Capítulo 20 Hedwig

Pasaron más días. Hedwig no volvía, y la prima de Draco no mejoraba. Snape, a fin de no tener que vigilar a los chicos todos el tiempo ni tenerlos encerrados, se los encargó a los elfos que cuidaban la granja interna del colegio. Así, Draco y Harry tendrían algo útil que hacer, y estarían al aire libre, y bien vigilados por los elfos.

Los chicos no se hicieron de rogar. Por una parte, no deseaban poner a prueba la paciencia de Snape nuevamente. Y, por otra parte, era agradable tener algo que hacer y no tener que pasárselo encerrado en el cuarto de Snape.

Era una calurosa mañana de verano, todo sol y nada de nubes. Draco y Harry se encontraban cosechando frutillas, con los que los elfos harían mermelada para el invierno. Ambos recorrían las ileras, con la vista fija en las matas, cuando Draco notó que su amigo miraba el cielo de cuando en cuando.

– ¿Qué miras Harry? –preguntó Draco de pronto.

–Estaba viendo si esa lechuza que pasó era Hedwig –contestó Harry con amargura.

–No creo que vuelva Harry… –murmuró Draco con pena.

–Si sé. Es sólo que… no sé… cada vez que veo una lechuza creo que puede ser ella.

–Deberías comprar otra. Si Hedwig estuviera viva ya habría vuelto.

–Si sé. Es que me da pena comprarme otra. Es como si diera a Hedwig por muerta. Y no sé si está muerta.

–Si volviera tendrías dos lechuzas –dijo Draco con una sonrisa–. ¿Qué hay de malo en eso?

–Lo sé… es que quiero saber qué pasó con Hedwig –murmuró Harry.

–Olvídalo. Ya ha pasado casi un mes. Lo que me recuerda… Que pronto estarás de cumpleaños –agregó Draco con una sonrisa, esperándo cambiar de tema.

–Tú también –sonrió Harry–. ¿El 8 de agosto si mal no recuerdo?

–Recuerdas bien, cabeza rajada… Tu cumpleaños es el lunes. ¿No?

Harry contó los días. Efectivamente, ese día era sábado 29 de julio.

–Si Draco. Ni siquiera me acordaba.

– ¿Qué vamos a hacer para celebrarlo? ¿Tú crees que Snape nos deje ir al pueblo?

–No creo. Pero a lo mejor lo convencemos para que nos deje ir con Hagrid.

–No me importaría ir con ese bruto, con tal de salir –aseguró Malfoy.

–No le digas así. Hagrid no es un bruto –dijo Harry para defender a su amigo.

–Vamos Harry… sé que es tu amigo. Pero no puedes negar que es un bruto. Acuérdate en primero… ¡El muy imbécil tenía un dragón escondido en su cabaña! Y cuando lo tuvimos de profesor… Acuérdate de los hipogrifos…

– ¡Eran geniales! ¡Tú fuiste el estúpido que no escuchaste cómo tratarlos! –lo interrumpió Harry.

– ¿Y los escrebutos? ¿Y los gusarajos? ¡No me inventes que te gustaban… –se burló Draco, mientras se echaba una frutilla a la boca.

–No voy a discutir las criaturas mágicas contigo –respondió Harry, quedándose sin argumentos–. De todos modos, si Hagrid nos acompañara, es posible que Snape nos deje ir al pueblo…

–Es verdad –reconoció Draco, conciliadoramente. Después de todo, no tenía ganas de pelear con su amigo. Y la opinión que Harry tenía del semigigante no era algo que él pudiera cambiar.

Algo más tarde, cuando los chicos volvieron al cuarto de Snape para almorzar con él, Harry decidió introducir el tema de su cumpleaños. Mientras Draco jugaba con sus espárragos (no le gustaban, y había comido muchas frutillas), Harry dejó su tenedor en el plato, y se aclaró la garganta.

–Padrino… –dijo (usando el apelativo familar esperando predisponer al uraño profesor en su favor) –. El lunes es mi cumpleaños, y me preguntaba si nos dejaría ir a Hogsmade para celebrarlo.

–Por favor –agregó Draco, con ojos suplicantes.

–No –respondió Snape–. Lo pueden celebrar aquí si quieren. Los elfos pueden hacer un pastel.

–¿Y podemos ir dónde la señor Helena? –Preguntó Harry–. A ella le gustaría que fuera a celebrar mi cumpleaños allá…

Snape se quedó unos segundos en silencio. Parecía estar evaluando la idea, y los chicos contuvieron el aliento.

–Vamos a ver –contestó Snape finalmente.

– ¿Y qué es lo que vamos a ver? –preguntó Draco, desconforme por no obtener una respuesta afirmativa y definitiva–. ¿Acaso le tiene miedo al viejo Dumbledore?

En un instante, Snape había sacado su varita, había apuntado a Draco, y este se encontraba escupiendo babosas.

–Draco, esa no es manera de referirse al director –le dijo con calma, mientras volvía a guardar su varita.

– ¿De que depende que vayamos o no vayamos señor? –preguntó Harry con cautela.

–Tengo que asegurarme que sea seguro. Y creo que sería mejor si el director no se entera de nuestros planes…

– ¿Eso es un sí entonces? –preguntó Harry con alegría.

–Voy a ver qué se puede hacer. No te prometo nada –contestó Snape. Luego se volvió a mirar a Draco, que estaba medio verde y seguía escupiendo babosas…– Te voy a quitar el hechizo, Draco. Pero no quiero que le vuelvas a faltar el respeto al director.

Draco intentó responder, pero no pudo, así que se tuvo que conformar con afirmar con la cabeza. Cuando Snape le dijo que no se iba a parar a menos que se comiera todos los espárragos, el chico casi hubiera preferido que le devolviera las babosas. Pero Snape parecía serio, de modo que se comió todo resignado.

El lunes llegó una sorpresa inseperada. Acababan de terminar de desayunar, y Snape había salido para preparar la ida a casa de la señora Helena. Como ese día había amanecido lloviendo, Snape había decidido que los chicos no irían a trabajar al huerto esa mañana. De modo que Draco y Harry estaban sólos en la estancia, acompañados de Dobby a pesar de que se habían estado portando muy bien por días (Snape de todos modos no se confiaba de dejarlos sólos).

Estaban jugando a las cartas cuando sintieron un aleteo fuera de la ventana. Harry se paró a abrir, suponiendo que se trataría de alguna lechuza cumpleañera… ¡Era Hedwig! La lechuza parecía muy demacrada. Estaba muy delgada, le faltaban la mitad de las plumas, la piel se le veía quiebradiza, y las garras parecían querérsele caer a pedazos. Cuando entró, se desplomó en el piso y tenía los ojos algo velados.

– ¡Hedwig! –murmuró Harry, sin saber si alegrárse por haberla recuperado, o echarse a llorar por su lamentable estado. Se limitó a acariciarla. Luego la tomó en sus brazos, y se la acercó. Estaba muy fría, mojada y no ululaba. Un ruidito que producía, y el ligero movimiento de los ojos de cuando en cuando indicaba que estaba viva todavía.

– ¡Voy a buscar a Hagrid! –decidió Draco, y salió corriendo al pasillo.

–Niño Malfoy. ¡No salga sólo! –gritó Dobby. Quedó unos segundos indeciso entre quedarse con Harry, o seguir a Draco.– Quédese aquí –le rogó a Harry finalmente, y salió corriendo detrás del chico de coordenadas más inciertas.

Hagrid no se hizo de rogar, al escuchar la historia de Malfoy. Lo siguió rumbo al castillo rápidamente, y Draco y Dobby ya tenían dificultades para seguirlo. Cuando llegaron frente al enano de piedra, se encontraron con la primera dificultad. El fiel guardián se negó rutundamente a dejar entrar al gigante a la estancia. Y, por ende, tampoco quería abrirles la puerta a Draco y a Dobby. Finalmente el elfo se apareció al interior con la intención de sacar la lechuza, ya que el gigante no podía entrar a verla. Draco se quedó con Hagrid afuera, lanzándole miradas asesinas al enano.

–Espérate que el profesor Snape vuelva –lo amenazó Draco, pero el enano de piedra no le hizo el menor caso.

De pronto, se escuchó un gritito, y al instante el elfo reapareció delante de ellos, con los ojos desorbitados.

– ¡Están muertos! ¡Están muertos! ¡Están los dos muertos! –gritaba desesperado agarrándose sus inmensas orejas y tirándo de ellas como para arrancarlas.

– ¡Déjanos entrar enano imbécil! ¿Acaso no vez que es una emergencia? –le gritó Draco a la estatua, y le lanzó un puntapié.

–Órdenes son órdenes –exclamó el guardian, sin inmutarse por la patada (era de piedra…), mientras Draco saltaba del dolor en el pie con el que lo había pateado.

–Será mejor que entres y los saques –dijo Hagrid a Dobby, con la voz que le tiritaba por el miedo. Al ver que el elfo parecía en shock y no atinaba, le gritó: – ¡AHORA DOBBY!

El elfo volvió a desaparecer, y a los pocos segundos se abrió la puerta desde dentro y el elfo apareció levitando a Harry y a la lechuza, juntos. Los depositó en el suelo. Hagrid comprobó rápidamente que Harry seguía vivo, aunque estaba frío e inconciente. Por la lechuza ya no había nada que hacer. Estaba muerta.

– ¿Qué hacemos? –preguntó Draco a Hagrid.

–Hay que avisar al profesor Dumbledore. Hay que avisar al profesor Snape –decidió Hagrid con voz temblorosa. Tomó a Harry en sus brazos –. Voy a llevar a Harry a la enfermería por mientras, aunque no sé donde está la señora Pomfrey. Tú Dobby, levita por favor la lechuza, que puede que su cadaver nos pueda dar alguna pista sobre lo que le ocurrió a Harry. Tú Draco, corre a la pajarera y escribe al Director y al profesor Snape diciéndoles que vengan de inmediato.

–No tengo pluma, ni papel, ni tinta –recordó Draco.

Hagrid buscó con una de sus manos en sus múltiples bolsillos, mientras con el otro brazo sostenía el cuerpo de Harry sin ninguna dificultad. Luego le tendió un sucio pergamino al chico, junto con un frasco viejo de tinta y una pluma que había visto días mejores. El chico los aceptó y corrió hacia la pajarera, a pesar de que se encontraba bastante cansado por todo lo que había corrido ya.

Snape acababa de terminar un portal en el jardín de atrás de la casa de su tía abuela, que le permitiría usar un traslador con los chicos para aperecerse directamente en el protegido jardín de la anciana, cuando vió una lechuza acercarse a la casa. Ésta se detuvo apenas percirbió la barrera mágica, y se quedó revoloteadno en torno a ella, incapaz de acercarse al destinatario de la carta, que era Snape. En efecto, esa era la lechuza que Draco le había enviado un par de horas antes al brujo. Draco le había dicho que era urgente, ¡y la lechuza había volado a velocidades mágicamente rápidas desde Hogwarts hasta Londres!

Snape salió del área protegida, y el animal voló hacia él. Se paró en su brazo y le estiró la pata. Snape retiró el mugriento pergamino, y reconoció la letra de Draco. Leyó la breve nota y corrió a despedirse de su tía y de Edelmira. Les explicó que habían surgido complicaciones, que necesitaba volver de inmediato, y que era posible que no pudiese volver con los chicos esa tarde, como planeado. Finalmente, y ante las miradas consternadas de las mujeres, desapareció.

Hagrid contempló impotente a Harry, que yacía inconciente sobre una de las camas de la enfermería. Había intentado usar la red flu para contactar a la señora Pomfrey, pero no había conseguido ubicarla. Aparentemente, la enfermera del colegio no se encontraba en el país. Hagrid ya estaba considerando tirar toda precaución al viento y llevar el mismo a Harry a San Mungo, cuando Snape entró corriendo a la sala.

– ¿Qué pasó? –preguntó mientras se lanzaba a revisar a Harry.

–No lo sabemos Profesor Snape –aseguró Hagrid–. Draco me dijo que había llegado la lechuza de Harry. Como parecía enferma me fue a buscar. Cuando volvimos, Harry estaba inconciente, y la lechuza muerta.

–Harry estaba bien cuando lo dejé para ir a buscar a Hagrid –agregó Draco–. Y Hagrid dijo que no tocáramos la lechuza, por si traía algo contagioso…

Snape se acercó entonces al cadaver del animal, y lo apuntó con la varita. Le lanzó algunos hechizos, lo levitó dándolo vuelta para observarlo por todas partes, y finalmente se quedó pensando.

– ¿Qué pasa profesor? –preguntó Draco finalmente, para romper el silencio.

–No creo que este animal esté enfermo. Parece en cambio una lechuza anciana. Pero no recuerdo que Hedwig haya sido una lechuza vieja… –contestó Snape pensativo.

– ¿No deberíamos llevar a Harry a San Mungo? –Preguntó Hagrid–. Yo intenté contactar a la Señora Pomfrey, pero creo que no está en el país. Me atrevo a suponer que está en Francia, en casa de su hermana.

–Si es lo que me temo, Hagrid, no servirá de nada que lo llevemos a San Mungo.

– ¿Qué cree que es? –murmuró el semigigante, preocupado.

Snape se volvió hacia Harry. No era primera vez que veía al chico en ese estado. Ya había estado así, a fines de su primer año, luego de que se enfrentara a Quirrel y a Voldemort y salvara la piedra filosofal. Y Hedwig mostraba signos de envejecimiento prematuro, que podía ser una consecuencia de haber sido poseída. Se requería magia negra para conseguirlo. Snape tenía el presentimiento de que el Señor Oscuro no estaba muerto, y había estado posellendo a la lechuza de Harry. ¿Sería entonces posible que Harry se hubiera enfrentado a él nuevamente esa mañana?

–No me atrevo a asgurar nada –respondió Snape finalmente–. ¿Avisaron al director?

–Si señor –respondió Draco–. Le mandé una lechuza cuando mandé la suya. Pero no sabía donde estaba así que ignoro cuando le va a llegar.

–Me gustaría que Albus lo viera también –respondió Snape–. Mientras tanto contactaré a un medimago de confianza.

Ivan Zuroy llegó rápidamente, y Snape agradeció recordar dónde contactarlo, a pesar de que no le caía nada de bien. Tras revisar a Harry, concluyó que el chico había sufrido un ataque con magia oscura, y que debido al débil estado en el que había quedado, era necesario completo reposo hasta que se recuperara, lo que no sería en varios días.

Estaba por irse cuando el anciano Dumbledore irrumpió en la enfermería.

– ¡Ivan! Me informaron que habías venido aquí. ¿Qué le ocurre a Harry?

–Como se lo acabo de explicar al profesor Snape, Harry sufrió un ataque de magia oscura y se encuentra muy debilitado. Necesita estar en reposo absoluto por varios días, hasta que se haya recuperado.

– ¿Y cuanto tiempo será eso, Ivan? –preguntó el anciano preocupado.

–No te lo puedo decir con certeza, pero yo adelantaría que necesitará una semana por lo bajo… Ignoro que fue lo que lo atacó, pero consumió toda su energía vital. Creo que tiene suerte de seguir vivo. Me atrevo a creer que si no se tratara del niño que vivió… Quién sabe. En fin. Volveré a verlo mañana.

Ivan Zuroy se fue, y la enfermería quedó en silencio.

– ¿Qué fue lo que atacó a Harry? –preguntó Draco preocupado, temiendo la respuesta.

Dumbledore miró a Snape, y Snape miró de vuelta a Dumbledore, quién suspiró.

–Es posible que Voldemort no haya muerto.

Draco se sobrsaltó al escuchar ese nombre, a pesar de haber tenido él mismo la misma idea. Snape no dijo nada, y su vista se hayaba nuevamente en el cuerpo de Harry.

–Llevaré a Harry de vuelta. No tiene sentido que permanesca aquí si no está la señora Pomfrey –dijo Snape.

– ¿Quieres que me quede con ustedes? –ofreció el anciano.

–No creo que sea necesario. Por ahora lo único que podemos hacer es esperar –contestó Snape. Enseguida envolvió a Harry en la frazada de la cama, y lo levantó–. Voy a trasladar su cama a mi cuarto, para poder vigilar su evolución. Te avisaré apenas se produzca cualquier cambio, Albus.

–Está bien, Severus. Pero, de todos modos, dormiré en Hogwarts esta noche, por si me necesitas.

Snape asintió, y caminó hacia la puerta. Draco se apresuró en abrirle la puerta, para que pudiera pasar cargando a Harry.

–Gracias Draco –dijo Snape–. Vamos.

–Estaré en mi estancia, por si me necesitan –le recordó Dumbledore, quién tenía cara de querer acompañarlos, pero no se atrevía por miedo a pelear nuevamente con el profesor de pociones.

Snape acostó a Harry sobre su propia cama, y convocó a un par de elfos. Al instante aparecieron un montón de ellos, ofreciéndose para ayudar.

–Traigan a mi cuarto la cama de Harry –solicitó Snape. Iba a volverse hacia Harry cuando vió la cara de angustia de Draco. El chico parecía gritar con sus ojos que no quería pasar la noche el sólo, en la mazmorra inferior. Snape decidió no ser cruel, y agregó: – Traigan además la cama de Draco.

Los elfos que no habían desaparecido a la primera orden obedecieron de inmediato a la segunda. Draco respiró aliviado.

–Gracias señor.

–No hay problema. Estaremos un poco apretados, pero supongo que podrías ayudarme eventualmente.

–Claro, por supuesto –respondió Draco de inmediato.

A los pocos minutos los elfos habían traído las dos camas y los baúles al cuarto de Snape, que comenzó a verse realmente congestionado. Después de algunas indicaciones las camas quedaron puestas de modo de entorpecer lo menos posible el paso, y los elfos desaparecieron para traer la cena.

– ¿Se pondrá bien Harry? –preguntó Draco una vez que estuvieron solos.

–Confío en que si –respondió Snape con algo de amargura–. Ya estuvo en un estado similar a fines de vuestro primer año, y se recuperó con reposo. Por ahora no podemos hacer nada más que esperar y observar Draco.

Esa noche Snape no durmió. Tuvo una pequeña discusión con Draco, que no quería dormir. Alegaba que también quería acompañar a Harry. Snape finalmente lo convenció de meterse en la cama y cerrar los ojos, al explicarle que lo necesitaría descansado al otro día para vigilar a Harry mientras él mismo dormía un rato. Draco no pudo negar la lógica detrás de las palabras del profesor, y obedeció. Finalmente, Snape se sentó en la cama de Harry y se dispuso a pasar la noche.

A la mañana siguiente, la condición de Harry no había cambiado. Snape le mandó una lechuza a su tía abuela explicándole que Harry se encontraba "enfermo" y que no podrían visitarlas como habían previsto. Luego de tomar desayuno con Draco, en la pequeña mesa de su cuarto, Snape se dispuso a dormir un rato, encargándole a Draco que se quedara junto a Harry para despertarlo al menor signo de cambio. Draco le dijo que durmiera tranquilo, y se puso a leer, sentado junto al cuerpo de Harry.

Dumbledore llegó a visitarlos a eso de las diez y media de la mañana. El enano armó un poco de escándalo alegando que "el amo" se encontraba durmiendo. Pero Draco, escuchando la discusión salió a mirar y dejó entrar al director.

– ¿Cómo sigue Harry? ¿Pasó buena noche? –Preguntó Dumbledore cuando hubo entrado.

–Sigue igual –Respondió Draco.

– ¿Y Severus?

–Descansando, profesor. Pasó la noche entera despierto.

Siguieron unos segundos de silencio, hasta que Draco rompió el silencio.

– ¿Cómo sigue mi prima? –Preguntó sin muchas esperanzas.

–Sigue inconciente, pero vivirá –aseguró Dumbledore.

–Un poco como Harry, ¿no? –Preguntó Draco.

–Es verdad –reconoció Dumbledore.

–Profesor… ¿Usted cree que el que no debe ser nombrado no esté muerto después de todo, y que él esté detrás de todo esto? –Se atrevió a preguntar Draco finalmente.

Dumbledore cerró los ojos unos segundos.

–Eso me temo –respondió finalmente.

– ¡Pero si ya había desaparecido! –Alegó Draco–. El profesor Snape estaba seguro.

–Todos podemos equivocarnos –aseguró Snape, que acababa de salir de su dormitorio sin que ni el anciano ni el chico lo notaran–. Albus, quiero que veas algo…

Y tras esto volvió a entrar en su dormitorio, donde de inmediato lo siguieron los otros dos.

Snape se encontraba junto a Harry, y le había abierto un ojo. Al acercarse, tanto Dumbledore como Draco inspiraron sorprendidos. El color del ojo de Harry ya no era verde esmeralda, sino rojo.

– ¿Desde cuándo que está así? –Perguntó Dumbledore en voz muy baja.

–No estoy seguro, Albus –respondió Snape con voz sombría–. Ayer cuando lo revisé sólo se veía el blanco del ojo. Y cuando Zuroy lo revisó también.

Ambos brujos se quedaron mirando. Ambos sospechaban lo mismo.

– ¿Tú crees que esté poseído? –Preguntó Snape finalmente.

Dumbledore miró a Harry, y volvió a cerrar el párpado del chico.

–Me temo que sí, Severus.

Snape puso un dedo sobre su boca en signo de silencio, y les indicó a los otros dos que lo siguieran hacia la sala. Cuando estuvieron afuera, Snape apuntó la puerta de su cuarto con la varita y murmuró un encantamiento silenciador.

– ¿Pero si el que no debe ser nombrado está poseyendo a Harry, entonces no ha muerto? –Preguntó Draco.

–Al parecer, no –afirmó Snape–. ¿Cómo podemos liberarlo, Albus? ¿Alguna idea?

Se produjo un largo silencio, mientras el anciano parecía meditar. Finalmente volvió a abrir los ojos, y parecía cansado.

–Creo que tenemos que forzar a Voldemort a salir de Harry. Está claro que poseyó a la lechuza hasta que esto la mató. Y luego poseyó al ser vivo que se encontraba más cerca al momento de la muerte de la lechuza: a Harry.

– ¿Quieren decir que si yo no hubiera ido a buscar a Hagrid y me hubiera quedado ahí podría haberme poseído a mí? –Perguntó Draco visiblemente choqueado.

–Es posible, respondió Dumbledore, aunque pienso que Voldemort quería poseer a Harry. Por eso se apoderó de su lechuza. Sus planes deben haber sido usarla para llegar a Harry desde un principio.

–Pero entonces… ¡Entonces matará a Harry también! –Concluyó Draco horrorizado–. ¡Como a Hedwig!

Dumbledore y Snape se miraron nuevamente. Ambos habían llegado a la misma conclusión.

–Severus –dijo el anciano algo tenso–. Tenemos que hacer que abandone el cuerpo de Harry.

– ¡Pero no lo hará mientras Harry esté vivo, Albus! –Razonó Snape–. A menos que…

Se produjo un incómodo silencio.

– ¿A menos que qué? –Preguntó Draco finalmente.

Nadie le contestó, hasta que finalmente Draco sacó sus propias conclusiones.

– ¡No podemos matarlo, o dejar que muera! –gritó el chico.

–Albus… Creo que podríamos probar con la pócima de muertos vivientes –sugirió Snape–. El cuerpo de Harry quedará catatónico por un tiempo, y tal vez logremos.

–Podría resultar –razonó el anciano rascándose su larga barba–. Pero tenemos que preparar un recipiente para el alma de Voldemort. Cuando abandone al chico, buscará un ser vivo de inmediato.

–Entonces tenemos que asegurarnos de que junto a Harry haya alguna clase de animal, y tenemos que matar a este de inmediato de un modo que tanto el cuerpo del animal como el alma de Voldemort sean destruidos…

Los tres brujos se quedaron pensando. Ese iba a ser un problema, y tendrían que encontrar una solución pronto si querían salvar a Harry.