Vamos a darle otro empujoncillo más a la historia. Asombrosamente este capítulo tiene más texto que diálogo (algo MUY raro en mi).
Vamos a darle a ver que tal... ;)
Enjoy!
Optó por ignorar la cama abatible de la pared y se sentó en el suelo; ya había tratado de dormir la pasada noche en aquella cama y todos sus esfuerzos habían resultados nulos. Estaba acostumbrada a la comodidad que ofrece un colchón suave y mullido; tratar de conciliar el sueño en una estructura formada por una dura base y un colchón de espuma era para ella una misión imposible. Pensó que a la larga se acostumbraría a dormir allí; después se reprochó el haber pensado aquello. Ella era inocente y tarde o temprano se debería de descubrir la verdad.
A pesar de las altas temperaturas exteriores, la celda era un completo congelador; las paredes de hormigón aislaban el pequeño habitáculo y Clarice sintió pronto como se la comenzaban a entumecer los músculos. En varias ocasiones se frotó con energía las piernas; pero terminó cediendo a causa del cansancio físico que aquella situación la estaba provocando.
El silencio era absoluto en toda la galería, lo que la hizo deducir que era la única persona detenida en aquel módulo. Podía escuchar su respiración y aunque en otras muchas ocasiones aquello era motivo de alivio y tranquilidad, en esa situación la estaba comenzando a desquiciar. Podía notar la sangre latir en sus sienes y como un terrible dolor de cabeza se empezaba a formar en la base de la nuca. Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Sin ser consciente de ello, aquella mañana dio sus primeros pasos por su propio Palacio de la Memoria. Tan solo llevaba veinticuatro horas retenida.
Su mente vagó por diversos escenarios por los que había pasado a lo largo de su vida; visitó la casa de su infancia en Weston y se vio sentada en la vieja mesa de la cocina junto a su padre; conversando sobre temas banales mientras los chillidos de sus tres hermanos pequeños resonaban en el patio trasero.
Después se vio en el cementerio, junto a su familia; su madre la agarraba con fuerza de la mano mientras cubría su rostro con un pañuelo; era la única de los pequeños Starling a la que se le había permitido acudir al entierro de su padre.
El destartalado hotel de carretera en el que su madre se vio obligada a trabajar apareció de la nada; el cementerio se fue esfumando poco a poco. Recordó como su madre mantenía su buen humor a pesar de las constantes humillaciones por parte de su jefe. Clarice sabía que a pesar de que ella tratara de mantenerse fuerte de cara a sus hijos, la situación familiar se desmoronaba por momentos. Decidió que, como hermana mayor, y a pesar de que tan solo tenía nueve años; debía tomar las riendas con los demás. Controlar a Harry no la resultó complicado. Era tres años menor que ella y tras la muerte de su padre el carácter del niño había cambiado de manera radical; carácter que le acompañaría durante el resto de su vida. Clarice encontró la verdadera dificultad con los dos pequeños. Susan y Lewis contaban con tres años y medio cuando su padre fue asesinado y vivían absolutamente ajenos a la tragedia que había sacudido a su familia. Su naturaleza inquieta y su temprana edad eran demasiado para una niña de nueve años.
La despedida fue lo más duro. Su madre había mencionado en varias ocasiones el rancho de su prima en Montana; pero Clarice no había prestado demasiada atención. La idea de que la familia se separara era para ella inconcebible. Dos años después de la muerte se enfrentó a un nuevo y duro golpe. A su madre no volvió a verla tras de despedirse de ella en el tren; con sus hermanos tardaría años en poderse poner en contacto. La infancia de Clarice se había quedado en el andén de la estación.
Del rancho solo conservaba dos recuerdos; uno era el que la acompañaba cada noche a modo de incesable pesadilla, el otro era el de su yegua Hannah. Clarice sonrió al recordar al animal. Había sido separada del resto de los equinos destinados al engorde cuando el ranchero se había percatado de que estaba completamente ciega. Tras el incidente de la huida de Clarice, permitieron que Hannah la acompañara al orfanato luterano en el que pasó su adolescencia. Del internado prefirió no guardar ningún recuerdo. No había habido amistades ni buenos momentos; estos llegarían con su entrada en la universidad y posterior ingreso en la academia del FBI. Ese fue el momento de su vida en el que comenzó a vivir de nuevo.
Contuvo el aliento cuando la imagen de una sonriente Ardelia la saludó desde el fondo de un luminoso pasillo. Estaba en Quantico y su amiga la comentaba los planes de aquel fin de semana. Su primer éxito en el FBI sin ser aun agente hizo que viera la imagen de su padre mirándola con orgullo desde su recuerdo de la cocina. La graduación como agente, el traslado al apartamento con Ardelia y el principio de esa carrera que todos habían catalogado como prometedora, pero que pronto comenzaría a decaer conforme la chica se topaba con una decepción tras otra.
El siguiente recuerdo que pasó a la cabeza de Clarice la hizo temblar, pertenecía a otro tiempo, varios meses antes de su graduación. Nunca supo el por qué le había colocado el último, en el lugar más grande y apartado de todo su pensamiento. Lo primero que vio fue una fría y húmeda galería; avanzaba a paso lento por ella mientras los ruidos de ambiente quedaban mitigados a cada paso que daba. Después, el vidrio de seguridad que la separaba de lo más interesante que había conocido en la vida; la voz del doctor Lecter sonó en su cabeza con tanta nitidez que por un momento creyó estar frente a él. Ese tono sedoso y hechizante que la había revelado dolorosas verdades de su personalidad, ese tono al que recurriría en adelante cuando la calma la abandonara en un momento crítico... y esos ojos. Aquellos ojos granates que la habían envuelto desde el primer instante en el que Lecter los había posado sobre ella. Siempre había deseado en secreto adentrarse en aquellos misteriosos ojos y perderse en ellos sin preocuparse por nada más. Extrañamente, en ese momento de soledad de su celda, Clarice podía hacerlo. Los recuerdos se habían mezclado con sus deseos más ocultos y el cristal de seguridad había desaparecido entre ellos. Comenzó a respirar más deprisa conforme se veía más cerca del doctor. Su cínica sonrisa ya no la parecía desdeñosa; esa ligera curva en los labios de Lecter actuaba como un imán y sintió el mismo subidón de adrenalina que la habría producido asomarse desde un último piso de un rascacielos. Era algo prohibido y peligroso, algo salvaje que nacía en lo más profundo de su ser.
Lecter extendió su brazo invitándola a acercarse a él; Clarice se sorprendió al ver que no dudaba, que cogía sus dedos con delicadeza y no ejercía presión alguna cuando el doctor tiraba suavemente de ella hacia su cuerpo. ¿Cómo era posible de estar creando aquel recuerdo tan vivo e intenso? Sus ojos se deslizaban de los ojos del doctor a sus labios y viceversa. Podía notar, incluso, un ligero cosquilleo en el estómago y cómo sus dedos temblaban. Sabía que había sentido aquella sensación antes, igual de cerca de él, pero con un obstáculo de por medio, pero, ¿cuándo? La fantasía estaba ganando terreno a la racionalidad y tras unos instantes de lucha, la búsqueda en su mente de ese momento ya vivido quedó varado en un rincón. Todo parecía tan real que era capaz de notar la suavidad en el pelo del doctor; su mano se había deslizado a través del hombro del doctor hasta su nuca; estaba a punto de perderse en el misterio de sus ojos.
Cuando su fantasía la permitió rozar los labios de Lecter con los suyos, una descarga recorrió todo su cuerpo. Sintió la sacudida en la boca del estómago y sonrió. Conforme el beso se prolongaba, la celda de Lecter iba desapareciendo. No tenía ni idea de dónde estaba viajando, pero se sentía segura dentro de su deseo. Abrió los ojos, Lecter la miraba con su habitual serenidad. Estaban en medio de un paisaje completamente desconocido para Clarice. Suaves colinas bañadas por campos de viñedos que subían y bajaban por doquier formando coloridas ondulaciones. Tonalidades verdosas mezcladas con amarillos. Prados repletos de lavanda e hileras de altos árboles que bordeaban las serpenteantes carreteras que atravesaban el paisaje. En lo alto de una loma y custodiada por olivares, una pequeña edificación de piedra, que parecía haber sido sacada de otra época, vigilaba el horizonte con su fachada blanquecina.
Clarice quiso retener esa fantasía para siempre; llegó a desear poder vivir en ella. Lecter se separó de ella sonriendo y acariciando su mejilla con la mano. Clarice saboreó esa caricia. Abrió los ojos decepcionada y se llevó los dedos a la boca. Su pecho subía y bajaba acompasado por la rápida respiración. Su mente comenzó de nuevo a funcionar y encontró el momento en el que había vivido aquella sensación; fue en la primera visita al hospital psiquiátrico de Baltimore, tras el incidente con Miggs. Lecter la llamó a voces para que retrocediera y ambos se pegaron al cristal de seguridad. Fue ese momento, aquel instante; la primera vez en su vida que había sentido sacudirse su mundo.
Desde aquel momento, su celda la pareció más vacía y solitaria que nunca.
La agente encargada de su vigilancia acudió a la celda poco antes de la una con una bandeja de comida. Clarice estaba sentada ahora en el incómodo catre, de cara a la pared; ajena al mundo. El suyo ahora se había visto injustamente reducido a poco más de dos metros cuadrados. La mujer abrió la puerta y dejó la bandeja sobre la pequeña mesa de la celda. Miró a Clarice durante unos instantes y sacudió la cabeza.
—La hora de la comida, agente Starling —la chica giró la cabeza y miró en silencio a la mujer.
—No tengo hambre, gracias —respondió Clarice volviendo a su posición inicial. La agente se cruzó de brazos y permaneció en silencio durante unos minutos. Clarice no se movió.
—Entró ayer a las doce en esta celda y desde entonces se ha negado a probar bocado —la mujer acercó la bandeja al catre—. ¿Qué pretende? ¿Morir de hambre para expiar sus pecados?
—No tengo ningún pecado que expiar —replicó.
—Nadie que está aquí tiene pecados, hija —dijo la mujer en tono sarcástico. Clarice sacudió la cabeza y volvió a mirar a la mujer. Un solo día en aquella celda y ya había comenzado a pasarla factura. Unas pronunciadas ojeras hundían sus ojos azules en el interior de su rostro y parecía mucho más pálida de lo habitual. La mujer se sorprendió de este cambio, pues había visto llegar a Clarice el día anterior y parecía como si por su cuerpo ya hubiera pasado
—Yo no asesiné a mi compañera —respondió irritada. Dedicó a la bandeja una mirada de desdén y volvió a girarse—, y no tengo hambre, gracias.
La mujer no trató de persuadir a Clarice. Dejó la bandeja sobre el catre y abandonó la celda; cuando el hambre fuera insoportable, comería. Ya se ocuparía ella de explicar por qué la bandeja no había sido devuelta a la cocina a tiempo.
Esta había sido la segunda vez que Clarice hablaba con una persona tras su encarcelamiento. La tarde anterior había pedido poder reunirse con el abogado que el FBI la había otorgado; pero los agentes de la prisión pasaron por alto sus peticiones. Tras dos horas insistiendo en que tenía derecho a poder hablar con su abogado, las luces de su celda fueron apagadas a modo de castigo. Clarice había recordado entonces las mezquinas represalias que el doctor Chilton imponía en el hospital. Programas religiosos a todo volumen, duchas con agua helada, despojar a los internos de sus pocos bienes materiales... Ella misma había recogido los dibujos que había quitado al doctor Lecter cuando Miggs apareció muerto en su celda la noche posterior a su primera visita.
Tras sus protestas, y a excepción de la agente encargada de entregarla la comida, nadie más había acudido a la celda de Clarice. Ni rastro de su abogado, ni de su superior, ni siquiera de Crawford. Clarice comprendió que estaba completamente sola y que nada podría cambiar ese hecho. Sabía lo que ocurría cuando el FBI atrapaba a una persona; lo sabía demasiado bien. ¿Qué imagen daría la oficina si tras anunciar por todo lo alto que habían atrapado a la asesina de una de sus agentes, tuvieran que salir rectificando? La opinión pública se les echaría encima y eso era algo que el FBI evitaba como fuera. Clarice estaba totalmente convencida de que los agentes encargados del caso sabían que el asesino de Ardelia seguía en libertad; pero con Clarice entre rejas, podían dar carpetazo público al caso y seguir investigando a espaldas de la nación. Luego, cuando hubieran encontrado al verdadero culpable, le acusarían de complicidad y todo el mundo quedaría contento. En pocos meses nadie se acodaría de Ardelia y mucho menos de Clarice. Conocía los modos de la oficina y sabía que no tenía nada que hacer. Tan solo esperar que un milagro la sacara de allí antes de que un juez la condenara a un destino peor.
Pensó en sus padres, en cómo se sentirían al enterarse de la noticia de que su querida hija había sido acusada de un crimen que no había cometido. De seguir vivos, les habrían contando la versión del FBI y habrían quedado destrozados para siempre. Por primera vez en su vida, Clarice se alivió al recordar que ambos estaban muertos y que, estuvieran donde estuvieran, sabrían que ella era inocente.
Después pensó en Crawford; el único en toda la organización que defendía la inocencia de la chica y que, a no mucho tardar, sería relevado de su puesto. Alegarían algún tipo de trastorno derivado de la muerte de su esposa o dirían que su delicado estado de salud no le permitiría seguir desarrollando su puesto y, de esa manera, sería eliminado del camino. Un agente como Crawford, tenaz y persistente, podía hacer mucho daño dentro de la oficina y con la ayuda de un buen abogado podría dejar en evidencia al intocable FBI.
Un buen abogado... desde luego el que habían otorgado a Clarice no lo era. Nada mejor que un abogado de la propia agencia para manipular las pruebas a placer de los peces gordos. Clarice recordó que Lecter había mencionado al suyo en varias ocasiones. Se había referido a él como un hombre obstinado e inteligente y, desde luego, cualquier abogado capaz de mantener con vida a un cliente cuyos cargos superaban la decena de asesinatos, era digno de elogio. Había conseguido que Lecter fuera declarado mentalmente inestable eludiendo así la pena capital. Clarice trató de recordar el nombre de aquel abogado. El nombre empezaba por H, como Hannibal, aquello era fácil para Clarice; se llamaba Harvey y sabía que el apellido era judío, algo como Roit o Robb. Apretó los ojos con fuerza y se obligó a pensar. Después de varios minutos, soltó una carcajada y se puso en pie; "—Roth —pensó más animada—. ¡Eso es! Harvey Roth".
Tenía que encontrar la manera de ponerse en contacto con Harvey Roth. Cuando su abogado impuesto fuera a darla novedades o si Crawford podía acceder al módulo a visitarla. Ese era su derecho y haría uso de él. Lucharía con todas sus fuerzas.
Bueno, pues hasta aquí podemos leer hoy... el capítulo 9 "coming soon" xD
Lo que ya sabéis, ya lo sabéis y lo que no, pues tampoco voy a decir yo ahora nada.
Gracias por los coments!
