Quiero dedicar este capítulo a mi hermano, fanático de Remus Lupin...
A leer! Que tengan mucho FELIX FELICIS! Y recuerden que de cada diez personas que ven televisión, cinco... son la mitad. Saludos ^^
Los gritos se mezclaron y por un segundo sus voces se hicieron una. Uno de ellos se preguntaba cómo había llegado ella hasta allí, mientras el otro no podía darse cuenta de cómo lo había seguido. Poco a poco, el monstruo arremetí con más fuerza contra la chica, que no paraba de lanzar embrujos, cada vez más rápido y con más desesperación.
Aún así, su voz demostraba pena, como si de alguna forma le doliera lastimar al hombre lobo. Sus cuerpos reaccionaron al mismo tiempo y ambos corriendo con total agilidad y rapidez hacia la muchacha. Las varitas salieron de sus capas. "Lo lamento Remus" pensó Sirius con una pena increíble agazapada contra sus ojos y atacó con un Expulso a la fiera ante sus ojos. La bestia salió disparada hacia atrás dándoles una ventaja de huída. Justo antes de salir del túnel oscuro, los tres merodeadores, Severus y Emma conjuraron miles de hechizos para que el hombre lobo no saliera de allí.
La última corrida había sido devastadora tanto para Emma como para Severus y Sirius, que jadeaban interminablemente. Ante los ojos sorprendidos y expectantes de todos, James se acercó hacia Severus.
-¿Te encuentras bien? –su voz no salió con odio o rencor, sino totalmente natural, como si estuviera hablando con un viejo conocido. Trató de levantarlo y ofrecerle su ayuda, pero el chico de cabellos negros lo apartó con un empujón.
-¡Déjenme! No tengo porqué darles lástima –la voz de Severus, al contrario de la de James, sonaba con un odio y una repugnancia que hacía que arrastrara las palabras-. ¿Quiénes se creen para empujarme y dejarme frente a un monstruo y luego ofrecerme su ayuda? ¿Acaso no tienen valor para aceptar su cometido?
Las palabras flotaban en el aire, llegando a los oídos de todos los presentes. Sirius pensaba en lo que había hecho, pero ninguna sensación de culpa lo invadía, aunque aceptaba que casi lo mataba.
-¡Discúlpame por haberte ayudado! –se defendió James.
-Solo te salvaste a ti mismo. A mí no me engañas Potter –Sus palabras ya estaba atacando como filo de cuchillos contra James, que solo lo había ayudado. Era un vanidoso, egocéntrico y no podía permitirse perdonarlo, no después de años de jugarretas.
Nadie dijo nada más. En el silencio de la noche, Severus se retiró como una sombra más de la oscuridad. Ahora el ambiente se hallaba en una tensa agonía. Luego de unos momentos, al fin Peter pudo soltar palabra.
-¿Cómo llegaste hasta aquí? –inquirió sabiamente hacia la chica. "Es verdad" pensó para sus adentros Sirius "Nadie más que nosotros sabía sobre esto. Excepto Quéjicus"
Los ojos miel de la chica rodaron frente a todos los presentes, tal vez buscando una respuesta, tal vez pensando cómo explicarlo, pero la verdad es que su expresión era nula. Sus ojos viajaban por el extenso paisaje y se detenían en la luna, el cielo y luego en el sauce que comenzaba a moverse.
-Será mejor que nos corramos de aquí –afirmó mientras se paraba de un salto y comenzaba a caminar.
Sus pasos eran decididos y largos, con los que cada vez tomaba más distancia entre ella y los merodeadores. Sirius pudo reaccionar y la frenó a tiempo, interfiriendo su camino.
-Responde antes.
Sus respiraciones se chocaban, sus cuerpos casi se rozaban y se podía sentir perfectamente lo nerviosa que se había puesto la chica. Sus temblores se notaban a kilómetros de distancia. Intentó pasar por ambos costados de Sirius, pero éste era un poco más rápido y detenía todos sus pasos. Pronto llegaron a su lado Peter y James, que miraron profundamente a la chica, buscando la respuesta en sus ojos.
-¿Cómo sabías? –James estaba realmente confundido. La chica tardó unos minutos en responder, esta vez una respuesta concreta y sencilla, que a ninguno se le había cruzado por la cabeza.
-Seguí a Severus.
Solo eso bastó para que los tres muchachos se quedaran helados, sobre todo Sirius, permitiendo que la chica los rebasara rápidamente. ¿Había seguido a Quéjicus? ¿Por qué? Eran solo amigos, ¿cierto? Lo eran ¿no? Miles de preguntas se le agazapaban de golpe en la mente, preguntas que solo una persona, o quizás dos, podían responder sinceramente: Quéjicus y Emma.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Debía alejarse de ese lugar de inmediato. No podía seguir allí rodeado de tanta hipocresía por parte de ese Potter y el silencio aprobador de sus guardaespaldas. Corrió por los terrenos del colegio y recordó que si entraba y era visto, se podía olvidar de muchos de los puntos de su casa. Lo que menos quería en ese momento era afectar a otros por su ridícula confianza en esa estúpida nota. El único lugar que se le ocurrió en un momento así fue el lago.
No era de sus lugares favoritos dentro de Hogwarts, pero podía estar allí un rato pensando al menos. Los árboles se alzaban oscuros y sombríos ante la luz de la inmensa luna llena, que irradiaba una belleza comparada solo con el más bello deseo de Severus: Emma. Todo en el mundo que era bello ahora solo lo hacía recordar a Emma. El lugar donde antes la pelirroja vivía en su corazón había sido habitado de a poco por otra persona; por esa castaña peculiarmente extraña, que tenía sus secretos bien guardados, como todos, y con un intelecto increíblemente valioso, además de una valentía increíble.
Unos pasos furtivos lo hicieron caer de la nube en la que volaban sus pensamientos. Rápidamente sacó su varita y se paró de un salto, apuntando a lo que sea que se acercaba. Pero se detuvo en el último momento, en el que estaba a punto de embrujar a los que se le acercaba por detrás. La chica le sonrió y se acercó al lugar donde había estado sentado segundos antes. Allí se sentó la chica y él la siguió luego de unos momentos. El silencio invadió el ambiente; un silencio devastador para él. ¿Qué decirle? Ella podría defender a Potter si tocaba el tema, pero no entendía lo que le habían hecho a él Potter y sus amigotes: le habían robado a lo único que quería en la vida, a Lily. Claro que ahora ella no le importaba tanto como antes. Ahora la dueña de sus pensamientos y suspiros era Emma, la chica que se hallaba a su lado sentada tranquilamente.
-Sabes que te salvó –dijo Emma rompiendo con el silencio aturdidor como si supiera en lo que estaba pensando-. ¿Por qué le dijiste eso? ¡Sabes que te salvó de una muerte segura!
-No quiero hablar de eso –su voz estaba apagada y con un sombrío desprecio que se notaba firmemente. Dejaron ambos de hablar por un rato hasta que el mismo silencio se volvió insoportable. Fue entonces cuando ella apoyó la cabeza contra su hombro, descansando de la monstruosa aventura que acababan de protagonizar.
¿De qué habían estado hablando hasta hace algunos momentos? ¿Acaso había pasado algo interesante? No lo sabía, pues su cabeza solo pensaba en ella, en Emma Granger, que se hallaba descansando contra su hombro. Ya su cuerpo no reaccionaba. Pasó su brazo por detrás de la espalada de la muchacha y unió sus manos por delante de ella, arropándola en su cariño. "¡Detente!", pensaba su mente inquieta "¡Detente ahora antes de echar a perder todo!"
-Qué tranquilidad, ¿no crees? –susurró la chica. Severus solo asintió. Ambos se separaron unos centímetros y cruzaron sus miradas. Ambos, tan tranquilos ahora luego del susto, se miraron tiernamente y compartieron un par de sonrisas.
La felicidad estallaba en su alma y no solo no podía contenerla, sino que ahora ya no solo podía controlarla. Estaba extasiado mirando a la castaña. Su mente no reaccionaba y su corazón palpitaba cada vez más fuerte. Sus ojos pasaron de mirar esos círculos brillantes de miel a mirar esos labios rosados gesticulando una sonrisa. Su corazón por poco salía de su pecho y el amor venció su razón: poco a poco, comenzó a acercar su cuerpo al de Emma, que se encontraba tan paralizada que no movía un músculo. Ya estaban demasiado cerca y no podía contenerse por más tiempo: su corazón se lo mandaba y él obedecía sin chistar. Tocó esa mejilla, que ahora se encontraba sonrosada, y la miró a los ojos: el temor se mostraba en los ojos de la chica, pero ni siquiera eso lo detuvo. Arrastró su mano desde la mejilla hasta la nuca y luego se acercó hasta que sus labios se tocaron.
Una adrenalina corrió por su cuerpo y supo que no debía separarse de ella. Ella estaba tan quieta, dejándose besar tan tranquilamente. ¿Qué quería decir eso? ¿Acaso lo quería también? Los nervios lo invadieron completamente y pronto acabó ese beso que tanto él había esperado. La perplejidad en la cara de la chica provocó más confusión y dudas de las que había sembrado su quietud. Sus ojos lo veían con algo de culpa, pero ¿qué era ese algo brillante que bajaba por su mejilla? ¿Acaso era una lágrima? Lo que más temía se había vuelto realidad: él mismo había lastimado a Emma.
La chica, tan asustada y sorprendida, se separó violentamente de Severus y huyó hacia las grandes puertas del colegio, buscando protección.
"¡Ve tras ella, inútil!", gritaba su corazón esperanzado mientras su mente lo contrarrestaba diciendo "Déjala, necesita un tiempo sola" Por última vez en la noche, hizo caso a su razón.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Toda la noche en vela por su amigo. Nada ya podía remediar lo que había hecho en medio de la noche, pero no se sentía para nada culpable. Quizás se le había ido un poco de las manos y casi MATABA a Quéjicus, pero esa no era su culpa. No era su culpa que él se hubiese quedado helado y no se hubiese movido un centímetro siquiera. No era su culpa que al empujarlo cayera al suelo y se helara del miedo. No era su culpa que James arriesgara su propia vida por salvarlo (aunque no lo había contado en el plan). No había sido su culpa que Emma apareciera para salvar el día de Quéjicus, igual que siempre.
Solo en ese momento se dio cuenta de aquel dato insignificantemente curioso: nadie que él supiera le había avisado a la chica que estarían allí.
El sol comenzaba a alumbrar con los primeros rayos dando calor a la fría madrugada. Poco a poco, se fue levantando mientras de fondo se oía una melodía monstruosamente conocida para todos sus amigos: los gritos de dolor de Remus que cambiaban de aullidos a gritos desgarradores. Ese ruido lo sobresaltó tanto como a sus amigos. El trío congeló nuevamente al sauce boxeador y comenzó a acercarse lentamente a la derrumbada entrada que había en su base. Si bien el sol se hallaba levantado a varios metros sobre el horizonte, la luz no entraba ni por casualidad por aquel hoyo profundo. Los gritos pararon. Los encantamientos seguían allí en la entrada y no se atrevieron a quitarlos sino hasta después de unos minutos.
Esperaron ansiosos y nerviosos la llegada de Remus, de su Lunático, pero no llegaba. Las caras de extrañeza se contagiaron al instante y casi por arte de magia, un sollozo rompió el frío silencio. Proveniente de la Casa de los Gritos, aumentaba la intensidad del llanto de un hombre. Se intensificaba de a momentos y por momentos se apagaba. Pero la brisa lo transmitía todo el tiempo, como en un resonante eco que no acababa con el paso del tiempo.
Como buenos Gryffindors, se aventuraron tras el pasaje y caminaron guiados por las luces de sus varitas, que solo alumbraban unos metros delante de ellos. En poco tiempo, ya se encontraban todos en la Casa de los Gritos, donde el llanto estremecía todos y cada uno de los huesos de los muchachos. Sabían muy bien a quién pertenecía, quién estaba llorando, pero el dolor que transmitían esos gemidos era espantoso.
Subieron las escaleras con cuidado hasta llegar a la planta alta. Abrieron la puerta que tenía frente a ellos y observaron la demacrada figura de su amigo. Encorvado, como ocultándose del mundo, tirado en el suelo en medio de la habitación, Remus Lupin lloraba copiosamente, dándole la espalda a sus amigos. Su piel pálida, dejaba ver perfectamente las magulladuras, raspones y rasguñadas de la noche anterior. Nunca habían tenido una situación parecida; normalmente, cuando Remus salía de su escondite, no hablaba casi por toda la tarde y se metía en su mundo.
Sirius se acercó lentamente y tocó el hombro de su amigo. Automáticamente, como en un acto reflejo, Lupin se estremeció y alejó su cuerpo de la mano de Sirius. James tomó su capa del colegio y se la colocó encima de la espalda a Remus, tratando de alguna forma protegerlo. Muy de a poco, casi luego de media hora, el llanto abandonó a Lunático y éste comenzó a ponerse en pie. Su cuerpo se movía débil y muy lentamente acercándose a la ventana que alumbraba la habitación. Allí se quedó mirando la mañana por unos momentos.
Era tan devastador ver a uno de sus amigos de toda la vida así de dolorido. Le provocaba una pena incontrolable. Frente a la luz de la mañana, las marcas sobre la piel del chico se notaban más profundamente. Todas ellas eran claras heridas de una pelea de varitas y no iban a poder ocultarle el episodio que había vivido su "otra mitad".
La voz de Remus se escuchó en un susurro, asustando a sus amigos. Quería decir algo, pero el no hablar por toda una noche, o mejor dicho, el haber gastado sus cuerdas vocales rugiendo por toda la noche sin descanso, lo había dejado con una ronquera entendiblemente grave. Luego de unos momentos de practicar hablar en voz casi inentendible, dio media vuelta y encaró a sus amigos. Los miró a los ojos a todos y cada uno de ellos. A Sirius le corrían los nervios por toda la espina y no pudo evitar estremecerse totalmente, pues sabía lo que venía. Los ojos, la mirada seria de Remus los asustaba. Y más asustó cuando fue acompañada por las siguientes palabras:
-¿Qué… pasó… anoche?
