Capítulo 4 El postre de Snape

Snape volvió al poco rato. Dejó unas cosas sobre la mesa de la cocina.

-¿Qué es todo eso? –preguntó Edelmira, con curiosidad.

Harry, desde su rincón, también sintió curiosidad por saber qué era lo que le causaba curiosidad a la señora Edelmira. Se dio vuelta, discretamente. Pero Snape lo vio, al instante, y le ordenó que se volviera a su rincón. Harry obedeció, a regañadientes.

-Unas cosas que necesito, Edelmira –contestó Snape-. Voy a necesitar usar parte de la cocina, si no tienes inconveniente.

-No. Ninguno –contestó Edelmira.

En eso la puerta se abrió, y entró la señora Helena.

-¿Qué significa esto, mi niño? –preguntó enojada-. ¿Qué es eso de llegar a mi casa, y no ir a saludarme de inmediato?

-Lo siento –contestó Snape.

Harry oyó como se acercaba a ella, y como le daba un beso.

-¿Y qué está haciendo Harry ahí? –preguntó enseguida.

-Está castigado –respondió Snape, sin entrar en detalles.

-¿Y por qué? –preguntó la anciana, con voz de extrañeza.

-Usted no se preocupe tía –le contestó Snape tratando de distraerla-. ¿Cómo va su bordado¿Terminó la vela del barco, esa que le estaba dando tanto trabajo?

-¡No se te ocurra cambiarme de tema! –respondió enojada-. ¿Por quién me tomas¿Una tonta¡Contesta a mi pregunta!

Harry se rió disimuladamente. ¡Cómo resultaba gratificante escuchar a Snape siendo amonestado por la veterana! "Si, hay justicia en el mundo" pensó feliz, sonriendo de oreja a oreja.

-No, tía. Claro que no creo que sea tonta –contestó Snape, con mucha calma-. Es sólo que no quería cansarla con…

-¡Deja de tratarme como si fuera una inútil! –lo interrumpió la anciana.

Se escuchó un golpe, y un "auch" disimulado. Era la voz de Snape. Harry se regocijó imaginando que la anciana le acababa de dar un bastonazo a Snape, en alguna parte, y deseó poder mirar. No se aguantó más, y se volvió disimuladamente. Vio que Snape se estaba sobando una pierna, y se volvió hacia el rincón antes de que se diera cuenta de que lo había visto.

-Señora, no se altere… -intervino Edelmira.

-¡Preocúpate de la cena y no te metas! –le ladró la anciana. Luego continuó -¿y tú, mi niño¿Me vas a decir por qué tienes a este chiquillo castigado?

Harry pensó que Snape no se arriesgaría a provocar la ira de la anciana nuevamente, y tuvo razón. Snape contestó de inmediato.

-¿Recuerda la niña que vino hace un rato?

-Si, claro. ¿Por quién me tomas¿Crees acaso que ando olvidando las cosas?

-No tía, claro que no –continuó Snape, con mucha calma-. Pues Harry fue anoche a casa de esa chica. Y fumó algo que ni él sabía qué era. Y luego, mintió diciendo que él no había hecho nada. Está castigado porque no tenía permiso para salir de la casa, porque tiene prohibido fumar, o quemar lo que sea, y por mentiroso. ¿Entiende?

-¡Claro que entiendo! –contestó la anciana-. ¿Crees que no entiendo nada cuando me hablan¿Eso crees¿Ah¡Respóndeme!

Snape suspiró.

-No, claro que no… -contestó con voz cansada-. Siento mucho haberle hecho sentir eso, tía.

-Está bien, mi niño… -respondió la anciana, con una voz más dulce-. Eres realmente un angelito¿sabes? En mis tiempos, este mocoso se habría llevado unos buenos guascazos…

El comentario borró completamente la sonrisa que se había formado en la cara de Harry. Se preguntó, alarmado, qué demonios sería un guascazo.

-Señora, no les de ideas… -intervino Edelmira, con voz conciliadora.

"Si, señora, por favor no le de más ideas" rogó Harry, en silencio.

-¡No seas entrometida! –le espetó la anciana-. Estoy hablando con mi niño.

Pero Snape no contestó, y Harry oyó que volvían a sonar algunas cosas sobre la mesa. Su curiosidad pudo más, y se volvió por unos instantes. Alcanzó a ver un caldero, y varios frascos.

-¿Qué es todo este bazar? –preguntó la señora Helena con curiosidad.

-Quiero preparar una poción que necesito –explicó Snape.

-¡Ya recuerdo! –dijo entusiasmada la anciana-. Mi hermano Solon, tu abuelo, tenía una cacerola como la tuya…

-No es una cacerola, tía. Es un caldero –explicó Snape.

-¿Y qué vas a preparar? –preguntó la anciana con entusiasmo.

-Algo mucho mejor que "unos buenos guascazos", como los llama usted –contestó Snape, riendo.

-¡Anda, mi niño! No seas cruel… Dime que me muero de la curiosidad.

Ahora que sabía que lo que iba a preparar Snape era para él, Harry se preocupó. ¿Qué sería?

-Yo también tengo curiosidad –intervino Edelmira-. ¿Nos vas a decir?

La anciana no hizo callar a Edelmira esta vez. Harry supuso que sólo lo hacía cuando le daba la contraria.

-Ya van a ver, se los aseguro. Ya van a ver… –dijo Snape con voz de misterio-. Harry lo va a pensar muchas veces antes de volver a hacer otra tontería.

-No hable de mi como si yo no estuviera –intervino Harry, molesto.

-¡Tú te callas! –le espetó la anciana-. ¡Callado, en tu rincón!

Harry apretó la mandíbula, fastidiado. Le hubiera contestado algo de buena gana, pero ya temía que también le llegara un bastonazo a él. Sintió una risita disimulada de Snape, y sintió todavía más ira. Sintió también ganas de acomodar su afligido trasero en el taburete, pero se abstuvo. No tenía deseos de darle a Snape más motivos para reírse de él.

El tiempo pasó. Harry se aburrió mucho. Su Angelito intentó consolarlo, y su Diablito le aseguró que ya se vengarían más tarde… Su Angelito le dijo que no escuchara a ese imbécil, pero el susodicho le gritó que ese imbécil le haría tragar su ridícula aureolita. Angelito ignoró al enemigo, y le dijo a Harry que aprendiera de todo lo que le había pasado, y Diablito agregó que si: que aprendiera para otra vez a hacer las cosas bien, para que no lo descubrieran…

Finalmente, Edelmira anunció que la cena estaba lista. La señora Helena salió de la cocina diciendo que por fin, que ya tenía hambre. Snape se acercó a Harry, y le puso una mano en el hombro.

-Puedes pararte –le dijo-. Vamos.

Al atravesar la cocina, Harry notó que había un caldero humeando al lado de una cacerola con papas cocidas. Ya no había fuego debajo de él, por lo que supuso que ya estaría enfriándose. Miró a Snape, con escepticismo.

-¿Qué está preparando, señor? –preguntó.

-Ah… -le dijo Snape con burla-. Es una sorpresa que te daré después de la cena. El postre perfecto para malcriados como tú. Espera y verás…

-Y yo espero que no sea veneno –murmuró Edelmira-. O yo misma te voy a hacer tragar tu caldero.

La cena eran hamburguesas y papas. A pesar de que le gustaba, Harry no lo disfrutó. Su mente revoloteaba en torno al caldero, en espirituales intentos por volcarlo. Pero la magia involuntaria no funciona a pedido, y el caldero continuó enfriándose en la cocina, sin derramar su contenido.

Cuando Edelmira fue a buscar el postre, Snape también fue a la cocina. Edelmira volvió con una fuente de leche asada, que llenó el comedor con su delicioso olor a vainilla. Snape llegó con un vaso pequeño, que tenía un poco de la poción que había preparado.

La señora Helena lo recibió con entusiasmo, como si fuera a comenzar una película de estreno. Harry se imaginó empujándola por la escalera, o haciéndole tragar su dichoso bordado (Angelito lo miró alarmado, y comenzó a intentar disuadirlo, mientras Diablito lo felicitaba, diciéndole que estaba progresando). Edelmira en cambio miró al brujo con desconfianza, mientras servía el postre.

-A Harry no le sirvas –dijo Snape-. Harry no comerá postre por una semana.

Harry se puso colorado. ¿Lo estaba haciendo a propósito¿Pensaba seguir tratándolo como si fuera un niño, delante de todos? Lo miró con odio, mientras se acercaba.

-Toma –le dijo pasándole el vaso-. Bébelo todo.

Harry fue conciente de que todos lo miraban, y tuvo el impulso de arrojar el vaso lejos. Pero no lo hizo. No por falta de ganas, sino porque no serviría de nada: había visto el caldero lleno en la cocina. Snape sólo se enojaría más con él, y le traería otro vaso.

Al principio no ocurrió nada, pero después de unos segundos sintió algo parecido a lo que había sentido en todo el cuerpo, con la poción multijugos. Se preguntó asustado en quién (o peor aun, en qué) se estaría transformando. Comenzó a encogerse, y gritó. Edelmira dejó caer la espátula con la que estaba sirviendo el budín, y también gritó. Corrió hacia él.

-¿Qué le hiciste, Severus? –preguntó enojada.

Snape sólo se rió.

-Nada grave, Edelmira. Nada grave.

Finalmente, Harry sintió que su cuerpo dejaba de cambiar. La ropa le quedaba más grande de lo habitual, pero sus manos se veían humanas. Se sentía normal, de hecho. Más pequeño, pero normal.

-¿Qué…¿Qué me hizo? –preguntó preocupado.

-Te di una poción rejuvenecedora –aclaró Snape, sonriendo con malicia-. En la dosis justa… Ahora SI eres un niño pequeño, Harry. Tienes unos nueve años, a lo más. Y te vas a quedar así, por una semana, como parte de tu castigo.

-¿Parte? –preguntó Harry, poniéndose de pie. Se tuvo que agarrar los pantalones, que ahora le nadaban. Notó que la playera de mangas largas que traía le tapaba hasta las rodillas, y que las mangas le quedaban largas-. ¿No le parece que exagera?

La risa de la señora Helena los interrumpió. Harry la miró con odio. Deseó gritarle algo, pero se contuvo. Así, desde la altura de la que miraba ahora, los adultos se veían bastante más intimidantes.

-Acompáñame a tu cuarto, Harry –le dijo Snape con una risa burlona.

Harry lo miró asustado. No sabía lo qué le esperaba, pero tampoco podía descartar otra paliza. ¡No¡Tenía que hacer algo! Vio a Edelmira junto a él, e intentó ponerse detrás de ella. Ella parecía no compartir la opinión del brujo… ¡Ella podría defenderlo!

La idea de Harry hubiera podido resultar, de no ser porque al intentar irse a parar detrás de la señora, se tropezó en la bastilla de sus propios pantalones, demasiado grandes para él. Fue a dar de bruces al suelo.

-¡Ayyy Ayyy Ayayayyy! –se reía convulsivamente la viejita-. ¡Me recuerdas tanto a tu abuelo, mi niño! Le hizo lo mismo a tu padre, una vez, cuando lo sorprendió jugando con su escopeta…

Snape la miró sorprendido, y tomó nota mental de preguntarle más tarde por esa historia. Y por otras historias… Deseaba escuchar todo lo que la anciana pudiera contarle, sobre todos aquellos que no había podido conocer.

Estaba pensando en eso cuando Harry, enredado en su propia ropa, lo distrajo. Se acercó, y lo ayudó a ponerse de pie. El niño se dejó ayudar, pero una vez que estuvo de pie nuevamente lo miró asustado, e intentó alejarse. Snape le tomó una mano, y lo obligó a seguirlo.

Cuando estuvieron en su cuarto, Harry intentó soltarse de Snape. Pero Snape no lo soltó. Lo llevó hasta la cama, y lo obligó a sentarse. Harry no pudo evitarlo, y comenzaron a picarle los ojos. Estaba asustado. Tenía ganas de echarse a llorar, y lo hizo. Tenía ganas de desaparecer. Oh… ¡como tenía ganas de desaparecer!

Snape lo quedó mirando.

-¿Puedo confiar en que todo lo que has hecho no se va a volver a repetir? –preguntó el brujo.

-Si señor –contestó Harry, intentando parar de llorar.

-Y no quiero que te vuelvas a acercar a esa chica –continuó Snape-. Ni a ella, ni a sus amigos, ni a su casa. ¿Entendido?

-¿Por qué no me puedo acercar a ella? –preguntó Harry, fastidiado, secándose la cara con la inmensa manga-. ¿Qué problema hay con que me haga amigo de los vecinos?

-No te hagas el que no entiendes, Harry –contestó Snape-. No te quiero cerca de nadie que fume algo. ¿Te queda claro?

-Si, clarísimo –contestó Harry con frialdad.

-Y no vuelvas a salir sin permiso.

-Si, señor.

-Y no te atrevas a mentirme nuevamente, Harry. Créeme, si te vuelvo a descubrir intentando engañarme, te vas a arrepentir. ¿Estamos de acuerdo?

Harry deseó gritarle "NO, NO estoy EN ABSOLUTO de acuerdo". Deseó poder exigirle que lo devolviera a su forma adulta. O casi adulta… Pero no se atrevió. Bajó la vista.

-Si señor –contestó finalmente.

-Está bien. Ahora acuéstate. Pasarás lo que queda de hoy, y todo el día de mañana en la cama, haciendo NADA. ¿Entendido?

-Si señor –contestó Harry con amargura.

Snape salió, y Harry se puso de pie. Pateó una pantufla con fuerza, y casi se cae por culpa de lo largos que le quedaban los pantalones. ¡La parte donde las piernas se separaban le quedaba casi a la altura de las rodillas! Fue a su baúl a buscar el pijama, y lo miró preocupado. Era menos grande que la ropa que usaba habitualmente, ya que no lo había heredado de su primo (Sirius se lo había regalado). Pero, de todos modos, era demasiado grande para el cuerpo que tenía ahora.

Finalmente se encogió de hombros, y se lo puso de todos modos. Total, nadie lo vería. Tiró su ropa inmensa lejos, con rabia. Se volvió a sentar en la cama, y notó con todavía más rabia que todavía le molestaba un poco el trasero. Luego recordó con alivio que Snape no le había vuelto a pegar, como había temido en el comedor. Eso era algo por lo cual alegrarse, al menos… ¡Pero pasaría una semana entera con un cuerpo de niño, mirando a los demás hacia arriba¡Y pasaría un día entero aburriéndose en la cama! Oh si… ¡como se arrepentía de haber ido a esa estúpida fiesta!

AN: gracias por los review :)