Nuevo capítulo de esta historia con la que me terminé encariñando :3 FELIX FELICIS para todos quienes siguen leyendo esta historia que tanto me gusta escribir... abrazos miles!


Nadie esperaba lo que se anunciaría esa noche dos días antes del gran baile. Dumbledore se levantó de su asiento y se acercó a su estrado. Tan solo un toque de la copa de Minerva McGonnagall bastó para que todos callaran inmediatamente.

-Quiero anunciar un cambio de planes para el baile –anunció Dumbledore, seguido por una ola de disconformidad de parte de todas las chicas y algunos alumnos varones, pero al instante agregó-. No se cancelará, si es lo que están pensando –se dibujó una sonrisa en su rostro y miró a todos los presentes que se habían calmados-. Hemos implementado este sistema por petición de una de las alumnas: se usaran máscaras y se podrá venir disfrazado si es lo que desean

Finalizado el anuncio, todos se fueron a las salas comunes.

No hubo nadie en esa noche que no soñara al menos un sueño.

Sirius, en su cama escarlata y dorada, desordenada por sus miles de movimientos en mitad de la noche, dormía plácidamente. Su mente inconsciente comenzó a formar imágenes que sus ojos observaban tranquilos. Esas imágenes, con el tiempo comenzaron a formar historias, hasta que una historia quedó en su mente.

"El baile de Navidad estaba lleno de personajes con diferentes máscaras: habían célebres personajes en la historia de Hogwarts, otro cientos de la historia de la magia y algunos que iban vestidos con simples trajes de gala y vestidos elegantes. Los merodeadores habían elegido ir de unos célebres personajes de la literatura muggle: los mosqueteros. James era es tal Athos, Peter era Portos y Remus Aramis. Él era D'Artagnan. Los cuatro, con sus uniformes azules con la cruz dorada y sus sombreros con pluma se paseaban por todo el Gran Comedor encantando a las señoritas que por allí pasaban. Por supuesto que las viles serpientes no estaban presentes en el sueño de Sirius. Ellos cuatro, con sus máscaras rojas y doradas, daban miles de demostraciones a todos y cada uno de los individuos que los observaban. Increíblemente sabían esgrima perfectamente. El Gran Comedor no estaba adornado como siempre lo estaba; con el cielo nocturno sobre sus avezas y las velas flotantes, no señor. Ésta vez estaba de color dorado y el piso era de unos azulejos amarillentos casi blancos. Estaba decorado como si fuese un baile en los grandes palacios de la antigüedad. La música clásica, con violines, contrabajos, piano y tambores dejaba que las charlas se volvieran divertidas. Todo allí resplandecía, incluso los ojos de las mujeres. La noche pasaba, hasta que unas trompetas anunciaron la llegada de un nuevo invitado. El anunciador proclamó, desde su lugar en la puerta del Gran Comedor: ¡La señorita Lily Evans! En seguida apareció la pelirroja: estaba vestida con un traje sencillo azul de la época de los castillos, pero parecía una princesa. James se adelantó y se presentó frente a la chica. Tomó su mano y la besó, como todo un caballero, luego de una reverencia majestuosa. Ambos se acercaron hacia donde ellos se encontraban y saludaron a la chica. Su máscara blanca dejaba que sus ojos verdes resaltaran con intensidad. No habían llegado a pasar ni diez minutos cuando las trompetas volvieron a sonar, esta vez con un sonido diferente, como si alguien importante estuviera llegando. A continuación, la voz del anunciador resonó por todo el salón y todos miraron sorprendidos: ¡Su majestad, la princesa Emma de Granger! Todos los rostros miraron sorprendidos hacia la puerta, por la que nadie aparecía. Luego de unos momentos, atravesaron el umbral todos los profesores sin excepción. Se sentaron en la mesa que estaba al final del salón, pero Dumbledore no se había sentado en la mesa del medio, sino en la siguiente de la derecha. Todos los presentes volvieron a fijar los ojos en la puerta gigante de madera que continuaba abierta. Luego de unos segundos de silencio, una figura majestuosa, elegante y hermosa apareció dejando congelados a todos: Emma Granger, con su vestido rojo atravesaba la habitación con paso lento y orgulloso. Mientras iba atravesando el Gran Comedor, todos los presentes le hacían una reverencia. Llegó a la gran mesa y se sentó en la silla del medio, luego de saludar al director Dumbledore. Solo en ese momento empezó el baile: la música se volvió un poco más rápida y alegre y todos se pusieron a bailar en parejas en dos hileras. Él se había quedado helado ante la aparición de Emma, había sido algo muy sorpresivo. James había salido a bailar con Lily, y Peter y Remus se habían ido a comer algo. Durante largo rato no pudo sacarle los ojos de encima a Emma, hasta que sus ojos lo miraron con ese resplandor único a través de la máscara. Entonces comprendió que era hora de ir a saludarla. Caminó decidido entre las parejas hasta llegar anta la realeza. Se arrodilló frente a la princesa y la miró con sus ojos grises y profundos.

-¿Cómo te llamas, valiente mosquetero? –preguntó la chica sobre toda la música.

-D'Artagnan, su majestad –inclinó la cabeza y se arrodilló en un segundo.

-¿A qué has venido?

-Yo, me preguntaba… si usted querría alegrar mi velada… solo con unos momentos de su compañía… -los nervios lo mataban y hacían que tartamudeara y se le cortaran las palabras.

-Veo que la valentía es su fuerte. Dígame, señor D'Artagnan, ¿con qué planes viene a hablarme?

-Solo quería… yo solo… pretendía pedirle… si usted, majestad… me honraría con la siguiente pieza –hizo una reverencia y esperó inclinado hasta la respuesta de la muchacha. De pronto sintió una mano que tomaba su barbilla y levantaba su vista.

-De acuerdo, bailaré con usted, joven mosquetero –la chica mostraba una sonrisa alegre y fantasiosa en su rostro. Su cara se iluminó y apareció una sonrisa de lado en sus labios.

Le ofreció su brazo izquierdo a la chica, que lo aceptó y se levantó tranquila y solemne. Todos callaron, incluso los músicos, al momento en que la princesa se había levantado. Juntos caminaron hasta el centro del salón y la música retomó su marcha. Ambos hicieron una reverencia y comenzaron el repetitivo y solemne baile. Todos los andaban mirando, observaban a ambos, que se movían con una gracia única. Para él, estaban ellos dos solos y no había nadie alrededor que los mirara o hablara de ellos.

-Lamento mucho mi impertinencia, my lady. No era mi intención ofenderla de algún modo –susurró para que nadie los oyera.

-¡No me has ofendido! ¿Qué lo hace creer que lo ha hecho? –susurró la chica muy cerca de su oído, haciendo que todo su cuerpo temblara inevitablemente.

-Quizás me precipité al sacarla a bailar. Lo lamento, majestad –continuó él, tratando de que su voz no se oyera turbada por la cercanía de ambos cuerpos.

-¡Oh! No te disculpes, me estaba aburriendo de muerte allí sentada. Aprecio mucho que me hayas sacado a bailar -¿la princesa estaba aburrida? Eso ni siquiera él se lo hubiese imaginado.

Pronto, la pista se comenzó a llenar de otras cientos de parejas que bailaban a su alrededor. Al menos ya no estaba nervioso por las miles de miradas que estaban sobre ellos. Al menos ahora solo un par de ojos estaban sobre los suyos: unos ojos color miel. Lo dejaban sin aliento mientras lo miraban extasiados. La alegría regocijaba su corazón y hacía que saltara de emoción. Poco a poco, la música alcanzaba su final y esas miradas estaban surtiendo efecto. Finalizada la música, ambos hicieron una reverencia.

-Ha sido un placer, joven D'Artagnan –dijo la muchacha.

-Créame, el placer ha sido mío –tomó su mano y la besó tiernamente. Luego levantó la vista, miró a esos ojos marrón claro y vio una tristeza inigualable en ellos-. ¿Está usted bien, majestad? –preguntó algo confundido.

-Sí, es solo que… no creo poder… olvidarme de esta velada –sus ojos casi llorosos se posaron en los grises de él-. No creo poder olvidarme de ti.

Una lágrima se escapó de esos cristales de miel que cayó por su mejilla lentamente. Él miraba ese recorrido extasiado y entonces no pudo evitar llevar su mano hacia esa lágrima y secarla. La chica cerró los ojos ante el contacto y entonces pasó lo inevitable: ella avanzó rápida y posó sus labios en los suyos."

Una sonrisa se dibujó en el rostro de Sirius mientras se daba vuelta en su cama.

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Dentro de las mazmorras, en una de las muy elegantes camas de Slytheryn, de verde y plata, dormía plácidamente Severus Snape. En su subconsciente, miles de personas aparecían una y mil veces: amigos, enemigos, familiares. Todos con diferentes expresiones. Pronto, el espacio donde estos rostros aparecían se fue transformando hasta dar paso al Gran Comedor.

"El ambiente era muy festivo y todos allí reían, bailaban y hablaban con otros. Las cuatro casas estaban regocijando de alegría y no había peleas, sino todo lo contrario. La alegría era contagiosa y, para su suerte ya que era su sueño, no se encontraban allí los inútiles merodeadores. La música acompasaba cada paso que daba y era para eso que había sido invitado allí. Este tipo de fiestas no se daban todos los días y no tenía ganas de acabara tan rápido. Solo el hecho de ver las cuatro casas en armonía era motivo de fiesta. Tampoco se encontraban allí sus "amigos" Slytheryns. Pro no era motivo de preocupación, ya que solo importaba una mirada en especial que se asomaba de a momentos entre la multitud de gente y lo llamaba. Hacía tiempo que se había pasado viendo a esos ojos marrones que lo volvían loco. La música no era de su tierra de origen, no era de Inglaterra, sino de otro lugar. De un país llamado Argentina. Eran tangos. Uno tras otro, miles de tangos. Pero eso no era lo que lo estaba preocupando en ese momento, sino u par de reflectores que salían del techo que iluminaban a dos invitados (un hombre y una mujer) y que los obligaba a bailar las diferentes piezas. La noche transcurría tranquila entre las miradas de la chica hasta que una luz cegadora lo apuntó a la cara y lo cegó completamente. Solo cuando se pudo acostumbrar a la luz, se dio cuenta de que debía bailar la siguiente pieza. La muchacha ya estaba esperándolo en el centro de la pista y todas las personas lo incitaban a acerarse. Al llegar allí, vio la más maravillosa mujer que había visto en su vida: era castaña, de estatura normal, aunque más petiza que él, con esos ojos intrigantes que lo habían estado observando durante toda la velada. Estaba vestida con un vestido completamente rojo, largo hasta la rodilla que se habría acampanado. Los tacos rojos hacían juego perfecto con todo su ser. Por un momento se congeló, hasta que la mano tibia de ella tomó la suya y lo condujo hasta el centro de la pista.

A continuación, la música comenzó a tocar un tango. Y la coreografía comenzó a la par. Como si estuvieran todos los pasos ensayados, ambos se movían hacia un lado y hacia otro, revoleando las piernas y acercándose mortalmente, saltando y caminando rápido y mirándose, sobre todo mirándose: el con una concentración inigualable y ella con un deseo en sus ojos . Todo estaba en perfecta armonía. Todos los movimientos encajaban con la música a la perfección, al igual que sus dos cuerpos moviéndose juntos. El final de la canción se aproximaba y pronto llegó, dejándolos a ambos agitados, ella de espaldas a él y él respirando agitado contra su cuello. El público estalló en aplausos, despertándolos de la fantasía del baile. Se miraron a los ojos y ella avanzó decidida. Los labios se tocaron y una sensación incomparable invadió su cuerpo entero."

Severus, con una sonrisa en el rostro, se estremeció en su cama y durmió tranquilo durante el resto de la noche.

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En un lugar del segundo piso, cerca de las cocinas del colegio, entrando a través de unos barriles, en la sala común de Hufflepuff, en las habitaciones de las chicas, Emma dormía terriblemente. Se mecía con violencia de lado a lado, el sudor empapaba su frente y hablaba y susurraba palabras sin sentido alguno. Las pesadillas, horribles pesadilla, la habían invadido sin compasión, llevándola por el sendero de la demencia.

"Voces que gritaban palabras, voces susurrando realidades, miles de voces conocidas se agolpaban en su cabeza. Las voces de Harry y Ron la atormentaban, gritando, susurrando e implorando. Una manta negra la tapó por completo. Trataba sacársela de encima pero pesaba demasiado y poco a poco la consumía. Cerró los ojos, gritó con todas su fuerzas y esperó. Cuando abrió los ojos, se encontraba en una habitación completamente negra con una sola puerta, por la que entraron uno seguido del otro, Harry, Ron, Ginny, Sirius y Severus. Se pararon frente a ella y la miraron. Algo en sus miradas le daba desconfianza: estaban como tristes, terriblemente pálidos y horrorosamente ojerosos y desprolijos. Las bocas no se movían, pero sus voces retumbaban en los cuatro muros de la habitación.

-No quieres que vaya contigo –susurraba la voz de Harry.

-Ya me olvidaste –decía la de Ron.

-Nunca nos quisiste –decía indignada la de Ginny.

Los únicas dos voces que no escuchaba en su cabeza eran las de Severus y Sirius. Trataba de implorarles que dijeran que nada de eso era cierto, trataba de gritarles a sus amigos que ella solo los quería a ellos, pero sus cuerdas vocales no sonaban. Esforzaba su voz todo lo que podía, pero no podía ni siquiera hacer sonidos pequeños. Las lágrimas caían por su cara. La desesperación que sentía era sofocante.

De repente, las figuras de Harry, Ron y Ginny desaparecieron frente a sus ojos y los cuerpos de Sirius y Severus, tan serios y jóvenes como habían estado hacía tan solo unos momentos, comenzaron a envejecer: Sirius se convirtió en el padrino de su mejor amigo y Severus en el profesor de pociones. Por arte de magia, a sus lados yacían sus pequeños yos, aquellos con los que había entablado amistad. Ahora cuatro voces la azotaban terriblemente, diciendo incoherencias, pero con dolor y odio.

Sus ojos ya no podían más del llanto y sus miles de intentos por hablar ya la estaban cansando. Se arrojó al suelo y tomó su garganta, en un intento desesperado por hacer que su voz volviera. Sintió una punzada de dolor en su pecho y levantó la vista, mirando valientemente hacia el frente, donde ahora solo se encontraban los dos muchachos a los que ya conocía, esos jóvenes Severus y Sirius. Se tranquilizó un poco y los miró implorante a ambos. De la nada, ambos le dieron la espalda y una tercera figura apareció frente a ellos: Bellatrix Lestrange. Pronto, la habitación entera se encontró atravesada por miles de maldiciones color verde. No se oían gritos, ni siquiera por parte de Bellatrix, ni siquiera por parte de los muchachos, que no hacían ni un mínimo esfuerzo por defenderse. De repente, un grito rompió el silencio, retumbando un Avada Kedavra por entre las paredes, acompañado con dos rayos de luz verdes, atravesó el aire en cámara lenta, hasta chocar con los cuerpos de Sirius y Severus. Ambos cuerpos cayeron lentamente hasta retumbar en el suelo. Las lágrimas caían sobre su rostro mientras intentaba gritar y desahogarse. La tristeza la invadió, pero se levantó valientemente y comenzó a correr hacia sus amigos. Sus labios formaban los nombres de ambos chicos, pero no podía proferir ningún sonido. Intentaba correr tan rápido como podía, pero jamás llegaba. De los cuerpos en el suelo, emanó un líquido rojo que se extendió rápidamente por todo el suelo. Poco a poco, la habitación comenzó a inundarse de esa sangre espesa y pegajosa. Intentó nadar con todas sus fuerzas, pero sus pies ya no respondían. Trataba de gritar por Sirius y Severus, trataba de gritar por ayuda, pero era imposible. La sangre comenzó a taparla completamente, hasta que solo hubo un pequeño hueco por el que mirar. A través de ese hueco de sangre, se veían los cuerpos de Sirius y Severus colgando de dos cuerdas, una roja y otra verde, respectivamente, y la figura de Bellatrix Lestrange apuntándole con la varita con una sonrisa triunfal y maquiavélica en su rostro. Entonces gritó con todas sus fuerzas los nombres, esos nombres. Los nombres de aquellos dos que la habían encantado con sus personalidades completamente diferentes. Esta vez, el sonido retumbó en esa pequeña habitación, mientras el hechizo asesino llegaba a tocar su pecho."

Se despertó sobresaltada, gritando, con todo el rostro sudando y con lágrimas en los ojos. Sus compañeras de Hufflepuff, sentadas a su alrededor, la tranquilizaban con dulces palabras y mimos en el cabello. Lo primero que hizo cuando entendió que solo había tenido una pesadilla fue hablar, intentar soltar esos sonidos que tanto le hacían falta; al menos no había perdido la voz. Sin pensarlo, recordó la parte del sueño en la que Bellatrix mataba a Severus y Sirius y rompió en llanto como nunca antes. Las lágrimas salían sin compasión repetitivamente y no pudo calmarse hasta luego de un buen rato. El tan solo pensar que podían llegar a morir por defenderla le rompía el alma. Si había algo que no quería que pasara era eso; la muerte de alguien en ese tiempo sería fatal para el futuro, sería fatal para cualquiera de los demás. Si moría Sirius, Harry se devastaría y perdería todas las esperanzas, lo sabía. Si moría Severus, probablemente la mayoría de los alumnos de Hogwarts llorarían de alegría, pero ella no podría soportarlo. No podría soportar una vida sin ninguno de ellos dos. Ambos la hacían feliz como ningún otro.

Su mente se despejó luego de unos momentos y se calmó junto a sus compañeras, que aún estaban a su lado tratando de tranquilizarla.

-¿Quieres contarnos el sueño que tuviste? –preguntó una de ellas, sonriéndole de oreja a oreja- Quizás así te sentirás mejor.

-Soñé que… que ases… asesi… naban a… mis… mis… -sus palabras se cortaban inevitablemente y no podía continuar.

-Está bien, querida –la consoló la mismísima Rita Skeeter mirándola tiernamente, no como las veces anteriores. Extrañaría demasiado a esa Rita Skeeter, la amable, la que te ayudaba en cualquier situación-. Si no quieres decírnoslo, está bien. No te preocupes. Intenta dormir –Emma asintió ya calmada secándose las últimas lágrimas-. Si vuelven las pesadillas, nos avisas –todas juntas rieron durante un momento y luego todas las muchachas volvieron a sus camas.

Para Emma, el resto de la noche fue muy difícil. Cada vez que estaba por dormirse, la imagen de Sirius y Severus muertos volvía a su mente y entonces abría rápidamente los ojos. Su mente no la dejaba tranquila hasta que un par de recuerdos la tranquilizaron. Esos dos besos, uno con Sirius y otro con Severus, la tranquilizaron y desvanecieron las imágenes de la pesadilla. Miró el techo tímidamente y en él se proyectaron las caras de esos amigos de esa época. Le sonreían y ella les devolvía la sonrisa. Solo entonces, cuando descubrió su alegría, se dio cuenta de lo que le ocurría. Tomó su diario rápidamente y anotó en una hoja en blanco: "Estoy enamorada de Severus Snape. Estoy enamorada de Sirius Black"


Notas del capítulo: Si quieren saber en qué vestidos, disfraces, máscaras y córeos me inspiré, visiten por favor mi perfil haciendo click en mi nombre (anne_lestrange)... allí encontrarán todo lo que, en los sueños, apareció y yo, como muy vaga que soy, no quise describirlo... bueno los dejo, espero que les haya gustado y te digo a vos, sí, vos, el que esté leyendo ésto, que gracias a VOS sigo adelante con esta historia :3 mil gracias !