Bueno, pues vamos a por el séptimo capítulo de la historia. Haré un reajuste en las subidas para que me de tiempo a terminar la historia antes de comenzar el curso y esas cositas. Así que es posible que haya más de dos capítulos por semana a partir de ahora...

Enjoy!


Era completamente imposible que una noticia como aquella no corriera como la pólvora por todos los medios de comunicación nacionales; que un agente federal se viera involucrado en cualquier tipo de crimen era algo demasiado jugoso como para no dedicarlo la portada o la cabecera de los informativos y la de Clarice no fue una excepción. Tras su arresto, solo hizo falta media hora para que los buitres de los periódicos más sensacionalistas se hicieran eco de la noticia, una hora para que los informativos comenzaran a dar avances del caso, dos para que la noticia se hiciera oficial y poco más cinco para que llegara a oídos de Hannibal.

Había conseguido sintonizar una emisora americana con la ayuda de una radio de baja frecuencia. El sonido no tenía buena calidad; pero era suficiente para lo que él necesitaba. El aparato se pasaba día y noche encendido y cada hora en punto miraba con recelo hacia el mueble donde estaba colocado deseando que dieran más información sobre ella.

El reloj estaba a punto de dar las doce de la noche y Hannibal estaba sentado a oscuras en el interior de la casa. Había colocado uno de los sillones frente al gran ventanal del salón principal; el cielo llevaba varios minutos iluminándose a causa de los rayos y las gruesas gotas comenzaban a salpicar el cristal —Desde niño, Hannibal había sentido cierta devoción por las tormentas nocturnas—. El humo de su cigarro se elevaba flotando lentamente hacia el techo. La sintonía del programa de noticias le hizo cerrar los ojos.

La primera noticia que escuchó hablaba de un terrible incendio en la costa de California; tras varios minutos, el nombre de ella en boca del locutor. Hannibal apagó el cigarro y se puso en pie para acercarse a la radio. La tormenta interfería en la señal y las frases llegaban entrecortadas.

Asesinato... FBI... Clarice Starling... sospechosa... detenida... juicio.

Hannibal agarró la radio con ambas manos y le sacudió ligeramente confiando en recuperar algo de señal; sabía que aquel gesto era algo absurdo, pero comenzaba a sentir como la desesperación se apoderaba de su habitual tranquilidad. Un gran trueno retumbó justo encima de la villa y la frágil señal se perdió. Hannibal cerró los ojos y apoyó la frente contra el mueble. Tenía los datos necesarios; pero aquella noche no podría hacer nada por Clarice. Caminó a oscuras hasta su dormitorio, planificando mentalmente cómo sería el día siguiente. Encendió la luz, se dirigió al armario y comenzó a preparar la maleta.

Tras la tormenta de la noche anterior, el cielo de Mallorca presentaba un precioso color azul. Eran las ocho y media de la mañana cuando el doctor Lecter abrió por fin los ojos; se había acostumbrado a los horarios españoles sin ninguna dificultad. Tras una breve ducha y un desayuno ligero, bajó al garaje en busca de su Bentley; la primera parada la haría a las afueras de la capital.

El coche se adentró a toda velocidad en las calles de un polígono industrial; no era demasiado grande, pero el doctor Lecter tuvo algún que otro problema para dar con la dirección. El GPS solo funcionaba en las calles centrales de la capital y tuvo que buscar la nave él mismo. Tras cerca de media hora dando vueltas logró localizar el lugar en cuestión; una edificación de chapa, corroída por el óxido. En la parte superior, un sucio letrero con el nombre de la empresa que actuaba a modo de tapadera: "Envíos Manacor".

Hannibal bajó del coche y entrecerró los ojos dolorido por el golpe de luz repentina; el sol calentaba con fuerza y sentía el polo pegado a la espalda. Bloqueó el coche y caminó hacia la puerta de la nave.

—Buenos días —saludó usando un impecable español con acento inglés. Dos hombres salieron a su encuentro. El doctor Lecter había tratado a lo largo de su vida con varios especialistas en falsificaciones de documentos y procuraba tener localizados a los que operaban en la ciudad en la que estuviera residiendo; nunca estaba de más poder crear una nueva identidad rápidamente si se tenía que salir huyendo.

—¿Qué hay? —respondió uno de los hombres tendiéndole la mano. El otro optó por mantener las distancias por si las cosas se ponían feas—. ¿Se ha perdido?

—Busco a Miguel González —dijo secamente mientras se quitaba las gafas de sol. El hombre sonrió y apretó la mano de Hannibal ligeramente.

—Es un buen buscador —respondió el hombre—. Yo soy Miguel González, ¿en qué puedo ayudarle?

—Quiero documentación... y rápido —Hannibal se llevó la mano al bolsillo del pantalón y extrajo un sobre blanco perfectamente doblado—, lo más rápido que haya trabajado en su vida —el hombre miró al cielo y suspiró.

—Dos días...

—Una hora —respondió el doctor.

—¿Una hora? —Miguel se echó a reír y se giró hacia su compañero—. ¡Una documentación en una hora! —Hannibal parpadeó un par de veces y miró de manera fija a los dos hombres; estos vieron que no iba en broma.

—Tengo en el coche algo que puede hacer que aceleren —añadió sin moverse de su sitio. Miguel se cruzó de brazos sin dejar de reír—. Medio millón de pesetas—los ojos de Miguel se abrieron de golpe y su risa cesó—. Más, claro está, el precio del trabajo.

—¿Medio millón? ¡Amigo! Sí debe de tener prisa —contestó Miguel—. Jordi, avisa a los chicos —dijo girándose a su compañero. El hombre se adentró en el edificio sin mediar palabra.

—¿Podrá hacer el trabajo en ese tiempo?

—Voy a necesitar fotografías e identidades —Hannibal asintió satisfecho y se volvió hacia el coche para recoger un nuevo sobre.

Con el encargo hecho, el potente Bentley se deslizó silencioso y a toda velocidad sobre el ardiente asfalto de la carretera. El viaje hasta la capital de la isla y las gestiones que tenía que realizar allí, habían resultado más rápidas de lo que el doctor Lecter había supuesto en un primer momento. Miró de reojo el sobre marrón que se hallaba en el asiento del copiloto y su boca se curvó en una breve sonrisa.

Aminoró la velocidad al entrar al camino de arena procurando no levantar demasiado polvo que ensuciara la carrocería de su coche y pulsó uno de los botones instalados en el salpicadero; la gran verja que custodiaba la propiedad se abrió permitiendole el paso. El sistema de vigilancia se activó cuando las ruedas del coche pasaron sobre unas bandas enterradas en el camino y dos de las cámaras comenzaron a seguir el coche. Cualquier medida de protección era necesaria para mantenerse oculto.

La puerta se abrió y el doctor Lecter dejó que el coche avanzara prácticamente solo hasta detenerse en mitad del garaje; en Bentley quedaría escondido en la villa hasta su regreso. Avisó a un taxi y poco menos de una hora después estaba entrando al aeropuerto de Palma de Mallorca.

Sabía lo arriesgado que era viajar sin preparativos previos; pero, por suerte, los viajes a Estados Unidos en aquella época del año eran más habituales y no tendría que esperar demasiadas horas a que el primer vuelo con destino a Washington despegara. Tras una breve transacción y unas palabras gentiles a la muchacha del mostrador, el doctor Lecter adquirió un billete en segunda clase para el vuelo de las cuatro con dirección a Nueva York; después, se vería obligado a hacer un transbordo para llegar a Washington; aquello podría suponer un grave problema, pero prefirió dejar eso para luego.

El primer punto crítico del viaje se encontraba a escasos metros de él y debería hacerle frente en escasos minutos; antes de subir al avión debería presentar su pasaporte y pasar la primera prueba de fuego. Su rostro había variado de manera más o menos considerable desde su fuga en Memphis y dudaba mucho que en un aeropuerto como aquel estuvieran al día del rostro de un asesino de otro contiene; pero, aun así, no podía correr demasiados riesgos.

Se unió a la fila de embarque y comenzó a ojear una revista de manera casual; al llegar al control de acceso, usó la revista a modo de escudo para ocultar su mano izquierda; la cicatriz de la operación en la que le habían extirpado su sexto dedo era demasiado llamativa todavía.

Pasó sin problemas el control y suspiró aliviado cuando por fin localizó su asiento. Las filas en segunda clase constan de tres asientos; el del doctor Lecter se encontraba junto a la ventanilla. A su lado había un hombre que, según los cálculos de Hannibal, debía de tener su edad y que, sin duda, era uno de aquellos tipos a los que un silencio no les haría caer en la cuenta de que aburrían con sus historias. El doctor Lecter suspiró con resignación y se quitó las gafas; el tercer asiento estaba ocupado por una niña de unos seis años que en aquel momento luchaba por mantener los ojos abiertos.

—¡Ray Johnson! —el hombre estiró la mano hacia Hannibal y este deseó que la quitara antes de tiempo; pero el extraño compañero esperó con una amplia sonrisa en la boca. El doctor Lecter chasqueó la lengua y adelantó su mano derecha.

—Víctor Dyer —respondió sin mucho entusiasmo. El hombre volvió a sentarse en su asiento soltando una gran carcajada; Hannibal cerró los ojos y suspiró.

—Esta es mi hija Johana —la niña, sin duda acostumbrada a la efusividad de su padre, continuó sacudiendo la cabeza para mantenerse despierta—. Cariño, saluda —la pequeña se tapó la boca con la mano derecha mientras bostezaba, alzó la otra y la agitó perezosamente—. Está un poco cansada —se disculpó el hombre.

—Es un viaje largo —respondió Hannibal mirando por la ventana—, está bien que duerma.

—¡Y tanto que va a ser un viaje largo! —exclamó el hombre mientras buscaba el cinturón de la niña—. Pero no se preocupe, no soy de los que se cansan fácilmente.

—Yo sí —el doctor trató de sonar contundente, pero el hombre comenzó a reír con fuerza.

El ruido de los motores anunciaba un despegue inminente y tres azafatas se colocaron de manera estratégica en el pasillo central para comenzar con las indicaciones. El compañero de viaje del doctor Lecter pareció emocionarse demasiado cuando la joven morena comenzó a explicar el correcto uso del chaleco salvavidas y sin perder un detalle de la chica, decidió que su hija viajaría más segura en el asiento central. Tras cambiar a la adormilada niña; se acomodó y miró sonriente a Hannibal levantando el pulgar.

El avión comenzó a moverse y la niña subió los pies al asiento para quedar abrazada a sus rodillas. Miró hacia arriba un segundo y ocultó su rostro entre los brazos.

—Tiene pánico a volar la muy cobarde —bromeó el hombre sin dejar de mirar a la azafata. Hannibal sintió lástima de la pequeña; su padre estaba más entretenido en recorrer con la mirada las curvas de la mujer que en prestar un poco de consuelo a su propia hija. El doctor Lecter se acordó de su pequeña hermana y de lo frágil que resulta un niño cuando tiene miedo; aquel hombre era, sin duda, un candidato perfecto para presentar a su arpía.

—Se puede caer —protestó la niña dirigiendo a su padre una mirada llena de rabia.

—No tengas miedo —susurró el doctor Lecter agachando la cabeza en dirección a la niña—; piensa que este avión no es más que un pájaro grande, y los pájaros no se caen, ¿a qué no? —la niña miró con cierta desconfianza a Hannibal.

—Papá me dijo que hay aviones que se caen al mar —Hannibal alzó las cejas sorprendido y miró al padre de la niña. El hombre se dio cuenta de que estaba siendo observado y analizando las palabras de su hija, sonrió satisfecho.

—Es mejor que desde pequeños sepan a que se enfrentan —declaró con firmeza.

—Hay una edad para cada información —murmuró Hannibal sin dejar de mirar al hombre. Ray se sintió intimidado por aquellos ojos granates; en la vida había visto unos iris de ese color. Eran amenazantes por naturaleza; como los de un animal salvaje. El doctor desvió la mirada hacia la niña y los ojos cambiaron; el toque de fiereza desapareció—. No es la primera vez que viajas en avión, ¿cierto?

—Sí...

—Y las otras veces, ¿el avión se cayó? —tras unos segundos de aparente meditación, la niña se apartó un mechón rubio de su cara y sacudió la cabeza esbozando una tímida sonrisa—. Pues entonces puedes estar tranquila, porque este tampoco se va a caer.

Durante unos minutos la niña mantuvo la mirada fija en el doctor Lecter; ganando confianza poco a poco.

Las luces indicaron que los pasajeros podían desabrocharse los cinturones y las televisiones repartidas a lo largo del avión comenzaron a parpadear ante el júbilo de mucho de los viajeros. El sonido de la película era demasiado alto y el doctor Lecter se vio obligado a aumentar el volumen de la radio; por desgracia para él, lo único que se escuchaba era una grabación con diferentes canciones en varios idiomas que se repetían una y otra vez. —"Nada de noticias —pensó Hannibal quitándose los auriculares" El sonido de la televisión que estaba a escasos metros de su asiento llamó su atención y observó durante unos instantes; estaban emitiendo una empalagosa comedia romántica y cuando el doctor sintió la necesidad de saltar del avión, buscó rápidamente una nueva fuente de entretenimiento. Cogió el folleto que sobresalía del asiento delantero y le observó con desgana; las instrucciones de los chalecos salvavidas en castellano, inglés, francés y alemán. Con un largo suspiro de resignación dejó de nuevo el folleto y se cruzó de brazos; su Palacio de la Memoria le podía mantener entretenido durante todo el viaje. Procuró evitar las salas que le inquietaban y pasó directamente a los recuerdos que más le gustaban; la katana de Lady Murasaki rasgando el estómago del carnicero Momund, Mischa riendo mientras él la perseguía por el patio del castillo, los perros de Mason devorando pedazos de cara de su dueño, Clarice...

De pronto sintió que algo iba mal, las paredes de su palacio se estaban desmoronando y una voz chillona retumbaba en su cabeza; abrió los ojos. Su compañero de fila y el viajero que iba sentado al otro lado del pasillo, conversaban animadamente. Hannibal carraspeó suavemente y comenzó a golpear con los dedos el reposabrazos; para su sorpresa, la niña continuaba profundamente dormida.

—¡Oh, lo siento! —se disculpó el hombre recuperando su posición—. No quería despertarle. Lo lamento de verás —Hannibal se regodeó al pensar lo que podría hacer con aquel hombre.

—No pasa nada —respondió el doctor acomodándose en el asiento y mirando al frente—. Es un viaje largo; ya dormiré después.

—¿Regresa a casa? —el hombre decidió que, ya que le había despertado, podía darle conversación. Hannibal aguardó unos segundos antes de contestar. La mayoría de los viajeros eran veraneantes que regresaban a sus hogares tras pasar unas semanas de ferviente desenfreno consumista en la isla.

—Voy a recoger a mi esposa —dijo con total tranquilidad—; odia viajar sola en avión.

—Tiene suerte —la voz del hombre había cambiado. No había entonación chillona ni alegre en aquella breve frase. Hannibal vio como quitó el pelo de la cara de su hija y la miraba con cariño—. Son nuestras primeras vacaciones solos. Teníamos ya todo preparado cuando mi mujer y nuestra hija mayor... —Ray guardó silencio y suspiró—. La vida debe continuar y más para ella —dijo señalando a la pequeña.

—Lo lamento —el hombre sonrió.

—Aproveche y vaya a buscarla. Y viaje con ella. Y no pierda ni un minuto —Hannibal miró al frente y sintió una punzada de dolor; ¿qué posibilidades había de que lo que el sentía por Clarice fuera correspondido? Él sin duda pasaría la vida a su lado; pero, ¿y ella? ¿estaría dispuesta a dejar todo por estar con alguien como él?

Con la imagen de Clarice en su memoria se fue quedando dormido; las puertas de su Palacio permanecieron cerradas durante aquel sueño, la muerte de Mischa no le visitó en aquella ocasión. Sabía que las siguientes horas serían intensas y necesitaba guardar todas sus fuerzas.

Con cada minuto que pasaba, Hannibal se sentía más cerca de Clarice.


He de decir que siempre me ha gustado el capítulo de la novela Hannibal en el cual relata el viaje de Lecter desde Florencia a Washington; así que esto podría ser un pequeño homenaje, xD

Ya sabéis como va esto ;) Gracias por los coments!