Nada que decir... espero les guste como a mí me gustó escrbirlo... es mi capitulo favorito (creo)... pero como bien dicen en ingles: TIME IS MONEY... EL TIEMPO ES UN MANÍ.

Notas para los siguientes capítulos:

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- Cambio de personaje

- Cambio de tiempo o espacio en el mismo personaje que relataba.


Ante sus ojos, tras la inmensa puerta de madera, apareció una habitación totalmente rodeada de bibliotecas y libros. Había una mesita ratona en medio de la habitación junto con dos almohadones mullidos en el suelo, que estaba totalmente cubierto de pasto fresco y vivo. Detrás de la mesita se alzaba un árbol y sus ramas abrazaban todas y cada una de las estanterías de las bibliotecas. Verdaderamente, era una hermosura.

Paso a paso, Emma se acercó y se sentó en uno de los almohadones, seguida de Severus, que la miraba divertido: la cara de asombro de la chica era muy graciosa y divertía a cualquiera. Sin esconder la sonrisa en su rostro, se sentó en el almohadón verde y blanco mientras que la chica se sentaba en el anaranjado y dorado. Ella miraba todo el lugar. Ahora los roles se habían cambiado y era ella la sorprendida y no Severus.

Él se levantó lentamente y se dirigió a una de las estanterías. Sacó un libro y volvió a su sitio.

-¿Qué es? –le preguntó la chica.

-Es un libro que siempre quise leer, pero que no me lo había permitido nunca… es muggle –su rostro se convirtió en una mueca de pena y miró la tapa dura del libro, donde los dibujos lo llamaban a leer: Romeo y Julieta.

La chica miró la tapa del libro y con una sonrisa le dio unas palmaditas en el hombro Severus, mientras lo miraba con ternura.

-Es uno de mis libros favoritos –le mencionó-. Recuerdo que se lo pedía a mi madre para dormirme de pequeña. Eso antes de comenzar el colegio –la muchacha rió un momento y luego continuó-. ¿Lo lees en voz alta?

-Ehmm… Sí, claro –al menos sabía una cosa más de la chica: le gustaba la historia de Romeo y Julieta. Qué gran mentiroso que era. ¿Cómo no iba a conocer la historia de aquellos dos personajes? Prosiguió a leer la historia y así se quedaron.

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Ese día era EL día. Con la transformación de su amigo no iba a poder fallar su plan contra Quéjicus. Lo único que debía hacer era atraerlo hasta la trampa, pero ¿cómo? Ese era el pequeño detalle. Un pequeño error que nunca había previsto. Para colmo no faltaba mucho para la noche. La cabeza le explotaba de todas las ideas inútiles que tenía. Para colmo cada vez eran peores.

Debía sumarle un par de cosas buenas a ese día, por si algo salía mal: había besado a Emma Granger y ella no lo había apartado en el mismo instante. Esos dos ya eran logros para él y, por lo tanto, un paso más cercano de poder conquistarla. Ojalá James pudiera ayudarlo, escuchar sus miedos. Pero estaba siempre con Lily. No era que le molestara, pero se sentía apartado de la nada de su amigo. Siempre estaban ellos dos juntos por donde mirara: daba vuelta en un pasillo y los veía riendo; entraba a un aula y los veía hablando animadamente. Le caía bien Lily Evans, pero no le agradaba del todo; quizás porque le estaba sacando a su mejor amigo; quizás porque a ella no le agradaba su forma de ser y lo insultaba diciendo cosas como "No tienes cura" o "¿Cuándo dejarás a las chicas en paz?". Ciertamente, ella era una de las pocas que se le había negado, más porque a él no le interesaba que por otra razón, pero aún así le daba rabia.

-¡Sirius! –una voz conocida lo llamó y entonces giró la cabeza. Peter estaba en el umbral de la habitación mirándolo alegre.

-¿Qué pasa Peter? –realmente le molestaba cuando lo interrumpían en sus planes o cuando estaba pensando tranquilamente, reflexionando sobre la vida.

-Es que no te encontraba por ningún lado, al igual que Remus y James. Te estuvimos buscando desde que volvimos del almuerzo –la sonrisa triunfal del chico se desvaneció al ver la molesta cara cargada de fastidio de Sirius-. ¿Prefieres que te deje solo? ¡Ya sé! Mejor le iré a decir a los chicos que ya te encontré.

El chico salió disparado por la puerta tan abruptamente como entró. Al menos Peter se daba cuenta cuando estaba incomodando. Aunque fuera víctima de algunas de las bromas entre ellos, era un buen amigo, no podía negarlo. Al igual que Remus, el muy tímido Remus. A veces los dejaban de lado a ambos, no podía negarlo, pero lo hacía sin querer, es decir, los quería como a unos hermanos menores y no quería perderlos nunca en la vida.

Hermanos menores… ¿Cómo estaría Regulus? Nunca se lo había preguntado desde el comienzo de las clases. Por más que lo viera seguido, era triste no saber nada sobre su propio hermano, pero todo así estaba predicho por el destino, era inevitable. Desde su pelea con su madre, todos los lazos con su familia los había cortado repentinamente, a pesar de que se cruzaba con algunos de ellos en el colegio, como Bellatrix, Narcissa, Andrómeda y Regulus. Pero al menos, ahora tenía una nueva familia: los Potter. Desde esas vacaciones de verano, en el momento en que huyó de su casa, había sido recibido por los Potter como un hijo más. Más bien siempre había sido recibido así en la familia de su hermano, pero esa ocasión era especial.

Ya no podía pensar en nada más que en su familia: la maldita familia de sangre Black. No podía sacarlos a todos de su mente. La desesperación lo invadió, dejándole solo una opción por llevar a cabo: escapar de aquel momento por la puerta abierta de la habitación. No lo dudó un momento más. Se paró y salió despavorido hacia la sala común, pero aún no era suficiente. Escapó rumbo a los jardines.

Al menos aquí podía pensar tranquilamente. Hagrid estaba cortando un árbol; se lo veía muy feliz.

-¡SIRIUS! ¡Ahí estás! Por Merlín, no sabes cuánto tiempo te estuvimos buscando –la voz de James lo sorprendió mucho-. ¿Dónde estabas?

No sabía qué rayos articular. ¿Les decía todo por lo que había pasado durante el día? ¿Les decía que extrañaba un poquito a su hermano? ¿Qué les decía?

-En serio, ¿dónde estabas? –esta vez, era la voz de Remus la que hablaba. Se notaba que el chico tenía un tono en la voz de preocupación y desesperación.

-La besé.

Le salió del alma. Todo lo que tenía guardado lo soltó en esa simple frase. No faltó que diga más para que el silencio los invadiera y los dejara completamente desconcertados a sus amigos. Las caras de asombro se hicieron presentes en todos y cada uno de ellos. Ni un suspiro salía de sus bocas, abiertas de sorpresa. Los ojos por poco se les salían de las órbitas. Nada más faltó para que un torbellino de escalofríos lo invadieran e pies a cabezas e hicieran que se estremeciese.

-¿Qué pasó? –preguntó James, realmente sonaba emocionado y se notaba que quería saber qué había ocurrido.

-La besé. No se resistió. Luego me empujó. Y salió corriendo –se levantó de la nada y comenzó a caminar. Cada paso le parecía una sentencia a muerte: ahora vendrían las miles de preguntas por parte de sus amigos. Pero nada. Ni un suspiro lo sorprendió. Dio media vuelta y miró a sus amigos.

-Soy un imbécil.

Solo atinó a decir eso. Peter se le acercó y le dio unas palmaditas en la espalda, seguido por James y Remus.

-En serio la amas –Remus lo tomó de los hombros y afirmó lo que nadie se había atrevido a decir hasta entonces. Sirius solo asintió y dejó que Remus lo abrazara fraternalmente.

Faltaba poco para la hora de la transformación y aún no se le había ocurrido una buena idea para hacer que Severus caiga en la trampa. ¿Cómo haría? Faltaba poco para que le salga humo de los oídos y más aún para que e explotara el cerebro. Para colmo, no podía decirles nada a sus amigos que estaban todos juntos, pues Remus se resistiría y lo vigilaría todo el tiempo. La única opción que le quedaba era planearlo él solo. La única idea que le había quedado en la cabeza y estaba más decidido a usar era la de enviarle una carta en nombre de alguien, pues un mensaje anónimo lo haría sospechar. "¡En nombre de Emma!" Al fin lo tenía. Solo faltaba que alguien le diera la carta o dejársela en algún lugar por el cual sabía que Quéjicus pasaría. Pero, ¿quién podría? Una parte del plan seguro que funcionaba: el nombre de la chica iba a encajar perfecto. Además que se notaba la atracción que sentía Quéjicus por la chica. Un escalofrío lo invadió y sus mejillas irradiaron fuego. Un fuego que tuvo que esconder en el momento en que sus amigos entraban por el retrato de la Dama Gorda.

-¿Todo listo? –preguntó Remus al aire, pues no se notaba con ganas de que solo uno de sus amigos le respondiese.

-Yo tengo la capa –susurró James, haciendo un ademán con sus cejas y mostrando una pícara sonrisa en su rostro juguetón.

-Yo llevo tu ropa –dijo Peter, que se encontraba realmente nervioso, más incluso que el mismísimo Remus.

-Yo llevo el mapa –asintió Sirius, saltando del sillón mullido en el que se encontraba sentado-. Solo me falta entregar una cosa a cierta persona y ya vuelvo con ustedes.

Las sonrisas y las caras de picardía en las caras de sus amigos delataban un error que pronto descubrirían.

-¿A qué vienen esas sonrisitas? –preguntó Canuto haciéndose el desentendido.

-Oh, no son por nada mi amor –soltó James al tiempo que se arrojaba a los brazos de su amigo en un abrazo exagerado por ambos-. ¿Acaso ya te olvidaste de mí, acaso ya te aburro que debes ir con aquella Hufflepuff?

Había caído en la trampa. Se deshizo del incómodo abrazo que lo mantenía atrapado y corrió tras el gran retrato, seguido de cerca por los ruidosos vozarrones que profería James y por las tímidas carcajadas de Remus y Peter. Corrió escaleras abajo. Ahora el verdadero problema era encontrar la forma de que Quéjicus leyera esa nota. Una opción era dársela a un Slytheryn. "Sí, claro." pensó "Como si realmente se la entregaran. A lo sumo a Andrómeda. Ella quizás se la daría. ¡Si tan solo siguiera en el colegio!". El tiempo le jugaba en contra y, sin la segunda parte del plan completo, no habían muchas posibilidades de que Quéjicus encontrara la nota. Debía hacer algo, ¡pero rápido!

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Esa tarde había sido espectacular. ¡Qué increíble aquella sala! ¿Cómo es que nadie sabía de su ubicación? Seguramente, Dumbledore debía ser una de las personas que sabía de su existencia.

La tenue luz de la sala común de las serpientes le molestaba en la cara, pero se había acostumbrado a su espectral brillo hacía años. No tardó en acostumbrarse a la oscuridad semi iluminada. No quería hacer otra cosa más que descansar, por lo que se dirigió directamente hacia su habitación, tan monótona e insignificante en comparación a la extraordinaria sala que había visto horas antes.

Su cama negra como la noche, mullida e inexplicablemente cómoda lo recibió como una madre a su pequeño hijo. Realmente había sido un día agotador y no quería gastar demasiadas fuerzas más antes de ir a cenar. Poco a poco, sus párpados comenzaron a caer y los recuerdos del día pasaron frente a sus ojos: había ido a visitar a Emma a la enfermería (pestañea una vez); ella no se encontraba allí (otro pestañeo); Black besándose con Emma (la ira lo invadió profundamente); la había encontrado llorando (un pestañeo más y las lágrimas se le acumularon en los ojos); ella lo lleva frente a la gran pared (ríe sin poder evitarlo y pestañea, dejando menos espacio entre sus párpados); salen de la sala y él le muestra una nueva y única habitación (otro pestañeo sin ganas y cierra los ojos); él toma el libro y lo lee en voz alta. Completamente dormido, esbozó una sonrisa genuina, especial y llena de calidez.

-¡SEVERUS! –¿qué diablos pasaba? ¿Quién lo llamaba? ¿Qué eran esos gritos?- Severus, despierta.

Unos ojos azules y un cabello rubio. ¿Narcissa?

-¿Nar… Narcissa? –realmente no sabía qué era lo que pasaba- ¿Qué pasa?

-Te llegó una carta d esa Hufflepuff –arrastraba las palabras como si estuviese hablando de una rata asquerosa, pero así era ella. Solo en ese momento, Severus notó que no estaba solo ella en su cuarto: una cabellera blanca, una negra rizada y un par de cabellos castaños oscurísimos lo observaban cuidadosamente-. Nadie puede abrirla. Parece ser que se abre solo cuando tú la vayas a tocar, o eso creemos. Ten.

La "carta" no era más que un pedazo de pergamino doblado en tres partes y sellado con uno de esos stickers muggles. Soltaba un aroma a jazmines y del otro lado decía con letra pulcra y fina: "Para Severus. De Emma". Dio vuelta la carta desesperadamente y la abrió con sumo cuidado, tratando de no romper la figurilla de una nutria que pegaba ambos extremos. La nota decía:

"Severus. Quiero verte. Hoy luego de la cena en la base del sauce golpeador. Emma"

No era el estilo de Emma escribir cosas de solo dos renglones, eso lo sabía, pero no importaba en ese momento, ya que le había pedido de verse a escondidas fuera del colegio de noche. Su cara no se inmutó un segundo y muy despacio se levantó de su cama, sin hacer caso a las múltiples preguntas que le formulaban sus "amigos". Se había dormido vestido con la ropa del colegio, por lo que no le hizo falta vestirse.

-¿Cuánto falta para la cena? –preguntó con la voz un tanto ilusionada. Las miradas de perplejidad se repitieron en las caras de todos sus compañeros, dando pasa a reformular la pregunta- ¿Falta mucho para cenar? Estoy con mucha hambre.

-Responde nuestras preguntas primero –inquirió Bellatrix en un siseo estremecedor antes de que alguien respondiera. Severus no tenía más remedio que mentirles a sus compañeros, por lo que asintió y dejó de verlos a los ojos (estando en último curso y siendo partidarios de Lord Voldemort, seguro ya sabrían el arte de la Oclumancia)-. De acuerdo. ¿Qué dice la nota?

-Emma me pidió que la ayude en unas tareas de Runas Antiguas luego de la cena.

-No nos importa, Bellatrix. Al menos a mí no me importa lo que le pida esa sangre sucia a Severus –inquirió Lucius con ese tono altanero y arrogante tan característico de él-. Falta una hora aún para comer.

Tragándose el enojo, Severus se retiró de la sala común y se dirigió hacia el Gran Comedor.

La cena había pasado tranquila como siempre y sin cambios o novedades. No podía dejar de pensar en esa extraña nota. La cena, la charla con sus amigos, las múltiples miradas a la mesa Hufflepuff; todo se desvaneció y terminó rápidamente. Suerte que se había arreglado un poco antes de la cena. Salió rápido hacia el increíble árbol, pero nadie estaba allí. Inmovilizó el árbol y comenzó a esperarla.

"Qué raro" pensó "Emma no es de llegar tarde". Realmente le preocupaba la tardanza de la chica. Habían pasado cinco minutos. Diez. Quince. Pronto pasaron los veinte minutos y la paciencia de Severus estalló en una fuerte y veloz patada contra la base de la raíz donde estaba sentado. La pierna le dolía del fuerte golpe, pero más le dolía la decepción. En serio no creía que la chica pudiera haberlo plantado de esa manera.

Un grito lo sorprendió. Era agudo, doloroso y terriblemente agonizante. Los sentidos no le respondían. ¿Acaso venía desde la base dl sauce? Se acercó de a poco a ese hueco que tanto asustaba a los estudiantes y agudizó el oído: definitivamente venían de allí dentro. Prendió su varita y avanzó un paso, pero nuevamente, el terrible grito lo exaltó, haciendo que retrocediera torpemente. Su miedo era grande, ya no recordaba la tardanza de la chica, pero aún así ese tema se relacionaba directamente a los gritos. ¿Y si eran de Emma? ¿Y si ella estaba en peligro? Su valentía salió por los poros, dejando que se liberara y dejándolo avanzar libremente; primero un paso, luego dos, luego tres, hasta encontrarse dentro del agujero tan terrorífico.

Un grito más, pero esta vez no se oía tan humano como en las anteriores veces. Se oía más salvaje, como si fuese una bestia horrorosa y espectral. Aún así, el miedo no consiguió ganar la batalla que se libraba en su interior entre el miedo y el coraje, por lo que avanzó decidido durante unos segundos. La oscuridad era insoportable. Aunque tuviera la varita encendida no se veía mucho hacia adelante más que una mancha negra rodeada de raíces y tierra.

Unos pasos lo sorprendieron, seguidos de unos gritos y de miles de luces que se atropellaban en la oscuridad frente a él. Poco a poco, fue reconociendo las siluetas de tres chicos corriendo velozmente mirando de tanto en tanto hacia atrás y lanzando hechizos a más no poder. Su cuerpo se quedó helado y ni sus ojos reaccionaron en el momento en que un hombre lobo apareció de la nada misma tras los muchachos corriendo.

Unas manos lo empujaron hacia adelante, entregándolo a la criatura, que lo miró con una fiereza inigualable. Sus ojos chispeaban sangre y su cuello era el siguiente en derramarla. Alcanzó a oír unas risotadas y un diálogo mientras veía avanzar al enorme monstruo.

-Jajaja –rió uno de los muchachos.

-¿QUÉ DIABLOS ESTÁS HACIENDO? ¿ESTÁS DEMENTE? –gritó otro de los chicos desde su espalda.

Unos pasos se acercaban con rapidez y un hechizo le dio en el hocico a la gran bestia, que se detuvo en seco y observó a quien lo había atacado antes. Él también giró su cabeza, encontrándose con los salvajes cabellos y los intrépidos anteojos de ese Potter. ¡Con que habían sido ellos!

-¡CORRE! –la voz de Potter estaba realmente trastornada. Intentaba con todas sus fuerzas derrotar a la criatura, pero le parecía imposible. Inclusive parecía como si no quisiera hacerle daño alguno a ese monstruo.

-¿Qué está haciendo aquí? ¡VUELVE AQUÍ! ¡NO SEAS TONTA! -¿eh? ¿Tonta?

Un hechizo voló por sobre su cabeza y dio en el pecho de la bestia, haciendo que lanzase un rugido atroz. Unos brazos lo tomaron de la espalda y tiraron con fuerza de él. ¿Era Potter? ¡No, debería estar soñando! ¡Eso era, estaba soñando y esta era toda una pesadilla horrorosa! Pero la expresión en el rostro de Potter y sus ojos implorantes lo devolvieron a la realidad.

A empujones, logró retomar el movimiento en su cuerpo y comenzó a correr. Giró hacia atrás y vio una cabellera. Una cabellera castaña que lanzaba hechizos a más no poder de todos los estilos posibles. Se quedó congelado un momento y solo bastó un movimiento de a cabeza de la persona que estaba luchando para que se diera cuenta: era Emma.

-¡EMMA! –gritó con todas sus fuerzas, y su grito se mezcló con otro muy similar que también demostraba pavor y horror: Sirius Black.