Nota: ¡Gracias Lunapotter! La historia sigue por dos capítulos más luego de este. ¡Gracias Hada! No es eso lo que llamarán, pero algo llamarán. No creo que a Snape le importen tanto las canas por un sentido estético, por lo que en este ff al menos no se las teñirá ^_^
A los que lean este capítulo, les aviso que este capítulo contiene violencia implícita.
Capítulo 23 Ideas Idiotas y Actividades Anticuadas
Hermione acaba de apagar las luces hace un rato cuando Draco, que no tenía sueño, se sentó en su sillón y estiró la mano para despertar a Harry.
-Harry… ¿Estás durmiendo? –murmuró.
-Mmmmhhh… -Respondió Harry, que ya estaba dormido y quería seguir así. Pero Draco tenía otros planes, y lo remeció con más fuerza.
-¡Harry!
-¿Qué? –Preguntó Harry adormilado, sentándose-. ¿Qué quieres?
-¿Qué les pasa? –Intervino Hermione molesta, poniéndose de pie. Al instante se escuchó un encantamiento y la vela de la mesa de centro se encendió. A la luz los chicos vieron que tenía el pelo más enmarañado que de costumbre, a pesar de que sólo llevaba durmiendo una media hora.
-Estaba pensando una cosa –explicó Draco-. ¿Qué les parece si hacemos un experimento de magia muggle?
-¿Que qué? –Preguntó Hermione algo dormida todavía.
-Estaba pensando en esa "Ouija" que vimos en el libro de la biblioteca. La dibujé en un pergamino. Tengo ganas de intentar eso que hacen los muggles, a ver que pasa.
-¿Y tiene que ser ahora? –Gruñó Harry, que lo que más deseaba era volver a dormir-. ¿Por qué no mañana, cuando estemos despiertos?
-Sí Draco –intervino Hermione-. Harry está muy débil, y necesita descansar.
-¡No estoy débil! –Reclamó Harry ofendido, a pesar de que su amiga tenía razón y estaba cansado.
-En el libro decía que los muggles lo hacen de noche –argumentó Draco-. Y de todos modos no nos tomará toda la noche. Probamos, vemos qué pasa, y luego seguimos durmiendo y ya.
-Lo que sea… -Opinó Harry, pensando que mientras más pronto empezaran, más pronto terminarían y podrían volver a dormir.
-OK –accedió Hermione resignada-. ¡Pero sólo media hora! ¡Ni un minuto más!
A: Oh oh…
D: Eh eh…
Draco sacó el pergamino donde tenía dibujado el tablero y, haciendo la vela a un lado, lo extendió sobre la mesa de centro. Luego sacó los apuntes que había tomado y los tres se sentaron en el suelo, alrededor de la mesa.
-¿Y ahora qué? –Preguntó Harry.
-El libro decía que había que poner un vaso dado vuelta en el centro del tablero, y que cada muggle debía poner un dedo sobre él. Luego había que hacer una pregunta, y esperar a que los espíritus respondieran.
Draco buscó con la vista y no vio ningún vaso. Pero tomó un pequeño pocillo de cerámica que había en una estantería, y lo puso boca abajo sobre el tablero. Al verlo, Harry y Hermione se rieron. El pocillo decía debajo "Recuerdo de Eurodisney", y las letras O tenían orejitas.
-¿Qué tiene de gracioso? –Preguntó Draco sin entender.
-Nada… -Respondió Hermione-. Sigamos.
Draco los miró con suspicacia, pero volvió a mirar las instrucciones para asegurarse que lo estaban haciendo correctamente.
-Ahora tenemos que poner cada uno un dedo índice sobre el vaso, o pocillo en este caso.
Hermione y Harry pensaron, aunque sin decirlo, que aquello era una completa pérdida de tiempo. Pero Hermione quería terminar con el "experimento" de una vez, y Harry quería volver a la cama, de modo que siguieron las instrucciones de Draco y pusieron cada uno un dedo sobre el vaso.
-¿Y qué preguntaremos? –Quiso saber Hermione.
-¿Qué tal si Dumbledore fue acompañado a Eurodisney? –Sugirió Harry, riendo.
-¿Dónde queda esa ciudad? –Preguntó Draco.
Hermione y Harry se miraron, y soltaron una carcajada.
-Es un parque de diversiones muggle –explicó Hermione cuando se le pasó un poco la risa. Al ver la cara de pregunta de Draco explicó-. Es un gran parque con muchos juegos y personas disfrazadas, donde los muggles van a pasar el día.
-Y no me imagino a Dumebledore ahí, paseando –agregó Harry.
-Ah –Respondió Draco, entendiendo un poco mejor por qué les causaba tanta gracia.
-Bueno, preguntemos eso –decidió Hermione encogiéndose de hombros-. Qué más da…
Los chicos volvieron a poner un dedo en el pocillo, y Draco preguntó en voz alta si había algún espíritu en la sala. Esperaron unos segundos, y no pasó nada. Draco repitió la pregunta, y nuevamente pasaron los segundos sin que nada ocurriera. Harry estalló en una serie de risitas nerviosas, y Draco, algo molesto, gritó la pregunta (aunque no muy fuerte para no despertar al director).
-¡¿HAY UN MALDITO ESPÍRITU EN ESTA MALDITA SALA?!
Los tres chicos soltaron gritos ahogados cuando el pocillo se movió bruscamente hacia la letra S, y luego hacia la letra I. Se miraron, y cuando se hubieron calmado un poco volvieron a poner el dedo en el pocillo y Draco volvió a preguntar.
-¿Cómo te llamas, espíritu?
Nada ocurrió, de modo que Draco repitió la pregunta más fuerte.
-¡¿QUE CÓMO DEMONIOS TE LLAMAS, ESPÍRITU?!
El vaso volvió a moverse bruscamente, y declaró que se llamaba EATCHY. Los chicos se miraron, preguntándose si sería buena idea continuar. Pero no habían retirado los dedos del pocillo así que Draco aprovechó de preguntar antes de que los otros se arrepintieran.
-¡¿Y SABES SI DUMBLEDORE FUE O NO FUE A EURODISNEY ACOMPAÑADO?!
En eso se produjo un estallido sobre sus cabezas y los tres chicos gritaron. Una horrenda cara los miraba, desde una posición cercana al techo. Les recordó a Peeves, aunque su cara era diferente.
-¿Y para que preguntan tonterías? –les dijo el poltergeist burlonamente.
Los chicos se miraron, y fue Hermione quien tomó el control de la situación.
-Sólo teníamos curiosidad –explicó-. Y estamos encantados de conocerlo, Sr. Eatchy, pero en realidad ya no nos interesa saber eso. Puede volver, y lamentamos haberlo molestado.
-¿Me está echando esta horrenda niñita? –Se burló el poltergeist.
-N… No… No es eso lo que quise decir –se defendió Hermione inmediatamente-. No pretendía ser grosera Sr. Eatchy. Lo siento.
El poltergeist soltó se carcajeó ruidosamente, y voló hacia ellos haciendo que los chicos gritaran y retrocedieran sentados. Luego comenzó a tomar libros de una estantería y a lanzárselos. Los chicos se taparon la cabeza con los brazos y corrieron a refugiarse a la escalera caracol que subía al segundo piso, mientras el fantasma gritaba que no pensaba largarse. Pero a medio camino en la escalera caracol chocaron con el Director, que venía bajando en camisón, varita en mano.
Cuando el anciano llegó abajo y vio al poltergeist cerca del techo, soltó unas palabrotas que hicieron sonrojar a Hermione.
-¿Qué demonios hicieron? –murmuró enojado. Pero luego se dirigió al intruso-. ¿Podría por favor volver al lugar de donde vino?
Pero Eatchy le sacó la lengua, y gritó que le habían abierto la puerta y que ahora estaba en todo su derecho a quedarse. Y que eso era exactamente lo que pensaba hacer.
Dumbledore lo apuntó con su varita, y comenzó a lanzarle diversas maldiciones, pero el poltergeist las esquivó hábilmente, y cuando el brujo bajó la varita, Eatchy le hizo un carapálida.
-No hay necesidad de ponerse grosero –le dijo Dumbledore con calma. Luego caminó hacia la puerta y agregó-: Voy y vuelvo.
Los chicos miraron alarmados al director irse, pero el poltergeist comenzó de nuevo a lanzarles libros y los chicos corrieron escalera arriba.
El poltergeist los siguió, y comenzó a perseguirlos hasta que no les quedó otra alternativa que volver abajo, esconderse debajo de la mesa e intentar protegerse con las sillas. Hermione recordó que tenía una varita, pero ninguno de los hechizos que sabía le sirvió, principalmente porque Eatchy los esquivaba con ridícula facilidad.
El director volvió a los pocos minutos y varios de los fantasmas del colegio venían con él. Hasta Peeves venía en el grupo.
Los fantasmas comenzaron a rodear al intruso con expresiones agresivas, y luego comenzaron a lanzarle golpes con sus brazos semitransparentes. Eso pareció afectar al poltergeist que se llevó los brazos a su cara intentando protegerla. Finalmente salió arrancando por la puerta, perseguido por los fantasmas y por Peeves que le gritaba que era su castillo y que no admitía polizontes.
Dumbledore cerró la puerta de un portazo cuando los fantasmas se hubieron ido, y luego se volvió hacia la mesa del comedor con una expresión de profundo enfado.
Los chicos comenzaron a salir de la guarida y, al verle el semblante al director, tragaron saliva y pusieron cara de culpables.
-¿Cómo se les ocurre convocar un poltergeist? –Les preguntó indignado.
Los chicos no supieron qué contestar, pero Hermione valientemente tomó la palabra.
-Profesor… No sabíamos que estábamos convocando un poltergeist… Lo siento. ¿Hay algo que podamos hacer para arreglarlo?
-Lamentablemente NO, señorita Granger –respondió el brujo-. ¿Por qué cree que año tras año Peeves sigue aquí?
Los tres se miraron con expresiones consternadas.
-¿No hay forma de arreglarlo? –Preguntó Harry, desesperado.
-¡NO! –Gritó Dumbledore, haciéndolos saltar.
-¿Y qué vamos a hacer? –Preguntó Draco.
-Lo que se puede hacer ya se hizo señor Malfoy –explicó el anciano con las manos en las caderas-. Los fantasmas del castillo se encargarán de tenerlo a ralla.
Dumbledore miró de pronto alrededor, notando en sus libros y objetos varios estaban todos desparramados por el piso. Resopló, mirando a los chicos con renovado enojo. Comprendiendo, los chicos se pusieron manos a la obra y comenzaron a recoger los libros, pero Hermione levantó su varita y todo comenzó a volar y a volver a su lugar.
-Gracias señorita Granger –dijo Dumbledore-. Ahora, ¿me pueden explicar por favor qué diablos hicieron?
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Una media hora más tarde, ya habían logrado explicarle al director lo que había pasado en realidad, y este estaba comenzando a perder la paciencia y a preguntarse si había sido buena idea mandar a Severus Snape de vacaciones. Supuso que tendría que darle un poco de crédito: él siempre había dicho que los chicos se buscaban los problemas, y que Granger no mejoraría en nada la situación.
Finalmente, decidió que sobre el poltergeist ya no había nada más que hacer, y sobre los chicos volvería a los cuestionables métodos medievales y punto. Por lo menos en su época parecían funcionar.
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Algo más tarde, Harry estaba desvelado. A pesar de estar agotado, el dolor en su trasero y los sollozos bajitos pero continuos de Hermione no lo dejaban quedarse dormido. Y, aparentemente, Draco tampoco estaba dormido ya que se movía continuamente en su sillón.
Ni en sus más extrañas pesadillas se le hubiera pasado por la mente que el director fuera capaz de darles de correazos. Y lo peor es que aunque no los hubiera castigado delante de los otros, sino por turnos, Hermione parecía haberse llevado la peor parte. Ella había bajado la última, hecha un mar de lágrimas.
Finalmente no aguantó más, y se levantó. Se acercó a la chica en punta de pies y se arrodilló junto a su sillón.
-Hermione… -murmuró.
-V… Vete a la c… cama H… Harry –respondió Hermione entre hipidos.
-Lo siento tanto Hermione –dijo Harry con sinceridad-. ¿Te duele mucho?
-N… No… -Respondió la chica.
-¿Y entonces por qué lloras? –Le preguntó Harry extrañado.
Hermione se dio vuelta en el sillón, de modo que en vez de estar mirando el respaldo quedó mirando a Harry. A pesar de que sólo los iluminaba la luz de la luna que entraba por las ventanas, Harry vio que tenía los ojos hinchados y rojos.
-Es que… El p… Profesor Dumbledore me r…Retó como por media hora, y me dijo que… Que estaba decepcionado de… De mí. Que si pudiera me… Me mandaría de vuelta a mi casa de… De inmediato, pero que… Que no lo haría s… Sólo porque mis padres estaban fuera. Y que ya no… No me confiaría el proyecto de la exposición sobre los m… Muggles. Y que no me volvería a c… Confiar nada más en s… Su vida.
Tras decir esto último la chica se echó a llorar desconsoladamente, y Harry, no sabiendo muy bien que hacer, la abrazó como pudo.
En eso Harry sintió un ruido a su espalda. Draco se había levantado y sin decir nada se fue hacia la escalera y subió.
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Por la mañana los tres chicos estaban con ojeras, pero Hermione era de los tres la con mayor expresión de abatimiento. Mantenía su vista en el piso, y aunque Dumbledore ya no parecía un león hambriento y la trataba a ella con especial amabilidad, la chica no miraba a nadie a los ojos y respondía con monosílabos.
El desayuno transcurrió en una atmósfera tensa, y la comida parecía coincidir con el ambiente. Los elfos sólo trajeron avena con leche, té y unas manzanas verdes y ácidas, y hasta la avena estaba insípida, como si no le hubieran puesto azúcar.
Pero los chicos no reclamaron, y Hermione ni siquiera quiso comer, limitándose a mover la avena en el plato con la cuchara. Finalmente le preguntó al director si se podía retirar e ir a la biblioteca, pero el anciano no quiso ni oír hablar de eso.
-Ya le dije que yo había sido el de la idea –reclamó Draco-. ¿Para que la sigue torturando?
-Y yo ya te dije que te creía, Draco –explicó con calma el director-. Pero no voy a permitir que la señorita Granger vaya a la biblioteca a esconderse y a llorar el resto del día.
Hermione comenzó a llorar de nuevo, y Dumbledore continuó.
-Aunque todo haya sido idea de Draco, de todos modos la señorita Granger estaba a cargo y tenía instrucciones precisas –explicó. Luego se dirigió particularmente a la chica y sus ojos se compadecieron un poco-. Pero no creo que la Señorita Granger sea una irresponsable sin remedio. Tal vez le confíe alguna cosa en el futuro –agregó sonriendo-. Tal vez incluso llegue a permitir que vigile mis calcetines para que no se desanuden.
Hermione soltó una pequeña risa, y luego de unos segundos ya casi no lloraba, aunque su respiración se veía interrumpida por el hipo.
-No sigas llorando Hermione –insistió el anciano con amabilidad-. Cometiste un error… Un GRAN error… -Agregó con una sonrisa forzada y la mandíbula algo apretada-. Pero ya fuiste castigada por ello, y ahora es el momento de dar vuelta la página y sencillamente no volver a hacerlo. ¿No estás de acuerdo?
Hermione asintió, pero seguía mirando la madera de la mesa.
-Ahora come –agregó Dumbledore. Pero, al ver que la chica no hacía caso agregó-: es una orden.
Hermione comenzó a comer, con la mirada fija en su plato, y el anciano continuó en tono jovial.
-Esta mañana tuve una idea, que espero los mantenga ocupados sin que se metan en problemas.
Los chicos lo miraron con interés, aunque Hermione continuó comiendo lentamente sin levantar la vista.
-Este es el momento en que ustedes deben preguntar "¿Qué idea señor Director?" –dijo Dumbledore imitando una voz chillona. Consiguió el efecto deseado, porque hasta Hermione esbozó una discreta sonrisa.
-¿Qué idea señor director? –Preguntó Harry siguiéndole la corriente, aunque sin la voz chillona.
Dumbledore miró a Draco, y luego a Hermione, y luego se cruzó de brazos como esperando. Captando la idea, Draco hizo la pregunta solicitada, y finalmente Hermione se resignó a levantar la vista y a preguntar también. Satisfecho, Dumbledore prosiguió.
-Iremos al cine –declaró.
-¿Nos va a dejar salir del castillo? –preguntó Harry animado, sin poder creerlo.
-No… Claro que no… -Respondió Dumbledore-. Pero pienso que si se lo pedimos de la forma correcta, la sala multipropósito proveerá.
-Pero profesor… El cine funciona con electricidad, y los aparatos eléctricos no funcionan en Hogwarts –acotó Hermione, que parecía haber olvidado un poco la pena y la humillación.
-Buen punto, señorita Granger –respondió el director asintiendo-. Si hubiera comenzado el año escolar le habría dado cinco puntos a Gryffindor. Pero como no se puede le daré sólo un caramelo –agregó sacando un caramelo de su bolsillo y poniéndolo frente a la chica (que lo tomó y le dio las gracias con un hipo).
-¿Y entonces qué pasará con lo del cine? –Preguntó Draco, volviendo a temas más prácticos.
-Verán –explicó Dumbledore, su voz tomando un tono más de profesor-. Hay algunos aparatos que se pueden hacer funcionar dentro del castillo. Algunas radios simples por ejemplo. Pienso que existe alguna posibilidad de que la sala multipropósito cumpla nuestros deseos. También es posible que le resulte imposible. En ese caso entraremos y descubriremos qué nos ofrece a cambio.
Los chicos se animaron bastante ante la perspectiva.
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Harry pensó que había dado resultado, cuando los cuatro terminaron de pasearse frente a la sala multipropósito y en el muro aparecieron un par de puertas de esas que se empujan, con un diseño que recordaba a las salas de cine antiguas.
Expectantes, los cuatro entraron y se encontraron con una pequeña sala de cine. Dumbledore se acercó con curiosidad a un aparato que se encontraba junto al muro contrario a la pantalla. Lo examinó algunos momentos rascándose la barba, y luego simplemente sacó la varita y lo tocó. El aparato pareció cobrar vida porque se encendió una luz y algunas partes comenzaron a girar y a moverse haciendo ruido.
En la pantalla apareció una película en blanco y negro, y a un lado de la pantalla un piano comenzó a tocarse solo.
-Bueno –dijo Dumbledore divertido, sentándose en una de las butacas-. No es lo que tenía en mente, pero peor es nada. –Aplaudió dos veces y un elfo apareció.
-¿Qué va a querer el señor Director Dumbledore señor? –Preguntó el elfo.
-¿Sería posible que nos trajeras palomitas de maíz, Nordy?
-Eh… -Respondió el elfo inseguro.
-No hay problema Nordy –dijo Dumbledore al ver que el elfo no parecía ni saber qué eran las palomitas de maíz-. Tráenos chocolate caliente y unas galletas.
-De inmediato señor Director –respondió el elfo y desapareció.
Los chicos tomaron asiento, y a los pocos minutos volvió el elfo junto con otros y traían lo solicitado más algunos pasteles y algunas tartas.
Dos insípidas películas más tarde, Dumbledore sugirió volver a su estancia a almorzar. Y, aunque los chicos no tenían mucha hambre, tampoco tenían deseos de ver una tercera película de cine mudo. De modo que abandonaron la sala multipropósito y lo siguieron sin protestar,
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Para tristeza de Hermione, Dumbledore insistió en que no volverían a trabajar en el proyecto sobre los muggles. Y, aunque Hermione le juró que serían razonables y que sólo buscarían información para exponer, el anciano argumentó que tal vez resultaría peligroso darles a los alumnos del colegio información con la que podrían hacer algo peligroso.
De modo que la tarde pasó lentamente en la sala. Dumbledore no se atrevió a volver a dejarlos solos, y sentándose junto a una de las ventanas sacó su bordado y se puso a trabajar tarareando bajito una canción.
Hermione se acercó al director a mirar lo que hacía, y pronto estaba bordando al lado de él. Dumbledore les preguntó a los chicos si querían aprender también, pero los chicos no quisieron. En cambio se pusieron a jugar ajedrez, pero luego de un par de horas ya estaban aburridos y comenzaban a sentirse encerrados.
-¿Podemos salir a caminar? –Preguntó Harry.
-No –respondió el director sin levantar la vista de su labor-. Y acuéstate que todavía estás enfermo.
-Yo no estoy enfermo –dijo Draco-. ¿Puedo salir?
-DIJE QUE NO –insistió el anciano en un tono más seco-. Y si estás tan aburrido te puedo dar líneas que copiar.
Draco no insistió, y se fue a enfurruñar al extremo más alejado del director y de Hermione. Se sentó en el suelo, con los brazos cruzados, maldiciendo mentalmente al director y a toda su descendencia. Luego recordó que el director no tenía descendencia, y se enfurruñó todavía más.
Pero al rato era evidente que el director y la chica seguirían bordando hasta el fin de la eternidad, y al torcer la cabeza Draco alcanzó a ver que Harry se había quedado dormido. Aburrido, comenzó a buscar con la vista alguna inspiración para matar el aburrimiento. Y así fue como vio, sobre la mesita que se encontraba a su lado, los materiales y los libros que habían traído de la biblioteca para lo del proyecto la noche anterior.
Sin nada mejor que hacer estiró el brazo y agarró el libro de más arriba de la pila, y leyó el título. Química. ¿Qué diablos era eso? Comenzó a ojear, y pronto se encontró leyendo y mirando los esquemas, tablas y dibujos. No entendía nada, y se preguntó como diablos lo harían los muggles para encontrarle sentido a todo eso.
Exasperado volteó las páginas hasta el índice, para ver si había en todo el libro algún capítulo que tuviera algún sentido. De pronto uno le llamó la atención, y una campanita sonó dentro de su cabeza. Destilación. Eso, estaba casi seguro, tenía que ver con el alcohol. Por algo a muchos de los tragos que le gustaban les llamaban "destilados", ¿o no? Rápidamente buscó la página en el libro y se puso a leer el capítulo, intentando entender. Y, disimuladamente, tomó de la bolsa un rollo de pergamino, una pluma y un tintero y se puso a tomar notas.
D: ¡Eso chico! ¡Eso!
A: No te puede oír cornudo…
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El domingo amaneció nublado. Por las ventanas se podía ver una lluvia suave pero constante. Tomaron desayuno en un ambiente bastante mejor que la mañana anterior, y la comida estaba bastante más rica y variada también.
Dumbledore les informó que irían nuevamente a la sala multipropósito, donde esperaba conseguir que la sala les regalara una piscina temperada.
-Pero no tenemos traje de baño –argumentó Hermione.
-No se preocupe señorita Granger –respondió Dumbledore restándole importancia-. Cuando era más joven fui profesor de transformaciones, y confío en poder transformar algunas prendas en trajes de baño para ustedes. ¿Acaso duda de mi capacidad?
-No profesor –respondió humildemente Hermione, poniéndose roja como un tomate.
Los chicos creyeron que el director estaba bromeando cuando algo más tarde transformó cuatro tapetes de género en cuatro trajes de baño rallados, de un modelo tan anticuado que parecía del siglo pasado. Se veían como si a una camiseta sin mangas le hubieran agregado bermudas, con un diseño de gruesas rayas horizontales rojas y blancas.
-Vamos a parecer unos payasos… -Dijo Harry, inspeccionando una de las prendas.
-Yo no me voy a poner eso. -Aclaró Draco, cruzándose de brazos.
-El que no quiera ponerse traje de baño no va a la piscina y punto –dijo el director simplemente-. Y los que se queden tendrán que copiar los capítulos uno y dos del libro "Una historia de la magia".
Después de esa alarmante declaración, los tres chicos tomaron sus trajes de baño y se fueron por turno al baño a ponérselos.
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Los tres chicos se sentían un poco ridículos recorriendo los pasillos del castillo en esa pinta. Dumbledore en cambio parecía encantado y avanzaba con la frente en alto silbando una melodía pegajosa.
A la vuelta de una esquina, se cruzaron con Peeves, que perseguía a Eatchy con el hacha que le había robado a una de las armaduras. Dumbledore gruñó, sacó su varita, pero en vez de apuntar a los revoltosos poltergeist apuntó a los chicos, que de pronto perdieron todo el pelo de la cabeza quedando tan calvos como un caldero. Los tres se llevaron las manos a la cabeza, y miraron a Dumbledore con el ceño fruncido. Iban a comenzar a reclamar, pero el anciano no les hizo caso. Se dio media vuelta dándoles la espalda, y continuó su camino como si nada, silbando nuevamente, con una sonrisa vindicativa.
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La sala multipropósito estuvo a la altura de los requerimientos, haciendo aparecer una puerta de vidrio por la que no se veía nada para adentro por la condensación de vapor. Entraron, y encontraron que hacía mucho calor.
Pero la piscina era grande, bonita a pesar de lo anticuada, el agua estaba caliente, y la luz de muchas velas que flotaban cerca del techo abovedado daba calidez e intimidad al ambiente.
Pronto los tres chicos estuvieron flotando en el agua, relajados y felices, olvidando que se habían quedado pelados y que vestían esos ridículos bañadores.
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Algunas horas más tarde, cuando llegó la hora de subir a almorzar, comenzaron los problemas. Los chicos no tenían ninguna gana de dejar el agua caliente, y no parecían cansados ni hambrientos. Dumbledore intentó razonar con ellos, pero hasta Hermione sugirió que podían pedirle a los elfos que les subieran unos sándwiches. Finalmente, el anciano perdió la paciencia y los amenazó con desaparecerles los trajes de baño, y los tres chicos salieron rápidamente del agua, colorados, avergonzados, y con los dedos arrugados.
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El camino de vuelta a la torre de Dumbledore fue una tortura. Aunque el director hizo aparecer toallas, pantuflas y unas batas de baño gruesas y peludas, de todos modos los chicos tiritaron todo el camino por los fríos pasillos. Harry, dentro de su mente, agradeció no tener pelo por que al menos secarse la cabeza había sido simple y no tenía frío como podría haber tenido.
Luego de unas duchas calientes, cuando por fin los cuatro estuvieron secos y vestidos, se sentaron a almorzar. Los elfos les habían traído una sopa espesa y deliciosa de tomates, crema, y queso, un estofado humeante y aromático, y tarta de melaza, la favorita de Harry.
A pesar de que en la piscina no tenían hambre, los chicos descubrieron que en realidad estaban famélicos y se devoraron con gusto todo lo que los elfos les pusieron por delante. Y, luego del almuerzo, sin que el director dijera nada, los tres se fueron por su propia voluntad a sentar a la sala, donde en menos de veinte minutos se habían quedado dormidos.
Dumbledore los tapó con las mantas peludas, y una gran sonrisa de abuelito en el rostro. Luego se fue a sentar a su asiento preferido cerca de las ventanas, y sacó su bordado murmurando para sí mismo "por fin un poco de paz".
