Paso a pedirles miles de disculpas por haberme ausentado un tiempo laaaaargo... la verdad, la inspiración para escribir este final estaba, pero tenía miedo... jejeje, después verán por qué... Creo que no es mala ocasión para decirles que se leyeran el final del anterior capítulo, el 19, es decir, el comienzo del baile, pues puede que no se acuerden mucho lo que había pasado y entonces no vana a entender mucho el comienzo del capítulo final... Bueno, por último, me alegra poder terminar este fic con el que me encariñé mucho mucho... Les manod un abrazo, miles de besos y FELIZ FELICIS por si lo necesitan! Que lo disfruten (aunque quizás no) y nos vemos luego en otro fic (quizás)... HASTA LUEGO! :´)


Esa mirada los atraía, les pedía que fueran hacia ella. Poco a poco, ambos comenzaron a responderle, pasando a través de las miles de parejas, dirigiéndose directamente a aquella mesa. La chica los observaba tiernamente, con sus ojos madera brillando como nunca y su sonrisa rosada que les iluminaba el camino. Ninguno de los dos se daba cuenta de que el otro también estaba yendo hacia ella.

Solo cuando llegaron, se dieron cuenta de la presencia del otro. Se miraron a los ojos y chocaron las chispas. Si bien no habían reconocido a la muchacha, ambos tenían la certeza de que lo llamaba a él y solo a él.

Los destellos que salían de sus ojos, quemando al otro, no paraban un momento. Prácticamente se estaban asesinando con la mirada. Pero a ninguno le importaba, pues lo que querían era estar solo con la chica, que lentamente y sin hacer un sonidito, se levantó de su asiento y se metió entre medio de ambos.

Sorpresivamente, la chica los apartó con sus brazos todo lo que pudo.

Sus ojos, resaltados por la máscara dorada que llevaba, miraban a uno y a otro, con una seriedad incomprensible.

-Voy a buscar un poco de ponche –dijo la chica en voz baja, tratando de que solo ellos dos la oyeran-. Espérenme y no se asesinen, por favor.

La muchacha se fue con paso veloz hacia la mesa de comidas más cercana que tenía.

-Emma –susurraron los dos al mismo tiempo, viéndola alejándose, pero luego Severus agregó-. Oh, no.

-¿Qué sucede, Quéjicus? ¿Querías que ella no viniera acaso? –preguntó Sirius algo sorprendido por la actitud y la cara de Snape, quien de repente estaba más pálido que de costumbre y con los ojos totalmente cristalizados.

-No es algo de lo que tú necesites estar enterado, Black –contestó tajante Severus mientras recordaba las palabras de Lucius: "Te lo advertimos. Pero nos has hecho llegar a medidas extremas". La presencia de Emma allí no era para nada alentadora. Pero por otro lado, Black era el único que quizás la amaba tanto como él lo hacía. No quería perderla y, si eso significaba confiar en Black y contarle su diálogo con Malfoy, no lo pensaría dos veces-. Mejor dicho… creo que… ella… me han…

-¿Qué pasa? –preguntó Sirius un poco impaciente por la actitud de Snape, pero dejó que continuara tranquilo.

-No me apures –refunfuñó Severus, mirando con odio a Sirius-. Hoy en la lechucería, Malfoy –la cara de Sirius instantáneamente se transformó en una mueca de repulsión hacia aquel nombre- amenazó con matar a Emma por mi actitud.

La cara de Sirius, ahora estaba tan pálida como la se Severus, sus ojos se agrandaron desmesuradamente y sus cejas, que por más que estaban ocultas deformaban un poco los ojos, formaban una expresión de dolor increíbles. Nunca antes, ninguno de los dos había pensado en que la vida de la joven a la que amaban terminaría tan pronto. Pero eso pasaría solo si ellos no lo evitaban.

-Yo lo mato a Malfoy –escupió Sirius, caminando decidido a la mesa donde se encontraban sus primas, tan reconocibles con sus cabelleras, una blanca y la otra negra y con rizos alborotados.

-¡No! ¿Qué haces? –lo frenó Severus con todo su cuerpo, empujándolo hacia atrás a Sirius- ¿Estás demente? Te matará antes de lo que cante un gallo –pero luego repuso-; bueno, tampoco es tan mala idea…

-¿Quieres dejarme en paz? –le dijo Sirius a Severus de forma que el desprecio se notara para luego empujarlo y apartarlo- La van a matar si no los detenemos.

-¿No pensaste siquiera en que ello están en séptimo y tú y yo solo en quinto? Nos aplastarían como a pequeños insectos –largó Severus-. Además, odio admitirlo, pero… si tú te mueres..., ¿quién me ayudará a cuidar de Emma hoy? –nuevamente los ojos de ambos se chocaron, pero esta vez no con odio, sino con temor. ¿Qué pasaría si la dejaban de ver tan solo un segundo? ¿Lucius se atrevería a asesinarla? Aún teniendo máscara, era un riesgo que ambos no podían correr.

-De acuerdo –murmuró Sirius-. Pero solo somos aliados por esta vez –Severus asintió nervioso mientras estrechaba la mano que Sirius le extendía. El contacto de ambos fue casi nulo, pues ni bien se tocaron las manos, las separaron inmediatamente. Solo en ese momento se dieron cuenta de una cosa: sus disfraces eran en extremo parecidos.

Quizás la única diferencia era que el de Severus tenía una gama de colores verdes en lugar de azules, como el traje de Sirius. En ese momento, cuando la discusión estaba a punto de empezar, llegó Emma con un vaso en la mano. Ambos se congelaron al instante y trataron de no mostrar preocupación. Pero, las mujeres son muy observadoras…

-¿Están bien? –preguntó Emma. Pero nadie contestó- ¿Saben a quién me recuerdan? –preguntó al chica, tratando de cambiar de tema, pero los muchachos seguían sin querer contestar, pues sus voces seguramente se verían afectadas por el temor- Son como dos Romeos.

Ambos habían leído el libro. Ambos sabían de quién estaba hablando. Ambos se encontraban completamente asombrados. Severus quería una vestimenta que lo asemejara, pero no se esperaba eso. Sirius quería lograr un traje de príncipe de la edad media, pero no se esperaba ser elogiado de esa manera. Repentinamente, la chica tomó la manga de Severus y tiró de él, arrastrándolo a la pista de baile y dejando completamente solo a Sirius.

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La música lenta que empezaba los obligaba a seguirla, de modo que tuvo que tomar con mucho cuidado la mano de ella. Nunca había estado tan bella y nunca él había estado tan asustado. Le aterraba pensar que no la vería más. Sus ojos brillaban intensamente tras la máscara y tras el maquillaje que traía. Su cabello trenzado lo enloquecía y su piel estaba tan tibia al tacto.

-¿Les pasaba algo? –preguntó la chica mientras comenzaban a bailar.

No quería preocuparla, aunque sabía que tarde o temprano le debía avisar. Prefería alargar la espera para avisarle todo el tiempo que pudiera, pero tampoco quería que ella creyera que se encontraba mal. Lo primero que se le vino a la cabeza, para apartar el tema tan solo unos minutos, fueron los diálogos de Romeo y Julieta, que se los sabía bastante bien.

-Si mi indigna mano profana con su contacto –susurró cerca del oído de la joven tomándole ambas manos entre las suyas- este divino relicario, he aquí la dulce expiación: ruborosos peregrinos, mis labios se hayan prontos a borrar con un tierno beso la ruda impresión causada.

-Bueno peregrino –contestó Emma mirándolo a los ojos y apartándose un poco, para sorpresa de Severus-, sois harto injusto con vuestra mano, que en lo hecho muestra respetuosa devoción; pues las santas tienen manos que tocan las del piadoso viajero y esta unión de palma con palma constituye un palmario y sacrosanto beso.

-¿No tienen labios –continuó Severus, acercándose unos pasos a la chica. Nunca se había sentido tan decidido- las santas y los peregrinos también?

-Sí, peregrino, labios que deben consagrar a la oración –dijo la chica divertida, alejándose y dándole la espalda a Severus.

-¡Oh! –dijo el chico, acercándose nuevamente, pero esta vez susurrándole desde la espalda- Entonces, santa querida, permite que los labios hagan lo que las manos. Pues ruegan, otórgales gracia para que la fe no se trueque en desesperación.

-Las santas permanecen inmóviles cuando otorgan su merced.

-Pues no os mováis mientras recojo el fruto de mi oración –respondió Severus mientras la rondaba para mirarla a la cara. Pero entonces no pudo continuar más: unas lágrimas caían a través de las mejillas de Emma, que se hallaba con cara triste quieta en su lugar.

-Por la intercesión de vuestros labios –dijo Emma, caminando hacia él y quedando a unos milímetros de distancia entre ambos-, así, se ha borrado el pecado de los míos.

Severus se encontraba helado, no podía respirar por poco, pero la respiración de ella sobre sus labios era todo lo que necesitaba. Todo parecía uno de los tontos sueños que tantas veces había tenido, pero esta vez era muy real. Poco a poco, la chica se fue acercando, dejando aún más sorprendido a Severus. Los labios se rozaban y ese ínfimo contacto, lo obligó a cerrar los ojos, esperando que algo ocurriera. Finalmente, Emma lo besó. Se sentía mucho mejor que la otra vez, en la que la había besado él. Se sentía mil veces mejor, quizás porque con este beso ella le estaba diciendo lo que tantas veces antes había soñado: que lo amaba.

Sintió unas manos que se poyaban en sus hombros, dejándolo completamente congelado en el lugar. Cuando reaccionó, tomó la cintura de la chica con una mano y con la otra tocó su mejilla. Se sentía tan tibia, tan viva. Las lágrimas ya no corrían a través de su rostro, pero seguía muy húmedo.

Cuando se separaron, ambos se miraron. Severus sonrió tiernamente, mientras Emma lo observaba. Él le dio un último beso en la mejilla para luego volver al baile.

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Al fin sus amigos habían vuelto de bailar. Había estado solo desde que Emma se había ido con Quéjicus y no los había visto durante buen rato. Para colmo, no había tenido siquiera un poco de tranquilidad desde entonces: miles de chicas, al velo solitario y tan buen mozo, le pedían que bailara con ellas. Pero él solo no les daba importancia y les pedía que lo dejaran solo. Quizás un año antes hubiera aceptado a cualquiera de ella en un instante, pero ahora no podía, pues su corazón ya le pertenecía a alguien más.

La alegría volvió en el momento en que James se sentó a su lado y Lily y las demás mujeres se fueron a comer algo.

-¿Cómo va todo con la pelirroja, Cornamenta? –le preguntó a James cuando estuvo seguro de que las chicas no los escuchaban.

-Mal –contestó su amigo con cara de fastidio.

-Si quieres te doy una mano –se ofreció Remus muy amablemente-. Le puedo habla bien de ti.

-No, está bien, chicos –respondió James con poco entusiasmo-. Esto es algo que lo quiero hacer por mi cuenta.

-¿Y ustedes dos? –preguntó Sirius con una sonrisa picarona en el rostro hacia Remus y Peter- No me van a decir que las invitaron porque son sus amigas, porque no les creo.

-¡¿QUÉ?! –preguntó muy nervioso Remus, seguido a coro por Peter.

-¡Te equivocas, Sirius! –dijo Colagusano con la cara colorada como un tomate.

-¿Seguros? No parecen muy convencidos –aseguró James con voz pícara, al igual que Sirius.

-¡Mira, Sirius! –exclamó Remus mirando hacia la pista de baile- Aquí viene Emma.

-No me harás caer con un truco tan falso, Lunático. ¡Respondan! –dijo Sirius, sin creer lo que amigo le decía.

-No, es en serio –dijo Peter mirando hacia donde Remus había estado mirando-. Viene Emma, hacia aquí.

-¡Por favor! Invéntense algo mej… ¡Hey!

Pero no pudo continuar, pues de la nada, todo se oscureció y no había nada para ver. Pestañeó varias veces, pero le fue imposible encontrar la luz.

-¿Quién soy? –preguntó de la nada James, imitando muy mal la voz de las mujeres.

-¡Quítate, idiota! –exclamó Sirius, quitando a su amigo de su espalda. Pero cuando pudo observar mejor, James estaba a su lado y a quien sostenía fuertemente de las manos era a Emma, que reía copiosamente.

-¿Cómo es eso de que no nos creías, Canutín? –preguntó riendo Remus.

Pronto todos estallaron en risas, a excepción de Sirius, que estaba completamente colorado y trataba de ocultar su cara. Solo cuando todos se calmaron, pudieron hablar tranquilos.

-¿Cómo la reconocieron si lleva máscara? –preguntó Sirius a Remus y Peter, claramente refiriéndose a Emma.

-La conozco demasiado bien como para no darme cuenta de que es ella –respondió Remus sin darle demasiada importancia, pero causó el efecto inverso en Sirius, que ardía de furia. ¿Cómo que su amigo la conocía mejor que él? Para cualquier persona enamorada, eso hubiese sonado muy mal, sobre todo si venía de los labios de alguno de sus mejores amigos.

Ya nadie reía. Pronto, Lily y las otras dos chicas que acompañaban a Remus y a Peter se acercaron riendo y tiraron de sus parejas nuevamente hacia la pista de baile, donde una música alegre, divertida y muy bailable comenzaba a sonar. Los tres mosqueteros se pararon y se pusieron a bailar.

-Esperen –dijo James a sus amigos, dándose media vuelta y dirigiéndose a Sirius-, nuestro querido príncipe debe bailar con una dama en esta velada tan mágica.

La cara de Sirius, que había logrado volver a su color natural, se coloreó de un color parecido al carmesí de su propia casa.

-Luego, quizás –respondió Emma, sacándole un peso de encima mientras se sentaba a su lado.

Su amigo sonrió alegremente y le guiñó un ojo cuando Emma no veía, para luego desaparecer entre las miles parejas que bailaban.

Nuevamente silencio. La incomodidad reinaba entre los dos, mientras la música de fondo los acompañaba. Ese año había cambiado gracias a esa chica, que ahora la tenía junto a él, tan bella, delicada y determinada como la primera vez que la vio. Y tan misteriosa al mismo tiempo. No la conocía muy bien, era verdad, pero quizás era eso lo que le llamaba la atención de ella. Para él era única. Pero podía llegar a perderla esa misma noche si no la vigilaba.

-¡Vamos a bailar! –exclamó la chica sobresaltándolo. Sirius sonrió y la siguió a la pista de baile.

La música alegre que antes había iluminado un poco la velada, cambió rotundamente a una música lenta que los obligó a balar más juntos. Podía oír su corazón agitado y sentir su respiración muy cerca suyo. Como si su mente quisiera pasarle una mala jugada, recordó que minutos antes, Emma había estado bailando con Quéjicus un lento. Por más que eso lo enfureciera, había prometido una alianza con él por esa noche con tal de salvar a Emma, lo que no quitaba que se podía enojar todo lo que él quería.

-No sé –comenzó a decirle a la chica, que lo miró entretenida- si Quéjicus baila bien o mal, pero mis pasos –le dio un giro y la acercó a sí, quedando muy cerca de su oído para así poder susurrarle:- te van a hacer olvidarlo.

Instantáneamente, ambos se miraron. Los ojos grises de él desbordaban alegría tras la máscara pateada, mientras que los de ella, dorados esa noche por las luces que la iluminaban, dejaban una tristeza en el aire. Su sonrisa no era más que para tapar la tristeza que la invadía y la máscara la ayudaba perfectamente. N encontraba palabras, ni siquiera valor para hablarle.

-¡Oh, Romeo, Romeo! –recitó Emma, apoyando la cabeza sobe su pecho- ¿Por qué eres Romeo? Renuncia a tu padre, abjura tu nombre; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y ceso de ser una Capuleto –Las palabras de repente se le vinieron solas a la mente, y Sirius contestó al recitado. Había leído una y mil veces Romeo y Julieta, pues su familia odiaba el teatro, muggle sobre todo, pero no se esperaba saberse tan bien los diálogos.

-¿Debo oír más o contestar a lo dicho?

-Solo tu nombre es mi enemigo –continuó Emma, pero esta vez más pausado y entrecortado- ¿Montesco? ¿Qué es esto? ¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos rosa, perfumaría igual con otra designación. Del mismo modo, Romeo, aunque no se llamase Romeo, conservaría, al perder este nombre, las caras perfecciones que tiene. ¡Mi bien… abandona este… este nombre! –sollozó Emma, sorprendiendo y preocupando a Sirius, que levantó su cara tomándola de la barbilla.

Su rostro estaba empapado de húmedas lágrimas. Sus ojos estaban tristes y su rostro emanaba un miedo y una tristeza infinita. Con algo de miedo, pero sin poder contenerse, la lengua de Sirius continuó hablando.

-Te tomo la palabra. Llámame tan solo tú amante y recibiré un segundo bautismo: de aquí en adelante no seré más… -dudó un momento pero luego concluyó la frase- Black.

Poco a poco, ambos se fueron acercando. Tenía miedo de hacerla huir de nuevo. No la quería perder una vez más. Frenó su avance y solo esperó. Los segundos pasaban, asfixiándolo, llegando a un punto en el cual estaba decidido a avanzar él y dejar de esperar algo que nunca pasaría. Pero se congeló. Sentía algo tibio sobre sus labios. Cerró los ojos y se dejó llevar por el momento: Emma lo había besado a él. La tomó de las mejillas y la besó como a nadie. Pasado un tiempo, ambos tuvieron que separarse, pero quedaron frente con frente, mirándose a los ojos.

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Estaba sentado en su mesa, claramente molesto de que ahora Emma estuviera bailando con ese Black y no con él, pero seguro de que estaba en buenas manos.

Para su desgracia, su estúpido disfraz lo había hecho pasar un momento verdaderamente vergonzoso: mientras Emma seguramente estaba bailado con Black, tres muchachos disfrazados de mosqueteros y una chica pelirroja se acercaron a su mesa con caras alegres.

-¡Vamos, Canuto! –le dijo uno de ellos- Ven a bailar. Te presto a Lily si quieres bailar con alguien -prosiguió al chico, pero fue reprendido por la chica, que le pegó en el hombro un fuerte puñetazo. Todos estallaron a reír.

-No gracias, Potter –escupió Severus de muy mala gana- Y yo que tú cuidaría a mi pareja y no se la dejaría a otros –se paró muy decidido y caminó hacia otra mesa bajo las miradas de asombro de los tres chicos.

Luego de eso, nuevamente la tranquilidad lo invadió. Ya no lo molestaría nadie, suponía. Pero se equivocaba: al igual que el traje de príncipe antiguo verde significaba para los amiguitos de Black un imán con el mismo polo, retrayéndolos, era un imán de polo opuesto para dos personajes particulares: un joven pálido y alto de particular cabellera blanca y una muchacha flaca y alta con una cabellera sujeta de color negra y repleta de rebeldes rizos que le caían por aquí y por allí, que los atraía significativamente.

-Linda noche, ¿verdad Severus? –preguntó Malfoy sentándose a su izquierda mientas que Bellatrix se sentaba a su derecha, acorralándolo sin salida. No respondió- Vamos, sé amable con nosotros que tan buenos somos en acompañarte en tu soledad. ¿Qué dices?

-No quiero hablar con ustedes –respondió Severus con el tono más cortante que pudo hacer mirando hacia la mesa que tenía enfrente.

-Chst, Chst, Chst –chistó Bellatrix meneando hacia los lados su cabeza-. Yo que tú sería amable. Recuerda quién puede salir herido aquí, esta misma noche –las facciones de Severus se volvieron en un odio profundo hacia ambos y la risotada de Bellatrix se escuchó haciendo eco por las paredes de todo el lugar.

-No, Bella, querida. Hay que ser bueno con Severus. Pero –una pausa horriblemente larga acuchilló a Severus por la espalda. ¿Pero? ¿Qué tenía que decir esa horrible sabandija?-, hablando del tema, te hemos visto.

El mundo se derrumbó a sus pies. Si algo era malo era que ambos lo hubieran visto nuevamente con Emma. ¿Y si lo habían visto mientras se besaban? Era su fin. Ese mismo día terminaría su vida si algo malo le pasaba a Emma.

-No sé a qué se refieren –dijo tranquilo mirando fijamente a la mesa.

-Si es mentira que bailaste con esa sangre sucia y que la besaste, niégalo mirándome a los ojos. Todos el mundo sabe que los mentirosos nunca miran a los ojos –era claramente un reto.

Si no lo miraba y lo negaba, ambos la asesinarían, pero al menos no hubiera mentido sobre sus sentimientos. Si lo miraba, se enfrentaba a la posibilidad de que supieran Oclumancia y vieran lo que había pasado. De una forma o de otra, habían sentenciado la muerte de Emma. Con miedo, se paró y se dirigió a la pista de baile, donde encontró rápidamente a su clon azul junto con Emma.

-Lo harán –le dijo con un nudo en la garganta a Black, que cambió su cara a una mueca de miedo y sufrimiento.

Ambos tomaron de los brazos a Emma y tiraron de ella, sacándola de aquel lugar.

-¿Qué pasa? –preguntaba la chica una y otra vez mirando a ambos muchachos, que no le respondían.

Estaban en el Vestíbulo al pie de la Gran Escalera cuando Emma se soltó violentamente de sus agarres.

-Qué sucede –exigió mirándolos a uno y a otro a los ojos con una fiereza y valentía únicas. Pero ninguno de los dos se atrevía a responder. Dudaban segundo tras segundo y no eran capaces de armar una frase coherente ni siquiera en su mente.

-Sucede –dijo una áspera voz a espaldas de la chica, que se dio vuelta al instante, encontrándose con la cara de Bellatrix Black-, que vas a morir.

La carcajada se hizo oír estrepitosa y macabra, llegando a oídos de quienes se divertían en el baile. Acompañando a Bellatrix estaba Lucius, esa sucia alimaña, rastrera y tramposa. Las sonrisas en sus rostros maquiavélicos destrozaban en mil pedazos el inocente cuerpo de Emma, dejándola hundida, en sus mentes, en una muerte impredecible.

La sola mención de lo que podía llegar a ocurrir puso en alerta permanente a Sirius y a Severus.

-¿Y sabes quién te condenó? –preguntó Lucius, con una sonrisa sugerente mientras avanzaba unos cuantos pasos a la chica, que estaba a unos tres metros de los muchachos- Fue uno de tus amiguitos –le susurró muy cerca del oído, mientras la giraba para que los mirara a los ojos. A cada momento, Malfoy se le acercaba más, quedando sus cuerpos a muy poca distancia.

-¡Es mentira, Malfoy! –gritó Severus ya sin poder contenerse- Por favor, déjenla –les imploró como última chance mientras le pedía apoyo a Sirius, que era el único que ahora estaba de su lado.

-Déjenla ¡Por Merlín! ¿Qué les hizo? –retumbó la voz de James desde la puerta del Gran Comedor, donde se encontraba con los otros dos mosqueteros.

-Ustedes no se metan –aulló Bellatrix, sacando la varita, al igual que los merodeadores. Pero de pronto, su rostro se convirtió en satisfacción, y entonces agregó:- ¿Qué te parece, querido primo –lo miró a Sirius, que estaba furioso-, que asesinemos también a uno de tus adorables amigos? ¿No sería lindo?

-¡Sobre mi cadáver! –gritó Emma sacando su varita y apuntando con una inexplicable furia a Lucius.

El canalla de Malfoy retrocedió bastante, hasta estar casi al lado de Bella. Los merodeadores avanzaron hacia Sirius y Severus (no sin apartar sus vistas de las serpientes) y se pusieron a sus lados, al igual que Emma, que se colocó justo en el medio.

-Recuerden quién es el enemigo –les susurró ella a Severus y a Sirius, a lo cual éstos se miraron y luego observaron a quiénes tenían adelante. Ambos asintieron, sacando sus varitas.

Lo primero que se oyó fue la rasposa y aguda voz de Bellatrix. La maldición Cruciatus pasó por arriba de la cabeza de Emma. Los contraataques no se hicieron esperar: del bando de Sirius y Severus, miles de hechizos eran conjurados contra las serpientes. Las maldiciones también tuvieron sus turnos: miles de maldiciones, lanzadas de dos únicas varitas, pasaban entre los huecos que los mosqueteros dejaban o por sobre las cabezas.

Si algo lamentaban en ese momento los merodeadores, Severus y Emma era no saber lanzar hechizos sin la necesidad de gritarlo. Al contrario, Bellatrix y Lucius lanzaban una y mil maldiciones indescifrables. Los colores verdes era lo único que las distinguía de los demás encantamientos.

-DESMAIUS –gritó con todas sus fuerzas Severus, pero los malditos eran muy rápidos y se defendían en tan solo segundos. Deberían hacer otra cosa y no solo atacarlos en línea recta-. ¡Sepárense!

Poco a poco, todos se fueron abriendo camino, quedando a diferentes distancias y dejando cada vez más desprotegidos a los dos luchadores.

-¡CRUCIO! –gritó Bellatrix, lazando su varita contra Remus, que cayó al suelo torciendo su espalda en todas direcciones y gritando sin piedad al silencio de la noche. Sus contorsiones llamaban la atención de todos los que observaban horrorizados desde la puerta del Gran Salón. Sus gritos desgarradores les hacían acordar a su horrorosa transformación.

-¡Suelten las varitas! –exigió Malfoy en medio de los gritos que se multiplicaban conforme la tortura seguía- ¡Suéltenlas ahora!

-EXPELIARMUS –gritó Sirius por sobre todo el barullo, sacándole de la mano la varita a Lucius Malfoy, que huyó con el rabo entre las piernas hacia adentro del Gran Salón.

Bellatrix dejó de torturar a Lupin y se dirigió hacia los que quedaban. Nuevamente, las maldiciones eran lanzadas hacia un lado y hacia otro, y eran igualmente esquivadas. Miles de hechizos, acompañados por sus nombres volaban por los aires: Expeliarmus, Desmaius, Impedimenta, Expulso, Rictusempra, Evertestatil, y muchos otros salían de las bocas de Severus, Sirius, James, Peter y Emma.

Remus no podía levantarse. Estaba en el suelo, recuperándose del dolor cuando una mano fría y pálida lo tomó del cuello. Con una fuerza descomunal, Bellatrix levantó al muchacho y lo usó de escudo. La astucia de Bella, por más que era muy repetitiva, le permitía atacar a diestra y siniestra sin la necesidad de cubrirse con hechizos. Esta vez, con Remus de escudo, ninguno de los merodeadores o Emma se atrevían a atacar. La sucia y vil manera de atacar bajo un escudo humano era deplorable. Incluso hacía que Severus no se animara a dañarlo.

Las maldiciones volaban por el aire, de acá para allá, pasando sobre las cabezas o siendo esquivadas audazmente. Pero la mano de Bellatrix era ágil y no tardó en derribar a Peter con un Crucio. Remus, que ya se había recuperado de su dolor, no podía ver la tortura, al igual que Emma y James. Sirius y Severus, al contrario, estaban centrados en Bellatrix: la única forma de detenerla era, al menos, sacándole la varita.

Ambos recordaron la promesa que se hicieron y no se arrepintieron de nada. Esto lo debían hacer juntos si querían salvarla. No se podían permitir perder esta batalla.

-¡SIRIUS, CUIDADO! –gritó Emma, advirtiéndole a Sirius de una maldición que corría peligrosa hacia él. Un momento antes de que lo tocara, se hecho al piso rápidamente y se salvó de algo, una tortura o la muerte, que no quería probar.

Para su sorpresa, Severus lo ayudó a levantarse. Si bien era raro, se entendía luego de ver a Emma lanzando uno y mil hechizos hacia Bellatrix, que nuevamente se hallaba descubierta, pues había arrojado a Remus junto con Peter. Nuevamente, los hechizos se abalanzaban contra Bellatrix, que estaba sola y seguía lanzando incansablemente miles de maldiciones.

Entonces, en un intento desesperado por desarmarla, ambos, tanto Sirius como Severus, lanzaron un chorro de hechizos. Ahora, ambos estaban uno junto al otro, de modo que Bellatrix concentró sus disparos en esta zona. Ya todos estaban cansados de esquivar tantas maldiciones, pero Bellatrix recién comenzaba. James, por mucho que se estuviera esforzando, no era rival para Bellatrix, que lo derribó con un certero Crucio, que le dio de lleno en el pecho. Se retorció en el suelo como sus amigos hasta que Emma le tiró un Desmaius a Bellatrix, cortando así la maldición. Ya débiles, James, Remus y Peter no podía seguir luchando: se sostenían de las paredes y se incorporaban, pero el dolor en su cuerpo volvía a cada momento. Ahora solo quedaban tres contra uno.

Los hechizos volaban hacia todos lados, y de casualidad no le daban a ninguno de los espectadores. Las maldiciones también hacían eco en el Vestíbulo, pero se perdían en el aire, chocando con las paredes o contra los ventanales o el techo. Sirius y Severus luchaban por Emma, mientras que ella no solo luchaba por su propio bienestar, sino también por el de sus Romeos, después de todo, eran sus amigos en ambos tiempos y los amaba a ambos. De vez en cuando dirigía pequeñas miradas hacia ellos, para asegurarse de que se encontraban a salvo.

Miradas que Bellatrix captó en solo segundos.

James, Remus y Peter se había retirado hacia el Gran Comedor, lo que les permitía a todos una mayor posibilidad de desplazamiento.

Esas miradas habían sido la clave para Bellatrix: ahora ella ya sabía cómo acabar con esto.

Sirius y Severus se hallaban cerca del otro. Si bien trataban de derrotar a Bella para que no lastimara a Emma, debían dejar que ella peleara por su cuenta. Bellatrix se abalanzó con una maldición tras otra hacia los muchachos, arremetiendo con todos los conjuros que sabía, sean o no maldiciones imperdonables.

Ante el chorro de hechizos, Severus resbaló en un escalón de la escalera, siendo un blanco perfecto para la malvada serpiente. Rodó unos centímetros hacia la derecha, los suficientes como para esquivar la maldición que era enviada en su contra. Cuando se puso en pie, ayudado por Sirius, retrocedió unos pasos, pues las maldiciones aumentaban en número. Ambos subieron unos cuantos escalones, hasta estar en el rellano de la escalera. Desde allí, los hechizos que ellos lanzaran llegarían tarde y Bellatrix tendría mucho tiempo para esperar y protegerse, pero no podían avanzar un poco, pues los hechizos no paraban de salir de la varita de la malvada bruja.

De pronto, un potente grito se oyó de la boca de Bellatrix: AVADA KEDAVRA. La maldición era dirigida una y otra vez hacia los muchachos, que las esquivaban como podían. No fue solo un Avada Kedavra, sino mil. Ambos estaban muy nerviosos: ahora también sus vidas corrían peligro de muerte y eso los aterraba. No querían morir de tan jóvenes.

Y entonces ocurrió, un traspié que les costaría mucho: Sirius resbaló en el borde del último escalón de la escalera y tiró consigo a Severus. Inmediatamente, la gélida voz de Bellatrix Black surcó los aires con un Avada Kedavra verde como su propia casa. Emma, en un acto desesperado impulsó a ambos fuera del combate con un Expulso, pero ya era demasiado tarde: cuando se dio la vuelta, tenía encima una luz verde.

A partir de allí, los segundos pasaron lentos y asesinos para Sirius y Severus: la muchacha, viendo la distancia que todavía debía recorrer el hechizo, se protegió con un Protego. Pero fue inútil, pues el poderoso maleficio atravesó el escudo como a una nube de humo.

La carcajada que profirió Bellatrix no se oía, pues todos los ojos estaban puestos en Emma: el rayo verde había alcanzado su pecho.

Lentamente cayó hacia atrás, retumbando contra los escalones, ya sin vida. Sus ojos color miel habían perdido ese brillo de vida y su cara estaba endurecida en una mueca de terror y desesperación. Sirius y Severus corrieron a su lado, con las lágrimas en sus mejillas y ojos, profiriendo su nombre una y otra vez a la negra realidad. Pero sus voces no sonaban: gritaban, pero no se oían. Ambos, cada uno a un lado de la chica que yacía allí tirada, lloraron inmensamente su pérdida.

La maligna carcajada continuaba, pero para ellos no había sonido ya que valga la pena, pues habían perdido su sentido en la vida. Unas manos tiraron de ambos, apartándolos de Emma. Ellos forcejeaban, pero no podían soltarse. Severus, finalmente cayó a los escalones, exhausto, mirando a la chica que había amado con todo su corazón y su alma y llorando su desventura. Sirius, reconociendo a su amigo James con lágrimas en los ojos, se aferró a él y lloró en su hombro.

Ambos, en esa noche que nunca podrían olvidar, habían perdido a su amada.

Habían perdido a su Julieta.