Capítulo 11 Otra escapada
Pasó el día jueves, sin complicaciones. Como no habían quedado en nada, Hermione no volvió a visitar a Harry. El chico se pasó el día haciendo su ensayo de transformaciones, y logró terminarlo bien avanzada la tarde con lo que su amiga le había explicado el día anterior. Lo releyó. Esperaba que estuviera bien. Le hubiera gustado que Hermione se lo hubiese corregido, pero ya era demasiado tarde para llamarla.
Harry se puso de pie, y se estiró. Afuera pronto oscurecería. El cielo era naranja y morado. Abrió la ventana, para que entrara el aire. Recordó que al otro día Snape se iría, y no volvería sino hasta el fin de la semana siguiente. ¿Cómo podía hacerle eso?
En realidad, no sabía porqué le molestaba tanto. Siempre había vivido con muggles. ¿Qué había de malo en que Snape se fuera? No tenía idea. Y, sin embargo, algo le dolía debajo del ombligo.
¿En qué podía pasarse el resto de la tarde? No tenía deseos de continuar haciendo los deberes. Tampoco podía salir.
Se tiró sobre la cama, a mirar el cielo que cambiaba de color en la ventana. Lo vio volverse negro poco a poco, hasta que el poste y los cables que formaban el paisaje ya no se distinguían con claridad.
Así, sin otro ruido que el de su propia respiración, oyó el teléfono sonar en el cuarto de al lado (el de la señora Helena). Alguien abajo lo contestó. Se sorprendió de escuchar pasos subir la escalera, y de ver que su puerta se abría. En todo el día, sólo había visto a Edelmira, cuando le había llevado el desayuno, el almuerzo, y un té a media tarde.
La mujer entró, y prendió la luz. Harry parpadeó varias veces, encandilado.
-¡Tan a oscuras que estás, Harry! –comentó con desagrado-. Anda a contestar el teléfono. Es tu amiga Hermione.
Harry se levantó, contento de que algo rompiera la monotonía.
-¿Y está segura de que puedo bajar? –preguntó inseguro.
-Si –le dijo Edelmira, sonriendo-. Tu padrino no dijo que no podías.
Harry bajó detrás de ella. Notó que Snape estaba en la sala, con la señora Helena. Levantó el auricular.
-¿Hermione?
-Yo estoy bien, aunque un poco aburrido. Al meno ya terminé el ensayo para McGonagall. ¿Y tú? ¿Tienes todo listo para mañana?
-Ya veo. ¿Para qué me...?
-¿Mi escoba? En mi cuarto, ¿por qué?
-No me digas...
-Está bien. ¡Gracias por avisarme! Y dale las gracias a Viktor.
-Está bien.
-A ti también. Que tengas un feliz viaje.
Harry colgó, con un nudo en el estómago, y miró la sala con resentimiento. Subió la escalera apesadumbrado. Snape se iría, y la señora Helena estaba dispuesta a hacer desaparecer su escoba. El regalo de Sirius... Viktor había escuchado a la señora decir que no quería escobas voladoras cerca de su familia.
Apenas llegó a su cuarto, Harry envolvió su Saeta de Fuego en la capa de invisibilidad, y escondió el paquete sobre la estantería más alta. Tuvo cuidado, para no botar ninguno de los adornitos. Era un buen lugar. No se veía, y la anciana no pensaría en buscarla ahí arriba.
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Snape subió a cenar con Harry nuevamente esa noche. Pero no fue una cena grata. Harry no contestó a los intentos del brujo por hacer conversación. Estaba enojado con él, y estaba dispuesto a demostrárselo. De modo que se limitó a contestarle con monosílabos.
Snape finalmente se dio por vencido, y se fue deseándole buenas noches y llevándose las bandejas. Harry se fue a lavar los dientes, y se metió a la cama de inmediato. Sin embargo, se tardó mucho en quedarse dormido.
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El viernes pasó lentamente para Harry. Intentó seguir con los deberes, pero fue poco lo que avanzó. Al final, cuando Snape entró a despedirse, sólo había conseguido llenar un pergamino de dibujitos.
-¿Qué estás haciendo? –preguntó Snape, acercándose.
-Mis deberes –contestó Harry, tapando el pergamino con su ejemplar de Mil hierbas mágicas y hongos-. ¿Y usted, ya se va? –preguntó como si no tuviera ninguna importancia.
-Si. Toma –le dijo tendiéndole su varita. Harry la tomó sin decir nada, y se la guardó en el bolsillo de sus jeans-. No la uses a menos de que sea una emergencia. ¿Entendido?
-Si señor. ¿Algo más? –preguntó Harry fríamente. Snape suspiró.
-Voy a volver la semana próxima Harry. No tienes para qué poner esa cara.
-Esta es mi única cara –contestó Harry desafiante.
Snape negó con la cabeza, pero decidió cambiar de tema. No quería pelear con el chico antes de irse.
-Pórtate bien con la señora Helena y con Edelmira. Por seguridad, dejé una protección mágica en torno a la casa. Ningún desconocido podrá entrar. De todos modos, avisé al director Dumbledore. Me prometió que te vendría a ver de inmediato si algo te ocurría. Así que no deberías tener ningún problema. ¿Está bien?
-Supongo que si –contestó Harry, encogiéndose de hombros.
Snape se acercó para abrazarlo, pero Harry lo hizo a un lado.
-Guarde sus abrazos para su familia, profesor Snape –le dijo con frialdad. Snape se quedó de piedra.
-No seas tonto, Harry. No te estoy abandonando –le dijo.
-Lo sé. Que tenga un buen viaje, y que tenga suerte con su familia –le dijo Harry, tendiéndole una mano. Snape negó con la cabeza, y le dio la mano. ¡Resultaba tan ridículo darle la mano a un chico de 9 años!
-No tiene por qué ser así, Harry.
-Las cosas son como usted quiere que sean –contestó Harry-. Nos vemos la semana próxima. Adiós.
Snape suspiró, y se fue. Cuando la puerta se cerró suavemente detrás del brujo, Harry ya no aguantó más. Los ojos le picaban. Hasta ese momento, había abrigado la esperanza de que Snape cambiaría de idea. Pero eso no había pasado. El brujo se había ido. Sin él. Lo había dejado solo.
Harry se fue a la ventana, y la cerró de golpe. Observó el jardín por un pequeño espacio que la cortina no alcanzaba a cubrir, y vio a Snape atravesar el jardín.
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Cuando Edelmira subió con la cena, volvió a encontrar el cuarto en la penumbra.
-¿Por qué insistes en quedarte a oscuras, Harry? –Preguntó prendiendo la luz.
-Me gusta cuando no hay luz –contestó Harry levantándose.
Edelmira dejó la bandeja sobre la mesita. Harry se acercó, y se sentó. Se quedó mirando el vaso con poción.
-Snape podría al menos dejar que no me la tomara más –murmuró con desagrado.
Edelmira lo quedó mirando con simpatía, le apretó un hombro y le dio un besito en la frente. Luego tomó el vaso.
-Tú di que yo olvidé traértelo, si alguien llega a preguntar –le dijo cerrándole un ojo-. ¿Qué te parece?
-Gracias señora Edelmira –contestó Harry, agradecido. Era un alivio sentir que al menos alguien estaba de su parte.
Edelmira suspiró.
-Encuentro tan tonto que tú tengas que cenar aquí arriba solo, mientras la señora y yo cenamos solas, abajo. Pero tu padrino quedó de acuerdo con ella, y no me dejaría llevarte abajo a cenar con nosotras.
-No se preocupe señora Edelmira. Gracias en todo caso –contestó Harry, sonriendo-. Va ser bueno volver a mi antiguo cuerpo. Al menos, no me voy a tener que arremangar tantas veces los pantalones.
Edelmira sonrió, y tras apretarle una última vez el hombro se fue.
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Harry pasó varias horas mirando el techo, la ventana, los muros... No conseguía quedarse dormido. Escuchó varios automóviles estacionarse en la cuadra, y supuso que habría otra fiesta, en casa de Sonia. Se levantó y se acercó a la ventana. Confirmó sus sospechas. En la casa de la vecina parecía reinar una gran actividad. Deseó ir, aunque se aburriera. Pero el pijama todavía le quedaba grande. Los efectos de la poción de la noche anterior todavía no se habían ido. Resignado, volvió a la cama. Pero se pasó un tiempo pensando que, ahora que volvería a tener su cuerpo de quince años, podría intentar arrancarse unos instantes a casa de Sonia. No tendría que ser tan difícil escapar de Edelmira y de la anciana. En esa casa nadie estaba muy pendiente de él. La señora Helena no había vuelto a subir a su cuarto, después del incidente con el vaso de poción. Y Edelmira subía solamente a dejarle la comida. Entre cada uno de esos eventos había varias horas. Podría perfectamente desaparecer por un par de horas sin que nadie lo notara. ¿Verdad?
A: ¡Ay Dios! Y aquí vamos de nuevo...
D: ¡Ya salió San Emplumado! Deja al chico en paz, ¿quieres?
A: ¡Pero se va a volver a meter en problemas!
D: Problemas, problemas, problemas... ¿Qué más problemas? ¿No crees que pasarse días enteros aburrido SI es un VERDADERO problema?
A: Solamente tiene que soportar unos días. Puede meditar, hacer los deberes del colegio… ¡Se las ha arreglado perfectamente hasta ahora!
D: ¡Chico, no escuches a este idiota!
A: ¡Harry, no lo escuches a este demonio!
D: Este demonio te va a hacer tragar tu aureola...
A: ¡Me gustaría verte!
Harry cerró los ojos. Estaba dividido. Sabía que no tenía que hacerlo. Sabía que lo razonable era quedarse en su cuarto. Edelmira había confiado en él, al no darle la poción. ¿Valdría la pena traicionar su confianza?
Pero Harry recordó entonces que Snape ya debía haber llegado a Rumania, y sintió rabia. MUCHA rabia. Y eso lo decidió. Si. Iría a casa de Sonia. Y si llegaban a descubrirlo, mala suerte. No se pensaba quedar encerrado como un chico bueno, haciéndole caso a Snape, mientras el brujo paseaba solo por Rumania. No. De hecho, casi deseaba obligarlo a volver antes de tiempo. Deseaba poder arruinarle el viaje. ¡Para que viera lo que implicaba no llevarlo!
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Harry despertó con el ruido de Edelmira entrando a su cuarto, con el desayuno.
-¡Buenos días Harry! –Lo saludó ella alegremente-. ¿Cómo amaneciste?
-Bien –contestó Harry, estirándose-. ¿Y usted?
-Bien, gracias. ¿Sabes? Me alegra verte con tu verdadero aspecto.
Harry sonrió al escuchar eso, y al ponerse de pie notó que el pijama ya no le quedaba grande. ¡Bien! Su plan no podía fallar.
Edelmira se fue, y Harry notó, a través de la cortina que Edelmira acababa de abrir de par en par, que el día estaba hermoso. Sin duda haría calor. Un día ideal para un chapuzón.
Cuando Edelmira subió a buscar la bandeja, Harry ya estaba vestido, peinado (es decir... todo lo peinado que Harry Potter podía estar), y tenía su cuarto todo ordenado y la cama hecha. Estaba tumbado sobre ella, fingiendo leer. Edelmira le sonrió, y se llevó la bandeja. Harry esperó un rato. La señora no dijo que volvería a hacer aseo, lo que resultaba perfecto para su plan. Sacó su escoba y su capa de su escondite. Abrió la ventana, montó su escoba, y se cubrió bien con la capa de invisibilidad. Voló hasta el jardín de Sonia, y aterrizó con cuidado en el espacio que quedaba oculto, entre unos arbustos y un muro. ¡No había sentido ninguna barrera al alejarse de la casa! Tal vez la barrera mágica de Snape no impedía volar alrededor de la casa. O bien, se activaba sólo cuando alguien quería entrar, y no salir. En fin: se alegraba de no haber tenido problemas.
Dejó todo bien escondido detrás de los arbustos. Nadie podría ver su escoba y su capa a menos que se escondiera en el mismo lugar, y tropezara con el bulto invisible. Miró hacia las ventanas, pero nadie estaba mirando. Satisfecho, salió de su escondite y caminó a la puerta de entrada.
Pasó bastante tiempo, hasta que alguien abrió finalmente la puerta. Era Sonia, y estaba en pijama.
-¡Harry! ¿Qué haces aquí? –preguntó asustada.
Harry maldijo en silencio. La había despertado. Era un perfecto imbécil. Debió suponer que, después de la fiesta de la noche, ella se pasaría la mañana durmiendo.
-Hola Sonia. Siento haberte despertado –se disculpó.
-Está bien, no te preocupes –contestó ella, estirándose. Harry notó que, cuando lo hizo, parte de su estómago quedó al descubierto. La chica tenía un aro en el ombligo. "Eso tiene que haber dolido", pensó Harry-. ¿Ya estás bien? –preguntó la chica, haciéndolo volver a la realidad.
-Si. Y lo primero que hice fue venir –contestó Harry-. De verdad, no pensé en lo temprano que era. Siento haberte despertado. Vendré en otro momento.
Harry iba a retirarse, pero la chica lo agarró de un brazo, y lo metió a la casa.
-No te vayas. Ya estas aquí. Acompáñame a tomar desayuno...
La cocina era un asco, pero Sonia ni se inmutó. Hizo a un lado un montón de cosas despejando parte de la mesa. Harry la acompañó, tomó el vaso de jugo que le había servido, y aceptó compartir el paquete de galletas que la chica acababa de abrir.
-¿Y qué tenías? –preguntó Sonia al sentarse frente a él.
-Un resfrío –mintió Harry-. Pero ya está bien. Paso rápido.
-Ah. ¿Pero puedes bañarte en la piscina, verdad? –preguntó insegura.
-¡Claro! –aseguró Harry-. No te preocupes.
La mentira del resfrío era una buena excusa. Así, si es que lo descubrían y no podía volver, siempre podía echarle la culpa a una recaída.
La chica pasó el resto del desayuno contándole la fiesta de la noche anterior. A Harry no le interesaba mucho, ya que a la mitad de la gente mencionaba no la conocía, y al resto no los recordaba con claridad. Pero la escuchó pacientemente, hipnotizado con el aro de la nariz. El hermano de la chica no se apareció y, cuando Harry le preguntó por él, ella le aseguró riendo que no se despertaría por nada del mundo antes del almuerzo.
La chica lo llevó al jardín de atrás, y luego desapareció para vestirse. Harry no tenía problema. Llevaba el traje de baño debajo de los pantalones.
Harry estuvo indeciso un buen rato. A pesar de estar al sol, el agua de la piscina estaba muy helada. La tocó con la punta de los pies, y estuvo a punto de arrepentirse. Pero observó que Sonia volvía al jardín, en traje de baño y toalla en mano. Haciéndose el valiente, se lanzó al agua helada.
Y estaba muy helada.
Comenzó a nadar de lado a lado, para no congelarse. Sonia se metió al agua, poco después.
Pasaron el rato jugando. Se persiguieron, se tiraron agua, compitieron por quién aguantaba más tiempo pegado al fondo de la piscina... Harry perdió todo el tiempo, pero no le importaba.
Tiempo después, salieron del agua agotados (y helados). Harry notó, mientras se secaba, que el sol estaba peligrosamente cerca del mediodía. Tenía que irse rápidamente.
-¿Dónde está el baño? –preguntó.
Sonia lo condujo, dentro de la casa, a un baño. Harry aprovechó de ver la hora, en un reloj que había en el pasillo. ¡Eran más de las doce y media! Debía darse prisa.
Estaba poniéndose su ropa seca cuando escuchó el timbre. Oyó a Sonia ir a abrir, y saludar a su vecina... ¡Edelmira!
-Disculpa, Sonia ¿Harry está contigo? –preguntó la señora.
-Si. Está en el baño –sintió a Sonia contestar-. Ya va a venir. Pase, por favor. ¿Cómo está la señora Hartmann?
Harry estaba nervioso, a pesar de que había pensado que le daría lo mismo si lo descubrían. Había sido un imbécil, al no fijarse en la hora. Intentó tranquilizarse. Edelmira no podría enojarse mucho con él, ¿no? Y Snape no estaba. Pero quedaba... la veterana. ¡Tenía que asegurarse de que la anciana no se enterara! A Edelmira no le tenía mucho miedo. Pero la señora Helena era más peligrosa.
Harry salió del baño, y encontró a Edelmira en el vestíbulo, conversando con Sonia.
-¿Vas a volver más tarde Harry? –preguntó Sonia con una sonrisa.
Harry miró nervioso a Edelmira.
-No. Creo que no –contestó Harry-. Gracias por todo, Sonia. Adiós.
-Adiós, Sonia –dijo Edelmira-. Que tengas un buen día, y saludos a tu hermano.
Harry atravesó nervioso la calle, junto a Edelmira. La mujer, hasta ahora, no le había dicho nada. Tampoco le había llamado la atención delante de Sonia, y Harry se sentía muy agradecido por eso. Pero tenía un problema: su capa y su escoba. ¡Habían quedado escondidas en el jardín de la casa de Sonia!
-¿Por qué nos haces esto, Harry? –murmuró Edelmira, cuando ya estaban en el jardín de la casa de la señora Helena-. Casi me muero cuando no te encontré ni en tu cuarto, ni en el baño, ni en el resto de la casa.
-¿Qué dijo la señora Helena? –preguntó Harry, nervioso. Edelmira suspiró.
-Ella todavía no lo sabe –murmuró la mujer-. Le serví el almuerzo, y le di una excusa para no almorzar con ella y salir a buscarte.
Harry suspiró aliviado.
-¡Gracias!
Edelmira lo miró indignada.
-¡Nada de gracias! No le dije nada, para no preocuparla de más. En su estado no hay que hacerla pasar sustos. Pero, ahora que estás bien y en casa, tú mismo vas a ir a decirle lo que hiciste.
Harry abrió grandes los ojos. Ya estaban frente a la puerta, y Edelmira metió la llave decidida en la cerradura.
-¡No por favor, señora Edelmira! –susurro Harry, para que la anciana no pudiera oírlos-. No le digamos nada, por favor.
Edelmira abrió la puerta, sin hacerle caso. Lo empujó para que entrara, y lo llevó hasta el comedor.
A Harry le latía el corazón con fuerza cuando entraron, pero no había nadie sentado a la mesa. Se fueron al salón, y vieron que la ancianas estaba sentada en un sillón, con la cabeza colgando y la boca abierta. Roncaba. ¡Se había quedado dormida!
Edelmira se acercó con cuidado, y le quitó el bordado de las manos. Lo dejó en la mesa, y acomodó a la anciana sobre el sillón. La tapó con un chal, y volvió hacia Harry sin hacer ruido. Se lo llevó en silencio al vestíbulo.
-Ahora no vale la pena despertarla –dijo despacio-. Pero más tarde bajarás a hablar con ella.
-Esta bien –dijo Harry, feliz de no tener que enfrentarla todavía.
Edelmira le subió el almuerzo un tiempo más tarde, y le dio otro discurso sobre lo decepcionada que estaba de él.
-No entiendo cómo lograste salir, sin que yo lo notara –le dijo enojada, mientras le terminaba de secar el pelo con una toalla seca-. Si no estuviéramos en un segundo piso, ¡hasta pensaría que saltaste por la ventana!
Harry no contestó. Costaba comer con Edelmira frotándole la cabeza. Pero estaba contento de estar comiendo. Le daba una buena excusa para tener la boca ocupada y no contestar. Aunque a la mujer no parecía importarle. Parecía satisfecha retándolo sin que la interrumpiera.
Cuando Edelmira por fin se fue, llevándose la bandeja, Harry tenía el estómago lleno, la cabeza seca, y las orejas calientes.
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Harry estaba preguntándose como lo haría para recuperar su capa y su escoba, cuando Edelmira entró en su cuarto, poco después de las cuatro.
-La señora ya se despertó, Harry –anunció-. Acompáñame.
Harry cerró el libro que había intentado leer, antes de que preocupaciones más urgentes lo distrajeran. Suspiró. Problemas.
-¿Ya se lo dijo? –preguntó amargado.
-No. Tú se lo dirás –aseguró la mujer-. Vamos.
-¿Podemos dejarlo entre nosotros, señora Edelmira? –Rogó Harry-. ¡Por favor!
-No. Tú te lo buscaste. Vamos.
-Pero ella no me puede ver así –dijo Harry esperanzado, indicándose a si mismo-. Recuerde que ella no sabe que no me tomé la poción anoche.
Edelmira lo quedó mirando.
-Supongo que tienes razón –murmuró apesadumbrada-. Lo que me recuerda... ¡Yo tengo la culpa de que te hayas escapado! Si te la hubiera dado anoche, no habrías podido ir dónde Sonia.
-¡No quise decir eso! –Dijo Harry, alarmado-. Estoy muy agradecido de que no me la haya dado, de verdad. El estúpido fui yo.
-Voy a ir a buscar la poción –murmuró Edelmira yendo hacia la puerta-. Tienes razón: no te puedes presentar así delante de ella.
Harry corrió, y le cerró el paso.
-¡No! Por favor... No quiero tomarme esa porquería. ¿No podemos dejar lo que pasó entre nosotros?
-No Harry. Fue un error de mi parte no hacer caso a las indicaciones de Severus. Déjame pasar.
-¡Está bien! Me tomaré la poción -aseguró Harry-. Pero le ruego que no le diga nada de lo de hoy a la señora Helena. ¡Ella se va a enojar! ¡Y usted sabe como se pone! Además... usted misma dijo que no había que hacerla pasar rabias.
Edelmira lo quedó mirando, con el seño fruncido.
-Eres un manipulador Harry –murmuró con rencor. Se quedó unos segundos en silencio, mientras Harry contenía la respiración-. Está bien. No le diremos nada. ¡Pero sólo para ahorrarle el mal rato!
-¡Gracias! ¡Muchas gracias! –le dijo Harry, abrazándola con fuerza.
-No te alegres tanto, Harry –contestó ella, soltándose del abrazo-. Le vas a escribir a tu padrino contándole lo que hiciste.
A Harry se le alargó la cara, hasta que recordó que no tenía a Hedwig. ¡La lechuza todavía no volvía!
-No le puedo escribir. Mi lechuza no ha vuelto. Y, aunque tuviera su dirección en Bulgaria, de todos modos la carta se tardaría varios días en llegar.
Edelmira lo miró enojada.
-¡Está bien! –dijo con impaciencia-. Pero hablaré con él apenas llame por teléfono. ¡Ahora apártate de la puerta!
Harry la miró preocupado. Aunque estaba enojado con Snape, y hasta había deseado que se enterara que había salido, ahora se sentía menos valiente. No tenía ganas de que lo volvieran a castigar.
-Por favor, señora Edelmira –insistió-. No le diga nada a nadie.
Edelmira no contestó. Lo agarró de un brazo y lo hizo a un lado. Salió sin decir una palabra, y volvió al poco rato con un vaso de poción. Harry la miró entrar, deprimido.
-Toma –dijo la señora pasándole el vaso. Harry lo tomó, resignado. De nada le serviría desafiarla. Al contrario, más le valía hacerle caso en todo. Y, de todos modos, era la última vez que lo tomaba. Al otro día era domingo, último día que estaba condenado a ser un niño de nueve años.
-No les diga nada, por favor –insistió Harry, devolviéndole el vaso vacío, y comenzando a sentir los efectos de la poción-. No lo volveré a hacer, lo prometo.
Era mentira, claro. Necesitaba salir por lo menos una vez más, para recuperar su capa y su escoba.
-No puedo hacer eso Harry –dijo la señora-. Eres el ahijado de Severus, no mío. Yo no puedo asumir el riesgo de que lo vuelvas a hacer, y que te ocurra algo.
-¡No lo volveré a hacer, se lo prometo! –insistió Harry.
A: Harry, resígnate. ¡No mientas!
D: Déjalo. Está que la convence.
A: Pero perderá todavía más la confianza de Edelmira. ¡No lo hagas, Harry!
D: ¡No escuches a este imbécil, Harry! ¡Tú sabes lo que es bueno para ti!
Edelmira quedó mirando al chico.
-No Harry. No puedo. Aunque fuera verdad lo que me dices, no puedo asumir ese riesgo. Tengo que avisarle a alguien. O a tu padrino. O a la señora Helena. Si te vuelves a salir, y te pasa algo, va a ser mi culpa por no avisar. Yo no tengo autoridad sobre ti. Pero le tengo que avisar a los que si la tienen. ¿Te puedes poner en mi lugar, no?
Harry se quedó callado. Era verdad. La estaba poniendo en un aprieto al pedirle que no dijera nada.
-Pero sólo fui un rato donde la vecina –murmuró Harry-. Nada malo podría pasar...
-Uno nunca sabe, Harry –contestó Edelmira. Ya no se veía enojada, pero si muy seria-. Te podrían haber atropellado. Podrías haberte ahogado... Vaya uno a saber. Los accidentes siempre ocurren cuando uno menos se los espera. Y, de todas maneras, no creo que sea muy buena idea que seas amigo de Sonia y de su hermano.
Edelmira se fue, y a Harry sólo le quedó esperar y rogar que Snape se olvidara de llamar, y que a Edelmira se le olvidara contarle cuando el brujo volviera de Rumania.
Se fue hasta su cama, maldiciendo. ¡Casi tropieza con sus pantalones demasiado largos!
AN: Pobre Harry... Esta vero que lo mete en problemas. Recuerdo que alguien, en algún review de algún capítulo, preguntó por su compañero-en-la-desgracia Draco. Pues ya viene, ya viene ;) (capítulos 13 o 14). ¡Antes tiene que ocurrir más desgracias! MUAHAHAHAHAHAAAAAAAAA
Ahora no tengo los reviews a mano, así que no voy a contestar todavía (mis disculpas).
