Capítulo 13 Decisiones difíciles

El miércoles por la mañana, Harry se despertó de la forma más extraña hasta ese momento. Antes de darse cuenta de lo que pasaba, o de alcanzar a recordar los sucesos de la tarde anterior, se encontró con la cara apretada contra tela, sin poder ver nada, y encerrado en un abrazo apretado.

A: ¡Ah! Ya era hora.

D: Hasta que se dignó a aparecer.

-Lo siento, Harry –murmuró Snape-. Por suerte estás bien.

Harry, pasada la sorpresa inicial, se relajó. Era sólo Snape, sentado sobre su cama. Había vuelto. Se quedó muy quieto. Se sentía tan bien ser abrazado así, que temía que acabara si se movía.

Pasó algún tiempo. ¿Cuanto? No sé. Nadie lo cronometró. Ambos estuvieron en silencio, hasta que Snape continuó:

-Fue un error dejarte. Tu padrino me mataría si supiera. Espero que tú me puedas perdonar.

Harry quiso decir que si, pero como no se quería despegar del abrazo sólo salió un ruido ininteligible. Para su gran alegría, el abrazo se apretó todavía más.

-Te juro que yo no sabía nada, Harry –susurró Snape con pesar, muy cerca de su cabeza-. Hace meses que no sabía nada de ellos. Nunca debí haber asumido que todo había acabado. Es mi culpa.

Harry se soltó un poco, sólo un poco, lo mínimo para lograr decir:

-Está bien.

Snape respiró profundamente, y lo soltó. Se miraron por algunos instantes.

-¿Me perdonarás?

-Si. Me alegro de que haya vuelto –confesó Harry, con algo de pesar. Había sido un abrazo muy agradable, y lamentaba que hubiera tenido que terminar.

Snape pareció entender, porque lo agarró nuevamente y lo apretó contra él.

Alguien se aclaró la garganta cerca de ellos. Era Dumbledore. Harry lamentó que lo volvieran a soltar.

-Albus... –murmuró Snape, al darse cuenta de su presencia. Luego recordó la conversación que habían tenido días antes, y se sintió culpable al ver el rostro grave del anciano-. Lo siento –agregó con pesar.

-Ya está hecho –dijo el anciano-. Por suerte no tenemos desgracias que lamentar. Pero ahora será mejor que me hagas caso, y se vayan al castillo.

-¿Volvió Edelmira? –preguntó Harry.

-La traerán hacia el mediodía –respondió Dumbledore-. Ya está bien. Lamentablemente, parece ser que fue atacada por la espalda, y no recuerda nada. Iban a tratar de recuperar su memoria inconsciente para ver si ahí encontraban algo.

-No nos podemos ir –dijo Harry-. No podemos dejar a la señora Helena sola.

Snape se quedó mirando a Harry. Parecía deprimido.

-Albus. No iremos a Hogwarts –dijo.

-¿Qué dices? –respondió el anciano, enojado-. ¡Acaso no te bastó con lo que ocurrió!

-Me quedaré aquí esta vez –se defendió Snape-. Yo los voy a proteger. No volveremos a pasar el verano encerrados en el castillo. Lo siento Albus, pero es mi última palabra.

Dumbledore parecía furioso. A Harry le daba miedo verlo así. Casi sintió alivio cuando dijo:

-Severus. Vamos a hablar a tu cuarto.

Ambos brujos se quedaron mirando por algunos segundos. Parecían estarse lanzando cuchillo con los ojos. Finalmente, Snape se puso de pie, y salió del cuarto. Parecía furioso también. Dumbledore lo siguió, y Harry escuchó la puerta del dormitorio de Snape abrirse y cerrarse con fuerza.

Harry se levantó de la cama. Tenía ganas de ir al baño, y darse una ducha. Cuando salió de su cuarto, sintió la tentación de escuchar lo que discutían del otro lado de la puerta de Snape. Pero se contuvo. No quería que lo descubrieran espiando, a pesar de que la curiosidad por saber lo carcomía. Los brujos no habían querido seguir discutiendo frente a él. ¿Le estarían ocultando algo?

D: ¡Oh vamos, chico! ¡No me salgas ahora con escrúpulos!

A: Aléjate de la tentación Harry. Ibas al baño, ¿recuerdas?

D: ¡Olvida el baño! ¿A quién le importa? ¡Harry TIENE que saber lo que ocurre! ¡Estamos hablando de su seguridad!

A: Tiene que haber una razón para que no le digan todo.

D: Tonterías. El chico casi muere ayer. Tiene todo el derecho a saber.

A: Ya tiene quien lo cuide. Es malo escuchar detrás de las puerta.

Harry se quedó unos segundos parado en el pasillo, sin decidirse. Finalmente, su curiosidad pudo más, y acercó el ojo a la cerradura. No alcanzó a ver ni escuchar nada. La puerta vibró, y se abrió casi de inmediato. Snape estaba parado ahí, y lo quedó mirando.

-¿Qué te he dicho sobre la privacidad, Harry? –murmuró.

-Lo siento –dijo Harry-. Quería saber lo que está pasando. Usted nunca me dice nada.

Snape suspiró, negó con la cabeza.

-Ya hablaremos más tarde –le dijo. Luego lo apuntó con la varita, y a Harry le crecieron unas orejas peludas y unos bigotes.

-¡¿¡Qué hace! –preguntó Harry tocándose la cara y las orejas.

-Para que te acuerdes de que la curiosidad mató al gato –le dijo Snape. Luego volvió a cerrar la puerta y Harry sintió un hechizo. Intentó volver a mirar, pero era inútil. La puerta no volvió a vibrar, pero ya no se podía ver ni escuchar nada. Resignado a permanecer en la ignorancia, se fue al baño. El espejo le devolvió la imagen de un Harry con orejas y bigotes de gato.

Harry sintió un poco de rabia. Media hora antes Snape lo estaba abrazando y pidiéndole perdón. ¡Y luego lo dejaba con esa cara ridícula, sólo por querer enterarse de lo que estaba pasando! Era tan injusto.

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Cuando Harry volvió a su cuarto, y se estaba terminando de vestir, sintió un ruido en la ventana. Fue a mirar, pensando que sería Sonia, pero no. La calle parecía vacía. Iba a devolverse, pero nuevamente sintió una piedrecilla golpear el vidrio. Y seguía sin verse nadie afuera.

Abrió la ventana con cuidado, para que nadie afuera pudiera ver sus orejas y sus bigotes. Miró con detención, pero no se veía a nadie. ¿Quién le estaba lanzando piedras a su ventana? Algunos segundos más tarde recibió la respuesta: una piedra envuelta en un pergamino. Estiró el pergamino, y lo leyó.

"Soy Draco. Recibí a Hedwig hace unos días, y te vine a ver apenas pude. Estoy afuera, escondido. No se lo digas a nadie. ¿Puedes salir?"

Harry dudó unos segundos. Luego se encogió de hombros. Snape tenía sus secretos. ¿Por qué no podría el también tener los suyos?

Salió despacio de su cuarto, y bajó la escalera. Vio a la señora Helena sentada en la sala, bordando como siempre, por la puerta entreabierta que salía al vestíbulo. Tenía un plan, y cogió un sombrero de hombre que decoraba un muro. Se lo puso, para tapar sus orejas, y confiaba en que los bigotes no se notarían mucho. Abrió la puerta con cuidado, y salió. Podría saltar la reja, pensaba, pero ignoraba si las barreras mágicas que Dumbledore había puesto le permitirían salir. ¿Cómo saberlo?

D: ¡Bah! Sólo hay una manera de saberlo, chico.

A: Devuélvete, Harry. Avisa que tu amigo está afuera.

D: ¡No escuches a este cobarde! Sigue tu instinto. Sale a ver a tu amigo.

A: No obedezcas a este demonio, Harry. ¡Avisa a tus mayores! ¡Recibe a tu amigo adentro de la casa!

D: No les debes nada a ese par de brujos, Harry. No fueron ellos quienes te salvaron ayer. Tu amigo te espera. ¡Vamos! ¡Qué esperas!

Harry tomó aire, y se decidió. Atravesó el jardín, y saltó la reja sin grandes dificultades. Para su gran alivio, ninguna barrera le impidió salir. Nuevamente, la barrera debía ser para quienes querían entrar a la casa.

Una vez en la vereda, Harry sintió que le tocaban un brazo, y saltó asustado. Una voz que conocía muy bien dijo, a su lado:

-¡Soy yo Harry! –susurró Draco-. No te asustes. ¿Qué demonios le ocurrió a tu cara?

Harry miró preocupado hacia la casa, temiendo que alguien lo viera. Se puso a caminar para salir del campo visual de las ventanas. Escuchó los pasos de su amigo que lo seguían.

-Una venganza de Snape por espiarlo –respondió Harry sin darle importancia, pero acomodándose mejor el sombrero. ¿Qué haces aquí? –preguntó Harry con curiosidad, pero feliz, cuando se hubieron alejado. Sentía renacer en el esa complicidad del año anterior-. ¿Por qué estás escondido?

-Te vine a ver, obviamente –dijo Draco riendo-. Y estoy escondido porque no se supone que podía venir.

-¿Laure no sabe que estás aquí? –preguntó Harry alarmado.

-No. Ella está en misión en el extranjero. Va a estar fuera por algunos días.

-¿Y te dejó sólo? –preguntó Harry, extrañado.

-Si. Me costó que aceptara. Pero no tenía con quien dejarme, así que terminé convenciéndola de que se fuera y me dejara solo en la casa.

Harry soltó una risa burlona.

-Y supongo que saliste, a pesar de que no podías.

-Evidentemente.

-¿Y de dónde sacaste una capa de invisibilidad?

-No es una capa. Es una cadenita. Era parte de su equipo de trabajo. Un día la dejó olvidada, y yo me la dejé para mi. Ella cree que la perdió en una misión a la que fue ese día.

-¿Y no se la devolviste? –preguntó Harry con incredulidad.

-¡Estas loco! –se burló Draco-. Esta cosa es muy útil. Tenía muchos deseos que me la regalara. Ella decía que no, claro. Pero ya vez: ahora es mía. Y, de todos modos, en su trabajo le dieron otra.

-¿Y dónde fue Laure? –preguntó Harry.

-No me lo dijo. Secreto. Pero me aseguró que volvería el viernes. Así que tenemos tiempo.

-¿Y no será mejor que entremos a la casa? –preguntó Harry, algo paranoico después del ataque del día anterior.

-¡Estás loco! –exclamó Draco, alarmado-. No quiero que nadie se entere que salí. Le irían con el cuento a Lau. Además, te vengo a invitar a una fiesta secreta.

-¿De qué hablas? –preguntó Harry asustado, pero entusiasmado.

-Supe que mis padres se fueron de vacaciones a Grecia –explicó Draco-. Y mi casa... o sea la de mis padres, quedó sola. Está protegida, claro, pero yo sé como entrar y burlar a los elfos. Ya estuve ahí esta madrugada. Tienen un montón de tragos, y una cava que te mueres. Te quería invitar a que vinieras. ¿Sería posible que te pegaras una escapadita sin que nadie lo note?

-Difícil –murmuró Harry-. Tendría que ser en la noche, mientras duermen. ¿Cómo podemos ir a la casa de tus padres?

-En el autobús noctángulo, o en escoba –dijo Draco-. Yo todavía no sé aparecerme, pero recuperé de la bodega de la casa mi escoba vieja, la que usaba antes de que me regalaran la Nimbus.

-¿Viniste en escoba? –preguntó Harry.

-Si. Usé el autobús para ir a casa de mis padres. Pero no quiero usarlo muy seguido, porque me podrían reconocer y comenzar a hacer preguntas. Así que ahora estoy usando mi vieja Cometa.

-Yo tendría que ir a buscar mi escoba a casa de Sonia –murmuró Harry, pensando en voz alta.

-¿Sonia? ¿Quién es Sonia? –preguntó Draco con curiosidad.

-Una vecina –explicó Harry-. El sábado pasado usé mi escoba para ir a su casa, y luego se me quedó ahí.

-¿Y por qué no se la pediste? –preguntó Draco, extrañado.

-Ella es muggle. Fui en escoba, y con mi capa invisible, porque no me dejaban salir. Pero luego me fueron a buscar a su casa, y tuve que volver caminando y dejar mi capa y mi escoba escondidos en su jardín.

-No entiendo –dijo Draco.

-No importa –respondió Harry, tras un suspiro-. El asunto es que mi escoba se encuentra escondida en su jardín, tapada con mi capa. Y no he podido ir a recuperarlas, porque han pasado algunas cosas en la casa.

-Yo puedo ir, si me dices dónde está –ofreció Draco.

Harry pensó que era una buena idea. Le explicó a su amigo cual era la casa, y en qué lugar del jardín estaban. Draco, invisible y con escoba, estuvo en un par de minutos a su lado con sus cosas.

-¿Qué sería de ti sin mi, estimado Potter? –se burló Draco pasándoselas. Harry se fijó en los alrededores, pero no había nadie. Rápidamente se cubrió con la capa de su padre.

-Que no se te suba a la cabeza, mi querido Malfoy –se burló el ahora invisible Harry-. ¿Cómo lo haremos esta noche, entonces?

-Estaré fuera de tu casa a la medianoche –explicó Draco-. Sale a mi encuentro, con tu escoba y tu capa. De ahí volaremos a la casa de mis padres.

-¿Cuánto nos tardaremos? –preguntó Harry, algo preocupado.

-Yo me demoré poco más de dos horas –explicó Draco-. Pero no sabía bien dónde estaba tu casa. Ahora que ya conozco el camino, y volando rápido, creo que podremos ir en una hora y media.

-¿Y volveremos antes de que amanezca? –preguntó Harry, intentando que no se le notara su nerviosismo.

-¿Tienes miedo? –preguntó Draco con algo de burla.

-No. Pero es que no me gustaría que Snape notara mi ausencia.

-Vamos a estar fuera unas horas, durante la noche –lo tranquilizó Draco-. Snape no tiene por qué saberlo.

-Está bien –murmuró Harry. Pero estaba algo preocupado. Miró hacia la casa de la señora Helena. ¿Qué pasaba si al entrar descubría que Dumbledore había conseguido convencer a Snape de volver a Hogwarts? ¿Qué pasaría si decidía volver ese mismo día?

-¿Qué pasa? –preguntó Draco, intuyendo por su silencio que algo andaba mal.

-Es que es posible que Snape y yo tengamos que volver a Hogwarts –explicó Harry-. Hubo un ataque ayer... Y Dumbledore está ahora en la casa, intentando convencer a Snape de volver al colegio.

-¡Otra vez! –exclamó Draco-. No puedes dejar que te hagan eso, Harry. ¿Y qué demonios pasó?

Harry le contó todo, y cuando terminó ambos se quedaron en silencio unos segundos.

-Es extraño –murmuró Draco-. Según Lau, Tú-sabes-quien no ha vuelto a dar señales de vida. Pero si la marca apareció sobre tu casa... Ya no sé qué pensar. ¿Habrá salido en El Profeta?

-No tengo idea.

-¿Tú qué piensas, Harry? –preguntó Draco, inseguro.

-No sé, Draco. Pero ayer casi muero. De hecho, tengo la sensación de que no debería escaparme esta noche.

-¿Crees que es una trampa? –preguntó Draco ofendido.

-¡Claro que no! –aseguró Harry-. Pero Snape estará paranoico ahora, y no sé qué va a pasar si se le ocurre entrar a mi cuarto durante la noche, y no me encuentra.

-¿Entra a verte a tu cuarto cuando estás durmiendo? –se asombró Draco.

-No. Creo. Pero ahora anda medio extraño –dijo Harry, pensando en todo lo que lo había abrazado al despertarlo-. No sé. Tal vez sería mejor que no fuéramos. ¿No prefieres venir a casa de la señora Helena? Podríamos divertirnos ahí, y le podríamos decir a Snape que no le dijera nada a tu prima.

-¿Y Dumbledore? ¡Si me acabas de decir que también está en la casa!

-Es verdad –admitió Harry.

Finalmente, volvieron al plan inicial. Pero como Harry no sabía si se irían a Hogwarts, y no tenía a Hedwig para avisarle, quedaron en que Draco esperaría a Harry sólo hasta las doce y media. Si no salía hasta ese momento, Draco volvería a su casa solo.

Draco se fue volando, y Harry volvió a la casa. Ahora que tenía la escoba, y que estaba envuelto en su capa, no le costó nada volar hasta la ventana de su cuarto. La barrera de seguridad que habían puesto lo debía haber reconocido, ya que no sonó. Suspiró aliviado al ver que no había nadie en su dormitorio. Entró, y escondió rápidamente su escoba envuelta en la capa sobre la estantería más alta. Iba a salir para dejar el sobrero en su lugar cuando la puerta de su cuarto se abrió. Era Snape. ¡Por suerte había alcanzado a volver justo a tiempo!

D: ¡Uf! ¡Eso estuvo cerca!

A: ¿Sabes qué? Creo que preferiría que lo descubrieran ahora.

D: ¡¿¡Estás loco!

A: No. Creo que Harry está a punto de cometer un gran error.

D: Ya salió el Señor Optimismo. ¡Deja de ser tan grave! ¡Tiene casi 16 años! ¡Es normal que se junte con sus amigos!

A: Si sé... Pero es que, no sé... Creo que sería mejor que dijera lo que está pasando, y que se juntara con su amigo dónde los pudieran cuidar.

-¿Qué haces con ese sombrero? –preguntó Snape divertido.

-Tapando las orejas que me puso –murmuró Harry, intentando calmar su corazón después del susto-. ¿Me las puede quitar por favor?

-Mmm. Lo voy a pensar –dijo Snape, en tono burlón.

-¿Y Dumbledore? –preguntó Harry, recordando la conversación que no le habían dejado escuchar.

Eso borró la sonrisa de la cara de Snape. Ni siquiera se molestó en corregirle que era "profesor Dumbledore" y no "Dumbledore" a secas. Sin contestar, se fue a sentar a la cama que ahora estaba hecha (Dobby debía haberla hecho).

-Ven, Harry. Tenemos que conversar –dijo muy serio.

Harry lo miró con algo de aprehensión. Esa cara de funeral y ese "tenemos que hablar" no presagiaban nada bueno. Sin embargo, tampoco es que pudiera hacer nada para evitarlo. Se fue a sentar con el brujo, resignado.

-¿Qué pasó? ¿Qué estaban hablando que no querían que yo escuchara?

-No estábamos hablando ningún secreto –respondió Snape algo incómodo-. Estábamos discutiendo. Y... digamos... Albus quería insultarme sin espectadores.

Harry lo quedó mirando, sorprendido.

-Albus no quería decirme delante de ti lo que pensaba de mi en ese momento.

-¿Y lo insultó todo este tiempo? –preguntó Harry sin creerle.

-No, claro que no. Pero el resto ya lo sabes. El director piensa que es preferible que volvamos a Hogwarts.

-No quiero pasar otra vez las vacaciones encerrado en el colegio –gruñó Harry.

-Lo sé. Yo tampoco.

-¿Y? ¿En qué quedaron? –preguntó Harry temiendo la respuesta.

Snape suspiró.

-Albus está intentando convencer a la señora Helena de que nos deje ir.

-¿Entonces nos iremos?

-Albus piensa que estás en gran peligro. Si no te llevo a Hogwarts, quiere que hable con tus tíos y te deje en casa de ellos, para reestablecer la protección que la sangre de tu tía te puede proveer.

-¿¡¿Me va a devolver con los Dursley? –preguntó Harry, asustado y dolido.

-No. Antes me entierro en Hogwarts contigo.

-Yo me quiero quedar aquí –gruñó Harry-. ¿Por qué tenemos que hacerle caso a Dumbledore?

-El profesor Dumbledore, Harry –lo corrigió Snape, mecánicamente. Pero su cabeza estaba en otra parte-. Estoy en una posición delicada –explicó-. Ya lo mandé al diablo la semana pasada. Le dije que no se metiera en nuestras vidas. Pero pasó lo que pasó, y ahora me encuentro sin argumentos.

-¿Y su familia en Bulgaria? –preguntó Harry, con una súbita inspiración-. Si Dumbledore logra convencer a la señora Helena de que nos deje ir, eso no nos obliga a irnos necesariamente a Hogwarts. ¿Podrían adivinar los que hayan hecho el ataque que nos fuimos a Bulgaria?

-Si. Podrían. Y, de todos modos, no sabemos quién o quienes están detrás del ataque –respondió Snape preocupado.

-¿Y si nos fuéramos a la casa de Sirius? –sugirió Harry, desesperado. No quería volver a Privet Drive, le traía demasiados recuerdos tristes. Pero tampoco quería volver a pasar un verano como el anterior. Prefería enfrentar los recuerdos tristes, antes que aburrirse encerrado en el castillo donde pasaría luego todo el año escolar.

-¿Querrías volver a vivir ahí? –preguntó Snape sorprendido.

-No. Pero prefiero ir a cualquier parte antes que al colegio, o a casa de los Dursley –aseguró Harry.

-Te entiendo –aseguró Snape-. Pero si nos quedamos aquí, quiero que entiendas que no podrás salir libremente. Se acabaron las escapadas a la casa de la vecina. No más fiestas en la noche, no más piscina en la mañana...

-¿Edelmira le contó lo del sábado, entonces? –preguntó Harry, algo preocupado.

-Si. Cuando llamé el domingo por la noche para saber cómo estaban –explicó Snape-. También me dijo lo de tu escoba. ¿Qué es eso de que la dejaste en el colegio?

-La señora Helena quería destruirla –se quejó Harry-. ¡No podía entregársela!

-Eso supuse –murmuró Snape-. No te preocupes, no dejaré que te la quite. ¿Dónde la tienes?

-Está ahí –dijo Harry indicando la estantería más alta-. Envuelta en la capa de mi padre. Por eso no la encontraron –mintió. Cruzó los dedos para que Snape no se la confiscara. ¡La necesitaría en la noche!

-Está bien –respondió Snape-. Es un buen escondite, supongo, si ya la buscó aquí y no la encontró. La dejaremos ahí. ¿La usaste para ir dónde la vecina?

Harry dudó unos segundos. Si le decía la verdad, Snape se preguntaría cómo la recuperó. Y no tenía como explicarle eso sin delatar a Draco. De modo que decidió apegarse a la versión oficial.

-No. Me salí por la puerta, y salté la reja, cómo un muggle. No me arriesgaría a que Sonia me viera volando. Ella es muggle.

-Entiendo –dijo Snape, creyéndole-. ¿Me juras entonces que no usarás tu escoba y tu capa para salir? ¿No necesito llevármelas?

-No. No se preocupe –mintió Harry. Puso cara de tranquilidad, pero sentía un nido de gusanos en el estómago.

A: ¡No! ¡No! ¡No!

D: Jajajaja... ¡Si! ¡Si! ¡Si!

-Si estás conmigo en esto, entonces nos quedaremos, digan lo que digan. Pero no quiero más escapadas. ¿Estamos de acuerdo? –preguntó Snape tendiéndole la mano.

Harry se sintió avergonzado. No podía hacerle eso. No podía. ¿O si podía?

-Está bien –dijo, dándole la mano y cerrando así el trato.

Snape se puso de pie, y se dirigió a la puerta.

-Entonces bajaré a hablar con los ancianos, a decirles que nosotros decidimos quedarnos aquí –dijo con decisión-. Y aprovecharé de decirle a Dobby que prepare el desayuno, que me muero del hambre.

Harry se quedó sentado en la cama mirando la puerta, y sintiéndose como un miserable gusano. No podía hacerle eso a Snape. El brujo confiaba en él. Pero tampoco tenía como avisarle a Draco que no viniera. Y no quería dejarlo esperando en la calle, en la noche, y no salir. Se había comprometido con él. ¿Qué podía hacer?

D: Conserva la calma, Harry. Los compromisos son los compromisos.

A: ¡Justamente! Se acaba de comprometer a no hacer tonterías.

D: Pero antes se había comprometido con su amigo...

A: ¡No lo escuches Harry! Tú sabes que eso que planearon está mal. Lo sientes en tu estómago.

D: ¡Cállate emplumado! A Harry le molesta el estómago porque tiene hambre. ¡Ve a comer, chico! ¡Te sentirás mejor!

A: (llenando la boca de Diablito con plumas) Harry, escúchame a mi. Habla con Snape. Cuéntale todo. Si quieres a Draco, no permitirás que se arriesgue.

D: Hmmmpf. Grmblmmmpf.

000

Edelmira llegó a tiempo para el almuerzo. Estaba pálida, y venía escoltada por cuatro aurores de civil, que se fueron tras recomendarle que saliera lo menos posible sola.

-¡Harry! –gritó contenta al verlo, y le dio un gran abrazo-. Siento tanto lo que pasó. Yo no sabía nada...

-Lo sé, señora Edelmira –contestó Harry, disfrutando del abrazo (¡era el día de los abrazos!)-. No se preocupe. Así son estas cosas.

Dobby ya había preparado el almuerzo (un estofado), de modo que Edelmira no tuvo más que sentarse a la mesa. Miró al elfo con desconfianza, luego de que le explicaron que no estaba alucinando. Parecía preguntarse si le quitaría su lugar en la cocina.

No fue un almuerzo agradable. Dumbledore, la señora Helena y Snape parecían enojados los unos con los otros. Harry todavía no sabía si Snape los había logrado convencer, pero por la cara del director supuso que Snape no había cedido. La señora Helena miraba a Dumbledore enojada, pero también miraba a su niño como si la hubiese ofendido. Dumbledore miraba a Snape como si en cualquier momento lo fuera a lanzar una maldición. Edelmira no intervino. Comió en silencio, y con cara de amargura.

A Harry le costaba tragar. Había pensado que comiendo se le pasaría la molestia que sentía en el estómago. Pero no. Al contrario: sentía que vomitaría en cualquier momento.

Dobby acababa de traer el postre (frutillas con crema batida), cuando Dumbledore rompió el denso silencio.

-Severus. No puedo dejar que te quedes –dijo con una voz que intentaba ser autoritaria.

-¡Basta Albus! –espetó Snape-. Ya hablamos de esto. Ya te dije que no iremos a Hogwarts. Harry y yo nos quedamos.

-¡Ya lo escuchó! –intervino la señora Helena-. Mi niño y Harry se quedan. ¡No sea majadero!

-¡Al menos deja que me lleva a Harry! –insistió Dumbledore.

-¡Ya te dije que no! –gritó Snape golpeando la mesa con el puño. Su copa de agua se dio vuelta, y Dobby apareció de inmediato a secar.

-¡Llevo años preocupándome de su seguridad! –insistió el anciano-. Y tú lo dejaste solo. Estará más seguro con sus tíos que aquí contigo.

-¡Yo te dije que no tenías que irte a Bulgaria! –gritó la anciana a Snape-. ¡Ves lo que te pasa, malcriado, por no hacerle caso a tu tía abuela!

-No me pienso ir dónde mis tíos –intervino Harry con seguridad-. ¡Ni lo piensen!

-Tú, Harry, no te metas –dijo Dumbledore, enojado-. Eres demasiado irresponsable. No se te puede dejar solo. Harás lo que se te diga, y se acabó.

-¡No le hables así, esto no es Hogwarts! –espetó Snape.

-¡Llevo años preocupándome por él, Severus, y le hablo como quiero! –respondió Dumbledore.

Harry jamás había visto ni a Dumbledore ni a Snape en ese estado. Si fueran perros, se hubieran estado mordiendo.

-¡Es MI ahijado! –dijo Snape poniéndose de pie.

-¡Pero TÚ no te preocupas lo suficiente! –respondió Dumbledore, poniéndose de pie también.

-No pensabas lo mismo el verano pasado... –le recordó Snape, con ironía.

-Tú no me desafiabas así, y tampoco arriesgabas la vida del chico –respondió Dumbledore, picado.

-¡No hablen de mi como si no estuviera! –se quejó Harry.

-¡TÚ CÁLLATE! –le gritaron Dumbledore y Snape al mismo tiempo.

Un fuerte sonido los dejó callados a todos, de inmediato. La anciana se había puesto de pie, y había golpeado con fuerza su bastón contra la mesa, entre los puestos de ambos brujos. Varias frutillas que quedaban en la fuente saltaron, y rodaron por la mesa dejando caminitos de crema sobre el mantel.

-¡CALLAOS USTEDES DOS! ¡AMBOS! –gritó la anciana- ¡Sólo YO grito en mi casa!

En ese momento Edelmira se echó a llorar, y corrió a la cocina. La señora Helena miró a Dumbledore y a Snape con odio.

-¡Ven lo que hacen! –los reprendió-. Hombres... –agregó como si fuera un insulto, y tras eso se fue a la cocina a consolar a su fiel Edelmira.

Dumbledore se acercó a Harry, y le tomó un brazo.

-Vamos Harry –le dijo.

-¡No te vas a llevar a Harry! –dijo Snape sacando su varita, y tomando el otro brazo de Harry-. No tienes ningún derecho.

-Me lo voy a llevar adónde esté seguro, con o sin tu consentimiento Severus –dijo Dumbledore.

-¡Sobre mi cadáver! –murmuró Snape apuntándolo.

-¿Piensas que me lo puedes impedir, Severus? –preguntó Dumbledore, con algo de burla.

Harry notó que Dumbledore parecía de pronto menos anciano, y mucho más poderoso que Snape. Temiendo que terminara haciendo ceder a Snape, y que se lo llevara donde los Dursley, se soltó de ambos brazos y salió corriendo hacia la cocina.

En la cocina, Edelmira se encontraba llorando como una magdalena. La señora Helena le tenía tomada una mano, y Dobby le tenía tomada la otra. Ambos intentaban en vano consolarla.

-Todo esto es mi culpa –decía Edelmira entre hipos.

-¡De ningún modo! –dijo la veterana-. La culpa es de mi niño, por dejar su lugar en esta casa. Y de ese anciano dominante. ¡Cómo se puede ser TAN mandón, Dios mío! –agregó gritando.

Harry sonrió a pesar de la situación, pensando en lo irónico que sonaba que la señora Helena encontrara a otra persona mandona. Eso si que era ver la paja en el ojo ajeno...

Un fuerte sonido se escuchó en el comedor, y Harry volvió corriendo y temiendo que se hubieran matado.

Ahí estaba Snape, solo.

-¿Dónde está Dumbledore? –preguntó Harry.

-Se fue –murmuró Snape. Parecía deprimido.

Harry se acercó. Dudó unos segundos. Quería abrazarlo, decirle algo para que se sintiera mejor. Suponía que pelear con Dumbledore tenía que haberlo afectado mucho. Pero no sabía qué hacer.

-Gracias por no dejar que me llevara –dijo finalmente.

Snape suspiró. Se pasó la mano por la cara.

-No estoy tan seguro de que haya sido una buena idea –respondió-. Tal vez tiene razón, y no estoy privilegiando tu seguridad. No sé.

Snape agarró a Harry, y le dio un abrazo.

-Espero no estar cometiendo un error –murmuró.

Harry se sintió mareado. Podrido. Recordó lo que pensaban hacer con Draco. No podían hacer eso. Harry sentía que no podía salirse en la noche, después de que Snape había peleado con Dumbledore para que pudiera quedarse.

En eso apareció la señora Helena.

-¿Se fue el viejo loco? –preguntó enojada.

-Si tía –respondió Snape-. Y no creo que vuelva –agregó bajito, con amargura.

Edelmira volvió al comedor también. Traía puesto el delantal. Aparentemente, Dobby también se había ido.

AN: ¿Qué creen que hará Harry? ¿Ganará Diablito o Angelito:) ¡Déjenme reviews!