Enjoy!
Se paró frente a la puerta del despacho y echó una ojeada al reloj; llegaba quince minutos antes de la hora acordada. Sabía que aquello era algo que a los superiores les encantaba; trabajadores sumisos y dispuestos a sacrificar tiempo personal para dedicarlo al trabajo. Se alisó la chaqueta y levantó el brazo izquierdo con el fin de llamar a la puerta. Su mano estaba a escasos diez centímetros de la madera cuando vaciló; sus dedos se plegaron lentamente contra la palma y cerró los ojos mientras iniciaba un par de respiraciones hondas. Estiró el cuello hacia el lado derecho hasta que escuchó el característico chasquido y abrió los ojos.
—Allá vamos —suspiró.
Dos golpes secos y después, silencio. Se mordió el labio inferior y temió haber llegado demasiado pronto. Miró a ambos lados del pasillo esperando encontrar a algún agente que pudiera indicarla si el director adjunto Noonan se encontraba en el edificio; pensó que, quizás, habría sido buena idea haber acudido antes al despacho de Crawford, recientemente destinado desde Quántico al edificio J. Edgar Hoover.
Cuando la idea de acudir a ver a su superior aun sobrevolaba su mente, él mismo abrió la puerta.
—Buenos días, Starling —saludó ajustándose el nudo de la corbata. Clarice, sorprendida, dio un paso atrás; pero Crawford ya había alcanzado su hombro y con una ligera presión, la invitaba a entrar en el despacho.
—Señor, yo...
—Llega pronto, Starling —apuntó el hombre esbozando una gentil sonrisa. Clarice sacudió la cabeza.
—No podía dormir, señor.
—Sé que se está preguntando el por qué de mi presencia en el despacho del director adjunto, Clarice —ella asintió en silencio—. Como puede ver —dijo parándose sobre la alfombra que decoraba la sala—, no soy el único. Pero no tema —apretó con más fuerza el hombro de Clarice para hacerla ver que permanecería a su lado—, queremos mostrarla nuestras condolencias por su pérdida.
—Jack —interrumpió Noonan. Crawford miró al superior y asintiendo, guardo silencio. El director adjunto desvió su atención hacia Clarice y esta se sintió como una presa frente a su atacante. El director Noonan tenía el aspecto de agente del FBI de la vieja escuela; mirada cansada pero astuta, siempre dispuesta a descubrir detalles que a cualquier novato se le pudieran pasar por alto. El desgaste como agente le había pasado factura hacía varios años y lucía más viejo de lo que en realidad era; apenas acababa de pasar los cincuenta y Clarice siempre había sospechado que esa edad la había dejado atrás hacía, por lo menos, una década. Vestía traje de chaqueta color gris oscuro y camisa blanca; los pantalones iban sujetos con unos tirantes negros y la barriga le sobresalía de una curiosa manera sobre la cintura del pantalón. Con la vista aun clavada en Starling, rodeó la mesa y se sentó ofreciendo a la joven agente la silla que estaba frente a él—. Por favor, agente Starling.
—Gracias, señor —musitó ella avanzando hacía el lugar. Crawford estaba ocupando la silla que se encontraba junto a ella cuando la puerta sonó y un tercer agente entró al despacho. Se trataba de Clint Pearsall, agente veterano y superior de Clarice desde que había sido relevada de su puesto en Ciencias de Comportamiento y la había sido encomendada la labor de adentrarse en el trabajo de los "agentes de campo".
— ¡Ah, Clint! —celebró Noonan con entusiasmo—. Me alegro que por fin hayas llegado; como verás, nuestra agente ha sido más que puntual.
—Parece que por fin el adiestramiento federal está surtiendo efecto —respondió el hombre sin ni siquiera mirar a Clarice.
—Agente Starling, lo primero que quiero es darla mi más sentido pésame. Sé que, a parte de compañeras en Quántico, la agente Mapp y usted mantenían una estrecha relación de amistad.
—Gracias, señor —repitió Clarice. Siempre era repetir; había aprendido que replicar no servía para nada en aquel lugar. Ser obediente y disciplinada era lo que podría mantenerla atada al puesto de agente; aunque por dentro, poco a poco, fuera muriendo cada día más.
—Sé que... —Noonan carraspeó antes de continuar y se acomodó en su sillón—, dio su versión de los hechos a los agentes la noche del crimen, y puesto que ese momento no era el más indicado para realizar tal labor —dijo clavando la mirada sobre Pearsall—, nos gustaría que ahora, ya más calmada, pudiera ratificar sus palabras de aquella noche.
—Con todo el respeto, señor. ¿Qué le hace pensar que estoy más calmada? —los ojos de Noonan brillaron durante una décima de segundo y sonrió.
—Agente Starling —sisió Pearsall. Nooan levantó la mano para hacerle callar.
—No, agente Pearsall, no pasa nada. Me gusta el carácter de esta mujer —respondió cruzando las manos sobre el escritorio—. Es fuerte y decidida. Unas características muy buenas para un agente del FBI —Pearsall la miró y entrecerró los ojos para mostrar su desacuerdo con las palabras del director—. Agente Starling, comprendo que se encuentra en unos momentos muy delicados; pero, como agente, sabrá mejor que nadie que cuando antes se lleven a cabo los interrogatorios, antes se puede continuar con la investigación.
— ¿Qué quiere que le diga? ¿Que me encontraba en mi dormitorio en el momento que el atacante entró en el apartamento? ¿Que tenía la música puesta y por ese motivo no pude escuchar los gritos de mi amiga?
—Soy consciente de que ya ha pasado por esto, la repito; pero, por favor... —Clarice asintió suspirando y se echó hacia atrás en la silla. Dudaba que su estómago estuviera preparado para afrontar de nuevo aquellos recuerdos.
—Eran cerca de las once y me pareció extraño que Arde... perdón, la agente Mapp no hubiera pasado a darme las buenas noches.
— ¿Pasaba siempre a darla las buenas noches? —preguntó Pearsall con cierto tono de sorna. Esta vez fue Crawford quién dirigió a su compañero una furibunda mirada.
—Siempre, señor —respondió Clarice—. Nos gustaba mantener una breve charla antes de dormir; nos recordaba que no estábamos solas.
—Prosiga agente Starling.
—Me quité los cascos, apagué la música y salí de mi dormitorio para comprobar que no se hubiera quedado dormida en la sala de estar. Me sorprendió el hecho de que las luces estuvieran apagadas, pues la de la escalera se suele quedar encendida hasta que vamos a dormir —matizó—. Me asomé al dormitorio de la agente Mapp pensando que, quizás, se había retirado sin decir nada; pero no había nadie.
— ¿Aquello la alarmó?
—No me alarmé; a fin de cuentas, éramos dos personas adultas dentro de un apartamento; que inusualmente una luz estuviera apagada no era motivo de preocupación.
—Pero bajó al piso inferior...
—Por supuesto que bajé. Que no estuviera alarmada no quiere decir que no quisiera comprobar que mi amiga estaba dormida en el sillón —Noonan se relajó de nuevo en su asiento—. Encendí la luz y bajé las escaleras mientras la llamaba.
— ¿La llamó por su nombre?
—Creo recordar que dije alguna frase —recordó Clarice.
— ¿Qué tipo de frase? —preguntó Pearsall acercándose a la chica.
— ¿Es eso relevante, señor? —respondió Clarice con voz inocente.
—Por supuesto que no lo es, agente Starling —dijo Noonan—. Clint, por favor, guarda silencio hasta que Starling haya completado su relato —el agente asintió y buscó de nuevo su silla—. Agente Starling...
—La llamé y no hubo respuesta, lo que me hizo pensar que, como sospeché desde un principio, se encontraba dormida. Me acerqué a la sala de estar sin dudar un momento. No sabía lo que me iba a encontrar... —notó el ardor en sus ojos y guardó silencio durante unos segundos. Crawford acercó, de nuevo, su brazo al hombro de la chica para consolarla—. Encendí la luz y...
Flashback
Los dedos se la quedaron rígidos cuando la luz de la sala de estar se encendió mostrando el horror. Con los ojos desencajados por la escena que estaba presenciando, Clarice cayó de rodillas sobre el suelo. Comenzó a respirar con dificultad y no era capaz de coordinar su cuerpo. Sentía unos deseos terribles de salir corriendo y gritar. Habría gritado de haber sido capaz de articular palabra.
La sala estaba prácticamente bañada en sangre; las paredes, el mobiliario. El suelo era como una pequeña charca de color rojo y en el centro, lo que quedaba de su amiga. Clarice se mantenía inmóvil; pero sus ojos se movían con rapidez por toda la habitación. No quería mirar a su amiga; pero allá donde sus ojos se posaban, descubría un nuevo resto.
Como pudo se puso en píe y buscó el teléfono. Se encontraba sobre el sillón; frente a los restos de Ardelia. Tenía que llamar; necesitaba dar aviso de lo que había ocurrido.
Apretó los puños y cerró los ojos conteniendo el aliento; el óxido aroma de la sangre la estaba revolviendo el estómago. Caminó despacio, tomando todas las precauciones necesarias en cada paso que daba. Nada podía cambiar de lugar; nada podía dejar de estar como estaba.
Contuvo el aliento al dar la larga zancada que la hizo pasar sobre los restos de su amiga; comenzó a llorar. Logró alcanzar el teléfono y volvió sobre sus pasos; pero las prisas por salir de aquel infierno la hicieron olvidarse de regresar sobre sus propias huellas; cuando se percató de ese detalle, se sobresaltó y resbaló sobre el charco de sangre. Pocos centímetros a su derecha estaba lo que parecía ser un trozo de pierna; o tal vez fuera parte del brazo. Era imposible reconocer la anatomía en tal estado; el asesino se había esmerado al desmembrar el cuerpo. No había ni una sola extremidad que se conservara intacta; las manos habían sido separadas de los brazos, estos divididos a la altura de los codos. Los pies y las piernas descansaban dispersos en diferentes rincones de la estancia; la mesa, el respaldo de un sofá, sobre la televisión... Aquel psicópata se había entretenido en decorar la sala de estar a placer mientras ella permanecía ajena al calvario de Ardelia.
Una llamada corta, directa. Pocos minutos después un gran despliegue de policías y agentes federales rodearían el vecindario. Una aparente tranquila noche de verano se había convertido en su peor pesadilla.
Sobre la mesa de café reposaba el arma del crimen; un hacha de pequeñas dimensiones con la hoja mellada.; a Clarice la resultó familiar. La chica se sentó en el hall a esperar la llegada de los agentes. Se acurrucó abrazando su cuerpo y obviando el hecho de que estaba cubierta de sangre de la cabeza a los pies.
Flashback
Noonan carraspeó, Crawford contuvo el aliento y Pearsall tragó saliva. Clarice había relatado, de nuevo, el hallazgo del cuerpo con tal precisión y frialdad que los hombres quedaron altamente sorprendidos. La chica había preferido hablar sin pensar en las palabras; sin dar emoción ni dejar ver sus sentimientos. Para ella fue como volver a recitar una de aquellas tediosas lecciones del colegio luterano en el que había sido encerrada de niña. Sin querer saber lo que decía.
—Agradezco el esfuerzo, agente Starling —respondió Noonan tras unos segundos de silencio—. Sé que no es de mi competencia; pero estoy seguro de que al agente Pearsall no le importará si se toma unos días libres.
—En absoluto —musitó el hombre sin todavía poderse sacar las palabras de Clarice de la cabeza.
—Señor, preferiría mantenerme en la investigación.
—Esa no es una buena idea, Clarice —dijo Crawford—. Este caso la toca de manera personal; sabe las normas.
—Era mi amiga, señor. No escuché sus gritos. No pude salvarla; creo que se lo debo.
—Jack tiene razón, agente Starling. No estará dentro de este caso; aunque será informada de todos y cada uno de los detalles que de él se saquen.
—Pero señor...
—La recomiendo que se tome esos días libres —guardó silencio y miró a los otros hombres—. No se lo recomiendo; se lo ordeno.
— ¿Me están echando?
— ¿Lo ve como un castigo? Ha pasado por una experiencia traumática, agente Starling. A su vuelta será evaluada por un psicólogo para comprobar en qué condiciones se encuentra.
—Señor, yo...
—Agente Starling, esa es mi última palabra —Clarice apretó con fuerza los labios y se puso en pie.
— ¿Puedo añadir algo? —preguntó claramente ofendida. Noonan cabeceó asintiendo—. En todos los casos se llega a un punto muerto, señor. Usted como agente lo sabe de sobra. Llegada ese momento, si precisan de mi ayuda, por favor, háganmelo saber. Nada me gustaría más que atrapar yo misma al responsable de esto.
Bueno, bye...
TA TA. Z
