Capítulo 5 La venganza de Harry
Harry estaba fastidiado. Harry no tenía sueño. En la casa, todos ya se habían ido a dormir. Todo estaba en silencio.
Bueno, casi todo…
A: Ya cálmate, Harry. Debes ser razonable.
D¡Oh, cállate! No le hagas caso al emplumado, Harry.
A¡Cállate tú, coludo de pacotilla! Harry necesita descansar. Ha tenido un día…
D: JUSTAMENTE. ¡Harry ha tenido un día terrible, con toda esa tropa de adultos entrometiéndose en su vida, y humillándolo! Lo que tienes que hacer, Harry es…
A: Dios se complace en los humildes. ¡No lo escuches Harry¡Este Demonio te llevará a la perdición!
D¡Perdición mis barbas! Lo que Harry va a perder es su vida y su DIGNIDAD si no hace algo para ponerlos en su sitio.
A: Harry, cierra tus oídos a la necedad. Serena tu alma, busca la paz…
Diablito agarró a Angelito de su aureola. Le dio varias vueltas por el aire, tomando impulso, y lo lanzó como una maza. Angelito chocó contra la puerta, y cayó al suelo, inmóvil. Diablito miró satisfecho, y se sentó cruzado de piernas en los hombros de su chico.
D: Ahora si podemos hablar tranquilos, Harry. Escúchame bien lo que te voy a decir, mira que es muy importante. Estos Adultos están haciendo tu vida miserable. Y tú eres casi un adulto. No debes permitir que otros tomen de ese modo el control de tu vida. Debes hacer valer tu opinión, y defender con todas las armas que tengas tu lugar en el mundo. Y tu lugar en el mundo lo debes escoger tú. ¡No debes permitir que otros lo escojan por ti! Ellos ya vivieron sus vidas, y debes hacerles entender que tú decidirás cómo quieres vivir la tuya. ¡No dejes que ellos te manejen, como si no fueras más que un monigote! Ojo por ojo, diente por diente. Debes recordar eso siempre.
Harry se rascó la cabeza pensando. Se sentía enojado. Recordaba el modo en que la señora Helena se había reído de él, después de la cena. Recordaba el modo en que había celebrado a Snape por su idea. Recordaba el modo en el que lo había hecho callar, en la cocina, y el modo en que había dicho que lo castigarían si estuvieran "en sus tiempos". Harry no estaba seguro de lo que había querido decir con "guascazos", pero estaba casi seguro de que eran golpes. O algo equivalentemente perverso. Deseaba vengarse. Deseaba hacerla pagar…
D¡Ese es mi niño! Creo que todavía hay esperanzas para ti… Estoy orgulloso ¿sabes? Estás empezando a ver la luz. Ahora veamos… decidiste empezar por el vejestorio ese. No está mal, aunque yo hubiese partido por el tirano de tu padrino. Pero ya habrá tiempo más tarde. Por ahora centrémonos en encontrar el modo de darle al ancestro ese lo que se merece.
Harry miró la ventana, buscando inspiración. ¡Y de pronto tuvo una idea! En las vacaciones de pascua, había visto que Edelmira despertaba todas las mañanas a la veterana con un vaso lleno de una infusión de hierbas. Si… Era el plan perfecto. La señora Helena pagaría, si. ¡Y nadie podría echarle la culpa a él!
Harry se levantó, se arremangó los pantalones del pijama para no tropezar, y fue hacia la puerta. La abrió con cuidado, y salió. Caminó por el pasillo y bajó la escalera de puntitas, para no hacer ningún ruido. Se fue directo a la cocina. El caldero con el "postre" de Snape seguía donde mismo, y el jarrito en el que Edelmira dejaba preparándose la infusión en la noche estaba donde lo dejaba siempre, tapado con una servilleta.
-Ya verá… -murmuró feliz.
D: Si, ya verán. ¡Oh, muchacho! Eres tan brillante…
Harry acercó el jarrito al caldero, y con una cuchara comenzó a verter poción dentro de la infusión. Notó con regocijo que ni el color ni la transparencia cambiaban mucho, por lo que se atrevió y le echó varias cucharadas más. Calculó que le había agregado lo suficiente como para rejuvenecerla a ella también. Ignoraba cuantos años serían, pero no le podía seguir agregando más poción. Si el sabor o la apariencia cambiaban demasiado, ella lo notaría y no se la bebería. Dejó todo como lo encontró. Lavó y guardó la cuchara donde mismo. Miró el resultado. Perfecto. Nadie podría decir que había estado allí.
Satisfecho, volvió con mucho cuidado a su cuarto. Se metió nuevamente a la cama. ¡Estaba tan impaciente! Aunque se tuviera que quedar en la cama todo el día, al menos podría divertirse imaginando la cara de la vieja cuando se viera que estaba mucho más joven. Pero, de pronto, perdió parte del entusiasmo… ¡La vieja era tan vieja, que probablemente ni lo notaría!
Tal vez no había sido una tan buena idea después de todo. ¿Qué gracia tenía una venganza, si la persona ni siquiera se daba cuenta? Harry se encogió de hombros. Bueno, había dos posibilidades: o la señora si rejuvenecía notoriamente, y la venganza resultaba, o bien la señora no se daba ni cuenta, y no resultaba. En el segundo caso, tendría que buscar otra forma de desquitarse. En fin… ya vería eso al otro día.
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Diablito se puso de pie apenas oyó en el pasillo los pasos de Edelmira, que acababa de levantarse. Rápidamente comenzó a picanear a su protegido con el tridente. Angelito, que durante la noche había vuelto a su lado, también se despertó.
A¡No seas majadero! Déjalo dormir. Harry tiene que pasar el día entero en la cama, y si lo despiertas ahora comenzará a aburrirse desde mucho más temprano.
D: Métete en tu vida, plumero, que el asunto es entre el chico y yo. ¡Vamos Harry, despierta!
Harry abrió los ojos, preguntándose qué hora sería. Escuchó los pasos de Edelmira bajar la escalera. Miró la hora, y sonrió. ¡A tiempo para el show! No podía esperar. Oh… ¡Cómo deseaba que Edelmira se diera prisa!
Lo que le pareció una eternidad más tarde, Harry escuchó lo que había estado esperando escuchar: los pasos de Edelmira pasando de vuelta de la cocina, y la puerta del cuarto de la anciana abrirse. Apoyó la cabeza en el muro, que por fortuna colindaba con dicho cuarto. Oyó claramente como Edelmira le daba los buenos días a la señora Helena. Esperó. "Ya se debe estar tomando su infusión", pensó Harry con impaciencia. Esperaba escuchar el grito, cuando comenzara a hacerle efecto. Y de pronto…
-¡Ahhh!
Harry levantó las cejas, sorprendido. La anciana no había gritado. La que había gritado era Edelmira. Luego la puerta del cuarto de la anciana volvió a abrirse, y la mujer volvió a gritar:
-¡SEVERUS¡Ven rápido!
Harry escuchó salir corriendo a Snape de su cuarto, y comenzó a inquietarse. ¿Le habría puesto demasiada poción? Lo dudaba. Calculaba que le había puesto igual de poco que lo que él se había tenido que tomar. A lo mejor un poco más. Pero no mucho. No podría haber rejuvenecido tantos años como para asustar de ese modo a Edelmira. ¿O si?
A: Parece que la embarraron… ¡Tú y tus ideas!
D: No me mires a mi, que la idea fue del chico.
Harry intentó oír más, pero solamente distinguió que Edelmira llamaba por teléfono y pedía una ambulancia. Se alarmó. Fue conciente de que el corazón le palpitaba muy de prisa, cerca del cuello.
-¿Qué hice? –se preguntó angustiado.
¿Qué haría si la anciana moría? Recordó a Cedric. Recordó a Sirius. ¡No quería ser responsable de otra muerte¿Qué demonios podía hacer?
D¡Bah! De todos modos era ya muy vieja.
A¡¡¡CALLATE DEMONIO! Harry, escúchame: debes decirles lo que pasó. Tu padrino podrá hacer algo por ella, si sabe lo que tomó.
Harry se puso de pie rápidamente. ¡Al diablo con la venganza! Tenía que decirles lo que había hecho antes de que fuera demasiado tarde.
En el dormitorio de la señora Helena estaba todo conmocionado. La viejita yacía sobre su cama revuelta, y su piel estaba morada. Snape estaba junto a ella, con cara de impotencia. Edelmira notó al niño junto a la puerta, y lo hizo salir.
-No te asustes, cariño –le dijo-. La señora tuvo un ataque, pero todo va a estar bien. Vuelve a tu cuarto. ¿Quieres?
-No, tengo que hablar con mi padrino –insistió Harry, pasando por debajo de los brazos que intentaban retenerlo. Snape notó en su presencia.
-Harry… Ahora no tengo tiempo. Vuelve a tu cuarto y más tarde hablamos.
-¡Es que es mi culpa –confesó Harry rápidamente-! Es la poción. Yo… yo le eché de la poción en su infusión de la mañana.
Edelmira, al escucharlo, se echó a llorar. Snape en cambio lo quedó mirando unos milisegundos, como procesando la información, y corrió a su cuarto. Volvió a los segundos y le metió algo en la boca a la anciana.
-¿Qué es eso? –preguntó Harry.
-Deberías saberlo… -murmuró Snape-. Un bezoar. Contrarrestará en parte los efectos de la poción.
-¿Qué le va a pasar? –preguntó Harry preocupado.
-Mejor preocúpate por lo que te va a pasar a ti –murmuró Snape.
-¿Pero ella? –preguntó Harry, todavía alarmado por la salud de la anciana-. ¿Ella estará bien¿No le puede usted dar un antídoto?
-Además de irresponsable, eres un mago idiota Harry. ¿No te das cuenta de que ella no es bruja¡No podemos darle pociones de las nuestras¡Nunca se sabe los efectos que producirán en ellos¡Por más que quisiera, no le puedo dar un antídoto! Podría matarla, Harry.
Harry lo miró asustado, y tragó saliva. ¿Cómo podía haber hecho algo así?
-¿Entonces usted no puede ayudarla? –insistió, sintiendo un nudo en la garganta.
-Ya le hice tragar un bezoar… Eso no le puede hacer mucho daño, al corto plazo al menos. Y la piedra probablemente la ayude bastante, hasta que los muggles le hagan un lavado de estómago, o algo así.
Harry se sentó en el suelo, y se echó a llorar. ¡Cómo deseaba poder hacer algo!
Finalmente llegó la ambulancia. Se llevaron a la viejita. Edelmira y Snape se miraron por unos segundos, como decidiendo cual de los dos se iba con ella. Finalmente ganó la sangre, y fue Snape quien se fue. Edelmira y Harry se quedaron en el vestíbulo, viendo la ambulancia alejarse. Todos los perros del barrio ladraban, alarmados con la sirena. Finalmente Edelmira cerró la puerta. Harry notó que estaba pálida, y tenía los ojos muy rojos.
Edelmira salió de pronto del trance, y miró para abajo, a Harry.
-Buena la que haz armado… -le dijo con rencor.
Harry sintió nuevamente un nudo en la garganta, y se le salieron las lágrimas.
-Lo siento –contestó bajando la vista-. Era sólo una broma. No sabía que le iba a hacer tan mal. Yo pensé que con eso rejuvenecería unos años. ¡Yo no quiero que se muera!
Edelmira suspiró. Se agachó un poco, y lo abrazó.
-Si te creo. No tenías como adivinar… -lo consoló. Luego agregó con más enfado-: la culpa la tiene Severus, por preparar estupideces y dejarlas al alcance de un niño.
-No, no es su culpa –respondió Harry, llorando en su hombro-. Yo la embarré. No debería haberle echado eso en la tizana de la señora Helena. No lo pensé. Soy un estúpido…
-Bueno, si –dijo Edelmira, con fingida seriedad-. En realidad eres un poco estúpido. ¡Pero sólo un poquito!
La mujer consiguió lo que quería: Harry soltó una risita.
-Acompáñame a la cocina. Necesito un café cargado…
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El tiempo pasó lentamente para Harry. A cada instante veía a la señora Helena morada, muriendo. Edelmira le sirvió desayuno, pero se sintió incapaz de tragar nada. Ambos pasaron una larga mañana, sentados en la mesa de la cocina, en silencio, esperando noticias.
Las noticias llegaron finalmente en forma de una llamada de teléfono. Edelmira corrió a contestarlo, y Harry corrió detrás de ella.
-¿Si?
-Si, soy yo Severus. ¿Quién mas va a ser¿Cómo está la señora…?
-¡Gracias a Dios¿Cuándo le dan el alta?
-¡Uf! Que alivio…
-¿Harry? Aquí, a mi lado. ¿Quieres hablar con él?
-Ah… está bien. Disculpa, no lo sabía. Yo le digo, si.
-Ok. Nos vemos.
La señora Edelmira colgó, y se quedó mirando a Harry con las manos en la cintura.
-¿Va a estar bien? –preguntó Harry, para confirmar lo que había entendido de la conversación de Edelmira con Snape.
-Si. Volverá esta noche. Gracias a Dios no fue grave –contestó aliviada. Luego lo miró, lo agarró de una mano, y lo llevó escalera arriba.
-¿Qué pasa? –preguntó Harry, alarmado.
-Pasa, Harry, que tu padrino me acaba de decir que tú tenías que quedarte hoy castigado, en la cama. ¿Por qué no me lo dijiste?
-Lo había olvidado –confesó Harry-. Con todo lo que pasó…
-Está bien, te creo –le dijo Edelmira abriendo la puerta-. Pero Severus me pidió que te lo recordara. De modo que métete a la cama, y no hagas nada. ¿De acuerdo?
-Si señora Edelmira –murmuró Harry. Y obedientemente se metió a la cama.
Edelmira se fue satisfecha. Harry miró el techo, aliviado. ¡La señora Helena estaría bien! Eso era lo principal. Snape estaría furioso. Si, eso era más que seguro. Pero Harry no podía culparlo. Por poco y mandaba al otro mundo a uno de los pocos parientes vivos que le quedaban. Y ya Sirius había muerto por su causa. Definitivamente, Snape tenía todo el derecho del mundo de enojarse con él.
Sería una larga tarde.
AN: Pobre Harry… Jajaja. Esta vero que lo molesta tsk tsk tsk. Gracias por sus reviews :-
