Nuevo capítulo... Admito que está bastante flojo, pero prometo que para el próximo me voy a súper esforzar. :) Me desanimé cuando no vi ningún Review por el beso... pero bueno... jejej, me debo ir yendo a hacer el próximo capitulo así veo si lo subo mañana, así que como bien dicen en ingles: TIME IS MONEY... EL TIEMPO ES UN MANÍ y que tengan mucho mucho FELIX FELICIS para todo el día!
Lo último que pudo ver de ella esa noche fue su cabellera, loca y despeinada por el viento, desaparecer tras las puertas del castillo. Había sido un iluso creyendo que ella lo quería así. Había sido un estúpido, un descerebrado, un inútil… Todo adjetivo en contra que se le ocurriera iba a parar a la lista de sus cualidades. A decir verdad, nunca había estado así de enamorado de alguien, inclusive su amor por Lily no era más que un amorío infantil. No, esto era diferente. Podía sentir el fuego que quemaba intensamente su interior y seguía ardiendo luego de ese baldazo de agua helada.
Se había equivocado fatalmente y lo aceptaba. Seguro nunca en la vida podría perdonarse a sí mismo. Ella era todo lo que él ahora deseaba y anhelaba, pero no lo quería. No lo amaba de la misma forma.
Su cabeza divagaba mientras esperaba el amanecer. El encuentro con el hombre lobo, para su sorpresa, había resultado más largo de lo que él esperaba: eran casi las cuatro de la madrugada y en tan solo tres horas, aproximadamente, saldría el sol. Sus ojos se posaron en las estrellas, y sus labios susurraron un deseo a una estrella fugaz que pasaba sobre su cabeza, para luego caer dormido contra la corteza del árbol:
-Por favor, haz que me perdone.
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La luz del amanecer encegueció su vista. Aún teniendo los ojos cerrados, el resplandor naranja los atravesaba como espadas. Nunca en su vida había visto un amanecer tan anaranjado. Le daba esperanza ese color tan vivo. Mientras se despertaba, observaba todo a su alrededor: recordaba la noche anterior a la perfección, solo que no quería levantarse dentro del castillo, por temor a saber que solo había sido un sueño. Uno de los muchos sueños en los que la besaba y eran felices. Pero esa fantasía por fin se desvaneció en el aire y lo condujo a la realidad: Emma no lo amaba.
Tan solo esas palabras hacían que su día pudiera ser tan triste y desagradecido como ningún otro.
Sacudió su cabeza y se levantó tambaleando. Posó sus ojos en el colegio que erguía majestuoso y estuvo a punto de avanzar hacia él, pero cuatro siluetas atraparon su atención: eran los Gryffindors, esos cuatro sin vergüenzas. Iban en fila, cayados y lo más curioso era el estado en el que se encontraba uno de ellos: Remus Lupin. Su estado era lamentable: tenía ojeras que se notaban a la distancia, el pelo alborotado como nunca lo había tenido y una mueca de dolor en su cara. Entonces recordó lo pasado: la noche anterior, cuando fue atacado por el hombre lobo, al salir de la cueva, se había encontrado solo con tres de los cuatro rostros.
Su cabeza divagaba y no estaba tan despierta como él quería, pero era claro que allí había gato encerrado. No sabía aún qué era lo que escondían, pero seguramente lo descubriría, después de todo, él era uno de los mejores estudiantes de Slytheryn.
Poco a poco la mañana se aclaraba, mientras Severus esperaba el mejor momento para atravesar esa gran puerta. Poco a poco, sus neuronas despertaban y su cerebro comenzaba a unir los cabos sueltos: el mal estado de Lupin, el hombre lobo, el hecho de que habían sido tres merodeadores los que lo "rescataron"… Todo parecía indicar hacia un solo punto: Lupin era el hombre lobo.
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Contarle la historia a Remus fue peor de lo que se imaginaba: era estar recordando cada hechizo lanzado desde su varita para proteger a Emma de las garras de su amigo. Ver las cicatrices en el cuerpo de su amigo lo empeoraba aún, haciéndolo sentirse culpable todavía. La cara de Lunático se veía devastada.
De a momentos, mientras en la historia se contaban los hechizos, Remus se miraba las cicatrices y asentía distraído. Finalizada la historia, Lunático se vistió melancólicamente y miró a sus amigos. Sus ojos, manchados de dolor, miraban intensamente a todos y cada uno de sus amigos, que no podían devolver la mirada.
-¿Cuál era… el punto… de lo… de lo que hi… hiciste? –le habló Remus a Sirius, que ni siquiera pudo evitar cerrar los ojos dolido. Había metido la pata en grande, lo sabía, lo lamentaba. Sus miradas se cruzaron mientras la respuesta trataba de ser armada en la mente de Canuto. Los minutos pasaban y los labios de Sirius trataban de formular palabras sin éxito. No encontraba su voz y era realmente desesperante. Quería gritar todo de lo que se arrepentía pero no podía. Simplemente no podía.
Los ojos de Remus apartaron su vista y se posaron en el bello paisaje teñido de la oscuridad de la noche. Su melancolía asustaría a todos quienes conocía, pero sus amigos no eran justamente quienes podían culparlo, pues ellos, más bien él, Sirius, tenía la culpa. "Jamás en la vida volverá a perdonarme o a confiar en mí" se repetía su mente una y otra vez. Luego de unos minutos de silencio, éste fue roto por un sonido casi imperceptible. Un pequeño sollozo inundó el ambiente, era amargo y plantaba una semilla de dolor en los merodeadores que lo oían. Las lágrimas comenzaron a caer copiosamente por la cara de Lupin, para luego estallar en llanto.
-¡¿POR QUÉ TENGO QUE SER ASÍ? –se desahogó el muchacho en un solo grito en medio del llanto. Tapó su cara de la vista de todos, quizás con vergüenza, quizás con odio a lo que en verdad era y continuó llorando. De a poco, James se fue acercando a Lunático y se sentó a su lado, abrazándolo amistosamente, seguido por Peter, que se sentó del otro lado.
Sirius estaba helado, no podía siquiera respirar. Una opresión lo sorprendió en el medio de su pecho, dejándolo ir a él también por el llanto. No se desconsoló, sino que lloró en silencio durante minutos, en los cuales entendió que no solo había puesto en riesgo la vida de Quéjicus, sino también la de sus amigos, la suya y la de Emma.
...
Durante toda la tarde anduvo queriendo encontrarla. Quería hablar con ella, con Emma. Quería que entendiera lo que sentía por ella, pero sabía que no tenía oportunidad. ¿Acaso amaría a otro? ¿Acaso estaría enamorada de ese Quéjicus? No, no podía ser verdad. Era simplemente imposible. Pero por alguna razón, lo asustaban aquellos pensamientos más que nada en el mundo. Para su desgracia, no pudo encontrarla en todo el día. "¡VAMOS SIRIUS! No tengas miedo ¿Qué eres, un hombre o un ratón?" se repetía conforme las horas pasaban, pero no era suficiente: NECESITABA hablar con ella.
Durante semanas, Emma Granger no apareció sino para las horas de clase. Cuando éstas terminaba, casi huía de los salones, dejando a Sirius y a Severus con la misa inquietud: los estaba evitando. Poco a poco sus mentes se preparaban para el momento de la salida y se decían a sí mismos que debían ser rápidos para alcanzarla, pero era inútil: la chica simplemente se esfumaba de los corredores y no aparecía hasta la próxima clase o hasta el día siguiente. La ansiedad solo por verla se volvía difícil de soportar para Severus, mientras que para Sirius la necesidad de hablarle aumentaba a cada momento.
Mucho tiempo pasó de esta situación. Tanto, que la víspera de Navidad se acercaba ansiosa para muchas de las estudiantes de Hogwarts. Cada año, el colegio concedía a los estudiantes que cursaban quinto, sexto y séptimo año, un baile elegante al cual no era obligación ir. El gran baile era motivo de todas las preguntas femeninas: ¿Qué vestido te pondrás?; ¿Segura?, a mí me gusta más el amarillo; ¿No me veo gorda con este vestido?; etc, etc, mientras que los muchachos se la pasaban rezongando, pues debían invitar a alguien al baile para no parecer idiotas e ir solos. Todos ansiosos, todos preocupados, todos nerviosos excepto Sirius y Severus.
Ellos solo querían invitar a una solo chica al baile, paro era probable que ni siquiera los escuchara. Los amigos de Sirius ya tenían pareja: James iría con Lily, Peter iría con una chica de Hufflepuff y Remus con una chica de Ravenclaw. Los amigos de Severus también ya tenían parejas para el baile: Narcissa y Lucius irían juntos, Bellatrix iría con un tal Rodolphus Lestrange y Crabe y Goyle habían invitado a un par de gemelas de Slytheryn para que los acompañaran.
Pero ara ellos dos, Sirius y Severus, no ir sería lo mejor.
Cierto día, a Severus e le ocurrió pasar por la sala que le había enseñado Emma. Quería despejarse, leer un rato, irse del mundo real. Cuando estuvo frente a la gran pared, pensó en ese lugar que había inventado aquella vez que tan bien le había hecho, pero la puerta no aparecía frente a sus ojos. "¿Qué ocurre con esta sala?" se preguntó a sí mismo. Recordó que Emma había caminado tres veces frente a la puerta para poder hacerla aparecer, así que la imitó y se paseó frente a la pared. Pero no aparecía. ¿Cómo era eso posible?
Recordó entonces una de las preguntas que le había formulado a Emma el día en que le enseñó la puerta y se dio cuenta de lo que estaba pasando: había alguien adentro. No sabía cuántas personas conocían de su existencia, pero podía apostar que sabía quién podía llegar a estar allí. Lo único que tenía que hacer era esperar hasta que la persona que se encontrara allí salga de su escondite.
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Desde el incidente con Remus no había hecho más bromas. Desde entonces, su amistad se había resquebrajado y no había tanta confianza entre ellos. Por eso necesitaba hablar con sus amigos, pero no podía hacerlo en cualquier lugar, pues las paredes tienen oídos. Por esa razón, el séptimo piso los esperaba ansioso. Su sala de los menesteres los llamaba y ellos respondían al llamado.
Las bromas habían estado disminuidas casi a cero desde aquella noche que habían prometido no revivir jamás. Las escaleras lo condujeron a su destino, el séptimo piso, en un silencio atronador. Llegaron al fin al piso más alto del castillo y entraron en él. Lo único que no esperaban era que el mismísimo Quéjicus se encontraba allí, sentado frente a la pared de piedra donde la puerta se aparecía. ¿Esperaba algo?
Las miradas de odio se chocaron entre Sirius y Severus, justo en el momento en que James sacaba su varita con intención de defenderse en el caso de que alguien quisiera comenzar un duelo. Pero nada pasó, solo miradas que envenenaban o asesinaban al otro. Eran solo ellos, Severus Snape y Sirius Black, que con solo unas simples miradas se tiraban todo el enojo encima.
-¿Qué haces aquí Quéjicus? –preguntó Sirius con una curiosidad demasiado obvia (si algo le preocupaba era que alguien, además de ellos, supiera de la existencia de la sala).
-Espero… ¿Y ustedes? –"¿Saben de la sala?" quiso decir, pero no le salió dar a conocer ese secreto suyo y de su amiga.
-¿Por qué habría de responderte? –inquirió Sirius.
-Por la misma razón por la que yo te he respondido –era realmente extraño para James, Peter y Remus el no ver a su amigo peleando agresivamente con Quéjicus. Era demasiado extraño el verlos solo hablar con un tono de voz tenso pero a la vez un tanto pacifista.
-¿Esperamos?
-¿O están con ganas de ocultar algo? –quizás fuese la única oportunidad para soltar esto y así lo hizo, mirando fieramente a los ojos de Remus Lupin.
Los merodeadores se quedaron helados ante esto último cuando un ruido a su derecha sorprendió a todos los que estaban presentes: la puerta se había materializado por arte de magia y se abría lentamente. De su interior salió Emma muy distraída; estaba con la cabeza gacha, mirando el suelo y se notaba que había llorado momentos antes, pues sus ojos tenían ese colorado particularmente triste. Cuando levantó la vista y vio allí a todos los muchachos, se asustó y estuvo a punto de encerrarse de nuevo en la gran sala de no ser por dos pares de ojos que la miraban anhelantes.
Valientemente, avanzó y cerró la puerta tras de sí.
-Hola –dijeron a dúo Sirius y Severus con voces tristes. Al darse cuenta de lo que acababan de hacer, se miraron curiosamente a los ojos y luego posaron sus miradas en los ojos de Emma, que miraba a uno y a otro.
-Hola –contestó ella cortante y distante. Su voz se quebraba un poco, pero podía sostenerla así el tiempo que quisiese. Nadie habló durante minutos que parecieron eternidades. Hacía mese que no se hablaban y al fin estaban ambos allí, con Emma delante de ellos, pero las palabras no querían salir de sus gargantas. James, Peter y Remus, por su parte, estaban inquietos y desesperados por lo que acababa de pasar: Quéjicus se hallaba frente a la sala secreta.
-Bueno –comenzó James-, supongo que tendremos que borrarle la memoria.
-¿A qué te refieres? –preguntó Emma mirando bien firme a los ojos del de anteojos.
-Me refiero a que cierta persona ha visto nuestro pequeño secreto…
-Ya lo conocía –interrumpió la castaña para asombro de todos.
-¿Cómo que ya lo conocía? –preguntó Peter.
-¿Cuándo la ha visto? –inquirió Remus.
-¿Cómo ha pasado esto? –preguntó James.
-Yo se la mostré –todos quedaron perplejos, mirando a Emma y a Severus. Las caras de asombro eran notables y por poco las mandíbulas no tocaban el suelo y los ojos no se salían de sus órbitas. Inclusive Sirius se había quedado helado y sentía como si un fuego ardiente lo quemara vivo. Ella le había mostrado la habitación a Quéjicus. El mejor secreto de la historia de Hogwarts revelado a una maldita, miserable y traicionera serpiente.
Poco a poco, mientras los segundos pasaban y pasaban, el asombro iba desapareciendo y nuevas caras de desilusión se posaron en los rostros de los merodeadores. Sirius no dejaba de ver a la chica, que esquivaba la mirada de todos quienes la veían. Incluso Severus buscaba esos ojos color miel, pero no conseguía encontrarlos.
Tan rápida como una gacela, Emma salió disparada por el pasillo y se escabulló por la gran escalera. Sin pensarlo dos veces, Severus salió tras ella seguido se Sirius. Ambos tenían asuntos pendientes con ella y no sabían si iban a tener otra oportunidad para hablarle. Pero fue inútil, las escaleras estaban desiertas y la única puerta cercana en la que alguien podía esconderse era la que daba a la sala común de Gryffindor, y la chica no conocía la contraseña.
Tan perplejos se quedaron que ni siquiera se dieron cuenta que se encontraban al lado del otro. Severus, desilusionado, se encaminó escaleras abajo con la cabeza gacha. Sirius, por su parte, se quedó observando la puerta de la sala común Gryffindor hasta que llegaron sus amigos.
Una vez más, la chica había escapado de ellos. Pero no por mucho más tiempo.
