Capítulo 16 Otro ataque

Snape se apareció con Harry en el hall principal de San Mungo. Tras averiguar el lugar en el que se atendían los accidentados comunes, se dirigieron hacia allá. Los hicieron pasar a una sala, en la que había una enfermera y un medimago con aspecto de atleta. Al centro había una superficie alta, y Snape dejó a Harry ahí con cuidado.

-¿Nombre del paciente? –preguntó la enfermera, a pesar de que su vista se había detenido por algunos segundos en la cicatriz de la frente de Harry.

Snape se alejó con ella y comenzó a darle los datos, mientras el medimago se acercó sonriendo a Harry, que miraba alrededor con aprensión.

-Mi nombre es Adonis Ademar, pero me puedes llamar Ad –le dijo sonriendo-. ¿Qué te pasó, chiquillo? –preguntó luego.

-Me caí de un árbol –le informó Harry.

-Ya veo -dijo el brujo con fingida seriedad. De un movimiento de varita, Harry estaba sin ropa salvo por el traje de baño que todavía traía puesto-. Estos árboles, que se ponen a botar niños… -dijo en tono burlón-. ¿Te gusta nadar?

-A veces –gruñó Harry, sintiéndose incómodo de estar casi desnudo al medio de la sala-. Y no soy un niño.

-Si te subes a los árboles, es que todavía lo eres –le dijo el brujo, mientras paseaba su varita por el cuerpo de Harry. Se tardó un buen tiempo en la cabeza. Pero luego de un rato dejó de pasear la varita, y agregó-: Tienes un pequeño desgarro cerca de la columna, y un esguince en la pierna derecha. Creo que recibió mucho peso cuando llegaste al suelo. También tendrás un gran chichón en la cabeza, pero no encontré nada anormal ahí. De todos modos tendrás que volver dentro de una semana, para revisar que no haya complicaciones. Tuviste suerte de caer sobre tierra, muchacho.

Lo pusieron boca abajo, y Harry sintió el hormigueo de un hechizo que apuntaban directamente a la parte de la espalda que le dolía. Harry se sentía incómodo con todos mirándolo, pero cuando terminaron con su espalda se consoló al sentir que ya no le dolía. Luego se pudo volver a poner de espalda, y el medimago apuntó a su pierna. Harry se quedó tranquilo. Ya había tenido problemas peores de huesos, y sabía que nada podría ser peor que tener que volver a hacerlos crecer.

-El chichón se te va a tener que pasar solo –lo informó el medimago-. Pero puedes tomar media taza de poción simple para el dolor, y otra para la inflamación, dos veces al día como máximo. Y si sientes cualquier mareo, pérdida de memoria, nauseas, o si te duele o te molesta la cabeza, tienes que venir de inmediato. También es aconsejable que descanses por unos tres días como mínimo. Nada de ejercicios, ni movimientos bruscos. ¿Entendido?

-Si –dijo Snape, mientras Harry asentía.

Harry comenzó a vestirse, amargado. Se sentía como un estúpido. ¿Cómo había podido caerse de un árbol?

Cuando caminaban de vuelta a la zona de aparición del hall, Harry iba mirando el piso. Snape, notando que no se sentía bien, le pasó un brazo por los hombros.

-No pienses más en eso. Fue un accidente –le dijo-. No debí haberles devuelto el golpe.

-No es su culpa, nosotros empezamos –murmuró Harry.

-Bueno -dijo Snape, torciendo un poco la boca y formando algo similar a una sonrisa-. Entonces quedemos en que no fue la culpa de nadie. Fue un accidente. Y ya pasó. Cuando lleguemos a la casa te voy a preparar la poción para el dolor, y la para la inflamación, y tú te vas a acostar a descansar.

-Si señor –murmuró Harry, apesadumbrado a pesar de sus palabras.

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A Harry lo trataron muy bien cuando llegaron. Aunque se metió a la cama a regañadientes, Edelmira le subió de inmediato un gran pedazo de tarta de frutas que acababa de hacer, y la señora Helena llegó empujando la mesa con ruedas de la televisión que tenía en su cuarto.

-Te la traje para que te puedas entretener en la cama –le dijo con voz de abuelita de cuento.

-Gracias señora Helena –le dijo Harry, agradecido.

-Cuando termines este pedazo me dices si quieres más –le dijo Edelmira, poniendo la bandeja con el plato de tarta sobre sus piernas.

-Gracias señora Edelmira –murmuró Harry.

-Voy a bajar a preparar las pociones –dijo Snape, acomodándole los cojines en la espalda. Luego le dirigió una breve sonrisa, y se fue detrás de Edelmira y de la señora Helena.

Harry y Draco se quedaron solos.

-Disculpa que yo no te mime –dijo Draco en tono socarrón-, pero no me logro decidir entre lamerte los pies, o besarte el culo.

-No te burles –murmuró Harry.

-Adonde quiera que vayas, siempre tienes que ser el centro –continuó Draco, arrastrando desagradablemente las palabras, como lo hacía cuando quería parecer superior-. Harry "estrellita" Potter… ¡Ilumina el camino de nosotros los mortales!

-Por qué mejor no enchufas la tele, y te callas –gruñó Harry, picado.

-No soy tu elfo –respondió Draco, cruzándose de brazos.

Harry suspiró. Draco era un buen amigo, pero odiaba cuando no era más que el niñito mimado, hijo de su papito Malfoy. Se levantó, y fue a enchufar y prender la tele. Era de las antiguas, sin control remoto y con una perilla que se giraba para escoger el canal. Probó varios canales, y la dejó en uno en que pasaban el coyote y el correcaminos. Volvió a la cama, y vio que Draco estaba tirado en la suya, con cara de pocos amigos.

-¿Para qué te enojas, Draco? –le dijo-. No tuve la culpa de caerme. Fue un accidente. ¿Estás celoso acaso?

-¡No estoy celoso! –dijo Draco de inmediato, sentándose.

-¿Y entonces qué te pasa?

-Que me da lata que te tengas que quedar en cama por tres días, porque para no aburrirme solo me voy a tener que quedar contigo aquí, encerrado yo también.

-¿Y qué quieres que haga? –preguntó Harry, picado-. De todos modos tu prima llega mañana, no corres el riesgo de aburrirte mucho días aquí, conmigo –agregó con ironía-. Además, fue TU idea la de irse a subir a los árboles como los niños chicos.

-¡Ahora lo encuentras de niños! ¡No decías lo mismo cuando estabas ahí arriba, muerto de la risa!

Harry se quedó callado. Era verdad: hasta antes de caerse se había divertido bastante. Pero estaba enojado con Draco, de modo que se puso a mirar los dibujos animados para no tener que responderle.

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Draco miró el correcaminos, sin pensar realmente en lo que estaba viendo. Harry tenía razón: Laure llegaba al otro día, así que sólo le quedaba un día en esa casa. Ese pensamiento no lo hizo muy feliz. En cierto modo, aunque jamás se lo confesaría a Snape, no estaba que se moría de ganas por volver al departamento de su prima. De hecho, se aburría bastante ahí, solo todo el día.

Metió la mano al bolsillo, y acarició la cajita que había contenido la araña que habían capturado con Harry. El arácnido ya no estaba. Aprovechando que Snape había salido con Harry, Draco se había colado a su cuarto y le había dejado la araña adentro de su cama. Le tomó muy poco tiempo, y rápidamente bajó a la sala y se quedó con las señoras que miraban una telenovela. Ahora sólo le quedaba esperar a ver si picaba a Snape. ¡Ya vería, el brujo!

Draco estaba muy picado, porque tenía ganas de estar en la casa de Sonia, con ella. Le había caído bien, a pesar de ser muggle. Y no se podía sacar de la cabeza lo de la fiesta de la noche. Le daba rabia que Snape no lo dejara ir. ¿Qué le importaba a él si Draco pasaba el día con ella? Después de todo, ¡sólo se quedaría ahí hasta el día siguiente!

Intentó urdir un plan, pero parecía estar menos ocurrente que el coyote, al que nada de nada le resultaba. ¿Cómo se las podría arreglar para ir a la fiesta? Miró disimuladamente a Harry. ¿Sería posible que Harry lo ayudara a escaparse un ratito, en la noche? Tal vez… aunque si Snape los dejaba de nuevo durmiendo rodeados de esa alarma no podría ir muy lejos. Snape se despertaría de inmediato, y lo haría volver a la cama. Aunque todavía quedaba la posibilidad de que al brujo se le olvidara dejarlos con alarma. En ese caso, esperaría a que Harry se durmiera y bajaría un rato a la fiesta de Sonia.

Más feliz ante la perspectiva, continuó viendo los dibujos animados. Todo estaba bien, después de todo: la venganza estaba en camino, y existía la probabilidad de que pudiera ir a la fiesta. Y si lo atrapaban: daba igual. Para bien o para mal, al otro día volvería a casa de su prima.

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Draco esperó pacientemente a que la casa se durmiera, mientras oía a lo lejos el barullo de las risas en la casa de Sonia. Todo marchaba sobre ruedas: Harry, después de cenar, se había quedado rápidamente dormido. Y Snape se había retirado recomendándole que no metiera ruido, y que le avisara de inmediato si notaba algo mal en Harry. Draco actuó como niño serio, poniendo siempre cara de preocupado por su amigo y de arrepentido por haberlo incitado a subirse al árbol. Se disculpó, y Snape sólo le dijo que estaba bien, y que había sido un accidente. Parecía haberse tragado completamente la actitud del chico, y se fue sin poner la alarma en torno a sus camas. ¡Todo iba de maravillas! Pero Draco prefería esperar hasta estar seguro de que todos dormían en la casa. Aunque no tenía mucho que perder si lo descubrían, prefería que lo hicieran después de haber ido a la fiesta y no antes. Obviamente.

Pasadas las doce de la noche, Draco estaba casi seguro de que hace rato que no escuchaba a nadie moverse en la casa. Para estar seguro, decidió ir al baño y aprovechar de echar una mirada.

Salió al pasillo. Nada. Fue al baño en punta de pies, y aprovechó de lavarse los dientes, mientras fantaseaba pensando que tal vez, si tenía algo de suerte, le podría dar un beso a Sonia. Sonrió al espejo, y aprovechó de peinarse.

Volvió al dormitorio en punta de pies, y dejó la puerta junta. ¡Perfecto! Nadie se había despertado. Se vistió y dejó el pijama dentro de su cama, asomándose ligeramente para que pareciera que estaba ahí. No era muy bueno el efecto, pero engañaría a Harry si estaba lo suficientemente dormido. Salió al pasillo con los zapatos en la mano, y juntó la puerta sin hacer ruido. Bajó la escalera, cuidando de apoyar los pies con cuidado para que nada crujiera. Se tardó una eternidad (o eso le pareció), hasta que llegó al vestíbulo. Abrió la puerta de calle, y la dejó junta para poder volver a entrar más tarde.

No tuvo dificultad para atravesar el jardín, ni para saltar la reja. Le sirvió haber visto a Harry hacerlo, el día anterior. Cuando se encontró en la calle, miró de vuelta a la casa: toda oscura. La casa dormía. Sonrió. Era demasiado fácil.

Demasiado fácil. Demasiado fácil. Demasiado fácil... Más tarde recordaría ese pensamiento con remordimiento. Él no podía saberlo, pero alguien observaba la casa. Alguien que lo reconoció, y se sorprendió agradablemente de verlo ahí. Bendito muchacho...

Draco se acercó a la casa de su nueva amiga con la frente en alto. Iba a atravesar la reja, cuando alguien pasó a su lado rozándolo brevemente.

-Disculpa.

-No hay problema.

Adentro de la casa había un ruido considerable, y una nube de humo hacía que las luces se difuminaran. Draco tosió, y saludó al chico que le acababa de abrir la puerta.

-¿Dónde está Sonia? –preguntó.

-Por ahí –dijo el chico sin apuntar a ningún lugar en particular, y encogiéndose de hombros.

-Gracias... –dijo Draco, sin ocultar el sarcasmo. Pero el tipo ni siquiera se había quedado frente a él el tiempo suficiente para escucharlo.

Draco se aventuró entre los desconocidos, buscando con la vista a su amiga. Varias personas levantaban la vista hacia él al pasar junto a ellas, pero seguían de inmediato con sus propias conversaciones.

En la sala parecía no estar, concluyó Draco después de haber mirado en todas partes. Iba a irse al jardín, cuando algo que conocía llamó de inmediato su atención. El BAR. Fue atracción al instante. Había varias botellas a medio vaciar, y Draco reconoció una de Gin. Se sirvió de inmediato en el primer vaso limpio que encontró. Se tomó el primer trago. Arg. Fuerte. Cómo le gustaba…

Continuó recorriendo la casa en busca de Sonia. En los pasillo, en el comedor, en la cocina… En todos lados había gente. ¡Hasta cuando pasó junto al baño en el que se había cambiado de ropa al mediodía le pareció que había más de una persona adentro! Se alejó rápidamente, no muy seguro de si quería o no enterarse de cuanta gente había en el baño.

En la terraza había más gente. Buscó entre los rostros, pero no vio a Sonia tampoco. A lo lejos se distinguían a unas personas sentadas al borde de la piscina, con los pies dentro del agua. Se reían, iluminados por unas pocas velas pegadas sin ningún cuidado en el suelo.

-¿Cómo te llamas? –preguntó una chica a su lado.

-Draco –respondió Draco, mirándola. Era bonita, pero parecía demasiado maquillada para su gusto. Debía tener unos veinte por lo menos, calculó-. Busco a Sonia. ¿La has visto?

-Debe estar adentro de la casa –le dijo la chica-. Yo soy Fay –se presentó.

-Mucho gusto –respondió Draco, sin gran interés. La chica pareció percibirlo, porque se volvió a sentar entre sus amigos y no volvió a mirarlo.

Draco se comenzó a sentir un poco estúpido. Decidió que encontraría a Sonia aunque tuviera que recorrer cada rincón de esa casa. Decidido echó una última revisada en el jardín, y volvió a entrar a la casa cuando comprobó que Sonia no estaba ahí.

De pronto tuvo una inspiración. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Qué tal si ella no estaba abajo, sino en el segundo piso? Imágenes de Sonia retozando con algún chico en algún dormitorio empezaron a llenar su cabeza. Cuando llegó al vestíbulo, subió decidido la escalera. Nadie lo retuvo. A nadie parecía importarle su presencia.

Arriba había mucho silencio, comparado con el ruido que alcanzaba a subir por la escalera. Draco se llevó el vaso a los labios y se dio cuenta de que ya estaba vacío. Se encogió de hombros, y lo dejó sobre un arrimo que había en el pasillo. Comenzó a abrir puertas, y se dio cuenta de que la casa de Sonia era más grande que la de la señora Hartmann. Avanzó, asomando la cabeza por cada puerta. Un dormitorio, que parecía pertenecer a un chico, mucha ropa en el piso. Un escritorio, con dos de esas cosas que había visto en la televisión y que los muggles llamaban computadoras. Sintió curiosidad, pues nunca había visto una en directo. Pero estaba buscando a Sonia, y ella no estaba ahí, de modo que volvió a cerrar la puerta. Otra puerta reveló un cuarto muy ordenado, con cara de ser de un adulto, o de un par de adultos, ya que había una cama matrimonial. Parecía no ser usado con frecuencia, ya que no había nada que revelara presencia reciente, y Harry le había dicho que Sonia vivía sola con su hermano. Enseguida encontró otra sala, que tenía una televisión de tamaño considerable. Frente a ella, y dándole la espalda a él, había un gran sillón de espalda alta, y de ahí venían unos ruidos sospechosos. Se acercó, en punta de pies. Sólo vería si se trataba de Sonia. Le dio la vuelta, y miró. Ugh... no. Ninguno de esos dos chicos era Sonia. Por suerte estaban demasiado ocupados besándose, y no lo vieron. Draco salió con el corazón en el cuello, haciéndole "dum dum dum". Tenía calor. Quería salir y tomar aire. Pero todavía no encontraba a Sonia. La siguiente puerta era un baño. Vacío. Aprovechó de beber agua y de mojarse la cara.

La siguiente puerta estaba cerrada con llave. Apoyó el oído. Adentro se escuchaban gemidos. Draco sintió como si le hubieran pateado el estómago. Ya no le quedaba puertas. Sonia debía estar adentro, y claramente no estaba sola.

Sintiendo que el valor lo abandonaba, corrió los metros que le quedaban para llegar a la escalera, y bajó corriendo.

Oh, sorpresa.

En el vestíbulo había alguien que Draco jamás hubiera esperado encontrarse ahí. Albus Dumbledore. Algunos chicos lo miraban con curiosidad, a pesar de que estaba vestido de muggle (con unos jeans y una camisa a cuadritos).

-P... profesor Dumbledore –murmuró Draco, sorprendido-. ¿Qué hace usted aquí?

-Buscándote –dijo el anciano con aire grave-. Vamos.

Draco lo siguió, preguntándose que diablos podría haber pasado para que Dumbledore lo anduviera buscando. Y eso le recordó... ¿Cómo había sabido el director que estaba ahí?

-¿Cómo supo que estaba aquí? –preguntó Draco con curiosidad, mientras atravesaban el jardín.

-Harry supuso que estarías aquí –respondió el anciano, con aire cansado.

Draco levantó la vista, y notó que en la casa de la señora Hartmann las luces estaban encendidas. Tragó saliva. Snape lo mataría. Un momento... ¿Por qué lo había ido a buscar Dumbledore y no Snape?

-¿Dónde está el profesor Snape? –preguntó Draco-. ¿Por qué me vino a buscar usted?

Dumbledore suspiró.

-Han atacado al profesor Snape –murmuró Dumbledore-. Alguien se hizo pasar por ti con poción multijugos, y logró entrar burlando la barrera de reconocimiento.

Draco sintió que tenía algo muy gordo en el cuello, y no se lo podía tragar. ¿Quería eso decir que habían logrado entrar por su culpa?

-¿Quién lo atacó? –preguntó asustado. Habían llegado a la reja, y entraron al jardín.

-No sabemos. Logró huir –gruñó el anciano-. ¿Tienes tú alguna idea de quien puso ser? –preguntó en tono grave. Draco sintió que lo taladraba con la mirada.

-N... no. Ni idea –respondió. ¿Creían que él había tenido algo que ver?-. Yo no fui, se lo juro –agregó asustado.

-Supongo que no –respondió Dumbledore, con una expresión un poco más blanda-. No te estaba acusando. Sólo te pregunté si tenías alguna idea de quién podría haberte personificado. ¿Quién pudo tener algo tuyo para preparar la poción?

-Mis padres... pero no están en el país –sugirió Draco-. Laure, pero no creo que ella haya llegado, y ella jamás atacaría a Snape...

-El profesor Snape, Draco –lo corrigió Dumbledore, mientras abría la puerta. Pero no entró de inmediato-. ¿Alguna otra idea?

-Mis compañeros del colegio... cualquiera de ellos podría tener algo mío guardado. Aunque...

Draco recordó de pronto que alguien había tropezado con él justo antes de que entrara a casa de Sonia.

-¿Si? –lo animó Dumbledore.

-Alguien tropezó conmigo hace un rato, cuando recién había salido de la casa.

-¿Recuerdas su cara? –lo urgió el anciano.

-No. No puse atención –murmuró Draco con remordimientos-. ¿Y cómo está el profesor Snape?

-Se recuperará...

-Lo siento –se disculpó Draco, entendiendo hasta que punto había metido las patas esa noche.

En la casa estaban todos levantados. Las mujeres estaban en camisón, y Harry en pijama y con los ojos rojos.

-Lo siento –repitió Draco, cuando sintió los ojos de todos sobre él-. ¿Dónde está el profesor Snape?

-En San Mungo –respondió Harry, con voz de reproche-. Y encontró tu regalo, justo antes del ataque –agregó con odio.

Draco se puso pálido (más de lo que normalmente es). ¿La araña lo había alcanzado a picar? ¿Justo antes del ataque? Que mala suerte... Esperaba que eso no significara que por su culpa tampoco se había podido defender.

-¿Qué regalo? –preguntó Dumbledore, confundido.

-Nada. Bromas entre nosotros... –murmuró Harry, que no quería confesar de que no era casualidad que justo lo hubiera picado una araña. No quería confesar que él también había participado.

El director se volvió hacia la señora Helena.

-Lo siento, señora Hartmann. Pero me tengo que llevar a los niños a un lugar seguro.

A la anciana se le pusieron los ojos rojos, y no respondió de inmediato.

-¿Cuándo volverá mi niño? –preguntó cuando le salió la voz.

-Cuando se ponga mejor y le den el alta en el hospital –informó Dumbledore-. Lo siento –agregó, y luego se volvió hacia los chicos-. Suban a buscar sus cosas.

Draco y Harry obedecieron de inmediato, ambos sintiendo pésimo.

A: Te lo dije...

D: Ya si, lo admito. ¿Pero cómo iba a saber el chico que habría alguien afuera? ¿Y que entraría justo a atacarlo después de que lo hubiera atacado la araña?

A: Te lo dije, te lo dije, TE LO DIJE maldito #&$

D: Epa... contrólate. El jefe te puede oír.

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Los chicos, cuando hubieron juntado sus cosas (y Harry se hubo vestido) encontraron a Dumbledore (que ya no estaba vestido de muggle) en el cuarto de Snape. Tenía las varitas de ellos, la escoba y la capa de Harry, y la cadenita de Draco en un lote, sobre la cama. Harry dejó su baúl en el suelo. Se sorprendió de ver que el baúl de Snape también parecía listo.

-¿Dónde iremos, profesor? –preguntó Harry.

-A Hogwarts –informó Dumbledore.

Se escucharon pasos en la escalera, y se asomaron Edelmira y la señora Helena. A este paso, ambas estaban llorando.

-¿Cómo podemos ir a ver a Severus? –preguntó Edelmira.

-Yo las vendré a buscar mañana para llevarlas –ofreció Dumbledore-. Harry, Draco, despídanse.

La señora Helena agarró a Harry como si no lo quisiera volver a soltar.

-Prométeme que vas a volver –le pidió.

-Le prometo que volveré apenas pueda –respondió Harry-. Aunque no sé cuando sea eso. Pero le pediré a mi padrino, cuando ya esté bien, que vengamos lo antes posible.

-Señor Dumbledore… -recordó Edelmira de pronto-, Harry sufrió una caída esta tarde, y tiene que guardar reposo por tres días. Severus dejó hechas unas pociones. ¿Se las traigo?

-Está bien, me preocuparé de eso. Y si, tráigame las pociones. Pero antes, ¿puedo tomar esto? –preguntó Dumbledore, con un florerito en una mano.

La señora Helena no le hizo caso, y Edelmira simplemente se encogió de hombros en señal de "si", antes de bajar a buscar las pociones. Volvió al poco rato, con dos frascos. Mientras los chicos y las señoras se terminaban de despedir, Dumbledore fabricó con el florerito un traslador.

-Harry, cúbrete con tu capa y acerca tu baúl –ordenó Dumbledore, tomando él mismo el baúl de Snape-. Draco, ponte tu cadenita.

Y así, Dumbledore y los chicos desaparecieron. Aparecieron luego de dar vueltas un rato, en un camino rural, escondidos entre unos arbustos. Los chicos reconocieron de inmediato el camino que iba hacia Hogwarts desde Hogsmeade.

Dumbledore miró alrededor, y viendo que no parecía haber moros en la costa salió de entre los arbustos levitando los dos baúles. Los chicos lo siguieron, en silencio.

El castillo se veía completamente desprovisto de luces. Era solamente una gran masa negra que se recortaba contra el cielo oscuro. De la cabaña de Hagrid, en cambio, salía una luz anaranjada, y por la chimenea se arrancaba una columna de humo.

-¿Podemos ir a saludar a Hagrid? –susurró Harry.

-Ahora no –murmuró Dumbledore-. Ya le avisaré yo más tarde.

Cuando llegaron a la puerta del castillo, Dumbledore sacó de un bolsillo una manojo de grandes y desiguales llaves. Metió una en la cerradura, y le dio unas cuantas vueltas. Luego otra, y le dio otro numero de vueltas. Y así siguió, repitiendo de llave en algunos casos. Después de un rato, se oyó un "click", y la puerta se abrió.

-¿Qué pasa si se equivoca con alguna de las llaves? –preguntó Harry con curiosidad mientras se sacaba la capa, en el vestíbulo. Dumbledore soltó una risita.

-No querrías saberlo –le dijo.

Los chicos miraron alrededor, y sintieron frío. El casillo estaba oscuro, gélido, y absolutamente silencioso.

-¿No hay nadie en el castillo? –preguntó Draco bajito, cohibido por tanto silencio.

-Están los fantasmas, los elfos, y Peaves –explicó Dumbledore-. Vamos.

Se pusieron en marcha, escalera arriba. Llegaron a la gárgola que cuidaba el despacho del director, pero siguieron de largo. Pasaron por detrás de un tapiz por el cual los chicos nunca habían pasado, y llegaron a la base de una torre. Subieron la escalera caracol y llegaron a un muro. ¡Ahí no había nada!

Pero si lo había. Dumbledore tocó la pared y se materializó frente a él una puerta. La abrió, y los hizo pasar.

Entraron a una sala acogedora, a pesar del frío que hacía. Había unos sillones, y un pequeño comedor. Por las ventanas, que tenían unos diminutos balcones, se tenía vista a la mayor parte de los terrenos del colegio. Había una escalera caracol, que subía, casi al medio de la sala.

-Se quedarán aquí conmigo, por ahora –les informó el anciano dejando el baúl de Harry sobre la alfombra-. ¿Tienen frío?

-Un poco –admitió Harry.

Un "plop" hizo saltar a Harry. Dobby acababa de materializarse frente a ellos.

-Dobby está encantado de ver a ustedes señor Director, y señor Harry Potter, y señor Draco. ¿Puede Dobby traerles algo? ¿Puede Dobby hacer lo que sea por ustedes?

-Buenas noches Dobby –lo saludó Dumbledore-. Puedes seguir durmiendo, no necesitamos nada.

Dobby pareció apenado, y le comenzó a tiritar el labio inferior como si acabaran de retarlo.

-¿Nada de nada? ¿Ni siquiera un vaso de agua? ¿Chocolate caliente? ¿Una aceituna? ¿Maní? –sugirió medio desesperado, con la esperanza de tentarlos. Dumbledore resopló, divertido.

-Buena idea, tráenos a todos chocolate caliente Dobby.

Una inmensa sonrisa se abrió entre las dos inmensas orejas del elfo, quien desapareció de inmediato. Dumbledore apuntó a la chimenea, y aparecieron unos troncos encendidos.

-Este lugar está muy expuesto al viento –explicó, a pesar de que nadie había preguntado nada-. Hace siempre un frío que te cala los huesos, pero la vista es inmejorable.

-¿Podremos ir a ver al profesor Snape con usted, mañana? –preguntó Harry, que una vez pasada la emoción de llegar a un lugar nuevo comenzó nuevamente a preocuparse por el brujo.

-Tal vez, no sé –respondió Dumbledore con voz cansada. Bostezó larga y sonoramente-. Mañana me preocupo de mañana. Por ahora, prefiero que nos instalemos para dormir lo que queda de la noche –agregó, mirando un reloj cucú que indicaba que eran doce minutos pasadas las tres de la mañana.

-¿Dónde vamos a dormir? –preguntó Draco.

Dumbledore apuntó los sillones, a la vez que el elfo reaparecía con una bandeja con tres tazones de humeante chocolate, y un plato con un surtido de galletas. Los dejó sobre la mesa del comedor, y el aroma dulzón llenó la sala haciendo que a los chicos se les llenara la boca de saliva.

-¿Qué más puede Dobby hacer para ayudar? –preguntó, balanceándose para adelante y para atrás, con aire expectante.

-Gracias Dobby. Ve a dormir –ordenó Dumbledore, y el elfo desapareció de inmediato. Al parecer, lo mejor para hacer desaparecer a un elfo con frenesí por ayudar es ordenarle que haga otra cosa (ir a dormir en este caso).

-Yo en el grande –dijo Draco de inmediato, sentándose en el sillón más grande. Harry entornó la vista. Dumbledore negó con la cabeza, y transformó uno de los pequeños en otro igual de grande. Harry se fue a sentar en él, y a duras penas resistió el impulso de sacarle la lengua a Draco.

-Bueno, pónganse pijama –les dijo Dumbledore-. El baño está arriba, por si alguno siente la necesidad. Prefiero que no salgan de aquí. ¿Entendieron?

Ambos respondieron "si señor", y Dumbledore desapareció escalera arriba, llevándose el baúl de Snape. Harry pensó que eso no le gustaría mucho a su padrino, y se imaginó su cara al ver que el director se había tomado la libertad de trasladar sus cosas al castillo sin su consentimiento.

Mientras obedecían (pensando en los tazones de chocolate y mirándolos de tanto en tanto), se escucharon pasos sobre sus cabezas, y a los pocos minutos reapareció Dumbledore en camisón. Tomó uno de los tazones, y se sentó. Los chicos lo imitaron, sintiéndose un poco cohibidos de estar en pijama con el director, en su cuarto del colegio.

-¿Podré volver a casa de la señora Helena cuando el profesor Snape esté bien? -preguntó Harry.

-Temo que no –respondió Dumbledore.

-Yo creo que el profesor Snape va a querer volver allá, y yo vivo con él –argumentó Harry.

-Intentaré convencerlo de que se venga a quedar a Hogwarts contigo –prometió el anciano.

-¿Y si no quiere? –preguntó Harry, aunque no estaba seguro de querer escuchar la respuesta.

-Entonces te llevaré con tus tíos. Ahí estarás seguro –respondió Dumbledore.

-No volveré con los Dursley –respondió Harry, en forma tajante.

-Tú harás lo que se te ordene –respondió Dumbledore, con una voz que hizo que los dos chicos derramaran parte del chocolate, a pesar de no haber subido el volumen.

-No me haga volver allá –rogó Harry, decidiendo cambiar de estrategia.

-Ayúdame a convencer al profesor Snape que se quede aquí contigo, entonces –sugirió el brujo, mirándolo fijamente a través de sus anteojos de media luna.

Harry se quedó callado, y miró por la ventana que tenía más cerca. No quería irse con los Dursley, pero tampoco quería echar raíces en el colegio. ¡Quería volver a casa! ¡A la que ahora era su casa! ¡Con la que ahora era su familia!

-Podrías visitarme a Laure y a mi, de vez en cuando –sugirió Draco para animarlo.

-No, no creo –dijo Dumbledore-. Ya se verán cuando vuelvan al colegio.

-¡No quiero quedarme encerrado otro verano! –gruñó Harry, abandonando el cambio de estrategia al ver que no le había dado resultado-. No es mi culpa todo lo que está pasando.

Draco, que iba a decir algo también, se quedó callado de inmediato, sintiendo que él si tenía en parte la culpa.

-Ya vamos a ver... –contestó Dumbledore vagamente, con una voz que no se comprometía a nada.

AN: Espero que les haya gustado este capítulo :) Próximo capítulo: una noticia inesperada, y el par de chicos recuerdan el verano pasado ;). ¡No se olviden de dejarme un comentario!