Vamos a dar a Hannibal un poco de diversión...
Enjoy!
La búsqueda de más información sobre el asesinato de Ardelia fue, para el doctor Lecter, una auténtica pérdida de tiempo. Los pocos periódicos americanos que logró encontrar en toda la isla no daban más detalles sobre el avance de la investigación y en los canales de noticias tan solo mencionaban el crimen, dentro del espacio internacional, pero sin tampoco revelar demasiada información.
Pensó ponerse en contacto con Clarice por medio de algún mensaje codificado en el único periódico que sabía que leía la joven agente; pero su propio nombre había aparecido dentro de la noticia del asesinato y aunque hubiera sido, tan solo, un breve apunte para recordar a los lectores quién era la agente Starling y por qué se había hecho famosa, el reaparecer de esa manera podría ponerle de nuevo en el ojo del huracán habida cuenta de lo que ocurrido.
Su vida en Mallorca era cómoda y bastante tranquila. Había tenido que optar por ser mucho más discreto que antes de su encarcelamiento y, aunque sus apariciones públicas eran casuales; el nombre del doctor Víctor Dyer no quedó en la memoria de ningún habitante de la isla. Puesto que la zona estaba repleta de ricos extranjeros que vivían en lujosas residencias como la suya y conducían caros coches como su propio Bentley; el doctor no llamaba la atención ni sobresalía por encima de los demás. Era el escondite perfecto y sabía, con total seguridad, que podría pasar el resto de su vida allí sin ser descubierto.
Tan solo había una persona que parecía no quedar satisfecha con el hecho de que el doctor apareciera muy de vez en cuando por el pueblo. Una mujer que había quedado profundamente fascinada por aquel misterioso extranjero de ojos granates que aparecía y desaparecía de su vista como por arte de magia. Jimena de Álvarez y Sonseca era una joven de la alta sociedad mallorquina que disfrutaba paseando su físico delante de cualquier hombre que pudiera caer rendido a sus pies. Sentía una especial predilección por los extranjeros y si superaban ampliamente sus veintiocho años, mejor. El doctor Lecter era, sin duda, una de las mejores "piezas" frente a las que exponerse. Se había fijado en él y su arrogante cabezonería la llevaría a un temerario viaje con tal de conseguirle.
Aquella noche de sábado, Jimena sabía con total seguridad que el misterioso extranjero aparecería en el mejor restaurante del puerto; era la única costumbre semanal del doctor. Cuando localizó la mesa de Lecter, se ajustó el vestido y se levantó de la barra del bar para encaminarse hacia él.
—¿Nunca le han dicho que es más divertido cenar acompañado? —la chica sonrió mostrando sus impecables dientes y el doctor la devolvió la sonrisa sin decir nada. Jimena apoyó ambos brazos sobre la mesa y se dejó caer ligeramente hacia delante; mostrando al doctor sus mejores cualidades. Al ver que este no caía en la trampa, comenzó a impacientarse—. Me llamo Jimena de Álvarez.
—Víctor Dyer —respondió Hannibal tomando la mano que la chica le ofrecía y besándola—. Un placer.
—Diría que eres americano, Víctor; pero tienes un extraño acento europeo y tu español es asombroso —Lecter sonrió y miró a la chica directamente a los ojos. Calculó que debía tener la edad de Clarice.
—Eso puede deberse a que he pasado gran parte de mi vida en Estados Unidos y a que, originariamente, soy europeo.
—¿Dyer? —la chica se lamió con suavidad los labios; sabía que aquel gesto volvía locos a los hombres—. Déjame adivinar... ¿británico?
—Por parte de madre —mintió el doctor sonriendo—. Adquirí su apellido al cumplir la mayoría de edad.
—Y por lo que veo, nadie más ha adquirido ese apellido —puntualizó señalando con un gesto de cabeza las manos del doctor—. Ni anillo de bodas ni marca.
—¿Acaso es preciso un elemento decorativo en los dedos para saber si una persona ha cambiado el apellido de otra? —preguntó Hannibal astutamente.
—Ayuda a hacerse una idea de lo que tienes delante —respondió la chica mordiéndose el labio inferior de manera sensual. Hannibal se estaba divirtiendo con aquella joven.
—¿Y si la dijera que estoy casado?
—Diría que, a falta de pruebas físicas, lo pondría en duda y te invitaría a una copa después de cenar —se acercó un poco más al doctor—. O dejaría que me invitaras.
—Pues, lo lamento —se excusó el doctor haciendo un gesto al camarero—; pero a mi mujer no la gustaría lo más mínimo que invitara a desconocidas a copas.
—¿Acaso tu mujer te espera en casa? ¿Tienes uno de esos matrimonios en los que cada uno cena por su cuenta en lugares diferentes? —Hannibal dejó escapar una carcajada y depositó el dinero sobre la bandeja de plata que el camarero le acababa de traer—. Si tu mujer no se entera de lo que cenas, tampoco creo que sea tan malo que no se entere de lo que tomas de... postre.
—Señorita Álvarez —dijo Hannibal poniéndose en pie—. Ha sido un placer. Confío de que disfrute de su velada—dijo señalando el asiento vacío que había ocupado la chica.
—Me llamo Jimena —respondió la chica claramente irritada—, y nunca acepto un no por respuesta.
—Entonces sus padres no debieron hacer bien su labor con usted. Las niñas buenas no son tan pertinaces —dijo Hannibal remarcando la palabra "niñas"—. Buenas noches.
La chica le lanzó una mirada llena de furia y rodeó la mesa para salir tras los pasos del doctor. Hannibal sabía que la joven le seguiría donde fuera y procuró no apretar demasiado el paso; hacía demasiado tiempo que se había mantenido al margen y echaba de menos un poco de acción.
—Vuelva al restaurante —dijo sin darse la vuelta—. La noche es peligrosa.
—¿Estás tratando de asustarme? —preguntó ella agarrándose con fuerza al brazo de Hannibal.
—Estoy tratando de avisarla —la chica se paró frente a él y apoyando ambas manos sobre el pecho del doctor le obligó a parar.
—Podría darte todo lo que desearas —susurró acercándose a él. Hannibal no se apartó—. Hace meses que te veo por el pueblo y siempre he tenido la tentación de acercarme y decirte lo mucho que me gustas —Hannibal alzó las cejas sorprendido—; pero me impones tanto respeto… —Jimena se puso de puntillas y respiró el aroma de la colonia del doctor. Hannibal dio un paso atrás.
—¿Lo que yo quiera? —preguntó Hannibal tomándola de las manos. Los ojos de la chica brillaron de lujuria y recortó de nuevo el espacio entre ellos.
—Todo lo que tú desees. Puedo ofrecerte mucho más que lo que tu mujercita te da —Hannibal guardó silencio—. Estoy convencida de que es una de esas golfas de la alta sociedad que prefieren criticar a sus maridos mientras un joven ebrio se corre en su cara —sonrió—. ¿Me equivoco?
Sin mediar palabra, Hannibal comenzó a andar en dirección al coche con la mano de la chica firmemente sujeta a la suya. Asegurándose de que ninguna mirada indiscreta observaba sus movimientos, abrió la puerta del Bentley y lanzó dentro a Jimena. La chica pasó por alto la ferocidad de los movimientos de Hannibal y dedujo que se debían a un ferviente deseo de salir de allí cuanto antes.
—¿Dónde vamos? —preguntó acomodándose en su asiento.
—Si te lo dijera, temo que no querrías venir —bromeó Hannibal con los ojos fijos en la carretera. Jimena rio y trató de buscar la rodilla del doctor.
—Creo que contigo iría a las puertas del mismísimo infierno.
—Cuida lo que deseas, querida —respondió Hannibal en tono casi inaudible.
Salieron del pueblo y Jimena vio como, poco a poco, se adentraban en la oscuridad de la noche. Pocos metros después, se encontraba totalmente desorientada; pero pensando que se dirigían a la casa del misterioso extranjero, volvió a relajarse. Se desabrochó el cinturón y se abalanzó sobre el doctor.
—Será mejor que esperes unos minutos; no está lejos el lugar al que nos dirigimos.
—Puedo amenizarte el viaje —susurró ella tanteando la pierna en busca de la cremallera del pantalón. Hannibal capturó su mano y la alejó de él.
La isla contaba con varios caminos de tierra que dirigían a solitarios acantilados donde los jóvenes, y no tan jóvenes, se escabullían para dar rienda suelta a sus deseos más lujuriosos.
Tras varios kilómetros de viaje en el más absoluto silencio; el coche se detuvo al final de la carretera. Hannibal no quiso que las ruedas de su Bentley quedaran impresas en la tierra del camino.
—Pensé que iríamos a tu casa, ¿dónde estamos? —respondió un poco decepcionada.
—Vamos, demos un paseo —dijo Hannibal soltando su cinturón y saliendo del coche. La chica le miró extrañada y tras unos segundos de duda, le imitó.
—¿Un paseo? ¿Hemos venido a dar un paseo? —preguntó contrariada.
—Tan solo serán unos metros —dijo Hannibal en tono tranquilizador mientras pasaba su brazo izquierdo sobre los hombros de la chica—. Te prometo que es un lugar que nunca olvidarás.
—Siempre me ha gustado hacerlo a la luz de las estrellas —Jimena se agarró con fuerza a la mano de Hannibal y subieron en silencio la pequeña cuesta que llevaba al acantilado.
—Te has equivocado —dijo de pronto Hannibal. Jimena le miró sorprendida—. Cuando has hecho la descripción de mi mujer. Te has equivocado —la chica se echó a reír.
—¿Dónde está? —preguntó acercándose más a él.
—En Estados Unidos —respondió Hannibal entrando a la sala de Clarice de su Palacio.
—Entonces, ¿me he equivocado en la localización? ¿Es una golfa americana? —Hannibal sonrió al ver que camino tomaba la conversación.
—No, mi mujer no es de tu especie —Jimena alzó la mano y golpeó con fuerza la mejilla de Hannibal.
—¿Cómo te atreves a...?
—Del mismo modo que tú te has atrevido.
—Si tan buena es y tanto la quieres, ¿qué haces encaminándote hacia un lugar escondido para hacer el amor a una perfecta desconocida? —Hannibal se paró en seco y miró a Jimena.
—¿Quién ha dicho que vaya a hacer el amor? —preguntó fríamente. Sus rojizos ojos brillaron bajo la luz de la luna y Jimena sintió miedo. Hannibal sonrió; no convenía sobresaltar a la chica antes de tiempo. Su mano se adentró en el bolsillo del pantalón y localizó su arpía.
—¿Qué es entonces lo que quieres? —preguntó bajando las manos a los pantalones y tanteando con suavidad por encima de la tela.
—Que pidas disculpas.
—¿Me has traído hasta aquí para que te pida disculpas por llamar golfa a tu mujer? ¡Vamos! ¡Despierta! Estáis a más de seis mil kilómetros, ¿cómo sabes que ella no te está engañando?
—Yo que tú no seguiría por ese camino, Jimena —respondió Hannibal con tranquilidad. La chica sonrió y pensó que sería buena idea continuar con la broma.
—Piensa que ahora mismo puede estar bajo un tío mucho más joven que tú, gritando su nombre y con la foto de vuestra boda colocada boca abajo en la mesilla de noche.
—¿Sabes? —Hannibal agarró con fuerza la arpía y caminó junto a Jimena unos metros más hacia delante. Se oía con más fuerza el sonido de las olas rompiendo contra las rocas; a pesar de la oscuridad, Hannibal supo calcular que se encontraban a escasos dos metros del borde del acantilado—. Hay poca cosas en la vida que me incomoden y me enfaden; pero, precisamente, tú has ido a dar con la que, posiblemente, más me afecte —Jimena sonrió y se puso de rodillas frente a él. Se deshizo del cinturón y sus habilidosos dedos deslizaron la cremallera. Hannibal agarró con fuerza el pelo rubio de la chica y la obligó a mirar hacia arriba.
—Nos vamos a divertir, cariño —susurró aferrándose a sus muslos.
—No sabes cuanto —respondió Hannibal sacando la arpía del bolsillo y dando un corte perfecto al cuello de la chica. Jimena se soltó de él y se agarró el cuello con ambas manos. Sus ojos estaban completamente abiertos de terror. Hannibal la rodeó—. Nadie —susurró agachándose a espaldas de la chica—. Nadie insulta a mi Clarice y sobrevive —en su mente, la imagen de Miggs ahogándose con su propia lengua. Sonrió.
Sin mucho esfuerzo y procurando colocar las manos de tal manera que su ropa se llevara la menor cantidad de sangre posible, levantó el cuerpo de Jimena y le arrastró hacia delante unos centímetros.
—Debiste haberte quedado en el restaurante —dijo antes de empujarla por el acantilado.
Ladeó la cabeza y afinó el oído para separar los sonidos. El mar no estaba demasiado picada y no le resultó difícil distinguir el golpe del cuerpo de Jimena cuando se precipitó contra las rocas. Con una sonrisa en el resto y los ojos cerrados, aun disfrutando del momento, cerró la arpía y la guardó de nuevo en el bolsillo. El corte había sido tan rápido y preciso que la hoja no se había manchado con la sangre de la chica. Se giró y caminó despacio hacia su coche.
Era una noche preciosa.
Pasaré por alto lo de siempre.
Volveré.
Ta ta. Z
