Bueno, nuevo capítulo... Esta vez les he traído uno un poquitín más largo... Espero que tengan ganas de leer un buen rato! FELIX FELICIS para todos!
P.D.: El final está cerca...
Durante el día siguiente, la locura invadió Hogwarts. Miles de muchachas yendo de un lado hacia otro, cientos de muchachos pidiéndoles a las chicas que los acompañaran al baile y miles de negativos. Todos desaforados, todos nerviosos en una fría mañana de Diciembre. La única que parecía no demostrar ansias siquiera era Emma, que estaba haciendo fila junto a los tejones para poder ir a Hogsmade. Su cara parecía espantada y sus ojos recorrían nerviosos las demás filas.
En otra de las filas, la mirada negra de Severus buscaba sus ojos. Ya no tenía nada que perder y estaba dispuesto a confesarle su amor. Por primera vez en la vida estaba seguro de lo que quería y estaba dispuesto a dar todo de sí para no perderlo. No le importaba si ella no lo quería de esa forma, lo que le importaba era no perderla, aunque sea como amiga; como su única amiga.
Poco a poco, sus ojos se fueron acercando a los de ella, que esquivaba la mirada de todos los Slytheryns. Tenía que hablarle, ¿y qué mejor lugar que Hogsmade? Sería el lugar perfecto. El único inconveniente eran sus compañeros y "amigos". No lo dejarían solo un minuto, lo sabía. No lo dejaban solo desde hacía unos días, cuando Narcissa lo había notado un tanto "ido"; él solo estaba pensando en Emma. Lucius sabía muy bien lo que le pasaba y lo amenazaba siempre que podía.
Las amenazas variaban todos los días, hasta que de repente se volvieron repetitivas, poniendo en juego la vida misma de la joven. Severus sabía muy bien que ellos no tenían miedo de cumplir lo que decían: Narcissa, Crabe, Goyle, Lucius y Bellatrix. Sobre todo Bellatrix. Tampoco había que desacreditar que fueran de séptimo curso. Sabían muchas más cosas que él.
La única oportunidad de alejarlos de la vista sería en un negocio, en alguno muy concurrido. Sería fácil perderse entre tanta gente y más aún salir de allí sin ser visto. Eso le jugaba a favor. Luego estaba la parte en la que buscaba a Emma por todo Hogsmade; esa quizás era un poco más compleja.
Ahora todo lo que tenía que hacer, era esperar.
…
Por fin Hogsmade. Luego de una larga y lenta revisión de permisos, al fin estaba en Hogsmade.
Su ropa oscura contrastaba a la perfección con la blancura celestial de la acera. Los copos de nieve, cayendo alrededor, empezaron a caer sobre su cabeza y Severus levantó la mirada al cielo. Era increíble como las cosas más comunes, como la nieve, podían llegar a ser hermosas. Lentamente, comenzó a caminar, seguido de cerca por el grupo de serpientes de séptimo curso. Cuando estuvieron a la misma altura en la caminata, empezaron a mirar, no sin desprecio, una tras otra las tiendas que había en el lugar.
Las personas también eran los blancos de sus miradas. Todas y cada una de ellas, excepto las personas de Slytheryn, eran comprobadas de arriba abajo por las solemnes y calificativas miradas de Bellatrix y su hermana menor, Narcissa, que encabezaban la comitiva, guiando el paso de quienes las proseguían. Altaneras y orgullosas, un paso suyo hacía que miles de personas se alejaran de su camino.
Entre tanto, Severus miraba de un lado a otro buscando a Emma, pero nada. Ni siquiera un mechón de su cabello o un brillo de sus ojos. Solo eso le bastaba para reconocerla, pero no la veía.
Poco a poco, la comitiva se fue deteniendo, hasta quedarse quieta completamente. Para su pesar, enfrente de ellos, estaba un grupo de alumnas de Hufflepuff. Para su pesar, entre ellas estaba Emma. Lentamente, Bellatrix se fue acercando a las muchachas que charlaban tranquilas, sin hacerles caso alguno dándoles la espalda. Solo cuando una de ellas la divisó acercándose se detuvo. Emma se puso enfrente de sus compañeras muy decidida y sacó su varita en un segundo.
Bellatrix, para su pesar, también sabía lo que le andaba pasando a Severus y estaba bien enterada de las amenazas de Lucius. Por supuesto que estaba de acuerdo con el rubio.
La varita de Bellatrix apareció en la contienda y no dio piedad a Emma, que cayó al suelo con el eco de un Desmaius rápido y certero. Tan rotundo como empezó, terminó aquel duelo. Sin piedad, Bellatrix de un lado y Emma del otro. Severus del lado contrario. Ahora no tenía duda de que no eran bromas o palabras sin sentido: si ellos tenían la oportunidad, la asesinarían.
Rápidamente, las chicas con las que se encontraba Emma se agruparon a su alrededor y la levantaron. Como pudieron, la entraron a uno de los lugares que tenían más cerca: el bar "Las Tres Escobas", donde se oyó unos gritos y luego el movimiento de muebles.
Cada vello en su cuerpo se le había erizado; los nervios lo agazapaban en su lugar, imposibilitándole el movimiento; su garganta seca no lo dejaba respirar por poco; pero su cara seguía igual, tan seca como siempre. Lo que más amaba estaba en juego ahora. Ahora, todo lo que dijera o hiciera que pudiera ser usado en su contra, lo pagaría ella con la vida. Por eso, había decidido no mostrar ya sus sentimientos más que a Emma. Era lo único que podía hacer.
Una carcajada lo sobresaltó, asustándolo hasta los huesos. Bellatrix reía y miraba hacia el bar, al igual que todos sus acompañantes.
Pronto retomaron la caminata, hasta que llegaron a un negocio de trajes negros y elegantes. Allí, Narcissa estuvo un rato tratando de elegir qué vestido le quedaba mejor, entre unos diez o quince que había visto. Bellatrix, para impresión de todos, también se había puesto a mirar vestidos. Ninguno era de su gusto, pero disfrutaba en grande el burlarse de ellos porque les faltaba "algo". Lucius se había quedado a ver cómo Narcissa se decidía, haciendo comentarios casuales como: "no me gusta", "ese es muy corto", "no, es demasiado barato", etc., mientras que Crabe y Goyle se habían ido a sentar en unas sillas que habían por allí. Para su suerte, apareció de la nada Rodolphus Lestrange, la pareja de Bellatrix y, según se había enterado hacía poco tempo, futuro marido, quien empezó a hablar con Lucius, Crabe y Goyle, dejándole una clara escapatoria.
Seguro que lo había hecho inconscientemente, pero se lo agradecía igual. Dentro de ese tétrico local, el aire era fatal y por poco se respiraba. Afuera, al contrario, el aire circulaba limpiamente por los pulmones de todos. Aún así, era helado. Ráfagas y más ráfagas de frío invernal le cortaban, por poco, la cara. Como pudo, llegó hacia "Las Tres Escobas", donde se refugió al lado de la chimenea.
Ese lugar era cálido y acogedor. Pronto, una mesera le tomó la orden, pero su estómago no estaba de ánimos para digerir algo, por lo que optó por no pedir nada. El lugar estaba lleno de gente. Había quienes estaban sentados y quienes estaban parados, como él. Cuando su cuerpo dejó de estar frío, comenzó a buscar con los ojos al grupo de alumnas de Hufflepuff. Debían estar allí, después de todo, los efectos del hechizo Desmaius variaban según qué tan bueno sea el mago que lo conjura. Siendo Bellatrix quien lo lanzó, calculaba que Emma debía estar allí todavía.
Pero ninguna señal siquiera de las Hufflepuffs.
Pasó a sentarse en una de las mesas cercanas a la barra y allí esperó. Solo se quedó allí sentado esperando durante un buen rato.
Era todo en vano, jamás aparecerían.
Pero una idea iluminó su cabeza y enseguida fue hacia la barra. Cuando tuvo bien cerca al señor que hacía los tragos, lo llamó.
-Disculpe, ¿usted no sabe algo de lo que le pasó a esa chica, la que hace un rato entró desmayada? –la cara del señor se transformó al instante: de una sonrisa cordial, pasó a una mueca de dolor que asustó un poco a Severus.
-La atacaron un grupo de magos mayores de edad. Creo que dijeron que eran de séptimo, del colegio Hogwarts –dijo el señor, para luego resoplar y gruñir-. Ya no sé qué se les enseña hoy a los jóvenes…
-Pero, ¿cómo pasó?
-No lo sé, muchacho, no lo sé. Solo sé lo que te dije: que un grupo de magos de Hogwarts la hechizó, solo eso. Es lo único que sus amigas han contado –ahora fue la cara de Severus la que se iluminó con esperanza, a lo que el señor repuso-. Siguen aquí todavía. Están en el primer cuarto, arriba.
-Gracias, señor.
Tan rápido como llegó, Severus fue casi corriendo hacia las escaleras. Las trepó de a dos escalones y tocó al puerta de la primer habitación que encontró. Poco a poco, la perilla fue girando hasta su tope. Fue entonces cuando reconoció a una de las chicas que la acompañaba a Emma. Tenía un broche de escarabajo en la solapa del saco y sus cortos rizos rubios caían alrededor de su cabeza libremente. A pesar de su corta edad, un lunar negro, pintado artificialmente sobre la derecha del labio superior, adornaba su rostro. Ella lo reconoció en seguida. Entonces, su mirada de curiosidad se tornó en desconfianza.
-Ella nos protegió primero –habló con su hablar juguetón tan particular ahora acallado por el valor-, ahora nosotras la protegeremos a ella.
-Déjame verla –exigió al instante, con una voz cortada por la conmoción del recuerdo-. Sólo déjame verla.
Las chispas volaban de los ojos de la chica a los suyos, pero se aflojaron al ver la sinceridad en su rostro.
-¿Tú eres Severus? ¿Severus… Snape? –él asintió algo confundido. La chica bajó la mirada y meditó por unos segundos- Está bien, pasa.
La puerta se abrió completamente y Severus pasó a través de ella.
Emma se encontraba acostada en la cama, respirando como si estuviese dormida, pero con la quietud de alguien muerto. Las demás compañeras (seis chicas más, además de Emma y la otra), estaban apiñadas a su alrededor, tomando su mano, acariciándole el cabello y hablándole.
El solo verla tendida allí, lo hizo pensar en lo que podría llegar a pasarle. En lo que podrían llegar a hacerle. Le daba miedo, mucho miedo, perder aquello a lo que amaba. Quería protegerla a cualquier costo, aunque su propia vida pendiera de un hilo en el intento. Solo pensar en eso, hizo que toda su compostura se deshiciera en mil pedazos. Solo pensar en eso hizo que sus ojos se cristalizaran y que las lágrimas corrieran a gusto. Solo pensar en eso, le hizo arrodillarse y llorar en silencio, a los ojos de las muchachas, quienes abandonaron el cuarto luego de unos momentos.
Se levantó como pudo y se acercó a la cama. Se arrodilló a su lado y lloró sobre el acolchado. Ahora la vida de Emma corría peligro. Si llegaba a hacer algo que no les gustara a sus compañeros, la perdía. La perdía para siempre. Debía haber alguna solución.
Su rostro empapado en lágrimas, escondido en el colchón sin sábanas, poco a poco se fue calmando.
Sintió un movimiento en el colchón y levantó la vista al instante: Emma se despertaba. Lo miró a los ojos y enseguida le dio la espalda. No entendía, ¿qué le pasaba a la chica? Quizás haberlo visto con sus atacantes y saber de alguna forma que no había hecho nada por ayudarla la molestaba. Seguramente la molestaba, no había dudas. Miró al suelo y recordó entonces un regalo que tenía guardado para Lily que nunca había tenido la oportunidad de dárselo. Ciertamente no sabía bien en qué fecha cumplía años Emma, pero se lo daría de todas formas. Lo sacó de su bolsillo y lo observó cuidadosamente: era una hermosa cadenita que tenía un dije en forma de sol radiante. Recordaba que lo había visto en un negocio muggle mientras paseaba por ahí un verano y lo había hecho pensar en Lily. Pero ahora ya no pensaba en ella cuando lo veía, sino en Emma, quien verdaderamente iluminaba sus días.
Sacó de su bolsillo un pedacito de pergamino y garabateó en él, con el hollín que había en el suelo, las palabras "Feliz cumpleaños". Lo dejó al lado de la muchacha y se levantó, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta. Luego, antes de salir, se volvió y susurró un "te amo" casi mudo. Salió de la habitación secándose las lágrimas y volvió a la calle, donde se lavó el rostro con un poco de nieve fría.
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No iba a dejar que una chica ocupara su tiempo entero, pero le era imposible dejar de pensar en ella. A sus ojos era perfecta. Pero ahora, algo mucho más importante lo estaba atormentando: el traje y la máscara para el baile.
Había estado pensando durante un tiempo largo el tema de las máscaras y, luego de decir que eran mala idea y que no le gustaba para nada, había llegado a la conclusión de que así sería mucho más fácil acercarse a todos sin importar quienes fueran.
Aún así, él conocía muy bien a los Slytheryns y no se pensaba acercar a ellos ni por casualidad. Los Slytheryns generalmente vestían trajes largos y negros, o de colores oscuros. Siempre eran trajes deprimentes a su gusto y al de sus amigos. Si había algo que debían evitar las demás casas para no ser tomados como Slytheryns era el color negro. Por eso estaba tan preocupado.
Tenía algo en mente, pero no era del todo bueno: quería llevar un traje simple, con colores fríos y que diera la impresión de un príncipe de la antigüedad. Sus amigos, al contrario, habían decidido ir de mosqueteros (los escuderos reales de los reyes de Inglaterra del siglo XIX).Ciertamente eso fue muy extraño para Sirius, que recordaba retazos de sus sueño una y otra vez.
Al menos iría solo, no tendría que preocuparse por si a su compañera no le gustaba su traje, sino todo lo contrario. Era una de las ventajas de poder ir solo al tan famoso baile.
Estaba muy nervioso, a pesar de todo, pues sería su primer año en ese baile "mágico". Muchos de los alumnos más grandes esperaban ansiosos todos los años la llegada de ese baile, sobre todo las chicas. Siempre andaban hablando, meses antes incluso, de los trajes que llevarían, de a quién querían invitar, de quién querían que los inviten, etc. Siempre era la misma historia, hasta la noche del baile, en la que todos los menores se iban a la cama temprano y alcanzaban a ver alguno que otro traje de los primeros que salían.
Al fin conocerían el tan afamado baile de Navidad.
Pasearon durante horas y horas por las calles de Hogsmade, primero por placer y luego mirando las vidrieras una tras otra. Para conseguir el traje de mosquetero se les iba a ser difícil. Remus, de tanto en tanto, hacía comentarios alentadores, como: "si no encontramos los trajes, compramos telas y los hacemos nosotros". Pero la verdad que no ayudaban mucho.
Pronto llegaron a recorrer todas las vidrieras sin éxito. Cabizbajos, volvieron hacia el centro del pueblo, donde se encontraba el bar "Las Tres Escobas".
A mitad de camino, Peter entró emocionado a un negocio, seguido por sus amigos. La cara de alegría de Peter se contagió pronto entre todos: los trajes de mosqueteros estaban completos y muy reales. En seguida, pasaron a vestirse, para luego aparecer totalmente diferentes a como se los conocían.
-¿Seguro que no quieres venir de mosquetero como nosotros? –preguntó James entusiasmado a Sirius, que andaba mirando el lugar de arriba abajo en busca de algún disfraz.
-Seguro, Cornamenta. No lo sé, quiero ir diferente. Ya ir solo es una decepción y no quiero opacar a mis amigos con mi soledad –si bien no lo había dicho con un tono alegre en lo más mínimo, todos rieron contagiosamente.
Todos los disfraces se parecían entre sí. Todos eran coloridos, de célebres personajes de la historia mágica, pero ninguno se acercaba a lo que él quería. Se fue más al fondo del negocio, donde ya los disfraces eran más viejos y estaban llenos de polvo. Comenzó a sacudirlos un poco, pero era peor, ya que el polvo que se levantaba no dejaba respirar. Pasó uno, dos, tres trajes y entonces fue cuando lo vio: una camisola celeste claro, con una capa azul y unas medias celestes que hacían juego.
Nunca se hubiera imaginado probándoselo. Le quedaba bien, no podía negarlo, y a sus amigos les pareció agradable. Si bien no era de su estilo, él tampoco ya era el mismo. Se sentía diferente y ahora ya no le importaba lo que podrían llegar a decir los demás de él.
-Mhh… no lo sé –soltó James.
-¿Qué? –preguntó Sirius viéndose al espejo- Me queda bien.
-Sí, pero, no sé. Creo que la camisa –continuó James-. ¿Ustedes qué opinan?
-Prueba con una de un color blanco viejo –agregó Remus.
Con todo el traje puesto, se lanzó a la búsqueda de una camisa de ese estilo. Lo único que llegó a encontrar fue una camisa de pirata (las mangas sueltas y con un cordón en el pecho para atarla). Cuando se la probó, nuevamente comenzaron las críticas.
-Le queda mejor –dijo Peter, bastante convencido.
-Mhh… Sigue habiendo algo mal –retomó James.
-¿Qué te parece que queda mal? –preguntó Sirius ya algo cansado.
-No creo que sobre algo, sino que falta –respondió James. Peter y Remus miraron con cautela el traje, pero no encontraron ninguna imperfección-. Esperen un momento.
James, que ya se había cambiado y estaba tan abrigado como hacía unos momentos, se metió entre los trajes y desapareció por unos momentos. En ese instante, Sirius hubiese deseado que los vestidores estuvieran un poco más escondidos, pues la ventana que estaba cerca se estaba llenando de miles de jovencitas que lo miraban con deseo. Remus y Peter se reían mientras trataban de cubrirlo como podían. Luego de unos segundos más, James volvió con un pequeño pantalón azul y un chaleco de la misma tonalidad. Sin pensarlo dos veces, Sirius se metió en el vestidor a las apuradas y se calzó las nuevas prendas.
Cuando salió, lo primero que llamó la atención de todos fue la reacción de las chicas que miraban desde afuera: algunas suspiraban y otras proferían tontas y agudas risitas. Pero eso a Sirius ya no le importaba en lo absoluto. Posó la vista en sus amigos, que lo miraban sorprendidos y preguntó:
-¿Y ahora? ¿Cómo estoy? –se dio vuelta y se miró al espejo. Se quedó helado al verse de esa forma. Nunca había pensado en la exactitud que tendría el traje con lo que él había imaginado. Dio vueltas, miró todo el traje, acomodó lo que estaba fuera de lugar y se volvió a sus amigos.
-Ahora sí –dijo James con una sonrisa alegre en el rostro.
-Pienso lo mismo –repuso Peter.
-¡Es genial! –rió Remus.
-¿Hace cuánto tienes sentido de la moda, Cornamenta? –preguntó Sirius exageradamente sorprendido.
-Bueno, qué te puedo decir –comenzó James, apoyándose en su hombro-. Supongo que desde que estoy más tiempo con Lily he aprendido algo.
Todos rieron y luego Sirius se fue a sacar el traje. Justo cuando estaban pagando, se acordaron de las máscaras. Salieron del lugar como cuatro rayos y caminaron rápidamente mirando vidriera tras vidriera, pues ya la tarde estaba acabando. Entonces, una cabellera castaña apareció en su campo de visión, pasó a su lado y siguió su camino. Él se detuvo y se dio vuelta.
La chica caminaba torpemente, ayudada de los costados por miles de otras chicas. Remus se detuvo y caminó hacia la chica.
-¿Dónde estabas? ¿Estás bien? –le preguntó a los ojos incrédulos de Sirius. ¿Qué estaba pasando? ¿Su amigo le estaba preguntando cómo estaba, qué rayos ocurría allí? La ira le subió a la cabeza.
-Sí, estoy bien. No les creas, son unas exageradas –respondió la chica riendo refiriéndose a las demás chicas.
-¡ESO NO ES CIERTO! –gritó una de ellas divertida, haciendo sonreír de oreja a oreja a Emma.
-Bueno, si estás bien, ¿vamos? Ya compramos nuestros trajes –le dijo Remus, para luego pasarle el brazo sobre los hombros. Comenzaron a caminar, pero luego Remus se volvió-. ¿Van a comprar los antifaces iguales, James?
-Sí, supongo –respondió James algo confundido.
-De acuerdo, cómprenme uno.
Luego, se volvió a la chica y ambos se fueron caminando calle arriba sin las demás muchachas.
Durante todo este episodio, Emma ni siquiera había volteado a mirarlo. Para colmo, la actitud "protectora" de Lunático no le había gustado para nada y había llegado a enojarlo. Para sí mismo, juraba que la próxima vez que lo viera lo asesinaría. Sabía bien que él la quería y aún así se paseaba con ella a su lado, solos, como si fueran los mejores amigos. "Eso ni yo me lo creo" se repetía para sus adentros mientras veía alejarse a su amigo y a su amada riendo y hablando.
Una mano tironeó de él con fuerza, obligándolo a voltearse.
-Vamos, ya casi no tenemos tiempo –le dijo Peter.
-Sí, ya voy –añadió, mirando al suelo y dejando caer una lágrima solitaria que se deshizo en la nieve. Para él, su amistad con Remus había acabado en ese mismo instante.
….
El castillo se encontraba muy diferente a lo que él se imaginaba. Por alguna razón que no sabía explicar, le deprimía cada detalle que tenía. El techo del Gran Comedor, con el pulcro cielo nocturno plagado de estrellas, lo entristecía mortalmente. Por alguna razón que no podía explicar, no quería estar allí, en el castillo. Quería desaparecer de la faz del planeta. Quería que nadie allí lo reconociera. Se sentí tan humillado.
-Hola, ¿todo bien? –dijo Remus saludando con una mano a sus amigos mientras se acercaban a la mesa de Gryffindor. Se lo veía muy alegre.
-No –se adelantó Sirius, para sorpresa de todos sus amigos-. Nada está bien Lupin.
-¿Qué ocurre Sirius? ¿Por qué me llamas por mi apellido? –preguntó Remus algo confundido, aunque sin pensar que todo era una broma.
-¿Por qué no explicas TÚ lo que pasa? –se le acercó Sirius a Remus, empujándolo fuertemente.
-¿¡Qué te pasa, Sirius! –lo detuvieron Peter y James, sosteniéndolo por los hombros.
-¿Qué te ocurre? –le preguntó Remus viéndolo a los ojos directamente- ¿Qué te pasa Canuto?
-¡No te permito que me llames así! Así me llaman mis amigos.
Con estas últimas palabras, se retiró del Gran Comedor, dejando a todos sorprendidos y conmocionados. No se volvió un momento. Su cara mostraba un enojo único, haciendo que todos salieran espantados de su camino. Se dirigió a la sala común de los leones y no salió de allí. Cuando sus amigos volvieron de la cena, él le dio la espalda totalmente a Remus y así se durmió.
