Capítulo 12 Una escoba muy afortunada, y un ataque muy desafortunado
Harry estaba decidido a intentar ir a buscar su capa y su escoba apenas pudiera, al jardín de Sonia. Pero ese domingo Edelmira anduvo pendiente de él. Subía a cada instante, cómo para asegurarse de que seguía ahí.
Resignado, Harry se dedicó a avanzar en los deberes. Decidió empezar con el de pociones, aprovechando que no estaba Snape cerca para burlarse de él. Era bastante complicado. Había una lista de pociones que ya conocía. Para cada una de ellas, se daban varias alteraciones posibles de la pociones conocidas, y tenía que predecir los resultados que se obtendrían, explicando. También se enumeraban varias resultados alterados de dichas pociones, y tenía que encontrar los cambios a realizar para lograr esos cambios. Era un trabajo eterno, y tedioso. Cómo odiaba pociones...
Poco después del almuerzo, la puerta de su cuarto se abrió. Era la señora Helena. Detrás venía Edelmira.
-Buenas tardes señora Helena –dijo de inmediato, yendo a saludarla.
-¡Buenas tardes bellaco! –lo saludó la anciana.
Parecía enojada por algo. Harry se estremeció, temiendo que Edelmira le hubiera contado su escapada del día anterior. Pero no era así. La señora había subido a verlo por un motivo diferente. Acababa de recordar lo que Viktor Krum le había contado, días antes. ¡Harry tenía una escoba voladora¡Y ella tenía que deshacerse de ella!
-¡Dónde la tienes! –preguntó la anciana, cómo si Harry estuviera ocultando una bomba en la casa.
-¿Dónde tengo qué? –preguntó Harry alarmado, sin entender todavía.
-¡Esa maldita escoba! –gritó la vieja, indignada-. ¿Dónde está¡Entrégamela de inmediato!
La veterana empezó a buscar por todo el cuarto, y Harry agradeció no haber podido ir a buscar la Saeta de Fuego donde Sonia. ¡Era una suerte que se le hubiera quedado allá abajo, bien escondida, lejos del alcance de la anciana del terror!
-Yo no traje mi escoba –mintió Harry encogiéndose de hombros (y manteniéndose a prudente distancia de la señora y su bastón)-. La dejé en el colegio. Sólo la uso allá, cuando jugamos quidditch.
D¡Buena idea chico!
A: (suspiro)...
La anciana lo quedó mirando, con cara de ave de rapiña.
-No te creo –sentenció, y continuó buscando.
Harry se encogió de hombros nuevamente, y la dejó buscar. Total: tenía cero probabilidad de encontrarla.
Mucho más tarde, la anciana se dio por vencida. Amenazó a Harry con su bastón, insistiendo en que le dijera dónde tenía escondido "ese aparato del demonio". Pero Harry corrió a esconderse detrás de Edelmira, insistiendo en su versión.
Finalmente, la señora se dio por vencida y se fue. Edelmira la acompañó, pero volvió al poco rato. Harry la quedó mirando fastidiado, cuando entró y se sentó frente a él. Tiró la pluma sobre el pergamino frente a él, dejando una mancha alargada. ¡Es que no lo iban a dejar en paz!
-Harry –dijo Edelmira preocupada-. Ahora que no está la señora Helena, me vas a decir la verdad. ¿Tienes contigo esa escoba voladora¿La usaste para escaparte donde Sonia?
-No –mintió Harry, sosteniéndole la mirada-. Mi escoba está en el escobero del colegio. Y para ir donde Sonia, me limité a salir sin que nadie me viera ni me escuchara.
Edelmira lo quedó mirando, con cara de "no te creo".
-La reja estaba cerrada, Harry. Todo coincide. No pudiste haber salido, a menos que pudieras volar.
-Salté la reja –dijo Harry, picado-. ¿Acaso cree que es tan difícil?
-¿Sin que nadie te viera ni te oyera? –Se burló Edelmira-. Lo dudo... dime la verdad. Te prometo que no se lo diré a la señora Helena.
-Ya le dije –insistió Harry-, no tengo ninguna escoba. Revise mi cuarto. Revise la casa entera si quiere. No va a encontrar ninguna escoba voladora.
La mujer se agarró la cabeza.
-¡Dime la verdad! –murmuró cansada-. Si me pasas tu escoba, la esconderé de la señora Helena. Te lo prometo, no la va a encontrar. ¡Pero no podré dormir tranquila sabiendo que puedes salir volando por la ventana!
-Ya le dije la verdad –mintió Harry con frialdad-. Déjeme en paz. Y si no me cree, le repito: no tengo ninguna escoba voladora escondida debajo de la manga. Revise todo si quiere.
Edelmira, finalmente, también se dio por vencida, y se fue. Harry se sintió más aliviado. ¡Había sido una suerte escaparse a casa de Sonia, la mañana anterior, y dejar ahí su escoba! En el jardín de Sonia estaría más segura que en su cuarto, eso era seguro.
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El incidente no pasó a mayores. El lunes por la mañana, Harry se despertó feliz. ¡Se había acabado el chico de 9 años¡Por fin había acabado esa problemática semana! Sólo le quedaba una semana, encerrado. Y luego, con un poco de suerte, nadie recordaría lo de la escapada a casa de Sonia.
Cuando Edelmira entró esa mañana a su cuarto, suspiró aliviada de verlo ahí. Harry se rió, al verle la cara.
-Buenos días señora Edelmira –la saludó con algo de burla-. ¿Creyó que me habría evaporado en una escoba voladora?
-No te burles –murmuró la señora, dejando el desayuno sobre la mesa-. Tuve pesadillas toda la noche con eso. Soñé cosas horribles. Tengo un mal presentimiento. Ojalá tu padrino vuelva pronto...
Harry se sintió un poco culpable. Se acercó a ella, y le dio un abrazo y un beso en la mejilla.
-No tiene de qué tener miedo –le aseguró-. Me voy a quedar encerrado en mi cuarto, como un buen chico. ¡Se lo juro!
Harry lo decía en serio, de corazón. Había decidido dejar la escoba en casa de Sonia, al menos hasta que Snape volviera. De ahí, sin estar encerrado, podría recuperarla de su jardín. Y luego le diría a Snape su problema. Snape no dejaría que la anciana destruyera su escoba. Snape era brujo, y entendería. Él haría algo.
Edelmira parecía más tranquila cuando Harry la soltó.
-Eres un buen chico –murmuró-. Pero haces tanta tontería, que me da miedo. ¿Me prometes en serio que no saldrás de la casa?
-Se lo prometo –aseguró Harry, apretándole la mano.
Y Edelmira se fue tranquila.
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Como Harry hablaba en serio, es muy probable que la semana entera hubiera transcurrido sin sobresaltos. Pero la vida es cruel, y los problemas llegan aunque no se los busque.
Los problemas que menciono llegaron el martes, y no fue Harry quien los trajo. De hecho, a media tarde, el chico se encontraba leyendo somnolientamente su libro de pociones (ya había completado la parte de la tarea que entendía, y ahora se las tenía que ingeniar para terminar lo que no entendía tan bien), cuando Edelmira entró a su cuarto.
Harry estaba acostumbrado a eso. Pero, al levantar la vista y mirarla a los ojos, supo que algo andaba mal. La mujer tenía la mirada vacía.
Cuando atinó a hacer algo, ya era demasiado tarde. Edelmira se había abalanzado sobre él, apretándole el cuello, y ambos habían caído al piso. Ella lo estaba estrangulando con mucha fuerza. Intentó gritar, pero sin aire era imposible.
Harry trató de soltarse, desesperado. Para variar, no tenía su varita sobre él. Alcanzó a divisar, desde el piso, que la punta de ella sobresalía sobre su mesita de noche.
Se las arregló para arrastrarse cerca de la mesita, con Edelmira sobre él estrangulándolo. Intentó patear la mesa, para que cayera su varita al suelo y poder tomarla. Pero cuando lo consiguió, no fue lo suficientemente ágil. Una patada de Edelmira la mandó lejos, fuera de su alcance.
Harry intentó estrangularla a ella, hacerle cosquillas, patearla, sin resultado. La mujer parecía haber perdido toda sensibilidad. Ya estaba resignado a que moriría, cuando ocurrió el milagro: un fuerte ruido sonó afuera, y Harry estuvo seguro de que tendría que ver con la barrera de la que Snape había hablado. Al instante aparecieron muchos brujos en el cuarto de Harry. En segundos tenían a Edelmira, inmóvil y atada. La mujer, notó Harry, seguía con la mirada perdida.
-¿Cómo estás? –preguntó uno de los brujos, arrodillado a su lado.
Harry respiró varias veces tocándose el cuello, antes de contestar.
-Bien, creo. Gracias. ¿Quiénes son ustedes?
-Somos aurores –contestó el brujo junto a él.
-¿Cómo supieron que me estaba matando? –preguntó Harry extrañado.
Los brujos intercambiaron miradas. El que examinaba a Edelmira se dio vuelta, y dijo:
-Es sólo una muggle. Pero está bajo la maldición imperius.
Harry, aunque sospechaba algo así, sintió que su corazón se aceleraba. ¿Acaso Voldemort no había desaparecido¿Qué demonios estaba pasando?
-En realidad, no sabíamos qué estaba ocurriendo –explicó el brujo que estaba a su lado-. La marca tenebrosa fue vista sobre el techo de esta casa. Por eso vinimos a investigar.
-¡Hace meses que no se veía algo así! –afirmó otro con aire nervioso-. De hecho, creíamos que...
En ese momento alguien más se apareció en el cuarto. Era Dumbledore, que suspiró aliviado al ver que Harry estaba bien.
-Hola Harry –lo saludó-. Vine apenas sentí caer las barreras. Que alivio ver que estás bien.
Todos los brujos conocían a Dumbledore, y Dumbledore parecía conocerlos a todos ellos. Se saludaron, y ellos le explicaron que la barrera la habían hecho caer ellos, y que "esa muggle" estaba bajo la maldición imperius, y que estaba estrangulando a Harry cuando llegaron. Uno de ellos la levitó.
-¿Qué hacen? –preguntó Harry, asustado-. ¿Adónde se llevan a Edelmira?
-¿La conoces? –preguntó el auror que la levitaba.
-¡Claro que la conozco! –gritó Harry-. Se llama Edelmira Morales. Vive y trabaja aquí.
En eso se escucharon pasos en la escalera, y apareció la señora Helena.
-¿Por qué estás gritando, Harry? –preguntó al entrar, hasta que sus ojos se detuvieron en la multitud de brujos que estaban en el cuarto. Luego vio a Edelmira, flotando-. ¿Qué diablos pasa aquí?
-Hubo un problema, mi estimada señora –explicó Dumbledore-. Harry fue atacado por esta mujer...
-¿Y quién demonios son ustedes? –interrumpió la señora-. ¡Suelten de inmediato a Edelmira¡Salgan de mi casa en este instante!
-Mi nombre es Albus Dumbledore, director de Hogwarts –explicó Dumbledore con calma, dándole la mano (un poco a la fuerza, ya que la señora parecía incapaz de moverse)-. Severus me encargó que viniera si caía la barrera que dejó alrededor de su casa. Y estos brujos –dijo indicando a los brujos que llenaban el cuarto- son aurores, y vinieron a su casa cuando se dieron cuenta de que sobre ella había aparecido la marca tenebrosa, signo que Voldemort y sus seguidores dejan en los lugares en los que cometen sus crímenes. Y llegaron justo a tiempo para salvar a Harry. Esta mujer –dijo indicando a Edelmira- fue sujeta a la maldición Imperius, por lo que entendemos, e intentó matar a Harry bajo sus efectos. Estoy aurores se la tienen que llevar, para volverla a su estado normal, e interrogarla y dar con el brujo que le lanzó la Imperius. Es necesario encontrar al brujo, o los brujos ya que pueden ser varios, que intentaron matar a Harry. ¿Comprende usted?
Dumbledore miró a la señora Helena con calma, pero con un aire de gran seriedad. La anciana se sentó en la cama de Harry, aterrada.
-¿Pero quién va a querer matar a Harry? –preguntó sin entender-. ¿Y cómo mi niño no me dijo nada?
-Debió advertirle –murmuró Dumbledore-. Probablemente prefirió no hacerlo, para no preocuparla.
-¿Podemos irnos ya? –preguntó el auror que levitaba a Edelmira.
-¿Cuándo la van a traer de vuelta? –preguntó la anciana, alarmada.
-No lo sabemos. Depende de muchas cosas –dijo el auror.
Finalmente los aurores se fueron, llevándose a Edelmira. Sólo quedaron Dumbledore, la señora Hartmann, y Harry.
-Le advertí a Severus que algo así podía ocurrir. Pero no me quiso hacer caso –murmuró Dumbledore. Suspiró-. ¡Le dije que debían volver al castillo!
-¿De eso hablaron el miércoles pasado? –preguntó Harry, atando cabos.
-Si. ¿No te lo dijo?
-No –murmuró Harry, amargado-. Me dijo que había ido a Hogwarts por asuntos administrativos. ¿Vamos a tener que volver allá? –preguntó con pesar.
-Me temo que si, Harry –murmuró el anciano, poniéndole una mano en el hombro. Le hizo un poco de cariño en la espalda-. Vas a tener que venir conmigo.
-¡De ningún modo! –gritó la anciana, saltando de la cama en la que se encontraba sentada-. ¡Nadie se va a llevar a Harry¡Salga de mi casa de inmediato!
-Es necesario, señora –aseguró Dumbledore con calma-. Su vida corre gran peligro.
-¡Sobre mi cadáver, vejete! –gritó la anciana. Iba a plantarle el bastón en la cabeza, pero Dumbledore hizo que volara de sus manos, y quedara flotando cerca del techo. A Harry le recordó la aventura que tuvieron con sus amigos en primero, con el trol.
-¡Cómo se atreve¡Devuélvame mi bastón¡Y luego salga de mi casa! –gritó la anciana, indignada.
-Guardemos la calma –dijo Dumbledore.
-Profesor –interrumpió Harry-. No quiero dejar a la señora Helena sola. Si la atacan, nadie podrá ayudarla. Y se llevaron a Edelmira, que es quien cuida de ella y de la casa. No me puedo ir. Me voy a quedar aquí, con ella.
La anciana resopló satisfecha, y miró a Dumbledore con aire desafiante y ganador.
-¡Ya escuchó al chico¡Él es el ahijado de mi niño, y se queda CONMIGO¡Ahora lárguese¡Llamaré a la policía!
Dumbledore se quedó en silencio unos segundos, evaluando la situación. Finalmente dijo:
-Entiendo. Entonces, no me queda otra alternativa más que quedarme con ustedes.
Harry se alegró de escucharlo. Aunque era lo correcto, se había sentido un poco asustado al asegurar que se quedaría solo con la veterana.
-Gracias –dijo.
-Está bien... quédese –gruñó la anciana-. Pero devuélvame mi bastón de inmediato. ¡Y le exijo que me explique eso de que quieren matar a Harry!
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Varias tasas de té más tarde, la anciana se sentía más tranquila. Dumbledore cumplió con explicarle todo sobre Voldemort y sus mortifagos, y la anciana terminó tomándose en serio el peligro. Cómo llevaba tantos años viviendo sin ningún mago en la familia, nunca se había enterado de la guerra que se había declarado en el mundo de los magos. A Harry no le impidieron bajar a la sala con ellos. Con todo el alboroto, la señora había olvidado completamente que se suponía que no podía salir de su cuarto.
Dumbledore preparó la cena esa noche. O más bien Dobby, que había llegado convocado por el director. La señora Helena había gritado alarmada cuando divisó a la criatura salir de su cocina detrás de Dumbledore, con un gran pollo asado sobre un plato.
El elfo también se había asustado con el grito de la anciana. El pollo asado voló casi un metro, pero Dobby lo alcanzó a atrapar ágilmente con el plato. Dumbledore se tardó varios minutos en calmar a la señora, y en explicarle que era un elfo doméstico, y no un monstruo escapado del averno.
Comieron. Para el final de la cena, la anciana parecía agotada. Harry la acompañó a su cuarto.
-¡Santo Dios! –dijo la anciana con un suspiro, dejándose caer en una silla en su cuarto-. ¡Qué día!
-¿Necesita algo, señora Helena? –preguntó Harry.
-Paz... –murmuró ella-. Y que Edelmira vuelva.
-Ya la van a traer –aseguró Harry-. Voy a bajar a dejar hecha su tizana de la mañana. ¿Cómo la preparo?
La anciana lo miró con desconfianza.
-No sé que podrá hacerme peor –murmuró con resentimiento-. Si no tomármela, o tomarme algo preparado por ti.
En eso apareció Dobby, con un sonoro "plop".
-Que la señora Helena diga a Dobby lo que quiere que prepare, y Dobby preparará a la señora lo que ordene –aseguró el elfo, inclinándose hasta que su nariz tocó el brillante suelo de madera.
-¡Dios me libre! –dijo la anciana asustada-. ¡Que esta... cosa... no aparezca delante de mi de ese modo!
-Dobby –intervino Harry-. Será mejor que camines, y uses las puertas mientras estés en esta casa. ¿Esta bien?
-¡Por supuesto señor Harry Potter! –aseguró el elfo. Desapareció con un "plop" más discreto, y la veterana volvió a gritar alarmada. De inmediato se escuchó un "toc toc toc" en la puerta-. ¿Puede Dobby entrar? –preguntó el elfo desde el pasillo.
Harry suspiró. A veces era difícil explicarle algo a Dobby.
-Entra Dobby.
El Elfo volvió a entrar. Hizo una reverencia muy profunda y volvió a preguntar:
-¿Qué puede Dobby hacer por la señora Helena?
-¡Váyanse ambos! –gritó la anciana al borde del colapso-. ¡No quiero nada, salvo que me dejen en paz¡LARGO!
Harry y Dobby salieron rápidamente, y corrieron al cuarto de Harry. Una vez adentro, Dobby se apretó las manos en la puerta.
-¡Qué demonios haces! –dijo Harry, alejándolo de la puerta.
-La señora Helena está enojada con Dobby. Dobby tiene que castigarse –aseguró el elfo, tratando de soltarse.
-No Dobby. No –aseguró Harry, sin soltarlo-. Te ordeno que no te castigues.
El elfo dejó de luchar, y suspiró aliviado.
-El señor Harry Potter es muy amable con Dobby.
En ese instante entró Dumbledore. Vestía un gran camisón de dormir, azul eléctrico con estrellitas doradas, y en la cabeza llevaba un bonete que le hacía juego, con un ponpón. Las pantuflas eran azules también, y tenían cada una un ponpón similar en la punta. Harry tuvo que morderse la lengua para no reír. No recordaba haber visto al director jamás en camisón.
-Ríete, Harry –le dijo el brujo con calma-. Es saludable hacerlo. De verdad, no me molesta.
Harry se contuvo, hasta sólo sonreír. El director era muy especial.
-¿Eso es todo? –preguntó el anciano decepcionado, ya que se esperaba una carcajada-. Está bien. Sólo para que te rías con más ganas... –dijo apuntándolo con la varita. Al instante Harry quedó vestido igual que él-. Ve a lavarte los dientes. Y luego duerme. Ya puse más protecciones en torno a la casa, puedes estar tranquilo.
-Si señor –dijo Harry, sin parar de sonreír. Era agradable tener a Dumbledore y a Dobby cerca. Estaba seguro con ellos en la casa.
AN: Tengo una fe de erratas: en los capítulos 10 y 11 aparece repetidamente "Rumania" y debería decir Bulgaria. Me equivoqué :) . ¿Alguien quiere adivinar quien, o quienes, pusieron la maldición Imperius sobre Edelmira¿Cual creen que será la reacción de Snape al enterarse¿Volverán a Hogwarts? ;) Dejadme algún review, que me encanta leerlos.
