Regreso y subo el 5. Supongo que aquí es donde empieza la acción y esas cosas.

Enjoy!


El mensaje de Crawford no la había dado información; pero Clarice sabía que había avances en la investigación y salió a toda prisa del hotel para dirigirse a su despacho.

Los cinco últimos días los habría pasado totalmente recluida en la habitación del hotel de no haber sido por la insistencia de Albert Roden y Noble Pilcher de sacarla de allí. Tras el caso Gumb, Clarice y Ardelia habían iniciado una buena relación de amistad con los dos jóvenes y habían salido en unas cuantas ocasiones tras la graduación. Cuando Ardelia murió, prefirieron mantenerse al margen y esperar a que fuera la propia Clarice la que se acercara a ellos; no querían agobiarla en aquellos momentos tan duros. Al final, resultaron una buena solución para olvidar momentáneamente el dolor.

Cuando Clarice entró al edificio, varios agentes se la quedaron mirando sin decirla nada; la chica notó que había un ambiente extraño y procuró pasar lo más rápido posible a la zona de oficinas. Los detalles del asesinato de Ardelia habían corrido como la pólvora por el edificio. No había nada seguro aun; pero las conjeturas habían comenzado a pasar de boca en boca y la realidad se había ido deformando con el paso de las horas. Quien aportaba un nuevo dato, añadía un pequeño detalle de apariencia inofensiva, pero que se iba agrandando cuando el siguiente agente hacía sus propias ideas.

La puerta de Crawford estaba entornada y Clarice vio al agente apoyado en la mesa, sumergido en un océano de papeles que se escapaban por los bordes del mueble. Tenía las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y la corbata ligeramente deshecha; tenía un aspecto lamentable, pensó Clarice. Se preguntó cuántos Alka-Seltzer habría tomado ya. Con una sonrisa melancólica al recordar los viejos tiempos en los que, sin ser agente como tal, había trabajado con él, se acercó a la puerta y golpeó con suavidad.

—¿Señor? —dijo parada bajo el umbral de la puerta. Crawford se giró en su silla y al ver a la chica, se levantó con rapidez.

—Starling —susurró acercándose a ella y haciéndola entrar para cerrar la puerta.

—¿Ocurre algo, señor? —preguntó confusa. Crawford se llevó las manos a la cintura y suspiró; sería mejor decir las cosas cuanto antes.

—Clarice —comenzó. Tras varios segundos de incómodo silencio, señaló la silla—. Siéntate, Starling.

—¿Hay novedades? —Crawford asintió y Clarice respiró con calma.

—Hay novedades y no son buenas, Starling —la chica abrió la boca, pero no dijo nada—. Hoy me han llegado los resultados de la autopsia —dijo apretando los puños—. Han tratado de que llegaran a ti lo más tarde posible.

— ¿Y bien?

—Me tienes que acompañar, Starling —Crawford arrastró las palabras; parecía demasiado cansado. Clarice le observó perpleja y estuvo a punto de preguntarle; pero se abstuvo y siguió a su ex superior.

Cruzaron el pasillo a paso lento; parecía como el agente no quisiera llegar al lugar donde se dirigían. Clarice se mantuvo en silencio durante todo el recorrido; analizando el lenguaje corporal de Crawford, que indicaba la gran preocupación del hombre. Llevaba la espalda ligeramente curvada hacia delante y los brazos caían pesadamente junto a sus costados; tenía los puños firmemente apretados. Miraba el pasillo por encima de sus gafas y respondía a los saludos de los agentes con una especie de murmullo ronco.

Se pararon sobre la espesa alfombra que decoraba el pasillo donde se encontraban los despachos de los altos rangos de la agencia. Crawford se metió las manos en los bolsillos y miró en dirección a las grandes ventanas; la vista de la Avenida Pensilvania era asombrosa desde aquel lugar. Caminó varios pasos alejándose de la puerta del despacho del agente Pearsall y Clarice no tuvo dudas de que algo iba mal. Sintió el deseo de salir corriendo; escapar de allí y no volver nunca. Crawford se quitó las gafas y llevó los dedos de la otra mano al puente de la nariz; estuvo masajeándolo durante unos segundos con los ojos completamente cerrados. Todo aquello no tenía sentido; él se había opuesto desde el primer momento. Su confianza en la joven agente era plena y no necesitaba de más interrogatorios que lo avalaran.

—Señor, ¿qué hacemos aquí? —preguntó sin moverse un centímetro de su posición. Crawford se volvió a poner las gafas y miró a su alrededor; se acercó a la chica y la separó de la puerta del despacho.

—Han encontrado nuevas pruebas en tu casa, Starling; pruebas que no te dejan en muy buen lugar —susurró sin apartar la mirada de la puerta. Estaba convencido de que las paredes de aquel edificio escuchaban y, con total seguridad para él, se estaba exponiendo a un grave peligro al hablar con Clarice de aquella manera—. Quieren hacerte un interrogatorio.

—Ya di mi testimonio en dos ocasiones, ¿qué más necesitan? —Crawford negó con la cabeza e indicó a Clarice que bajara el tono de voz.

—Esto no es un simple testimonio, Starling. Han venido dos de los peces gordos de asuntos internos.

—Pero señor... —Clarice miró con desconfianza la puerta del despacho y dio un paso atrás.

—Es la hora, Starling, tenemos que entrar —Crawford acarició con suavidad la espalda de la chica para calmarla y cuando creyó que Clarice estaba preparada, se arregló la corbata y golpeó la puerta.

Clarice se quedó en la retaguardia, oculta por el alto agente que no tuvo ningún problema en hacer de escudo para la chica. Con la cabeza gacha, miró sus manos sudorosas y cruzó los dedos tratando de tranquilizarse.

Buenos días, Jack. Agente Starling... —saludó Pearsall en tono afable—. Por favor, entren.

Crawford se situó a la derecha de Clarice y está quedó expuesta al resto de hombres que se encontraban en la sala. Todos la escudriñaban como una bandada de buitres a su presa; Clarice evitó mirarlos y optó por enfocar su mirada a la mesa de su superior.

—Siéntese, agente Starling —le indicó su superior señalando un sillón situado de espaldas al gran ventanal de la sala. Clarice se preguntó cuándo aparecería del techo el foco del tercer grado; el sillón de interrogatorios nunca ocupa un sitio de honor en los despachos—. Al director adjunto Noonan ya lo conoce y Paul Krendler, del Departamento de Justicia, también —el hombre mordisqueó la patilla de sus gafas mientras recorría descaradamente el cuerpo de Clarice con la mirada; ella ignoró aquel detalle y continuó con la mirada fija en su superior—. Este es Larkin Wainwright, inspector de nuestra Oficina de Responsabilidades Profesionales —el hombre saludó inclinando la cabeza y Clarice imitó el gesto agradecida—; James Finch, uno de los mejores abogados del FBI y ellos son los agentes Thomas McGill y Jerome Stevenson, de Asuntos Internos.

—Buenos días —saludó Clarice con un tono bastante aceptable; ella misma se sorprendió al escucharse tan serena. Localizó al abogado y este la dedicó un solemne saludo con la cabeza—. ¿Es mi abogado?

—Es necesaria la presencia de un abogado durante un interrogatorio, agente Starling.

—Así que es mi abogado —dijo la chica con total convencimiento. Crawford no pudo evitar sonreír.

Durante un instante ninguno de aquellos hombres no dijo nada; se miraron entre ellos antes de ocupar sus respectivos asientos y Clarice creyó que había pasado un siglo desde que había entrado junto a Crawford en aquel despacho.

—Agente Starling —Noonan fue el encargado de romper el incómodo silencio que flotaba en el ambiente—, el curso de la investigación ha tomado un curioso camino.

—¿Necesitan que repita mi declaración de nuevo, señor? —preguntó tratando de no sonar demasiado condescendiente.

—Tenemos unas cuantas pruebas a las que no gustaría que echara un vistazo y nos dijera si la resultan familiares —explicó Pearsall con calma. Uno de los agentes de Asuntos Internos se adelantó al superior de Clarice.

—Agente Starling —el agente McGill se inclinó sobre su asiente, amenazante y fijó sus ojos marrones en Clarice. La piel cetrina del hombre recordó a Clarice el color que adquieren los cadáveres que han pasado unas horas en la morgue—, queremos que nos explique por qué sus huellas estaban sobre el arma del crimen —depositó sobre la mesa una bolsa de pruebas con el arma en su interior; el pequeño hacha con el mango de madera ensangrentado.

—Quizás se deba a que este hacha forma parte de la colección de cuchillos que tenemos en el apartamento, señor —dijo Clarice empujando hacia el centro de la mesa la bolsa de las pruebas.

—¿No es un arma un poco peligrosa para estar en una cocina, agente Starling? —preguntó el agente recogiendo la prueba.

—No está muy puesto en utensilios de cocina, ¿verdad agente McGill? —preguntó Clarice. Varios de los hombres escondieron una sonrisa burlona—. ¿Ha cortado alguna vez hueso?

—Yo no, ¿y usted? —Clarice le miró en silencio durante unos segundos y recapacitó su respuesta para no darle a aquel hombre lo que estaba buscando.

—Solía ser la agente Mapp la encargada de cocinar; pero sí, alguna vez que otra he cortado hueso y, créame, se requiere de una herramienta especial.

—Para cortar hueso humano parece que también sirve...

—Agente McGill, ese comentario ha estado completamente fuera de lugar —apuntó el abogado Finch; Noonan asintió y el agente, ofuscado, se hundió en su asiento.

—¿Reconoce esta placa identificativa? —el segundo de los agentes acercó hasta Clarice la siguiente prueba; se trataba de los restos de una chapa metálica redonda, ahora partida por la mitad, corroída por el óxido del paso del tiempo. Estaba completamente bañada en sangre y en una de los lados podía distinguirse una inscripción. Clarice alzó la bolsa hacia la luz para poder leer con claridad las letras.

—¿Petras Kolnas? —preguntó con los ojos entrecerrados.

—¿Le es familiar ese nombre, agente Starling? —la chica negó sin apartar la mirada de la placa.

—En la vida había visto esta identificación.

—La encontramos en el cuello de la agente Mapp. Usted pasó sobre ella, ¿me dice que no reparó en esto?

—Pasé por encima del cuerpo de mi compañera; pero no miré hacia abajo —matizó Clarice dejando la prueba sobre la mesa—. ¿Quién es Petras Kolnas?

—Sabemos que fue un mercenario y que tras la Segunda Guerra Mundial cambió su nombre por el de Jean-Luc Kleber —una sonrisa socarrona asomó en el rostro de McGill—. Era lituano, ¿sabe? —Clarice tragó saliva.

—Lituano como su amiguito, agente Starling —dijo Krendler saboreando cada una de las palabras tratando de que se clavaran en la mente de la joven—. ¿Fue él quién le proporcionó la chapa? Sabemos que tras su fuga de Memphis tuvieron contacto.

—Me llamó por teléfono —corrigió Clarice.

—Me cuesta creer que un hombre como Lecter, que había pasado encerrado ocho años, no acudiera a realizar una visita en persona a una mujer como usted —Clarice miró asqueada al hombre. Era más que conocida la reputación de Krendler con las mujeres y su extraña obsesión con los temas sexuales.

La última vez que vi a Lecter fue en su celda de Memphis.

—¿Está completamente segura? —preguntó Krendler alzando las cejas.

—Además, Lecter no asesinó a la agente Mapp —aseguró Clarice con firmeza—. Él tenía una especie de código moral, ¿saben? Nunca atacó a nadie que no le hubiera dado un motivo, y Ardelia, no se los dio.

—No hemos dicho que haya sido él —respondió Pearsall deseoso de poder meter baza en la discusión—; pero teniendo en cuenta cómo fue encontrado el cadáver y el hecho de que...

—El hígado de su amiga estaba en el refrigerador —Stevenson se adelantó a las palabras de Pearsall y este le lanzó una mirada fulminante. Clarice miró horrorizada al agente. El abogado se puso en pie y golpeó la mesa furioso.

—¿Se creen que esta es manera de llevar un interrogatorio? —preguntó irritado—. ¡Parecen dos novatos deseosos de sacar tajada de su primer caso! —McGill imitó al hombre. Su cara estaba roja de furia; aquella comparación había herido su pundonor y no permitiría dejar las cosas así.

—¿Quiere profesionalidad? —Preguntó estirándose los puños de la camisa—. Está bien —se giró hacia Clarice—. De todos es sabida la buena relación que la agente Starling, aquí presente, tuvo con el doctor Hannibal Lecter. Sabemos que tuvieron charlas de horas en las que, sin duda, aprendería mucho del doctor; por no mencionar que se aprendió de memoria todos y cada uno de los expedientes de los asesinatos de Lecter.

—¡¿Está diciendo que asesiné a mi mejor amiga aprovechando mis conocimientos sobre Lecter? ¡¿Me está acusando de ser una imitadora suya?

—Su carrera está en dique seco desde hace muchos meses, agente Starling —acusó Stevenson—. Hemos hablado con su superior, con sus compañeros y todos nos dicen lo mismo; insubordinada, intransigente, arrogante. Parece no terminar de acatar del todo las normas, ¿no es así? Y eso la está dejando en la reserva; cada día que pasa está más abajo en la escala del FBI.

Señor director... —se quejó el abogado.

El caso Gumb la proporcionó una fama efímera; Lecter la ayudó a crear esa fama y verse arrojada a trabajos de seguimiento debe de ser horrible para alguien de acción como usted, ¿no?

—¡Yo no asesiné a la agente Mapp! —chilló Clarice poniéndose en pie. Su cuerpo temblaba de arriba abajo y Crawford se acercó de manera inconsciente a ella.

—¡Todas las pruebas dicen lo contrario! —Clarice se quedó callada, con las palmas de las manos firmemente postradas sobre la mesa. Respiraba de manera rápida y con cierta dificultad; no sabía por dónde salir y deseaba más que nada que alguien la respaldara en aquel momento.

—¿Cómo puede permitir esto, señor director? —preguntó Crawford con tono dolido.

—Jack, lo siento. Yo mismo he comprobado esas pruebas... —Clarice miró a su ex superior con los ojos desencajados.

—¡Esto es inadmisible! Se me encargó acompañar a la agente Starling a otro interrogatorio —protestó Crawford—, en ningún momento se me comunicó que acabaría siendo una caza de brujas.

—Jack, por favor. No me gustaría tenerte que expulsar de mi despacho.

—¡Yo no he imitado a Lecter! ¡No he matado a mi mejor amiga! No han encontrado pruebas fiables, ¿cierto? No han encontrado aun nada en lo que apoyarse y una semana es demasiado tiempo para una investigación —Clarice notaba como el calor la iba envalentonando cada vez más—. Claro... ¿cómo se van a fiar los ciudadanos del FBI cuando no son capaces de resolver de manera rápida y eficaz el asesinato de una de los suyos?

—Propongo imponer a la agente Starling un arresto domiciliario hasta que concluya la investigación; si algo pudo aprender de Lecter fue técnicas de escapar.

—Mi casa es el escenario de un crimen —recalcó Clarice—. ¿Pretende arrestarme allí? Desde luego que cuanto más tiempo pasara en la casa más huellas mías descubrirían.

—Agente Starling —el abogado se acercó a ella con cierto sigilo—, la recomiendo que guarde silencio a partir de ahora —susurró.

—Es obvio que un arresto domiciliario es la peor opción; pero si considero necesario que la agente Starling sea detenida y puesta bajo vigilancia —recomendó McGill—. Tenemos pruebas suficientes contra ella —Noonan bajó la cabeza y suspiró profundamente.

—No lo permita, señor —dijo Crawford desesperado—. No lo permita.

—Está en sus manos —respondió el director tras unos segundos de silencio—. ¿Agente Pearsall? ¿Tiene alguna objeción?

—¡Yo sí la tengo! —volvió a protestar Crawford, pero nadie pareció haberle escuchado. Pearsall sacudió la cabeza en silencio y sin atreverse a mirar a Clarice.

—Bien, entonces —Stevenson se acercó a Clarice mientras sacaba las esposas de su cinturón—. Agente Clarice Starling, queda detenida como sospechosa del asesinato de la agente Ardelia Mapp, tiene derecho a permanecer en silencio...

Clarice vio como Crawford tuvo que ser reducido por Pearsall y Noonan. El agente gritaba pero ella no oía nada; el sonido se había esfumado de la escena. Clarice asistió ajena a lo que estaba aconteciendo, sin terminar de creerse lo que habían hecho con ella. McGill y Stevenson la sacaron del despacho y ella caminó por los pasillos con la cabeza completamente agachada.

Estaba perdida.


En el próximo... más y mejor.

RW si os sale...