Capítulo súper largo... pero prometo que vale la pena leerlo... lo juro! Bueno, que tengan mucho FELIX FELICIS para ir tirando hasta el próximo capítulo, donde veremos qué ocurre en el baile... Miles de Besos!
Por fin el día había llegado. El alboroto del día anterior se repetía pero peor. Miles de chicos casi arrastrándose para pedirles a las chicas que los acompañaran. Algunas aceptaban, pero la gran mayoría de los jóvenes se llevaba un buen no por respuesta.
Durante todo el día trató de no cruzarse con sus amigos, pero le fue inútil. En cada lugar en el que estaba, ellos llegaban, obligándolo a irse por voluntad propia. Odiaba estar así con ellos, pero no iba a perdonar tan fácilmente a Remus, no luego de verlo irse junto a Emma, los dos solos, en Hogsmade, tomados por los hombros y riendo sin parar. ¿Por qué tenía que haber sido justo uno de sus amigos?
Tenía miles de chicas que mataban por ir con él al baile, pero él solo quería a una. Y esa chica lo estaba traicionando con su amigo. Para él era como si un puñal filosísimo se le clavara en la espalda y le atravesara el corazón. Haber hecho el traje había sido un total desperdicio, después de todo ¿para qué le podía servir si no tenía pareja?
Durante todo ese día estuvo dudando de ir o no ir al afamado baile. Ya había varias razones para no ir: estarían sus amigos y estaría Quéjicus y las serpientes. Por otro lado, iba a ir Emma.
¿Cómo podía ser que no se la hubiera cruzado en todo el día? ¿En dónde podía llegar a estar?
¿A dónde podía ir él para no ser hallado por sus amigos? Sin ideas, comenzó a vagar por el castillo, yendo de un lado a otro, a los lugares a los que ya había ido y a los que no, evitando lo más posible el contacto con Remus.
Pero la vida es lista e inteligente con los caminos que nos marca y hace recorrer: Sirius iba caminando muy tranquilamente por el pasillo del quinto piso, con un caminar sexy que derretía a las chicas que lo veían cuando, doblando en una esquina, chocó con alguien. Esa persona estaba cargada de libros, que cayeron inmediatamente al suelo.
-Oh, perdón –dijo Sirius arrojándose al suelo y recogiendo los libros muy cuidadosamente.
-Descuida –respondió una voz que le era muy familiar-, soy yo quien debería disculparme, Canuto.
Solo en ese instante, Sirius levantó los ojos y miró los claros ojos de Remus.
-¡Lupin! Qué sorpresa –dijo mirando serio a Remus, que a su vez lo miraba con lástima y dolor. Estaba a punto de irse de no ser por sus amigos, James y Peter, que le habían cerrado el paso.
-Canuto, escucha, ¿sí? –Sirius dio media vuelta, con una cara de poco amigos y escuchó lo que tenía que decir Remus- Los chicos me explicaron por qué te enojaste. No te culpo, ¿pero sabes siquiera qué fui a hacer con Emma? –Sirius no movía un músculo. Estaba demasiado tenso y la charla estaba formando un espectáculo exorbitante para los que por allí pasaban- Hace días me pidió que la acompañara a elegir su vestido. Yo le dije que por qué no iba con Snape y ella me contestó que se habían peleado y ya no eran amigos. Me considera su único amigo ahora –con toda esa confesión, Sirius quedó pálido y deprimido. Había pensado muy mal de su amigo y lo lamentaba.
-Perdóname por pensar mal de ti, Lunático –se disculpó con un rostro alargado y sorprendido.
-Descuida, Sirius…
-Una condición para ser amigos de vuelta –lo cortó Sirius de repente. Remus asintió y entonces prosiguió, esta vez con una sonrisa en el rostro-: llámame Canuto.
Los cuatro rieron mientras Canuto y Lunático se abrazaban, seguidos rápidamente por Cornamenta y Colagusano, que se les tiraron encima, literalmente.
-Y entonces –dijo Sirius cuando se hubieron calmado-, ¿de qué va a ir disfrazada Emma?
-Me pidió que no lo difundiera por todo el colegio. Y yo, como soy muy caballero, juré por lo que más me importa que no lo diría.
-¿Y por qué juraste? –preguntó curioso James.
-Por los merodeadores.
-Ah, que tierno nuestro Lupin, ¿no creen? Sí, muy tierno Lupincito –comenzaron a burlarse Sirius y James mientras retomaban la caminata hacia la Lechucería entre risas y chistes.
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El día anterior, luego de escaparse e ir corriendo tras Emma, había sido nefasto. Si bien sabía que tarde o temprano iba a ser encontrado por sus compañeros, nunca se hubiera esperado que lo trataran amablemente. De ahí en más, no le habían quitado el ojo de encima. No se despegaban de él ni por casualidad. En serio que asustaba.
Ese día había sido como todos, solo que la presión del baile recorría su cuerpo entero. Había comprado un traje y se había conseguido una máscara, pero ya no tenía las mismas ganas de ir. Al principio fueron un poco por estar solo, al menos en un momento del día, pero luego se convirtieron en miedo, miedo a que Emma no le hablara ni de casualidad y a que estuviera con ese Black.
Desde que lo había visto besándola lo supo, claro. Era obvio, después de eso, que él también quería a Emma. Que él también la amaba. Estaba esperanzado en que Black no supiera de su enamoramiento, pero aún así lo dudaba.
Luego de comer, a la tarde, se dirigió a la Lechucería, pues debía mandarle una carta a su padre. No quería pero era necesario, al menos para avisarle que en esas vacaciones no iría de vuelta a su casa (como en todas las anteriores vacaciones de Invierno). Su padre nunca le respondía, pero al menos se lo avisaba y se libraba de un buen azote. Sí, su padre le pegaba con un cinturón. Sabía muy bien que él no podía hacer magia fuera de la escuela y le imponía esos castigos desde que se enteró de ello.
La Lechucería estaba completamente vacía. El piso, como siempre, estaba cubierto de caca de lechuza y los muros de piedra estaban helados. Eligió una lechuza cualquiera del colegio y le dio la carta, diciéndole claramente la dirección de su padre. Dejó que se fuera y la observó hasta que se perdió en el horizonte. Dio media vuelta para irse, pero se encontró con la alta y delgada figura de Lucius frente a la puerta, bloqueando el paso.
-Te nos perdiste ayer, ¿eh? –siseó Malfoy con una sonrisa de lado en su rostro, para luego borrarla y agregar en tono amenazante- ¿En dónde estabas?
-Me encontraron en la calle caminando, ¿dónde más crees que he estado? –respondió Severus, mientras observaba a Lucius acercarse muy lentamente, rodeándolo y observándolo.
-No lo sé. Tú dímelo, ¿no crees?
-Me gustaría charlar, pero tengo que hacer otras co… -Severus caminó hacia la puerta, pero fue tomado por el cuello y encerrado contra la pared más cercana. Tan fácilmente como levantar una pluma, los pies de Snape se elevaron unos diez centímetros en el suelo, quedando sin aire en muy corto tiempo, a pesar de su resistencia.
-Me vas a decir dónde estuviste ayer. Nosotros queremos lo mejor para ti y eso lo conseguiremos solo si sacamos el problema de raíz, ¿no crees? –preguntó Lucius maliciosamente mirando a los ojos a Snape, que esquivaba la mirada- Sabemos muy bien qué anduviste haciendo, no creas que no –Severus ya casi no respiraba y los ojos se le inundaban en lágrimas que salían sin control-. Te lo advertimos. Lo hicimos. Pero tu actitud nos obliga a tomar medidas verdaderamente extremas –los ojos de Severus se posaron en los fríos y grises ojos de Malfoy, que lo miraba amenazadoramente. Ahora sus lágrimas dejaban de caer de repente. Tosió durante unos segundos hasta que fue soltado, cayendo en el suelo sin compasión y ruidosamente. Tomó una gran bocanada de aire y justo cuando estaba tomando la segunda, Lucius tironeó del cuello de su camisa, haciéndolo levantarse nuevamente-. El mal ya está hecho Severus –susurró lentamente-, y ahora lo pagarás con la vida de la chica.
-¡NO! –gritó Severus, haciendo que las lágrimas cayeran nuevamente a borbotones. Su cara de dolor y sus ojos llenos de lástima conmoverían a cualquiera, excepto a Malfoy- Por favor, haré lo que me pidan. Solo… Solo déjenla en paz, por favor.
-Mhh… Meditaré tu oferta –murmuró Lucius con una seriedad sepulcral-. Hasta que te dé mi respuesta, no consideres que esté a salvo todavía.
Lucius empujó a Severus contra la pared y lo dejó allí tumbado mientras se iba. El llanto era el único compañero que tenía ahora. Lloró durante varios minutos lamentando su suerte: Emma estaba en peligro de muerte y todo gracias a su actitud de rebeldía. Sus compañeros estaban locos. ¿Por qué demonios le daban tanta importancia a la sangre? No lo entendía verdaderamente, pero si algo tenía claro era que no temían cumplir con su amenaza. ¿Qué debería hacer con este asunto?
Justo en ese momento, la puerta se abrió rápidamente y por ella entraron los merodeadores riendo estrepitosamente. En cuanto pisaron el lugar y lo vieron, dejaron de reír. No le importaba que lo vieran llorando, por lo que no les prestó atención. Pero las lágrimas ya no salían. Estaba lleno de dolor en su vida, pero aún así, las lágrimas no salían. No se le podían haber terminado las lágrimas de un momento a otro. Algo lo frenaba.
-¿Qué sucede Quéjicus? No te pongas a llorar, ya llegamos –se burlaron los cuatro jóvenes. Pero algo en su comportamiento los hizo callar en un segundo.
-¿No tienen otro mejor lugar en el que estar? –gruñó furioso a los leones.
Sirius no entendía muy bien qué le pasaba, pero algo grave sería, porque si no, se les hubiera tirado encima con ese comentario en tan solo tres segundos. Algo muy grave le pasaba.
-En realidad no. Tenemos que mandar una carta.
-Mándenla entonces –Severus se levantó tajante y traspasó la puerta, empujando a los muchachos.
-¿Qué mosco le picó a Quéjicus? –preguntó Peter.
-Estaba raro –agregó James.
-Parecía… -comenzó Remus, pero frenó su frase al instante, dejando intrigados a sus amigos.
-¿Parecía…? –lo incitó James a continuar.
-Parecía… enamorado –concluyó Lupin mirando hacia el castillo. Luego observó a Sirius y entró en el lugar.
¿A qué se debía esa mirada de Lunático? ¿Qué le quería decir?
Pasaron unos minutos en silencio. Cuando ellos callaban, el silencio era extremo. Ni siquiera se escuchaban sus propios latidos.
-¿Recuerdas cuando nos encontramos a Snape en frente a la sala multipropósito, Sirius? –preguntó Remus cortando el silencio que estaba tan bien armado.
-¿Te refieres a cuando descubrimos que Emma le contó el secreto más valioso de todo Hogwarts? Sí, lo recuerdo –respondió Canuto.
-Entonces, ¿te acuerdas lo que pasó cuando apareció Emma tras la puerta? –esta vez, Sirius no contestó. Se quedó mirando intrigado a Remus. Trató de recordar, pero no podía… Lo siguiente que recordaba era que estaba en la escalera que conducía del séptimo al sexto piso y que sus amigos le hablaban- ¿Te acuerdas qué pasó?
-No, no recuerdo.
-Bueno, pues… -empezó Remus, mirando a James y a Peter en busca de apoyo.
-¡Ya recuerdo! –saltó Peter, pero luego cambió su cara a una de empatía.
-Tú y Snape… -continuó Lupin.
-Yo también recuerdo –dijo James, en un tono de voz doloroso.
-¡TERMINEN DE UNA MALDITA VEZ! ¿¡Qué demonios pasó! ¡No recuerdo! –estalló Sirius de repente.
-Tú y Snape se congelaron, le hablaron una única vez y luego, cuando Emma salió corriendo, ambos la siguieron.
-¿Y? –preguntó Sirius sin comprender del todo el punto- ¿Qué tiene con eso?
-Usa las neuronas, Canuto –lo reprendió James-: ambos se congelaron al verla, solo dijeron un tonto "Hola" y ya, y luego corrieron tras ella casi al mismo tiempo.
-Estoy cansado, chicos. No quiero pensar. Hoy es el baile, ¿por qué no…?
-¡ESTÁ ENAMORADO DE EMMA! –gritaron los tres al unísono.
De repente, el mundo se derrumbó bajo sus pies. ¿Y si ella lo amaba también? Eran muy unidos, pero Remus había dicho hacía un rato que se habían peleado. ¿Qué quería significar eso? ¿Estaban de novios y rompieron? ¿Eran solo amigos? Miles de preguntas atolondraban su cabeza, haciendo que ésta le doliera como mil demonios. Era mucha información que asimilar de golpe y era tremenda. Por más que se lo había imaginado muchas veces, no creía que fuera posible que pasara. Tomó sus sienes con las manos, porque le dolían mucho, cerró los ojos y se dejó llevar.
…..
Cuando despertó, estaba en la enfermería. A su lado, sus amigos charlaban con Lily, pero no se veían alegres para nada. Trató de levantarse, pero el dolor de cabeza aún continuaba. En ese momento, los demás se dieron cuenta de que estaba despierto y se apartaron de la cama. Le sonrieron todos de oreja a oreja, menos Lily que hacía una sonrisa bastante forzada, ya que ellos no se llevaban del todo bien.
-¿Despertaste, Canuto? –preguntó Peter.
-¿Cómo va la cabeza? –preguntó James.
-¿Todo mejor? –preguntó Remus.
-Ya, muchachos. Lo agobiarán con tantas preguntas –dijo Lily para sorpresa de todos.
-Gracias, pelirroja. Te debo una –rió Sirius desde su camilla.
La chica estaba a punto de decir algo cuando Madame Pomfrey apareció con su paso rápido y se acercó a Sirius con unas pastillitas blancas y un vaso con agua.
-Ten muchacho –le dijo ofreciéndole una de las pastillitas y el vaso con agua-. Veo que ya despertaste.
-¿Qué es esto? –preguntó Sirius bastante desconfiado mirando de todos lados la pastilla blanca como talco.
-Es una aspirina –explicó Lily-. La crearon los muggles para cuando tienen dolor de cabeza. Son muy populares y ayudan mucho.
-No tendrán veneno, ¿o sí? –seguía desconfiando Sirius.
-No, amigo –respondió Remus-. Si quieres la puedes disolver en el agua. Mi madre lo hace.
Sin pensarlo dos veces, Sirius metió la pastillita en el agua y esperó a que se disolviera totalmente. Luego se tomó el vaso de un tirón, no sin poner caras de asco a mitad del trago. Cuando se lo terminó, pidió un poco de jugo de naranja o algo con sabor más rico, porque era verdaderamente asqueroso el gusto que tenían esas pastillas. Bajo las risas de los cuatro presentes, se tomó enteros dos vasos de jugo de uva que le trajo amablemente la señora Pomfrey.
-Ya verás que se te pasa el dolor de cabeza en un santiamén –agregó la enfermera, para luego llevarse los vasos y la botella en una bandeja-. Los muggles cuando quieren pueden tener buenas ideas –agregó antes de irse, dejando una sonrisa en el rostro de Lily.
Se quedó allí durante media hora más, pues el dolor lo asfixiaba cada vez que trataba de incorporarse. Sus amigos lo acompañaron, pero la pelirroja se fue luego de unos minutos, saludando a todos con la mano, excepto a James, a quien le dio un beso en la mejilla y lo llamó por su nombre. James se congeló al instante y giró su cabeza para verla desaparecer tras la puerta.
- De acuerdo, ¿qué pasa aquí? –preguntó Sirius, haciendo que Cornamenta se diera vuelta de un salto y lo mirara con curiosidad.
-¿Qué pasa dónde? –preguntó, haciéndose el desentendido.
-¿Cómo que dónde? ¿Qué pasa entre tú y la pelirroja?-la atención de Remus y Peter se había sumado a la de Canuto, que comenzaba a levantarse sin problemas ya.
-¡Canuto! –le dijo de repente James- ¿No deberías descansar? Recuerda que te desmayaste.
-Eso ya pasó –respondió Sirius sin darle demasiada importancia-. Ahora vas a contar qué pasa entre ustedes dos, ¿de acuerdo?
-¡No pasa nada! –saltó de repente su amigo, con un enojo irracional- Solo somos amigos. No… no sucede… nada.
Las sonrisas se desvanecieron inmediatamente. Peter y Remus bajaron las cabezas, pero Sirius se quedó mirando a su amigo. Lo entendía. Entendía lo frustrante que podía llegar a ser.
-¿La quieres? –una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de la boca de James, que asintió lentamente. Luego el silencio. La nada misma. No le salían las palabras. Quería decirle que lo entendía, pero le era imposible compararse con su amigo. Si bien ambas chicas eran parecidas, no la conocía tan bien como a Emma. Luego de unos momentos, el reloj se escuchó dando la hora: las siete.
-¿Vamos a preparar los disfraces? –preguntó Remus.
Nadie respondió. Había sido el momento preciso para romper con el silencio, pues un poco más y se volvería loco, pero todavía estaba el tema de James en el aire. No lo podía dejar así sin más. Debían ayudarlo. Últimamente, Sirius estaba teniendo ideas muy buenas y esa vez no fue la excepción. Se levantó decidido y caminó hacia la puerta, con la mirada de incomprensión de sus amigos siguiéndolo de atrás. Abrió la puerta y se volvió a mirarlos.
-¿Qué esperas, Cornamenta? –preguntó sin más nada que perder- Lily espera que su mosquetero la salve.
La sonrisa en la cara de James era inigualable.
-¡Sí! Esta noche la invitaré a salir. Y si se niega, no renunciaré –anunció con voz valiente a sus amigos, mirándolos a todos ellos. Luego se paró en la camilla en la que antes estaba tendido Sirius y gritó a los cuatro vientos:-. ¡HOY LA INVITARÉ A SALIR!
Inmediatamente, las risas se propagaron hasta el momento en que Madame Pomfrey llegó corriendo horrorizada a donde ellos se encontraban. Comenzó a hablarles de lo muy irrespetuoso que había sido eso, los regaño y los dejó irse sin más vueltas. Nunca había tenido que aguantar por tanto tiempo la risa. Si bien había pasado por esas experiencias, nunca había sido tan graciosa la razón por la cual se reían. Siempre era por chistes oídos en medio de clases o por accidentes que pasaban a diario en la estadía en Hogwarts. Pero si había algo que nunca había hecho ninguno de ellos cuatro, era atreverse a hacer enojar a la señora Pomfrey.
Riendo y charlando se dirigieron hacia la sala común, donde comenzaron a enlistarse para el gran baile. Al que ya había decidido no concurrir.
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Cómo detestaba a ese Malfoy. También a esa Black. Los detestaba tanto. Los odiaba. Pero no podía hacer nada, porque un movimiento en falso y la soga que sostenía a Emma entre la vida y la muerte, se cortaba. Tenía que hacer algo, avisarle de alguna manera. Lucius no le había hablado en todo el día y eso no ayudó sino a ponerlo más nervioso. Las horas pasaban y la respuesta no llegaba.
Lo único que se le ocurría hacer en ese momento era avisarle a Emma, pero… ¿de qué modo?
Sin ganas ya de caminar, se dirigió a su sala común. Había andado todo el día en busca de alguna respuesta o alguna idea, pero había sido inútil. Se desplomó en su cama y miró al techo.
Se imaginó a Emma, vestida de princesa entrando majestuosamente por la puerta principal. Se imaginaba a él a su lado, sacándola a bailar. Luego la acompañaba a su sala común y se despedían con un beso. ¡Sí claro! ¿Cómo no? Eso seguro pasaría en siglos. Quizás millones de años en el futuro, pero esa noche no, estaba seguro.
Sus ojos le pesaban. Caían lentamente y cerraban sus ojos. Un bostezo le anunció que no resistiría y así se quedó dormido. Nuevamente, soñó que bailaba con Emma. La imagen se repetía y se repetía, una y mil veces, hasta que una luz verde iluminó la oscuridad que se había creado y vio su cuerpo tirado en el suelo, frío y rígido.
Se despertó al instante, sudado y agitado. Se incorporó en su cama y observó todo detalladamente. Estaba en su cuarto, igual que cuando llegó. Al menos solo había sido un sueño.
Un ruido lo sorprendió desde la ventana: una lechuza moteada rasgaba el cristal con sus patitas y su pico. "Qué extraño" pensó algo dormido "Mi padre nunca me responde las cartas". Abrió la ventana y dejó entrar a la lechuza, que se posó sobre la silla de su escritorio. Se acercó a ella y grande fue su sorpresa cuando vio no solo una carta, sino también un paquetito atados a la pata del animal. Desató la nota y la desdobló. Solo decía "ÚSALO ESTA NOCHE" y estaba escrito con una letra muy pulcra, delicada y ordenada. Desató el paquetito, que resultó ser una cajita verde con un lazo plateado, le dio una golosina al ave, que salió volando por la misma ventana por la que entró, y pasó a abrirlo. Dentro, solo había una delicada y fina cadena de plata que sostenía en el medio una pequeña luna creciente.
Se quedó mirando la pequeña luna por una hora exacta. Alguien quería que lo usara en el baile, pero ¿quién? Se fijó el reloj que había empotrado en la pared, que marcaba las siete y media, y se fue a bañar para luego prepararse para el baile.
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-¡Déjame pasar de una vez, Colagusano! –le gritó a Peter que no salía del baño desde hacía 45 minutos- ¡Nosotros también debemos bañarnos!
-¡Ya salgo! –gritó la voz de Peter tras la puerta.
Sirius se volvió a James y le habló con seguridad.
-No creas que no te entiendo.
-¿A qué te refieres, Canuto? –preguntó James sin darle atención.
-A la pelirroja –James se congeló en ese instante, aún dándole la espalda a Sirius. Esperó unos momentos antes de seguir hablando-. Me está pasando lo mismo, ¿sabes? Y sé muy bien que es difícil, pero… es hermoso –frenó su monólogo un momento y esperó. Luego de un minuto, James se dio vuelta y lo miró atentamente-. Nunca me había sentido mejor, ¿saben? Es… increíble… como el amor te puede cambiar tan sorpresivamente.
Las miradas que James dirigía a sus amigos siempre eran muy especiales. Ellos lo apoyaban en todo, y era por eso que él seguía adelante. Sirius lo sabía muy bien y sentía que era necesario que lo apoyaran en esta vez.
Peter salió del baño estrepitosamente, con una toalla en el brazo, el pantalón del disfraz puesto y el torso desnudo.
-¿Quién sigue? –preguntó Colagusano mirando a todos.
-Mhh… Paso unos momentos y se los dejo, chicos –dijo Sirius a Remus y James y se metió al baño para bañarse.
Mientras él se bañaba tranquilo, sus amigos se preparaban los trajes: Peter se lo ponía, Remus lo planchaba con magia y James jugaba con la espada de mentira, simulando una lucha.
-¡Hangar! –gritó James, pinchando con la punta de la espada la espalda de Peter.
-¡Auch! –se quejó el chico- James, eso duele.
-Vamos, cobarde. ¿Quién osa retar a duelo al magnífico Potter? ¿Acaso es usted un cobarde no aceptando mi duelo? Ya lo he dicho: ¡Hangar! –nuevamente, James pinchó en la espalda a Peter. Esta vez, Peter se armó con la espada de su traje y comenzó una lucha de espadas.
-¡Toucher! –se oía a veces, cuando las espadas tocaban al oponente.
La habitación se había convertido en un campo de batalla del que ni siquiera Remus pudo salvarse: cuando estaba distraído, sus amigos le gritaron "¡Hangar!" a dúo y comenzaron a pincharlo con sus espadas. La batalla solo paró cuando un ruido extraño llegó desde la ventana: parada en el borde, dando arañazos con sus patas en la ventana, una lechuza moteada esperaba a que se le diera atención.
Los chicos abrieron la ventana cuidadosamente y dejaron entrar al ave, que se posó en uno de los baúles. Desataron todo lo que tenía y dejaron que saliera volando.
-¿Para quién es? –preguntó Remus.
-Dice que es para… ¡Sirius! –exclamó James leyendo la nota.
-¿Qué tendrá la cajita? –preguntó Peter, dejando a todos con la duda. El tiempo pasaba y ellos tres solo miraban la cajita misteriosa que había llegado para su amigo- ¿Y si la abrimos y luego la cerramos? Nadie lo notará. Menos Sirius.
-¡NO! –dijeron al mismo tiempo Remus y James.
-¡Bueno! Solo era una pregunta –respondió Peter cabizbajo.
Pero la tentación se fue apoderando de los muchachos, que de a poco, fueron sucumbiendo ante la pregunta que había hecho Colagusano. Paso a paso se acercaban cada vez más a la cajita. James la tenía en sus manos, sujetándola cuidadosamente. Luego Peter, muy despacio, recogió unos de los extremos de la cinta que formaba el moño. Lo hubiese abierto, de no ser porque en ese preciso momento, salía del baño Sirius Black.
-¿Qué hacen? –preguntó éste, mirando a sus amigos con la cajita en sus manos. Ni bien dijo eso, todos ellos se asustaron y pegaron un pequeño brinco.
-Ten –dijo James, entregándole la cajita-, es para ti.
-¿Qué es? –preguntó algo extrañado Sirius, tomando a cajita y sacudiéndola cerca de su oído.
-Llegó hace unos momentos con una lechuza –respondió Peter.
Sirius observó cuidadosamente la cajita: era roja, y estaba adornada con una cinta que formaba un moño dorado que la mantenía cerrada. Tomó la tira de cinta y tiró de ella. Al abrir la caja, encontró una fina cadenita plateada, de la que colgaba una hermosa luna menguante. No era su estilo usar cadenita, pero le gustaba aquel dije.
Se lo mostró a sus amigos y luego se quedó observándolo. Tenía una especie de encanto, como si fuera magia.
-¿Me llegó algo más? –preguntó a sus amigos luego de un rato.
-Esta nota –dijo Remus-, que dice… "Úsalo esta noche".
"Qué extraño" murmuraba la mente del chico. ¿Quién querría que llevara puesto eso en el baile? ¿Ahora qué hacía: iba o no iba? Tenía que adelantar unas tareas que tenía atrasadas, pero la idea de que alguien quisiera verlo en el baile particularmente a él lo carcomía por dentro.
Sin dudarlo un momento, comenzó a calzarse el traje que había comprado.
…
El Gran Comedor estaba totalmente decorado. Había un árbol a un lado y un montón de mesas con sillas. Había dos largas mesas en la que las bebidas y las comidas abundaban y estaba todo totalmente decorado de los colores de las cuatro casas: rojo, azul, amarillo y verde. Todos los que se encontraban allí estaban disfrazados de célebres personajes: estaba Sir Nick Casi Decapitado, en fantasma y en personaje; había princesa y príncipes; había juglares y payasos; y había también gente vestida para un baile, con elegantes vestidos y trajes. Eso sí, las máscaras no desaparecieron en toda la noche.
Era casi imposible reconocer a la gente que no había ido con uno mismo. Un Gryffindor podría estar sencillamente bailando con un Slytheryn sin darse cuenta, pues todos estaban irreconocibles.
Por suerte, sus amigos estaban vestidos igual. "Al menos será fácil reconocerlos" afirmaba su mente mientras veían miles de rostros. ¿A quién se suponía que debía encontrar? ¿O sería que esa persona lo encontraría a él? Se sentó en una mesa con sus amigos y sus parejas y esperó tranquilo a que algo ocurriera.
Del otro lado del Gran Comedor, Severus se encontraba sentado solo en una mesa. Su traje no era de los mejores, pero podía afirmar que era, al menos, original: había basado su traje en Romeo, el personaje de la obra muggle "Romeo y Julieta". La soledad al menos le iba bien, pues no pretendía salir a bailar ni tampoco buscar a nadie. Pasados unos minutos, se sentaron en su mesa 3 figuras vestidas de negro y gris. Dos de ellos, tenían el pelo totalmente blanco y la otra, de un negro carbón.
-¿Todo bien Severus? –habló la voz de Lucius Malfoy tras una máscara que le cubría todo el rostro. Miró a Severus, pero éste no quería ni verlo- No sea así, ¡vamos! ¡Diviértete!
-Déjenme –gruñó Severus molesto. Oyó un siseo detrás de él y temió volverse a ver qué era lo que lo estaba acechando.
-Yo que tú –susurró la voz de Bellatrix en su nuca, haciendo que el vello que allí tenía se erizara completamente-, cuidaría un poco más mi lenguaje con mis superiores.
-Relájate, Severus. Hoy es día de fiesta, no hay de qué preocuparse, créeme –dijo Lucius, tomado por los hombros a Severus-. ¿Acaso alguna vez te he mentido?
¿Qué querían decir esas palabras? ¿No asesinarían a Emma? ¿La dejarían con vida?
-Voy a tomar algo de ponche –dijo algo nervioso e incómodo. Se paró de su asiento y se dirigió en silencio hacia la mesa de comidas más lejana que había de su mesa.
Se estaba asfixiando. No aguantaba más las múltiples amenazas y esa duda que generaba intriga. No quería tocar el tema tan directamente con Lucius, pues lo conocía y sabía cuáles eran sus trucos: finía no acordare del tema y luego, cuando se lo mencionaba, mantenía lo que había dicho antes. Ya lo había hecho varias veces antes con miles de alumnos de primero. Nunca fallaba.
Allí, se buscó otra mesa vacía y esperó, tranquilizándose y pensando sobre lo que debía hacer.
-Vamos a bailar, James. ¡Vamos! –le rogaba Lily a su amigo, que estaba colorado de la vergüenza.
-Bueno, está bien, my lady. Vamos. Chicos, ¿vienen? –preguntó a Peter y Remus, pidiendo algo de apoyo, a lo que ambos sacaron a bailar también a sus parejas.
Estar solo no era tan malo como creía, podía pensar tranquilo en todo lo que estaba ocurriendo, en lo que había ocurrido, etc. Allí se quedó un buen rato, hasta que un destello plateado lo despertó de su ensueño: si no había visto mal, lo que había acabado de ver era la misma luna que él tenía, pero en el cuello de otro joven. ¿Quién era, por qué llevaba la misma luna, era quien se la había enviado? Sin pensarlo dos veces, se paró y lo siguió a la mesa de comidas y bebidas.
Cuando lo tuvo al lado, le habló.
-Lindo dije.
-¿Qué? –respondió el otro, por lo que reformuló su pregunta. Esta vez, el chico miró su cuello y sonrió sin estorbos- Ah, sí. La luna. Perdón, estoy un poco dormido.
-¿Puedo preguntarte algo? –el otro asintió- ¿Tú me mandaste mi luna?
-¿Qué dices? ¿Qué luna? –Sirius le mostró su colgante y el chico quedó igual de sorprendido que él cuando lo vio- ¿Cómo diablos…?
-Debo entender que no eres quien me busca –dijo Sirius ya más aliviado de que no fuese ese muchacho tan desalineado quien lo buscara. Verdaderamente, ese chico era realmente impresentable: el cabello grasoso que se notaba a kilómetros, la espalda un poco encorvada y un rostro terriblemente pálido. "Un momento" dijo su mente en secreto-. ¿Quéjicus?
Severus se sorprendió al escuchar esto. Si mal no escuchaba, la voz que oía era de Black. De Sirius Black. Pero, ¿cómo podía ser que ambos tuvieran la misma cadenita? ¿Sería que eran buscados por la misma persona? Era demasiado extraño.
-¿Black? –ambos se miraron a los ojos y se distanciaron unos centímetros. Posaron su vista en la pista de baile y fue entonces cuando un resplandor dorado los cegó.
Entre las miles de parejas que bailaban divertidas, del otro lado del salón, una muchacha estaba sentada en una mesa sola, escribiendo en un pequeño cuadernito. Estaba muy concentrada. Ambos la miraban encandilados, totalmente embobados. Pronto divisaron un sol en su cuello. Un pequeño solcito dorado que brillaba con las luces. La chica leyó lo que había escrito y guardó su diario, levantando luego la vista, para mirarlos a ambos con una radiante sonrisa en el rostro.
