Sorry por la demora.

ADVERTENCIA: este capítulo contiene violencia. Si te perturba leer esa clase de cosas, sáltatelo y quédate con el siguiente resumen: "Una vez que le dan el alta, Dumbledore obliga a Snape a quedarse en la torre, con él y los chicos. Pasan cuatro días, en los que los ánimos se alteran. Harry discute con Snape. Snape discute con Dumbledore. Laure Walters es trasladada a San Mungo, donde permanece en estado grave. Snape y los chicos vuelven a instalarse en la mazmorra de Snape, como el verano anterior."

Capítulo 18 Conflictos

Las cosas ocurrieron como Harry las había previsto, al día siguiente. Snape fue dado de alta, y llegó en compañía de Dumbledore al cuarto del segundo, de un humor masacrante.

Harry había estado conversando con Hagrid, que había subido a quedarse con ellos. El semigigante había entretenido a Harry con las historias de todo lo que le había pasado en el bosque prohibido a lo largo de los años, mientras vigilaba que no se levantara del sillón. Draco no lo había pasado tan bien, ya que Hagrid le caía muy mal y le daba rabia haber quedado relegado a segundo plano por la visita de otro amigo de Harry.

-¡Profesor Snape! –gritó Harry, feliz, cuando lo vio aparecer detrás de Dumbledore. Al instante se levantó y corrió a abrazarlo-. Que alivio ver que está mejor, susurró en su abrigo mientras lo abrazaba.

-Estoy bien, no te preocupes –respondió el brujo suavemente, a pesar de que seguía notándose que estaba muy molesto por algo-. ¿Y tú? ¿Cómo va tu chichón? –preguntó enseguida, intentando sonreír.

-Bien –respondió Harry.

Draco lo saludó de lejos, con una inclinación de cabeza y un intento de sonrisa, pero bajó la vista de inmediato. Snape se iba a acercar a él, pero Dumbledore lo agarró de un brazo y comenzó a llevarlo hacia la escalera.

-Severus, tú tienes que guardar reposo –le recordó el anciano mientras tiraba de él-. Puedes usar mi cuarto mientras tanto.

Pero Snape estaba molesto. Muy molesto. Y no estaba dispuesto a dejarse mandunguear por su jefe, en vacaciones, de modo que se soltó de las garras del anciano con brusquedad.

-Agradezco su hospitalidad, señor Director, pero ya es hora de que vuelva a mi casa. –dijo en tono frío. Luego se dirigió a los chicos, y agregó-: ¿Tienen sus cosas listas?

-No puedo permitir que vuelvan ahí –dijo el anciano negando con la cabeza-. Esa casa no es segura.

-Tampoco nos lo puede impedir –respondió Snape en tono frío-. ¿Dónde dejó mi baúl?

-Está arriba, y ahí se va a quedar –dijo Dumbledore en tono autoritario.

Snape no lo escuchó. Le volvió a ordenar a los chicos que juntaran sus cosas, y subió la escalera con paso marcial para recuperar lo que era suyo. El anciano suspiró, y subió tras él.

Harry y Draco se miraron, sin saber qué hacer. Hagrid se notaba incómodo, y sus manos parecían sobrarle. Sacó un pañuelo grande a cuadritos que tenía en uno de los múltiples bolsillos de su abrigo, y se secó una humedad inexistente, en su cara.

-Creo que es mejor que yo me vaya –comentó al aire. Se encaminó a la puerta-. Nos vemos. Cuídense.

En el piso superior se escuchaba el ruido de una discusión, a pesar de que ninguna palabra se distinguía. Harry tragó saliva, preguntándose si Snape sería capaz de irse sin él. ¡No quería que Dumbledore lo enviara a casa de los Dursley!

No atreviéndose a desobedecer a Snape, los chicos rápidamente guardaron las pocas cosas que tenían dispersas, y se sentaron a esperar en silencio, con el ruido de la pelea sobre sus cabezas.

Al poco rato, después de unos gritos que parecían insultos (era la voz de Snape), se escuchó el sonido de un hechizo. Luego unos segundos de silencio, y nuevamente unos insultos (con la voz de Snape). Luego se escuchó lo que parecía una serie de golpes. Harry y Draco se miraron, con cara de horror. ¿Qué estaba pasando arriba?

-Mejor voy a ir a ver que pasa –dijo Harry, armándose de valor.

Antes de que alcanzara a llegar al piso superior se dejaron de escuchar golpes. Se acercó con cautela al cuarto del director, cuya puerta estaba cerrada. Iba a tocar a la puerta, cuando escuchó la voz del anciano.

-Es por tu propio bien, y lo sabes. Ahora pórtate bien, mientras bajo a hablar con los niños.

Harry no alcanzó a hacer nada, y la puerta se abrió sobresaltándolo. Dumbledore lo quedó mirando. Harry alcanzó a distinguir, por la parte de la abertura que el cuerpo del director no alcanzaba a tapar, a Snape metido en una gran cama con dosel. Sus miradas se cruzaron, y Harry sintió algo muy desagradable en el estómago al ver que Snape se sonrojaba. ¿Acaso era idea suya, o el brujo parecía avergonzado de que Harry lo viera ahí?

-¿Estabas escuchando? –preguntó Dumbledore en tono de censura.

-No, profesor –aseguró Harry de inmediato-. Acabo de subir, porque escuché golpes, y creí que estaban… -se sonrojó, sin conseguir explicar que creía que alguno de los dos estaba matando al otro-. Lo siento –agregó bajando la vista.

-Está bien –dijo el anciano-. El profesor Snape necesita estar algunas horas a solas –agregó en tono más frío (y Harry notó que Snape se sonrojaba todavía más al escuchar esto, y forcejeaba inútilmente para poder salir de la cama)-, de modo que puedes volver a verlo más tarde. Por ahora acompáñame abajo.

Dumbledore cerró la puerta de golpe tras decir esto, y empujó a Harry suavemente para que avanzara.

Draco se sobresaltó al verlos llegar. Se puso de pie, con la mochila al hombro.

-Dejen sus cosas donde estaban –ordenó el Director-. Se van a quedar aquí.

-¿Y el profesor Snape? –preguntó Draco, tímidamente.

-Él también, y por ahora está arriba… reponiéndose –respondió el anciano.

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El día pasó lentamente para todos. Dumbledore estuvo de un mal humor evidente desde la pelea con su insubordinado subordinado, y obligó a Harry a quedarse también descansando toda la tarde. Draco, por su parte, se sentía como un pollo en un corral ajeno. No sabía qué hacer. El anciano estuvo callado leyendo toda la tarde, junto a una ventana, y los chicos no se atrevían a hacer mucho ruido, para no distraerlo.

Finalmente, antes de la cena, Dumbledore los dejó por fin ir a ver a Snape. Encontraron al brujo acostado, dándole la espalda a la puerta.

-¿Profesor? –preguntó Draco tímidamente, desde el umbral de la puerta.

El brujo se dio vuelta. Su rostro tenía una inconfundible expresión de amargura.

-Pasen –dijo simplemente.

Los chicos entraron, y cerraron la puerta detrás de ellos. Se acercaron. Había una silla cerca de la cama, junto a una pequeña mesa con un tintero. Harry se sentó a los pies de la cama, de modo que Draco se instaló en esa silla.

-¿Cómo se siente? –preguntó Harry tímidamente.

-Bien, Harry –aseguró el brujo cerrando los ojos momentáneamente-. Estoy bien. Siento lo del escándalo de la mañana.

-Está bien, no se preocupe –contestó Harry sonriendo-. Tuve miedo… –confesó luego, y ambos chicos se miraron.

-Creímos que se estaban matando –explicó Draco, completando la frase que su amigo había dejado en suspenso. Ambos miraron a Snape, que se sonrojó ligeramente.

-No hay motivos para que piensen eso –les aseguró de inmediato-. Quédense tranquilos. Yo no mataría al director, y él tampoco mataría a nadie.

-¿Hasta cuando nos quedaremos aquí? –preguntó Harry.

-El resto del verano, Harry –respondió Snape con amargura-. A menos que el director cambie de idea –murmuró enseguida.

-¿Y yo? –preguntó Draco.

-Bueno Draco… -respondió Snape algo incómodo-. Tu prima tuvo un accidente…

-Lo sé –intervino Draco-. Por eso se lo pregunto.

-Te vas a quedar con nosotros el tiempo necesario hasta que tu prima esté bien –le dijo Snape-. Mis condolencias –agregó con sarcasmo.

-¿Y nos vamos a quedar aquí con el profesor Dumbledore? –preguntó Harry, que comenzaba a sentirse exasperado de estar el cuarto del director, por muy buena vista que tuviera.

-Sólo por un par de días –aseguró Snape-. Hasta que él determine que yo ya estoy bien –explicó-, y que no saldré arrancando –agregó en tono burlón.

-¿Y no podemos irnos abajo, como el verano pasado? –insistió Harry.

Snape bajó la vista, y los chicos vieron que parecía incómodo. Los tres guardaron silencio unos segundos.

-Harry… ¿Ves esa cómoda que está ahí? –susurró Snape finalmente, indicando un mueble con cajones que había junto a un armario. Harry asintió-. En el primer cajón hay una varita. La mía. Sácala, apunta la cama, y haz un Finite Incantatem…

-¡Ya te escuché! –tronó la voz de Dumbledore desde el otro lado de la puerta-. ¡No te atrevas Severus! ¡O tú y yo tendremos otra charla!

Harry tragó saliva, y miró algo incómodo a su padrino. Finalmente volvió a la cama, sin abrir el cajón.

-Tengan paciencia –gruñó Snape. Parecía miserable-. Y gracias por su visita –agregó sin darles la vista.

Los chicos entendieron la indirecta, y se pusieron de pie.

-Nos vemos –le dijo Draco, sin saber qué más decir.

-Animo… -agregó Harry, sintiendo un poco de pena al ver la forma en que Dumbledore parecía empeñado en humillarlo.

Snape sonrió débilmente, pero no respondió.

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Pasaron otros dos días en ese ambiente tenso. Dumbledore parecía otro. Aunque por encima era el de siempre, Harry sentía flotar en torno a él un aura de poder que decía "aquí mando yo". Harry no se sentía bien. No hallaba la hora de escapar de la presencia del director. No podía esperar al feliz momento en que salieran de su cuarto, para no verle las barbas por un buen tiempo. Le molestaba que obligara a Snape a quedarse en su cuarto (finalmente había hecho traer otra cama), acostado todo el tiempo. Le molestaba ver que lo trataba como si fuera un chico. ¡Snape era un adulto! No tenía ningún derecho a hacerle eso, sobre todo con dos de sus alumnos tan cerca. Le irritaba sentir lo humillado que su padrino se sentía, cada vez que Dumbledore los autorizaba a Draco y a él a entrar a pasar un rato con él, cómo si fuera muy generoso y les estuviera haciendo un favor. ¡Cómo se atrevía! Harry tenía la sensación de que Dumbledore buscaba castigar a Snape con todo ese circo. No se tragaba el cuento de que lo hacía solamente por su salud y la seguridad de todos. Harry estaba seguro de que el anciano se estaba desquitando por haber perdido la discusión que habían tenido días antes, en casa de la señora Helena.

Finalmente, al cuarto día desde que Snape había llegado, Dumbledore llegó de alguna parte a la que había ido (presumiblemente el Hospital o el Ministerio…) anunciando que Laure Walters por fin había sido trasladada a San Mungo. Al instante Draco quiso ir a verla, y el anciano accedió a llevarlo. Dumbledore despachó a Winky, que se había quedado "cuidando" a los chicos junto con Dobby, pero le indicó a este último que permaneciera otro rato con Harry, hasta que llegaran.

Cuando se hubieron ido, Harry subió de inmediato a ver a su padrino. Tenía muchos deseos de estar a solas con él, después de tantos días. Dobby saltó de inmediato, intentando retenerlo.

-¿Va el señor Harry Potter al baño? Recuerde que el señor director Dumbledore no quiere que suba a ver al señor profesor Snape a menos que él lo autorice.

-¡Me importa un rábano lo que diga el señor profesor Dumbledore! –se burló Harry, sin hacerle caso, mientras continuaba subiendo la escalera.

Dobby lo miró impotente, y con las orejas caídas. Dobby era un buen elfo, al que le gustaba cumplir las órdenes. Pero el señor Harry Potter era amigo de Dobby, y Dobby entendía que el señor Harry Potter quería al señor profesor Snape. Dobby también entendía que el señor director Dumbledore no permitía a su amigo el señor Harry Potter estar mucho tiempo con el señor profesor Snape. Dobby suspiró, y se quedó donde estaba, renunciando a seguir y detener a su amigo el señor Harry Potter.

Snape abrió los ojos de inmediato al escuchar la puerta abrirse, y sonrió al ver entrar a Harry.

-¡Señor Potter! –lo saludó animado, sentándose-. Que agradable sorpresa.

-Profesor Snape, cómo está usted hoy –lo saludó Harry en forma muy formal, para seguirle la broma.

-Ven aquí –le dijo Snape de inmediato, dándole unas palmaditas al sitio libre sobre su cama, para que se fuera a sentar junto a él. Harry obedeció de inmediato.

-Dumbledore salió con Draco, a ver a su prima –informó Harry.

-El profesor Dumbledore, Harry –lo corrigió Snape, con paciencia.

-Pues por ahora no se me da la gana llamarlo así –respondió Harry desafiante, cruzándose de brazos-. De hecho, si no fuera porque estoy hablando con usted, no se llamaría nada más que viejo de mierda –agregó con sarcasmo y evidente desagrado.

-Tienes suerte de que no tenga mi varita en este momento –contestó Snape, ya sin sonreír-. O te habrías encontrado con una buena cantidad de jabón en tu boca por hablar así. No vas a volver a expresarte de ese modo. ¿Entendido?

Harry sintió algo desagradable en el estómago, al escuchar a Snape llamarle la atención. No dijo nada, pero se encogió de hombros.

-Estoy hablando en serio, Harry –insistió Snape-. No quiero que digas esas cosas. Mírame a la cara y prométemelo.

Harry suspiró, exasperado. Lo miró a los ojos, y respondió con evidente fastidio (y en forma muy poco convincente):

-Está bien. Lo prometo. ¿Feliz?

-No te pongas insolente… –murmuró Snape, con el ceño fruncido.

-Lo siento –dijo Harry de inmediato, cambiando la cara por una más "respetuosa"-. Le prometo que no voy a volver a insultar al director delante de usted.

-Harry… -respondió Snape, con voz cansada.

-¡Arg! OK… Le prometo que no voy a volver a expresarme de ese modo cuando esté frente a usted.

-¡Harry! –insistió Snape, comenzando a perder la paciencia.

Harry tomó aire, y contestó finalmente:

-Prometo que no voy a volver a hablar de ese modo delante de nadie. ¿Mejor así?

-Si –respondió Snape, sonriendo. Luego agregó, cambiando de tema:- ¿Cómo sigue tu cabeza? Veo que ya no se te nota mucho el chichón. De todos modos, mañana o pasado vamos a tener que volver a San Mungo para que te la vuelvan a revisar.

-Estoy bien –respondió Harry encogiéndose de hombros-. ¿Y usted? ¿Cuándo se va a poder levantar?

-Pronto, espero –murmuró Snape con tono casual, pero no logró ocultar totalmente la amargura con que la respuesta había pasado por su cabeza.

-Usted está bien –afirmó Harry enojado-. No se levanta porque Dumbledore no lo deja.

-El profesor Dumbledore –lo corrigió Snape, enojado.

Harry lo quedó mirando, con una ceja levantada. Resultaba demasiado evidente que estaba más enojado por el hecho de que lo que decía Harry era verdad (y no quería admitirlo), que por el hecho que no hubiera usado el título.

-No te lo quiero volver a repetir –insistió Snape.

Harry resopló, con burla.

-¿Y qué me va a hacer? ¿Me va a pegar y me va a encerrar como Dumbledore lo hizo con usted?

Plaf.

Harry se sujetó la mejilla, en la que la mano de Snape acababa de aterrizar.

-No me vuelvas a hablar en ese tono –lo amenazó el brujo.

Harry no respondió. No quería ponerse a llorar delante de él, por lo que se puso de pié y se dirigió a la puerta.

-Harry, vuelve aquí… -dijo Snape, con la voz algo insegura.

-Váyase a la mierda –murmuró Harry, y salió dando un portazo.

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Esa tarde volvió a escucharse una pelea en el piso de arriba. Draco estaba bastante desconcertado. ¿Por qué Harry estaba tan enojado? Desde que habían llegado no había dicho casi nada, y en el almuerzo no había comido más que un tomate y un pedazo de pan. ¿Y por qué Dumbledore y Snape estaban nuevamente peleando? Y más encima estaba lo de su prima, que estaba muy grave, y seguía inconsciente.

Después de casi media hora de frases vociferadas, se escuchó un portazo en el piso de arriba. Los dos chicos se sobresaltaron, se miraron, y volvieron la vista a la escalera. Snape venía bajando, vestido de negro como era su costumbre (aunque llevaba días en pijama) levitando su baúl.

-Nos vamos –le ladró a los chicos-. Guarden sus cosas de inmediato.

En eso llegó Dumbledore.

-Severus… -dijo algo angustiado.

-¡No me vuelva a dirigir la palabra hasta que comience el trimestre, señor director! –espetó Snape.

-Pero entiende… -insistió Dumbledore.

-Entiendo perfectamente –respondió Snape en tono frío-. Nos quedaremos en Hogwarts, no se preocupe. Pero no vaya a visitarnos, que no será bienvenido.

Dumbledore no respondió. Suspiró, y se sentó en una de las sillas del comedor.

Harry terminó rápidamente de guardar sus cosas en su baúl. Se sentía mal. A pesar de estar enojado por la cachetada que Snape le había dado, estaba arrepentido del modo en que le había hablado. En cierto modo, sentía que se la merecía.

Snape no dijo nada más, pero apenas Harry cerró su baúl, lo levitó con el suyo. Draco se echó la mochila al hombro, sintiendo que estaba en alguna clase de realidad paralela. Se sentía mal, entre tantas peleas. Con su prima medio muerta en el hospital, sentía que se había quedado sin familia y estaba obligado a vivir en medio del caos de otra familia.

Snape abrió la puerta, e hizo pasar lo baúles. Mantuvo la puerta abierta para que pasaran los chicos, y luego la cerró con otro portazo.

Los chicos avanzaron en silencio, frente a Snape. No necesitaban preguntar adónde iban: era obvio que pasarían una temporada de vuelta en la mazmorra.

La sala de Snape no había cambiado nada desde el verano anterior, salvo porque tenía el característico olor a encerrado de los lugares que han estado sin moradores por un unos días. La mesa del comedor seguía teniendo las tres sillas. Era cómo si el cuarto hubiera sabido que los chicos no se habían ido para siempre.

Snape dejó los baúles en la sala. De un movimiento de varita la diminuta ventana que había se abrió con violencia, y de otro apareció un fuego ardiendo en la chimenea. Los chicos tragaron saliva. Snape estaba de un humor de perros. Se quedaron muy quietos, tratando inconscientemente de hacerse invisibles.

Snape resopló, miró alrededor, y de pronto su mirada se detuvo en Harry y Draco. Su rostro se suavizó, y adquirió una expresión culpable.

-Siento que hayan tenido que presenciar lo de arriba –dijo de inmediato-. Vamos a intentar olvidarlo, ¿si?

Ambos chicos asintieron tímidamente, sin sonreír. Harry bajó la vista.

Snape se acercó a Harry. Harry tuvo el impulso de alejarse, pero se obligó a permanecer donde estaba. Sintió que Snape lo abrazaba, y le acariciaba la mejilla.

-Perdóname… -murmuró-. No debí haber reaccionado así.

-Fue mi culpa, yo no debí haberle hablado así primero –respondió Harry, sintiendo calor en los ojos.

Permanecieron así un rato, hasta que ambos sintieron que podían dejar el incidente en el pasado.

-¿Vamos a dormir dónde siempre? –preguntó Draco (siempre tan práctico él…) cuando los otros dos se soltaron.

-Si –contestó Snape-. Lo siento.

-No hay problema –respondió Draco, encogiéndose de hombros. Harry también se encogió de hombros, y le sonrió a Snape para indicar que no tampoco tenía ningún problema con eso.

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Después de una rica cena (los chicos se preguntaron si había sido idea de Snape lo del pastel de merengue con frutillas, pero no se atrevieron a formular la pregunta en voz alta) los tres se sintieron mejor. Harry descubrió que tenía hambre y que todo parecía saber mejor de pronto. Supuso que la ausencia de Dumbledore en la mesa y la presencia de su padrino eran la causa del cambio.

-Bueno –dijo Snape, rompiendo el largo silencio que se había establecido-. Detesto interrumpir este agradable silencio con esto, pero más vale aclarar las reglas a tiempo. ¿Dispongo de su completa y absoluta atención?

-Si señor –respondió Draco, dejando la cuchara que había estado haciendo girar sobre la mesa.

-Si, claro –respondió Harry, levantando la vista de la cuchara giratoria de su amigo.

-Perfecto –respondió Snape, se aclaró la garganta y adoptó un aire exageradamente serio. Eso hizo sonreír a los chicos levemente, aunque intentaron disimularlo. Sabían lo que venía: todos los "deben", "no deben" y "prohibido" so pena del infierno. Era Snape… y ya lo conocían perfectamente. Snape frunció el ceño, al ver que no lo estaban tomando tan en serio como él quería. ¿Estaba acaso perdiendo su carisma?

-Dispone de de nuestra total atención –dijo Harry, animándolo a continuar.

-Si, señor. Somos 100 orejas –agregó Draco, y ambos chicos se miraron, y explotaron en una carcajada a pesar de sus buenas intenciones.

Snape negó con la cabeza, y sonrió a pesar de él. Luego forzó su rostro a adoptar nuevamente el aire serio que pretendía.

-Bueno, ya lo saben: No pueden salir de este cuarto sin mi permiso. No pueden meterse en mis cosas, ni faltarme el respeto. Está prohibido pelear. Si yo ordeno algo, me obedecerán de inmediato. Si quieren algo, me avisan. Están prohibidos los hongos, y cualquier forma de alcohol. Si quieren hacer algo que no sea actividades tranquilas aquí adentro, me lo dirán y yo veré qué se puede hacer al respecto. ¿Entendido?

-Si señor –respondieron ambos chicos.

-Si quieren salir, por ejemplo –insistió Snape-, quiero que me lo digan, para que yo vaya con ustedes. No quiero que traten de salir sin que yo me entere. Quiero saber todo el tiempo donde están. ¿Está eso perfectamente claro?

-Si señor –murmuraron ambos.

-Draco. No quiero que lo de la otra noche se repita –dijo Snape-. No quiero que salgas sin permiso, ni que metas arañas en mi cama.

Draco se puso colorado. No sabía que Snape sabía que había sido él.

-¿Creíste que no me daría cuenta de que había sido uno de ustedes? –preguntó Snape.

-Lo siento –respondió Draco.

-Yo también lo siento –aseguró Harry, sonrojándose-. Yo lo ayudé a capturarla –agregó ante la cara de incredulidad de Snape.

-¿Tú también participaste? –preguntó Snape, rehusándose a creerlo. Harry asintió, y bajó la vista. Snape resopló, molesto-. ¿Por qué, Harry?

-Yo lo chantajeé –reconoció Draco.

-Está bien –gruñó Snape-. Prefiero no saberlo. Olvidémoslo, pero no vuelvan a hacer otra tontería como esa. ¿De acuerdo?

-Si señor –respondieron ambos, felices de que el asunto no pasara a mayores.

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