Capítulo 14 Los no tan amigos
Harry (ya sin orejas ni bigotes) pasó la tarde sentado en la sala, con Snape y la señora Helena. La anciana actuaba con naturalidad, como si nada hubiera pasado. Se pasó la tarde preguntándole a su niño por los Krum. Snape no hablaba mucho, contestando a la mayoría de las preguntas con monosílabos. Parecía descompuesto e inseguro. Harry no recordaba haberlo visto jamás así.
Las horas pasaron lentamente. Mientras afuera el cielo se oscurecía, Harry se enteró de que la familia de Viktor vivía en el campo, que se dedicaban al cultivo de tabaco, y que tenían algunas ovejas. A Harry le costaba imaginar una familia de magos dedicada a eso. También se enteró de que vivía toda la familia junta, en una gran casa, muy antigua, cerca de un lugar llamado Zlatograd. Todavía vivían ambos abuelos de Viktor, Malva Menis y Miles Krum. Tenían dos hijos vivos, Selina Krum y Gregory Krum, el padre de Viktor. Habían tenido una hija llamada Malva, que era mayor que Selina pero menor que Gregory, y que había muerto de bebé. Gregory Krum estaba casado con una mujer quince años menor que él llamada Viktoria Contacosin, con la que tenían tres hijos. Viktor era el mayor, con sus diecinueve años, y le seguían dos niñas: Greer de doce y Dora de nueve. La tía de Viktor, Selina, de unos cuarenta y tantos, era soltera. Pero tenía una hija de catorce años llamada Sophia. Y ese era el clan Krum. Nueve personas. También se enteró Harry de que habían recibido a Snape con los brazos abiertos, y que Hermione ya prácticamente parecía formar parte de la familia. Harry sintió un poco de envidia por su amiga y por Snape. ¡El también quería una familia así! Con tíos, primos, abuelos, hermanos... Deseó que Snape lo llevara a Bulgaria a conocerlos.
A medida que la hora pasaba, a Harry le costaba más distraerse con la conversación. Se sentía nervioso por lo que harían con Draco. Se sentía culpable. Terriblemente culpable. Sentía que lo correcto sería hablar con Snape, y contarle todo. Pero también sentía que con eso traicionaría a Draco. ¿Por qué la vida tenía que estar tan llena de decisiones complicadas?
000
La familia cenó esa noche en un clima de tensa imitación de la normalidad. Sin ponerse en ningún momento de acuerdo, los tres adultos optaron por fingir que nada había pasado. La señora Helena habló por todos, como siempre lo hacía, contando sus habituales historias y arreglando el mundo. Snape le seguía la corriente, como siempre. Y Edelmira había preparado una rica cena (con papas fritas), como tantas otras veces.
Harry no disfrutó de nada. Aunque todo parecía haber vuelto a la normalidad, aunque exteriormente todo estaba bien, él sentía que algo andaba mal. Sus tripas no lo engañaban. Estaba nervioso. Cuando Edelmira trajo una tartaleta de postre, Harry se sintió mareado. Se paró rápidamente y corrió al baño a vomitar.
Estaba vaciando hasta su primera papilla cuando escuchó que tocaban la puerta del baño.
-¿Estás bien Harry? –preguntó Snape desde el pasillo.
-Si –mintió-. Ya bajo.
-¿Estás seguro de que no necesitas ayuda?
-No.
Pasaron algunos segundos, y escuchó los pasos de Snape alejarse. Le vino otra arcada, pero ya no le quedaba nada que vomitar. Se puso de pie, tiró la cadena y se fue a lavar la boca y la cara. Se sentía mejor, pero todavía algo le molestaba en el estómago, cerca del ombligo. El nido de gusanos seguía ahí. Se miró al espejo. Estaba pálido. ¿Estaría enfermo? ¿O eran los puros nervios?
A: Es tu conciencia, Harry.
D: No, señor. Son las papas fritas y la crema de las frutillas.
A: ¡Su conciencia!
D: ¡Mucha grasa!
A: ¡CONCIENCIA!
D: ¡GRASA!
Cuando volvió al comedor ya no quedaba nadie, y Edelmira había levantado la mesa. Snape y la anciana habían vuelto a la sala, dónde Harry escuchó la televisión prendida. No tenía deseos de ver a Snape. No quería que le hiciera preguntas. No quería mentir. Pero tampoco quería decirle la verdad. Se fue a la cocina, dónde Edelmira estaba lavando la loza.
-¿Le ayudo? –preguntó Harry, tomando el paño de secar sin esperar la respuesta.
-Si quieres –le dijo Edelmira, sonriendo. ¡Claro que quería que Harry le ayudara!-. ¿Ya te sientes mejor?
Harry no contestó, y fingió estar concentrado en dejar sin pelusa el vaso que estaba secando.
-¿No me quieres contar qué te pasa? –insistió Edelmira.
-No me pasa nada –mintió Harry, encogiéndose de hombros-. Ha sido un día difícil. Eso es todo.
-Si –admitió Edelmira, enjuagando una ensaladera-. Es verdad.
Pasaron un buen rato trabajando en silencio, hasta que Edelmira volvió a la carga.
-¿Te sientes enfermo? ¿Te duele el estómago? A mi no me engañas. Estás pálido.
-No. Creo que fue mucha grasa por un día. La crema de las frutillas, las papas fritas...
-Si, es un poco pesado –admitió Edelmira-. ¿Pero vomitaste no?
Harry sintió que se le encendía el rostro. ¿Todos se tenían que enterar? ¿Tan evidente había sido? ¿O Snape se había dado cuenta y les había dicho?
-¿Por qué te da vergüenza? –preguntó Edelmira-. No hay por qué. Si te pregunto es porque quiero saber si estás enfermo. Te puedo preparar algo más liviano. ¿Tienes hambre?
-No –murmuró Harry. No tenía ganas de seguir siendo interrogado. Volvió a colgar el paño y agregó-. Me siento cansado. Me voy a ir a dormir.
Edelmira no dijo nada, pero lo miró preocupada.
000
Harry miró la hora en el despertador de su mesita de noche. ¡Eran recién las nueve! Faltaban tres horas para que Draco llegara. Estaba cada vez más nervioso. Si hubiera podido comunicarse con Draco, le habría dicho que no iría. Pero ya era demasiado tarde. No tenía cómo avisarle. ¿Dónde estaría Hedwig?
Se dejó caer en la cama, y cerró los ojos. Intentó relajarse y controlar su respiración. Trató de calmar los músculos de su estómago. Estaba tenso. Sentía que estaba a punto de cometer un gran error. ¿Qué podía salir mal? No tenía idea. Y, sin embargo, estaba asustado.
Pasadas las nueve y media ya no aguantó más. Draco tendría que perdonarlo. Bajó corriendo la escalera antes de alcanzar a arrepentirse, y entró a la sala jadeando. Tanto la anciana como Snape levantaron la vista de la pantalla, en la que un tipo con cara de espía se paseaba por unos pasillos de aspecto futurista.
-¿Estas bien? –preguntó Snape alarmado poniéndose de pie, varita en mano.
-Si. O sea, no. ¿Puedo hablar un momento con usted? –preguntó Harry.
-Este niño tiene cara de enfermo, Severus –intervino la anciana.
-Vamos –dijo Snape acompañándolo hasta su cuarto.
Cuando estuvo en su cuarto, Harry estuvo tentado de arrepentirse, y no decirle nada. Pero luego se imaginó a Draco volando solo por la vida, o a ambos solos enfrentando un montón de mortifagos. Sintió otro retorcijón de tripas. Sintió que Snape le ponía una mano en la frente.
-No pareces tener fiebre. ¿Qué sientes? ¿Te duele el estómago? ¿Te duele la cabeza? ¿Te duele algo?
"Me duele la conciencia" pensó Harry con remordimiento.
-No. Es que tengo que decirle algo. Pero me da miedo –confesó Harry. Snape lo quedó mirando, alarmado.
-¿Qué diablos hiciste ahora? ¿En que lío estás metido?
-No hago nada todavía. Es por eso que quiero hablar con usted. Es que... –Harry no sabía cómo explicarle. Snape suspiró. Estaba bien tentado de darle veritaserum.
-¿Es que QUÉ, Harry? –preguntó impaciente.
-Había planeado salir hoy –admitió Harry, bajando la vista.
-¿QUÉ? –gritó Snape-. ¡Ni lo pienses! ¿Y adónde querías ir?
-Draco me invitó a su casa –confesó Harry.
-¿Y por qué su prima no me preguntó a mi primero, antes de invitarte? –preguntó Snape, entendiendo mal.
-No. Laure no lo sabe. Laure no está. Y Draco me invitó a la casa de sus padres, no al departamento de Laure –explicó Harry, con la vista en el suelo.
-¿¡¿ESTÁN LOCOS? –gritó Snape, algo fuera de si. Respiró profundamente, e intentó calmarse-. ¿Acaso no sabes lo que son sus padres?
-Si. Pero ellos no están –dijo Harry. Snape quería estrangularlo, pero se contuvo y lo escuchó-. Están de vacaciones en Grecia. Draco fue a su casa, aprovechando que ahora está sola, y que Laure no está tampoco. Y vino esta mañana a invitarme. Estará aquí a medianoche. Los planes eran ir en escoba, y volver antes de que amaneciera. Pensamos que usted no se daría cuenta. Pero lo he estado pensando, y ya no creo que sea tan buena idea. Por eso se lo conté. No quiero ir. O sea: tengo deseos de ir, pero creo que puede ser peligroso. Y no quiero meter a Draco en problemas. Pero tampoco quiero que le pase nada. Eso.
Snape respiró profundamente otra vez, sin contestar. Luego miró la hora.
-Voy a matar a Walters –murmuró-. ¿Te dijo Draco dónde pasaría el día?
-No, pero entiendo que sigue en el departamento de su prima. Creo que sólo fue a echar un vistazo a casa de sus padres, esta mañana.
-Voy a buscarlo –decidió Snape.
-¿Puedo ir con usted? –preguntó Harry.
-No. Quédate en la casa –dijo Snape yendo hacia la puerta.
-Pero usted dijo que no me dejaría solo –dijo Harry siguiéndolo-. Además, quiero asegurarme de que no lo trate mal. ¡Draco me va a odiar por haberlo delatado! Quiero poder explicarle.
Harry lo alcanzó en el vestíbulo, dónde Snape se estaba poniendo su capa.
-Me voy a aparecer, Harry. Tú todavía no puedes.
-Pero usted se puede aparecer conmigo –insistió Harry.
-Tendré que volver con Draco. Prefiero cargar con uno y no con dos –respondió Snape secamente.
Harry sintió que le pateaban el estómago. ¿Eso era para él? ¿Una carga?
Snape pareció entender que Harry acababa de malinterpretar sus palabras, porque de inmediato explicó:
-Me refiero a que aparecerse cargando a alguien ya es difícil. Cargar a dos personas es todavía más peligroso. No quiero hacerte correr ese riesgo. Ni a ti, ni a Draco. ¿Esta bien?
-Si. Supongo que si –murmuró Harry.
Snape le pasó un brazo por el hombro, y lo acercó. Harry aceptó aliviado el abrazo. Snape no parecía estar enojado con él, como había temido.
-Gracias por contármelo todo. Te prometo que no estrangularé a Draco, aunque ganas no me faltan.
000
Harry miraba a cada instante por la ventana de la sala, preocupado. La señora Helena insistía en que se quedara quieto, que la desconcentraba de la película. Edelmira, que había llegado a ver la televisión con ellos, ya había desistido de intentar que Harry se quedara sentado a su lado. ¡Harry parecía tener un resorte en el trasero, levantándose a mirar por la ventana al menor ruido!
Snape no se tardó tanto. No había pasado ni media hora cuando Harry lo vio aparecerse a pocos metros de la reja. Traía a Draco por la fuerza, que parecía furioso y cargaba una mochila. Harry corrió a recibirlos. Apenas entraron en el vestíbulo, Draco apuntó a su amigo con el dedo.
-Me las vas a pagar. ¡Traidor!
La señora Helena y Edelmira, escuchando el alboroto, salieron al vestíbulo a ver qué pasaba.
-¿Quién es este niño, mi niño? –preguntó la anciana con curiosidad.
Draco pareció olvidar por un momento su ira, al escuchar a la viejita llamar "mi niño" a Snape.
-Su nombre es Draco Malfoy, tía –explicó Snape-. Se va a quedar con nosotros hasta el viernes. Espero no sea un inconveniente.
-Mientras no me traigas todo un ejercito, no hay problemas –respondió la anciana riendo-. Pero uno más, ¿por qué habría de ser un problema?
Snape pensó que Draco y Harry juntos SI representaban una amenaza. Pero prefirió no decírselo.
-Ella es Helena Hartmann, mi tía abuela –explicó el brujo a Draco, y lo empujó ligeramente hacia ella-. Y la de al lado es la señora Edelmira Morales.
-Mucho gusto –dijo el chico dándoles, la mano, entendiendo la indirecta (se educado y ve a saludar).
-¿Conoces a Harry? –preguntó la anciana indicando al chico.
-Si, somos amigos del colegio –explicó Harry, respondiendo él a la pregunta.
-EX amigos –murmuró Draco, y lo miró con odio.
-Bueno, ya es un poco tarde –intervino Snape-. Voy a instalar Draco con Harry.
-¿Necesitas ayuda? –preguntó Edelmira.
-No será necesario, Edelmira –respondió Snape-. Gracias.
Draco miró a Harry con desconfianza, y no muy dispuesto a estar cerca de él. Harry miró a Draco con algo de miedo. Ninguno de los dos parecía deseoso de compartir cuarto.
Pero Snape no tenía deseos de tener más problemas ese día. Los chicos harían lo que les dijera, y punto. Agarró al reticente Draco del brazo derecho, al temeroso Harry del izquierdo, y los obligó a subir la escalera.
-Tuve que hacerlo –murmuró Harry a modo de disculpa, mientras subían.
-No hablo con malditos cobardes traidores –gruñó Draco.
-¡Cállense! –ordenó Snape.
Snape los soltó cuando ya estuvieron en el cuarto de Harry.
-No tiene ningún derecho a secuestrarme de este modo –se quejó Draco de inmediato, sobándose el brazo-. Ya se lo dije. Me iré de aquí. Laure me dio permiso para quedarme solo en el departamento. ¡Ya va a ver cuando ella sepa que me fue a sacar de ahí! –terminó amenazándolo.
-Si –respondió Snape secamente-. ¡Te aseguro que hablaré con tu prima! Me va a tener que escuchar. ¡Y tú vas a ver cuando ella sepa que te fuiste a meter a la casa de tu padre!
-¡Ya le dije que es mentira! –respondió Draco, colorado-. Harry inventó esas cosas, para perjudicarme.
-¡No es verdad! –se defendió Harry-. Tú mismo me contaste que habías ido. Se lo dije a Snape porque no quiero que te pase nada malo. ¡Y no porque sea un cobarde, ni un traidor!
-Harry, para ti soy PROFESOR Snape –gruñó Snape.
-Lo siento –murmuró Harry, arrepentido.
-Está bien –respondió Snape, y le dirigió una breve sonrisa. Estaba contento con la actitud de Harry. El hecho de que el chico hubiese confiado en él, y no se hubiera lanzado sin pensar a hacer algo que lo pusiera en peligro, lo hacía sentirse muy satisfecho.
Draco aprovechó la distracción, y desapareció (con la cadenita, claro). Snape saltó de inmediato, y siguió los pasos que bajaban corriendo la escalera.
-Draco, ¡espera! –le dijo corriendo detrás de él.
Pero Draco no le contestó. Snape llegó al vestíbulo. Medio desesperado (ya que no podía ver dónde estaba), sacó su varita y apuntó hacia la puerta de salida.
-¡Stupefy!
Snape supuso bien adonde estaría Draco. El rayo dio en el blanco y se escuchó el "tump" de un cuerpo al caer. La mochila de Draco cayó al suelo, haciéndose visible. Snape se acercó, esperando encontrarlo cubierto con una capa de invisibilidad como la de Harry. Se sorprendió al ver que no era así. Draco parecía ser invisible.
Edelmira y la señora Helena nuevamente se habían asomado al vestíbulo para ver qué pasaba. Se sorprendieron al ver que Snape tomaba algo invisible del suelo, que parecía pesar. Luego tomó también la mochila.
-Es Draco –dijo Snape, respondiendo a la pregunta que sus caras delataban-. No se preocupen. Yo me ocuparé.
Y tras esto subió llevando al chico en brazos, siguiendo a Harry (que había estado mirando desde la escalera, y subió de inmediato al ver que venían de vuelta).
-¿Cómo te hiciste invisible? –preguntó Snape a Draco, cuando dejó caer la mochila al suelo, y lo dejó sobre la cama y le quitó el hechizo.
-No es asunto suyo, profesor –murmuró Draco, enojado por no haber alcanzado a escapar.
-¿Harry, tú sabes cómo lo hace? –preguntó Snape con impaciencia.
Harry casi podía adivinar la cara de su amigo, y decidió no echarlo más al agua.
-No señor –murmuró mirando el piso.
Snape lo miró inquisitivamente, suponiendo que SI sabía, pero que no se lo quería decir para no pelearse más con su amigo. Suspiró. Estaba cansado. Había sido un día terrible. Y tener que hacerse cargo de un Draco rebelde no mejoraba en nada la situación.
-Draco, hazte visible –insistió.
-¡No!
Snape lo apuntó con su varita, de la cual comenzó a salir un polvo blanco. Aunque Draco no se hizo visible con eso, el volumen que el polvo no pudo llenar delató el cuerpo del chico. Sin decir nada Snape lo agarró, lo volvió boca abajo en la cama, y le dio un par de palmadas dónde se notaba que estaba el trasero.
-¡Dime cómo te haces invisible! –insistió Snape, amenazante.
Draco no respondió, se notaba que estaba intentando escapar hacia el otro lado de la cama. Pero no se pudo dar ese lujo, porque Snape volvió a lanzar más polvo y, localizándolo, lo agarró y lo volvió a poner boca abajo sobre la cama. Ya había levantado la mano para darle otra palmada, cuando Harry intervino.
-¡No! Espere… –el chico tragó saliva, y agregó:- es una cadenita que tiene en el cuello.
Snape bajó la mano, y buscó en el cuello del chico. Draco agarró sus manos, para intentar impedírselo. Lucharon un rato, hasta que Snape se cansó y lo volvió a inmovilizar. Luego tanteó su cuello y, encontrando la cadenita, se la sacó no sin cierta dificultad por la cabeza. Draco se hizo al instante visible. Estaba colorado, y tenía los ojos rojos y mojados.
-¡Me quiero ir a mi casa! –le gritó. Parecía furioso.
-Te irás a tu casa cuando haya un adulto en tu casa. Harry me dijo que tu prima vuelve el viernes.
-¡No te callaste nada, traidor! –le gritó Draco a Harry, que miraba tímidamente desde una esquina del cuarto.
-Perdóname –murmuró Harry-. Tuve que hacerlo. Me dio miedo que te pasara algo de aquí al viernes.
-¡Eres un imbécil! ¡Jamás debí confiar en ti! –le gritó Draco.
-No deberías hablarle así a Harry, Draco –intervino Snape-. Es tu amigo. Y está bien que me haya advertido lo que pensaban hacer. Es peligroso.
-Espero que Laure llegue luego –dijo Draco con resentimiento-. Le voy a decir lo que me hizo. ¡Aquí no estamos en el colegio!
-Claro que se lo diremos –aclaró Snape-. Y te aseguró que va a entender que no te podía mantener seguro, si te hacías invisible con esto –explicó levantando la cadenita que acababa de quitarle.
Draco abrió grandes los ojos. De no haber estado inmovilizado, seguro que habría intentado quitarle la cadenita de las manos. ¡No debía dejar que Snape le dijera a Laure sobre la cadenita! Ella estaría furiosa al saber que se la había guardado sin decirle.
-No se lo diga, por favor –rogó Draco-. Haré lo que quiera. Pero no le diga lo de la cadenita.
-No estás en condiciones de pedir nada –respondió Snape-. Voy a quitarte el hechizo, pero te vas a portar bien. ¿Entendido?
-Si señor –gruñó Draco. ¿Qué más podía hacer?
Apenas se pudo mover, Draco se puso de pie y se alejó lo más que pudo de ellos. Todavía estaba colorado, parecía muy avergonzado y enojado por lo que había pasado.
Snape lo dejó ir a enfurruñarse a una esquina. Hiciera lo que hiciera, el chico seguiría sintiéndose enojado y humillado. Apuntó la varita a la cama de Harry que, por algunos segundos, creció hacia los lados hasta que fue muy ancha. Luego se dividió en dos. En el lugar de la cama de Harry había dos camas, más angostas. El cuarto se veía bastante apretado así.
-No es lo ideal –comentó Snape evaluando el resultado-, pero será por pocos días.
Miró a los chicos por turno, en esquinas opuestas del cuarto. Sonrió, pensando: "En esta esquina, Draco "rabietas" Malfoy... y en la otra esquina, Harry "arrepentido" Potter.
Pero los chicos no pudieron ver su chiste interno. Draco lo miraba con rencor, y Harry con miedo (parecía muy nervioso, de hecho).
-Vengan aquí –les dijo con calma.
Harry se acercó de inmediato, pero Draco no. No sólo se quedó en su esquina, sino que se sentó en el suelo con aire de desafío, como diciendo "no pienso moverme de aquí".
Harry miró a Draco, sintiéndose descompuesto. ¡No quería más problemas! Y, sobre todo, no quería sacar más a Snape de sus casillas. No le había gustado para nada ver al brujo enojado, castigando así a Draco. Recordaba perfectamente lo que le había pasado a él mismo al principio de las vacaciones, y no pensaba permitir que le volviera a pasar. ¡Snape parecía alarmantemente dispuesto a usar la fuerza!
Snape suspiró cansado, y fue hacia Draco. El chico se acobardó ligeramente en su esquina, cuando el brujo le agarró una mano y lo tiró hacia arriba obligándolo a ponerse de pie. Luego lo llevó de la misma mano, hacia Harry.
-¡Suélteme! –murmuró Draco, intentando soltarse. En el camino intentó agarrar la mochila que había quedado tirada en el piso. Quería recuperar su varita para poder defenderse.
Snape no le hizo caso, y lo llevó al lado de Harry.
-Ahora escúchenme los dos –les dijo cuando los tuvo frente a frente-. Van a vivir juntos por unos días, y van a vivir en paz. ¡No quiero peleas en casa de mi tía abuela! Si los encuentro peleando, o los diviso peleando, o los escucho peleando, o si sospecho siquiera que han estado peleando, AMBOS lo van a lamentar mucho. ¿Entendieron?
-Si señor –murmuró Harry.
-Si –gruñó Draco.
-Dense la mano –les ordenó. Ninguno de los chicos hizo ningún movimiento, por lo que gritó-: ¡AHORA!
Harry de inmediato estiró la mano. Draco, a regañadientes (y viendo que los ojos de Snape parecía que echarían chispas en cualquier momento), se la tomó. Ambos se miraron con desconfianza.
-Así está mejor –murmuró Snape-. Ahora pásenme sus varitas, ambos.
-¡No! –dijeron ambos chicos al unísono.
-¡Accio varitas! –dijo Snape.
Del bolsillo de Harry salió volando la varita de Harry, y de la mochila entreabierta de Draco salió la de Draco. Snape agarró las dos, al vuelo. Luego se dirigió a la estantería con adornitos, y sacó la escoba y la capa de Harry.
-¡No se las lleve! –intervino Harry, acercándose. Intentó quitárselas de las manos a Snape, pero el brujo le lanzó una mirada que hizo que Harry retrocediera. ¡Ese Snape se parecía más al que había conocido en primer año!
El brujo recogió la mochila de Draco, y revisó lo que había adentro con la mano libre que tenía. Viendo que no tenía nada peligroso la dejó.
-Voy a guardar sus varitas, la capa y la cadenita de invisibilidad, y tu escoba Harry –dijo Snape. Luego se dirigió a Draco-. Harry me dijo que en la mañana viniste en escoba. ¿La trajiste escondida de algún modo?
-No –respondió Draco-. Se quedó en el departamento. No me dio tiempo de traérmela cuando me fue a buscar.
-Está bien. Ahora pónganse ambos pijama, lávense los dientes, y acuéstense. Y recuerden: ¡nada de peleas!
Snape se fue sin esperar que respondieran, y se escuchó la puerta del cuarto de Snape abrirse y cerrarse.
-Siento todo lo que pasó –dijo Harry de inmediato-. Pero tenía mucho miedo de que te pasara algo.
-Draco no le respondió. Tomó su mochila y sacó su pijama.
-¡De verdad que lo siento! –insistió Harry-. ¿Podemos seguir siendo amigos?
Draco, que le daba la espalda, no le contestó de inmediato. Parecía estarlo pensando, y Harry contuvo el aliento.
-Está bien, pero con dos condiciones –sentenció Draco finalmente, volviéndose.
-Lo que quieras –respondió Harry, feliz.
-Uno: que me ayudes a vengarme de Snape.
Harry lo quedó mirando, estupefacto.
-¿Vengarse? –preguntó preocupado. ¡Esa palabra le traía muy malos recuerdos!
-Si, Potter –dijo Draco con aire ganador, y apretando los dientes-. Venganza.
-¿Y qué quieres hacer? –preguntó Harry, tragando saliva de antemano.
-No lo sé todavía, ya voy a pensar en algo. ¡Pero me tienes que jurar que me ayudarás, y que no le dirás nada!
Harry se quedó callado unos segundos. Pero Draco estaba esperando su respuesta con la mano estirada, y tenía muchos deseos de hacer las paces con él.
-Está bien –dijo finalmente, tomándole la mano.
-Ahora la condición número dos... –dijo Draco soltándole la mano, y apuntándolo con el cepillo de dientes. Se rió al ver que Harry tragaba saliva con cara de "qué más se le va a ocurrir".
-¿Si? –preguntó Harry, nervioso.
-Dime dónde diablos está el baño –dijo Draco, y soltó una carcajada al ver la cara de alivio de su amigo.
AN: ¿Qué creen que pasará con Harry y Draco juntos? Muahahahaha. ¡Gracias por los reviews que me han dejado ! Me animan bastante.
