco de la mañana.

Por primera vez en su vida, Mamoru estaba tratando de analizar la situación actual con un autodenominado "método científico".

Frente a él, una sola hoja de papel y un bolígrafo descansaban en el suelo, esperando pacientemente a que a Endou le llegase la inspiración divina y se decidiese a seguir dándoles uso. El papel, de momento, mostraba un pequeño esquema. En el centro de éste, dos nombres escritos con una inmensa letra azul —bastante difícil de interpretar, por cierto— y unidos por una línea horizontal atraían toda la atención: Hiroto y Kazemaru. Del nombre de Kazemaru salía otra línea diagonal que iba a parar a Miyasaka. De Hiroto, dos líneas bien separadas la una de la otra llevaban a Reina y a Midorikawa respectivamente.

Cruzado de brazos, el frustrado Endou contemplaba con estupefacción su pequeño esquema durante unos minutos, apartaba la mirada, se rascaba la cabeza y volvía a observarlo, repitiendo de manera inconsciente aquel círculo vicioso que no le llevaba a ninguna parte y esperando que, de algún modo, una idea perfecta y brillante llegase mágicamente a su cabeza.

Pero las ideas no llegaban. Su cabeza, a pesar de estar llena de aire, siempre había sido nido de los más increíbles ingenios y un horno perfecto en el que se cocían mil y una maneras de transformar esas ocurrencias en realidad. Siempre, salvo esa vez. Aquel pequeño Houdini había encontrado su Doncella de Hierro personal, de la cual no parecía poder escapar de ningún modo. Hastiado y desesperado, por primera vez en su vida, deseó no haber tratado de ayudar a sus amigos, pero pronto sacudió la cabeza, profundamente arrepentido. ¿En qué demonios estaba pensando? ¿Desde cuándo la idea de ayudar a sus amigos y compañeros de equipo podía ser un error, aunque fuese en lo más remoto? Endou se golpeó la cabeza con los nudillos. «Menuda idiotez», pensó. Achacó su repentina depresión a ese estúpido y fútil "método científico" del que tanto había desconfiado desde el principio. Sin pensárselo más, hizo añicos el papel y lanzó los restos a la papelera antes de bajar por fin a desayunar.

«La ciencia nunca ha sido, no es y no será jamás algo bueno, sano ni beneficioso en ningún sentido».


Atsuko Endou levantó la vista de su trabajado lienzo para echarle un vistazo a su remolón hijo, que tenía los ojos perdidos en la gigantesca fuente de bolas de arroz que su madre le preparaba cada mañana para desayunar. No hablaba, no comía; tan solo respiraba pesadamente, con la mente probablemente perdida en lejanos mundos llenos de problemas propios de la adolescencia.

–¿Qué te pasa, cariño? –preguntó Atsuko Endou mientras miraba a su hijo. No era normal que el chico tuviese comida delante y no se la comiese–. ¿Sigues preocupado por lo de Kazemaru?

Mamoru miró a su madre y asintió débilmente.

–Creo que sólo estoy empeorando la situación, mamá… Empiezo a sentirme culpable. ¡Debí haberos hecho caso y haberme limitado a tratar de ayudar en vez de intentar cambiar la situación por mi cuenta…! –dijo Mamoru con voz trémula, terriblemente afligido aunque su cara se negase a reflejarlo.

–Hijo mío… –suspiró Atsuko, mostrándole al pequeño una cálida sonrisa–. ¿Tú sabes lo que es el amor?

Mamoru sacudió la cabeza.

–Nunca he estado enamorado… Creo.

–Ay, hijo, ¿así cómo vas a ayudar? No puedes ir actuando a tontas y a locas, ¡usa la cabeza, para variar!

–He… ¿arruinado su relación? –sollozó Mamoru.

–¡Nada de eso! –respondió la madre en tono reconfortante–. Mira, acércate.

Mamoru se levantó de la silla desconcertado y se acercó a su madre. Curioso, no puedo resistirse y miró de soslayo a la pintura de Atsuko, pero acabó por centrar su atención por completo en los trazos que su madre daba y en los colores que, poco a poco, iban adornando la tela.

–Es… precioso, mamá… –susurró Mamoru, atónito ante el precioso paisaje de montaña que Atsuko estaba dibujando. Nunca se había fijado en que su madre tuviera semejante talento para la pintura.

–Fíjate bien, Mamoru. El amor, en sí, es como un lienzo: se forja a medida de lo que se va representando en él, y no hay amor que no pueda arreglarse si se trabaja como es debido. Si el lienzo es débil, sin embargo, se puede llegar a romper, pero tratado con cuidado, puede llegar a ser una auténtica obra maestra, sean cuales sean los errores que se hayan cometido durante el proceso de creación–explicó la madre mientras seguía pasando el pincel por encima del dibujo con el mismo mimo con el que pasaba sus dedos por el pelo de su hijo cada noche.

–…No te sigo, mamá –dijo Mamoru, poniendo mala cara y ladeando la cabeza.

La madre acercó a su hijo tirándole suavemente del brazo, le acarició el pelo y le dio un beso en la frente.

–Si el amor es de verdad, no has de preocuparte de nada. El tiempo pondrá a cada uno en cada lugar –sonrió ella–. Aunque hay algo que deberías tener en cuenta, Mamoru: los pequeños detalles nunca pueden arreglar un error que se remonta al boceto mismo del cuadro.

–¿Al boceto? –preguntó Mamoru–. ¿…Y qué es un boceto?

Atsuko soltó un pequeño suspiro. Olvidaba que el gen artístico de la familia no se encontraba en el cromosoma Y.

–Un boceto es, digamos, un esquema de lo que posteriormente será el dibujo o el cuadro. Para que el resultado sea bueno, la base debe serlo también. Arreglar una pintura es imposible si no se corrigen los errores que están ahí desde el principio –dijo con parsimonia la madre para que a su hijo le diese tiempo a asimilar todas sus palabras.

–Desde el principio… –musitó Mamoru, pensativo y con los ojos clavados en la pintura. Al cabo de unos segundos, el chico alzó la voz y la mirada, sonriendo como no lo había hecho en días–. ¡Por supuesto, el principio! ¡Muchas gracias, mamá, acabas de salvarme!

Atsuko, aunque no estaba segura de que Mamoru lo hubiese entendido todo correctamente, sonrió al ver cómo su hijo se acercaba de nuevo a la mesa y engullía por fin su opíparo desayuno, mucho más animado de repente.

–Por cierto, esta noche hay sukiyaki para cenar, así que no te entretengas por ahí, ¿de acuerdo?

Aquel día, que tan mal se había presentado en un principio, no paraba de mejorar.


Mamoru volvió a su cuarto corriendo en cuanto acabó de desayunar y comenzó a rebuscar en la basura. Una vez más, su poca pulcritud a la hora de limpiar su cuarto le había salvado: la papelera estaba prácticamente vacía y pudo recuperar los pedacitos de papel que había arrojado allí esa misma mañana con suma facilidad. Los unió con cinta adhesiva por la parte que no estaba escrita y, una vez que el esquema estuvo reconstruido, volvió a clavar sus decididos y ardientes ojos en él. Esta vez, sabía lo que debía hacer.

Le quitó el tapón a un bolígrafo y trazó una línea roja que partía desde Kazemaru y que desembocaba en un nombre que pocos días antes ni siquiera habría tomado en consideración en aquel esquema: el suyo propio. Escribió "Endou" en letras rojas y dibujó una segunda línea del mismo color que unía su nombre con el de Yagami. Sin darse cuenta, y sin quererlo siquiera, Endou se había visto envuelto en aquel intrincado polígono amoroso no sólo como encargado de enderezarlo, sino como parte activa de él.

Extrañamente, aunque el problema acababa de crecer aún más, Endou no podía parar de sonreír. Sentía que, tras mucho tiempo cayendo al vacío, había encontrado por fin un pequeño alambre sobre el que caminar.

Tras vestirse con su habitual chándal deportivo y echarse la bolsa de deportes al hombro, Mamoru salió de la casa. La calle se le quedaba pequeña: corría dando grandes zancadas, mucho mayores de lo normal. Sus fortalecidas piernas de futbolista se estiraban más de lo que lo habían hecho nunca, como si quisieran llevar al chico a su destino lo antes posible porque pensaban que era un asunto de vida o muerte. Pero ése no era el auténtico problema. Los pasos de gigante surgían de dos sentimientos muy diferentes e incluso contrarios y que, en vez de entrar en conflicto el uno con el otro, se apoyaban mutuamente para intensificar los sentimientos de Mamoru hasta nuevos límites. Por un lado, el alivio y la satisfacción que le suponía el haber encontrado al fin un camino para solucionar sus problemas y los de los demás. Por el otro, la desesperación, la frustración y el sentimiento de culpabilidad que, ahora más que nunca, habían comenzado a germinar en su pecho.

Toda la culpa era suya, pero saberlo y reconocerlo era el primer paso para afrontarlo y arreglarlo.


Mamoru llegó sin aliento al campo de fútbol del Raimon, donde el equipo del instituto se preparaba ya para entrenar después de una dura sesión de estiramientos y calentamientos. Nada más entrar en el recinto, sin embargo, el cancerbero pudo sentir que el ambiente estaba bastante más cargado de lo normal, como si algo estuviese rompiendo la armonía que de por sí solía reinar en el equipo.

La confirmación de sus sospechas llegó en apenas unos segundos.

–¡Endou! –gritó Someoka mientras se acercaba a él corriendo. Tomo un poco de aire al llegar hasta donde se encontraba su capitán y prosiguió, hablando muy rápido:– No sé qué demonios le pasa, ¡pero Kazemaru está rarísimo hoy!

–¿Raro? ¿En qué sentido? –preguntó Endou.

–Está muy violento. ¡Estábamos simplemente haciendo unos ejercicios de calentamiento con el balón y le ha hecho una entrada fortísima a Shishido! Creo que incluso lo ha lesionado… Hemos intentado preguntarle a qué viene esa actitud, pero nos responde mal cada vez que hablamos con él e insiste en que todo es culpa tuya. ¿Sabes algo o es que definitivamente se le ha ido la olla?

–Creo que… Creo que Kazemaru nunca ha estado más cuerdo, Some-some. He sido yo el que ha tardado demasiado en darse cuenta –titubeó el capitán.

–Endou… ¿Hay algo que podamos hacer los demás? ¡Queremos ayudar!

Endou sacudió la cabeza.

–Será mejor que nos dejéis solos. Vosotros entrenad mientras yo hablo con él. Dile a Yuuti que haga de capitán, y que las chicas se hagan cargo de Shishido.

–Como quieras, capitán. Kazemaru está en el vestuario; se ha encerrado allí después de lo de Shishido.

–Está bien, iré a hablar con él ahora mismo.

–¡Buena suerte, y no hagas tonterías! –exclamó Someoka al tiempo que esbozaba una pequeña sonrisa cómplice y le hacía un gesto con el pulgar levantado, símbolo de las esperanzas que estaba depositando en él. Endou devolvió el gesto y se alejó rápidamente en dirección a los vestuarios.


El defensa, que se encontraba sentado en un banco dándole la espalda a la entrada, echó la mirada atrás cuando oyó cómo la puerta se abría. Tras comprobar de quién se trataba, volvió a dirigir sus ojos al frente y agachó ligeramente la cabeza. Endou, bolsa de deportes en mano, cerró la puerta tras de sí y se aproximó al banco donde Kazemaru estaba sentado.

–Ho… hola.

–Coge lo que necesites y lárgate.

–Kaze-kaze, yo… –tartamudeó el portero.

–Mi nombre es Kazemaru, no "Kaze-kaze" –replicó el defensa de cabellos azules con un deje hostil y sin dirigirle la mirada siquiera–. ¿Qué es lo que quieres de mí ahora?

–Lo único que quiero es pedirte perdón –susurró Endou al tiempo que dejaba la bolsa en el suelo–. Siento haber tardado tanto en darme cuenta de que, en el fondo, yo soy el origen de todos los problemas del equipo… y de los tuyos.

Kazemaru volvió la cabeza y posó su vista sobre Endou. Tras mirarle a los ojos durante unos segundos, se giró, aún sentado en el banco, y reposó los brazos en sus propias piernas.

–Te escucho –dijo Ichirouta.

Mamoru miró alrededor y sonrió levemente, tratando de quitarle hierro al asunto.

–Aquí comenzó todo, ¿recuerdas…? Aquí nos peleamos por primera vez, pero también fue aquí donde…

–Donde me heriste –cortó Ichirouta en seco–. Donde no aceptaste mis sentimientos, donde los tachaste de mentira y de "simple confusión". Donde dejaste claro que yo no te importo en absoluto.

–¡Eso no es verdad! –replicó Mamoru–. Puede… puede que no fuera demasiado delicado al elegir las palabras, pero tú me importas mucho. Debí haberte creído desde el principio cuando me dijiste lo que sentías por mí y haberte tratado mejor en vez de huir miserablemente como lo hice. …Lo siento.

–¿Te crees que eso es suficiente? –siseó Ichirouta, y a continuación se levantó y miró a Mamoru de hito en hito–. ¿¡Es que acaso crees que una herida así cierra en un segundo como si nada!? ¡Tú mismo me pediste que te demostrase lo que sentía! ¡Traté de besarte, traté de que te dieras cuenta de que lo que sentía era real y de ganarme tu confianza, pero lo único que hiciste fue rechazarme abiertamente e ignorarnos a mí y a mis sentimientos a partir de aquel momento!

–¡Lo siento mucho, de verdad…! Es que te lanzaste sobre mí de repente, empezaste a besarme y… m-me asusté –dijo Mamoru mientras le temblaba la voz. Ichirouta escuchaba con atención mientras respiraba pesadamente, aún agotado por el esfuerzo que confesar sus sentimientos de nuevo le había supuesto–. Pensé… no sé qué pensé. Que era una broma, una especie de truco, o que simplemente creías ver algo donde realmente no había nada. Pero no es cierto –Mamoru cerró los ojos y sacudió ligeramente la cabeza, esperando pacientemente a que las palabras que representaban sus auténticos sentimientos aflorasen y viajasen desde su corazón hasta sus labios. Tras unos segundos, volvió a mirar a su amigo–. No quise aceptar lo que sentías por mí y empecé a mentirme, haciéndome creer a mí mismo que el que mentía eras tú. Me alejé de ti queriendo evitar que tus sentimientos afectasen al equipo, que te hicieran sufrir y que más gente saliera perjudicada… Y eso es exactamente lo que ha ocurrido al final. No supe actuar como un buen capitán, y mucho menos como un buen amigo. Siento no haber podido comprender tus sentimientos a tiempo. Siento mucho que tus esfuerzos y tus besos no me hiciesen ver la realidad. Lo que te hice fue cruel e horrible, y no espero que me perdones, pero si tienes que odiar a alguien, ódiame a mí; el resto no se lo merecen. ¡Rómpeme, mátame, golpéame hasta desahogarte si eso te alivia, pero no lo pagues con los demás!

Las últimas palabras de Mamoru, a voz en grito, desgarraron el corazón de Ichirouta, prendieron su ira y nublaron su juicio. Ichirouta agarró a Mamoru por el cuello de la sudadera con una sola mano y cerró la otra en un puño, el cual colocó amenazadoramente en posición para poder golpear la cara de Mamoru en cualquier momento. Estaba furioso, ciego de rabia y despecho, y las ansias de pulverizar a Mamoru a puñetazo limpio borboteaban en su pecho como borbotea la lava dentro de un volcán. Por primera vez en mucho tiempo, su capitán tenía razón. Había sido cruel y cortante, enfermizamente desconsiderado para con sus sentimientos y un auténtico imbécil prepotente y sabelotodo. Todo lo contrario de lo que solía ser normalmente.

Y entonces lo vio.

Mamoru, que siempre había sido amable e incluso cariñoso con todo el mundo, empático hasta límites insospechados y, ante todo, humilde y una buenísima persona, había cambiado de repente. No en un corto espacio de tiempo, sino literalmente de un segundo para otro. Concretamente, en el preciso instante en el que él perdió el control. Meses antes, Ichirouta no había confesado su amor por su capitán: su intención desde el principio había sido poseerle. Antes de que el portero se diese cuenta, Ichirouta ya le había levantado la camiseta y había comenzado a besar su torso y acariciar su pecho con los labios. Sus manos recorrieron cuanto pudieron del cuerpo de su capitán al son de las palabras "ésta es mi manera de ganarme tu confianza". Entonces, y sólo entonces, Mamoru cambió. Su voz se volvió temblorosa como un terremoto, y sus palabras, hirientes como cuchillos. Mamoru no había sido el despreciable, sino él. Él le había forzado a cambiar su actitud normal, a querer encerrarse en la idea de que sus supuestos sentimientos no eran más que el fruto de la repentina excitación que, con el tiempo, se desvanecería tal y como apareció.

Él mismo había convertido sus profundos sentimientos en mentira y "simple confusión".

Ichirouta bajó el puño y soltó a Mamoru, quien se sorprendió al observar que su cuerpo seguía intacto y en perfectas condiciones —físicas, al menos—.

–…Lo siento, Endou.

–¿Q-qué? –preguntó el capitán, atónito–. ¿Cómo que lo sientes…?

–Tú no tenías la culpa de nada. Fue un error mío desde el principio. …Un error que os he hecho pagar a todos. Déjame pasar, tengo que ir a disculparme con el equipo por haberme comportado como un imbécil.

Ichirouta apartó a Mamoru a un lado con intención de dirigirse a la puerta de salida de los vestuarios y rencontrarse con sus compañeros. Sin embargo, Mamoru le agarró antes de que pudiera acercarse siquiera a la puerta y, de un tirón, le obligó a encararle de nuevo.

–Antes de salir ahí, dime una cosa. Ahora mismo… ¿qué sientes por mí?

Ichirouta tragó saliva y bajó la mirada.

–…Supongo que mis sentimientos no han cambiado. He tratado de olvidarte, incluso he tratado de odiarte para dejar de pensar en ti, pero nunca he podido –respondió Ichirouta con voz queda–. Sólo cuando apareció Hiroto con el mismo problema que yo pude refugiarme en alguien. Estuvo ahí para mí, y nunca podré agradecérselo lo suficiente… Fue mi único apoyo en tiempos muy difíciles. Pensar que me odiabas y que no te importaba me… me hizo muchísimo daño, Endou…

Ichirouta no pudo evitar caer de rodillas al suelo y echarse a llorar desconsoladamente. El dolor punzante en su pecho había comenzado a sanar al comprender el porqué de las duras palabras de Mamoru, pero su recuerdo aún le atormentaba. Eso, sumado al sentimiento de culpabilidad que le asolaba por haber achacado un error que era suyo desde el principio a la persona que más quería del mundo, era demasiado para él, y la única forma humana de librarse de aquellas termitas que le reconcomían tan vorazmente por dentro era llorar hasta ahogarlas en esa extraña sustancia pastosa que se había formado al mezclar sus lágrimas y la densa culpabilidad que se había adueñado de él.

Mamoru acercó su mano a la cara de su amigo y le secó con los dedos las lágrimas que corrían desbocadamente por sus mejillas. Ichirouta dirigió su roja y congestionada mirada hacia él y siguió contemplándole atentamente mientras el capitán se ponía en cuclillas para quedar a su nivel y poder mirarle a los ojos. Tras esbozar una pequeña sonrisa, Mamoru rebatió:

–¡Yo nunca podría odiarte…! Eres uno de mis mejores amigos, Kazemaru; hace años que lo eres. Lo que más lamento de todo esto es no haberme dado cuenta de lo que sentías mucho antes… y, sobre todo, siento no poder corresponderte. Te… te quiero mucho, pero te quiero como a un hermano, como al gran amigo y compañero que has sido y espero que siempre seas para mí.

–…Endou… –sonrió el defensa–. Hacía mucho tiempo que no hablábamos. Han pasado meses, pero ahora, incluso tras todo este tiempo, cada vez que te oigo hablar… recuerdo por qué me enamoré de ti. Esa actitud tuya, el hecho de que siempre les des prioridad a los demás antes que a ti mismo y que afrontes todos los retos que se te presentan con valor y una sonrisa es lo que de verdad hizo que me sintiese así.

Mamoru, sonrojado, desvió un poco la mirada y empezó a rascarse la nuca, avergonzado e incómodo con la situación.

Ichirouta rodeó la cara de Mamoru con las manos y le obligó a mirarle directamente a los ojos. La sorpresa y la visión de las enrojecidas mejillas del defensa hicieron que el propio Mamoru se sonrojase también.

–No puedo negar más mis sentimientos, Endou, y mucho menos contenerlos… –susurró Ichirouta.

–P-pero, K-K-Kazemaru, yo… e-es que, ya te lo te lo he dicho, yo a ti… –tartamudeó Mamoru lastimosamente.

–Lo sé… Pero, aunque no pueda tenerte para mí solo ni pueda esperar que correspondas a lo que siento por ti, por favor, déjame que, al menos una vez…

Sin acabar la frase siquiera, Ichirouta cerró los ojos y le dio a Mamoru un suave beso en los labios. El portero, más asustado que otra cosa, se limitó a no oponerse a los deseos de su amigo y dejar que, de una vez por todas, le demostrase su afecto de una manera más física y romántica. Al no notar ninguna resistencia ni movimiento en contra, Ichirouta se abrazó al chico y alargó el contacto unos segundos más, buscando desesperadamente que aquel beso con el que hasta entonces sólo había podido soñar quedase grabado en su memoria hasta el más mínimo detalle. La timidez de Mamoru, el sabor de sus labios, el calor de su aliento. Todo era tal y como él lo había imaginado siempre… excepto porque, al contrario que en sus fantasías, ése sería el primer y el último beso que compartirían.

Realmente, algo a atesorar con recelo.

El decidido defensa acabó retrocediendo, necesitado de aire. Mamoru, aunque en ningún momento había tratado siquiera de devolver el beso, también estaba a punto de ahogarse: había estado aguantando la respiración desde que Ichirouta le había tocado la cara, y el pobre ya había empezado a ponerse morado. Resoplando pesadamente y tratando de recuperar el aliento, el portero no pudo evitar reír como un idiota. Ichirouta se le quedó mirando, igualmente agotado pero extrañado por la repentina reacción del chico al que acababa de besar.

–¿Qué te pasa, Endou…? –preguntó Ichirouta.

Mamoru se limitó a seguir riendo, cada vez más alto a medida que sus pulmones se aireaban. Su risa acabó por ser alta, jocosa y alegre.

–¡Oh, venga ya, dime qué es lo que te ocurre! –se quejó Ichirouta, tratando de poner mala cara a pesar de lo contagioso de la risa de su capitán. Éste trató de calmarse un poco y, entre carcajadas, dijo:

–¿Y eso es todo?

Ichirouta parpadeó varias veces. No entendía absolutamente nada, así que se limitó a observar a su capitán con ojos ingenuos —a pesar de que, como siempre, tan solo uno de esos ojos estuviera a la vista—.

–¡Ha sido tan fácil! –rió Mamoru. Echó la espalda hacia atrás y se tumbó en el suelo antes de plantarse la mano en mitad de la cara y seguir riendo.

–¿Tan fácil…? De verdad que no te sigo –se quejó Ichirouta mientras se cruzaba de brazos, aún sin poder evitar que una sonrisilla asomase en su cara.

–¿No lo ves? –respondió alegremente Mamoru desde el suelo–. Un solo beso, nada más, y este problema nunca habría existido. Es… es hasta tonto, ¿verdad?

–…Hiciste bien en huir –resopló Ichirouta–. La verdad, aquella vez no estaba pensando en ti en absoluto, ni en lo que pudieras sentir. De haberme dejado… no habría podido controlarme. Soy yo quien debió haber pensado en que tu opinión también contaba… Soy un imbécil.

Ichirouta suspiró y volvió a sentir que las fuerzas le abandonaban. Mamoru se incorporó y abrazó a su compañero, rodeando su cuerpo y brazos con los suyos. Apoyó la cabeza en el hombro del defensa y negó con ella, frotando la frente contra su cuello ligeramente.

–Si te soy sincero, nada de eso me importa ya. Quizás no me creas, ¡pero estoy contentísimo de haberte recuperado, Kaze-kaze! –exclamó el portero mientras hacía añicos los huesos de Kazemaru con un fortísimo abrazo de oso del que el defensa no conseguía zafarse y que, por supuesto, no podía devolver.

–…N-no voy a librarme nunca de lo de Kaze-kaze, ¿eh? –trató de decir Kazemaru, aunque la constricción pulmonar a la que estaba siendo sometido no se lo puso nada fácil. Endou sacudió la cabeza una vez más y soltó a Kazemaru de repente. Se acomodó delante de él, tal y como habían estado antes, y clavó sus ojos en los de su amigo. Su mirada se había vuelto muy seria en un instante.

–Aún queda otra cosa –dijo Endou.

Kazemaru trató de adivinar qué se le estaba pasando por la cabeza a su capitán.

–…Es verdad. Pero, ¿cómo podría decírselo? ¡No puedo rechazarle sin razón después de todo lo que ha hecho por mí!

–¿Rechazarle? –parpadeó Endou–. ¿Es que no te gusta?

–Bueno, no es que no le quiera, es que… no es lo mismo que siento por ti, Endou. Hiroto para mí es un amigo fiel, un salvavidas que impidió que me ahogase cuando estuve en peligro.

–¿…De qué estás hablando ahora? –preguntó Endou, poniendo cara agria–. No pienses en Hiro-hiro por ahora; ¡él está bien! ¡Déjalo estar y céntrate en Miyasaka!

–En… ¿Miyasaka? ¿Qué ocurre con él?

–¿Ah…? ¿Tú tampoco lo sabes o qué?

–Endou, explícate de una vez.

–¡Yo imaginaba que ya se te habría declarado y que le habías dicho que no!

–¿¡D-d-declarárseme!? ¿¡De qué estás hablando!?

–¡Entonces se lo tenía callado…! ¡Hiro-hiro y yo pensábamos que tú ya lo sabías todo!

–¿Pero saber el qué?

–Bueno, verás, en pocas palabras… El otro día, cuando fui a hablar con Hiroto, oímos a alguien llorando bajo la ventana. Tratamos de escuchar en silencio, pero como se dio cuenta de que estábamos ahí, dejamos de ocultarnos y nos asomamos a la ventana. Vimos que era Miyasaka, que insistía en que estaba bien, pero cuando Hiroto habló de ti, se echó a llorar y salió corriendo mientras gritaba tu nombre… ¡Parecía muy afectado!

–Vaya… –susurró Kazemaru–. Pues yo nunca he notado nada raro cuando hablaba con él. …Maldita sea, tu falta de empatía y tu incompetencia romántica son contagiosas.

Endou se cruzó de brazos y resopló, no demasiado contento con el halago que acababa de recibir.

–De cualquier modo –continuó el defensa–, si lo que dices es verdad, debería hablar con él. Si está sufriendo por mí, no puedo decir que no le entienda…

–Imagino que sí, pero esto sigue resultándome bastante difícil de entender… –discurrió Endou, rascándose la mejilla y poniendo mala cara, como si intentase encontrarle el sentido al más complejo de los puzles–. A fin de cuentas, ¿no es mejor dejar las cosas claras y decir lo que haya que decir a la cara y con calma?

–Es lo que sacamos en claro de esto, ¿no? –sonrió Kazemaru. Endou devolvió la sonrisa y se levantó, ofreciéndole después su mano a Kazemaru para que éste se levantase también. Una vez ambos estuvieron en pie, Endou cogió su bolsa de deportes, se dio la vuelta en redondo y comenzó a internarse en el vestuario. Kazemaru parpadeó, sorprendido, y se quedó mirando al portero de hito en hito.

–¿Qué se supone que vas a hacer ahora?

–Pues cambiarme –respondió Endou, con un tono de voz que daba a entender que era algo obvio–. ¡No sé tú, pero yo he venido a entrenar!

–Ah, sí, claro… P-perdona, no había caído. Estaba muy enfrascado en… bueno, en "esto" –titubeó Kazemaru.

–¿"Esto"? –preguntó Endou, tan descolocado como si de repente Kazemaru hubiese cambiado radicalmente de tema.

–…Nosotros. Tú y yo… a solas.

Kazemaru bajó la mirada para ocultar sus rojas mejillas bajo su pelo. Endou sonrió.

–¡No es como si no pudiésemos pasar más rato juntos otro día, Kaze-kaze! –exclamó el portero con alegría–. ¡Eso es lo que hacen los amigos!

–Endou, esto… ¿Estás seguro de que no hay posibilidad de que seamos… algo más que amigos? –preguntó el defensa, a pesar de que en el fondo no quería saber la respuesta, fuese la que fuese.

Endou se sonrojó, apartó los ojos de su amigo y se frotó inconscientemente el pecho con la mano derecha, justo por encima del corazón. Al cabo, volvió a dirigir sus ojos hacia los de Kazemaru y, tras sostenerle la mirada durante unos segundos, sacudió la cabeza. Kazemaru hizo un esfuerzo sobrehumano para tragar saliva a pesar del nudo que se había formado en su garganta y suspiró levemente.

–Lo… lo siento mucho, Kazemaru, pero no siento nada por ti más allá de amistad. Además… me gustaría aclarar mis propias ideas antes de decidir salir con nadie.

–¿Tus propias ideas? –preguntó Kazemaru. A continuación, y sin saber por qué, esbozó una pequeña y pícara sonrisita: fuesen cuales fuesen las circunstancias, la inocencia e ignorancia total de Endou en lo que respecta a cualquier tema que no tenga que ver con el fútbol le resultaba divertida–. ¿Así que incluso Mamoru Endou sufre con el amor?

–¡P-p-pues claro! –respondió el portero, nervioso, con los carrillos hinchados y aún más rojo que antes–. ¡Ni que yo no tuviera sentimientos; qué manía tenéis todos de pensar que yo no soy humano más que en el campo de fútbol…!

Kazemaru apenas pudo prestar atención a lo que decía: estaba demasiado ocupado riéndose de la cara de Endou como para hacerle caso a su discurso.

–¿Sabes? Quizás, si sigues desarrollando sentimientos que no tengan que ver con el fútbol, sí que puedas llegar a entender a los demás.

Endou se cruzó de brazos, resopló y se perdió en las profundidades del vestuario. Kazemaru le siguió: necesitaba seguir picándole.

Era demasiado tentador e irresistible.


–¡Vale, chicos, ya hemos acabado el entrenamiento por hoy!

El equipo del Raimon casi al completo se desplomó al oír estas palabras. La brillantísima idea de Endou de intensificar el entrenamiento para compensar el tiempo que había perdido en los vestuarios con Kazemaru no había terminado de convencer al resto del equipo, que había acabado con los huesos hechos picadillo.

Un magullado y dolorido Shishido vitoreó a sus compañeros desde el banquillo.

–Voy… voy a hablar con él –le susurró Kazemaru a Endou, quien asintió como gesto de aprobación. Someoka, Gouenji y Kidou se acercaron a Endou aprovechando la ausencia del problemático defensa.

–Es realmente sorprendente –puntualizó Kidou–. No tiene nada que ver con el Kazemaru que ha llegado al entrenamiento esta mañana. ¿Qué ha pasado entre vosotros dos, Endou?

–Ah, bueno, ¡no sé si debería hablar de ello…! –rió Endou nervioso.

–No nos irás a decir que hay algo entre vosotros dos, ¿verdad? –sonrió Gouenji maliciosamente.

–¡C-cla-claro que no! –susurró Endou, dando a entender que quería que los cotillas de sus amigos bajasen la voz si iban a hablar de ese tipo de temas.

–¡No digas chorradas, Gouenji! ¡Todos sabemos que a Endou quien le gusta es Aki!

La cara de Endou tomó una grotesca mueca de desconcierto y empezó a brillar como si fuese un cartel de neón carmesí. Someoka imitó la pícara sonrisa de Gouenji, mientras que Kidou se limitó a liberar un pequeño suspiro: esa clase de actitud le parecía pueril y el tema le interesaba más bien poco, así que se limitó a volver a lo que importaba.

–Sea como fuere, has conseguido que vuelva a ser el de siempre. Cómo lo hayas hecho, por otro lado, es cosa tuya, y no nos meteremos. ¿Verdad?

Someoka y Gouenji asintieron, decididos a dejar el tema a un lado, pero sin poder borrar aún aquella molesta sonrisa de sus bocas.

Los chicos dirigieron entonces su vista hacia el banquillo, donde Kazemaru y Shishido discutían sus diferencias, justo a tiempo para ver cómo Shishido le hacía a Kazemaru un gesto de aprobación con el pulgar. Cuando notaron que Kazemaru se despedía del pelirrojo, Kidou, Gouenji y Someoka se dispersaron y dejaron a Endou solo. Kazemaru se acercó de nuevo a su capitán.

–¿Qué tal ha ido? –preguntó Endou con una sonrisa en los labios.

–Estupendamente. …Si te soy sincero, nunca me había fijado en lo que buena persona que es Shishido. Me he sentido tan a gusto hablando con él que, cuando me he querido dar cuenta, ya le estaba contando todo lo que ha pasado entre nosotros. Lo ha entendido todo y me ha deseado suerte –dijo Kazemaru, claramente aliviado, y volteó la cabeza para volver a mirar a Shishido, quien charlaba alegremente con las gerentes del Raimon mientras le atendían–. Destaca demasiado poco para ser tan genial.

Endou rió y asintió. Siempre había sentido que sus compañeros del Raimon merecían mucho más renombre del que tenían. De pronto, Endou se dio cuenta de lo que Kazemaru había dicho y dio un pequeño respingo.

–E-espera, ¿¡le has contado todo lo que ha pasado en el vestuario!? –chilló Endou, alarmado.

–¡Tranquilo, tranquilo, sólo lo más superficial! Además, me ha dicho que no se lo dirá a nadie. Dice que entiende que es algo personal. …Por cierto, está irremediablemente lesionado y no puede jugar.

–…Maldita sea.

A Endou le dolía que su compañero estuviera dolorido, por supuesto, pero le dolía aún más pensar en todo el papeleo que tendría que hacer como capitán para sustituirle por otro jugador. Pero una idea que él consideró brillante vino a su cabeza en aquel momento. Lo sentía por Shishido, pero su lesión no podría haber sido más oportuna.

Era hora de que un nuevo miembro del equipo saliese a escena.


–¿Volvemos juntos a casa, capitán…? –preguntó Handa con una pequeña sonrisa en los labios.

–Lo siento mucho, Shin-shin, pero me gustaría ir con Kazemaru hoy. Aún tengo algunas cosas de las que hablar con él.

–…A-ah… Bueno, como quieras… Supongo…

–¡Handa-kuuuun~! ¡Vente a casa con nosotros~! –exclamó alegremente Matsuno. Kageno, a su lado, rió por lo bajo, excitado ante la idea de que, por una vez, Handa volviese a casa con ellos en vez de quedarse con Endou.

–Te prometo que el próximo día volveré a ir contigo, Shin-shin, pero hoy tengo que hacer esto. ¿Me perdonas? –pidió Endou amablemente, juntando las palmas de sus manos y ofreciéndole un guiño cómplice a Handa. El centrocampista se dio por vencido, suspiró y asintió, resignándose a ir con Matsuno y Kageno hasta casa y a sufrir sus constantes acosos durante el camino. A esos dos bastardos les encantaba tomarle el pelo.

–Buena suerte, capitán… –sollozó Handa, previendo lo que se le venía encima.

–…Igualmente.

Matsuno agarró a Handa por el brazo y se lo llevó a rastras. Mientras se alejaban, el capitán pudo oír cómo Matsuno le preguntaba a Handa acerca de cuántas veces "echaba de menos" a Ootani cada día.

–En el fondo se adoran –sonrió Kazemaru, acercándose a Endou por la espalda mientras miraba cómo el trío de jugadores del Raimon se alejaba–. ¿Nos vamos?

Endou asintió y echó a andar con Kazemaru a su lado.

Los dos chicos caminaban tranquilamente y sin mediar palabra por las anchas calles de Inazuma. Los últimos destellos ocres que el Sol emanaba cubrían a los dos amigos mientras paseaban, bañándoles en un agradable y estimulante calor, acompañado por una brisa fresca que indicaba que la noche estaba a punto de caer. Kazemaru, que había ido con la cabeza gacha casi todo el camino, cuando se dio cuenta de que estaban a punto de llegar a su casa, se dirigió a Endou y dijo:

–Oye, Endou, antes, cuando creí que hablabas de Hiroto y me obligaste a dejar el tema, parecías muy convencido, pero te recuerdo que técnicamente seguimos siendo pareja… ¿Qué se supone que voy a decirle?

Endou soltó una risilla nerviosa.

–¡No sabes cuánto me alegra que saques el tema! Me habría resultado bastante violento hacerlo yo mismo.

–…Claro. En fin, contéstame.

–La verdad –dijo Endou, colocando sus manos detrás de la nuca mientras seguía andando–, no creo que tengas que preocuparte mucho por él. Hiroto es fuerte y sabe muy bien qué hacer. Además, llegó hace tiempo hasta la misma conclusión a la que has llegado tú hoy… Creo.

–¿Has hablado con él de todo esto? –resopló Kazemaru–. Eres un metomentodo, ¿sabes?

–¡Bueno, de momento parece que no ha sido en vano!

–…Vale, ahí me has pillado. Entonces, ¿qué?

–¡Díselo directamente a él!

–Vaya, ¿ahora no vas a meterte en medio? –dijo Kazemaru en tono sarcástico. Endou sacudió la cabeza.

–¡Claro que no! ¿Sabes? Tuve que pedir mucha ayuda para poder llegar a comprender cómo actuar para poder ayudaros a todos de la mejor manera posible, y una de las cosas que saque en claro fue que yo solo no puedo arreglar nada. Puedo ayudaros, apoyaros cuando flaqueéis o daros el empujoncito necesario para que solucionéis vuestros problemas, pero lo que está claro es que intentar hacer que todo vuelva a la normalidad por mi cuenta es inútil. Es mejor actuar… "disimuladamente".

–…Caray. No me esperaba eso, la verdad –respondió Kazemaru, atónito–. Has crecido mucho, capitán…

–Cuando tus amigos te necesitan es cuando de verdad consigues sacar lo mejor de ti mismo. Vosotros necesitabais ayuda y yo quería dárosla, ¡y tenía que mejorar como persona si quería ser capaz de echar un cable!

–Eres increíble, Endou. Al final será verdad que las bases del fútbol pueden aplicarse a cualquier terreno y convertirse en toda una filosofía de vida…

–¡Pues claro! Creí que eso ya lo sabías.

–Sí, lo sabía, pero… lo había olvidado. Lo siento mucho.

–¡Tranquilo, no es para tanto! –sonrió el capitán–. Todos cometemos erro... ¡mmm!

Antes de que Endou pudiera acabar la frase o cerrar la boca siquiera, Kazemaru arremetió contra él, le estampó contra el muro que rodeaba su casa, le abrazó con fuerza y presionó sus labios contra los del porteo apasionadamente. Endou abrió aún más la boca a causa de la sorpresa, lo cual Kazemaru aprovechó para profundizar el beso y dar por fin rienda suelta a sus sentimientos.

Endou estaba aterrado, pero, por segunda vez en un día, trató de analizar la situación detenidamente. Acabó rindiéndose a la evidencia de que, aunque sólo fuese por una vez, lo mejor sería darle a Kazemaru lo que durante tantos meses o incluso años había buscado. Lentamente, Endou comenzó a devolver el beso.

Kazemaru, emocionadísimo por la tan favorable respuesta de Endou a sus actos, apretó su cuerpo contra el de su capitán y deshizo el beso para poder así desplazarse y acariciar el cuello y la oreja de Endou con los labios. Los dedos de Kazemaru se deslizaron rápidamente bajo la camiseta de Endou y, a medida que las manos subían por los costados del chico, manoseando su piel directamente, la sudadera deportiva era arrastrada también, revelando más carne a cada segundo. Cuando el vientre del chico estuvo al descubierto y la sudadera quedó a la altura del pecho, Kazemaru se levantó su propia camiseta y se reclinó sobre Endou aún más, buscando sentir directamente sobre su piel el fuerte calor que el cuerpo de Endou emanaba.

Kazemaru sonrió mientras volvía a posar sus labios sobre los de Endou. La situación era prácticamente la misma que la que se había dado meses atrás, pero esta vez el chico del que estaba enamorado no le había rechazado, sino que, a pesar de no sentir lo mismo por él, había aceptado sus sentimientos y, en la medida de lo posible, trataba de satisfacerle para que dejase de sentirse mal. Y, para él, eso era suficiente.

Tras darle unos tiernos y cortos besos en los labios a Endou, Kazemaru se separó de él y se ajustó de nuevo la camiseta, sonriendo tan solo un poco a pesar de lo increíblemente feliz que estaba. Endou se lanzó a abrazar a Kazemaru mientras éste se colocaba la ropa y le estrujó entre sus brazos, apretando su cara contra el hombro del defensa.

–…Espero que ahora puedas perdonarme por lo de aquella vez.

–Endou… No hay nada que perdonar.

Kazemaru se zafó hábilmente del abrazo y le dedicó una última sonrisa a Endou antes de meterse en su casa.

Endou se tocó los labios con la punta de los dedos y suspiró suavemente, agotado.

«Lo que tiene que hacer uno para tener a todo el mundo contento…», pensó mientras se alejaba en dirección a su casa, deseando que su madre tuviera ya listo el sukiyaki que le había prometido preparar de cena.


Tachín. Hasta aquí el capítulo de hoy: son casi 7000 palabras, no os quejaréis D: En fin, resumamos: Endou sigue dándole vueltas al problema que le ha tenido ocupado durante tanto tiempo y, finalmente, gracias a la ayuda de su madre, descubre cuál debe ser su próximo movimiento: hablar con Kazemaru acerca de lo que originó todo este problema. Echándole agallas, Endou le pide perdón a Kazemaru, quien se da cuenta de que no debería haber culpado a Endou desde un principio ya que él no tenía culpa de nada.

Ahora que Kazemaru ya ha visto la luz, ¿qué sucederá entre Hiroto y él? ¿Conseguirá Hiroto hacer las paces con Yagami? ¿Y dónde quedan Midorikawa y Miyasaka en todo esto? ¡Las respuestas a estas últimas preguntas, en los próximos capítulos de "¡Tú no me entiendes!"!