Bueno, vamos allá con el 6º capítulo, que es hora de ir conociendo a los antagonistas, ¿no?

Enjoy!


Burdeos

La enorme y destartalada mansión podría haber sido majestuosa de no ser por la ausencia total de conservación; los grandes ventanales estaban cubiertos de mugre y varios de ellos tenían los cristales rotos como consecuencia del impacto de varias piedras lanzadas por jóvenes gamberros de la zona. Dos hombres armados flanqueaban la entrada; tras uno de ellos, un árbol completamente seco, amenazaba con desplomarse sobre la ya maltrecha fachada. Esta, que en un principio había sido de color ocre, presentaba un tono oscuro, fruto de la humedad; en los bajos, el moho formaba un rodapíes verdoso. La hierba crecía salvaje por todo el perímetro y varios arbustos pedían atención urgente.

El interior no era mucho mejor; la gran mayoría de las salas estaban en desuso y los muebles permanecían tapados bajo sucias mantas agujereadas. El polvo se concentraba por todos los rincones y las telas de araña formaban espesas cortinas que impedían ver lo que se escondía tras ellas. El suelo, de madera, estaba levantado en casi toda la galería central y las pocas piezas que se conservaban en su sitio, comenzaban a ser devoradas por las termitas. La estructura de la casa se salvaría de aquella plaga gracias al revestimiento de hormigón aplicado años atrás.

El sonido de unos tacones retumbaba por toda la mansión, como si cada rincón dispusiera de un altavoz que reprodujera aquel incesante ruido. Siguiendo el sonido a través de la larga galería, se llegaba a la sala principal de la mansión; una estancia oscura y fría que había sido despojada de la posibildad de la luminosidad por medio de unas grandes y opacas cortinas oscuras. Varias bombillas estaban fundidas, otras tantas rotas y las que quedaban, iluminaban la sala creando siniestras sombras en los rincones; era la única habitación de la mansión que mantenía los muebles libres de viejas sábanas. Un gran mueble descolorido tapaba gran parte de la pared derecha; en su interior aun contenía algunas piezas rotas de la que había sido una cara cristaleria. Las puertas estaban medio caídas; la de la izquierda carecía de visagra superior y colgaba hacia delante permitiendo la entrada de polvo en las baldas. Del tallado superior colgaba los restos de un espumillón verde de algunas navidades. En el centro de la sala, sobre una descolorida y roida alfombra, una brillantes mesa de madera de roble y tres sillas a juego, rompían con la estética dominante de la mansión. Visto desde fuera, parecía como si hubieran sido instalados a la fuerza en aquel lugar. En la pared opuesta al mueble, un viejo espejo, descascarillado en una de las esquinas, observaba ladeado el pasar de los días. Dos cuadros ecuestres completaban la decoración; el más grande mostraba un niño sobre un hermoso caballo negro, en el otro, una niña de unos cinco años, acariciaba sonriente el terso lomo de un pequeño pony blanco y marrón.

Una mujer de unos cuarenta años miraba en silencio el segundo de los cuadros. Su pelo rubio, cuidadósamente peinado, caía sobre los hombros en finos rizos. La piel era pálida, como si hubiera pasado varios años encerrada en aquella misma habitación sin el más mínimo contacto con el sol. Los ojos azules, armonizaban a la perfección con su tono de piel. No tenían casi expresión; eran fríos y apagados. La mujer tenía los brazos cruzados sobre el pecho; las largas uñas pintadas de rojo arañaban con suavidad la tela de su chaqueta. Se apoyaba sobre la pierna derecha mientras que la izquierda, más relajada, se movía lentamente mientras la punta de su pie subía y bajaba produciendo un sonido rítmico.

La mujer miró el retrato de la niña y esta le devolvió la mirada. Eran los mismos ojos.

—Creía haber sido clara cuando expuse las indicaciones, Dominique —su voz era suave y calmada; tenía un marcado acento parisino. No se giró al dirigirse a su interlocutor y tras la frase, un frío silencio flotó sobre la estancia.

Tres hombres acompañaban a la mujer; el primero iba perfectamente vestido con un traje de chaqueta y corbata de color oscuro; su pelo rubio, brillante por la gran cantidad de gomina, estaba peinado hacia atrás y esto acentuaba sus finos rasgos faciales, muy similares a los de la mujer; otro, de mediana edad y con el pelo parcialmente canoso, vestía un desgastado pantalón marrón y una fuerte cazadora negra, el tercero era un joven alto y delgado a quien sus ojos verdes y su moreno pelo rizado le daban un aspecto de juvenil inocencia; bajo esa fachada dulce se escondía una personalidad atormentada y un carácter fuerte y atroz.

—Mi señora, entendí a la perfección sus indicaciones y lo habría hecho sin ningún problema —se excusó Dominique, el hombre de más edad. Tenía las manos en los bolsillos de la cazadora y parecía totalmente tranquilo—; pero aquí, mi terco acompañante no quiso esperar y en el momento en el que vio una sombra, se precipitó—el joven miró furioso al hombre.

—Hice lo que nos dijeron—protestó el joven. Dominaba muy bien el idioma, pero su marcado acento ruso no deja lugar a dudas de su procedencia.

—¿Me puedes repetir qué fue lo que dije, Ivan? ¿Puedes repetir mis indicaciones? —preguntó la mujer girándose sobre sus tacones y quedando cara a cara con el chico.

—Acudir a la dirección indicada, matar a la dueña, descuartizar su cuerpo, colocar la placa en el cuello y sacar el hígado—respondió el chico con cierto desdén. La mujer se acercó a él con una cálida media sonrisa y tomó la cara del chico entre sus manos—. Hice lo que se me pidió —recalcó alzando los hombros.

—¡Con la mujer equivocada! —acusó Dominique.

—¿No caíste en la cuenta de que la mujer a la que asesinaste no guardaba ningún parecido con la de la fotografía que os entregué? —la mujer hablaba en un tono bajo y cariñoso. No estaba enfadada con aquel chico; no podía enfadarse con aquellos ojos verdes.

—Estaba oscuro —dijo el chico con tranquilidad. Dominique le miró furioso y se acercó a él amenazante; la mujer le cortó el paso.

—Querías volver rápido a casa e hiciste las cosas de manera precipitada —bufó el hombre—. Matamos a la mujer equivocada y a ti no parece afectarte lo más mínimo.

—No culpes a Ivan, Dominique —defendió la mujer—; eras tú el encargado de dirigir la misión.

—Natalya, el deseo te ciega —el tercer hombre por fin habló. Había estado apoyado sobre la mesa de roble, observando en silencio el transcurso de la conversación—. Ivan cometió el error; no culpes a Dominique de la falta de profesionalidad del chico.

—Pedí acudir solo, mi señora —dijo Dominique mientras iniciaba un paseo por la sala—. Fui muy claro en mi petición y tan solo expresé mi deseo de hacer el trabajo yo solo. Si me lo hubiera permitido, las cosas habrían ido de otra manera.

—Dominique, no...

—¡Natalya! —gritó el hombre agitando un periódico frente al rostro impasible de la mujer—. Fue Ivan quien asesino a esa chica; por su culpa Clarice Starling sigue con vida y el futuro de nuestro plan peligra.

—Quizás aun podamos solucionarlo —respondió Natalya agarrándose con fuerza a la mano de su joven amante—. ¿Verdad que lo harás, querido? ¿Verdad que esta vez asesinarás a esa mujer?

—¡Eres una ilusa! ¿Piensas que ahora podremos asesinar a la chica? —el hombre se acercó peligrosamente a la cara de Natalya con el periódico aun en la mano—. Reconócelo de una vez; hemos perdido la oportunidad.

—Todavía podemos, Adrien —respondió ella agarrándose a las solapas de su chaqueta—. Aun podemos vengar la muerte de padre.

—Si padre hubiera hecho bien su trabajo nada de esto habría pasado —murmuró Adrien entre dientes. Natalya se acercó a su hermano y levantó la mano amenazante; el hombre la interceptó—. Lo sabes, Natalya, lo sabes tan bien como yo.

—¿Tienes miedo de enfrentarte a él? —preguntó con sorna.

—Tengo tantas ganas como tú de ver muerto a Lecter; pero soy consciente de que esa labor no nos debería haber correspondido a nosotros.

—Vamos, Adrien —respondió la mujer acariciando la cara de su hermano—. Padre estará orgulloso de nosotros. Encontraremos la manera de acabar con él; no haber matado a esa tal Clarice puede que no haya sido un error. Va a ser el centro de atención de todas maneras, ¿no?

—Confiemos en ello —resopló el hombre.

—En cuanto la prensa comience a difundir la noticia, él no tardará demasiado en reaccionar—sonrió besando su mejilla—. No lo dudes.

La mujer se separó del grupo y el sonido de sus tacones volvió a romper el silencio de la mansión. Adrien Kleber desplegó el periódico y miró con detenimiento el rostro de la joven que debía haber muerto. Dominique e Ivan le observaron en silencio mientras el repiqueteo de los tacones de Natalya se alejaba por la galería. Cuando estuvo lo suficientemente lejos, Adrien separó a Dominique de Ivan y habló en voz baja.

—Quiero que te mantengas pendiente de los movimientos de Clarice Starling; haz lo que sea preciso para seguir su rastro. Piensa que necesitarás para ello y te lo proporcionaré.

—¿Podré contar con más hombres?

—Lo que necesites, Dominique.

—Y, ¿qué hago con él? —preguntó el hombre señalando disimuladamente al chico.

—No es un negado; pero es demasiado joven. Adiéstralo y siéntete libre de aplicarle los correctivos que creas convenientes —Dominque sonrió.

—Nos debe una muy grande.


FINITE INCANTATEM

Gracias por los comentarios y esas cositas que, oye, alegran a una y eso.

No perdáis la costumbre ;)

Ta ta.Z