PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN! Ya sé que me atrasé unas cuantas semanas, y seguramente se habrán olvidado de tooodo lo que pasó, pero en serio debo decirles que los exámenes fueron realmente difíciles y me dejaron hecha bolsa... el capítulo doble no va a poder ser para hoy... quizás mañana o el finde que viene subo dos capítulos seguidos y uno más largo que el otro, pero no les puedo prometer nada, ya que el colegio se ha puesto bastante exigente... Sin más nada que agregar a mi fatal educación, les dejo el capítulo esperado hace tanto tiempo... Les gustó el anterior?

nota: los personajes y el fantástico mundo de Harry Potter no son de mi autoría, sino de la asombrosa J. K. Rowling.


Sintió un empujón brusco que hizo que trastabillara. La había besado. Había besado a Emma Granger. Verdaderamente no lo creía. Aún estaba en un estado de éxtasis. Pero ella lo había empujado. Solo eso hizo que volviera a la realidad. Había echado a perder todo. Se sentía tan estúpido, tan miserable. ¿Cómo era que él, el rompecorazones y don Juan de Hogwarts, hubiese arruinado un momento como ese? Verdaderamente, ni él mismo se lo creía

Los ojos de la chica por poco estaban acuosos. "Soy un imbécil" se repetía una y otra vez a sí mismo. La chica lo miraba contrariada e incrédula. Su cara delataba toda pregunta que en su mente se hallara. De la nada, la muchacha huyó corriendo como una gacela al galope. Se sentía tan mal, devastado consigo mismo por perder a la chica a la que amaba que no se atrevía a ir tras ella. ¿Cómo no se le había ocurrido otra cosa mejor para hacer? Podían haber hablado de algo, conocerse mejor y cortar un poco con esos silencios que se armaban en el aire. Pero no, él debía preguntar esas cosas.

El pasillo comenzó a ser circulado por los alumnos de Hogwarts. No tenía más nada que hacer que buscar a sus amigos. El temor a ser rechazado otra vez lo invadió, además que acababa de perder a esa amiga que podía encontrar en Emma. Las risitas de las chicas no le llamaban la atención como siempre y sin más nada que hacer, se volvió rumbo a su Sala Común con la cabeza gacha.

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¿Por qué diablos había huido después de esa pelea? Solo había ocasionado que la chica se juntara mucho más con los malditos merodeadores. No pudo ir a visitarla un minuto en su estadía en la Enfermería por culpa del señorito Lupin. Una ira incomprensible recorrió su cuerpo; una llama lo invadió y sintió que escupía fuego por la boca. También estaba ese maldito de Potter. ¿Por qué siempre se debía interponer en todo? Con Lily había pasado lo mismo: primero se había hecho amiga de Remus Lupin y luego se había comenzado a juntar con ese estúpido de Potter y con su secuaz, nacido tan terriblemente con el apellido Black.

"Ahora voy a buscarla" pensaba mientras caminaba rumbo a la Enfermería. Sabía muy bien que ella se había quedado durante tres días allí sin comer siquiera por curar y acompañar a ese odioso e idiota de Sirius Black. ¿Por qué diablos debía llevar ese imbécil un apellido tan noble mientras que él, tan noble y fiel a su casa y compañeros, debía llevar ese maldito apellido muggle? Los pasillos se llenaban rápidamente; los alumnos menores de Hogwarts invadían de a poco el extenso corredor. De a poco, su caminar tomó velocidad y comenzó a trotar y luego a correr, esquivando a cualquiera que se le atravesase.

Llegó a la Enfermería en cuestión de 2 minutos y se permitió tomar un respiro. Las grandes puertas de la habitación se abrieron de a poco, sin previo aviso. Se hizo a un lado para dejar pasar a Madame Pomfrey y luego escabullirse tras la enorme puerta. Grande fue su sorpresa al no encontrar una sola camilla habitada. Salió entonces corriendo a alcanzar a madame Pomfrey, que no estaba muy lejos y se prestó muy amablemente a darle la información que necesitaba. ¿Emma había salido hacía unos minutos y no lo sabía? ¿Cómo podía ser eso así, no era su amigo?

Sin saber dónde comenzar a buscarla, corrió por los corredores. Estaba decidido por dos lugares, y la chica debía de estar en uno de esos: la biblioteca o la sala común de los tejones. Comenzó a dirigirse hacia la Gran Escalera. "Mejor, iré a lo seguro, debe estar en la biblioteca" pensó apurando el paso para no perderla.

Unos dos pisos más abajo, tuvo que tomar otro camino, pues Lucius y su banda se dirigían hacia donde él estaba. Los esquivó como un profesional y siguió su camino por otro de los miles pasillos del castillo. Giró en la esquina, pero volvió sobre sus pasos. ¿Era lo que había visto real? ¿Lo era? ¡No, no podía ser! ¿Verdaderamente: se estaban besando? Las lágrimas se agruparon en sus ojos y una horrorosa opresión en su pecho lo invadió por completo. ¿Por qué debía estar en aquellos momentos tan "inoportunos"? Se apoyó contra la pared y lloró en silencio. Nunca antes había derramado una gota por sus ojos, excepto quizás alguna vez de pequeño, pero nunca más. Era un imbécil. ¿Cómo no se había dado cuenta de lo que pasaba? ¡Claro! Con Lily había pasado igual: primero se hacían amigos y luego andaban juntos todo el tiempo. Pero, aguarden, ¿no acababa de pasar Emma frente a sus ojos corriendo?

Sin dudarlo un segundo corrió tras ella, dejando una distancia prudencial. "Al menos la consolaré y sabré qué le hizo ese idiota. Lo mataré" pensó muy tranquilo el chico de cabellos negros y grasosos. Pronto llegaron a la biblioteca. La chica avanzaba decidida y con los ojos llorosos a través de las estanterías, hasta que se detuvo en una. La biblioteca estaba vacía, al menos tendría tiempo para charlar con ella un momento.

Se acercó lentamente hacia donde se había metido Emma. La encontró tirada en el piso sollozando y gimoteando ruidosamente. Sus ojos estaban colorados del llanto y su cara demostraba un dolor agudo que la atormentaba. En sus manos, un pequeño diario llamó la atención del muchacho: era pequeño, más bien para llevar en un bolsillo y era flaquito, es decir, claramente la chica lo había empezado a escribir hacía poco tiempo. Se acercó lentamente a la chica y se sentó a su lado. Emma seguía escribiendo en su diario como si no le importara su presencia.

-¿Todo está bien? –preguntó entones, haciendo que la chica diera un pequeño salto en su sitio.

-¿Por qué habría de estar mal? –preguntó la chica. El llanto le hacía temblar las cuerdas vocales y entrecortaba algunas de las palabras que emitía. El tono que había usado era bastante descortés: quizás era obvia la respuesta a su pregunta si se la veía llorando, pero en ese momento, todos los sentidos de Severus se habían tapado y por poco no respiraba- ¿Por qué me habría de pasar algo malo? ¿Por qué?

-Ya, tranquila –la consoló un poco Severus, dándole unas palmadas en el hombro. Las palabras querían salir de su boca. Quería tener una razón más para odiar a ese carilindo Gryffindor. Quería odiarlo por haberle hecho algo a Emma-. ¿Qué te hizo?

El silencio invadió la habitación en la que se encontraban. Sus miradas se cruzaron. Emma, que ya se había calmado un poco de su llanto, lo miró con extrañeza, pero no le hizo falta preguntar, pues todo se había entendido a la perfección. Nuevamente, el llanto invadió sus ojos y se arrojó a los brazos de Severus. El chico la abrazó y por poco lloró con ella.

-Él… él me… me… -por más que la había visto, ella quería terminar la frase. No quería escucharlo, no quería escucharla a ella hablar sobre él. Pero le era inevitable, pues la frase seguía su rumbo y parecía hacer un eco certero y agudo en la cabeza del chico- Él me besó.

La cara de Severus se tornó roja del odio contenido y se levantó decidido, caminando a paso veloz rumbo a la salida de la biblioteca.

-¿A dónde vas? –preguntó la chica algo aturdida mientras trataba de seguir su paso.

-Voy a darle una buena lección a ese Black –escupió Severus con resentimiento.

-¡No! ¡De aquí no te vas a ir! –le dijo Emma, poniéndose entre él y la salida y frenándolo con las manos.

-¡Déjame Emma! ¡Te hizo algo que tu no querías, yo lo mato! –los forcejeos de la chica eran en vano. Por más que él fuera mucho más fuerte, una fuerza en su interior no quería salir de allí y apartarse de la chica, de su amiga, de su amor prohibido.

-¡Quédate quieto! ¡No le hagas nada! –ya nada funcionaba con Severus. El daño ya estaba hecho y lo que menos podía hacer era dejarlo pasar. Lo último que sintió fue cómo la chica dejaba de hacer fuerza y lo abrazaba. El aliento no volvía a su cuerpo, que estaba pegado al de Emma. El rostro abandonó el colorado intenso y se cubrió de un rubor rosado. Su fuerza flaqueó y dejó de avanzar- ¿Ya estás tranquilo?

-Si –miró a la chica y se soltó de su abrazo: por alguna razón lo incomodaba por primera vez estar con ella abrazado. ¿Qué le pasaba?- ¿Qué escribías hace un momento? -La cara de la chica se puso seria y el nerviosismo abordó su cuerpo, dándole pequeños sacudones incontrolables- Lo siento, descuida. No importa, no es necesario que me digas.

La chica volvió a donde se hallaba hacía unos momentos, tomó el librito y lo guardó cuidadosamente en uno de sus bolsillos de la túnica. Claramente, no quería que nadie lo mirara siquiera.

-No es algo de lo que tengas que preocuparte –retomó la chica, claramente fastidiada-. Es solo un diario.

-De acuerdo –un asentimiento de su cabeza dio paso a que el tema no sea ya tocado-. ¿Qué tienes ganas de hacer?

La chica pensó durante un momento, hasta que su rostro se iluminó y miró alegremente a Severus.

-Tengo una idea.

Tomó su mano y tironeó de ella, haciendo que Severus la siguiera en la corrida que tomaba velocidad. Pasaron el segundo piso, llegaron a la Gran Escalera, subieron varios pisos, entraron al pasillo previo al aula de Adivinación y frenaron, siempre tomados de las manos, frente a una pared sólida e indiferente.

-¿Querías mostrarme la pared? Pasé muchas veces por aquí y créeme que ya me conozco de memoria ésta pared y todas las otras –verdaderamente no entendía la finalidad de aquella pared: ¿tendría algo diferente a las demás que nunca había notado? ¿Le ayudaría a provocar trampas contra los Merodeadores? ¿Qué había en la pared?

-Jajaja –rió la chica estruendosamente-. En serio, créeme que nunca has visto ésta pared lo suficientemente bien –su cara demostraba alegría mientras se paseaba frente a la pared que seguía igual que siempre. ¿Acaso se había vuelto loca? ¿Qué diablos estaba haciendo? Realmente, la chica había enloquecido completamente. No podía siquiera sacar ese gesto de extrañeza en su cara mientras veía a la chica dar vueltas frente a la pared.

Emma frenó un momento y se puso a su lado, señaló la pared y entonces fue ahí cuando vio lo más extraordinario que había visto en su vida: ¡una puerta estaba apareciendo de la nada! La puerta, alta casi hasta el techo, se aparecía frente a sus ojos. Las molduras en hierro forjado aparecían de la nada y el marco de la puerta comenzaba a tener forma. En serio, nunca había visto bien la pared. Comenzó a acercarse a la puerta y tocó los adornos que la adornaban: fríos como el mismísimo metal del que estaban hechos. Tocó la madera: tan lisa como las demás puertas del castillo. Tocó el umbral: igual de liso que las paredes que lo seguían.

La chica avanzó hasta donde se encontraba y empujó levemente la gran puerta, que se deslizaba sobre sus goznes y el suelo. Ante sus ojos, apareció una habitación completamente iluminada, llena de ventanales y algunos pilares que terminaran a unos tres metros antes del suelo. Era como si se le hubiesen puesto muchas ventanas al salón de trofeos y se le hubiesen sacado las vitrinas, los trofeos y todo el polvo que lo cubría. Era asombroso.

Caminó y observó cada detalle de la sala. Desde las ventanas se podían ver los jardines del colegio, pero era un ángulo que nunca antes había visto. Desde los jardines debería ser casi imposible ver la habitación invisible que el castillo ocultaba, pero era magia, ¿qué más se podía esperar de aquel útil elemento?

-¿Sorprendido? –preguntó la voz de Emma a sus espaldas. Solo atinó a asentir mientras giraba lentamente, sin apartar la vista de tan asombrosa habitación.

-¿Qué es este lugar? –preguntó luego de unos minutos de silencio.

-Se le llama Sala de los Menesteres –contestó la chica-. Aparece cuando uno desea encontrar un lugar especial, o cuando alguien sabe dónde está y simplemente se pasea tres veces frente a la puerta e imagina el lugar al que quiere ir.

-Y en el supuesto caso de que alguien sepa su existencia y quiera entrar justo en el momento en que alguien está adentro, ¿puede entrar?

La cara de Emma se puso seria luego de la sonrisa de oreja a oreja que tenía hace un rato.

-Eso no lo sé.

-¿Cómo la encontraste?

-A decir verdad, la encontré de casualidad: estaba paseando por aquí pensando en que necesitaba algún lugar para… -la chica se calló de la nada y titubeó un momento- …no importa para qué necesitaba la habitación. Resulta que pasé por enfrente de la pared y apareció la puerta.

La chica estaba muy nerviosa y miraba a Severus con una seriedad suplicante, para que no la acosara a preguntas sobre aquel tema. Severus corrió la vista y volvió a admirar la habitación. Verdaderamente era sorprendente. Pensó un momento y sonrió casi imperceptiblemente, volviendo su mirada a los ojos de Hermione, que lo observaban expectante.

-¿En qué estás pensando? –preguntó la chica, tratando de averiguar el entusiasmo en los ojos de Severus.

El chico la condujo fuera de la habitación y la puerta se cerró y desapareció tras sus espaldas. Severus avanzó y caminó tres veces frente a la pared, que se transformó en la misma puerta de antes, solo que adentro no encontrarían el vacío, limpio e iluminado salón de trofeos. Tomó la mano de la chica y empujó la madera de la puerta.


Y? Qué les pareció? Que creen que harán los merodeadores cuando se enteren de que Severus sabe el secreto de la sala de menesteres? Y qué pasará con Lúpin y su transformación? Todo esto y mucho más descúbralo en el próximo capítulo de esta historia...

Les deseo una linda semana, les mando abrazos, besos y mucho FELIX FELICIS para que les dure en los exámenes... Con cariño, su querida Anne-Lestrange...